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atrocidades en el congo


[Stephanie McCrummen] Se atribuyen a todas las partes. Los combatientes aterrorizan frecuentemente a civiles.
Nairobi, Kenia. Varios grupos armados, incluyendo a las fuerzas armadas congoleñas, han aterrorizado frecuentemente a civiles en todo el este del Congo el año pasado, con asesinatos, masacres, violaciones, secuestros, saqueos y otras brutalidades, perpetradas por todas las partes en el conflicto, de acuerdo a un informe dado a conocer el martes por la organización Human Rights Watch, de Nueva York.
Desde noviembre, cuando empezaron los últimos enfrentamientos entre las fuerzas leales al general congolés renegado Laurent Nkunda, el ejército congolés y las varias milicias que quedaron de la guerra civil que terminó oficialmente en 2002, dice el informe, han sido desplazadas unas 370 mil personas.
Se calcula que en las últimas cuatro semanas unas 143 mil personas han huido de sus aldeas, incluyendo al menos ocho mil que han cruzado hacia la vecina Uganda en los últimos días, de acuerdo a funcionarios de Naciones Unidas.
El informe de Human Rights Watch, basado en decenas de entrevistas con testigos, documenta una situación en las que los civiles son frecuentemente acusados de apoyar a uno u otro lado en la guerra, y luego cruelmente castigados o asesinados.
"Encontré el cuerpo de mi hijo detrás de la escuela donde enseñaba", dijo un hombre cuyo hijo fue acusado por los hombres de Nkunda de apoyar a una milicia llamada Interahamwe, de acuerdo al informe. "Sólo lo reconocí por su ropa, pues había recibido una bala en su cabeza y su rostro estaba irreconocible. Me angustió haberlo encontrado muerto. ¿Cómo pueden decir que era de la milicia? No lo era. Era un maestro".
El informe detalla ataques contra más de cincuenta pueblos en la provincia congoleña de Kivu del Norte, cometidos por soldados de Nkunda, el ejército congolés y el llamado Interahamwe, o FDLR, compuesto en su mayor parte por hutus ruandeses que huyeron al este del Congo después del genocidio ruandés de 1994.
En algunas aldeas, más de una docena de civiles fueron masacrados en un incidente, de acuerdo a una denuncia. También se conocen casos de personas torturadas con descargas eléctricas o golpeadas con un martillo hasta la muerte.
La violación se ha convertido en una arma de guerra habitual, y a veces las víctimas son niñas de hasta cinco años, dice el informe.
Los crímenes han sido cometidos en una atmósfera de casi completa impunidad.
Las elecciones nacionales del año pasado -la primera votación multipartidista en cuatro décadas- ha llevado una chispa de esperanza al este del Congo, que ha sufrido sucesivas guerras civiles y enfrentamientos a menudo relacionados con las considerables riquezas minerales de la región.
Pero el gobierno del presidente Joseph Kabila no ha logrado de momento reafirmar su autoridad en el enorme país, y mucho menos desarmar a las milicias FDLR o dominar a Knuda, un carismático líder que ha tenido estrechos lazos con el gobierno ruandés y que afirma estar protegiendo a la minoría tutsi del Congo contra el FDLR.
Con su ejército débil, mal adiestrado y en su mayoría impago, Kabila ha tenido que decidir si perseguir al FDLR, como preferirían sus vecinos ruandeses, o enfrentarse a las fuerzas de Knuda, relativamente mejor equipadas y disciplinadas.
En los últimos meses parece haber tomado la decisión de perseguir a Nkunda, y ahora se teme que una guerra más amplia se trague al este del Congo una vez más.
El ejército congoleño ha concentrado sus fuerzas en el este y combate esporádicamente con los hombres de Nkunda, a menudo con el apoyo logístico de la misión de Naciones Unidas en el Congo, actualmente la operación de paz de mayor envergadura del mundo.
"Hemos transportado a tropas congoleñas, hemos evacuado sus bajas, y estamos colaborando con los comandantes en todos los niveles de la planificación", dijo el mayor Prem Kumar Tiwari, portavoz de la misión de Naciones Unidas en Kivu del Norte. "La situación es muy volátil y es difícil decir adónde conducirá".

2 de noviembre de 2007
24 de octubre de 2007
©washington post
©traducción mQh
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