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tolerancia de la intolerancia


[Thomas Kleine-Brockhoff] La semana pasada, la publicación en la que trabajo, en semanario alemán Dei Zeit, publicó una de las caricaturas polémicas del profeta Mahoma. Fue una decisión correcta.
Cuando se publicaron las caricaturas por primera vez en Dinamarca, en septiembre, nadie en Alemania se enteró. Si a nuestra publicación le hubiesen ofrecido entonces los dibujos, muy probablemente habríamos desistido de publicarlos. Al menos uno de ellos parece identificar al islam con el islamismo radical. Esa es exactamente la dirección que nadie quiere que tome el debate -incluso aunque la naturaleza misma de una caricatura política sea la exageración. No las habríamos publicado por moderación y por respeto hacia la minoría musulmana en nuestro país. La gente que trabaja en periodismo toma decisiones sobre gustos todo el tiempo. Nosotros no publicamos imágenes sexualmente explícitas ni fragmentos de cuerpos de después de un atentado terrorista. Tratamos de mantener el racismo y el antisemitismo fuera de nuestras páginas. La libertad de prensa viene con una responsabilidad.
Pero los criterios cambian cuando el material que es considerado ofensivo se convierte en un ítem noticioso. Es por eso que vimos gente lanzándose por las ventanas del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Eso por eso que hemos visto fotografías de Abu Ghraib. En esas ocasiones publicamos cosas que normalmente no publicamos. La naturaleza misma del discurso es encontrar parámetros sobre lo que es culturalmente aceptable. ¿Cuántas veces no hemos visto el pecho de Janet Jackson en el curso de una discusión sobre los límites de los espectáculos familiares? ¿Cuántas veces hemos publicado materiales que los judíos podrían considerar ofensivo, en un intento por definir la magnitud del antisemitismo? Suena raro que la mayoría de los diarios estadounidenses traten con condescendencia a sus lectores no mostrando los dibujos sobre los que habla todo el mundo. Publicar no significa endorsar. El contexto importa.
Vale la pena recordar que la controversia empezó como un intento bien intencionado de escribir un libro para niños sobre la vida del profeta Mahoma. El libro fue diseñado para promover la tolerancia religiosa. Pero el autor chocó con las consecuencias del odio religioso cuando buscaba a un dibujante. No podía encontrar a nadie. Los artistas de Dinamarca parecían temer por sus vidas. Al rechazar el encargo mencionaban el destino del cineasta holandés Theo van Gogh, asesinado por un fundamentalista musulmán por criticar en términos groseros al fundamentalismo.
Cuando este episodio se extendió a la compañía láctea danesa Jyllands-Posten, el editor cultural del diario encargó las caricaturas. Quería ver si los dibujantes censurarían su trabajo por temor a la violencia de los radicales musulmanes. Sin embargo, muchos medios de prensa europeos ignoraron esta historia en un pequeño país escandinavo. Tomó meses, un boicot de los productos daneses en el mundo árabe y la intervención de adalides tales de la libertad religiosa como los gobiernos de Siria, Kuwait, Arabia Saudí y Libia (todos ellos retiraron sus embajadores de Copenhagen) para que algunos diarios europeos reconsideraran su posición sobre las caricaturas. La semana pasada ya no era un tópico oscuro sino una noticia de primera plana. Y no giraba tanto sobre las sensibilidades religiosas como sobre la libertad de expresión. Es entonces que se empezaron a publicar los dibujos en diarios en todas partes de Europa.
Gran parte de la cobertura estadounidense sobre la reyerta muestra a los europeos como si no entendieran -nuevamente. Tienen dificultades con la inmigración. Tienen dificultades con la religión. Tienen dificultades con el respeto a las minorías. Y al final les queman sus ciudades, como demuestra París. Bill Clinton incluso detectó un "prejuicio antimusulmán" y lo asimiló al anterior "prejuicio antisemita".
El ex presidente ha puesto el argumento al revés. En esta yihad sobre el humor, la tolerancia es desechada por gente que la exige de otros. Los gobiernos autoritarios que hablan en nombre de las minorías musulmanas de Europa supuestamente oprimidas practican una sistemática represión de sus propias minorías religiosas. Han radicalizado lo que no era al principio más que una pregunta difícil. Ahora no están pidiendo respeto, sino sumisión. Quieren que los no musulmanes de Europa vivan según normas musulmanas. ¿Recomienda Bill Clinton la tolerancia de la intolerancia?
El viernes el ministerio de Relaciones Exteriores pensó apropiado intervenir. Calificó la publicación de las caricaturas como una inaceptable incitación al odio religioso. Vivimos un momento peculiar, en el que el gobierno de Estados Unidos, que se ve considera a sí mismo como el hogar de la libertad de expresión, sugiere a los periodistas europeos qué imprimir y qué no.

7 de febrero de 2006

©washington post


©traducción mQh

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