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la capital mundial del crimen


¿Tenemos que seguir soportando que se prolongue la brutal guerra en el Congo? ¿Será suficiente cuando el número de víctimas llegue a los diez millones de personas?
[Nicholas D. Kristof] Bukavu, Congo. Es fácil asombrarse por la manera en que dirigentes políticos del mundo, periodistas, líderes religiosos y ciudadanos de a pie hicieron la vista gorda mientras, en el Holocausto, se asesinaba a seis millones de judíos. Incluso, es todavía más fácil asumir que nosotros nos comportaríamos mejor.
Pero de momento la brutal guerra que se libra aquí en el este del Congo no sólo ha durado más que el Holocausto, sino que además parece haber reclamado más vidas. Para abril del 2007, un estudio reseñado por colegas fijó el número de víctimas en el Congo en 5.4 millones de personas -unas 45 mil al mes. Hoy, el total después de una docena de años sería de 6.9 millones.
Lo que esas cifras no pueden revelar es la manera en que el Congo se ha convertido en la capital de la violación, la tortura y la mutilación, en modos que desgarran a sobrevivientes como Jeanne Mukuninwa, una guapa y alegre mujer de diecinueve que de alguna manera aún puede reunir el coraje para reír. Sus padres desaparecieron en el conflicto cuando acababa de cumplir catorce -quizás fueron masacrados, pero sus cuerpos no fueron encontrados nunca-, así que se fue a vivir con su tío.
Algunos meses después, la extremista milicia hutu asaltó su casa. Recuerda que era el día de su primera menstruación -la única que tuvo.
"Primero, amarraron a mi tío", cuenta Jeanne. "Le cortaron las manos, le sacaron los ojos, le cortaron sus pies, le cortaron sus órganos sexuales y lo abandonaron así. Él todavía estaba vivo.
"Su mujer y su hijo también estaban ahí. Nos llevaron a todos al bosque". Esa milicia es conocida por secuestrar a personas y esclavizarlas durante meses, incluso años. Los hombres deben trabajar como cargadores, las muchachas como esclavas sexuales.
Jeanne y las otras niñas eran regularmente amarradas con las piernas abiertas y violadas por grupos de milicianos. Pronto quedó embarazada. Las violaciones continuaron, a veces con palos que destrozaron su vientre y le causaron un derrame permanente. Milagrosamente el feto sobrevivió, pero su pelvis no estaba desarrollada como para dar a luz al bebé.
Una de las personas secuestradas por la milicia era un doctor que era obligado a tratar a los soldados. El doctor, viendo que Jeanne estaba cerca de la muerte a causa de la obstrucción del parto, la abrió con un cuchillo oxidado, sin anestesia, y sacó al bebé muerto. Jeanne estaba delirando y casi muerta. La milicia la abandonó a la vera de un camino.
"Estaba completamente destrozada por dentro", dijo otro doctor, Denis Mukwege, que le salvó la vida después de que fuera trasladada aquí a Bukavu. El doctor Mukwege, 54, dirige el Hospital Panzi, de cuatrocientas camas, financiado por la Unión Europea y organizaciones privadas como la Fundación Fístula. Ha sido mencionado algunas veces como candidato al Premio Nobel de la Paz por sus heroicos esfuerzos contra la guerra y para curar a las víctimas.
En tres años, Mukwege operó nueve veces a Jeanne para sanar las fístulas que causaban sus derrames. Finalmente lo logró y Jeanne volvió a su pueblo para vivir con su abuela.
"Me dijo que evitara a los hombres durante tres meses", recuerda Jeanne, para que su cuerpo pudiera recuperarse. Pero tres días después de que volviera a la aldea, la milicia volvió a atacar y la volvieron a violar. La fístula se volvió a abrir.
Jeanne, mantenida desnuda en el bosque y oliendo mal debido a sus lesiones internas, finalmente logró escapar y volvió al Hospital Panzi. Mukwege comenzó una segunda ronda de operaciones, pero queda tan poco tejido que no está claro que pueda curar las pérdidas.
Cerca del doce por ciento de las mujeres violadas tratadas por él contrajeron sífilis, y el seis por ciento es portadora de VIH. Hace lo que puede para curar sus lesiones y ayudarlas a sanar -hasta la próxima vez.
"A veces no sé que estoy haciendo aquí", dijo Mukwege, desesperado. "No hay soluciones médicas". La necesidad más importante, dice, no es más ayuda humanitaria para el Congo, sino un esfuerzo internacional mucho más decidido para poner fin a la guerra.
Eso significa presionar a la vecina Ruanda, un país tan ampliamente admirado por su buen gobierno en casa que se tiende a hacer la vista gorda sobre su posible papel en los crímenes de guerra que se cometen en los países vecinos. También tenemos que ejercer presión sobre el presidente congoleño, Joseph Kabila, para detener al general Jean Bosco Ntaganda, buscado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra. Y, como recomienda una organización llamada el Enough Project, necesitamos un esfuerzo impulsado por Estados Unidos para supervisar el comercio de minerales del Congo de modo que los señores de la guerra ya no puedan comprar armas con los beneficios de la exportación de oro, estaño o coltán.
A menos que se imponga algún tipo de liderazgo, el conflicto en el Congo -alimentado por los beneficios de la exportación de minerales- continuará indefinidamente. Si no actuamos ahora, ¿cuándo lo haremos? ¿Cuando la cantidad de víctimas llegue a los diez millones? ¿Cuando Jeanne sea secuestrada y violada por tercera vez?

9 de marzo de 2010
7 de febrero de 2010
©new york times
©traducción mQh
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