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hazte a un lado, hoover


Todavía peor que el presidente Hoover, atacó al país equivocado sin razón alguna.
Poco después del Día de Acción de Gracias, cené en California con Lou Cannon, el mejor biógrafo de Ronald Reagan. Como muchos historiadores en estos días, hablamos sobre si George W. Bush es probablemente el peor presidente que ha tenido Estados Unidos. Cannon se erizó con la idea.
A Bush le quedan todavía dos años más para dejar su huella, dijo. ¿Qué pasaría si un avance del telediario nos informa que las Fuerzas Especiales norteamericanas han matado a Osama bin Laden, o que Corea del Norte ha renunciado a su programa nuclear? ¿Qué pasaría si en una década más Iraq se convierte en una democracia y se levanta una estatua de Bush en la Plaza de Firdaus, donde estuvo alguna vez la estatua de Saddam Hussein que se hizo famosa tras su derrumbamiento?
Hay mucho de sabiduría en la prudencia de Cannon. Ciertamente, es peligroso que los historiadores esgriman la etiqueta de ‘peor presidente' como un hacha sedienta de cuero cabelludo simplemente porque se oponen a las acciones de Bush. Pero vivimos en tiempos acelerados y, a decir verdad, después de seis años en el poder y a menos que ocurran algunos milagros, se puede apostar con seguridad a que Bush será encadenado eternamente a los escalones más bajos de la escala presidencial. La razón es Iraq.
Algunos presidentes, como Bill Clinton y John F. Kennedy, son marinos políticos: navegan con el viento, alcanzando difíciles objetivos políticos mediante maniobras y consultas bipartidistas. Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, era considerado un ‘camaleón con cuadros escoceses", porque cambiaba de colores regularmente, para controlar el clima del momento. Otros presidentes son submarinistas: se niegan a zigzaguear en aguas bravas y prefieren ir del Punto A al Punto B sin titubeos direccionales. Harry S. Truman y Reagan son ejemplos de este modus operandi, y son los dos presidentes a los que Bush ha tratado de emular.
El problema con Bush es que la certidumbre es una virtud solamente si las medidas tomadas demuestran ser correctas. La mayoría de los estadounidenses aplauden que Truman haya arrojado las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, porque lograron el efecto que se perseguía: Japón se rindió. El celo anticomunista de Reagan -incluyendo el aumento de los presupuestos de defensa y la Guerra de las Estrellas- es percibido sólo ahora como positivo debido a que la Unión Soviética empezó a desintegrarse durante su mandato.
Nadie ha acusado a Bush de acobardarse. Después del 11 de septiembre de 2001, decidió sortear a Naciones Unidas y declarar la guerra a Iraq. El principal pretexto fue que, supuestamente, Bagdad estaba acumulando armas de destrucción masiva. Desde el inicio, la guerra de Iraq fue una decisión arbitraria. Llamémosla la Guerra de Bush. Como un jugador que apuesta con todos los comodines en una mano, se jugó la credibilidad de Estados Unidos con la idea de que sunníes y chiíes querían democracia, tal como los polacos y los checos durante la Guerra Fría.
Bush no estaba operando en una burbuja histórica. Otros presidentes han hecho guerras arbitrarias, y las han ganado. James K. Polk, por ejemplo, rogó al general Zachary Taylor que empezara una guerra fronteriza con México a lo largo del Río Grande. Como el ardiente expansionista que era, quería anexar el territorio de lo que hoy es Arizona, California y Nuevo México. En 1846, casi la mitad de la población estadounidense lo denunció, incluyendo a Henry David Thoreau, que se negó a pagar impuestos para una guerra injusta. Sin embargo, en el corto plazo, Polk logró su objetivo de anexar esas tierras con una serie de asombrosos éxitos militares. La Guerra de Polk fue un éxito, incluso si el pretexto era inmoral. En prácticamente todos los sondeos presidenciales, Polk ha sido considerado un presidente ‘casi excelente".
Medio siglo después, William McKinley también lanzó una guerra arbitraria basándose en la falsa noticia de que el USS Maine, anclado en Cuba, había sufrido un sabotaje de parte de España. El Maine, en realidad, fue paralizado por la explosión de una caldera. McKinley, un imperialista, usó el Maine como pretexto para declarar la guerra a España en el Caribe y en las Filipinas. Un grupo de anti-imperialistas dirigido por Mark Twain y William James, entre otros, se opusieron vehementemente, acusando justificadamente a McKinley de belicismo. Pero McKinley tuvo la última palabra en lo que su ministro de relaciones exteriores, John Hay, consideró "una espléndida guerrita". En sólo seis meses, McKinley alcanzó sus objetivos. La historia apunta la Guerra de McKinley como una victoria norteamericana, y él también aparece favorablemente en las encuestas como un presidente ‘casi excelente'.
La Guerra de Bush, en contraste, ha sido un desastre. Cuando no obtienes una victoria instantánea en un guerra por opción, entonces te quedas empantanado en un atolladero. Desde ya, Estados Unidos ha estado más tiempo en la guerra de Iraq que en la Segunda Guerra Mundial. A medida que continúa aumentando el número de bajas, más y más estadounidenses se oponen a la guerra. La victoria de los demócratas en el congreso es sólo una manifestación más de la creciente oposición a Bush.
Al principio, se pueden comparar los apuros del Iraq de Bush con los de Lyndon B. Johnson durante la Guerra de Vietnam. Pero LBJ tuvo importantes logros domésticos sobre los que fanfarronear cuando tuvo que dejar la Casa Blanca, como la Ley de Derechos Civiles y el seguro médico. Bush no tiene prácticamente ninguno. Veamos cómo encaró la crisis interna más grande de su mandato después del 11 de septiembre de 2001. No mostró ninguna urgencia en asistir a la región del Golfo después del paso del huracán Katrina, porque el país estaba sobreextendido en Iraq y tenía un grave déficit presupuestario. Los conservadores de Texas dicen siempre que el mayor error de LBJ fue pensar que podía financiar tanto la Gran Sociedad como Vietnam. Creen que tenía que elegir o uno u otro. Dicen que Johnson era fiscalmente irresponsable. Bush aprendió esta lección: Optó por Iraq en detrimento de Nueva Orleans.
Así que el legado de Bush depende de Iraq, lo que es un desastre absoluto. En lugar de perdonarlo, como a Polk y McKinley, por su falso pretexto para hacer la guerra (las armas de destrucción masiva y los agentes de al-Qaede en Bagdad), será demolido por futuros estudiosos. Los que alguna vez fueron sus dos mejores lemas -"Se busca, vivo o muerto" y "Misión cumplida"-, serán usados como porras para destrozar su legado toda vez que alguien trate de revisarlo. La izquierda continuará atacándolo por belicista, mientras que la derecha recordará indignada que no envió suficientes batallones de Iraq.
No es mucho lo que puede hacer Bush ahora para salvar su reputación. Algún día su biblioteca presidencial se ordenará en torno a dos logros: que después del 11 de septiembre de 2001 el país no volvió a ser atacado por terroristas (y hay que golpear madera) y que ganó dos elecciones presidenciales, lo que le permitió nombrar a conservadores en posiciones claves en el poder judicial. También creo que es un hombre honesto y que su gobierno no conoce casos de corrupción extendida. Eso lo ayudará a que no lo retraten como a un delincuente.
Esto último es de vital importancia. Aunque Bush pueda ser considerado un hazmerreír, no tendrá los factores de integridad cero que han mantenido a Nixon y Harding en los escalones más bajos de la lista presidencial. Curiosamente, el presidente al que Bush más me hace recordar es Herbert Hoover, cuyo nombre es sinónimo de desastre en cuanto a su respuesta a la Gran Depresión. Cuando colapsó la bolsa, Hoover, por razones ideológicas, no hizo casi nada. Cuando el 11 de septiembre de 2001, Bush hizo demasiado, atacó al país equivocado en el momento equivocado y por razones equivocadas. Se ha unido al club de Hoover como es un estudio de caso de cómo no ser presidente.

dbrinkl@tulane.edu
Douglas Brinkley es director del Centro Roosevelt de la Universidad de Tulane.

3 de diciembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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