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qué caras están las novias


[Kirk Semple] Los abultados gastos de una boda en Afganistán dejan a los novios endeudados por años.
Kabul, Afganistán. Este otoño, la tarde antes de su boda, Hamid estaba solo en un salón de té, apretujando una taza de té verde entre sus dedos, la frente arrugada de preocupación.
Confesó una cierta ansiedad pensando en sus últimos días de independencia como soltero. Pero también lo preocupaba algo más: el precio de su boda.
En Afganistán, uno de los países más pobres del mundo, se espera que los novios paguen no solamente su propia boda, sino además todos los otros gastos relacionados, incluyendo varias fiestas de compromiso y dinero para la familia de la novia, una especie de dote invertida.
Hamid, un funcionario de nivel medio del gobierno afgano que mantiene a su familia de seis miembros con un salario de 7.200 dólares al año, dijo que la cuenta superaría los doce mil dólares. Considerando lo que es habitual entre afganos, eso sería normal, incluso barato.
"A veces cuesta pensar sobre esto", dijo Hamid, 30, que pidió que no se publicara su nombre completo debido a que su empleador le prohíbe hablar con la prensa. "Es mucha responsabilidad".
Las bodas extravagantes, un pilar de la vida en el Afganistán moderno y una importante medida de prestigio social, fueron prohibidas por los talibanes, que también prohibieron los salones de belleza y la música instrumental -que se toca tradicionalmente en las bodas.
Pero desde la expulsión de los talibanes en 2001, la industria de las bodas afgana ha resucitado y ahora está más grande que nunca. El crecimiento se refleja en la proliferación de salones de bodas, suntuosos palacios de cristales de luna azules y parpadeantes luces de neón que brillan incongruentemente en las polvorientas calles y bloques de viviendas de barro y cemento del país. En Kabul hay más de ochenta -en 2001 había cuatro.
Esta libertad ha sido una bendición contradictoria. Aunque ahora los novios y sus familias pueden celebrar las suntuosas bodas que exige la tradición, se quedan apabullados bajo montañas de deudas.
Una lista de invitados moderada puede superar las seiscientas personas; las más grandes exceden las dos mil.
El novio es también responsable de las joyas, las flores, dos vestidos para la novia, dos trajes para él mismo, una visita de la novia y sus parientas más cercanas al salón de belleza, y también de un equipo estéreo para la boda, un fotógrafo, y un equipo de video con un par de camarógrafos.
Todo eso, más la dote, conocida como el precio de la novia, le puede costar a un afgano de clase media un promedio de veinte mil dólares, según dijeron decenas de afganos en entrevistas recientes.
Ni los pobres ahorran. Un jornalero, por ejemplo, con un ingreso promedio al año de 350 dólares, puede gastar en su boda más de dos mil dólares, dicen algunos.
Atta Mohammad Noor, gobernador de la provincia de Balkh en el norte, se preocupó tanto sobre los siempre crecientes costes de las bodas que a principios de año emitió un decreto no vinculante recomendando que los salones de boda de la provincia fueran usados solamente para la ceremonia matrimonial. Todas las demás fiestas relacionadas con la boda debieran celebrarse en casas particulares, dijo.
Los novios afganos dicen que la tradición y la presión social no les dejan alternativa y deben celebrar onerosas fiestas a pesar de su pobreza. Para un joven afgano, el matrimonio es el rito de pasaje más importante, y el lujo de la ceremonia reafirma la condición de su familia.
"Es un modo de consolidar tu posición en la red tribal", explicó Nasrullah Stanikzai, docente de derecho y ciencias políticas en la Universidad de Kabul.
El crecimiento de la industria de las bodas ha sido facilitado por el hecho de que en Afganistán hay en circulación más dinero que nunca.
Las bodas lujosas han incluso retornado en el sur, donde la situación de seguridad es la más precaria, aunque en zonas donde han retornado los talibanes, las bodas han sido restringidas a casas particulares y son más modestas.
Para Hamid, como para la mayoría de los afganos, una pequeña boda en casa no era una opción. La costumbre afgana dicta que se invite a todos los familiares, incluso a primos distantes, y su casa no es lo suficientemente grande como para acomodar a toda su familia. Además, dijo Hamid, su novia y su familia tenían sus propias expectativas.
Como con todas las bodas afganas, el estilo y tamaño de la boda de Hamid fueron fijados tras consultas entre las dos familias. Pero también de acuerdo a las costumbres, las consultas fueron mayormente unilaterales y la familia de la novia fijó los términos.
Por fortuna, dijo Hamid, la familia de su novia conocía de muchos años a la suya propia y entendían su situación económica, así que no pidieron que todo fuera lo más caro del mercado.
Sin embargo, como la mayoría de los novios afganos, Hamid tuvo que saquear su cuenta de ahorros, pedir dinero prestado y depender de la generosidad de un tío. Todos ellos habían ahorrado justamente en anticipación de su boda, del mismo modo que una familia norteamericana puede ahorrar durante años para pagar la universidad de sus hijos.
"Es un esfuerzo común", dijo Hamid.
Después de la boda, le quedaría una deuda de dos mil dólares, que espera pagar en cinco meses.
Pero para otros jóvenes afganos no es tan fácil.
Said Sharif, 27, un taxista que gana unos doscientos dólares al mes, pidió un préstamo de cuatro mil dólares a familiares para cubrir la cuenta de quince mil dólares de su boda este otoño pasado, así como los costes de otras cuatro fiestas relacionadas. Espera pagar sus deudas en al menos dos años.
Preguntad a cualquier afgano, y os dirá que la competencia entre las novias están haciendo subir los gastos de las bodas. Las mujeres entrevistadas no lo negaron.
"Lo injusto en Afganistán es la competencia", dijo Haidia Paiman, 20, estudiante de ingeniería en la Universidad de Balkh en la norteña ciudad de Mazar-i-Sharif. "En el setenta por ciento de los casos, la familia de la mujer ejerce presión sobre el chico para que gaste un montón de dinero". La consecuencia, dijo, es a menudo una agobiante deuda, y una temprana y poco deseable visita de los acreedores a la casa de los recién casados.
Incluso la gente que se beneficia directamente de los enormes costes de las bodas dicen que es el colmo.
"Esos gastos son innecesarios", dice enfadado Muhammad Haroon Mustafa, propietario de la Mustafa Store, que abrió hace cuarenta años y es una de las tiendas de artículos matrimoniales más antigua de Kabul. "Si yo fuera el gobierno, cerraría todos esos salones de bodas".
Cuando un cliente señaló que esa prohibición probablemente afectaría de manera negativa su propio negocio, respondió rápidamente: "Sí, pero yo también soy parte de esta sociedad".
En la provincia de Balkh, el decreto no vinculante del gobernador Atta sobre el uso de los salones de bodas fue acogido con abierta alegría por los jóvenes de la región.
"Es bueno que el gobernador esté tratando de reducir los costes porque la situación económica está realmente muy mala y la gente es muy pobre", dijo Ali Sina Hashemi Muhammad, 21, estudiante de agronomía en la Universidad de Balkh. "¡Las esposas están muy caras!"
Pero de acuerdo a Mohammad Zaher Khoram, 62, gerente del Kefayat Wedding Club, uno de los salones más suntuosos de Mazar-i-Sharif, el decreto del gobernador Atta no ha sido obedecido. "No es obligatorio", dijo, encogiéndose de hombros.
La boda de Hamid se celebró en el East Diamond Wedding Hall en Kabul, en dos enormes comedores, uno para hombres y otro para mujeres. Las costumbres islámicas imponen la separación de los sexos.
Asistieron seiscientas personas, en traje y vestidos de gala, y una banda de cinco músicos tocó una ruidosa y alegre música oriental. La cena incluía opíparas cantidades de carne de vacuno, arroz, verduras y pan -mucho más de lo que esa multitud podría consumir- servidas en grandes bandejas en las mesas del banquete.
Hamid no pasó mucho tiempo en el lado de los hombres, prefiriendo pasar el tiempo con las mujeres, pues los novios afganos tienen ese derecho. "Me siento muy liviano", dijo, saliendo brevemente del salón a la mitad de la larga noche. Con un traje blanco, sonreía y parecía feliz. "En nuestro país, la boda es un gran problema, hasta que la pasas".
El padre de Hamid, un funcionario de toda la vida que gana cien dólares al mes, también parecía aliviado. Minutos antes había metido la mano en el bolsillo y entregado un manojo de billetes afganos usados -unos tres mil dólares- al gerente general, Hashmat Ullah.
Ninguno de ellos sonrió. Intercambiaron pocas palabras. Era sólo un negocio.
Después de la transacción, el padre de Hamid se veía alegre y un poco aturdido. Sonreía de oreja a oreja y su corbata estaba ligeramente torcida.
Interrogado sobre cómo se sentía después de pagar casi treinta veces su salario mensual, dijo: "Me sentí bien. Me sentí terriblemente feliz". Ese dinero, dijo, permitió la boda.
"Sólo queda el recuerdo", dijo. "Un recuerdo feliz".

Sangar Rahimi contribuyó a este reportaje.

4 de febrero de 2008
14 de enero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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