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de secuestrado a terrorista 3


Acusado de ser poco más que un combatiente talibán de bajo nivel, Abdallah al-Ajmi fue capturado y retenido por Estados Unidos durante casi cuatro años. Después de su liberación, hizo volar una avanzada del ejército iraquí. 3a entrega: Chico extaviado.
[Rajiv Chandrasekaran] Dos semanas más tarde, Wilner se reunió con Ajmi. Su conversación, que duró tres horas, empezó con una larga descripción de cómo habían sido tratados Ajmi y los otros detenidos. Ajmi dijo que lo habían torturado. Sin embargo, a mitad de camino le contó a su abogado que tenía un problema.
"Me han inventado todo", dijo, de acuerdo a las notas de Wilner y sus recuerdos de la conversación. "Yo no llevaba armas. No peleé. No era miembro ni del talibán ni de al Qaeda".
Ajmi dijo que había confesado a los interrogadores norteamericanos en un centro de detención en Kandahar, Afganistán, donde había estado retenido antes de Guantánamo, que había peleado con los talibanes porque los guardias "me estaban matando a golpes".
"Yo quería que pararan [de torturarme]", dijo. "Les dije lo que querían oír".
Ajmi pidió el consejo de Wilner. "¿Qué debo hacer?", preguntó. "¿Cambiaré mi historia?"
Wilner le aconsejó contar la verdad, incluso si eso significaba contradecir declaraciones anteriores. Ajmi le pareció a Wilner "una de las personas menos peligrosas de Guantánamo. Parecía un niño extraviado".
Aunque a Wilner la historia de Ajmi le sonaba creíble, no podía estar seguro de que estuviera contando la verdad. De lo que sí estaba seguro era de que a principios de 2001, Ajmi dejó su cómoda vida en Kuwait y que en diciembre de ese año fue detenido en la comuna de Bannu, en la provincia de la Frontera Noroeste de Pakistán, no muy lejos de la frontera afgana.
¿Qué había pasado entretanto? ¿Estaba en Pakistán, como afirmaba, solamente por razones de estudio y realizando trabajo voluntario? ¿O había ido a Afganistán, como decían los militares norteamericanos, para pelear junto a los talibanes? Quizás no conozcamos nunca una respuesta definitiva a estas preguntas, pero incluso algunos de sus familiares están convencidos de que su partida de Kuwait no fue enteramente por propósitos pacíficos.

Ajmi tenía once hermanos y ocho hermanas. Su padre, que tenía dos esposas, era un técnico de máquinas en la compañía nacional de petróleo de Kuwait. La familia vivía en una casa de estuco de dos pisos en una tranquilla calle en Almadi, el barrio de la compañía al sur de Ciudad de Kuwait que había sido diseñado para los ingenieros británicos y sus familias. Excepto por sus ocasionales mezquitas y los letreros escritos en árabe en la calle, se podría confundir con cualquier barrio de clase media baja de Texas del Oeste. Las calles son amplias y están bordeadas por árboles; hay un pequeño zoológico, un teatro y un centro comunitario; el acre olor del petróleo impregna el húmedo aire.
Cuando Iraq invadió Kuwait en 1990, los familiares de Ajmi, como otros muchos kuwaitíes, huyeron hacia la vecina Arabia Saudí. Cuando volvieron dos años después, Ajmi había dejado de estudiar. Tenía catorce años y sólo había llegado a octavo.
Empezó a trabajar como guardia de seguridad en una escuela técnica, pero lo dejó al cabo de unos meses. Prefería una vida indolente. "Era tranquilo, pacífico y le gustaba divertirse", dijo su hermano mayor Ahmed.
Sin embargo, para cuando Ajmi cumplió diecinueve años, decidió que necesitaba trabajar. Sin educación para un empleo profesional, se unió al ejército kuwaití. Aprendió a usar el rifle M-16 y la ametralladora M-60. Finalmente lo asignaron a una unidad llamada la Guardia del Príncipe, que estaba estacionada en la ciudad de Subhan, cerca del Aeropuerto Internacional de Kuwait.
Pronto Ajmi empezó a asistir a la principal mezquita de Subhan, una imponente estructura de dos plantas rodeada por un enorme patio y una serie de edificaciones anexas. Aunque recibe dinero del gobierno -un letrero proclama que una nueva adición al complejo ha sido financiada por el ministerio de Asuntos y Donaciones Islámicas-, la mezquita es conocida entre los kuwaitíes como un semillero de extremistas. Los sermones giran sobre la opresión de los musulmanes e incluyen llamados a unirse a la guerra santa.
De acuerdo a un sumario de dos páginas de una investigación, preparado por el gobierno estadounidense, Ajmi pidió una licencia de ausencia del ejército para viajar a Pakistán en enero de 2001. Le motivó viajar un edicto subido a internet por un jeque saudí, y colocado en la mezquita de Subhan, que llamaba a la guerra santa contra los rusos en Chechenia.
Cuando llegó a Pakistán, descubrió que no había manera de viajar desde ahí a Chechenia. Dos semanas más tarde volvía a Kuwait.
Dos meses después, un amigo de las fuerzas armadas kuwaitíes distribuyó otro edicto en la mezquita de Subhan. Este llamaba a los musulmanes a luchar contra Ahed Shah Massoud, el líder de la Alianza del Norte, que estaba luchando contra los talibanes en Afganistán.
El 26 de marzo, Ajmi dejó Kuwait para dirigirse a Pakistán. Antes de partir, llamó a su madre. "Me voy a la guerra santa", le dijo, según su hermano Ahmed. "Considérame como un mártir de Dios".
Ahmed dijo que su madre le gritó. Él colgó.
Tras la partida de su hermano, dijo Ahmed, visitó la mezquita de Subhan para preguntar dónde se encontraba. "Me dijeron: ‘Le enseñamos a tu hermano las cosas correctas. Lo hemos puesto en el camino correcto’".
Cuando Ajmi llegó al aeropuerto de Islamabad, dice el sumario de la investigación, fue aproximado por un hombre llamado Mawla Rifqat, que le preguntó si había venido a Pakistán para orar o para la guerra santa. Ajmi le dijo que estaba allí por la guerra santa. Rifqat lo llevó entonces a Penshawar, en autobús. Durante el viaje, Rifqat le dijo a Ajmi que había luchado con los muyahedines afganos contra los soviéticos en los años ochenta.
Desde Peshawar, los dos hombres viajaron en coche hasta Waziristán del Norte, donde Rifqat entregó a Ajmi a cuatro afganos que estaban escoltando a un grupo de paquistaníes para unirse a los talibanes. Condujeron hasta Khost, y luego hasta Kabul, donde cambiaron de coche y continuaron hacia el norte hacia Bagram, la línea de frente entre los talibanes y la Alianza del Norte.
Ajmi recibió un AK-47, municiones y granadas y fue destinado a una posición defensiva contra la Alianza del Norte. Los talibanes quemaron su pasaporte, dice el sumario de la investigación, y le dijeron que lo matarían si trataba de marcharse.
En los meses que pasó allá, de acuerdo al sumario, Ajmi "disparó su arma sólo una vez cuando oyó movimientos cerca de su posición una noche. No sabe si mató a alguien. La mayor parte del combate ocurría en los flancos".
Cuando la Alianza del Norte avanzó hacia Kabul en noviembre de 2001, fue asignado a Jalalabad al este, donde los afganos requisaron sus armas, de acuerdo al sumario. Caminó en dirección a las montañas de Tora Bora con un grupo de árabes, con los que acampó en una aldea al norte de una zona que estaba siendo bombardeada por las fuerzas armadas estadounidenses. Después de dos semanas, cruzó hacia Pakistán, donde fue arrestado por las fuerzas de seguridad.
Los paquistaníes lo entregaron a los norteamericanos. No está claro si Estados Unidos pagó una recompensa por él, aunque hacerlo era una práctica común en esos momentos.
El penúltimo párrafo del sumario de la investigación dice que Ajmi "nunca conoció a nadie de al Qaeda".
A medida que Wilner conocía mejor la historia de Ajmi, se fue convenciendo de que no debía haber sido enviado nunca a Guantánamo. "Este era un niño que no podía haber sido otra cosa que un recluta de bajo nivel. Estaba claro que no era un líder ni un estratega ni nada por el estilo", dijo el abogado. "Me causó la impresión de que era una de las personas menos peligrosas que había en Guantánamo".

Julie Tate contribuyó a este reportaje.

26 de abril de 2009
22 de febrero de 2009
©washington post 
cc traducción mQh
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