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¿vale la pena seguir en afganistán?


Obama debe convencer a los estadounidenses que el costoso conflicto es una "guerra de necesidad".
Hace ocho años, al Qaeda mató en territorio estadounidense a más de tres mil personas en dos atentados coordinados que fueron tramados en Afganistán, donde los dirigentes de la organización terrorista recibían refugio de parte del gobierno talibán. Al mes siguiente, el gobierno de Estados Unidos contraatacó, iniciando la que ha sido, desde Vietnam, la guerra más larga.
Es verdad que se la ha conducido sin entusiasmo, subfinanciada y sin tropas suficientes, en comparación con los recursos destinados a Iraq, pero, sin embargo, en términos de vida y hacienda, ha sido una guerra onerosa. El presidente Obama criticó al gobierno de Bush por haber librado una "guerra por opción" contra Saddam Hussein, en lugar de dedicarse enteramente a una "guerra de necesidad" contra Obama bin Laden y sus anfitriones talibanes. En contraste, la política de Obama, delineada en marzo, busca "desestabilizar, desmantelar y derrotar al Qaeda" y expulsarla de Pakistán e impedirle volver a Afganistán. Agregó veintiún mil tropas estadounidenses para la tarea -llevando el total a 68 mil soldados, junto a los 38 mil de la OTAN- y está considerando ahora una evaluación del general de ejército Stanley A. McChrystal, que se cree pedirá 45 mil más.
Como muchos aquí y en el extranjero, este diario ha estado cada vez más escéptico de la misión de Estados Unidos en Afganistán, y no debido a que el recuerdo del 11 de septiembre de 2001 se haya desvanecido o los temores a otro atentado terrorista hayan menguado; al Qaeda sigue siendo un enemigo declarado de Estados Unidos y una amenaza para la seguridad de los estadounidenses. Más bien, es porque, ocho años después, la prolongada guerra y las condiciones en el terreno plantean interrogantes sobre si la lucha en Afganistán es todavía una guerra de necesidad o si Estados Unidos y sus aliados tienen los medios, la estrategia o la voluntad de estabilizar al país con un gobierno en Kabul que sea capaz y legítimo.
Originalmente esta guerra se presentó como una misión para capturar o liquidar a los conspiradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y para asegurarse de que Afganistán no sirviera como base para futuros atentados terroristas. Eso era justificable, y las tropas estadounidenses desalojaron rápidamente al régimen talibán cuando sacaban a al Qaeda de sus campos de adiestramiento y los obligaban a esconderse.
Pero hoy la situación en Afganistán es sombría. Los insurgentes talibanes han recuperado terreno, mientras que las bajas militares estadounidenses y las de civiles afganos están aumentando y el apoyo de los norteamericanos se está erosionando. Lejos de derrotada, al Qaeda se ha concentrado en la zona fronteriza de Pakistán.
Los afganos están cada vez más hastiados de la corrupción e incompetencia del presidente Hamid Karzai -que respalda Estados Unidos. Ahora la reelección de Karzai ha sido puesta en duda. Funcionarios electorales del gobierno dicen que ganó la primera vuelta con el 54 por ciento de los votos en la elección del mes pasado, pero la Comisión de Reclamos Electorales dice que posee pruebas "claras y convincentes" de fraude y ha ordenado un recuento parcial. Karzai debe ganar honestamente, si no quiere correr el riesgo de una segunda vuelta. Dicho simplemente, no puede haber buenos argumentos para arriesgar la vida de estadounidenses para sostener a un gobierno que es considerado ilegítimo por su propio pueblo.
Las opciones militares para estabilizar Afganistán y preparar la salida de Estados Unidos cubren todo el espectro. Algunos analistas políticos y militares dicen que Estados Unidos debería retirarse ahora y luchar contra al Qaeda desde el aire, como hace en Pakistán. Otros argumentan que Estados Unidos debe mantener su compromiso actual, pero con una carga militar más liviana, usando sus recursos fundamentalmente para adiestrar al ejército y fuerzas policiales afganas para que luchen contra los talibanes con sus propios recursos. Otros desechan las dos primeras opciones como poco efectivas y exigen una estrategia contrainsurgente reforzada para derrotar al Talibán mientras se construyen las fuerzas armadas, las instituciones oficiales y la infraestructura afganas-"limpiar, consolidar, construir", de acuerdo al Manual de Campo del Cuerpo de Marines del Ejército-, un "arranque" afgano que requerirá el compromiso de recursos financieros y tropas durante varios años.
Ahora Obama debe elegir su estrategia sobre este vital asunto de política exterior, y merece una oportunidad para que explique su posición al público estadounidense. Pero en nuestra opinión, la carga de la prueba la lleva él y debe explicar por qué Estados Unidos todavía necesita estar en Afganistán, y por qué ese país es el teatro de operaciones potencialmente terrorista más importante que otros estados hostiles o fallidos, como Somalia o Yemen, donde no estamos en guerra.
Por supuesto, el umbral es más alto si Obama pide más tropas. Si lo hace, tendrá que ser perfectamente claro no sólo sobre sus objetivos estratégicos y cómo espera alcanzarlos, sino sobre los costes, el tiempo que tomará y cómo medir el éxito. El público todavía debe estar representado con normas explícitas para medir el progreso. Ciertamente una de esas normas debería ser el territorio y la población que vive bajo control talibán, pero el gobierno debe antes reconocer cuáles territorios son controlados por el Talibán y cuáles no. No tenemos motivos para mantener esta información como secreta. El gobierno de Karzai lo sabe, como el Talibán. Sólo los estadounidenses no están en el secreto.
Otros medidas claves serán lo bien entrenado que esté el ejército afgano para luchar por su cuenta y lo preparada que esté la policía afgana para brindar seguridad; el Grupo Crisis Internacional calcula que sólo dieciocho de los 433 distritos del país cuentan con fuerzas policiales capaces. El nivel de víctimas civiles debería ser otra medida, por supuesto. Como también lo será el nivel de cooperación de Pakistán, el que es crucial para impedir la infiltración a través de las fronteras.
Pero incluso con estos estándares, no está claro que el público acepte una escalada de la guerra. Si el presidente cree que deberíamos arriesgar más vidas estadounidenses en Afganistán, debe convencernos primero de que Estados Unidos perderá más marchándose que quedándose en un país que ha visto ir y venir a otras potencias extranjeras, y que se marchan sin nada que compense ni su sangre ni su dinero.

23 de octubre de 2009
11 de septiembre de 2009
©los angeles times 
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