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viudas puras e impuras


[Sharon LaFranière] El sida obliga a África a poner en cuarentena tradiciones con viudas.
Michinji, Malawi. En las horas que siguieron al entierro de James Mbewe hace tres años en una tumba sin lápida no muy lejos de aquí, su esposa de 23 años, Fanny, ni lo lloró ni aceptó visitas de amigos. En lugar de eso, se escondió en la choza de su hermana, esperando que el resto de sus parientes políticos no la encontraran. Pero la encontraron, dijo, e insistieron en que si se negaba a exorcizar al espíritu de su marido muerto, la culparían a ella toda vez que muriera alguien en la aldea. Así que puso a dormir a sus dos hijitos y se obligó a mantener relaciones sexuales con un primo de James.
"Lloré recordando a mi marido", dijo. "Cuando terminó, salí y me aseé porque tenía mucho miedo. Tenía miedo de contraer el sida y morir y abandonar a mis hijos al sufrimiento".
Aquí y en varios otros países cercanos, entre ellos Zambia y Kenia, el funeral de un marido concluye desde hace mucho tiempo con un ritual final: la relación sexual de la viuda con uno de los parientes de su marido, para romper el vínculo con su espíritu y, se dice, salvarla a ella y al resto de la aldea de la demencia o la enfermedad. Las viudas lo han tolerado durante mucho tiempo, y los líderes tradicionales lo refuerzan como una indiscutible tradición en el campo africano.
Ahora el SIDA lo está cambiando. Líderes políticos y tribales están empezando a pronunciarse contra la llamada purificación sexual, condenándola como una de las razones por las que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida se ha extendido a los 25 millones de africanos sub-saharianos, matando solamente el año pasado a 2.3 millones. El ritual está siendo denunciado por líderes del naciente movimiento de derechos de la mujer en la región, que dicen que la falta de control sobre sus vidas sexuales es una de las principales razones por la que 6 de cada 10 de los contagiados en el África sub-sahariana son mujeres.
Pero los cambios marchan con lentitud, aldea por aldea, choza por choza. En una región donde la creencia en la brujería está ampliamente extendida y a muchas mujeres se les enseña desde niñas a no discutir la autoridad de los líderes tribales ni las prerrogativas de los hombres, el temor a burlarse de la tradición a menudo supera incluso al temor a contraer el sida.
"Es muy difícil terminar algo que se ha hecho durante tanto tiempo", dijo Monica Nsofu, enfermera y operadora de sida en el distrito de Monze en el sur de Zambia, a unos 320 kilómetros al sur de la capital, Lusaka. "Lo aprendimos desde que nacimos. La gente se pregunta: ‘¿Por qué debemos cambiarlo?'"
En Zambia, donde uno de cada 5 adultos está infectado con el virus, el Consejo Nacional del SIDA informó en 2000 que esta práctica era muy común. Desde entonces, el presidente Levy Mwanawasa ha declarado que obligar a las nuevas viudas a tener sexo o a casarse con parientes de su marido debería ser desalentado, y los jefes tribales del país han decidido no implementar tampoco la tradición, dijo su portavoz.
Sin embargo, un sondeo reciente de Mujeres y Ley en África del Sur encontró que en al menos un tercio de las provincias del país, la ‘purificación' sexual de las viudas todavía persiste, dijo Joyce MacMillan, que dirige el capítulo de la organización en Zambia. En algunas áreas, la práctica se extiende a los hombres.

Algunas No Eluden los Riesgos
Incluso algunas de las voluntarias de Zambia que trabajan para frenar la difusión del SIDA se muestran reluctantes a desautorizar la tradición. Paulina Bubala, líder de un grupo de residentes positivos cerca de Monze, instruye a escolares sobre los peligros del SIDA. Pero en una entrevista dijo que era ambivalente sobre si las nuevas viudas debían purificarse teniendo sexo con sus parientes.
Su marido murió de lo parecían ser síntomas de SIDA en 1996. Poco después del funeral, tanto Bubala como la segunda esposa de su marido se cubrieron a sí mismas con lodo durante tres días. Luego se bañaron cada una y, completamente desnudas, rozaron sus cuerpos contra el de un sobrino del marido muerto.
Semanas más tarde, dijo, el jefe de la aldea les dijo que ese ritual de purificación no era suficiente. Incluso las sillas en las que se sentaron estaban impuras, dijo, a menos que tuvieran sexo con el sobrino.
"Nos sentimos humilladas", dijo Bubala, "pero no podíamos resistirnos, porque no queríamos tener líos en la tierra del jefe".
El sobrino murió el año pasado. Bubala dijo que la causa fue el hambre, no el SIDA. La segunda esposa de su marido ha empezado a mostrar síntomas de SIDA y sale rara vez de su choza. Bubala misma descubrió en 2000 que estaba infectada.
Pero incluso el riesgo de contraer la enfermedad no disminuye la creencia de Bubala en los poderes de protección del ritual. "No hay modo de parar esta práctica", dijo, "porque hemos visto a un montón de hombres y mujeres que se han vuelto locos" después de la muerte de sus parejas.
Nsofu, la enfermera y coordinadora de SIDA, dice que es menos importante convencer a mujeres como Bubala que a los jefes y líderes tribales que son los custodios de la tradición y porteros del cambio.
"Les decimos: ‘Si continuáis esta práctica no quedará nadie en la aldea'", dijo. Menciona a gente que como ella han rechazado ser purificadas y sin embargo parecen completamente sanas. Dieciséis años después de la muerte de su marido, dice, "sigo siendo yo". Nsofu dijo que había sugerido a los líderes tribales que la purificación sexual probablemente no había surgido del temor a la venganza de los espíritus sino de la lascivia de los hombres que anhelaban a las mujeres de sus parientes. Propone substituirlo por otros rituales para protegerse de los espíritus de los muertos, como cantar y saltar de un lado a otro de la tumba o sobre una vaca.

El Jefe Cree en Ello
Como sus contrapartes en Zambia, las autoridades de sanidad de Malawi se han pronunciado contra obligar a las viudas a tener sexo o a casarse. Pero en la aldea de Ndanga, a 90 minutos de la ciudad más grande del país, Blantyre, muchos siguen incrédulos.
Evance Joseph Fundi, 40, jefe de Ndanga, es amable, de hablar tranquilo y un firme creyente en mantener la tradición. Dijo que mientras que algunas viudas dormían con sus parientes, otras le pedían que llamara a uno de los varios purificadores nombrados de la aldea. En la lengua nativa de chewa, esos hombres son conocdos como fisis o hienas debido a que se supone que operan sigilosamente y en la noche.
Fundi dijo que uno de ellos había muerto hace poco, probablemente de SIDA. Sin embargo, dijo, con una amable sonrisa: "No podemos abandonar la tradición porque la venimos respetando durante generaciones".
Desde 1953 Amos Machika Schisoni ha actuado como el principal purificador de la aldea. No sabe su edad y no es fácil de suponer. Su pelo está jaspeado de canas, pero sus brazos son nervudos y sus piernas musculosas. Su choza de ladrillos de adobe, a unos 50 metros de un cementerio, está incluso más aislada que la mayoría en una aldea de chozas ampliamente separadas por la alta mala hierba y unidas por senderos de tierra.

Lo Que Dicta la Tradición
Él y el jefe bromean a menudo sobre las exigencias sexuales que debe satisfacer un purificador como Schisoni, que tiene tres esposas. Dijo que la tradición impone que duerma con la viuda, luego con cada una de sus mujeres y nuevamente con la viuda, la misma noche. Schisoni dijo que el jefe anterior lo había elegido por sus proezas sexuales después de que dejara embarazadas en rápida sucesión a sus tres esposas.
Ahora Schisoni dijo que continuaba cumpliendo su función más por deber que por placer. Las viudas impuras sufren de brazos y piernas hinchadas y no pueden volver a casarse, les da diarrea y mueren y sus hijos se enferman y mueren", dijo, sentado debajo de un toldo para secar hojas de tabaco. "Las mujeres que lo hacen, no mueren".
Sus esposas apoyan su trabajo, dijo, porque les gusta lo que gana: un pollo por cada sesión de purificación. Insistió en que no puede usar un condón porque "eso provocaría a algún espíritu desconocido". Se muestra igualmente reticente a hacerse un análisis de SIDA. "No lo he hecho nunca y no tengo intenciones de hacerlo", dijo.
Para protegerse a sí mismo, dijo, evita a la viudas que están claramente enfermas. Cuando se le dijo que incluso las viudas que se veían perfectamente bien podían transmitir el virus, Schisoni sacudió la cabeza. "No lo creo", dijo. En la tradicional reunión familiar después de que James Mbewe muriera en un accidente con un camión en agosto de 2002, la madre y hermanos de Fanny Mbewe objetaron al purificador, diciendo que los riesgos de SIDA eran muy grandes. Pero los parientes de Mbewe insistieron, dijo. Si un aldeano llegara a soñar siquiera con su marido, le dijeron, la familia sería considerada culpable por permitir que su espíritu rondara su comunidad en la frontera entre Malawi y Zambia.
El primo de su marido, al que se refiere solamente como Loimbani, se apareció por su choza a las 9 de la noche después del funeral.
"Yo me cubría mis partes privadas", dijo en una entrevista en la oficina de Women's Voice, un grupo de derechos humanos de Malawi. "A ti te gustaría que te agradara el hombre con el que vas a hacer el amor, no que alguien te lo imponga. Pero yo no tenía alternativa, porque sabía que toda la aldea estaba contra mí".
Loimbani, dijo, se sentía herido: "Dijo: ‘¿Por qué te escapas? Sabes que es nuestra tradición. Si yo quisiera, serías mi segunda esposa".
Pero no la hizo. La dejó sólo con el temor de que morirá por causa del virus y de que sus hijos, de 8 y 10, quedarán huérfanos. Ella dijo que tiene miedo de someterse a un análisis de SIDA.
"Me gustaría que esas cosas cambiaran", dijo.

11 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
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