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taxistas no encuentran justicia en china


[Philip P. Pan] Taxistas chinos con quejas se enfrentan a caminos oficiales bloqueados.
Dazhou, China. La primera vez que Liu Yu trató de ir a Pekín, no llegó demasiado lejos. La policía de esta pintoresca ciudad fluvial al oeste de China abordó el tren justo después de unas paradas, la encontraron en un asiento junto a la ventanilla en un atiborrado vagón y le pidieron que descendiera.
Durante los siguientes cuatro días los agentes la retuvieron en una comisaría de policía, interrogándola sobre su viaje, recordó Liu Yu. Pero Liu, la esposa de un taxista y en circunstancias normales una madre de voz suave, se mostró desafiante.
Les dijo que estaba enfadada por un plan pare retirar todos los permisos de taxi en Dazhou y obligar a los taxistas a comprar nuevos. Como muchos otros, ella y su marido se han endeudado y gastado parte de sus ahorros de toda la vida para comprar un permiso. Se dirigía a Pekín para apelar la decisión del ayuntamiento ante los más altos niveles del gobierno.
Los agentes de policía le preguntaron: ¿Cuántos otros van también? ¿Quién los está organizando? Liu se negó a responder. Finalmente los agentes se cansaron y la dejaron en libertad con la advertencia de que no saliera de casa.
Dos días más tarde, Liu se subió a otro tren en dirección a Pekín, donde se unió a otros 100 taxistas de Dazhou y sus familiares. "Veníamos con muchas esperanzas", dijo, recordando ese día de diciembre de 2003. "Creíamos que el gobierno central nos ayudaría, que el cielo en Pekín debía estar brillante".
Pero casi un año más tarde, Liu y otros taxistas de Dazhou son un grupo desplazado y la fe en el gobernante Partido Comunista que les llevó a Pekín se ha desmoronado. Unas tras otras, las agencias de gobierno ignoraron sus peticiones y la policía en la capital los subió a buses y los enviaron dos veces de vuelta a casa. Varios taxistas terminaron en la cárcel.
Los taxistas de Dazhou estaban tratando de revocar una decisión de la ciudad que consideraban injusta, utilizando los canales que el mismo partido ha endorsado. Su larga y vana lucha ilustra las dificultades que enfrentan los chinos de a pie cuando, en el sistema autoritario más grande del mundo, intentan influir incluso en decisiones administrativas menores. También muestra cómo la miríada de exigencias de una sociedad que goza de crecimiento económico y libertades personales están poniendo en jaque la rígida estructura política del Partido Comunista.
Bajo la dirección del presidente Hu Jintao, el partido ha dicho que necesita estar más abierto a la gente si quiere conservar su monopolio del poder. Al mismo tiempo, ha desechado una reforma democrática y en su lugar ha tratado de mejorar la administración alentando a los ciudadanos a ejercer sus derechos a través de tribunales y medios de comunicación controlados por el partido y, más recientemente, mediante audiencias públicas.
Pero estas instituciones son débiles -los taxistas lo intentaron y fracasaron en las tres. Como resultado, los chinos que tienen quejas sobre funcionarios locales a menudo toman un camino que es tradicional en China: shangfang, o viajar a la capital para quejarse ante las autoridades de más alto nivel. En la China antigua, suplicaban al emperador. Hoy, suplican a los jefes comunistas.
El partido usa una burocracia de lo que llama despachos de Cartas y Visitas para tramitar estas peticiones, pero estas oficinas hacen poco más que transferir las quejas a los gobiernos locales, recolectar estadísticas y presionar a los peticionarios para que vuelvan a casa. Un estudio reciente de la Academia China de Ciencias Sociales constató que sólo un 0.2 por ciento de los peticionarios logran que se traten sus quejas.
Sin embargo, a juzgar por las multitudes que acampan ante las oficinas de Cartas y Visitas de Pekín, así como por las estadísticas oficiales disponibles, la gente se está quejando ante el partido en cantidades cada vez mayores, millones si no decenas de millones al año. Esta corriente refleja una creciente disposición de los ciudadanos a defender sus intereses en la rápidamente cambiante economía china y a ejercer los derechos que el partido les ha garantizado, al menos de palabra.
La historia de los taxistas de Dazhou es un ejemplo de lo que ocurre cuando esas aspiraciones chocan con la realidad. Este relato se basa en múltiples entrevistas con más de una docena de taxistas y sus familiares, la mayoría de los cuales expresaron temor a ser arrestados, aunque accedieron a ser identificados por sus nombres, así como en entrevistas con varios otros involucrados en los acontecimientos.

El Primer Golpe
Los taxistas de Dazhou eran un conglomerado variopinto -trabajadores en el paro, soldados licenciados, emigrantes rurales- pero se habían adaptado todos a los cambios económicos por los que atraviesa China y se aferraron a una oportunidad. Después de ahorrar, pedir prestado e investigando un poco, compraron coches y permisos de taxi en esta ciudad de 350.000 habitantes en las montañas de la provincia de Sichuan, 1.300 kilómetros al sudoeste de Pekín.
Los permisos, que se compran a choferes que se retiran del negocio, cuestan alrededor de 10.000 dólares cada uno -para la mayoría el equivalente de varios años de ingresos. Pero son más baratos que los permisos en otras ciudades y no caducan. Los taxistas lo vieron como una buena inversión, y trabajando duro, la mayoría de ellos podían vivir decentemente. Muchos contrataron a otros para hacer turnos, y algunos invirtieron en coches y permisos adicionales.
Pero entonces, el 20 de noviembre de 2003, el ayuntamiento anunció un plan para revocar los permisos y obligar a los taxistas a comprar nuevos. Los funcionarios de la ciudad dijeron que querían reunir fondos para financiar nuevos proyectos, los que pueden dar un empujón a sus carreras, pero sin ofrecer ninguna compensación a los taxistas. El plan significaría un desastre económico, especialmente para los que han comprado sus permisos sólo recientemente.
Los taxistas y sus familiares empezaron a reunirse ante el ayuntamiento casi inmediatamente para protestar por la decisión. Tras unos días, la multitud la componían cientos de ellos. Casi todos los más de mil taxistas de la ciudad declararon una huelga.
El ayuntamiento envió el director de su oficina de Cartas y Visitas a hablar con la multitud. Usando un altavoz y detrás de una hilera de policías, el funcionario dijo a los taxistas que su huelga era inútil. También les dijo que vieran sus permisos como zapatos viejos, dijeron testigos.
Eso sólo hizo que los taxistas se indignaran más aun. "Alguien en la multitud gritó: ‘Nos veremos esta noche a las diez en el Hotel de los Textiles', y cientos de nosotros fuimos allá", recordó Yuan Ting, 24, una de las taxistas más jóvenes y más directas. "Discutimos qué hacer y decidimos pedir ayuda en Chengdu", la capital provincial.
Durante seis días, ella y unos 200 taxistas más se reunieron ante edificios del gobierno, de pie o arrodillados en el frío y la lluvia, cantando lemas como "¡Ayuntamiento de Dazhou, dévuelvenos el dinero que ganamos con tanto trabajo!"
Funcionarios de Cartas y Visitas escucharon amablemente, pero pidieron a los taxistas que volvieran a casa. Los taxistas se negaron. Finalmente, Li Xiangzhu, el alcalde de Dazhou, viajó a Chengdou y se reunió con ellos en una atiborrada sala de congresos.
Un hombre alto y delgado con un traje negro, Li defendió el plan de las nuevas licencias. Pero unos tras otros, los taxistas se levantaron y protestaron, describiendo las pérdidas financieras que sufrirían. Yuan, que se metió en el negocio del taxi con su marido poco después de casarse, también tomó el micrófono.
"No estaba nerviosa, sólo enfadada", recordó. "Le dije: ‘Todos tenemos enormes deudas. Incluso la abuela de 80 años de mi marido nos prestó dinero para comprar el permiso'".
El alcalde escuchó durante más de dos horas, luego dio a entender que estaba dispuesto a buscar un compromiso. De acuerdo a varios taxistas, puso su mano en el pecho y prometió: ‘Como alcalde de la ciudad, no dejaré que pierdan el capital que han invertido'".
Eso fue suficiente para los taxistas, y los funcionarios del ayuntamiento pusieron autobuses para que los llevaran de vuelta a Dazhou. En las afueras del hotel, el alcalde le dijo a Yuan que se apurara en recoger sus cosas, llamándola "pequeña guindilla".
Ella lo miró y le dijo: "Será mejor que cumplas tu palabra".

Una Promesa Rota
La huelga terminó cuando los taxistas volvieron a casa. Pero menos de dos semanas después, el alcalde rompió su promesa. El gobierno de Dazhou anunció que revocaría los permisos actuales y organizó una audiencia sobre lo que llamó una "reforma del sector de taxis".
En la reunión, una mujer esbelta con mejillas de manzana con un abrigo celeste ligero se sentó en la primera fila. Se llamaba Liu Yu, y su marido era un taxista. El alcalde y una hilera de otros funcionarios estaban sentados en el podio. Fuera, cientos de otros taxistas esperaban en el frío, ya que la policía militar les había impedido la entrada.
Liu, 37, se inclinó ante el micrófono y denunció el plan del ayuntamiento. "El propósito de la reforma es mejorar la vida de la gente, pero lo que vosotros estáis haciendo provocará el derrumbe de este sector", recordó que había dicho. "¿Llamáis reforma a esto? Si cada vez un órgano de gobierno hace algo por algún beneficio y le pone un nombre espléndido como ‘reforma', ¿cómo vivirá la gente?"
El alcalde y sus colegas la hicieron callar. Pero Liu tomó nuevamente el micrófono, destruyendo sus argumentos. A diferencia de otros taxistas, que hablaban con un pesado acento sichuanés, Liu llamaba la atención por su fluido mandarín y después de cada intervención, los choferes rompían en aplausos.
Después de la audiencia, los taxistas decidieron llevar el caso a Pekín y nombraron a Liu como una de sus representantes. Su apoyo le dio valor cuando la policía la detuvo en el primer tren, y la resolución para subirse al segundo. Durante el trayecto de 30 horas, no habló con nadie, preocupada de que se tratase de algún policía encubierto. "Creía que me iban a arrestar en cualquier momento", recordó. Pero cuando el tren enfiló hacia el norte y el aire se puso más frío, su ánimo mejoró.
Era la primera vez que iba a Pekín, y Liu estaba emocionada cuando el tren llegó al amanecer. Casi otros cien taxistas, incluyendo a Yuan, habían llegado también. Liu se unió a ellos frente a la oficina de Cartas y Visitas del gabinete del gobierno, el Consejo de Estado. Finalmente, pensó, estaban a punto de obtener justicia.
Pero cuando los taxistas empujaron dentro a Liu, una funcionaria regordeta de edad mediana levantó la vista de sus papeles y la miró. "Ya conocemos su situación. Vuelva a casa", recordó Liu que le dijo la mujer. "Nos comunicaremos con su gobierno local".
Liu trató de objetar, pero la mujer la interrumpió y gruñó: "¿Qué saca con estar aquí?"

Una Hilera De Rechazos
Casi todas las mañanas una muchedumbre de peticionarios llena el patio de la oficina de Cartas y Visitas del Consejo de Estado y se desparraman a través de la puerta hacia la calle. Vienen de todo el país, apretando en sus manos papeles donde detallan sus quejas sobre todo tipo de abusos burocráticos. En la noche, muchos acampan en la calle o debajo de un puente cercano. Algunos llevan años buscando reparación.
La escena se repite en las oficinas de Cartas y Visitas de muchos ministerios del estado, todas ellas ubicadas en lugares a los que es difícil llegar. Debido a que el partido utiliza las estadísticas de Cartas y Visitas para evaluar a los funcionarios locales, muchas provincias asignan agentes de seguridad para rondar fuera e interceptar a peticionarios. A veces los convencen de volver a casa. Más a menudo, simplemente los sacan de la calle.
Liu y los taxistas de Dhazou trataron de evadir a estos agentes alquilando habitaciones lejos de la oficina. Para ahorrar dinero, dormían ocho por cuarto y dos en cada cama. Hacían cada mañana la penosa marcha hacia la oficina, poniéndose a la cola antes del amanecer. Cada día sacaban un número, rellenaban un formulario y enviaban a un representante cuando eran llamados.
Y cada vez la respuesta de los funcionarios era la misma: Vuelvan a Dhazou.
Las reuniones duraban usualmente algunos minutos. Pero a medida que pasaban los días, llegaban más taxistas y familiares, hasta que hubo 169 de ellos en Pekín. Mientras más grande se hacía el grupo, más nerviosos se ponían los funcionarios. Una fría noche, los taxistas se negaron a marcharse y se sentaron a gritar lemas y cantar canciones de protesta en el patio de la oficina.
Los taxistas también trataron de llevar su caso al ministerio de Transporte y otras instituciones, pero los funcionarios que los recibieron se mostraron indiferentes. Entonces, un funcionario de Cartas y Visitas dio a los taxistas una carta sellada que dijo que resolvería sus problemas y les dijo que volvieran a casa y lo entregaran a las autoridades provinciales.
Pero sólo fue un efímero rayo de esperanza. Los taxistas que la entregaron dijeron que los funcionarios provinciales la arrojaron al tacho de basura. Era sólo una carta de introducción, informaron a sus colegas en Pekín.

Deprimidos Pero No Derrotados
Hacia enero, los taxistas se estaban quedando sin dinero y al borde de la desesperación. Pasaron dos gélidas noches acampando en la calle. Muchos de ellos no se habían preparado para el frío y se acurrucaron con los que tenían abrigos de invierno para mantenerse calientes. Algunos perdieron la conciencia y fueron trasladados a hospitales. Liu se deprimió y rompió a llorar.
Una tarde, caminando de una oficina a otra, los miembros del desaliñado grupo entraron por un estrecho callejón adyacente al recinto de Zhongnanhai, la sede del Partido Comunista de China. Repentinamente se vieron rodeados por la policía. Fueron subidos rápidamente a tres grandes buses. Algunos taxistas se resistieron, dando patadas o golpeando sus cabezas contra las ventanillas, pero había demasiados policías.
Los agentes acompañaron a los taxistas durante los dos días del viaje de vuelta a casa. Durante horas, el silencio sólo era roto por los sollozos. Pero a medida que cruzaban los serpenteantes y nevados caminos de las montañas de Qinling, algunos taxistas empezaron un enfermizo canto, animando a los vehículos a que se despeñaran por un precipicio. "Si morimos, se solucionará nuestro problema", gritaba Yuan.
Liu trató de consolar a los otros, pero se sentía derrotada. "Pensaba que cuando llegáramos a la ciudad, nos arrestarían", recordó. "Después de sufrir esas penurias en Pekín, me di cuenta de algo muy profundo, y estaba muy decepcionada. No sabía dónde ir a buscar justicia".
Los taxistas de Dazhou trataron de liberar a sus colegas cuando llegaron. Algunos taxis trataron de atajar a los buses, y una mujer se arrojó a la calle para bloquear su paso. Más tarde, una multitud de cientos de personas rodearon la academia de policía donde habían sido llevados los taxistas y montaron una pequeña revuelta, rompiendo los ventanales y descerrajando el portal de hierro.
La policía restauró el orden sin usar la violencia y liberó esa primera noche a la mayoría de los taxistas. Pero mantuvieron a Yuan y a Liu y a casi una docena de representantes un día más. Luego los liberaron excepto a Liu y tres otros taxistas.
Durante las siguientes dos semanas, el ayuntamiento presionó a los taxistas para que compraran nuevos permisos. Los que lo hicieron recibieron descuentos, y aquellos que conducían con los permisos caducados corrían el riesgo de pagar una multa. La policía dejó en libertad a Liu después de quince días de cárcel, inmediatamente después de que su marido accediera a pagar por un nuevo permiso.
Semanas después, Yuan llamó a Liu y le dijo que los taxistas volverían a Pekín. La joven mujer pensaba que alguien en la capital podría ayudarles. Al menos, dijo maliciosamente, Pekín quizás castigara a los jefes del partido de Dazhou si los taxistas seguían apareciéndose por la capital.
Liu no sabía si ir o no. su madre y su suegra le rogaron que se quedara. Su marido se ofreció a ir en su lugar, pero no pudo encontrar a nadie que lo remplazara en el taxi. Entonces su hijo de 8 años preguntó qué podría pasarle si a ella la metían en la cárcel para siempre. Liu decidió abandonar la batalla.

Sin Alternativas
El segundo viaje de los taxistas a Pekín terminó como el primero. Después de un mes la policía los obligó a subir a buses y los llevaron a casa. Al llegar, algunos taxistas fueron detenidos. Yuan dijo que la policía la encarceló durante casi un mes, dejándola en libertad a fines de marzo después de que su marido aceptara pagar por un nuevo permiso de taxi.

Para entonces, casi todos los taxistas habían aceptado pagar por los nuevos permisos. Eso los obligó a endeudarse fuertemente, pero la ciudad logró reunir 10 millones de dólares. Yu Longhai, el portavoz del ayuntamiento, dijo que el dinero había sido usado para construir caminos, instalar nuevas farolas en las calles y reparar el tendido eléctrico y el suministro de gas.
"Fue en beneficio de una gran cantidad de gente que la reforma sacrificó los intereses de un pequeño grupo de gente", dijo. "Sólo algunos de los propietarios de taxis crearon problemas".
Los taxistas no se rindieron. Alrededor de 350 de ellos depositaron entre 10 y 15 dólares cada uno para un fondo de defensa. Dijeron que usaron el dinero para contratar a abogados y demandar al ayuntamiento y para pagar los costes de viaje de periodistas del estado a los que habían engatusado para que los visitaran durante el verano pasado.
Pero el dinero no se gastó bien. Los periodistas publicaron sólo dos artículos, y ninguno de ellos tuvo demasiado impacto. Y los abogados estaban demasiado asustados como para defender con entusiasmo el caso de los taxistas. Uno de ellos se negó incluso a hablar durante una audiencia en los tribunales en septiembre. Y cuando los funcionarios del tribunal pidieron a otro que se identificara a sí mismo, este dijo que sólo era un taxista.

Zhang Jing contribuyó a este reportaje.

15 de noviembre de 2004
18 de noviembre de 2004
©washington post
©traducción mQh
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