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archivo de la desesperación


[Sudarsan Raghavan] El trabajo de Saad Eskander es proteger la biblioteca de bombas y moho.
Bagdad, Iraq. Saad Eskander estaba sentado a su escritorio de color chocolate, otro día más en un lugar lleno de promesas, pero fracturado.
La luz del sol fisgoneaba a través de los agujeros de balas en la destrozada ventana del cuarto de servicio en su oficina en el piso más alto de la Biblioteca y Archivo Nacional Iraquí, de la que es director. Abajo, los apagones le han pasado la cuenta a los libros. Y temprano la mañana del 5 de marzo, dijo adiós a un empleado que se marchaba de la ciudad. Su hermano había sido asesinado.
A su derecha, las vitrinas guardaban los libros y manuscritos más raros del edificio. A su izquierda, las ventanas de suelo a techo ofrecían una vista del mundo exterior. A las 11:40, las ventanas se sacudieron. "Es de todos los días", dijo Eskander, endureciendo su suave voz. Calmado, se levantó y miró hacia la nube de humo negro y papel blanco que se elevaba en el cielo, a unos setecientos metros de distancia. "Este no es el atentado más cercano. Ya he perdido la cuenta de las bombas".
Tras la invasión norteamericana de 2003, los ladrones saquearon e incendiaron la biblioteca. Ahora, en vísperas del cuarto aniversario de la caída de Saddam Hussein, y varias semanas de iniciada la campaña de seguridad, Eskander y su equipo de colaboradores hacen lo imposible por preservar los fragmentos del antiguo legado de Iraq en un lugar que llama la "memoria histórica del país".
"Lo que hace que un kurdo o un sunní o un chií tengan algo en común es la biblioteca nacional", dice. "Es aquí donde empieza la identidad nacional de un país".
Hoy, la biblioteca zumba con jóvenes empleados. La religión y la política se dejan en portería. Pero las mismas fuerzas que están fragmentando Iraq obstaculizan el progreso en la biblioteca: violencia, burocracia, sectarismo, rivalidades políticas y ausencia de servicios básicos.
Eskander se alejó de su escritorio, donde guarda como recuerdo fragmentos de morteros, y revisó las vitrinas. "No se acerque a las ventanas", dijo.
Volvió a mirar la nube de humo en la distancia. "Creo que viene de la Calle de al-Mutanabi", dijo.
La Calle de Mutanabi era el corazón intelectual de Bagdad, llena de librerías y bibliófilos. Eskander visitaba a menudo el lugar a la búsqueda de ejemplares para las colecciones de la biblioteca. Más tarde se enteró de que el coche bomba que había oído fuera, había matado al menos a 26 personas, incluyendo a un vendedor de libros que conocía.
Ordenó a sus guardias que detuvieran a todo funcionario que quisiera salir del edificio, preocupado por su seguridad. Mirando por la ventana, vio pasar las ambulancias. En los días siguientes, confió sus pensamientos a su diario online (http://www.bl.uk/iraqdiary.html):

Lunes 5 de Marzo
Este día será recordado siempre como el día en que las fuerzas de la oscuridad, del odio y del fanatismo asesinaron los libros... Decenas de miles de papeles volaban por el aire, como si el cielo estuviese lloviendo libros, lágrimas y sangre. El espectáculo era irreal. Algunos de los papeles ardían en el cielo.


Eskander, 44, es delgado y firme, de cara angular, chico, de pelo rizado con motas canas, y gafas redondas. Como kurdo étnico nacido en Bagdad, se unió a la resistencia kurda en las montañas del norte de Iraq cuando tenía diecinueve años, y vivió más tarde en Irán y Siria. A los 28, se mudó a Inglaterra, donde sacó un doctorado y se convirtió en ciudadano británico.
Después de la invasión, Eskander fue parte de la falange de expatriados iraquíes que volvieron en masa a Bagdad para ayudar en la reconstrucción. Para entonces, miles de objetos antiguos habían sido saqueados del Museo Nacional y de sitios arqueológicos en un país con once siglos de historia. Durante el saqueo de tres días de la Biblioteca y Archivo Nacional, los ladrones se llevaron cientos de antiguos y valiosos documentos y textos musulmanes, incluyendo un tratado del siglo dieciséis del filósofo musulmán Ibn Sina. Los archivos militares y de la seguridad nacional fueron quemados, aparentemente para borrar evidencias. El fuego, el humo y el agua terminaron por dañar gravemente los textos sobrevivientes.
Antes de aceptar el trabajo, Eskander pasó en coche frente al edificio carbonizado, parcialmente destripado. Unos empleados estaban sentados afuera con la mirada vacía, recordó. El primer día, "no tenía una silla dónde sentarme. No había ni electricidad ni agua. En la biblioteca vivían perros y gatos".

Sábado 10 de marzo
Explotaron tres bombas en mi barrio. Dos de ellas estallaron a las 7:30. Mi apartamento se sacudió violentamente, cuando yo miraba tele. A las 12:30 explotó otra bomba. Hizo estremecer mi edificio.
Pasé todo el día en mi cuarto, escribiendo y leyendo.


A diferencia de otros edificios de gobierno, en la biblioteca no hay retratos de políticos ni de clérigos. Eskander no los permite, como tampoco las bromas con tintes religiosos.
"Cuando trabajas en el gobierno, no era ni kurdo ni sunní ni chií", dice Eskander. "Eres iraquí".
En una sociedad dominada por los hombres, la biblioteca apoya los derechos de la mujer, y tiene una asociación femenina y una guardería infantil. Los ascensos se deciden en base al mérito -no a la influencia política o a la afiliación religiosa.
"Es muy demócrata", dijo Nadia Hassan, que está a cargo de la página web de la biblioteca. "Está cambiando el modo de pensar de la gente".
En una habitación, seis mujeres y dos hombres trabajan con equipos de restauración modernos que fueron donados por Italia y la República Checa. Hoy están conservando los amarillentos archivos jurídicos del Imperio Otomano de hace 127 años.
Pero los tesoros más preciados de Eskander están en su oficina. Un librero contiene raros textos del siglo diecinueve. Otro contiene antiguos libros en hebreo. Durante el régimen de Hussein, estaban guardados en un rincón húmedo y olvidado, debido a que el personal temía que pudieran ser vistos como amigos de Israel, dice Eskander. Hoy, le preocupa la influencia que ejercen los chiíes fundamentalistas sobre la educación y la cultura de Iraq.
"Sé que esos libros podrían enfadar a mucha gente estrecha de mente", dijo.

Lunes 19 de marzo
Los francotiradores atacaron a varios civiles desde sus posiciones en al-Fadhel. La biblioteca tuvo apenas electricidad durante 40 minutos. Los apagones empiezan a afectar nuestro trabajo, especialmente en los departamentos con ordenadores y de micrográficos... La corrupción y las reglas restrictivas me han impedido reparar el generador, estropeado desde mediados de 2006.


La biblioteca está ubicada en una de las zonas donde se concentran los asesinatos más violentos de Bagdad, apretujada entre los santuarios insurgentes sunníes de la Calle de Haifa y el barrio de Fadhel. En febrero, un rebelde sunní emboscó a dos empleados, un sunní y un chií, cerca de la biblioteca y los obligó a punta de pistola a cruzar la calle hacia Fadhel. El sunní fue golpeado y dejado en libertad. El chií fue asesinado. Fue el quinto empleado asesinado el año pasado.
Otro día, un recepcionista llevó el ataúd de su hijo asesinado y pidió dinero para sepultarlo.
Cuando el ministerio de Defensa, controlado por los sunníes, quiso usar el tejado de la biblioteca como un puesto de vigilancia, Eskander se opuso. Estaba preocupado sobre el cercano ministerio de Salud, bajo el control del clérigo chií Moqtada al-Sáder. "Todo el mundo sabe que somos neutrales, ni sunníes ni chiíes", dijo Eskander.
Pero eso no ha impedido que los milicianos del Ejército Mahdi de Sáder disparen de vez en vez desde el tejado del ministerio de Salud, agregó.
En 2005, Eskander recibió una amenaza de muerte ordenándole que dejara de renovar la biblioteca. La ignoró. Desde entonces, como medida de protección de sí mismo, su mujer y su hijito, se ha mudado cuatro veces de casa y barrio.
Junto a la puerta de su oficina, una mujer se ha instalado, a petición de Eskander, con un puesto para vender tentempiés y caramelos. No quiere que sus empleados arriesguen la vida por un almuerzo.
"Estoy tratando de reconstruir la cantina, de modo que nadie tenga que salir del edificio", dice Eskander cuando pasa frente al puesto.

Domingo 25 de marzo
Varias balas impactaron en la fachada trasera del edificio. Una bala dejó dos agujeros: uno en la ventana exterior, y el segundo en la ventana interior de la sala de colecciones inglesas. La Señorita S, nuestro contacto con el ministerio de Cultura, estaba sollozando cuando entró a mi oficina. El apartamento que comparte con la familia de su hermana quedó feamente dañado en el atentado con coche bomba del sábado, que mató a treinta personas, la mayoría de ellas agentes de policía. El personal decidió reunir dinero para ayudarla.

En una sala con 32 ordenadores, donde el equipo de Eskander está tratando de crear una biblioteca digital para conservar textos antiguos, se ha ido la luz. Eskander tiene una expresión de pesar en la cara. Pero continúa la reunión. Está tratando de crear una nueva generación de empleados y eliminar los residuos de los años de Hussein, cuando lo que más importaba para conseguir un trabajo era la política y la afiliación tribal.
La dependencia llegó a tener 23 empleados. Ahora hay dieciséis. La violencia fuera obligó a renunciar a la mayoría. Un empleado nunca tuvo esa opción. En un rincón de la sala, cuelga junto a un ordenador fotografías de Ali Salih, 27, ex director de la página web. En diciembre fue asesinado por hombres armados cuando se acercaba a la Biblioteca Nacional, contó Hassan parada junto a su silla vacía, con lágrimas en los ojos. Era su mejor amigo, dijo.
"Pagamos el precio de diferentes modos", dijo Eskander. "Pero me mantengo ocupado. Hago bromas. Trato de que la vida aquí sea mejor que afuera. Un montón de ellos ven sus trabajos aquí como algo que los distrae de esa realidad".

Lunes 26 de marzo
La guerra volvió a empezar... La rotonda y calles estaban siendo bombardeadas con morteros, mientras hombres armados disparaban contra los transeúntes. Todo el personal de la biblioteca quedó atrapado en el fuego cruzado. Uno de mis bibliotecarios, que es parcialmente inválido, perdió el equilibrio y cayó con su cabeza contra el pavimento. Estaba sangrando, incapaz de ponerse de pie. Cuando el combate amainó, la gente salió a rescatarlo.


Eskander bajó, atravesando por una cacofonía de los martillos y serruchos de los trabajadores que renovaban las salas, pasando entre niños jugando, hasta que llegó al archivo en la planta baja. Dentro, libros, diarios y revistas de los siglos diecinueve y veinte, cubiertos antes por una gruesa capa de polvo, se ven ahora pulcramente organizados en estanterías de metal.
Pero se están deteriorando debido a la falta de ventilación y de electricidad, y a un desconcertante sistema de iluminación. Eskander y su equipo están escaneando los textos, tan rápidamente como posible, para guardarlos en microfichas.
"Estamos peleando por sus vidas", dice. "Eso me irrita".
En los diarios locales y en su diario online, ha criticado públicamente al ministro de cultura y a otros políticos por no hacer lo suficiente para proteger el legado iraquí. Habla con periodistas extranjeros sin pedir la autorización de sus superiores.
"Colocan obstáculos en nuestro camino. Así que tenemos que buscar modo de eludirlos. A veces ilegalmente, cuando nos conviene", dice Eskander. "Si eres tradicionalista y obedeces leyes y órdenes, no llegarás nunca a nada".
Admite que ha robado libros y documentos de la biblioteca. Una vez, dijo, recuperó todo un camión de documentos que databan de la época monárquica en Iraq en la Zona Verde, que alberga a la embajada norteamericana y al gobierno iraquí. Dijo a los oficiales norteamericanos que el alijo no tenía valor alguno. "En Bagdad hice un montón de cosas a lo Ali Baba", dijo. Viaja regularmente a Europa a pedir donaciones, incluso aunque sus jefes lo encuentran vergonzoso. En octubre visitó el Departamento de Estado y la Biblioteca del Congreso buscando ayuda para comprar más máquinas para escanear y crear la biblioteca digital.
También está ofreciendo al mundo una visión franca sobre Iraq. Millones de personas leen su diario online, que está enlazado a la página web de la biblioteca nacional británica.
"Él representa la esperanza", dice Catriona Finlayson, portavoz de la Biblioteca Británica. "Está tratando de asegurar un futuro para la siguiente generación. Es importante que los iraquíes reconstruyan su país. También es importante que no olviden su pasado".

Miércoles 28 de marzo
Me sorprendió enterarme de que la Señorita Kh se apareció a trabajar. Había sido secuestrada, junto a tres hombres, incluyendo al conductor, y seis mujeres... Los secuestradores golpearon al chofer y a los pasajeros, antes de liberar a las mujeres... Termina la conversación con la misma vieja pregunta: ¿Por qué no se marcha a Europa? Y le respondo como siempre: ¿Cómo podría abandonar a gente tan simpática como usted?

10 de abril de 2007
7 de abril de 2007
©washington post
©traducción mQh
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