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construyendo sobre las elecciones


Convencer a los sunníes de que integren al proceso político sigue siendo un reto para Iraq.
Las históricas elecciones de Iraq dejan al país con un problema que todos vieron venir pero nadie tomó medidas serias para solucionarlo. En lugar de ocuparse del distanciamiento de la comunidad sunní antes de las elecciones, los líderes de la mayoría chií, tanto religiosos como laicos, insistieron en realizar las elecciones primero y tratar de integrar después a la minoría -que en gran parte se mantuvo alejada de las urnas.
Ese después ha llegado. El boicot sunní significa que los partidos chiíes y kurdos estarán fuertemente sobre-representados en el nuevo gobierno. Eso conlleva sus propios peligros. Si alguno de estos grupos exagera su ya fuerte poder, la imagen de su Iraq pacífico, democrático y unificado evocado por las elecciones se romperá rápidamente. Con ello se pagaría mal el coraje y la determinación de los votantes. También haría que las tropas norteamericanas se quedaran luchando en una guerra prolongada, y probablemente imposible de ganar, contra la resistencia en las provincias sunníes. Los partidos victoriosos deben aceptar que recuperar a las provincias sunníes es un reto político que deben superar, no una faena militar que se puede dejar en manos de las tropas estadounidenses.
Hay algunos indicios positivos entre líderes políticos iraquíes de todas las comunidades a medida que proponen al menos medidas tentativas para una posible cooperación para la redacción de la nueva Constitución iraquí. Esas propuestas se derivan en parte de la aritmética de la ratificación constitucional. Una mayoría de dos tercios de los votos contra la Constitución en tres de cualquiera de las 18 provincias de Iraq podría bloquear su aprobación final. Esa disposición fue originalmente designada para proteger a las tres provincias de mayoría kurda. Pero ahora concentra la atención sobre las preocupaciones de las tres provincias de mayoría sunní. Esas provincias seguramente estarán gravemente sub-representadas en la recién elegida asamblea constituyente.
Tomará todavía un tiempo antes de que se sepa quiénes ocuparán los primeros escaños de la Asamblea Nacional. Pero un resultado seguro es que la largo tiempo oprimida mayoría chií obtendrá ahora un decisivo poder político. Esperemos que los líderes chiíes entiendan la diferencia entre liderazgo y dominación, y traten a los otros grupos mejor de lo que fueron tratados ellos durante las largas décadas de la dictadura sunní.
La lista de partidos religiosos chiíes que casi con toda seguridad obtendrá la mayoría de los votos no gobernará probablemente sola, ya que se necesitan dos tercios de la nueva asamblea para elegir a un nuevo gobierno y adoptar la nueva Constitución. Los socios de la coalición disponibles incluirán a la lista chií laica dirigida por el primer ministro interino, Ayad Allawi; el bloque formado por los dos principales partidos kurdos; y una colección de sunníes e independientes. El curso más razonable sería abarcar a la mayor cantidad posible de partidos, dejando a pocos fuera, y resentidos. En un país que vive una experiencia democrática por primera vez, el concepto de una oposición leal no ha tenido tiempo de echar raíces.
Por su parte, los líderes sunníes deben empezar a hacer propuestas concretas sobre cómo agregar sus voces y votos al debate constitucional. Los sunníes -no los chiíes, ni los kurdos ni la embajada norteamericana- deben decidir a qué sunníes incluir y cómo. Una vez que esto ocurra, chiíes y kurdos deben responder con generosidad, reconociendo que cualquier cosa que aleje a los sunníes de la resistencia y los ayude a preservar un Iraq unificado también sirve sus intereses.

8 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh

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