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quién pondrá fin a la guerra


[David S. Broder] La gente. O el futuro presidente demócrata.
La brecha entre la opinión pública y la realidad de Washington ha sido rara vez tan grande como en el tema de la guerra de Iraq. De momento un claro mandato nacional está siendo bloqueado por limitaciones que sólo tienen sentido en el cálculo a corto plazo de los políticos de la ciudad capital.
El veredicto público sobre la guerra es claro. La gran mayoría cree que fue un error ir a Iraq, y una mayoría igualmente grande quiere que se empiece con el proceso de retirada. Eso es lo que dicen las encuestas; ese es el mensaje que lleva el correo al Capitolio; y eso es lo que los votantes han indicado que quieren cuando volvieron a entregar a los demócratas el control del congreso en noviembre.
Pero no es lo que ocurrirá, al menos no ahora. La incapacidad de la Cámara la semana pasada de anular el veto del presidente Bush del proyecto de financiamiento de la guerra de Iraq que incluía un calendario de retirada, se aseguró de que eso es lo que ocurrirá. La dirigencia demócrata ya ha indicado su disponibilidad a dejar de lado el calendario, y es probable que hagan más concesiones en el curso de las negociaciones con la Casa Blanca.
La pregunta que surge espontáneamente es por qué un juicio expresado tan fuertemente por la opinión pública -respondiendo a las noticias de crecientes bajas norteamericanas en una guerra sectaria aparentemente intratable- no puede ser traducido en acción en Washington.
Parte de la respuesta reside en la constitución. Esta convierte al presidente en comandante en jefe de las fuerzas armadas, el único funcionario elegido cuyas órdenes deben ser obedecidas por generales y soldados rasos por igual.
Según la constitución, el congreso comparte los poderes de guerra pero puede ejercerlo solamente mediante su control del dinero que necesita el presidente para financiar cualquier operación militar.
En este momento, el comandante en jefe tiene un plan claro: aplicar más fuerza militar en Bagdad y alrededores con la esperanza de erradicar la violencia sectaria y crear un espacio para que los políticos iraquíes se reúnan en un gobierno que funcione.
Es una estrategia de alto riesgo sin garantía de éxito. Pero es una estrategia clara.
El congreso dominado por los demócratas, por otro lado, no está de acuerdo en ningún plan de ningún tipo. La mayoría de los demócratas no están dispuestos a ejercer sus derechos cortando los fondos para la guerra en Iraq, por temor a ser acusados de abandonar a las tropas en medio de la batalla.
Careciendo de la voluntad de hacer eso, están obligados a una opción incómoda. Están proponiendo continuar el financiamiento de una guerra a la que se oponen la mayoría de ellos, exigiendo condiciones sobre la conducción de la guerra que el presidente dice que reducirán las posibilidades de éxito de su estrategia.
Esa afirmación, cualquiera sean sus méritos, coloca a los demócratas a la defensiva. No es una posición cómoda, pero es dónde se han colocado ellos mismos, de momento.
Pero es sólo de momento. Este septiembre, cuando según el general David Petraeus, el comandante en Iraq, pueda juzgar si las nuevas tácticas y los casi tres mil soldados adicionales han revertido la ola en su intento de reducir la carnicería en Bagdad, prevalecerán otras fuerzas políticas.
Si tiene éxito y si los iraquíes empiezan el proceso de ajustes políticos que son necesarios para formar un gobierno estable, el presidente estará en una posición mucho mejor para concitar el apoyo doméstico para su causa. Si no, habrá muchos representantes republicanos uniéndose a los demócratas en su demanda de un Plan B que conduzca probablemente a una salida temprana de una parte substancial de las tropas americanas.
De uno u otro modo, en última instancia la opinión pública tendrá que ser escuchada en cuanto a la guerra de Iraq. Es difícil imaginar que los republicanos vayan a las elecciones presidenciales de 2008 con 150 mil soldados norteamericanos que sufren todavía fuertes bajas en Iraq.
Pero si ese fuera el caso, aumentará la probabilidad de que los demócratas ocupen pronto la Casa Blanca, y será su presidente el que ponga fin a la guerra.
Las guerras terminan cuando el pueblo dice que deben terminar. Dwight Eisenhower fue elegido presidente en 1952 con la promesa de poner fin a la Guerra de Corea. En 1968 Richard Nixon fue elegido presidente con la promesa de poner fin a la Guerra de Vietnam. Y si George Bush no lo hace, en 2008 las elecciones las ganará un demócrata con la promesa de que pondrá fin a la Guerra de Iraq.

davidbroder@washpost.com

7 de mayo de 2007
5 de mayo de 2007
©washington post
©traducción mQh
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