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banco de alimentos para perros


Joni Taylor aprendió a trancas y barrancas que las mascotas también sufren en épocas difíciles. Ahora abrió en Oregon un banco de alimentos para los chuchos.
[P.J. Huffstutter] Clackamas, Oregon, Estados Unidos. La familia de Joni Taylor fue desalojada de su casa en Venice Beach cuando tenía quince años. No pudieron pagar la hipoteca y se marcharon, dejando atrás a los gatos de la familia.
Ocurrió hace décadas, pero Taylor todavía recuerda que lloró durante meses. Imaginaba a los animales vagando por las calles, confundidos y hambrientos. De vez en vez visita la tienda de abarrotes y se encamina hacia su viejo vecindario con latas de bonito y esperanza.
Así que cuando hace unos meses la tasa de desempleo se disparó en Portland, Oregon, supo lo que tenía que hacer.
"La gente no debería tener que elegir entre pasar hambre y abandonar al perro de la familia", dijo Taylor, ahora una abuela de 53 años y directora de Friends Involved in Dog Outreach, o FIDO, una organización que ayuda a reunir apoyo y donaciones para el refugio canino del condado de Clackamas.
Taylor y algunas amigas llamaron a tiendas de mascotas y fabricantes de comida para mascotas, preguntando si podían aportar con una o dos bolsas de comida para perros. ¿Quizás una caja de galleticas para perros o golosinas para perros? Recibieron miles de kilos de comida seca y alimentos enlatados.
En febrero, Taylor y sus amigas empezaron un banco de alimentos en este suburbio de Portland, donando víveres para treinta días a cualquiera que se acercara a su local el tercer sábado de cada mes. Sin preguntas. Se concentraron en los perros porque ya existía un banco de alimentos para gatos.
Un sábado hace poco, una muchedumbre de casi tres docenas de personas tiritaba de frío bajo la lluvia de la mañana. Taylor, que trabaja como contadora durante la semana, veía la ansiedad en los ojos de la gente. Miraban al suelo y se mantenían separados.
Eric Gateley y Bella, un boxer de dos años, esperaron tranquilamente hasta que una voluntaria dijo su nombre. Gateley, 40, perdió en junio su trabajo como encargado de construcción y vive desde enero en un motel, con su esposa y su hijo de nueve. Sus familiares en Texas le han estado enviando dinero para pagar algunas cuentas.
Ha estado tratando de hacer creer a su hijo que su estadía en el motel es una aventura. Nadan en la piscina del motel. Se alimentan en un McDonald’s y durante los fines de semana se acurrucan frente a la tele para ver películas.
"Mi mujer y yo hemos inventado una fachada para nuestro hijo", dijo Gateley.
Hay un cierto alivio en venir a recoger alimentos gratis. "Con Bella", dijo Gateley, mirando al perro color de caramelo a sus pies, "no tengo que pretender nada".
Taylor, su cara redonda colorada por el esfuerzo y su cola de caballo gris mojada por la lluvia, escuchó parte de su historia. "No tienes nada que explicar", le dijo. "Vuelve cuando necesites más".
Le suenan familiares las historias que le cuentan. Taylor recuerda los esfuerzos de su madre para alimentar a sus cinco hijos después de que fueran desalojados.
Los niños fueron colocados en casa de amigos en Santa Monica, que les brindaron el cuarto de huéspedes. Al menos una vez a la semana llevaban a Taylor y sus hermanas a su viejo vecindario.
Pasaba horas paseando cerca de su antigua casa, buscando en el patio cubierto de vegetación y llamando a los gatos. A veces se aparecían corriendo. Antes gordos, se veían entonces esqueléticos.
El año pasado, una asistente social le contó a Taylor que la gente estaba saltándose comidas para poder alimentar a sus hijos y mascotas.
Se puso en contacto con su amiga Linda Cloud, 63, que dirige el programa de FIDO que reparte alimentos para mascotas a personas de la tercera edad y minusválidas. Cloud conocía a algunos pacientes que daban su propia comida a sus mascotas.
El grupo de Cloud suministró la primera carga de alimento. Y su llamado a hacer donaciones y ofrecerse como voluntarias funcionó. En el local, los palés de madera se apilaron hasta los dos metros con galleticas con sabor a solomillo y tentempiés de tocino falso. El aire estaba cargado de olor a pollo y carne de vacuno.
Pat Foss, inspectora de calidad en una fábrica que temía ser despedida, se mordía el labio inferior mientras rellenaba el formulario del banco de alimentos.
Hizo el listado de los nombres y peso de cuatro de sus siete perros: El banco de alimentos entrega alimento para cuatro perros por familia. Los suyos eran perros de la calle. Foss, 47, no puede cerrar la puerta de su cocina a animales en dificultades.
La alivió recibir su porción: once kilos de galletas, dos latas de alimento húmedo y una bolsa de cuatro kilos de tentempiés para perros. Pero su corazón se encogió cuando vio las cajas que se llevaba. La cola en el local era larga.
Rellenó un formulario de voluntaria y prometió volver. Ayudó a instalar los letreros. Acarreaba las bolsas para otros amos. Antes de marcharse, se reclinó contra su todoterrenos y se echó a llorar.
Hacia el mediodía, Taylor y Cloud estaban rebuscando entre las cajas vacías. Semanas antes las voluntarias habían repartido más de 1.350 kilos de alimento. Ahora lo habían repartido todo: suficiente para 199 perros.
"Recoge todo lo que puedas", dijo Taylor. Una voluntaria inclinó una caja y echó unas galletas en su mano. Algunas cayeron al suelo.
Taylor se agachó y las recogió una por una.

29 de mayo de 2009
11 de abril de 2009
©los angeles times 
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