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redistribución étnica de la tierra


[Jeffrey Gettleman] En Kenia. La gente está volviendo a lo que el gobierno llama sus tierras ancestrales.
Othaya, Kenia. Sarah Wangoi pasó toda su vida -setenta años- en el Valle del Rift. Pero el mes pasado fue expulsada de su finca por una turba que la insultó gritándole que era una extranjera. Ahora duerme en el frío suelo de la casa de un desconocido, buscando refugio en una zona de Kenia donde su grupo étnico tiene una fuerte presencia. Se supone que es su tierra natal.
"Ahora estoy segura", dijo la señora Wangoi, aunque en sus sueños la turba todavía la persigue.
Al otro lado del país, William Ojiambo está en un campo donde la tierra es demasiado dura como para cultivar. También él buscó refugio en su grupo étnico, los luo. Antes vivía en una ciudad multi-étnica llamada Kukuru, pero hace poco fue expulsado por una banda de otro grupo étnico que quemó todo lo que poseía.
"Llegamos aquí sin nada, como repollos en la parte trasera de un camión", dijo Ojiambo.
Kenia era considerado uno de los países más prometedores de África. Ahora está viviendo la agonía de la fragmentación étnica. Desde que las fraudulentas elecciones de diciembre encendieran una ola de violencia étnica y política, cientos de miles de personas han sido expulsadas violentamente de sus hogares y ahora muchas de ellas se están reasentando en zonas étnicamente homogéneas. Miembros de las tribus luo, kikuyu, kamba y kisii están volviendo a sus propios territorios tradicionales. Incluso algunas de las populosas barriadas de la capital, Nairobi, se han dividido de acuerdo a líneas étnicas.
La carnicería que se cobró la vida de más de mil personas desde las elecciones, ha disminuido desde la semana pasada. Pero los camiones aplastados por pilas de colchones, muebles, mantas y niños siguen traqueteando a través del campo, en interminables caravanas de gente asustada que, en su desesperación, están volviendo a trazar el mapa de Kenia.
Naciones Unidas y las potencias occidentales están exigiendo un compromiso político, y el presidente Bush dijo que enviaría a la secretaria de estado Condoleezza Rice a "entregar un mensaje" a los líderes keniatas.
El jueves, funcionarios locales dijeron que el gobierno keniata y los líderes de la oposición han alcanzado un acuerdo en principio para formar un gobierno de coalición, pero siguen terriblemente divididos sobre detalles específicos, especialmente en cuanto al poder de la oposición. Dos funcionarios cercanos a las negociaciones dijeron que el gobierno había rechazado la propuesta de la oposición de dividir el gobierno entre el presidente, que seguiría siendo el jefe de estado y comandante en jefe de las fuerzas armadas, y la nueva posición de primer ministro.
Cualquiera sea el acuerdo, tendrá que abordar la creciente segregación de facto, ya que una redistribución del país podría afianzar todavía más las divisiones políticas y étnicas que han estallado recientemente. La confianza destruida será mucho más difícil de reconstruir que las chozas demolidas, y mucha gente dice que nunca volverán a los lugares de donde huyeron.

"¿Cómo podríamos, cuando fueron nuestros amigos quienes nos hicieron esto?", dijo Joseph Ndungu, tendero del Valle del Rift, que dijo que los hombres con los que acostumbraba a jugar fútbol son los que incendiaron su tienda.
El gobierno está contribuyendo a la fragmentación del país, al menos de momento. Agentes de policía escoltan a la gente de retorno a sus tierras ancestrales, como las llama el gobierno, que parece ser el apenas velado lenguaje de la escisión étnica.
Alfred Mutua, portavoz del gobierno, dijo que era sólo una medida provisional hasta que fuese seguro para que los grupos pudiesen volver a vivir juntos.
"Los keniatas tienen derecho a residir en cualquier parte del país", dijo.
Pero las masivas emigraciones y reasentamientos que se han iniciado, quizás no podrán ser revertidos.
Es el caso de Joseph Mwanzia Maingi, maestro jubilado que fue expulsado de Narok, una ciudad en el Valle del Rift, por una banda de gente de la localidad armados de arco y flechas. Huyó a la granja de su padre en una zona que es un bastión del grupo étnico kamba, su tribu. Ahora está construyendo una casa. Y no tiene planes de volver.
"No creo que un acuerdo de paz pueda garantizar nuestra seguridad allá", dijo Maingi, hablando sobre Narok, donde vivió felizmente durante cuarenta años.
La segregación étnica está sacando de las escuelas a maestros y alumnos y dejando miles de posiciones vacantes en la economía. Si esto continúa, dijo David Anderson, profesor de estudios africanos de la Universidad de Oxford, "será un completo desastre".
"Nunca podrás reconstituir el estado de manera significativa", dijo. "El trabajo de cincuenta años se convertirá en nada".
Las raíces del problema van más allá que las elecciones en disputa, en las que el presidente en ejercicio, Mwai Kibaki, fue declarado ganador por sobre el líder de la oposición Raila Odinga, pese a las numerosas evidencias de fraude electoral.
En el centro del conflicto hay prolongados problemas políticos, económicos y de tierra. Parte del problema es el sistema keniata, que entrega todo el poder al presidente, como por lo demás en toda África, donde los líderes a menudo favorecen a su propio grupo étnico y en el proceso se enajenan la voluntad de amplios sectores de la población. Mucha gente en Kenia anticipó el conflicto incluso antes de la independencia de 1963.
"Estábamos preocupados de que las tribus más pequeñas fueran dominadas por las más numerosas", dijo Joseph Martin Shikuku, 75, líder de la oposición. "¿Y sabes qué? Eso fue exactamente lo que pasó".

Shikuku fue uno de los fundadores de un movimiento político de la época de la independencia que propagaba una filosofía llamada el ‘majimboismo' que se ha extendido en Kenia desde los años cincuenta. El majimboismo propone el federalismo o regionalismo en kiswahili, y defiende los derechos locales, especiales aquellos vinculados a la tierra. Pero en su posición extrema el majimboismo es sinónimo de un plan para reservar ciertas áreas del país a grupos étnicos específicos, nutriendo el tipo de limpieza étnica que ha asolado al país desde las elecciones.
El majimboismo ha contado siempre con numerosos partidarios en el Valle del Rift, que es el epicentro de la violencia reciente, donde muchos residentes locales han creído durante largo tiempo que sus tierras habían sido robadas por extranjeros.
"El majimboismo se sumergió, pero nunca desapareció realmente", dijo Anderson. De algún modo, las elecciones de diciembre fueron un referéndum sobre el majimboismo. Opuso a los majimboistas de hoy, representados por Odinga, cuyo tema de campaña fue el regionalismo, contra Kibaki, que representaba el status quo de un gobierno fuertemente centralizado que ha llevado un considerable crecimiento económico al país, pero que ha mostrado repetidas veces los problemas que provoca la concentración del poder en pocas manos: corrupción, indiferencia, favoritismo y su consecuencia, la marginación.
Debido a que Kibaki es kikuyu, el grupo étnico más numeroso y poderoso de Kenia, y Odinga luo, un grupo que cree que nunca ha recibido la cuota de poder que le corresponde, las tensiones políticas y étnicas agravadas por esta elección a menudo se han fundido, con desastrosos resultados.
Otros países africanos han luchado para mitigar las rivalidades étnicas. A mediados de los años noventa, Etiopía diseño un sistema llamado federalismo étnico, que repartió el país en regiones étnicas, cada una con amplios poderes -al menos en el papel-, incluyendo el derecho a la secesión. Pero los líderes etíopes concluyeron pronto que demasiada autonomía regional podría fragmentar al país y ahora Etiopía es controlado, más o menos de modo centralizado, por los miembros de un pequeño grupo étnico.
Tanzania adoptó el enfoque opuesto. Desenfatizó la etnicidad. Alentó a la gente a hablar kiswahili, y no sus lenguas maternas, como un modo de construir una identidad nacional. El gobierno envió a niños a escuelas secundarias en diferentes zonas para exponerlos a comunidades diferentes. La ley electoral de Tanzania considera ilegal hacer campaña sobre la base del grupo étnico.
En Kenia, ese tipo de campañas han sido peligrosas. Organizaciones de derechos humanos han acusado a varios políticos en esta temporada de elecciones de usar un lenguaje de odio para incitar a sus partidarios. La tierra se convirtió en el tema explosivo, y después de las elecciones, los partidarios de la oposición atacaron a la gente de las que creían que no sólo no habían votado por el presidente sino también se habían apropiado de sus tierras. Para los miembros del grupo étnico kalenjin, eso quería decir kikuyu, pese a que habían vivido en buena vecindad durante generaciones.

La pequeña ciudad de Londiani en el Valle del Rift es sólo un ejemplo. Comerciantes kikuyu se asentaron aquí hace décadas. Algunos vecinos contaron que a principios de febrero cientos de saqueadores kalenjin invadieron la ciudad desde las montañas cercanas. Incluso el jardín de infancia Good Start fue reducido a cenizas. Al día siguiente, niños con copos de ceniza en sus cabellos revisaban entre los escombros, rescatando lo que podían -una espiral antimosquitos por aquí, una linterna por allá. Sin carros de bomberos, y con escasez de agua, todo lo que los vecinos de Londiani pudieron hacer fue correr hacia fuera y mirar quemarse la escuela.
Desde entonces los kikuyu se han vengando, organizando bandas armadas con barrotes de fierro y patas de mesa y cazando a luo y kalenjin en áreas dominadas por los kikuyu, como Nakuru. "Estamos alcanzado nuestra propia y perversa versión del majimboismo", escribió uno de los columnistas más prestigiosos de Kenia, Macharia Gaitho.
Muchos keniatas acusan a William Ruto, un carismático y zalamero líder de la oposición y dirigente kalenjin, de haber comenzado la violencia en el Valle del Rift. Funcionarios del gobierno keniata dicen que están reuniendo evidencias de que Ruto envió a sus partidarios a matar y pronto será formalizado por homicidio.
Ruto, 41, niega toda participación.
"Eso no me afectará", dijo. "Tengo las manos limpias".
Sin embargo, cientos de miles de kikuyu han huido del Valle del Rift, seguidos por miembros de otras comunidades desplazadas por los asesinatos que siguieron. Naciones Unidas calcula que al menos seiscientas mil personas han sido desarraigadas. Casi la mitad se han instalado en campamentos en iglesias, comisarías de policía, establos y cárceles. Sus condiciones de vida son a menudo horribles.
"Están comiendo ratas", se lee en un titular de un diario keniata.
En Othaya, en el accidentado y frondoso centro de la provincia Central dominada por kikuyu, los residentes se movilizaron para acoger a sus parientes del Valle del Rift, y a los otros kikuyu que escaparon con ellos.
"Estaba esperando a cinco o seis personas", dijo Miriam Wanjiku, una de las anfitrionas. "Entonces llegó todo un bus".
Wanjiku encontró casas y tiendas abandonadas para albergar a decenas de personas. Ayudó a los hombres en estado de trabajar -muchos llegaron heridos- a conseguir empleo en las plantaciones de té locales que se extienden sobre las colinas como un gigantesco y verde seto. Los niños fueron enviados a la escuela.
Pero los mayores no tenían mucho que hacer. Wangoi pasa sus días en un sillón, mirando el suelo.
"Los trocearon como si fueran ganado", dijo, cuando se le preguntó qué pasado con sus vecinos.
Wanjiku escuchó atentamente. Se veía entristecida.
"Creo que necesita ayuda psicológica", dijo.

Reuben Kyama contribuyó desde Nairobi.

25 de febrero de 2008
15 de febrero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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