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en una cárcel de zimbabue 3


La prueba de fuego de un periodista. Tercera entrega: Fecha de cierre.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Era viernes, y los viernes son una fatídica fecha de cierre. Si no nos dejaban en libertad bajo fianza, pasaríamos encerados todo el fin de semana. Nos alivió que nos enviaran de regreso a Ley y Orden, donde nuevamente nos reunimos con nuestra abogado, Beatrice Mtetwa.
La noche anterior, le había dicho, deprimido, que la acusación contra mí parecía probada de antemano. Yo había escrito artículos, y cualquiera que buscara mi nombre en Google con la palabra ‘Zimbabue’ tendría todas las pruebas que quisiera. Carraspeó, insistiendo en que incluso una simple búsqueda en una base de datos estaba más allá de la capacidad técnica de la policía de Harare.
Me di cuenta de que probablemente tenía razón. El Departamento de Investigaciones Criminales sólo tenía algunos ordenadores, pocas sillas y un cuarto de servicio donde nada funcionaba. Los detectives que al principio me parecieron tan competentemente temibles ahora me recordaban a los sitiados sabuesos de ‘Barney Miller’.
El detective Musademba escribía con una máquina de escribir antigua, y hacía triplicados en papel carbón. A veces, para ahuyentar el tedio, se echaba a cantar y llevaba el ritmo golpeando las palmas de sus manos.
El inspector de detective Rangwani, a cargo de la investigación, se lamentaba de que no tuviera una copia con el decreto actualizado. "¿Puedo usar el suyo?", le preguntó a nuestra abogado, que aprovechó la oportunidad para intimidarlo y reñirlo.
"Este es un estado policial", dijo Mtetwa, osada. "Aplican la ley sólo cuando les sirve para perpetuar el estado. ¿Cómo se siente uno, inspector Rangwani, cuando lo usa el estado de este modo?"
El intimidado poli se veía abatido, su cabeza colgaba de su cuello como una planta marchita en una maceta. Replicó humildemente: "Madame, estoy de acuerdo con usted y por eso he recomendado que se desechen los cargos".
Repentinamente, la pesadilla pareció que terminaría con un chasquido de dedos. El inspector discutió el asunto con la oficina del fiscal general y un funcionario allá aconsejó a la policía que nos dejaran libres.
Pero entonces todo se retrasó. Hubo un abrupto cambio, el pretexto de un sistema judicial perdido en un exasperante titubeo. "Aplican la ley sólo cuando les sirve para perpetuar el estado", repitió Mtetwa.
Dos técnicos de la televisión sudafricana habían sido arrestados la semana previa por cargos similares. Esa mañana, un juez los declaró inocente. Pero en lugar de ser dejados en libertad, volvieron a ser arrestados. Alguien en el gobierno pensó que era un momento propicio para castigar el entusiasmo interventor de la prensa extranjera.
Clemens Madzingo, el comisario de policía mismo, nos dio la noticia. Es un hombre alto, un verdadero pit bull. Se paró en el umbral de la puerta con una risa triunfante. Pronto extraerían de los documentos en nuestros ordenadores requisados las pruebas de nuestros delitos.
"Hasta entonces, esperarán en sus celdas".

12 de junio de 2008
27 de abril de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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