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calma en medio del caos


[Sabrina Tavernise y Qais Mizher] En el caos de Iraq, dos pueblos encuentran la calma mediante sus vínculos tribales.
Amara, Iraq. En el cálido aire de la noche en esta ciudad del sur de Iraq, los hombres vienen a la cafetería de Najmawi a jugar dominó. Las lámparas iluminan las caras. Las fichas resuenan.
La escena, en la noche en un jardín cerca del río Tigris, es inimaginable en el centro y occidente de Iraq, donde la noche convierte a los vecindarios en peligrosas ciudades fantasmas.
No siempre fue así de tranquilo. Antes los musulmanes chiíes acostumbran a romper el mobiliario e interrumpían los juegos en Najmawi. El dominó, decían, era ajeno al islam.
Tropas británicas encargadas de la seguridad aquí, no intervinieron. Tienen suficientes problemas propios, dijeron, tratando de salir ilesos de las patrullas de rutina.
Pero en un sorprendente giro, las tribus de la región, especialmente poderosas en la vida vecinal aquí, han intervenido resueltamente, utilizando toda su autoridad, a menudo pacíficamente, para obligar a retirarse a los fundamentalistas.
Grandes secciones del sur rural de Iraq han permanecido relativamente en calma, como la provincia de Muthana, de donde se retiraron hace poco las tropas japonesas, y Dhi Qar, cuya capital Nasiriya es patrullada por italianos, y es posible que las tribus estén jugando un papel discreto, pero crucial, a la hora de mantener el orden.
"Ahora la gente se siente segura", dice Hassan al-Najmawi, 31, el propietario de la cafetería. Los fundamentalistas, dice, "han sacado las manos del dominó, las disquerías, y la ropa de la gente joven".
La historia de cómo Amara, la capital de la provincia en forma de hoja llamada Maysan, se convirtió en relativamente segura para sus habitantes -aunque aumentaba el peligro para los británicos- es una alentadora historia de camaradería de pueblo chico, orgullosa independencia y, sobre todo, del poder de las tribus.
Ofrece una alternativa a la lúgubre fórmula que se ha aplicado en las provincias, donde una ponzoñosa mezcla de sectas, partidos políticos y etnias han conducido a un despiadado derramamiento de sangre que el gobierno central es incapaz de detener.
Las diferencias reflejan, en parte, divisiones fundamentales entre la vida rural y urbana en Iraq. Maysan, una provincia de unos 920 mil habitantes, es el campo. Más del 60 por ciento de su fuerza de trabajo está empleada en el sector privado, mayoritariamente en la agricultura; en las zonas urbanas más ricas, la mayoría está empleada en el sector de los servicios públicos.
Debido a que es rural, es más pequeña y más fácil de controlar que las comunidades más grandes y fracturadas de las ciudades, como Basra al sur, la segunda ciudad más grande de Iraq.
Allá, muchos partidos políticos y sus milicias luchan por el control de la provincia y su petróleo. Amara tiene sólo dos milicias, las dos chiíes: el Ejército Mahdi, leal al clérigo anti-norteamericano Moqtada al-Sáder, y la Organización Báder, el brazo armado del partido Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Iraq.
Pero el factor más importante es la red de tribus.
En las ciudades, generaciones de ajetreada vida urbana han embotado los vínculos tribales de la gente, mientras que en el campo, especialmente en el sur, las tribus supervisan todos los aspectos de la vida diaria: celebrando bodas, interviniendo en conflictos de familia, administrando justicia después de un homicidio y reuniendo dinero para ayudar a los necesitados.
Las 14 o más tribus de Maysan, con sus vastas expansiones de pantanos, son particularmente fuertes, aunque a menudo en conflicto unas con otras.
Ni Saddam Hussein pudo someter a los árabes de los pantanos, como son conocidos. Recurrió a hacer gigantescos canales para desecar sus tierras pantanosas y erradicar su modo de vida.
"En Iraq, la tribu es el bloque básico de construcción de la sociedad", dice Abd al-Kareem al-Magamedawy, un jeque tribal de Amara que luchó durante años para Hussein.
Najmawi es un hombre de 31 que ríe montones y tiene dificultades en permanecer quieto. Ha vivido toda la vida en Amara, y se lo tomó muy personalmente cuando, un año después de la invasión estadounidense, los chiíes fundamentalistas y sus milicias empezaron a dar órdenes a la gente. Gente de la localidad que se llaman a sí mismos miembros del Ejército Mahdi, el grupo armado de base que sigue a Sáder, empezaron a visitar su cafetería e interrumpir las actividades.
"Son alborotadores", dijo en la oficina de su cafetería una apacible noche a fines de mayo. "No sienten vergüenza. Hacen cualquier cosa". La milicia le pidió usar su local para una reunión. Se negó. Más tarde permitió que un grupo civil organizara un seminario sobre la corrupción en Amara. Le colocaron una bomba esa noche. Las sospechas se concentraron en la milicia Mahdi.
Entretanto los fundamentalistas empezaron a aprovecharse del nuevo estado de caos para imponer su voluntad, dando de latigazos a los que eran descubiertos con alcohol en sus coches y confiscando mercaderías reñidas con el islam. Pero la población de Amara es reducida, de unos 300 mil habitantes, y los vecinos sabían quiénes formaban la milicia.
"Tengo una cafetería grande", dijo Najmawi. "Ya ves la cantidad de gente que viene aquí. Sé quién tiene simpatía por la milicia Mahdi, y sé quién los odia. Déjame que te diga algo: son sólo unos pocos".
La reacción de las tribus fue difícilmente un final anunciado. En la invasión americana de Iraq, se pensó en las tribus a último momento. Pocas fueron cortejadas y fueron todas dejadas fuera del proceso político, que aquí empezó a principios de 2005.
Los partidarios de Sáder dominan el consejo provincial de 42 miembros. El gobernador es un ex comandante del Ejército Mahdi. El jefe de la policía es un ex miembro de Báder.
"No hicimos ese kilómetro extra para estimular la participación de las tribus, que fue, quizás un error", dijo Edward Ferguson, el asesor político británico en Amara.
Y las tribus pelean entre ellas. El teniente coronel David H. Labouchere, el comandante de las fuerzas británicas aquí, describió lo que parecía ser un enfrentamiento entre tribus cuando observaba una noche desde un helicóptero, en abril. Morteros y granadas estallaban sin cesar, y cuando se fue la electricidad, los aldeanos, en las afueras de Amara, "encendieron hogueras para continuar peleando", dijo.
Pero un ataque directo iniciado por una milicia reconcilió a las tribus. En mayo de 2005, los milicianos Mahdi colocaron una bomba en la compañía de ingeniería Manar, que pertenece a la tribu Kaabi, enfureciendo a sus líderes. En un juicio tribal fahsal, las familias de los atacantes accedieron a pagar 18 mil dólares por los daños y desterraron de Amara a los dos hechores.
Poco tiempo después, la tribu Kaabi invitó a los jeques tribales importantes de la ciudad a su mudhif, una casa de huéspedes hechas de juncos que es el equivalente de un ayuntamiento.
"Los invitamos a todos", dijo el jeque Kaabi, Khalid Jabor al-Aki.
La reunión acordó castigar a todo miliciano que atacara a una tribu o sus propiedades. Las tribus vigilarían a la gente de la ciudad y a los milicianos que ya eran conocidos.
Repentinamente, el precio de los ataques era substantivamente más alto.
"Dijimos que los que cometieran ataques, dejarían de ser considerados miembros de su tribu, y su tribu los expulsaría", dijo Ali, sentado en una estera en la misma mudhif.
Poco a poco, tranquilamente, dijeron él y los otros jeques, la vida empezó a cambiar.
Amar al-Sadi, 24, el dueño de Al Qawthar Music Shop, dijo que los ataques contra las tiendas, que eran comunes hace un año, se hicieron raros. Miembros de las milicias fundamentalistas todavía visitan la tienda de vez en vez para cerciorarse de que la tienda, que también vende películas, no venda pornografía, pero en general ya no lo molestan.
Incluso la gente en la calle parece irreverente. En mayo una noche tarde un grupo de jóvenes estaba parado a media cuadra de la oficina central de Sáder en Amara, dando palmas y cantando. Pasó una mujer frente a un clérigo e hizo un gesto con sus manos como si lo empujara, el equivalente iraquí del dedo del corazón alzado.
"Los clérigos presionan a la gente, y eso hace que la gente los odie", dijo Kadham al-Mashetet, el jeque de la tribu Sarrai, que vio el agresivo gesto.
A fines del año pasado, el número de asesinatos empezó a disminuir. En marzo de este año, la policía de Amara constató seis homicidios, la tasa más baja desde que los militares británicos empezaran a recoger datos a principios de 2005. La tasa promedio de los primeros cinco meses de este año cayó en un 71 por ciento, con respecto a los cinco meses previos, de acuerdo a cifras de los militares británicos.
La tendencia es lo contrario de lo que ocurre en Basra, donde la violencia ha subido significativamente el año pasado. Con las tribus vigilando en Amara, el precio de un crimen es más alto y los milicianos calculan cuidadosamente sus ataques. Los milicianos mismos parecen querer preservar el status quo.
El jefe de policía, Ismail Arar Qadim al-Majdi, asociado a Báder, dijo que trataba de evitar los ataques en venganza.
"Sé quién comete los asesinatos aquí", dijo Majdi en una entrevista. "Cuando detengo a alguien, ellos responden con ataques de mortero. Si mantengo la detención, harán lo mismo en Basra. Quiero mantener tranquila a la ciudad, así que trato de evitar hacer esto".
Sin embargo, no está claro lo firme que es este control. A fines del mes pasado, el hijo de un jeque fue asesinado en una balacera, un crimen espantoso que ha consternado a la ciudad. Algunos jeques culpan a Irán, donde operaba la Organización Báder durante el exilio. Para los soldados británicos aquí, el poder de las tribus puede ser desconcertante, especialmente durante los intentos de construir un sistema jurídico de estilo occidental. Hace seis meses, por ejemplo, un hombre mató a otro a balazos frente a un agente de policía. Fue arrestado, llevado a la cárcel y luego prontamente liberado, después de que la tribu del agresor accediera a pagar tres mil dólares y prometiera dar a tres mujeres en matrimonio a la familia del difunto, dijo el coronel Labouchere, el comandante británico.
"Las tribus tienen la clave de esta provincia", dijo. "Si tratamos de emplear nuestra propia versión de la ley en este país, no ganaremos nada".
A veces, las tribus han ayudado a las fuerzas ocupantes. Mediaron con éxito en 2004 cuando la milicia Mahdi atacó a los británicos en una insurrección en el sur de Iraq inspirada por Sáder.
En esa época "las tribus se dirigieron a la oficina de Sáder y le dijeron: ‘Saque a su gente de las calles'", dijo Ferguson, el asesor político británico. En la provincia de Dhi Qar, al oeste de Amara, los líderes tribales intercedieron hace poco de modo similar, dijo.
El papel de las tribus en la campaña americana continúa creciendo.
El coronel Labouchere , que tiene dos cabras como mascotas en esta somnolienta avanzada en un antiguo campo militar de Hussein y está planeando la retirada británica de esta zona, dijo que esperaba que las tribus remplazaran sus fuerzas como el pilar central entre el Ejército Mahdi y la Organización Báder.
En un intento de ejercer más influencia en la política, unos mil miembros de tribus se reunieron en marzo y fundaron un nuevo consejo tribal a nivel provincial de 35 jeques.
Y si Iraq convoca a nuevas elecciones provinciales como se programa más tarde este año, las tribus podrían ver aumentar su representación directa.
De momento, Najmawi se divierte poniendo a prueba a los fundamentalistas.
En una audaz afronta, decidió exhibir los partidos de la Copa Mundial en su jardín en una pantalla gigante. Incluso colgó anuncios en la ciudad.
Antes del primer partido, dos hombres de la oficina de Sáder llegaron a su local y le entregaron una advertencia: Vaya a la oficina de Sáder a sacar un permiso. El fútbol, le dijeron, está contra el islam.
"Nunca fui", dijo Najmawi.
Desde entonces, su local se ha visto hasta los topes, a veces con más de 500 clientes en una noche, y los únicos incidentes violentos son las sillas que se rompen.
"No puedo dejar que me controlen", dijo. "Nadie los ha encargado de nada".

11 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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