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[Walt Bogdanich y Jake Hooker] La huella de las medicinas envenenadas, de China a Panamá. Una fábrica sospechosa.
Los panameños que quieren saber dónde empezó su pesadilla tóxica deben visitar la página web de la compañía en Hengxiang, China, que investigadores de cuatro países han identificado como la que produjo el jarabe: la Taixing Glycerine Factory. Allá, bajo las palabras ‘Quiénes somos', podrán ver una fotografía de un moderno edificio blanco de casi una docena de pisos, adornado por tres arcos en la entrada. La fábrica, se jacta la página web, "puede ceñirse estrictamente a los contratos y cumplir su palabra".
Pero como el jarabe de la fábrica, no todo es lo que parece.
No hay edificios altos en Hengxiang, un pueblo de campo con una sola calle principal. La fábrica no tiene permiso para vender ingredientes médicos de ningún tipo, dicen funcionarios chinos. Y no se parece en absoluto a la foto en internet. En realidad, sus químicos son preparados en un sencillo edificio de ladrillos de un solo piso.
La fábrica se encuentra en un recinto amurallado, rodeado de pequeñas tiendas y granjas. En la primavera, los campos cercanos de colza pintan el paisaje de amarillo. Cerca de la puerta principal, un letrero que da al camino advierte: "Cuidado con las imitaciones". Pero fue colocado ahí por una fábrica de máquinas de fideos cercana que parece estar preocupada por la competencia.
La Taixing Glycerine Factory compró su glicol dietileno al mismo fabricante que Wang, el ex sastre, dijo el investigador del gobierno. Desde este lugar en la comarca química de China empezaron su viaje los 46 barriles de jarabe tóxico, pasando de compañía en compañía, de puerto en puerto y de país en país, sin que nadie controlara lo que contenían.
Los importadores deberían estar completamente familiarizados con sus abastecedores, dicen funcionarios sanitarios de Estados Unidos. "Uno simplemente no asume que lo que dice la etiqueta es efectivamente lo que hay dentro", dijo el doctor Murray Lumpkin, subcomisario de programas internacionales y especiales de la Administración de Fármacos y Alimentos.
En el caso de Panamá, los nombres de los abastecedores fueron borrados de los documentos de embarque mientras pasaban de una entidad a otra, de acuerdo a documentos e investigadores. Esa es una práctica que adoptan algunos vendedores para impedir que los clientes los pasen por alto en compras futuras, pero el resultado es que también oculta el origen del producto.
El primer distribuidor fue la compañía comercial de Pekín, CNSC Fortune Way, una unidad de una empresa estatal que empezó suministrando bienes y servicios a empresas y personal chinos oficiales en el extranjero.
A medida que se extendía el mercado chino, Fortune Way concentró sus actividades en los ingredientes farmacéuticos, y en 2003 se encargó de la venta del jarabe sospechoso fabricado por la Taixing Glycerine Factory. El certificado de análisis del fabricante mostraba que la partida tenía una pureza del 99.5 por ciento.
Si la Taixing Glycerine Factory en realidad realizó una prueba no se ha dado a conocer públicamente.
Los certificados de análisis originales deberían ser entregados a cada nuevo comprador, dijo Kevin J. McGlue, miembro de la directiva de International Pharmaceutical Excipients Council. En este caso, no se hizo.
Fortune Way tradujo el certificado al inglés, colocando su nombre -no el de la Taixing Glycerine Factory- en el cabezal del documento, antes de embarcar los barriles a la segunda compañía compradora, esta vez en Barcelona.
Li Can, director general de Fortune Way, dijo que no recordaba la transacción y que no la comentaría, agregando: "Se trata de un enorme volumen de negocios".
Tras recibir los barriles en septiembre de 2003, la compañía española Rasfer International tampoco controló el contenido. Copió el análisis químico de Fortune Way, y luego puso su logo encima. Ascensión Criado, gerente de Rasfer, dijo en una respuesta por correo electrónico a preguntas escritas que cuando Fortune Way envió el jarabe, no dijo quién lo había fabricado.
Varias semanas después, Rasfer envió los bidones a un importador panameño, el grupo Medicom Business. "Medicom no nos preguntó nunca el nombre del fabricante", dijo Criado.
Un abogado de Medicom, Valentín Jaén, dijo que su cliente también era una víctima. "Fueron igualmente engañados", dijo Jaén. "Ellos operaban en buena fe".
En Panamá, los barriles estuvieron sin ser utilizados durante más de dos años, y los funcionarios dijeron que Medicom había cambiado fraudulentamente la fecha de expiración del jarabe.
Durante ese tiempo, la compañía no analizó nunca el producto. Y el gobierno panameño, que compró los 46 barriles y los utilizó en la preparación de una medicina contra el catarro, tampoco detectó el veneno, dijeron los funcionarios.
Finalmente el tóxico terminó en el torrente sanguíneo de personas como Ernesto Osorio, un ex profesor de secundaria en Ciudad de Panamá. Después de ingerir el jarabe para la tos envenenado en septiembre pasó dos meses en el hospital.
Justo ante de Navidad, después de un tratamiento de diálisis renal, Osorio estaba parado frente al gran hospital de la ciudad con una camisa empapada de lágrimas, contando en lo que se había convertido su vida.
"No soy ni una octava parte de lo que era", dijo Osorio, con su cara parcialmente paralizada como un trozo de carne. "Tengo problemas para caminar. Mira mi cara, mira mis lágrimas". Las lágrimas, dijo disculpándose, no eran por emoción, sino por lesiones a los nervios.
Y, sin embargo, Osorio sabe que él es una de las víctimas con suerte.
"No sabían cómo mantener al asesino en la botella", dijo.
El sufrimiento en Panamá fue enorme, pero las ganancias potenciales -al menos para la compañía española Rasfer- fueron asombrosamente pequeñas. Por los 46 barriles de glicerina, Rasfer pagó a Fortune Way 9.900 dólares, y luego los revendió a Medicom por 11.322 dólares, de acuerdo a documentos.
Las autoridades chinas no han revelado cuánto dinero hicieron Fortune Way y la Taixing Glycerine Factory, o si sabían qué había en los barriles.
"La falta tiene que trazarse en las áreas de producción", dijo Motta, el cardiólogo de Panamá que ayudó a descubrir la fuente de la epidemia. "Esa es mi súplica: por favor, asegúrense de que lo que nos está ocurriendo no lo estén haciendo en Perú o en Sierra Leona o algún otro lugar".b>

Renwick McLean y Brent McDonald contribuyeron a este reportaje.

6 de junio de 2007
6 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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