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incompetencia americana


[David Ignatius] Estados Unidos cometió un error al precipitarse en Iraq. También cometería un error si saliera a toda prisa.
El año pasado pregunté a un agente secreto israelí jubilado qué pensaba sobre la campaña americana
de crear un nuevo Iraq. "Olvídalo", me dijo, con un además de desdén. "Iraq no es
un país de verdad. Se va a disolver en sus partes".
Y ese diagnóstico se parece bastante al de Peter W. Galbraith en su nuevo libro elegíaco, ‘The End of Iraq'. Mientras el gobierno de Bush advierte sobre los peligros de renunciar a un Iraq unificado, Galbraith argumenta que lo peor ya pasó: Estados Unidos ha fracasado en su plan de crear un gobierno post-Saddam Hussein estable; una sangrienta guerra civil ya está causando estragos; y mientras más tiempo trate Estados Unidos se mantener la ficción de que los campos de la muerte iraquíes constituyen una nación viable, más gente morirá. Mejor un Iraq quebrantado en sus partes constituyentes -un Kurdistán independiente en el norte, una región chií dominada por Irán al sur, una región sunní al noroeste.
"Para el caos de Iraq no existe una buena solución", escribe Galbraith. "El país se ha dividido y atraviesa por agonía de la guerra civil. Estados Unidos no puede reconstituir el país ni puede detener la guerra civil. Si reduce sus ambiciones, puede ayudar a estabilizar partes del país y contener la guerra civil. Pero tiene que hacerlo rápidamente".
Un argumento similar de dejar que Iraq se divida a lo largo de sus fallas naturales ha sido avanzado por el senador Joseph R. Biden Jr., el exponente más importante de la política exterior del Partido Demócrata, y por Leslie Gelb, ex presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. Y, a medida que la situación en el terreno en Iraq continúa deteriorándose, se ha convertido en una cuestión urgente para el gobierno de Bush. Según la interpretación de Galbraith, ‘mantener el curso' en Iraq no solamente desperdiciará vidas y dinero americanos; también impedirá que los iraquíes alcancen su propia forma de estabilidad una vez que colapse la campaña americana, como ocurrirá inevitablemente. "Examinando la desastrosa historia de ochenta años de Iraq", escribe, "debería ser evidente que ha sido el intento de mantener a Iraq unido lo que ha sido el principal factor desestabilizador. La búsqueda de una unidad forzada ha provocado interminables violencias, represiones, dictaduras y genocidio".
Si la división fuera un proceso fácil de separarse a lo largo de líneas nítidamente perforadas, sería difícil oponerse a la propuesta de Galbraith-Biden-Gelb. Pero la realidad es que el viejo Iraq era una sociedad genuinamente heterogénea, donde sunníes y chiíes eran vecinos, se casaban entre ellos, e incluso eran miembros de las mismas tribus. El régimen de Saddam Hussein reposaba en la idea del ‘panarabismo', de una identidad compartida que transcendía las divisiones religiosas y étnicas -por la fuerza, si fuera necesario. Sin embargo, esta ideología fue extraordinariamente exitosa. Ahora es normal que analistas como Galbraith -que ha acumulado una lúgubre erudición sobre las sangrientas guerras étnicas como el primer embajador estadounidense en Croacia- digan que esta identidad árabe iraquí se formó a punta de pistola, pero eso olvida el anhelo de una sociedad moderna y laica que ha animado a una clase media educada en el viejo Iraq. El único grupo que ha permanecido siempre fuera de este consenso nacional, en mi opinión, han sido los kurdos.
La repartición de facto de Iraq ya ha empezado, y, según lo que vemos, puede ser un proceso brutal -especialmente en los alrededores de Bagdad, el epicentro de la violencia religiosa. Los vecindarios sunníes han sido limpiados de chiíes, y viceversa; los escuadrones de la muerte recorren las calles y levantan puestos de control para secuestrar, torturar y matar a los de la ‘otra' secta. Mirando la derruida capital iraquí, cuya situación de seguridad fue calificada por el mismo presidente Bush como ‘terrible' a fines de julio, es difícil imaginar que las cosas puedan ser peores. Pero ciertamente se pondrán peores en el momento en que quede en caro que Estados Unidos ha renunciado a un Iraq unificado. Eso desencadenaría una violenta separación de poblaciones y una matanza generalizada hasta que las milicias sunníes, chiíes y kurdas fijaran lo que consideren límites defendibles. En esta separación inicial, decenas de miles de personas podrían encontrar la muerte. (El subcontinente indio todavía tiembla con el trauma de la división entre India y Pakistán hace casi sesenta años). Una vez establecidos los cantones étnicos, la matanza disminuiría, pero sin detenerse definitivamente. En el Líbano, la fase de separación fue seguida por dieciséis años de guerra civil, que incluyó francotiradores y duelos de artillería a lo largo de la ‘línea verde' que separaba a los cantones.
Si las cosas estuvieran tan mal como dice Galbraith, es posible que el desdichado y andrajoso Líbano sea el mejor modelo para Iraq. Durante los años de su desastrosa guerra civil de 1975 a 1990, el Líbano mantuvo un presidente, un primer ministro, un parlamento y un ejército nacional. Esas instituciones de gobierno no hacían demasiado; el poder real había vuelto a estar en manos de las milicias y de las potencias regionales -Israel y Siria- que habían ocupado el Líbano. Pero la idea de una nación libanesa sobrevivió, como ha quedado en evidencia en el modo en que su población se ha unido en torno a su agujereada bandera en las últimas semanas.
Un Iraq dividido también corre el riesgo de ser trinchado por potencias regionales, con un Irán cubriendo con sus alas a los chiíes, Turquía marcando brutales líneas rojas para los kurdos por temor a que estos arranquen un pedazo de su propio territorio, y los sirios y jordanos compartiendo las ingrata tarea de tratar de mantener el orden entre los sunníes. No es una perspectiva atractiva.
A pesar de su preocupante receta, el libro de Galbraith es importante porque, como cualquier otro estadounidense, ha vivido la tragedia de Iraq de cerca y personalmente. Desde el principio ha prestado atención a los infortunios de los kurdos, convirtiéndose en una especie de asesor y emisario del presidente kurdo (y ahora presidente iraquí), Jalal Talabani. Esta ardiente identificación con la causa kurda ha simplificado las opciones de Galbraith al analizar el acertijo iraquí: Es claramente bueno que los kurdos logren cumplir su sueño histórico de una patria independiente, pero si esta separación es también buena para los otros iraquíes -y para los intereses de Estados Unidos y sus aliados- es una pregunta mucho más difícil.
La fascinación de Galbraith con Iraq empezó en 1984, cuando viajó a Bagdad como miembro del staff del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Tuvo el coraje de preguntar al entonces vice-primer ministro Tariq Aziz si acaso Iraq estaba usando gas venenoso en su guerra contra Irán y ha estado haciendo buenas y difíciles preguntas desde entonces. La pasión de Galbraith por los kurdos data de 1987, cuando viajó a Sulaymaniyah y tropezó con lo que se dio cuenta más tarde que era una campaña genocida iraquí, llamada Anfal en secreto, que tenía por objetivo destruir la vida política y cultural kurda. Volvió una y otra vez, acercándose a Talabani, el líder exiliado iraquí Ahmed Chalabi y otros personajes clave de la historia.
Galbraith esboza algunas de las razones del fracaso estadounidense en Iraq, tales como la planificación inadecuada de la posguerra en Iraq, la falta de conocimiento de los participantes y sus intereses, y persistentes riñas sobre estrategia en Washington. Pero esas evaluaciones familiares no son la contribución real de este breve libro, mitad memoria, mitad tratado de política exterior. Otros libros, publicados y en camino, realizan mejor esa enorme tarea de análisis. El valor del libro de Galbraith es que está enraizado en su experiencia personal -por qué rechazaba al régimen de Saddam Hussein, por qué se convirtió en defensor de la causa kurda, cómo vio a Estados Unidos convertir una guerra de liberación en una ocupación torpe.
Me hubiese gustado ver algo más de autocrítica -un análisis del hecho de que los kurdos, a pesar de su trágica historia, han sido parte del problema de Iraq tras la liberación, insistiendo en su propio programa de mayor autonomía. Y encuentro demasiado fácil la transición de Galbraith de entusiasta partidario del derrocamiento de la vieja tiranía baazista, a crítico de la ocupación de posguerra. A veces parece que los que se equivocaron son todos, menos Galbraith. Pero estas críticas no alteran mi admiración por el libro y su autor.
¿Así que cuál es la pregunta fundamental que plantea? ¿Está la campaña de Iraq condenada al fracaso? ¿Estamos desperdiciando vidas estadounidenses e iraquíes en la búsqueda de una visión de un nuevo Iraq unitario que no tiene conexión alguna con la realidad? ¿Deberíamos concluir, como Galbraith, de que Iraq mismo ya no existe? Todos somos formados por nuestras experiencias y contactos personales al sopesar preguntas como estas. Cuando expuse el tema a algunos de los iraquíes que conozco desde hace 26 años cuando visité el país por primera vez, me advierten que, por malas que estén ahora las cosas, podrían estar peor si Estados Unidos se retirara repentinamente. Al final, aceptar la disolución de Iraq puede equivaler a aceptar la realidad. Pero es sobre todo una indicación de lo malo que se han puesto las cosas en el país. Cometimos el error de precipitarnos en Iraq sin pensar cuidadosamente en las consecuencias de nuestras acciones. No debemos retirarnos a toda prisa: cometeríamos el mismo error.

Libro reseñado:
The End of Iraq. How American Incompetence Created a War Without End
Peter W. Galbraith
Simon & Schuster
260 pp.
$26

5 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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