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cocineros de película


[Laurie Winer] Lo vimos en ‘El padrino’, y ahora en ‘Munich’: Si un asesino puede blandir un batidor, no puede ser tan malo.
Desde que el ‘Padrino’ dijera a su pistolero Clemenza, que dejara su arma a un lado y probara los cannoli, no había habido un momento tan interesante en el cine para la intersección entre el gusto por las comidas y la moral.
En la nueva película de Steven Spielberg, ‘Munich’, un grupo de asesinos de la Mossad se reúnen en torno a una mesa para revisar su super secreta misión. Beben vino y festejan con una variedad de platos -carnes, verduras asadas, cuscús- en una mesa que es la personificación de una reunión culta y civilizada. La música brama sensiblerías mientras hablan, ríen y filosofan.
Esta es una de las muchas escenas en las que se exhiben los hachazos culinarios del jefe del equipo de asesinos, un agente israelí llamado Avner (Eric Bana).
Hollywood tiene toda una historia de humanización de personajes violentos, mostrándolos en los papeles más simples y caseros: como cocineros, que alimentan y dan bienestar (cuando no están matando a gente disparándoles a la cabeza). Pero ‘Munich’ lleva esta táctica a un nivel enteramente nuevo.
En el libro en el que se basa ‘Munich’, ‘Venganza: La verdadera historia de un equipo antiterrorista israelí’ [Vengeance: The True Story of an Israeli Counter-Terrorist Team], de George Jonas, no se lee en ninguna parte que Avner (no es su nombre verdadero), en la vida real toque incluso una cazuela. Jonas escribe que al israelí no le gusta la "comida indigestible" del ejército, pero eso es todo lo que sabemos.
Sin embargo, el cineasta convierte a Avner en un sibarita de altura internacional, que aparentemente aprendió sus artes culinarias en la cocina de un kibutz.
¿Por qué?
Avner es un personaje que obviamente necesita algún refinamiento moral. En venganza por la masacre de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, él y su equipo identifican, localizan y asesinan a una docena de hombres y una mujer, todos ellos implicados de alguna manera en el atentado. En otras palabras, estos hombres sólo matan a los que merecen ser matados. Sin embargo, los inocentes tienen la manía de meterse entre el asesino y su arma.
Jugándose por la humanidad de Avner, la película nos presenta a un tipo que está familiarizado con todo tipo de productos, no importa cuán obscuros. En un mercado de verduras parisino, informa a un francés sobre la naturaleza del ajo de oso (una frondosa planta con gusto a ajo), diciéndole correctamente que no es su temporada. Avner usa las cocinas de las casas de seguridad para preparar cenas absurdamente generosas (se podría decir que son spielbergianas). El director parece estar diciendo: "Puedes comer lo que está sirviendo este tipo. Adelante, confíen en él".
Los hechos descritos en ‘Munich’ tomaron lugar durante lo que fue para muchos estadounidenses una época menos conflictiva en términos de definir el bien y el mal en Oriente Medio. Todavía faltaban, por ejemplo, diez años para las masacres en los campos de refugiados de Sabra y Shatila en el Líbano, que inauguraron una época moral mucho más turbia. En 1972 todavía era posible, al menos para la mayoría de los judíos-americanos, ver a Israel como el irreprochable tipo bueno de una guerra terrible. Quizás es por la necesidad de recordar ese momento que es tan importante que el cineasta se asegure de que Avner se vea lo más de extrema derecha posible.

Complejidades de la Vida
El guión fue escrito por Tony Kushner (‘Ángeles en América’) y el guionista Eric Roth (‘Forrest Gump’). Como Arthur Miller antes que él, Kushner es un dramaturgo cuyos escritos prenden cuando sopesa las complejidades de la gente que trata de vivir honestamente en un mundo inmoral. Las substanciosas comidas que Avner prepara y comparte con sus colegas asesinos están claramente destinadas a reafirmar la esencial integridad y nostalgia de una vida normal centrada en la familia y el hogar.
En una decidora escena, cuando atormentan las dudas, Avner se siente inexorablemente atraído hacia la vitrina de una elegante tienda de cocinas parisina, la que examina lúgubremente. Para los espectadores de hoy, sus suspiros por la cocina se traducen en un anhelo de decencia y de un mundo más sensible, un mundo en el que nuestro héroe no sería obligado a convertirse en asesino.
¿Qué otra pasión terrenal podrían satisfacer con tanta efectividad estos dramáticos apuntes? El sexo es también complicado; otras obsesiones tienden a salir como trastornos obsesivos compulsivos.
La cultura de la comida en Estados Unidos ha avanzado bastante desde que Clemenza pronunciara la frase más famosa de la historia del cine sobre un pastel relleno de requesón. Y aunque comprara sus cannoli en la tienda, el hombrón sabía cocinar. Clemenza es el que enseña al joven Michael Corleone a hacer salsa de tomate -un arte que será tan vital para su futuro como padrino de la mafia, como ocultar un arma en los lavabos de un restaurante italiano.
Clemenza decide compartir su receta de salsa de tomate en las sombrías horas después de que balearan, mientras compraba naranjas, al padre de Michael, Vito Corleone.
"Oye, chico, ven acá", le dice. "Tienes que aprender algo. Nunca sabes si algún día no tendrás que cocinar para veinte tipos". La receta: aceite de oliva, ajo, luego "algo de salchichón o albóndigas, lo que quieras". Enseguida tomates, pasta de tomates, albahaca, vino, y el ‘secreto’ de Clemenza, un poquito de azúcar.
Para los personajes, este es un momento reparador, un trozo de vida normal en medio de su incipiente dolor. El director Francis Ford Coppola proporciona este y otros muchos detalles caseros para ayudarnos a identificarnos con los personajes, para pedirnos que los veamos como seres humanos como nosotros. Un escritor de cine ha contado sesenta escenas en la película que tienen que ver con comida y vino.

Familia y Comida
Leo Braudy, historiador del cine y profesor de inglés en la Universidad de California del Sur, dice que antes de Coppola, las películas de gángsteres "giraban sobre el trago. La gente entraba siempre a bares. Fue necesario Coppola y la cultura italiana para concentrarse en la comida. La trilogía de ‘El padrino’ gira sobre la familia y la comunidad y también sobre la descomposición de la comunidad: el asesinato de otros. Qué mejor imagen, más básica, de comunidad, que la imagen de gente cocinando y comiendo juntos?", pregunta.
Pero todas estas escenas en la cocina y en la mesa tienen otro propósito. Al mirar los regordetes dedos de Clemenza preparar la salsa, el espectador no puede sino recordar todas las muertes y matanzas de que son responsables estos hombres.
‘El padrino’ se estrenó el mismo año que los terribles acontecimientos de las Olimpíadas de Munich. Durante los siguientes diez años, Coppola, y también Martin Scorsese, trabajaron con montones de salchichones, ajo y vino, que nos ayudaron a identificarnos con hombres repugnantes, pero hambrientos.
A principios de los noventa, mientras maduraba la cultura de la comida en Estados Unidos, Scorsese nos ofreció escenas culinarias con referencias más precisas y eruditas, como aquella en ‘Uno de los nuestros’ [Goodfellas], en la que un barón de la mafia (Paul Sorvino) usa una navaja de afeitar para cortar un ajo en rebanadas tan delgadas como trufas, tan delgadas que "con un poquito de aceite de oliva, se licuarán en la cacerola", de acuerdo a la voz en off de otro mafioso.
Los directores norteamericanos convencionales no mostraron ningún interés en mostrar, antes de los setenta, como tipos tiernos a tipos duros, a pesar de la ocasional parrillada suburbana. Nuestros tipos malos más interesantes no hacían en la cocina nada con sus manos. Es imposible imaginar al Philip Marlowe, de Humphrey Bogart, por ejemplo, con un delantal. La escena culinaria con gángster más famosa sería James Cagney apachurrando un pomelo en la cara de su querida, Mae Clarke, durante el desayuno en ‘El enemigo público’ [The Public Enemy]. Pero era un pomelo crudo.
En las películas de vaqueros clásicas, malos y buenos cocinaban lo mismo: café o frijoles en una fogata; mostraban su autosuficiencia. Pero la actitud occidental hacia la comida la resume Sam, dueño de un restaurante de parrilladas en ‘Conspiración de silencio’ [Bad Day al Black Rock]. Cuando el personaje de Spencer Tracy le pregunta que hay en el menú, Sam responde: "Chile con frijoles o chile sin frijoles". Cuando Tracy hace una mueca de dolor, comenta: "Si no te gusta, para eso se inventó el ketchup".
Si la película se hiciera hoy, Tracy saltaría sobre la barra y prepararía rápidamente algunos huevos de granja frescos y salchichas al hinojo. (Se pone un delantal en ‘La costilla de Adán’ [Adam’s Rib], pero ese es otro género).
Interesante y sospechoso, en ‘Munich’, el conocimiento culinario de Avner es históricamente muy improbable.
De acuerdo a Jonas, el Avner real nació en 1947, el año de la repartición y el inicio de las hostilidades de hoy, en lo que entonces se llamaba Palestina. Era, para decirlo suavemente, una época y lugar ajetreados y difícilmente un semillero de cultura culinaria.
El crítico gastronómico, Daniel Rogov, escribiendo sobre la historia de la comida en Israel para el ministerio de Asuntos Exteriores israelí, observa que la gente que vivía en Jerusalén hace tres mil años "probablemente comía mejor que hace medio siglo".
En 1948, el año que se fundó Israel, había sólo dos tipos de queso: uno llamado blanco, y el otro, amarillo, "ninguno de los cuales tenía gracia ni gusto". En el frente culinario, observa, las cosas empezaron a mejorar recién a mediados de los setenta.
El verdadero Avner no habría distinguido un ajo de oso de un colinabo.

18 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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