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[Michael Leahy] Los Vigilantes de Herndon están decididos a parar la inmigración ilegal. Pero ¿es lo que quiere Estados Unidos?
Las profundas ojeras debajo de sus ojos le daban el aspecto de un hombre que ha pasado la adultez levantándose a horas en que el resto del mundo duerme. "Necesito un café", dice, mientras camina. Aprendió a levantarse al amanecer durante dos largos períodos en la marina, y hoy, a los 51, se levanta normalmente cuando es todavía noche, a las seis de la mañana, para empezar su día de trabajo como ingeniero de software en un edificio de Maryland, a considerable distancia de este tranquilo cul-de-sac que es Herndon.
Pero hoy, George Taplin no llegará temprano a su oficina. "Si los jornaleros se levantan temprano para llegar aquí, nuestra gente tiene que estar aquí también bastante temprano", dice. "Tan simple como eso. Ya veremos cuántos de nosotros vienen hoy".
Taplin se levantó sin meter ruido esta mañana de invierno para no despertar a su mujer. Salió temprano de casa y está dispuesto a trabajar algunas horas más en una misión voluntaria: limpiar Herndon de los trabajadores indocumentados y "hacer nuestra parte para impedir que extranjeros ilegales crucen la frontera mexicana y creen problemas en pueblos como el nuestro".
Jefe de los Vigilantes de Herndon, parte de una organización nacional dedicada a expulsar a los inmigrantes ilegales en la frontera mexicano-estadounidense y en sitios de trabajo en todo el país, Taplin es considerado en su pueblo tanto un patriota como un paria. Mientras un pequeño grupo de nacionalistas participan en sus vigilias al alba, algunos de sus conocidos han empezado a ignorarlo. Una de sus muchas actividades como voluntario en el pueblo consiste en dar a los niños clases de religión en su iglesia católica, y cuenta que un colega se acercó a él a decirle que sus actividades como vigilante eran "poco cristianas e hipócritas". En estos días, de vez en vez se vuelve a mirar de dónde viene una bocina, sólo para ver a un desconocido mostrándole el dedo del corazón.
Entra a un restaurante de Herndon llamado Amphora, el lugar secreto para la reunión de hoy, a una cuadra de donde un puñado de jornaleros latinos ya se han reunido a esperar a potenciales empleadores. "Preferimos que nadie de nuestro grupo se aparezca solo por esos sitios", dice. "Es más inteligente y seguro salir juntos, como grupo. Cambiamos de lugar de reunión para que ellos no sepan dónde nos reunimos exactamente".
Taplin pide un café y estira su cuello hacia la entrada por la que, en los próximos minutos, entrará la mitad de su brigada: Bill Campenni, piloto de guerra jubilado de la Guardia Nacional Aérea; su esposa, Kathleen, la inmigrante canadiense que es ahora ciudadana norteamericana; Diane Bonieskie, maestra de escuela jubilada; Jeff Talley, que dice que está perdiendo su trabajo de reparaciones de aviones porque lo están encargando a México; y Joe, que no quiere mencionar su apellido y dice "quién sabe quién recibe esa información".
"Hey, Joe, tómate un café", le dice George, insistente. "¿Alguien sabe cómo están las cosas en 7-Eleven?"
"Están allá", responde alguien. "Los mismos de siempre".
Taplin tiene dos grandes cámaras que cuelgan de su cuello y lo hacen parecer paparazzi. Saca un walkie-talkie del bolsillo de su chaqueta, bebe un trago de café, carraspea para sacarse la ronquera de la mañana y dice: "¿Okay, estamos listos?"
Sale y mira el callejón que empieza detrás del 7-Eleven, donde los trabajadores se han estado reuniendo durante años. Observa a una pareja de hombres mirándolo desde una furgoneta, apuntándolo. Uno de ellos levanta una cámara para fotografiar a Taplin. "Bueno, supongo que hoy no los vamos a sorprender", dice, con aire de suficiencia. "Nosotros los fotografiamos a ellos, y ellos a nosotros. Lo que harán ahora es correr al 7-Eleven y avisar a los trabajadores que estamos llegando: Vienen los vigilantes, vienen los vigilantes, vienen los vigilantes. Quizás piensan que si nos toman fotografías, nos asustarán. Pero no. No nos vamos a asustar de ninguna manera".
No todos los vigilantes de Herndon están contentos con que los vigilen. Algunos de los miembros del grupo de Taplin tienen miedo de que algunos activistas por los derechos de los inmigrantes los puedan seguir y molestar. Taplin mismo dice que él no se preocupa, pero la cautela impregna todo lo que hace. No quiere que se cuente dónde trabaja. Dice que ha sido "llevado a creer" que podría sufrir repercusiones en su trabajo si llama demasiado la atención como vigilante. Esto le hace recordar algo. Se vuelve hacia el grupo y dice: "Me tengo que marchar a mi trabajo a las nueve y media".
Los demás asienten.
"Oh, mira ese tipo, el tipo que conduce", dice bruscamente, apuntado a una furgoneta que para recoger a dos trabajadores en el callejón. En ese momento, furioso, Taplin deja en claro por qué, a pesar de la preocupación de su mujer sobre la privacidad y su preocupación sobre las reacciones de sus jefes en su trabajo, cree que debe estar aquí. "Esta es la razón por la que tenemos que parar esto. ¿Ven a ese tipo? Es un contratista; también estuvo aquí la semana pasada, contratando. Es un reincidente. Quiero tomarle una foto". Pero antes de que pueda levantar su cámara, el tipo se marcha. Taplin frunce el ceño, apunta el número de la matrícula. "Okay, lo reconozco... Se la tomaré la próxima vez".
Su brigada cuenta hoy con diez hombres. "¿Sabes qué? Era un blanco. Desde que empezamos a dejarnos caer por aquí, los contratistas latinos ya casi no vienen. ¿Qué significa eso? ¿Qué significa eso? El número de jornaleros se ha reducido, pero, si mantenemos la presión, creo que los contratistas latinos desaparecerán completamente. ¿Sabes por qué?"
Toca su walkie-talkie, juega con los botones. Crac-crac. "Porque su cultura gira sobre estar por debajo del radar y no ser detectado por las autoridades. No quieren verse expuestos, porque ellos son muchas veces ilegales, y sus negocios no tienen permisos" de Herndon y ni del estado de Virginia.
El interés de Taplin en la causa de los vigilantes empezó el año pasado, cuenta, cuando oyó que un hispano borracho había hablado crudamente sobre temas sexuales con los niños de una escuela básica en una parada de bus. Pero, si ese momento sirvió como chispa, en realidad la yesca seca se había estado acumulando en su mente desde hacía un tiempo. "Empecé a mirar el caos en que se había convertido el 7-Eleven, en una monstruosidad", recuerda. "La gente dándose vueltas porque no había trabajos, o después de haber intentado conseguir uno. Se trata de su cultura. Cuando estaba en la marina, pasé un tiempo en Río. En Río no respetan la tierra. Mean en las calles, arrojan basura, botellas... Cuando vienes aquí, haces lo mismo que hacías en tu cultura. Haces lo que sabes hacer".
El verano pasado, llamó al presidente del Cuerpo de Defensa Civil Vigilantes, Chris Simcox, que vive en Arizona y es considerado por los miembros como la fuerza seminal de la organización, un héroe para sus admiradores que lo han comparado con George Washington. Simcox le otorgó a Taplin un grupo de vigilantes. Taplin, que alguna vez soñó con postularse como candidato al congreso, dirigiría ahora a gente, tendría la función de portavoz del grupo, aparecería en radio y televisión.
Entonces, se estaban formando capítulos de los vigilantes en todas las regiones del país, desde California a Connecticut, con muchos hombres como George Taplin, ansiosos de empezar a trabajar. Para noviembre, Simcox había llamado a Taplin para expresarle su satisfacción con las acciones del nuevo capítulo. "Mira, era Chris Simcox el que llamaba", dice Taplin, y suena asombrado.

19 de marzo de 2006
©washington post
©traducción mQh
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