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fábrica de chocolate


[A.O. Scott] El señor Wonka con un padre loco.
Desde fuera, la fábrica de Willy Wonka es un lúgubre e imponente edificio industrial que se sobresale de entre hileras de tiendas y casas de ladrillos rojos -sacadas de ‘Metrópolis' y plantadas en el paisaje de ‘Tiempos difíciles', de Charles Dickens.
No es exactamente feo -ya estamos acostumbrados a ver grandeza en este tipo de arquitectura, pero es amenazante. Por supuesto, el interior es otra historia. Esta fábrica no sólo produce confituras irresistibles. Tal como imaginada por Tim Burton y su diseñador de producción, Alex McDowell, la fábrica de caramelos de Wonka es ella misma una confitura, un lugar de extravagantes innovaciones y salvaje indulgencia donde caducan los principios físicos, químicos y de conducta humana corrientes.
Como se puede esperar de semejante lugar, no todo funciona bien. El encargado, un hombre puntilloso en ciertas cosas, también deja que su imaginación anule su sentido de la disciplina o proporción. Algunas de sus intrigantes ideas no salen como planeado, y algunas delicias dejan un regusto divertido. El hecho de que haya tanto capricho contenido en esas sombrías murallas, confronta a los visitantes con una misteriosa complejidad. Hay placer, pero también una sombra de amenaza -un vislumbre de algo siniestro en medio de una abundancia de disfrutes cariñosamente fabricados.
Estará claro que no estoy hablando realmente de la fábrica de chocolate de Willy Wonka, sino más bien sobre ‘Charlie y la fábrica de chocolate', la prodigiosa e imperfecta nueva adaptación de Burton, de la alabada novela corta de Roald Dahl. La llamo prodigiosa porque, a pesar de lapsus e imperfecciones, algunas de ellas graves, la película de Burton logra lo que muy pocas películas dirigidas primariamente a los niños siquiera saben cómo intentarlo, que es nutrir -incluso hasta el exceso- el juvenil apetito de sorpresas estéticas.
El cuento sonará familiar a muchos de la audiencia, sea del libro o de la primera adaptación fílmica, dirigida por Mel Stuart y con Gene Wilder como protagonista, y esta familiaridad ha quizás liberado a Burton de concentrarse en la maquinaria de la fantasía visual. Muchos niños que vean la película, sabrán más o menos lo qué va a pasar (y algunos, como mis compañeros de estreno, llevarán un conteo de qué y qué no viene del libro). Pero cuando algunas escenas familiares llegan a la pantalla -una habitación llena de ardillas seleccionando nueces (de verdad, dicho sea de paso), una línea de coro de oompa-loompas, los espléndidos y merecidos castigos de Augustus Gloop, Violet Beauregarde, Veruca Salt y Mike Teavee- sus ojos se salen de sus órbitas. Y también los nuestros, ya que realmente nunca antes hemos visto algo semejante.
Aparte de algunas desacertadas escenas retrospectivas (que se apartan tanto del espíritu como del contenido del libro), ‘Charlie y la fábrica de chocolate', con Johnny Depp, el principal soporte de Burton, como el travieso magnate del caramelo, se mueve como en el original de Dahl, en una inspirada línea recta número tras número. Está el cuarto de chocolate con su catarata y su flora comestible, un laboratorio de televisión que también hace las veces de contenido homenaje a Stanley Kubrick, y, por supuesto, los Oompa-Loompas (todos ellos representados por un solo actor, Deep Roy), que canta los arreglos tecno de Danny Elfman de las rimas cautelares de Dahl. La mayor parte de la historia la ocupa una excursión por la misteriosa fábrica, dirigida por Wonka mismo, y la película debería ser interpretada en un espíritu similar, como una excursión a través de la prodigiosa, ligeramente espeluznante mente de un inventor obsesivo.
Ahora, por supuesto, el mundo de Burton, a pesar de toda su rareza, es un lugar familiar. Últimamente, no es tan divertido como en el pasado. Sus películas recientes -‘La leyenda de Sleepy Hollow', ‘El planeta de los monos", ‘El gran pez'- han resultado a la vez rebuscadas y curiosamente inertes, sin el ingenio de ‘La gran aventura de Pee-wee' y ‘¡Marte Ataca!', o el sentimental expresionismo de ‘Batman' y ‘Eduardo manostijeras'. Pero en este caso el material original parece haber reactivado la imaginación del director, ya que ha descubierto que tanto Dahl como su más famosa creación, son espíritus afines.
El secreto del encanto de Dahl, y de Wonka, es que ninguno parece ser una persona completamente simpática. O, más bien, ninguno saca demasiado provecho de la condescendiente dulzura que adoptan algunos adultos en la creencia de que los niños la confundirán con simpatía. La sensibilidad de Dahl era alegremente punitiva; era el azote de los matones, malcriados y gruñones, y campeón de una quisquillosa decencia contra todo tipo de brutalidad. Los cuatro niños que además del pequeño Charlie Bucket ganan una entrada a la fábrica de Wonka son personificaciones maravillosamente pavorosas de vicios ordinarios, y Burton y el guionista, John August (que también escribió el guión de ‘El gran pez'), han actualizado, discretamente, su horribilidad.
Violet Beauregarde (Anna Sophia Robb) no es solamente una obsesiva mascadora de chicle, sino también una despiadada y competitiva duendecilla en una casa en los suburbios de Atlanta, con una madre correspondiente y las estanterías llenas de trofeos. Las antisociales inclinaciones de Mike Teavee, alimentadas por la televisión que Dahl detestaba, han sido agravadas por los videojuegos. Lejos de ser un tele-adicto, el niño (Jordan Fry) es la socio-patológica personificación de la teoría actualmente en boga de que este tipo de diversión hace más inteligentes a los niños.
Augustus Gloop (Philip Wiegratz) es todavía glotón, por supuesto, y Veruca Salt (Julia Winter) es una niña rica mimada. Por su parte, Charlie (Freddie Highmore, que también hizo de contrario de Depp en ‘Finding Neverland') es un niño de una pintoresca pobreza. Su casa, con su tejado derrumbado y una sola habitación dominada por una cama llena de abuelos (incluyendo al maravilloso actor irlandés David Kelly como Abuelo Joe).
Pero lo que hay, sobre todo, es Willy Wonka, el último -y quizás el más raro- de las excéntricas caracterizaciones de Depp. Jack Sparrow, el redutable bucanero de ‘Piratas del Caribe', llevó a Keith Richard a la mente de muchos espectadores. Ya hay algunos debates sobre los posibles modelos de Wonka en la vida real. Los rasgos preternaturalmente fluidos y la voz de pito -así como el reino de fantasía al que son invitados algunos selectos niños- pudiera sugerir a Michael Jackson. Depp, en una entrevista reciente, dejó caer el nombre de la editora de Vogue, Anna Wintour. Para mí, la cantarina y curiosa voz sonó como una impía mescolanza de Mr. Rogers y Truman Capote, ¿pero quién lo sabe realmente? Lo mejor que tiene este Wonka, que anda de puntillas sobre la angosta frontera entre lo caprichoso y lo horripilante, es que resiste toda asimilación o explicación.
O al menos, debería. Inexplicamente, y con grandes riesgos para la integridad de la película, los cineastas lo han cargado con una historia psicológica sobre su origen, sacada de una carpeta del archivador de alguna compañía de cine. ¿Por qué pasa Wonka sus días fabricando caramelos? ¿Por qué, en las películas de estos días, hacen todos -artista, asesino en serie, superhéroe-, algo? Por supuesto, una infancia desgraciada. Supongo que fue inteligente presentar al padre de Wonka como un dentista loco que odia el azúcar (y hacerlo representar por el insuperablemente siniestro Christopher Lee), pero imponer una historia de redención en una reconciliación de padre e hijo sobre esta, es peor que la zanganería; es una traición de un libro que, por otro lado, los cineastas parecen haber entendido bien, y honrado. El sentimentalismo sobre las relaciones familiares no aparecen muy marcadas en el mundo de Dahl. Matilda, por ejemplo, el pequeño personaje de otro libro de Dahl, estaba más que feliz de ofrecerse en adopción.
Afortunadamente, la suntuosa y horrorosa apariencia y ánimo de la película permiten ignorar esta deprimente y superflua adherencia a la convención. Simplemente, en el mundo de Wonka existe demasiado placer como para quedarse colgado sobre su relación con su padre. La verdadera lección de ‘Charlie y la fábrica de chocolate' es -o debería ser- que el placer y la curiosidad son sus propias recompensas. "Las golosinas no necesitan tener una razón de ser", dice Charlie al escéptico Mike Teavee. "Es por eso que son golosinas".

Charlie and the Chocolate Factory
Dirigida por Tim Burton Escrita por John August, basada en el libro de Roald Dahl, Director de Fotografía Philippe Rousselot Montaje Chris Lebenzon Música Danny Elfman Diseño de Producción Alex McDowell Productores Brad Grey y Richard D. Zanuck Distribución Warner Brothers Pictures.
Duración: 116 minutos.

RepartoJohnny Depp (Willy Wonka), Freddie Highmore (Charlie Bucket), David Kelly (Abuelo Joe), Helena Bonham Carter (Madre Bucket), Noah Taylor (Padre Bucket), Missi Pyle (Señorita Beauregarde), James Fox (Mr. Salt), Deep Roy (Oompa-Loompas), Christopher Lee (Dr. Wonka), AnnaSophia Robb, (Violet Beauregarde), Jordan Fry (Mike Teavee), Philip Wiegratz (Augustus Gloop) y Julia Winter (Veruca Salt).

15 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh

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