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ron, piratas y tentáculos


[Desson Thomson] Yo-Ho-Hum. Johnny Depp sacude su botín, pero ‘Piratas del Caribe' es apenas un chiste inspirado en el ron.
¿Qué es lo que esperamos de una secuela? ¿Apenas un poco del sabor del original o tres porciones de lo mismo, una encima de otra?
‘Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto' [Pirates of the Caribbean: Dead Man's Chest] opta por lo último. Esta película de Disney no es la continuación de ‘Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra' [Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl], sino su hueca clonación.
Ah, pero hay una diferencia crucial: Mientras la primera película crujía bajo la tensión entre el nervioso personaje de Johnny Depp y la película de Disney en la que estaba, la secuela es un ejercicio comparativamente apagado.
Como Jack Sparrow, un desvergonzado pirata dado al lenguaje corporal pomposo y arrastrando la lengua, Depp era el héroe de la película original y su elemento más subversivo. En la primera película, exhalaba una vaga homosexualidad, parecía un poco demasiado borracho y profundamente perdido en su estilo de arrogantes contoneos. (Se dice que Depp usó como modelos para su actuación a Keith Richards y Pepe Le Pew). Mientras mirabas, te preguntabas: ‘¿No es un poco demasiado, un poco demasiado estrafalario?' ¿Va a asustar al público de familias -o a seducirlo? ¿Y cómo se sale con la suya en una película de Disney un héroe con demasiado lápiz de ojo? Esta era el delicioso trasfondo: un Sparrow sexualmente ambiguo que no solamente confunde a sus adversarios ficticios, sino además provoca titilantes ondas de incertidumbre entre las hileras de espectadores multiplex.
Pero un cofre de saqueos más tarde -305 millones de dólares en la taquilla nacional-, estaba claro que el Sparrow de Depp funcionaba (y explica porqué hay una tercera secuela en producción). Y es por eso que ‘El cofre del hombre muerto' ofrece semejante fogosa exhibición de efectos especiales, y un montón de Depp, pero nada que sea asombrosamente nuevo. Disney ha reciclado conscientemente todos los elementos de la primera película: los mareados gags de Depp, los macabros piratas a los que hace frente y el retorno de Keira Knightley y Orlando Bloom. Incluso la duración de 140 minutos es más o menos la misma que su predecesora.
Depp es todavía el encantador granuja con mangas con volantes, de ojos intrigantes y aspecto ligeramente insano. Torciendo sus muñecas y apuntando con sus dedos pesadamente cargados de anillos como un bailarín de Alvin Ailey, nuestro pícaro central aletea con sus brazos con delicados gestos cada vez que se presenta la ocasión. Esas alas sin plumas también se mueven de arriba abajo cuando huye de los isleños de cara pintada que quieren sacrificarlo. O sobresalen horizontalmente cuando se tambalea (como siempre, empapado de ron) para escapar de sus enemigos en la cubierta de su barco.
Pero el bis se siente forzado y hueco, una repetición demasiado consciente de sí misma como para seguir seduciendo. Hay una escena en la que Sparrow es capturado por los isleños mencionados y les habla en una suerte de condescendiente lengua india que suena más apropiada en boca de Johnny Weismmuller en las viejas películas de Tarzán. Y es demasiado intencionadamente guapo. Es como si se hubiera convertido en una versión holográfica de sí mismo en la atracción del parque temático de Disney que inspiró la película franquicia en primer lugar.
Quizás sigue Depp el ejemplo de su musa Richards, cuya banda, los Rolling Stones, han pasado de chicos traviesos a caricaturas manufacturadas y comerciales de sí mismos. Y cuando Richards se incorpore al reparto de la tercera película ‘Piratas', haciendo de padre de Sparrow, el círculo será completo.
En la primera película, Depp era como un desconocido malvado -casi amenazando con sabotear al pirata barato que era-, pero ahora se parece mucho al tipo completamente iniciado y aceptado, aprobado para entrar y salir y darse vueltas en ‘El cofre del hombre muerto'. Ya no es un chico malo. Es Míster Amoroso con cuentas brillantes.
El papel de Depp en el original tenía otra función: Lograba distraer a los espectadores de una película atestada de tramas secundarias y extensas exposiciones; la película fue difícilmente la jarra de ron de este reseñador, pero Depp divertía, empujando de paso a la película.
Guionistas que vienen de vuelta, como Ted Elliot y Terry Rossio (colaboradores cuyos créditos incluyen ‘Aladino' [Aladdin] y ‘Shrek') reproducen las mismas historias que estropearon la primera película, y, peor aun, confinaron a los personajes de Knightley y Bloom a tramas secundarias. Así, Will Turner (Bloom) es enviado a robar el compás místico de Sparrow, que se cree que conduce al cofre que contiene el alma de Davy Jones. Y Elizabeth Swann (Knightley) se disfraza de hombre en el barco de Sparrow para encontrar a su novio Will, que se supone que está perdido. Cuando se enamora repentina e instantáneamente de Sparrow, pareciera no haber ni ton ni son ni razón, excepto lo más obvio: Los dos nombres de marquesina más bonitos de la película tienen que besarse. Es la escena que hace dinero.
En la trama central, parece que Sparrow tiene una deuda de sangre con Jones (Bill Nighy), el que tiene cabeza de pulpo, y, si la niega, se convertirá en el esclavo de cubierta de Jones para siempre. Este elemento de la historia engendra al menos el rasgo más divertido de la película: sus creaciones CGI. La palabra ‘montaje' puede no existir en el léxico del director Gore Verbinski (dirigió la primera ‘Piratas', ‘El mexicano' y ‘El hombre del tiempo' [The Weather Man], entre otras) pero sabe cómo hacer percebes monstruosos.
Hay un asqueroso placer en el cargo de piratas espectrales y grotescos que salen de las profundidades para atormentar la intrigante alma de Sparrow, especialmente el mencionado Jones, cuyos tentáculos faciales tienen vidas propias rellenas de ventosas. O te puedes maravillar y reír con la comedia visual cuando un puñado de compañeros de Sparrow -metidos en una red suspendida hecha de huesos y cuero- atraviesan a nado su prisión para llegar a la seguridad de un profundo abismo. Pero no busques la colisión de inocencia y peligro que hizo que la primera película fuera tan provocadora. Esa película ha desaparecido debajo de las olas, y se metió derechamente en el armario de Davy Jones.

7 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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