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mi visión del islam


[Ayaan Hirsi Ali] Sobre la guerra santa, apostasía y los derechos de las mujeres en el islam.
La indiscutible definición del islam de parte de todos sus adherentes es el "sometimiento a la voluntad de Alá". Esta voluntad divina está delineada en el Corán y en las enseñanzas y hechos de Mahoma, como en el Hadith y lal Sunna.
Mientras al Corán se lo considera la verdadera y pura palabra de Dios tal como fue revelada a Mahoma a través del ángel Gabriel, la Sunna tiene menos peso y ha sido siempre una fuente de desavenencias entre los clérigos musulmanes. Sin embargo, teólogos del islam han alcanzado un consenso en cuanto a la autoridad de un juego de seis tomos de la Sunna llamado la Sahih Sita.
Sobre los temas de guerra santa (yihad), apostasía y el trato de las mujeres, el Corán y la Sunna son claros. Es obligación de todo musulmán difundir el islam entre los no creyentes, primero por medio de la dawa, o proselitismo, y luego con la guerra santa, si el no creyente se niega a convertirse. Es obligación de los no creyentes aceptar el islam. Exentos de este edicto de conversión son los pueblos del libro: cristianos y judíos. Ambos pueblos tienen una opción. Adoptan el islam y disfrutan de los mismos derechos que los otros musulmanes, o se aferran a su libro y llevan la vida de un dhimmi (ciudadanos inferiores). Legalmente, los derechos de un dhimmi no son iguales a los de un musulmán. Por ejemplo, un musulmán puede casarse con una mujer judía o cristiana, pero judíos y cristianos no pueden casarse con mujeres musulmanas. Si un cristiano o un judío mata a un musulmán, debe ser eliminado inmediatamente. En contraste, nunca se puede derramar la sangre de un musulmán para compensar la sangre de cristianos y judíos.
También es obligación de todo musulmán exigir virtud y prohibir el vicio. La apostasía, el peor vicio posible que puede cometer un musulmán, debe ser castigada con la muerte. El castigo no debe ser necesariamente impuesto por el estado, y puede ser fácilmente implementado por civiles. Cuando se trata de un asunto de la ley islámica, la justicia está en manos de todo musulmán.
En cuanto al tratamiento de las mujeres, en el Corán y más elaboradamente en la Sunna, el islam asigna a las niñas una posición en la familia que requiere de ellas que sean dóciles, las hace dependientes de sus familiares masculinos en cuanto al dinero y da poder sobre su cuerpo es esos mismos familiares.
En el islam hay una estricta jerarquía de sumisión. Primero, todos los humanos son esclavos de Alá. En las sociedades musulmanas, todos los niños deben obedecer a sus padres. Más allá de esto, mujeres y niñas deben obedecer y servir sin chistar a sus tutores masculinos, especialmente sus maridos. Este decreto de obediencia marital no es de ninguna manera recíproco.
En el islam una mujer no es competente y debe tener siempre un tutor. La responsabilidad de la custodia puede pasar de padre a hermano a tío antes de que la chica sea casada, que es cuando debe empezar a obedecer a su marido. Normalmente el matrimonio es convenido, y la chica no tiene ninguna opción, y a menudo en el proceso hay movimiento de dinero. Así, bajo el dominio religioso del islam, todavía es hoy común que los derechos de una mujer son en lo esencial vendidos a un hombre al que no conoce y muy probablemente tampoco quiere.
En cuanto a la educación de las niñas bajo el islam, hay un claro programa de adoctrinamiento en la desigualdad. Bajo el islam, la educación es la transmisión de las reglas de sumisión a la voluntad de Alá. Intrínseco en esta ‘educación' es el dictado de los roles de género. Las niñas son instruidas primero en la obediencia a Dios, luego a la familia y finalmente al marido. Hay un severo énfasis en la modestia, definida por la virginidad. Un niña musulmana debe guardar fieramente su virginidad como expresión de lealtad a su creador y a su familia y marido.
Esta forma de educación obstaculiza sus posibilidades de llegar a ser independiente o económicamente independiente. La falta de igualdad social y libertad de la mujer es una consecuencia directa de las enseñanzas del islam. Bajo el islam una mujer debe pedir siempre permiso a su marido y deben obedecer infinitamente. Esta severidad se levanta en el único caso de que él le pida que renuncie a Dios, en cuyo caso se le permite el derecho a desobedecer. Mientras que es verdad que en el islam, técnicamente hablando, las mujeres tienen derecho a la propiedad y al comercio, la condición de obediencia total a sus tutores convierte esta ‘libertad' en hipotética, en el mejor de los casos.
El objetivo de la educación brindada a las niñas bajo el islam es el logro del control de la sexualidad femenina. El resultado de este adoctrinamiento es que las niñas musulmanas creen legítimamente y a menudo defienden vocalmente su posición de subordinación. Los extremos a los que irá la sociedad musulmana en la búsqueda del control sexual a menudo entran en el terreno de lo absurdo, y según normas occidentales, de lo criminal. En el islam la edad mínima para el matrimonio de una niña es después de su primera menstruación. Mahoma estaba comprometido con su esposa Aisha cuando ella tenía seis años, y se casó con ella (tuvo sexo con ella) cuando ella cumplió nueve. Millones de hombres musulmanes en todo el mundo siguen a Mahoma en este acto, y el del difunto ayatolá Khomeini uno de los ejemplos más sobresalientes.
Bajo la ley sharia (ley islámica), que rige en Arabia Saudí, Irán y partes de Nigeria, los derechos civiles de las mujeres son dramáticamente mínimos. La amenaza de castigos violentos, como los azotes y la lapidación hacen imposible las perspectivas de independencia económica y libertad sexual de las mujeres. Milagrosamente incluso en circunstancias tan duras encontrarás mujeres que han disfrutado de una buena educación, tienen algo que decir a la hora de elegir marido y logran ganarse la vida. Seamos claros en que estas excepciones no se deben a la compasión ni al progresismo de las familias que están bajo la influencia de Occidente y no de reglas derivadas del islam.
En la búsqueda de la reconciliación entre los musulmanes y las sociedades occidentales, es importante reconocer que los musulmanes son tan diversos como monolítico es el islam. El islam intenta unificar a más de mil millones de personas de diferentes orígenes geográficos, lenguas, etnias y contexto cultural y educacional relacionado con alguna tribu religiosa. Y mientras reconozco que en general hacer estereotipos sobre los creyentes es difícil debido a que las creencias son subjetivas, en razón del argumento me gustaría distinguir entre cinco tipos de musulmanes.
El primer grupo incluye a los musulmanes que reniegan de su fe porque no pueden reconciliarla con sus conciencias ni con la modernidad. Este grupo es importante para la evolución del mundo islámico porque hacen preguntas urgentes y críticas que los creyentes usualmente evitan. Los ex musulmanes que viven en el Occidente están empezando a encontrar sus voces y sacar ventaja de las libertades espirituales y sociales de que pueden disfrutar.
El segundo grupo lo comprenden genuinos reformistas musulmanes, como Irshad Manji, que reconoció el carácter anticuado de los mandamientos del Corán y la inmoralidad del profeta. Tienden a enfatizar los primeros capítulos del Corán que instan a la bondad, la generosidad y espiritualidad. Dicen que los últimos capítulos donde se politiza al islam y se introducen los conceptos de sharia, yihad y martirologio, estos deben ser leídos en el contexto en el que fueron escritos hace mil cuatrocientos años.
El tercer grupo lo componen musulmanes que apoyan la perpetuación gradual y dominación del islam a través del mundo. Usan las libertades ofrecidas en democracia para minar la modernidad social y, aunque inicialmente se oponían al uso de la violencia, prevén que una vez que el número de creyentes alcance una masa crítica, los últimos residuos de no creyentes pueden ser resueltos violentamente y se podrá implementar universalmente la ley islámica sharia. El ayatolá Khomeini utilizó con éxito este método en Irán. Erdogan, de Turquía, está siguiendo sus pasos. Tariq Ramadan, profundamente enraizado en su legado de la Hermandad Musulmana, se dedica a esos programas entre musulmanes europeos.
El cuarto grupo es el más obvio e inmediatamente amenazador. En este grupo encontramos un creciente número de musulmanes de la línea dura que han definido que su único objetivo es el martirologio. Este es un ejército de jóvenes fustigados hacia la violencia suicida por clérigos hambrientos de poder. Estos clérigos tienen plataformas públicas y trabajan impunemente desde instituciones protegidas y a menudo financiadas por las autoridades nacionales.
El quinto grupo es en gran parte inefectivo y sólo amenazador en su rechazo al conocimiento de la verdad. Aquí encontramos a la elite clerical que pretende reconciliar al islam con la modernidad. Los motiva el instinto de supervivencia y no tienen interés en verdaderas reformas. Hacen citas selectivas de los libros sagrados para crear la imagen de un islam pacífico, ignorando los muchos pasajes que incitan a la violencia, tal como esos versos que ordenan la muerte de los apóstatas.
Es mediante los primeros dos de este grupo de cinco que llegarán progreso y reforma. En cuanto al resto, el mundo occidental debe reconocer las realidades del islam, una religión fundada hace más de un milenio con violencia y opresión en su corazón.

Nacida en Somalia y criada como devota musulmana, Ayaan Hirsi Ali es una activa crítica del islam, defensora de los derechos de la mujer y líder de una campaña para reformar el islam. Su disposición a hablar y su abandono de la fe musulmana la han convertido en un blanco de violencia y amenazas de muerte por extremistas musulmanes. Actualmente está asociada al American Enterprise Institute en Washington, D.C., y es la autora del exitoso libro de memorias ‘Infidel'.

24 de octubre de 2007
2 de agosto de 2007
©washington post
©traducción mQh
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