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vine a divorciarme


La novia niña yemení Nujood Ali se divorcia. La niña de diez años fue casada con un hombre en las treintena que la maltrataba. El caso llegó a tribunales. Un abogado logró su liberación.
[Borzou Daragahi] Sana, Yemen. La niña era tan pequeña, tan pequeña, que los abogados, funcionarios y jueces que recorren presurosos el tribunal casi la pasaron por alto.
Cuando llegó la hora de almuerzo y la bulliciosa multitud de hombres y mujeres salió del edificio, un juez curioso preguntó que estaba haciendo la niña sentada sola en una banca.
"Vine a divorciarme", dijo al juez la niña de diez años, Nujood Ali.
Sus pobres padres la habían casado con un hombre tres veces mayor que ella, que la golpeaba y obligaba a tener relaciones sexuales, contó. Cuando les dijo a sus padres que quería terminar con ese matrimonio, ellos se negaron a ayudarla. Así que una tía le dio dinero para el autobús, a fin de que se acercara al tribunal a pedir el divorcio.
Pocos días después del encuentro del 2 de abril, la historia de Nujood y las miserias de las niñas novias de Yemen llegaron a las primeras planas internacionales. Y gracias a los esfuerzos de la abogado en derechos humanos Shada Nasser, que asumió su defensa, la niña en el centro de la historia empezó a superar su drama y a soñar con una vida mejor.
Las leyes yemeníes fijan en quince la edad mínima legal para casarse. Pero en este país de veintitrés millones de habitantes, las costumbres tribales e interpretaciones del islam burlan a menudo la ley. Un estudio de 2006 realizado por la Universidad de Sana informó que el 52 por ciento de las niñas se casaban antes de los dieciocho.
La publicidad en torno al caso de Nujood provocó llamados a elevar la edad mínima legal para casarse, a los dieciocho años para los dos sexos. Los legisladores conservadores de Yemen se negaron a tratar el asunto. Pero el caso inició un debate público y titulares en los diarios. Varias niñas novias más buscaron publicidad, incluyendo a una niña que, la semana pasada, pidió el divorcio en la sureña ciudad de Ibb.
"Este caso abrió la puerta", dice Nasser.
Nujood dice que al principio se sentía avergonzada por lo que le había ocurrido. "Pero pasé por eso", dice, achicando los ojos debajo de su pañuelo de cabeza negro.
"Todo lo que quiero ahora es terminar mi educación", agrega, su boca esbozando una sonrisa. "Quiero ser abogado".
La niña ha sido identificada en este reportaje porque su nombre ya ha sido ampliamente divulgado en Yemen y ni sus padres ni su abogado lo han objetado.
El padre desempleado de Nujood, Ali Mohammed Ahdal, tiene dos esposas y dieciséis hijos. Es uno de los numerosos yemeníes tribales que han emigrado a la capital en búsqueda de trabajo. En lugar de eso, lo que encontró fue miseria.
Casó a Nujood en febrero con Faez Ali Thamer, un repartidor de encargos, en la treintena, de su misma provincia de Hajja.
Los padres de Nujood dicen que estaban tratando de hacer lo mejor para su hija y que ni siquiera recibieron una dote, una afirmación que muchos yemeníes no creen. Los padres dicen que el novio prometió que no tendría relaciones sexuales con ella sino cuando alcanzara la pubertad.
"Le pedimos que la educara", dijo Shuaiegh, la madre de la niña.
El novio ha negado esa versión.
Ahdal, en sus cuarenta, dice que quería que Nujood no corriera la misma suerte que dos de sus hermanas mayores. Una fue raptada por un clan rival y la otra terminó en la cárcel por tratar de defenderla, un ejemplo de las turbias riñas intertribales que afligen a Yemen.
"Yo estaba tratando de protegerla", dice Ahdal durante una entrevista en el destartalado apartamento de dos habitaciones de su familia en las afueras de la capital.
Nujood quería casarse, sin comprender realmente lo que significaba. Aparte de ser una novia que ni siquiera ha alcanzado la pubertad, es una niña bastante típica. Le gusta jugar al escondite y al tira y afloja con sus amigos y hermanos. Sus colores favoritos son el rojo y el amarillo, dice, y sus sabores favoritos son el chocolate y el coco. Le encantan los perros y los gatos, y sueña con ser una tortuga, para poder nadar en el mar.
"Nunca he visto el mar", dice.
Unas cuarenta personas asistieron a la boda en el pueblo de Wadi Laa, donde vivía el novio. Recibió como regalo de boda tres vestidos nuevos y un anillo de boda de veinte dólares. Debía vivir con él y su familia.
Los problemas empezaron la primera noche, cuando él exigió que compartieran el colchón. Ella se opuso y se marchó del cuarto -pero él la siguió. A veces la golpea para someterla. Durante semanas no hizo más que llorar todo el día y temía las noches, cuando él entraría al cuarto, apagaría la lámpara de aceite y le exigiría tener relaciones sexuales.
"Le pedí que no durmiera a mi lado", dice. "Me dijo: ‘No, vamos a dormir en el cuarto. Tu padre me aceptó como tu marido’".
Durante una visita semanas más tarde a casa de sus padres en la capital, se echó a llorar diciendo que su marido le estaba haciendo cosas indescriptibles.
Su padre le dijo que no podía hacer nada.
"Mis primos me habrían matado si deshonraba a la familia pidiendo el divorcio", dijo.
Pero la hermana de la madre la aconsejó discretamente que fuera al tribunal.
El asombrado juez que encontró a Nujood en la banca decidió llevarla a su casa por el fin de semana. Sus hijas tenían un balancín y juguetes que ella no había visto nunca. Tenían televisión por satélite. Durante tres días no hizo otra cosa que mirar dibujos animados.
Cuando empezó la semana laboral, el juez envió soldados para detener al padre y al marido de Nujood. Colocó a Nujood bajo la tutoría de un tío, el hermano de su madre.
Sin embargo, los jueces y abogados no sabían qué hacer con el caso. Nujood y su tío pasaron días en el tribunal hasta que una mujer de edad mediana, la única en el edificio que no llevaba el pañuelo de cabeza que exigen los musulmanes, se acercó a ellos.
"¿Tú eres Nujood?", preguntó Nasser, la abogado, una de las activistas por los derechos de la mujer más importantes de Yemen. "¿Eres tú la que se quiere divorciar?"
Era ella, dijo Nujood.
"No podía creer lo que estaba viendo", dice Nasser. La niña la hizo acordarse de su propia hija, Lamia, de ocho.
Nesser visitó la celda donde estaba detenido Thamer, el marido de la niña, y le impresionó la diferencia de edad entre los dos. "¿Por qué durmió usted con ella?", preguntó. "Es sólo una niña".
Él no lo negó, dijo Nasser. En lugar de eso, se quejó de que el padre de Nujood le había dicho que ella era mucho más alta y más guapa de lo que era en realidad.
Nesser le prometió a Nujood que se encargaría de su caso gratuitamente y que se ocuparía de ella. La llevó a su casa en un exclusivo barrio residencial y le dijo que podía quedarse con ella.
Indignada, Nasser también llamó a sus contactos en el Yemen Times, el diario de habla inglesa del país. La historia de la valiente niñita que llegó al tribunal a defender sus derechos cautivó al país. Las agencias de prensa recogieron su historia y la hicieron circular por el mundo.
Cuando un juez comprensivo accedió a oír su caso algunas semanas después, los periodistas atiborraron la sala del tribunal.
El juez Mohammed Ghadi se mostró implacable con el marido.
"¿En todo Yemen no pudo usted encontrar a ninguna mujer con la que casarse?", preguntó.
Pero legalmente no podía hacer mucho. Ninguna disposición en las leyes yemeníes prevé la persecución por abuso sexual dentro del matrimonio. No solamente quedaron marido y padre en libertad, sino además Thamer exigió 250 dólares -el equivalente de cuatro salarios mensuales de un yemení pobre- para acceder al divorcio.
Un abogado comprensivo donó el dinero.
Nujood estaba eufórica. "Estaba sonriendo", dice Nasser. "Me dijo: ‘Quiero chocolate, quiero peras, una tarta y juguetes".
Nasser le compró ropa nueva. Las donaciones empezaron a llegar. Varios europeos adinerados se ofrecieron a pagar su educación. Un diario realizó una fiesta en su beneficio. Un periodista yemení le regaló un celular.
Cuando la polémica amainó, Nujood insistió en volver a vivir con sus padres, muy probablemente porque se siente muy cerca de su hermana Haifa, ocho. Su padre prometió que no casaría a Nujood ni a ninguna de sus hermanas.
La niña se ha negado a ver a un psicólogo o ginecólogo. Dice que no les gustan los doctores. Y, además, dice, la experiencia la ha hecho más fuerte y más sabia.
Dice que ya ha tenido bastante con el matrimonio y la vida doméstica y ahora espera ansiosa empezar el tercer año y soñar con cosas con las que nunca había soñado antes.
"Quiero defender a la gente oprimida", dice. "Quiero ser como Shada. Quiero ser un ejemplo para las otras niñas".

daragahi@latimes.com

9 de julio de 2008
11 de junio de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
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1 comentario

Maria Giraldo -

Deseo saber donde contactar a la abogada especializada en derechos humanos Shada Naseer.