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congo surge del caos


[John Donnelly] Arrasado por la guerra, avanza hacia la estabilidad.
Kindu, República Democrática del Congo. Justo fuera de esta ciudad en el corazón del Congo, la selva empezó a engullir el camino. Se redujo de dos vías a una, luego a la mitad de una, y finalmente a un surcado sendero forestal interrumpido de vez en vez por una serie de manantiales.
Cazadores descalzos caminaban penosamente junto al sendero, acarreando monos muertos colgando de varas. Los campesinos balancean sus cosechas de piñas en cestas encima de sus cabezas. Una caravana de motos truenan al cruzar el rudimentario puente de troncos flojamente amarrados mientras miles de mariposas naranjas, amarillas y púrpuras se apartan del camino.
Conocido simplemente como el camino de Kasongo, es un extrañamente apacible corredor de 240 kilómetros -extraño porque la paz rara vez se aparece por aquí. Hasta hace poco, milicias de todo tipo asesinaban, violaban y robaban a cualquiera que se cruzaran en la ruta desde Kindu, la capital regional, a la ciudad de Kasongo. La región está aislada del mundo.
Ahora, con su firme flujo de caminantes y el comercio, es lo que pasa aquí por esperanza, un indicio del cambio de fortuna en el Congo, el país más violento del mundo en los últimos 60 años.
Tan grande como la mitad oriental de Estados Unidos, el Congo ha sido durante largo tiempo una herida en medio del continente, bendecida por sus ricos depósitos de oro, diamantes y otros minerales preciosos, y arruinada por los que la han explotado -y llevado la guerra con ellos. Grupos de derechos humanos calculan que más de 3.5 millones de civiles murieron en la continuada guerra que empezó en 1996, sea directamente como consecuencia de la guerra o por enfermedades y malnutrición mientras trataban de escapar -más muertes que en cualquier conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.
Ahora, acicateado por otros gobiernos, la República Democrática del Congo tiene una posibilidad -pequeña- de reveritr la devastación causada por generaciones de guerra y gobernantes tiránicos y empezar a vivir de acuerdo a su nombre.
El mes pasado el gobierno de transición en Kinshasa -una tensa coalición dirigida por el presidente Joseph Kabila, 33, aprobó una nueva constitución que sostiene valores democráticos. Más importante, el gobierno está empezando a inscribir a votantes en Kinshasa -los primeros pasos hacia las elecciones nacionales en el curso del año próximo.
Y, después de dos años de gobierno de transición y tregua oficial, varias regiones del Congo se han estabilizado, incluyendo al área en torno a la central Kindu -una ciudad de unas 50.000 personas a unos 965 kilómetros al este de Kinshasa, la capital. La guerra se limita en gran parte a la todavía peligrosa región de Ituri, al nordeste.
Hay insinuaciones de progreso -pero sólo insinuaciones. Es difícil imaginar un lugar más peligroso para construir un gobierno que funcione o que convoque a elecciones. En un viaje de dos semanas a través del país encontré situaciones desesperadas en todas partes, desde los caóticos mercados y el remolino de las intrigas políticas en Kinshasa, al extremo aislamiento y abandono del centro del país, y a las fortificadas ciudades del este, Bukavu y Goma, donde los soldados de la misión de paz de Naciones Unidas controlan algunos terrenos pero no se atreven a aventurarse demasiado lejos.

Difícil Tarea a Futuro
Es un devastador trayecto de dos días en moto y coche desde el sur de Kindu a Kasongo, la ciudad de 30.000 habitantes por la que se llama el camino.
Allá, la lánguida belleza del corazón del Congo envuelve al visitante. Las flores de buganvillas agregan toques de rosado, naranja y fucsia a lo largo de los estrechos senderos, entre chozas de adobe. Grandes y arqueados tallos de banana surgen del suelo color chocolate negro. El camino está lleno de niños que van a la escuela y hombres en bicicletas en dirección a sus trabajos -en la ciudad hay menos de una docena de coches.
Pero esta apacible escena encubre lo inexpresablemente dura que ha sido la vida aquí -y lo difícil que será reconstruir las estructuras sociales aquí. Las guerras han destruido casi todo; la gente de la localidad llevaba una vida casi silvestre, recolectando bayas y raíces, cuando volvieron por primera vez de la selva a su asolada comunidad.
Justo al lado del camino, Tutu Al Kaponda Marmot, un ex director de escuela, entró a una casa, grandiosa en el pasado, de una familia belga que hasta hace dos años estuvo ocupada por varias grupos rebeldes. Ahora es un armatoste, cubierto de pintadas y sin cristales en las ventanas. Una pintada dice: "¿Por qué vivís en esta casa, rebeldes? Sólo queréis matar".
El trabajo de Marmot ahora es realizar elecciones en Kasongo y las áreas rurales circundantes, un territorio de cientos de kilómetros cuadrados y medio millón de personas. La derruida casa es su cuartel general. Dijo que no tenía dinero, ni muebles ni instrucciones de Kinshasa. Todas las mañanas, su equipo de ocho voluntarios trae sillas y escritorios de sus casas a la sede de las elecciones. Todas las noches arrastran los muebles de vuelta a casa.
"¿Se puede imaginar lo que significa traer democracia a un país como el nuestro? ¡Ni siquiera tenemos carné de identidad!", dijo Marmot, riendo pesarosamente.
Sus tareas incluyen realizar la primera inscripción electoral en 45 años de su distrito, instruir a la gente sobre la democracia y sus derechos, y luego ingeniárselas para transportar una máquina de votación y un generador (82 kilos en total) a cada pueblo de la selva en un radio de 80 kilómetros. Sólo senderos conectan a las aldeas. Dijo que había sólo una manera de hacerlo: "Los tendrá que traer Naciones Unidas, en avión".
Y eso, de hecho, es lo que Naciones Unidas quiere hacer. Es un experimento sin precedentes en la construcción de un país. El Congo tiene unos 28 millones de votantes, tres veces más que en las recientes elecciones afganas.
El progreso se ha detenido en Kasongo, y en cientos de lugares parecidos, después de que el Congo obtuviera su independencia de Bélgica hace exactamente 45 años. En los primeros turbulentos cinco años de independencia, el primer ministro elegido democráticamente Patrice Lumumba que derrocado y luego asesinado. Entonces Mobutu Sese Seko asumió el poder y empezó un corrupto y dictatorial reinado que duró 32 años.
Mientras él se hacía rico, el país empobrecía. Y desde su derrocamiento hace ocho años, la caída se ha hecho más rápida y más empinada.
Más allá en el camino desde el local electoral del distrito, en una rectoría, el Padre Simon Ngongo, 59, recuerda la transición del dominio belga a la independencia.
"La vida era mejor en 1962", dijo el Padre Ngongo. "Teníamos todo lo necesario para vivir. Teníamos infraestructura -agua, caminos, el tren que llegaba a menudo, todo eso quedó del período de colonización. Durante 45 años no teníamos más que cosas buenas".
Los soldados de la misión de paz de Naciones Unidas dejaron Kasongo hace más de un año, cuando las tropas fueron trasladadas hacia el más volátil este.
Los únicos extranjeros que permanecen son dos organizaciones de beneficencia, CARE y Concern, un grupo irlandés. Ellos, junto con la iglesia, proporcionan los únicos servicios disponibles aquí, y pagan las medicinas, la educación, la formación laboral y quizás unos 100 puestos de trabajo.
Con la ayuda de esas contribuciones relativamente pequeñas muchos residentes han vuelto a reconstruir sus vidas. Los alimentos son de alguna manera más abundantes a medida que mucha gente de la localidad cultiva huertos, y otros pescan en el vecino Río Congo. Y el tren empezó a funcionar otra vez el año pasado, desde la sureña ciudad de Lubumbashi a Kindu, atrayendo a multitudes de gente de la localidad a vitorearlo con cada nueva aparición. Pero pasa apenas una vez al mes, trayendo un tentador goteo de artículos del mundo exterior, cambiando la vida aunque sea un poco. Una botella de cerveza que costaba 5 dólares antes de que el tren volviera a funcionar, ha bajado ahora a 4 dólares.
"Las condiciones para vivir aquí han sido destruidas", dijo el sacerdote. "No esperamos nada del gobierno. El gobierno, en realidad, es temido por la población. La mentalidad de los jefes en el gobierno es la de sacar el dinero y metérselo en sus bolsillos. Tenemos que cambiar esta inmoralidad".

Corrupción Galopante
Los corruptos en el Congo se dividen en dos amplias categorías. Están los intermediarios que buscan los cientos, miles o cientos de miles de dólares de las corporaciones multinacionales o visitantes extranjeros, dependiendo de la oportunidad. Y luego están los que operan a una escala más pequeña, como los policías del tráfico que emiten citaciones por una variedad de infracciones imaginarias y luego se meten al bolsillo las multas para complementar sus salarios mensuales de 10 dólares.
La práctica lo invade todo. Cuando hace poco dos periodistas llegaron al diminuto aeropuerto de Kindu, un hombre requisó los documentos de viaje emitidos por el gobierno en Kinshasa -los documentos fueron considerados inútiles en el reino no oficial de Kindu, un país dentro de un país. Interrogado sobre por qué se llevaba los documentos, el hombre dio vuelta los ojos y gritó: "¡Yo soy el funcionario jefe de inmigración!" Cuando se calmó, dijo que los visitantes podrían recuperar sus documentos después de que se reunieran con el gobernador -quizás en algunos días.
Los directores locales de CARE y dos organizaciones de Naciones Unidas intervinieron, y se dirigieron a la residencia del gobernador en la noche de ese fin de semana. El gobernador Kosolo Sumaili farfulló -e hizo tiempo. Llamó a su jefe local de inmigración por el citófono y le dijo que tramitara el nuevo documento.
"¿Cuánto debo cobrar?", preguntó el jefe de inmigración.
"No demasiado", murmuró el gobernador.
"Deberíamos cobrar 700 dólares por estos papeles", gritó el director de inmigración. Una hora más tarde pidió 120 dólares por los documentos, sonriendo agriamente cuando el dinero cambiaba de manos.
Al alejarse, el director de CARE en Kindu, Dieudonne Cirhigiri, dijo: "Ya ves con las cosas que tenemos que vivir".
El contralor jefe del país, educado en Bélgica, Mabi Mulumba, 64, dijo que la corrupción es galopante debido a que en el país no se impone la ley. "Mientras no haya un sistema judicial, la gente seguirá robando", dijo Mulumba en una entrevista en su despacho de Kinshasa. "La impunidad es lo que corrompe a la gente aquí".
Para CARE, que tiene sus mayores operaciones en el Congo en Kindu y en la región circundante, la provincia de Maniema, este período de gobierno transicional en Kinshasa representa nuevos riesgos. Un gobierno depredador, temen funcionarios de la agencia, está remplazando a las milicias predadoras.
"El gobierno aquí significa que gente que está en el poder, robando", dijo Brian Larson, director de país de CARE, en una entrevista en Kinshasa.
Se ha enterado directamente. Antes este año, Sumaili, acompañado de 15 hombres armados, confiscó dos vehículos, uno de CARE y otro de Concern, de acuerdo a funcionarios de los dos grupos. Los devolvió a los 5 días después de que las organizaciones se quejaran en el despacho del presidente Kabila. Y no hace mucho tiempo un agente de policía golpeó al ex director de CARE supuestamente por no pagar a tiempo a los empleados de CARE. Cuando un locutor de radio informó sobre la paliza, los soldados también lo golpearon, de acuerdo a funcionarios de CARE.
El agente de policía, de acuerdo a la oficina de Sumaili, huyó a Kinshasa, donde vive fugitivo.

Tenemos Hambre
Entretanto, en la capital, existe una simple lógica de vida: Sobrevivir cueste lo que cueste.
La policía patrulla para coger a rateros, no a infractores de la ley. Los niños salen a recoger agua por sus madres, en lugar de ir a la escuela. Los maestros venden sandalias en el mercado porque ganan más dinero que enseñando.
Y todas las mañanas en el centro de Kinshasa, cientos de trabajadores se presentan a sus trabajos en la Oficina de Correos y Telecomunicaciones, que supervisa el sistema postal que no funciona y las 10.000 líneas telefónicas fijas del país de 60 millones de habitantes. En contraste, el país tiene casi 2 millones de usuarios de móviles -todos de los últimos cinco años.
En la cavernosa oficina de correos reina el silencio, y no hay clientes; la única gente aquí son los empleados detrás de sus mostradores, o en unas pocas oficinas en el segundo piso. ¿Por qué abrir si no hay clientes? Un empleado susurra una respuesta: Los empleados llegan a trabajar con la esperanza de que les paguen algún día.
Les deben 62 meses de trabajo -los salarios de más de cinco años.
"Cuando derrocaron a Mobutu, pensábamos que las cosas se pondrían mejor", dijo un veterano agente de correos, su voz haciendo eco en los corredores. Pidió no ser nombrado por temor a perder su trabajo. "Pero después de unos años nos dimos cuenta de que estábamos equivocados. Esos presidentes nuestros son asesinos, saqueadores, criminales mafiosos. Hicieron la guerra para enriquecerse".
En ausencia de un estado que funcione, los residentes de Kinshasa se han hecho expertos en aprovechar toda ventaja, por pequeña que sea. Han creado lo que es sin duda una de las economías informales más sofisticadas del mundo.
El estado provee de agua a sólo un tercio de los residentes de la ciudad, así que unas empresas venden cientos de miles de enormes bidones, y otras envían cientos de carros tirados por burros con los bidones llenos de agua para venderlos. La gente que viaja del este del Congo a Kinshasa a menudo llevan cargas de fresas frescas, que venden entonces en los mercados.
"¿Quién es responsable de ayudar a la gente pobre? Nadie", dijo Mariam Manzuleu, 49, madre de nueve hijos que vende pescado salado junto a un mercado del centro. "Así que tenemos que hacernos nosotros mismos responsables. No tenemos dinero para las matrículas, no tenemos acceso a la salud, tenemos hambre".
Rozándose los hombros, la gente entra y sale del mercado, pasando frente a la pequeña mesa de Manzuleu con el pescado. Dijo que su marido había perdido su trabajo como administrador universitario, así que se puso a vender pescado, y gana 3 dólares al día. Al final de la conversación, pidió a un visitante 100 dólares por compartir sus opiniones. Un agente de policía que escuchó, intervino, diciendo que quería 10 dólares "por la protección".
Ambos fueron gentilmente rechazados

Soldados y Violación
Incluso con esas dificultades, la relativa estabilidad de Kinshasa es la envidia de los que viven en el nordeste del Congo -un área casi dos veces más grande que Nueva Inglaterra.
En Bukavu, a 1.300 kilómetros al este de Kinshasa, el destacamento de soldados en misión de paz de Naciones Unidas más grande del planeta -casi 17.000 soldados- lucha por pacificar la región. Se quejan de que no tienen suficientes soldados para hacer el trabajo, así que escogen cuidadosamente sus enfrentamientos.
Bukavu, un centro económico regional al otro lado del Lago Kivu de Ruanda, era la opción obvia de la intervención: El año pasado un grupo de oficiales tránsfugas, posiblemente respaldado por el gobierno ruandés, capturó la ciudad y asesinó, violó y saqueó durante dos meses. Los rebeldes fueron finalmente desalojados de la ciudad y desde entonces las tropas de paz paquistaníes han empezado la difícil labor de adiestrar a soldados de la localidad en un nuevo ejército nacional y ganar la confianza de los residentes.
Al comienzo del adiestramiento, "los congoleños eran patéticos", dijo el capitán paquistaní Faisal Azher Rana, mientras patrullaba la ciudad hace poco. "Y todavía les falta. Pero aquí había un ejército con nada de comer, nada que ponerse, y casi sin adiestramiento. Ahora están mejor".
Faisal paró junto a un grupo de 12 soldados paquistaníes de guardia en una plaza de la ciudad. Estaban dispersos en formación V, con los rifles contra el pecho. "Cuando llegué hace cinco meses", dijo, "me sorprendió que Ruanda y Burundi, dos países tan chicos, atacaran al Congo, un país tan grande... Ahora lo entiendo. No tenían un ejército adecuado".
Pero los soldados necesitan que se les pague junto con el adiestramiento, dijeron oficiales paquistaníes. "¡Reciben 10 dólares al mes!", dijo el mayor Nasrullah Khan, que se había unido a Faisal en la patrulla. "Cuando están con nosotros no causan problemas, pero los hemos visto instalando puestos de control y recaudar ‘impuestos' a punta de pistola. Trataron de violar a una niña hace unas noches, apenas a 100 metros de nuestras tropas. Felizmente, nuestros soldados la salvaron".
De acuerdo a varios grupos de derechos humanos, la violación se ha usado como arma en una guerra de alcances sin precedentes en el Congo.
En Kibombo, una aldea a mitad de camino entre Kindu y Kasongo, varias mujeres que habían sido violadas durante la guerra, dijeron que seguían sufriendo.
Anjelane -que como las otras mujeres se negó a dar su nombre completo- dijo que estaba dispuesta a perdonar a los rebeldes que la violaron repetidas veces hace dos años. Pero la treintañera, madre de ocho niños, se preocupa de que haya más violadores al acecho en la selva.
"Me da miedo ir a la selva. Cuando escucho un sonido, me pongo a temblar", dijo.
Y Julienne, justo 19, dijeron que después de que los rebeldes la violaron una noche en la selva, sus pretendientes en matrimonio se negaron a dar a su familia la dote entera, que es siete cabras para la familia de su padre y cinco para la de su madre. Cada cabra cuesta unos 25 dólares. "No fue mi culpa que haya ocurrido", dijo Julienne, con los ojos desbordados de lágrimas. "Ahora estos chicos nos quieren dar menos cabras. No me casaré".

Tenemos Esperanzas
Mientras el Congo lucha por la estabilidad, la supervivencia significa superar enfermedades en una sociedad con un sistema de salud que apenas funciona. En muchos lugares, como en el corredor central de Kindu a Kasongo, las organizaciones de beneficencia son el único soporte de clínicas y hospitales.
En la clínica médica de Kasongo, CARE provee las medicinas y forma a trabajadores de la salud, pero las condiciones son espantosas. En la parte de atrás de clínica, el enfermero Lyondo hizo un rápido examen de una mujer embarazada que gemía suavemente. Cuando Lyondo entró a una oscura, sofocante sala de partos, dos murciélagos pasaron batiendo sus alas por sobre su cabeza. Ni se inmutó.
"Este no es un lugar donde dar a luz", dijo, enfadado. "Mire esta mesa de metal... Está quebrada. Aquí no se ve nada".
En el hospital de la ciudad, a un kilómetro y medio, las condiciones eran mejores, aunque sólo ligeramente.
En una mesa de metal una tarde, una niña de 4 años yacía desnuda, con los ojos cerrados, completamente expuesta, y sola. Victorina Kalonda había llegado con fiebre alta, el cuello tieso y fuerte dolor de cabeza, señales de meningitis, a menudo mortal.
Una enfermera había realizado una punción lumbar, pero ahora estaba atareadísima rellenando las fichas de los otros pacientes. El doctor John Descemet Kaozi, 30, entró al cuarto, pero sólo miró a la chiquilla. Interrogado sobre ella, el doctor dijo que tendría los resultados de Victoria en uno o dos días. Cuando se le preguntó el por qué tanto tiempo, el doctor se encogió de hombros. "Nuestro laboratorio tiene retraso".
Pero ese mismo día más tarde, el doctor había presionado al laboratorio para que entregara resultados rápidos, que confirmaron que tenía meningitis; le prescribió antibióticos. A la mañana siguiente, la niña estaba en una cama en el hospital, vestida y respirando normalmente. La madre de Victorina sonrió a su hija. "Está mucho mejor", dijo la madre. "Tenemos esperanza".
Era una niña en una aldea aislada en una nación de miles de aldeas aisladas, pero su recuperación había animado a todos los que estaban a su alrededor. El doctor Kaozi sonrió. "La recibimos a tiempo", dijo.

Al autor se le puede escribir a: donnelly@globe.com

15 de julio de 2005
10 de julio de 2005
©boston globe
©traducción mQh


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