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esperanza en oriente medio


[Boris Johnson] La muerte de Yasser Arafat podría ser la oportunidad para sellar una paz duradera.
¿Por qué lo hizo?, le pregunté al joven moreno y huesudo en su yarmulka, que todavía limpia el lugar donde ocurrieron los asesinatos. Estábamos parados en el ennegrecido puesto de acero donde Shimmi vende quesos y aceitunas y donde ayer murieron tres personas en una explosión causada por un terrorista suicida. Otras 13 personas quedaron gravemente heridas. Es un testimonio a la vitalidad del mercado de Carmel, Tel Aviv, que los negocios hayan continuado en los puestos vecinos poco después de la detonación, como si ese acto de auto-destrucción y crimen de un chico de 16 años fuera tan trivial como un accidente de tráfico. La tienda de quesos de Shimmi todavía tenía el toldo destruido y los tubos fluorescentes rotos, pero en menos de 24 horas el ayudante del puesto se estaba preparando para abrir de nuevo y no parecía dispuesto a cavilar sobre mi pregunta. "No puedo imaginar por qué haría alguien eso", dijo. Así que me volví hacia Ran, mi amable guardaespaldas del ministerio israelí de Asuntos Exteriores. ¿Por qué lo hizo?, repetí, mirando los siniestros y grasos glóbulos adheridos al mostrador.
Una organización religiosa judía llamada Zaka ha estado recogiendo todo durante horas, acatando el código que dice que todo el cuerpo debe ser enterrado; pero era imposible no especular sobre las manchas. Amar al-Far era un niño, uno de los terroristas más jóvenes que ha habido. ¿Qué lo hizo salir del campo de refugiados de Askar cerca de Nablús, pasar por el puesto de control de Hawara, y matarse a sí mismo y a tres inocentes israelíes, incluyendo a Leah Levine, 67, una sobreviviente del holocausto? ¿Cómo pudo alguien convencer a un niño a hacer algo semejante?
"Creía que había 72 vírgenes esperándolo", dijo Ran, "como ha escrito usted en su novela". Aunque su respuesta fue elogiosa, a mí no me decía nada. Quizás era verdad que Amar al-Far esperara vagamente ser mimado en el paraíso por las 72 chicas de ojos negros que describen las escrituras, y que algunos estudiosos dicen que deberían ser identificadas más correctamente como uvas pasas antes que como vírgenes. Pero ¿fue esa esperanza realmente suficiente para alentar a un adolescente sensible a entrar a una tienda y volarse a sí mismo en una compota de queso, caqui y restos humanos? Nadie en el mercado de Carmel parecía conocer la respuesta, menos aun el viejo que -según dijo el Jerusalem Post de esa mañana- presenció el caos y anunció: "Es el puerco. Es el puerco lo que causa nuestra destrucción". Quiso decir que el mercado estaba sufriendo un castigo por tolerar un punto de venta tan exuberantemente poco kosher como la carnicería Baboy, dos puestos más abajo, que exhibe la imagen de un cerdo de matanza redondo, rosado, brillante y de cola enroscada, con el letrero "Aquí se vende carne de cerdo fresca". En los últimos años han llegado un millón de judíos rusos, y su afición al ‘bistec blanco' provoca escándalo.
Así que salí del mercado de Carmel con dos opiniones chaladas de teologías rivales: los asesinatos fueron inspirados o por la promesa divina de 72 chicas de pechos encantadores, o por la furia divina causada por el consumo de puerco; y ya que ninguna de las dos me pareció convincente, viajé a Nablús, donde los padres del niño estaban diciendo declaraciones extraordinarias.
La madre estaba triste, dijo, porque su hijo había muerto, pero lo peor de todo es que había muerto tan joven. Deberían haber esperado, dijo, a que estuviera mayor antes de transformarlo en un terrorista suicida. ¡Y eso decía su propia madre! ¿Qué tipo de sociedad enfermiza es esta, en estos campamentos de refugiados, que una madre puede incluso aprobar el suicidio de su propio hijo, a la edad que sea?
El problema con ir a Nablús era que significaba zafarme de mis amables cuidadores israelíes, y cuando llegué al puesto de control resultó que no podía entrar. De ninguna manera, me dijo un soldado israelí, poco impresionado por las credenciales que le mostré, incluyendo un nuevo pase para la prensa israelí. La ciudad había sido cerrada para una "operación", con lo que quería decir la búsqueda de los compañeros del terrorista kamikaze, y la acostumbrada destrucción de la casa de su familia -lo que tiene por intención disuadir a otras familias. Pero cuando miraba a los palestinos haciendo cola para entrar a su propia ciudad, esperando que tropas israelíes les hicieran pasar por torniquetes empapados de orina, tuve un pálpito de las frustraciones que pueden provocar un culto del martirio suicida. No fue la promesa de esas 72 vírgenes lo que llevó a esa joven y talentosa abogada a escapar de los territorios ocupados hacia Haifa, una ciudad poblada por árabes e israelíes. No creo que fuera la esperanza de dicha carnal en el cielo la que le hizo pedir un almuerzo en un atiborrado restaurante, pagar la cuenta y sentarse luego junto a un carrito (los manuales de los terroristas suicidas siempre recomiendan quedarse de pie en buses y restaurantes para aumentar el efecto de las decapitaciones) para hacerse volar. Todo esto tiene que ver con un sentimiento de impotencia, y rabia, y odio, y con una sensación de injusticia.
Y si quieres ver la personificación física de esa injusticia, entonces tienes que ir a la muralla, a la valla, como prefieren llamarla los israelíes. La muralla/valla se extiende ahora por sólo 200 kilómetros de sus proyectados 700, y como una medida de seguridad debe ser considerada un éxito resonante. En su encarnación como muralla es más grande, mucho más alta que el Muro de Berlín, gris e imponente, y cubierta de alambres de púas y torres de vigilancia. Pero es una muralla por sólo cortos tramos, y tan efectiva como cuando es una valla electrónica, sin artefactos anti-personales de ningún tipo.
Se nos hizo entrar en una estación de vigilancia donde jóvenes mujeres soldados israelíes miran sentadas las pantallas y otros artefactos de gran complejidad (proporcionados, sorprendentemente, por una compañía francesa llamada Alcatel). Tan pronto como alguien toca la valla la estación de vigilancia se llena de los primeros acordes de una canción de Queen. "Dum dum dum dum dum", resuena. "¡Otro que muerde el polvo!" El lugar aparece inmediatamente en la pantalla, en cualquier lugar a lo largo de sus 55 kilómetros, y en cinco o seis minutos llegará a la escena un jeep del ejército israelí. Como resultado directo de la muralla, dicen los israelíes, los atentados suicidas con bomba han descendido entre 75 y 90 por ciento. Incluso los robos de coches han descendido considerablemente. El jefe de la estación de vigilancia describió como un terrorista potencial había estado tratando de entrar y se había extraviado. "Le oímos pedir indicaciones", dijo el soldado israelí. Así es: interceptaron su celular, y lo hicieron explotar. ¿Quién puede negar que el gobierno israelí tiene todo el derecho, incluso el deber, de utilizar esos métodos para proteger a sus ciudadanos de la demencia de los terroristas kamikaze? Las cifras hablan por sí mismas: en marzo de 2002 murieron 126 personas por la acción de terroristas suicidas. Hubo una época en que los atentados ocurrían semanalmente. El atentado de ayer fue el segundo de este año. Y sin embargo la muralla misma es, por supuesto, la que ha causado la demencia que pretende recluir.
Jacob, nuestra guía armado del ejército israelí no deja de explicar lo fácil que es si eres un campesino árabe que cultiva aceitunas y quieres ingresar tus aceitunas, que están una mitad a un lado de la muralla, y la otra mitad en la otra. Sólo tienes que ir a la puerta agrícola más cercana, llamar al timbre y he ahí que aparece un destacamento de amistosos soldados israelíes para dejarte entrar. Jacob baja, conspirador, el volumen de su voz cuando nos cuenta que en un caso en que una familia árabe había demostrado ser tan fiable, ¡los soldados le dieron al jefe de familia una llave! ¿Nos podría decir el nombre de esa familia? Desgraciadamente, no podía, por razones de seguridad.
Este optimista análisis no era compartido por los palestinos con los que hablé más tarde en la aldea de Turmus Aiya. Allá la conversación giró sobre tiroteos israelíes, robos de aceitunas y de tierras. Como te dirá cualquier político israelí franco, no existe la menor intención de desmantelar la muralla/valla ni los tentáculos que se extienden en Cisjordania. Esas salientes rodean a un gran número de colonos israelíes, y cualquiera sea el mapa que resulte de un acuerdo de paz esos chalés de tejas rojas cerca de la Línea Verde de 1967 seguirán siendo israelíes. "La verdad es que tú no construyes una valla dentro de tu propio país; tú levantas una valla entre dos países", dijo un diputado israelí, y estaba siendo moderado. Sucesivos gobiernos israelíes -incluso el de Barak- han hecho la vista gorda o alentado la colonización de territorios que el mundo reconoce palestinos.
Tómese esa injusticia, agréguese las fétidas condiciones de los campos de refugiados y el lavado de cerebro de Hamas, y tendrá las condiciones para la demencia y el martirio. Pero también otra razón explica por qué los palestinos son llevados a matarse a sí mismos, y por qué los israelíes han levantado el espantoso expediente de la muralla. Y esa razón es la abominable presidencia de Yasser Arafat, que murió en París, que llevó a su pueblo durante más de 35 de desastre en desastre.
Para un veredicto final sobre los motivos de Amar al-Far, el adolescente suicida de Nablús, me dirigí hacia el recinto de Arafat en Nablús. "Creo que él debía hacerlo", dijo el guardia que me mostró el lugar. "Mataron a su padre, destruyeron su casa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Los israelíes destruyen todo. Matan a ancianos, a mujeres, a niños. ¿Qué podemos hacer? Mire esto", me dijo, apuntando a una especie de escultura de vehículos aplanados por tanques israelíes en 2002. "Mire esto. ¿Qué haría usted? ¿Qué puede hacer un hombre?", dijo, dándose una palmada en la frente. Y luego me temo que me puse impaciente y quise sugerirle, ya que el daño había sido causado hace más de dos años, si acaso no era tiempo de sacar los escombros.
Pero eso sería no percibir la esencia de la política de Arafat, que fue siempre la de ser un mártir. Es algo triste, pero necesario que los terroristas se licencien como hombres de estado: Kenyatta, Begin, McGuinness, etcétera -todos han hecho la transición. La más deslumbrante y patética excepción ha sido Yasser Arafat.
A juzgar por los acuerdos que se le ofrecieron en 2000, en Camp David y más tarde, él no estaba interesado ni en ser un estadista ni en el estado. Se le ofreció un 93 por ciento de Cisjordania y un acuerdo sobre los sitios sagrados de Jerusalén en el cual Israel delegaría de hecho la soberanía sobre la Cúpula de la Roca, como una embajada que estuviera en suelo extranjero. Se le ofreció Jerusalén Este, una concesión que era veneno político para Barak. Había varios negociadores palestinos dispuestos a aceptar el acuerdo, que pensaban que él lo aceptaría. Los israelíes estaban dispuestos, ya que todos los israelíes inteligentes -incluyendo a Sharon- saben que debe haber una solución de dos estados.
Ahora hay 3.5 millones de árabes viviendo en Cisjordania. Agréguense los 1.2 millones de árabes israelíes y tendrá 4.7 millones de árabes viviendo en ese área. A pesar del enorme flujo ruso, hay sólo 5.5 millones de judíos y, dada la tasa de fertilidad más alta de los árabes, los judíos se enfrentan a la aterradora perspectiva de ser dentro de poco en la misma posición que los blancos de Sudáfrica -una raza minoritaria privando a la mayoría de derechos civiles completos, y gobernando a esa mayoría por la fuerza. No puede durar, y eso es por qué Ariel Sharon ha prometido retirarse unilateralmente de Gaza. Así, ¿por qué rechazó Arafat, hace cuatro años, ese acuerdo más conveniente? ¿Por qué lanzó la segunda intifada, que se ha cobrado la vida de tantos miles de personas, incluyendo al adolescente suicida y sus víctimas en Tel Aviv?
Lo rechazó porque ese acuerdo lo habría despojado de su condición de mártir, y con ello de su poder. Durante toda su carrera Arafat fue la expresión física de la víctima. Con su físico chuchumeco, sus labios colgantes como un par de damascos pudriéndose, concitaba simpatía; ha sido el epítome de la debilidad y de una injusticia crónica, y no le convenía que le quitaran ese papel. Ha sido un egoísta y un narcisista que exigió de su pueblo que adoptara el tono de derrota infinita del guardia de Ramallah, para poder conservar su papel de mártir y de líder. También fue un asesino, el fundador no solamente de Fatah, sino también de Septiembre Negro. Fue la organización de Yasser Arafat la que asesinó a los atletas israelíes en Munich en 1972; se puede oír en un casete la voz de Arafat ordenando la ejecución del embajador estadounidense en Sudán, y otros. En el mismo aliento dice a los periodistas, en inglés, que está declarando una tregua y desanimando a los terroristas suicidas, y, en árabe, ordena a los dementes jóvenes de Palestina a continuar su guerra santa.
Es extraño, retrospectivamente, que alguien se haya enganchado tanto tiempo a él, y que su muerte moviera hasta las lágrimas a un reportero de la BBC. Ese sentimentalismo es comprensible en este sentido: que detrás de la máscara de un revolucionario excéntrico, detrás de todas las exigencias imposibles, asumimos que había un hombre con un plan, un hombre que quería estar en la cúspide de un conjunto de nuevas instituciones políticas. Pero en lugar de ser el padre de su país, Arafat murió como un delincuente juvenil.
Su tragedia fue -como reveló en 2000- que no tenía la ambición de hacer la transición de terrorista mártir a político maduro. Fue una tragedia para los palestinos que representara sus aspiraciones durante tanto tiempo. Su muerte ocurre demasiado tarde para los miles que murieron en la intifada, la mayoría de ellos palestinos. Pero su muerte trae nuevas esperanzas de que Israel se vea demográficamente obligado a renovar la oferta sobre Cisjordania, y de que los palestinos encuentran a un hombre de estado con la sabiduría y la autoridad para aceptarla.

13 de noviembre de 2004
21 de diciembre de 2004
©spectator
©traducción mQh
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