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dirección desconocida


[Marla Dickerson] El correo de Costa Rica. Un país sin señales de tráfico ni numeración de casas trata de implementar un nuevo sistema.
San José, Costa Rica. Pobre cartero de Costa Rica. Seguro, no tiene que vérselas con el granizo ni la nieve. Pero consideremos qué se entiende aquí por dirección:
Desde el cementerio de Tibas, doscientos metros al sur, y trescientos metros al oeste, cruzando la línea férrea, la casa blanca de dos pisos.
En realidad, esta es fácil. Al hacer sus rondas en las afueras de la capital una mañana hace poco, el cartero Roberto Montero Reyes sacó unas cartas de su saco de lona cuyas direcciones parecían claves para una caza del tesoro o versos de un haiku.
Había una para alguien que vivía "al lado sur de la Cruz Roja" y otra para una familia cuya casa sita a "125 metros al oeste de la Pizza Hut".
"Tienes que saber leer la mente..., tienes que ser historiador y detective para hacer este trabajo", dijo Montero, un veterano de 27 años, que hace su ruta con zapatillas de camuflaje.
Para los adictos al GPS debe ser difícil de comprender, pero Costa Rica no tiene un sistema estandarizado de direcciones. Muchas calles carecen de nombres, y prácticamente ninguna está indicada con letreros. Muchas casas tampoco tienen número. Sólo en algunas regiones del país se usan referencias cercanas a "Calle Principal No. 123", un formato que comprendería cualquiera fuera de Costa Rica.
En realidad, la mayoría de las direcciones costarricenses se expresan en relación con el punto de referencia histórico más cercano. En la época colonial, era la iglesia o el ayuntamiento. Hoy, podría ser un restaurante de comida rápida o un concesionario de automóviles.
Para algunos, este excéntrico sistema es un reconfortante lazo con el pasado agrario del país, una colorida afirmación de lo que significa ser ‘tico', o costarricense. Casi todos se ponen radiantes cuando hablan sobre "la vieja higuera" y "la vieja planta de la Coca-Cola". Estos dos hitos históricos del área de San José se han perdido en la historia, pero los residentes todavía las mencionan cuando dan instrucciones, como si aún existiesen. Para un visitante desorientado, es una prueba de que el realismo mágico está vivito y coleando en América Latina.
"Es parte de la idiosincrasia de los costarricenses", dice el historiador Francisco Marto Mejía, director del museo postal de Correos de Costa Rica, el servicio de correos del país.
El problema es que estas rústicas direcciones no van a la par con el desarrollo de Costa Rica. Un país de más de cuatro millones de habitantes, Costa Rica hace alarde de tener el nivel de vida más alto del continente y un vibrante sector tecnológico. Pero hasta hace poco, una carta se demoraba en llegar a su destino un promedio de nueve días -si es que llegaba. Las autoridades postales dicen que una de cada cinco cartas no llegan a destino debido a que los carteros no logran dar con las direcciones. El problema es peor en las nuevas subdivisiones, donde los vecinos no se conocen unos a otros y no pueden dar instrucciones a los carteros.
El correo es simplemente un problema más. Los equipos de emergencia, los taxistas, los empleados de los servicios públicos y la gente de las empresas de reparto gastan una increíble cantidad de tiempo en celulares y llamando a puertas tratando de saber si acaso han llegado al lugar que suponían.
"Es un caos total", dijo el jubilado del área de San José, Claudio González, 73, que hace poco gastó tres infructuosas horas buscando la casa de un amigo en un suburbio que no conocía. "Habría sido más fácil en cualquier otro país".
Las autoridades se han embarcado en una importante revisión. Cambios recientes en el modo en que se sortea la correspondencia han reducido el tiempo de entrega promedio a dos días en todo el país. Ahora el servicio postal está otorgando números, nombres de calle y código postal a todas las casas y edificios del país, que tiene unos 52 mil kilómetros cuadrados y es apenas más pequeño que el condado de San Bernardino.
Los funcionarios han introducido más de 430 mil direcciones simplificadas, la mayor parte en áreas urbanas. Esperan convertir a todo el país en los próximos dos años si el gobierno les concede cerca de un millón de dólares para terminara el trabajo.
Colocar señales de calle tomará mucho más tiempo y costarán un montón. Correos de Costa Rica está tratando de convencer al sector privado de que ayude a pagar ese cambio. Pero el mayor reto será cambiar la disposición mental de los ticos, dice Álvaro Coghi Gómez, el director general de correos.
"Es un proceso cultural", dijo Coghi. "Tenemos que dejar de pensar en la higuera".
Costa Rica no es el único país con un sistema de direcciones que desconcierta a los extranjeros.
La vecina Nicaragua utiliza el mismo sistema de puntos de orientación, con unos giros propios. Los residentes escriben a menudo "arriba", queriendo decir ‘al este' (donde sale el sol) y "abajo", para ‘el oeste' (donde se pone el sol). En lugar de metros, usan bloques o varas, una anticuada unidad de medición española equivalente de 33 pulgadas.
El cartero costarricense Montero tiene un montón de trabajo en casa.
De una tercera generación de carteros, se unió a las filas porque era un oficio respetable y le gustaban los beneficios, que incluyen pantalones, camisas y zapatos de la empresa.
Su jornada de trabajo empieza a las seis y media de la mañana sorteando la correspondencia en el Correo Central, el imponente aunque algo descuidado edificio de correos en el centro de San José construido en 1917. Los empleados procesan el correo casi del mismo modo que entonces. Cada una de los 28 millones de cartas y encomiendas enviadas el año pasado tienen que ser sorteadas a mano. Los equipos modernos no son capaces de leer las direcciones.
Algunos de los 330 carteros hacen sus rondas en coche, moto o bicicleta. Montero prefiere caminar. Después de recoger su correo, se sube a un autobús público durante quince minutos para empezar su recorrido de seis kilómetros y medio en el suburbio de Tibas al norte de San José.
Sus primeras paradas son pequeños negocios en un ajetreado centro comercial. Trabajo fácil, porque sus letreros hablan por sí mismos. Los vecindarios son más difíciles.
Las casas cuyas direcciones que dicen que están a cien metros de un punto de referencia pueden estar a la mitad de eso, o el doble. Los dueños de casa que pintan sus viviendas rara vez se preocupan de cambiar la descripción en la dirección, porque así eluden a los bancos, los servicios y los comerciantes.
Montero mostró una carta par alguien que se supone vive a cincuenta metros al sur de una peluquería. Pero la casa está en realidad al norte del salón de belleza.
"La gente ni siquiera sabe dónde vive", dijo con una bondadosa exasperación.
El tipo cuya casa está "al lado de la Mueblería Miranda" tuvo suerte. Montero, 59, sabía que la propiedad había cambiado de dueño hacía años y ahora alberga una tienda de electrodomésticos con otro nombre.
La mayoría de las casas en el recorrido de Montero ni siquiera tienen buzón, pero él no se ofende. Siempre llama a la puerta o toca el timbre antes de dejar una carta a través de las omnipresentes vallas de seguridad. Si no puede encontrar una dirección, persigue a los vecinos e interroga a los dueños de negocios.
"Alguien puede estar esperándola", dice, volviéndose serio por un momento.
Reconoce que adaptarse al nuevo sistema no será fácil después de todos estos años. Pero para Yolanda Cerdas, 80, una de sus clientes, los cambios son demasiado lentos.
Se burla de la idea de que no hay nada poético o sentimental en ese desorden innecesario.
"¿Cómo puede un árbol ser una dirección?", dice Cerdas. "Son malas costumbres. Ese es nuestro problema".

marla.dickerson@latimes.com

Alex Renderos contribuyó a este reportaje.

8 de diciembre de 2007
5 de noviembre de 2007
©los angeles times
cc traducción mQh
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