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alma de una causa perdida


[Reed Johnson] Ernesto Cardenal todavía es el sacerdote poeta de los sandinistas de Nicaragua. Pero sabe que la iglesia y los tiempos se han tornado contra él.
Managua, Nicaragua. El radical sacerdote que una vez se opusiera a la voluntad del Papa Juan Pablo II se ve viejo y frágil, con su inverniza barba y paso arrastrado.
Todavía lleva su boina beatnik, y cuando habla de los días de gloria de los años setenta y ochenta, sus ojos brillan con el ardor de un apóstolo. Pero la incendiaria elocuencia del Padre Ernesto Cardenal no puede quemar esta testaruda idea: que la revolución nicaragüense, la causa a la que sirvió Cardenal con tanta devoción y durante muchos años de sacrificio y sangre derramada, es un fantasma de lo que fue.
Sentado junto a la pared de su sala, con su espeluznante montaje fotográfico de compañeros caídos, Cardenal presenta una callada evaluación de lo que pasó con ese distante sueño revolucionario.
"Ahora puede parecer que no valía la pena, la muerte de nadie", dice Cardenal, sacerdote y uno de los más famosos poetas centroamericanos de los últimos cincuenta años. "Pero en esa época pensábamos que habían muerto por un país mejor, para crear un país mejor".
La revolución que llevó a los izquierdistas sandinistas al poder, y la guerra civil que siguió, mató a decenas de miles y asoló a este país majestuosamente bello. Como escribe Cardenal, 80, en el último volumen de sus memorias, ‘La revolución perdida', a veces las revoluciones tienen un raro modo de volverse contra sus inventores.
Los inventores en este caso eran los miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Nacido como un variopinto movimiento de resistencia, en 1979 los sandinistas dirigieron durante cuatro años el derrocamiento popular de la brutal y corrupta familia Somoza y su dictadura.
Luego lucharon contra los rebeldes contrarrevolucionarios respaldados por Estados Unidos al mismo tiempo que establecieron un nuevo régimen basado en principios socialistas: la redistribución de la propiedad privada entre los pobres y mayor apoyo financiero para la educación y salud públicas.
Cardenal fue ministro de cultura, y organizaba talleres poéticos y artísticos para campesinos, soldados y obreros. Defensor de la teología de la liberación -la doctrina de izquierda de que las enseñanzas de Cristo justifican la acción revolucionaria contra enraizadas injusticias sociales-, Cardenal creía que sus deberes como sacerdote, poeta y sandinista eran esencialmente lo mismo.
En opinión de Cardenal el marxismo era compatible con el orden natural divino -no el "marxismo dogmático y metafísico" de la Unión Soviética, como escribe en ‘La revolución perdida', sino el marxismo "flexible y pluralista" de Nicaragua, que había crecido orgánicamente en el cargado ambiente de volcánicas desigualdades sociales.
Pero el Vaticano no lo veía de esa manera, particularmente el Papa Juan Pablo, que creció a la sombra del espectro del comunismo soviético. En América Latina el pontífice empezó a remplazar a los obispos de izquierdas por conservadores que reprimieron la acción social dentro de la iglesia. El cardenal José Ratzinger, que se transformó en Benedicto XVI la semana pasada, fue el encargado de la doctrina de Juan Pablo, denunciando la teología de la liberación y trabajando desde su oficina en el Vaticano para silenciar a sus partidarios más importantes.
Durante una visita a Managua en1983, el Papa apuntó con un dedo al sacerdote y lo reprimió públicamente. Mientras los cantos de los sandinistas y sus partidarios ahogaban las palabras del Padre Santo, la misa al aire libre se disolvió en un caos. Cardenal fue presionado por la iglesia para que renunciara a su puesto en el gobierno, pero se negó.
Cardenal finalmente fue excluido de la administración de los sacramentos. Su hermano Fernando Cardenal, también sacerdote, era ministro de educación. Fue suspendido de la orden jesuita, pero readmitido más tarde.
En ‘La revolución perdida', Ernesto Cardenal sostiene que la condena de Juan Pablo de los sandinistas mostraba una básica falta de comprensión de los sufridos ciudadanos nicaragüenses. "Es verdad que la gente no tenía respeto por el Papa", escribe, "pero era porque el Papa no tenía respeto por el pueblo".
Interrogado sobre el nuevo Papa en una entrevista la semana pasada en una publicación nicaragüense, Cardenal describió a Benedicto como un "inquisidor" y calificó su elección como una "fatal" decisión de la iglesia.Ahora los sandinistas, que perdieron la presidencia de Nicaragua en 1990, están luchando por recuperar su relevancia política y Juan Pablo yace sepultado en San Pedro. En cuanto a la revolución, Cardenal cree que perdió hace años sus amarras. Está especialmente indignado con Daniel Ortega, el ex jefe militar y presidente sandinista, al que Cardenal acusó de comportarse como un dictador por reprimir la disensión en el partido sandinista y hacer tratos con los antiguos opositores del partido.
Ortega quiere la presidencia por cuarta vez. Y Cardenal apoya al empresario y antiguo alcalde de Managua, Herty Lewites, que pasó en el pasado un año en una cárcel federal de Estados Unidos por traficar armas para los sandinistas. "Espero que Ortega no sea elegido presidente", dijo Cardenal. "Sería un desastre para el país".
Incluso antes de perder el poder, Ortega y la dirigencia sandinista habían perdido a muchos de sus seguidores. Mientras los altos funcionarios del partido vivían en mansiones confiscadas de los compinches de Somoza, los nicaragüenses de a pie vivían atascados en la pobreza y la desesperación.
Las memorias de Cardenal dicen poco sobre otros caros errores del régimen sandinista, tal como la reubicación forzada de los costeños indios misquitos, por la que fue rotundamente condenado.
Entretanto, la teología de la liberación ha perdido seguidores en América Latina. El conservador protestantismo evangélico, no el catolicismo marxista, es la nueva máquina de crecimiento espiritual. En todo el hemisferio sur, una nueva generación de presidentes con trajes de hombre de negocio y de izquierda en países como Argentina, Chile y Brasil han remplazado a los comandantes barbudos en uniforme de faena. "Ganó el capitalismo. Punto", concedió Cardenal en una entrevista con el Miami Herald en 1999. "¿Qué más se puede decir?"
¿Qué entonces del argumento de Cardenal de que los humildes, si van a heredar la Tierra, no pueden siempre poner la otra mejilla? ¿Pasó la era revolucionaria en América Latina?
"No, no ha pasado", dice Cardenal, "porque las condiciones que hicieron posible las revoluciones previas todavía existen -incluso son todavía peores, la injusticia social, la desigualdad, la pobreza y la miseria de la gente, y hacen que las revoluciones sean todavía más necesarias".
La vida de Cardenal es de activa soledad. Gasta gran parte de su tiempo leyendo y escribiendo. Recibe visitantes en casa, pero no usa internet, confiando a una secretaria su extensa correspondencia. Todavía esculpe, una pasión que empezó durante sus años de estudiante en la Universidad de Columbia en Nueva York a fines de los años cuarenta. Muestra con satisfacción a una elegante y abstracta pieza de una planta tropical. Y todavía escribe poesía.
En un país donde los poetas son tratados como estrellas de cine, Cardenal es admirado por su sencilla ingenuidad, innovaciones técnicas y enorme productividad. Su intelecto inquieto, estilo epigramático e inmediatez emocional evocan influencias claves como Walt Whitman, Ezra Pound y William Carlos Williams.
En poemas narrativos más largos, como ‘Con Walker en Nicaragua', sobre William Walker, el mercenario de Tennessee que invadió Nicaragua en los años de 1850 y trató de transformarla en una sociedad esclavista, Cardenal usa el canto para transformar la historia en verso. Evocativo de ‘Viaje de los magos' de T.S. Eliot en su exuberante y simbólica imaginería, y en su punto de vista retrospectivo y embrujado, ‘Con Walker in Nicaragua' es una obra maestra de representación histórica.
Sólo de vez en vez en algunos trabajos posteriores Cardenal busca la polémica. "Es un poeta tan excepcional", escribió el crítico literario Richard Elman en el diario Nation en 1985, "que su ocasional verbosidad y dureza son perdonables".
Los sentimientos enfáticamente mezclados de Cardenal sobre Estados Unidos salen a superficie en muchos de sus poemas, así como en sus últimas memorias. De joven pulió sus creencias cuando vivía en un monasterio trapista en Kentucky, donde se hizo discípulo de Thomas Merton, el monje que era poeta, teólogo y defensor de la justicia social. Aunque su inglés hablado es limitado, ha leído mucho en ese idioma y traducido poesía en lengua inglesa al español. "La poesía americana me ha influido más que la de cualquier otro país", dice.
Pero traza una distinción ente el pueblo americano y su cultura, que admira, y el "invasor imperialista" que cree que causó tanto dolor a su país. "El gobierno de Estados Unidos es el gobierno más terrorista del mundo", dice, mencionando en el embargo de los años ochenta que destruyó la economía nicaragüense.
También separa la "buena globalización", que define como el achicamiento del mundo en un lugar más pequeño donde "la humanidad se encuentre más a sí misma y tenga más relaciones", de la globalización de tipo puramente económico que existe para ampliar los mercados de consumidores. Un chorro de inversiones extranjeras no logró sacar a las clases bajas de la miseria en Nicaragua, dice, a pesar de un puñado de nuevos centros comerciales, bancos y gasolineras en cruces de calles de otro modo vacías.
De todos modos, esta tarde no quiere recordar el pasado. En unas horas, anuncia, saldrá hacia Masaya, un bastión sandinista a unos 40 minutos al sudeste de Managua, para dar un discurso en una manifestación para el esperanzado candidato presidencial Lewites.
Bajo un abrasador sol de domingo por la tarde, una ferviente multitud emperifollada en chaquetas de camuflaje del ejército y sombreros con imágenes del Che Guevara hormiguean junto a un enorme podio, comiendo tajadas de sandía y ondeando banderas rojinegras. Alguien que llegara repentinamente a la escena pensaría que ha retrocedido 20 años en el tiempo.
Un partidario de Lewites, Manuel Carlos López, 30, está sentado en una muralla de piedra dando la espalda a las oscuras aguas de la Laguna de Masaya, escuchando el viejo himno sandinista. "Nicaragua necesita democracia", dice López. "No necesitamos comunismo. Estamos hasta la tusa de la guerra. No creemos en la guerra. Creemos en la paz".
Un grupo de rap sube al escenario para animar a la muchedumbre. Uno de sus miembros, Marvin Blanco, 20, dice que los apasionados poemas de Cardenal influyeron en la generación hip-hop de su país. "Lo escucho hablar sobre la tierra de Nicaragua, sobre nuestro paisaje, agua, historia".
Mientras Blanco habla, una caravana de coches se aparece por detrás del escenario, desembarcando a Cardenal, Lewites y un séquito de ayudantes. Un anunciador introduce a "nuestro poeta revolucionario, el orgullo del pueblo nicaragüense" y Cardenal se acerca al atril.
Entonces empieza a leer algunos versos de ‘Canto Nacional', un extenso trabajo dedicado al Frente Sandinista que alterna un juego de palabras en jerga con cáusticas referencias a la General Motors y a "los Money Managers" de Wall Street y versos del Libro de Jeremías.
"Fuera, fuera, fuera, yanquis", entona Cardenal con su mejor voz de profeta del Viejo Testamento. Cuando Cardenal termina, la multitud rompe en vítores y aplausos.
El mensaje en boca del viejo sacerdote es todavía lírico y fuerte: La revolución ha muerto, ¡viva la revolución!"

28 de abril de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
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