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paramilitares controlan la guajira


Bandas paramilitares controlan gran parte del estado de Guajira, en Colombia. Muchas de las antiguas fuerzas de autodefensa se dedican a la extorsión. La especial posición de la tribu wayuu la convierte en un atractivo blanco.
[Chris Kraul] Ríohacha, Colombia. El asesino de Omaira Arismendi no llegó demasiado lejos. Después de que matara a balazos a la dueña de la tienda de abarrotes, los comerciantes vecinos le dieron una paliza al ladrón que lo dejó al borde de la muerte.
Pero las semillas del terror sembradas en este improvisado laberinto de tiendas llamado Mercado Nuevo, el más grande mercadillo al aire libre en esta ciudad en la costa caribeña de Colombia.
Según la fiscalía, Arismendi, gerente pensionada de una sucursal bancaria que empezó su tienda de abarrotes OK para tener algo que hacer, fue asesinada este mes tras negarse a pagar a los Águilas Negras, una banda que controla gran parte del comercio en Ríohacha.
El asesinato de Arismendi fue un recordatorio de que incluso después de que 31 mil milicianos depusieran sus armas con la desmovilización patrocinada por el gobierno, gran parte de Colombia todavía está infestada de bandas paramilitares.
"Lo único que ha cambiado es el nombre", dijo un abatido funcionario del ayuntamiento, que habló a condición de conservar el anonimato. "Antes, eran paramilitares; hoy, son los Águilas Negras. Hacen lo mismo y se comportan de la misma manera".
Las milicias de extrema derecha fueron formadas en los años ochenta por ganaderos y agricultores como fuerzas de autodefensa contra los rebeldes de izquierda que vienen peleando contra el gobierno desde hace décadas. Pronto se convirtieron en organizaciones criminales para saquear las arcas del gobierno, extorsionar a los negocios locales y compañías internacionales y hacerse con enormes propiedades agrícolas.
Hoy las bandas controlan gran parte del estado de Guajira, cuyas desoladas praderas y radas ocultas son ideales para el tráfico de drogas. Pero la Guajira es atractiva para las milicias por otra razón más: Está dominada por los wayuu, la tribu indígena más grande de Colombia.
Muchas reservas wayuu están a horcajadas en la frontera colombo-venezolana, y los miembros de la tribu pueden optar por la doble nacionalidad. Como resultado, Colombia y Venezuela imponen aranceles simbólicos a las mercaderías que los wayuu transportan de uno y otro lado de la frontera.
Los Águilas Negras y otras bandas controlan ahora gran parte del comercio fronterizo que era antes la provincia exclusiva de los wayuu, incluyendo la gasolina, géneros y comestibles que vienen de Venezuela y el azúcar y los productos lácteos que salen de Colombia.
Un abogado de la oficina de la defensoría pública nacional aquí dice que las ambiciones de las bandas paramilitares incluyen no solamente el tráfico de drogas y armas sino también el comercio legítimo en todo el estado de Guajira, incluyendo la agricultura, la construcción y el transporte.
"Todo el mundo les paga el ‘impuesto’, para poder trabajar en paz", dijo el abogado, que habló a condición de conservar el anonimato por temor a las represalias.
Es decir, casi todo el mundo. Arismendi, 54, una madre soltera wayuu que puso a su hijo a estudiar medicina, fue la tercera comerciante del Mercado Nuevo en ser asesinada en dos años. Los otros también eran miembros de la tribu.
La extorsión de pagos mensuales de los propietarios de puestos como Arismendi, cuyo inventario incluía géneros venezolanos, es el método que tienen las bandas para ‘cobrar impuestos’ al comercio.
"No tiene nada que ver con los wayuu", dijo el funcionario municipal, tratando de explicar el control que ejerce la banda en el estado, que tiene una costa de 320 kilómetros y una frontera compartida con Venezuela. "Tiene que ver con la geografía".
A principios de la década, la condición comercial especial de los wayuu se convirtió en un irresistible objetivo para Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, el brutal cabecilla de la milicia Bloque Norte. El botín: el acuerdo firmado por la tribu con el presidente venezolano Hugo Chávez que dio a los wayuu el derecho a importar tres millones de galones de gasolina al mes, por lo que pagan apenas veinte centavos por galón. En estos días, esa gasolina se revende a diez veces ese valor.
Eso quiere decir que se podían ganar millones y millones de dólares. Para el 2004, Tovar se había hecho con el control de Awatayacoop, una cooperativa formada en la ciudad fronteriza de Maicao para administrar la venta  de la gasolina importada por los wayuu desde Venezuela, dice la fiscalía.
Cuando el directorio de la cooperativa se opuso al control de Jorge 40, uno de sus miembros fue asesinado. Los otros cuatro renunciaron inmediatamente.
Tovar se incorporó al plan de desmovilización de 2006, pero fuentes cercanas a la cooperativa dicen que las bandas todavía controlan las importaciones de gasolina.
"Los wayuu no reciben nada de las ganancias. Les pagan salarios, pero eso es todo", dijo un miembro de la cooperativa.
Casi igual de atractivas para los paramilitares fueron las enormes ganancias que cosechaban los wayuu de la importación de artículos de abarrote venezolanos destinados a la cadena de almacenes Mercal. Los wayuu reempaquetan gran parte de los artículos como mercaderías colombianas y los venden a varias veces su valor. Las milicias se hacen con una parte de la torta extorsionando a los dueños de las tiendas.
En una declaración antes de su extradición a Estados Unidos para ser juzgado por narcotráfico, Tovar admitió haber ordenado, en abril de 2004, la masacre de quince wayuu en Bahía Portete; seiscientos más fueron obligados a abandonar sus tierras, dice la fiscalía.
Tovar declaró que los wayuu fueron asesinados porque eran simpatizantes de izquierda. Pero los fiscales dijeron que creían que esa y otras masacres fueron cometidas para limpiar la zona de testigos de las actividades de narcotráfico.
"Hoy Portete es un pueblo fantasma", dijo el funcionario de la oficina del defensor público aquí.
Las esperanzas creadas por la desmovilización, terminada en 2006, no se han cumplido en absoluto, dijeron varios comerciantes wayuu. En las ajetreadas calles de Maicao, un campesino dijo que todavía tenía que pagar a los paramilitares tres dólares por cada cabra o cerdo que vendiera, como tenía que hacer cuando Jorge 40 controlaba la región.
El temor reina entre los comerciantes del Mercado Nuevo.
"Muchos de nosotros todavía no queremos pagar", dijo una comerciante y amiga de Arismendi que no se atrevió a dar su nombre. "Así que nos estamos preguntando quién será el próximo".

chris.kraul@latimes.com

1 de septiembre de 2008
31 de agosto de 2008
©los angeles times 
cc traducción mQh
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