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guerra interminable


Guerra de Bush es un desastre. La guerra contra el terrorismo no tiene fin.
No importa lo mal que se vea la guerra de Iraq. El presidente Bush ha estado pavoneándose como si fuera un general victorioso porque intimidó a una tambaleante coalición de demócratas para que abandonaran su intento de imponer un límite de tiempo a su desastrosa desaventura.
Para este fin de semana, Bush estaba comportándose como si ese matoneo parlamentario le hubiera otorgado la libertad no solamente de ignorar a los demócratas sino también a la inmensa mayoría de los estadounidenses, que quieren que deje de perseguir la ilusión de victoria y se concentre en cómo detener el sacrificio de jóvenes estadounidenses.
Y, siempre fiel a sus ilusiones, Bush ha insistido en que él es la única persona que entiende al verdadero enemigo.
Hablando a los graduados de la Academia de la Guardia Costera, Bush declaró que al Qaeda es el "enemigo público número uno" en Iraq y que "el objetivo de los terroristas en Iraq es volver a encender la violencia sectaria y acabar con el apoyo a la guerra en casa". Al día siguiente, en el Jardín de Rosas, Bush cargó a un periodista que tuvo la temeridad de preguntar sobre la menguante credibilidad de Bush ante el público, declarando que al Qaeda es "una amenaza para sus hijos" y acusándolo de ser un ingenuo que ignoraba el peligro.
Es inquietante pensar que Bush cree que la desenfrenada violencia sectaria en Iraq está esperando que se la provoque, o que no reconoce que el apoyo que dieron los estadounidenses a la guerra se derrumbó hace muchos sangrientos meses. Pero nos hemos habituado a la desconexión del presidente con la realidad y su hábito de arremeter contra hombres de paja, como los estadounidenses a los que no preocupa el terrorismo porque cuestionan su mala conducción de la guerra o no se preocupan de lo que pase después de la retirada de Estados Unidos, como deberían.
Lo realmente inquietante de los comentarios de Bush es su retrato de la guerra en Iraq como una lucha clara-para-todo-el-mundo-menos-para-los-testarudos entre Estados Unidos y la joven democracia iraquí, por un lado, y al Qaeda, al otro. Eso no reconoce que el gobierno iraquí dominado por los chiíes no es una democracia y que está en guerra con muchos de su propio pueblo. Y termina con toda presión sobre la dirigencia iraquí -y Bush- para detener la guerra sectaria y crear una verdadera democracia.
No hay duda de que el terrorismo islámico organizado -llámese al Qaeda o de otro modo- es una seria amenaza. Tampoco hay dudas de que los terroristas entraron a Iraq mayormente después del inicio de la guerra.
También nosotros creímos que Iraq debía estar en una situación tan estable como posible antes de que Estados Unidos pudiera retirar sus tropas sin hacer más profundo el caos y la destrucción. Pero no lo está haciendo y su versión de la realidad lo hace todavía más improbable. La única solución la tienen los líderes de Iraq, que deben poner fin a su sangriento conflicto sectario y hacer un verdadero intento de formar un gobierno unido. Esa es su mejor posibilidad de estabilizar al país, permitir la retirada de Estados Unidos y, sí, perseguir a al Qaeda.
Los demócratas que pidieron imponer criterios para medir el progreso político de los iraquíes, junto con la fijación de una fecha de retirada de los soldados estadounidenses, estaban tratando de iniciar ese proceso. Es una vergüenza que no pudieran reunir la voluntad y disciplina necesarias para seguir adelante, pero esperamos que no se hayan rendido. Por inconexos que se hayan mostrado los demócratas, su análisis tiene más sentido que la negación de Bush de la guerra civil en Iraq y su guerra sin fin contra el terrorismo.

27 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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