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asesinada por la tradición


[N.C. Aizenman] Un caso de adulterio en Afganistán refleja la aplicación de leyes modernas a tierras tribales.
Gazon, Afganistán. Begum Nessa recordó haber despertado con un sobresalto.
Alguien estaba llamando a la puerta de madera de su casa.
Se sentó en la oscuridad mientras su marido, Mohammed Aslam, corría hacia fuera.

"¿Dónde está su hija mayor?", se oyó una voz preguntando. Era el jefe de la aldea.
"Está dentro, durmiendo con el resto de la familia", respondió Aslam, un hombre chico de mirada amable y una tupida barba negra. Es dueño de ganado y varios campos de trigo y es una figura respetada en este diminuto villorrio de ladrillos de adobe en el fondo de un remoto valle en el norte de Afganistán.
Pero la voz del hombre adoptó un tono de mofa: "¿De verdad? Pues tráela". Nessa recordó haberse sentido repentinamente mareada. Cogió la lámpara de propano en el dormitorio donde dormían los nueve miembros de su familia cada noche, en el suelo. La encendió justo cuando irrumpía Aslam.
Se quedaron boquiabiertos cuando vieron el colchón vacío de Amina.
En una hora toda la aldea se enteraría de que la mujer, 25 y casada, había sido atrapada en una oscura choza cercana con su amante.
Dos días después Amina estaba muerta -asesinada el 20 de abril por sus vecinos después de que los hombres de la comunidad decretaran que había violado la ley islámica que prohíbe las aventuras con los vecinos.
El destino de Amina subraya la magnitud del reto que debe superar el gobierno central de Afganistán en sus intentos de extender el imperio de las leyes modernas y procesos democráticos más allá de la capital del país, más de tres años después de la derrota del represivo y fundamentalista gobierno islámico talibán.
Pero la atención que ha concitado el asesinato de Amina sobre un olvidado rincón de la provincia de Badakhshan también cuenta la historia de una región en proceso de cambios -atrapada entre siglos de tradición y la esperanza de un naciente estado moderno.

Descubrimiento
El día empezó cuando una partida de mensajeros entró a Gazon por el largo y pedregoso sendero desde Faizabad, la capital provincial, llevando importantes noticias. El marido de Amina, Sharafatullah, había finalmente regresado de Irán después de una ausencia de cuatro años y llegaría pronto a Gazon.
En este pintoresco valle donde la tierra arable es escasa y muchas familias sólo cenan arroz, es normal que los hombres busquen trabajo fuera. Pero Sharafatullah no había escrito ni una palabra a casa, ni enviado dinero, desde que se marchara.
"¿Cuánto tiempo se supone que tengo que vivir así?", se quejaba a menudo Amina, según su padre.
Sin embargo, dos años después de su matrimonio concertado la partida de Sharafatullah había permitido a Amina inusuales libertades. En lugar de tener que vivir -o esperar- con sus parientes políticos en la aldea vecina, volvió a la choza de dos cuartos de sus padres en Gazon. Allá, con numerosos hermanos pero sin hijos propios que cuidar, tuvo tiempo de coserse coloridos vestidos o hacer largas caminatas junto al río que pasa por el villorrio, dijeron sus padres.
Esa mañana, cuando le hablaron sobre el inminente regreso de su marido, Amina no mostró ninguna emoción, dijeron parientes.
Pero después de medianoche salió sigilosamente de la casa de sus padres y se encaminó hacia una choza cercana. El dueño, Ashur Mohammad, la descubrió allí, cerró la puerta con candado y corrió a dar la alarma.
Pronto el padre de Amina, los viejos y una multitud de vecinos se reunieron fuera. Mohammad sacó la cadena y abrió la puerta. En el fondo del cuarto estaba su hijo, Karim, sentado en un cojín.
Junto a él estaba Amina. Tenía nuevamente la expresión vacía, dijo Aslam.
Aslam se enfureció.
"Grité: ‘¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Dejénmela! ¡La voy a matar!", recordó la semana pasada. "Estaba consternado, y mi dignidad islámica había sido ofendida".
Pero los otros aldeanos lo calmaron, dijeron Aslam y otros testigos.
"Le dijimos: ‘¡No, no! Esto lo debe arreglar la sharia'", dijo su hermano Hashem, refiriéndose al código penal musulmán.
"Está bien, la someteremos a la sharia", dijo entonces Aslam. "Haremos lo que diga la sharia".
Amina estaba llorando suavemente cuando el jefe de la aldea y varios hombres más la llevaron a la casa de su tío abuelo Mohammad Assan, a apenas unos pasos de la choza de sus padres. "‘Vígilala'", le dijo el jefe, según Assan.
Assan hizo entrar a Amina en una enorme y vacía bodega. Incluso para normas de Gazon, era lúgubre -ninguna alfombra cubría el suelo de lodo, no había ninguna tela que ocultara el techo de barro, ni tenía ventanas, excepto una ranura arriba en una de las paredes.
Assan dijo que había llevado una alfombra y la había desenrollado para que Amina se sentara.
"¿Lo hiciste? ¿Es verdad?", le preguntó.
Amina se volvió sin decir una palabra, recordó Assan.
"Bueno, trata de dormir algo", le dijo.

Juicio
La mezquita de Gazon es un edificio de ladrillos de adobe, rectangular, ubicada en la ribera del río y rodeada por un enorme pedregoso patio.
A media mañana el día después de que Amina fuera atrapada con Karim, estaba llena a tope con cientos de hombres, no solamente de Gazon sino de cinco aldeas vecinas. El rumor sobre el adulterio se había extendido a través del valle como si la noticia la hubiera contado el viento.
Los hombres estaban acuclillados en el patio o sentados en la baja tapia que rodea la mezquita, toqueteando las cuentas del rosario y tratando de conversar sobre el ruido del río mientras esperaban la llegada del más importante miembro de su comunidad.
Maulvi Yousaf llegó en la tarde.
Yousaf es un hombre encorvado en la cincuentena, de turbante gris marengo, hinchadas mejillas y una blanca barba que le da un aspecto de abuelo bondadoso. Pero cuando habla sobre los temas que lo irritan, tales como el abandono en que tiene el gobierno central a Badakhshan, su voz deviene fuerte y áspera.
En momentos como esos es posible imaginarlo como el líder miliciano que fue alguna vez, dirigiendo a cientos de soldados en la lucha primero contra las tropas soviéticas y más tarde contra las fuerzas de los talibanes, que nunca lograron ocupar el valle.
Yousaf dijo que tras la derrota de los talibanes en 2001 había desarmado a sus hombres, entregado las armas y retirado a su casa de campo en Faizabad, dedicándose a trabajar como maulvi, un clérigo musulmán. Sin embargo cuando llegó un mensajero a contarle el escándalo que había estallado en el pueblo la noche anterior, Yousaf no alertó al jefe de la policía provincial, el tribunal de distrito ni a ninguna autoridad de gobierno. En lugar de eso, se dirigió rápidamente a Gazon, como si todavía fuera responsable de su administración.
"Estaba preocupado de que Sharafatullah llegara al pueblo y peleara con los padres de Amina, lo que podía originar una pelea colectiva", explicó Yousaf. "Estaba tratando de impedir una guerra tribal en la que podían morir miles de personas".
De hecho, Sharafatullah se marchó a su propia aldea en las cercanías y fue "suficientemente cuerdo" para quedarse ahí mientras se desenvolvían los acontecimientos, dijo Yousaf.
Poco después de llegar a Gazon, Yousaf y varios otros líderes comunitarios se dirigieron a casa de Assan para interrogar a Amina en privado, dijeron él y otros testigos.
Según la sharia, el castigo por adulterio es la muerte por lapidación. Pero el código exige que haya pruebas irrefutables del delito -por ejemplo, testigos del acto sexual mismo, una confesión, u otros signos, como un embarazo inexplicable.
Yousaf dijo que su esperanza era exonerar a Amina, no extraer de ella una confesión.
"Cuando entré a la habitación yo estaba riendo", dijo. "Le dije: ‘Mira, yo sé que no ha pasado nada. Es simplemente una acusación. La gente no te hará nada si no ha pasado nada'".
Yousaf dijo que interrogó a Amina solamente sobre la noche anterior.
Pero en lugar de seguir la sugerencia, dijo, confesó voluntariamente que había tenido una aventura con Karim durante dos años. Dijo que quería divorciarse de su marido y casarse con Karim.
"Parecía muy tranquila", dijo Yousaf. "Como si pensara que su plan resultaría".
Karim, que era retenido en otra choza, contó una historia similar, dijo Yousaf, excepto que Karim dijo que la relación duraba solamente un año.
De acuerdo a Yousaf y otros testigos, Yousaf retornó entonces a la mezquita y aconsejó a la muchedumbre no tomar la justicia en sus propias manos.
"Les dije: ‘Sí, este es el caso y está mal. Pero el tiempo de la yihad cuando hacíamos los juicios en el campo ya pasó. Ahora tenemos un gobierno y leyes'", dijo.
La gente dijo que siempre habían solucionado sus disputas en los consejos locales, o shura, y dijeron que estaban preocupados de que el tribunal provincial fuera demasiado ineficiente o corrupto para castigar a Amina, dijo Yousaf. Algunos incluso sabían que la nueva constitución afgana disponía que ninguna ley podía ser contraria a la sharia, y sugirieron que si la aplicaban en este caso seguirían operando dentro del sistema.
Yousaf dijo que no insistió.
Durante el resto del día y gran parte de la mañana siguiente, los vecinos discutieron el destino de Amina y Karim.
Los relatos varían sobre cuál fue exactamente la decisión final y cómo se llegó a ella.
Algunos dicen que un pequeño grupo, entre ellos Yousaf y unos pocos miembros educados de la comunidad, se reunieron en la mezquita, y luego emergieron con una orden escrita para aprobación de la turba y para que la firmara con una impresión del pulgar el padre de Amina.
Otros dicen que los algo así como 400 miembros de la shura tomaron la decisión por consenso, pero que su opinión era solamente una recomendación para Aslam cuando Amina volviera con él. Dijeron que él era libre de hacer con ella lo que quisiera.
Pero no todos los involucrados dicen que los aldeanos fueron unánimes en su opinión de que de acuerdo a los dictados del islam, la solución adecuada del caso era que Karim, soltero, fuera azotado, y Amina, como mujer casada, lapidada hasta la muerte.
Esa tarde temprano uno de los ulemas salió a por un palo con el que azotar a Karim, Yousaf se despidió de los vecinos.
Luego miraron cómo el turbante de Yousaf desapareció poco a poco por el sendero de la montaña, y con ello también la última esperanza de Amina.

Castigo
Hay dos informes contradictorios sobre la muerte de Amina.
De acuerdo a su tío abuelo Assan, después de que la shura alcanzara su veredicto, un grupo de aldeanos volvió a la oscura bodega y se la llevaron para lapidarla.
"Ella sabía lo que le iba a pasar", dijo Assan quedamente. "Estaba gritando y llorando".
El tío paterno de Amina, Mohammad Azim, dijo que él había mirado cómo los aldeanos obligaban a Amina a meterse por un sendero hacia un tramo de tierra blanda en la ribera, rodeado de rocas, a pocos metros del borde del pueblo.
Era un bello lugar, a la sombra de un enorme árbol y con una encantadora vista de la aldea colgada de la ladera.
También era un lugar ideal para lapidar a alguien.
"Hicieron un hoyo en la tierra aquí mismo", dijo Azim, mostrando un lugar en el claro hace seis días. "Entonces enterraron a Amina hasta la cintura, con los brazos amarrados".
Azim dijo que el pelo de Amina estaba cubierto por un pañuelo y que estaba llorando de terror a medida que cientos de hombres se reunían formando un círculo a su alrededor y empezaban a lanzarle piedras pequeñas a la cabeza.
"No pude mirar durante más que unos minutos", dijo Azim. En lugar de eso, dijo, caminó hasta la casa de los padres de Amina y esperó con ellos en silencio durante las dos horas que tomó matarla.
Varios aldeanos y la madre de Amina dijeron que ellos también creen que fue lapidada. Y unos pocos dijeron que habían visto el hoyo ensangrentado después de que la sacaran de él.
Pero nadie más admitió haber presenciado la lapidación misma, mucho menos haber participado en ella. Y el suelo donde Amina fue supuestamente enterrada hasta la cintura mostraba pocos signos de alteraciones seis días después de su muerte -posiblemente porque, como dice Azim y otros vecinos, rellenaron el hoyo y luego el río lo inundó o posiblemente porque la lapidación nunca ocurrió.
Otros aldeanos, incluyendo al tío de Amina, Hashem, cuentan una historia muy diferente.
Hashem dijo que los vecinos entregaron a Amina a sus tíos, incluyéndose él mismo y Azim. Su intención original era ahorcarla, dijo Hashem. Pero cuando la llevaban, se fueron indignando cada vez más y empezaron a golpearla con sus puños.
"Estaba oscuro", dijo. "Todos le estábamos pegando, y cuando se desmayó la vimos en el suelo y no estaba respirando. Quizás sufrió un ataque cardiaco".
Cualquiera los medios con que se la mató, los padres de Amina dijeron que su cuerpo magullado les fue entregado entre las oraciones de la tarde y vespertinas de ese día. Nessa, la madre de Amina, dijo que no había llorado.
"Mi hija era una criminal y una pecadora que deshonró mi nombre", dijo Nessa vehementemente algunos días después. "Y yo debería ser acusada de su muerte, no los demás, porque yo les dije que la podían matar. Les perdono por haber derramado su sangre".
Cerca de los 40, Nessa tiene la piel curtida, pero el mismo pelo negro azabache y pómulos sobresalientes de Amina.
Si le hubiera permitido vivir, agregó Nessa, la deshonra la habría obligado a abandonar la única casa que había conocido y el valle en que su familia había vivido durante generaciones.
"Pero ahora puedo ir a cualquier parte del pueblo con la cabeza en alto... Estoy contenta. Muy, muy contenta", gritó. El tono de su voz no delataba alegría. Entonces Nessa se cubrió la cara con sus manos.
Temprano en la mañana después de la muerte de Amina, su familia y otros vecinos la enterraron en el cementerio de Gazon. Pero no pudieron enterrar lo que le habían hecho.

La Pena Reemplaza a la Rabia
Anis Akhgar, representante del ministerio afgano de Asuntos de la Mujer en Faizabad, se levantó de su escritorio para saludar al jefe de la policía provincial de Badakhshan.
"Así, pues", dijo Akhgar mientras el jefe de policía tomaba asiento. "Según los informes de la prensa parece que este caso en Gazon es bastante serio. Pero han pasado cinco días y no hemos oído nada del gobierno. ¿Qué hará usted sobre este asunto?"
El general Shah Jahan Noori se arremolinó levemente en su asiento. El periodista estaba sentado en otra silla junto a él.
"He enviado algunos agentes hoy para que me traigan a los familiares, para interrogarlos", respondió rápidamente. "Pronto sabremos más".
Badakhshan es uno de los rincones más inaccesibles de Afganistán. Enormes secciones del lugar quedan normalmente aisladas por la nieve durante el invierno. En Gazon, los vecinos calculan que al año mueren unas ocho mujeres en el parto porque no pueden alcanzar por el sendero al doctor más próximo en Faizabad. E incluso Faizabad está conectada al resto de Afganistán sólo por un estrecho camino de tierra.
Sin embargo la reunión entre Akhgar y Noori ofreció una indicación de lo mucho que ha cambiado todo, incluso aquí.
Además de Akhgar, hay un representante local de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán en Faizabad y varios periodistas afganos -que rápidamente difundieron la noticia cuando surgieron los primeros rumores sobre el asesinato de Amina. En pocos días el capítulo londinense de Amnistía Internacional había emitido un comunicado de prensa instando al gobierno afgano a investigar.
El jefe de policía de Badakhshan había sido transferido a su puesto de otra provincia; sin raíces locales, era más susceptible a las influencias externas que pedían intervención. A pesar de la respuesta de Noori inicialmente lenta ante los informes sobre el asesinato de Amina, a una semana del suceso había arrestado a varios de sus familiares y enviado agentes a Gazon a detener a varios más.
Sin embargo Aslam, el padre de Amina, fue dejado en libertad en Faizabad después de una noche de interrogatorio, sobre la base de que no era directamente responsable.
Justo antes de iniciar la larga caminata hacia Gazon, se sentó en una silla de metal en un cuarto de la comisaría de policía, pensando en todo lo que había ocurrido en los últimos días.
A diferencia de los sentimientos de su esposa Nessa, la rabia de Aslam hacia Amina se había transformado en pesar.
"Lo siento tanto por ella. Era tan joven", dijo, con los ojos llenos de lágrimas. "Realmente la echo de menos... Extrañaré su voz, y nuestras conversaciones en las tardes".
Había muchas cosas que le gustaría hacer retroceder y cambiar. "Si me hubiera dicho que no quería volver con su marido", dijo. "Yo podría haber hecho algo sobre ello. La habría aconsejado".
Pero dijo que no tenía dudas de que merecía morir después de haber cometido adulterio.
"No había alternativa. Eso es lo que nos ordena el islam".
Su único pesar es haber entregado a Amina a otra aldea en lugar de matarla él mismo.

6 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
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