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el manuscrito voynich


[Marcelo Dos Santos] Con este libro estafaron a un rey.
Y a un sinnúmero de lingüistas, doctores, matemáticos… desde que fue escrito. Porque el enigmático manuscrito encontrado por el librero británico Voynich en 1912 no tiene significado, ni sus dibujos responden a nada real, ni su lenguaje es conocido. Su historia es fascinante, así como las hipótesis sobre quién lo creó: una dice que fueron dos eruditos granujas para engañar a un emperador; otra, que lo escribió el filósofo Roger Bacon; una tercera, que fue Leonardo da Vinci... El autor de un libro sobre este gran misterio cuenta el resultado de sus estudios. ¿Es un pufo o vale la fortuna que pagaron por él los buscadores de joyas literarias?
En 1912, un librero británico de origen lituano descubrió en un monasterio jesuita de Roma un extraño libro: estaba cubierto de textos escritos en un código incomprensible y contenía cientos de ilustraciones de plantas, mujeres desnudas, diagramas astrológicos y mapas estelares. Entre sus páginas se hallaba una carta fechada en 1666, en latín, por medio de la cual el entonces rector de la Universidad de Praga rogaba a un científico jesuita muy famoso en aquellos tiempos que estudiase el libro e intentara descifrarlo.
La sorpresa de Wilfred Voynich (que así se llamaba el librero) fue mayúscula: de inmediato hizo a los jesuitas una oferta por el libro y se lo llevó a Londres. Tomó multitud de fotografías del manuscrito y se las enseñó a expertos criptógrafos, lingüistas, historiadores y medievalistas. Ninguno fue capaz de identificar los extraños caracteres.
Para mayor perplejidad, analizado el Manuscrito Voynich (así se lo conoce actualmente) por expertos botánicos, quedó claro que, excepto dos o tres, ninguna de las plantas allí retratadas corresponde a especies reales, y algo muy similar ocurre con los diagramas de estrellas y constelaciones: con pocas excepciones, son inexistentes.
El libro misterioso comenzó, entonces, a preocupar a los científicos. Sin título, sin firma, sin indicación de fecha de composición, pronto se convirtió en la obsesión de su propietario.
A la falta de un método para traducir sus textos, se agregaba la circunstancia de que el libro había desaparecido durante 246 años, es decir, entre la fecha de la carta que lo acompañaba y su descubrimiento por Voynich. La única pieza de información histórica con que contaba éste era la propia carta, bautizada por los estudiosos como ‘La carta Marci'.
Johannes Marcus Marci de Cronland, autor de la misma, solicita al docto científico alemán Athanasius Kircher, como se ha dicho, que le descifre el manuscrito. Por lo que parece, no obtuvo respuesta y falleció pocos meses después. Lo importante, sin embargo, es que en su carta establece el lugar de origen del manuscrito y arriesga (citando opiniones de terceros) una hipótesis sobre su autor.
Dice Marci que el manuscrito provenía de la biblioteca personal del Sacro Emperador Romano en Praga, Rodolfo II, y que lo había comprado por una fuerte suma (600 ducados, aproximadamente 40.000 euros actuales). Manifiesta también que uno de los expertos de la corte y profesor de los hijos del emperador decía a quien quisiera escucharlo que el manuscrito era obra del inglés Roger Bacon, el celebérrimo teólogo, filósofo, fraile franciscano y científico del siglo XIII.
A la luz de los conocimientos actuales, el extremo no es irracional, ya que Bacon, acorde con los conceptos de su tiempo, aseguraba que los conocimientos no debían ser del "dominio público", sino que debían estar en poder de una elite ilustrada. Para ello, preconizaba que los científicos y eruditos debían escribir sus libros en código (él mismo lo hizo muchas veces) para que solamente pudiesen leerlos los hombres intelectualmente merecedores de ello.
Sin embargo, los códigos baconianos se conocen perfectamente, y todos ellos fueron fácilmente descifrados en el siglo XIX. Además, quedaba la extraña circunstancia de que Roger Bacon estaba muerto desde 1292, esto es, 374 años antes de la fecha de La carta Marci. ¿Dónde había estado, entonces, el libro durante todos esos siglos? ¿Y cómo había pasado de Londres a Praga y luego a Roma? Varias teorías bastante singulares han cobrado fuerza a raíz de la difusión del origen baconiano del Manuscrito Voynich. En una de las secciones de éste se ven varios dibujos de objetos que parecen células, espermatozoides, etcétera. En la parte que podríamos llamar ‘astronómica' se encuentran ilustraciones que parecen –con gran similitud– galaxias espirales. Sin embargo, la célula fue descubierta por Robert Hooke en 1663, mientras que los espermatozoides lo fueron por Anton van Leeuwenhoek, en 1683. La estructura espiral de las galaxias como la nuestra fue descubierta a comienzos del siglo XX, con el advenimiento de los grandes telescopios astronómicos (1917). ¿Qué significaba esto, suponiendo que Bacon hubiese sido el autor del manuscrito? Si las ilustraciones son lo que parecen, entonces Bacon inventó el microscopio e hizo el descubrimiento de Hooke 375 años antes que él, descubrió los espermatozoides siglos antes que Leeuwenhoek y las galaxias espirales 700 años antes que Hubble.
Sin embargo, ¿se puede probar que esto haya sido así? Lamentablemente, no hay prueba a favor ni en contra que afirme o descarte tal posibilidad.
La autoría del Manuscrito Voynich, siendo un tópico que aún hoy está en discusión por multitud de científicos, ha sido atribuida también a otros hombres: el más conocido de ellos, sin duda, es Leonardo da Vinci. La investigadora Edith Sherwood destaca la similitud entre la caligrafía del Voynich y documentos del sabio florentino. Abona su hipótesis utilizando como prueba uno de los diagramas astrológicos del manuscrito. En él se ve el símbolo del signo de Aries (el Carnero) rodeado de 15 mujeres desnudas. Bajo el dibujo del animal puede leerse "ob.....l", lo cual Sherwood mira en un espejo y lee "Lionardo". Ésta es la grafía que Leonardo utilizaba para su propio nombre. El parecido de esta palabra con la firma de da Vinci en sus demás manuscritos es innegable. La doctora Sherwood afirma que el gráfico de Aries es, en realidad, una carta natal de alguien que nació un 15 de abril (15 ninfas junto a Aries, el mes de abril). Casualmente, Da Vinci nació el 15 de abril de 1452. ¿Y el año? Sobre una de las cisternas del dibujo, en la que se ve a una mujer con un bebé, puede leerse la cifra "1452", y en otra parte del mismo folio las palabras italianas "sabatto notto" (tal vez "sábado por la noche"). La estudiosa ha encontrado una nota autógrafa del abuelo de Da Vinci donde el anciano dice: "Nació un nieto mío, hijo de mi hijo Ser Piero. Fue a las tres de la noche del sábado 15 de abril".

A pesar de todo, la mayor parte de las sospechas acerca de la autoría del manuscrito han recaído sobre John Dee y Edward Kelley, ambos ingleses. John Dee fue consejero de la corte de la reina Isabel de Inglaterra, posiblemente espía suyo, y una verdadera autoridad científica en su tiempo. Dee fue matemático, astrónomo, alquimista, místico y vidente. Kelley dedicó su vida a la alquimia y a la búsqueda de la transmutación de los metales. Suyo es el tratado ‘De Lapide Philosophorum', que trata acerca de la piedra filosofal. Antes de conocer a Dee, había sido notario en Londres y se había enriquecido falsificando en su beneficio escrituras ajenas. Fue capturado, preso y condenado a la amputación de las orejas. Kelley conoció a Dee, y pronto lo empujó a abandonar gran parte de sus estudios y a dedicarse, junto con él, a prácticas ‘espirituales' como ‘hablar con los ángeles' a través de una bola de cristal. Cada tanto, viajaban por Europa dando conferencias sobre la transformación del plomo en oro y asuntos similares. Ambos eran plebeyos y muy pobres, y, en la década de 1580, recalaron en la corte de Rodolfo II en Praga, el mismo emperador que se menciona en ‘La carta Marci' como propietario del Manuscrito Voynich.
¿Podrían estos dos hombres, uno de ellos dominado por el otro y este otro un falsificador convicto, haber pergeñado un engaño tal, y haber vendido el manuscrito al monarca? La respuesta a esta pregunta es sí. Se sabe que pudieron, y que Rodolfo poseía una biblioteca (la Kunstkammer) llena de volúmenes similares. Tal vez escribieron el libro con apuro (de ahí la poca calidad de las ilustraciones) y obtuvieron 600 ducados. Tuvieron la oportunidad, y lo que se discute hoy en la comunidad científica es si llegaron a tener los medios.
Rodolfo rogó a Kelley que le enseñara el secreto para transmutar el plomo en oro. Éste accedió, y el soberano lo hizo noble como contrapartida. Obviamente, el inglés no pudo ofrecerle la fórmula, por lo que fue encarcelado. Por su parte, Dee volvió a Inglaterra y murió espantosamente pobre, algo bastante inusual en un hombre que pudo haber obtenido 600 ducados por un manuscrito extraño.
Una de las circunstancias más extraordinarias alrededor del Manuscrito Voynich es, como se ha dicho, su desaparición entre 1666 y 1912. ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Todos los indicios apuntaban a la Compañía de Jesús. Marci era un conocido filojesuita, y Athanasius Kircher era un jesuita muy conocido. Voynich lo redescubrió en un monasterio jesuita casi dos siglos y medio más tarde. ¿Estuvo el libro en poder de la Compañía de Jesús durante ese periodo? Es muy posible. También es posible que la Compañía lo haya ocultado por temor a que el texto ilegible fuera herético, o para resguardarlo de los embargos y decomisos que la Orden sufrió bajo diversos papados. El periplo del libro en ese lapso puede rastrearse con mayor o menor precisión, pero falta aún mucha investigación para poder establecer su derrotero con certeza meridiana.
¿Y el texto? ¿Se podrá algún día descifrar su contenido? El libro imposible ha mantenido insomnes a los lingüistas desde que hizo su aparición en Praga. Y todos, renacentistas y contemporáneos, están de acuerdo en que sin establecer alguna teoría acerca de la naturaleza del texto en sí será imposible penetrar en sus secretos.
En la actualidad se consideran tres posibles explicaciones acerca del libro: la primera, como se indicó a propósito de Dee y Kelley, que no sea más que una estafa genial pergeñada por los dos truhanes para ganar los 600 ducados indicados en ‘La carta Marci'. La segunda hipótesis consiste en que el texto esté escrito en un código desconocido hasta el momento. Y la tercera hipótesis afirma que se trata, lisa y llanamente, de un texto escrito en una lengua desconocida... ¿Podría tratarse de una teoría válida?
El problema estriba en que los textos del Voynich, aunque incomprensibles, pueden ser estudiados matemáticamente. La frecuencia de aparición de palabras de distinto número de letras, el alto nivel de redundancia o repeticiones, todo en él se comporta de un modo radicalmente diferente a cualquier lengua conocida. Esto hace pensar a los lingüistas que el manuscrito no contiene en verdad ningún mensaje, sino que es sólo una muy bien diseñada jerigonza. Pero también esto hay que probarlo. Científicos británicos están intentando reproducir las características estadísticas del Voynich utilizando la tecnología disponible en el Renacimiento. Ya se han logrado apabullantes avances en este campo, y sólo falta poder recrear las peculiaridades más avanzadas.

Si esto se logra en un futuro próximo, el libro imposible, que resistió durante siglos a los esfuerzos de los expertos y estudiosos, habrá rendido su último secreto, descubriendo ante los hombres su real naturaleza de mentira que consiguió ocultarse durante casi 500 años, aparentando ser un texto relevante. Pero aún en este caso, no se podría probar a ciencia cierta que entre sus 40.000 palabras sin sentido no se oculten algunos renglones plenos de significado. Hay quienes se resisten a creer que una pieza tan bella, que un artefacto tan perfecto del ingenio humano, que un tan delicado juego intelectual, no transmita en verdad ningún mensaje.
El Manuscrito Voynich pasó, tras la muerte de su propietario, a la viuda de éste, que lo guardó durante 30 años hasta su propia muerte, en 1961. Quedó luego en poder de sus albaceas. Wilfred había dejado establecido en su testamento que sólo podía ser vendido si el comprador era aprobado por un comité de cinco personas: entre ellas se contaban su secretaria Anne Nill, uno de los estudiosos que intentó traducirlo y, por supuesto, su esposa Lily Boole, hija del filósofo George Simon Boole. Ella ya estaba muerta, por lo que debieron fallar los cuatro restantes.
El elegido fue el librero y coleccionista Hans P. Kraus. Sumamente ansioso, Kraus lo puso a la venta a su vez por la suma de 120.000 dólares, superior aún a la que se pagaría hoy día por un manuscrito medieval o renacentista de firma conocida. Pero Kraus, cansado y aburrido, donó finalmente en 1969 el manuscrito a la Universidad norteamericana de Yale, donde se encuentra hoy expuesto en su Biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros. Sus páginas han sido digitalizadas y cualquiera puede acceder a copias de alta definición en el sitio web de la biblioteca.
Ahora duerme su sueño sin sueños una de las obras más elaboradas de la inteligencia humana, el manuscrito que lleva ya casi medio milenio conturbando y confundiendo a todos aquellos que lo observan.
¿Podremos descifrarlo alguna vez? Es posible. Guardamos íntimamente esa esperanza, porque, como ha escrito Octavio Paz, quien ha visto una esperanza jamás se olvida de ella.

23 de febrero de 2005
©el mundo
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