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pandillero convertido en informante


Sin mostrar ninguna emoción, el ex cabecilla de la pandilla de Avenues declaró sobre asesinatos, chantajes y drogas. Enfermo y detenido, es denigrado por su familia, que en el pasado aterrorizó a todo un barrio. Reportaje ofrece retrato de una sociedad violenta y descarrilada.
[Sam Quinones] Un domingo de 2006, Pancho Real estaba en la iglesia Nuestra Señora Reina de los Ángeles con su mujer e hija cuando sonó su celular.
Lo mandaron a aparcar cerca de su casa en Drew Street,
un refugio de dealers y pandillas en Los Ángeles Nordeste, y matar a un hombre que no conocía. La mafia mexicana quería muerto a un pandillero de Avenues que había salido en libertad condicional. Se llamaba Frank ‘Kiko’ Córdova.
Real salió de la iglesia con su familia y llamó a otro pandillero, Carlos Rentería.
Esa noche en el parque, identificaron a Córdova, pero estaba rodeado de niños.
Fuera del parque, contó Real, informó a los enviados de la mafia, que consultaron con otros por teléfono. Le dijeron a Real que matara a Córdova de todos modos.
Rela y Rentería volvieron y vieron a Córdova alejándose de los niños.
"Dijimos: ‘Allá va. Vamos’", declaró Real.
Real dijo que había disparado al aire para asustar a los mirones mientras seguía a Rentería en el parque. Luego le disparó. (El verano pasado, Real fue acusado por el asesinato de Córdova).
De vuelta en Drew Street minutos después, Real se cambió de sudadera, recogió a su mujer e hija en casa de su padrastro y siguió con su domingo.
Esa escena, descrita fríamente paso a paso, captó la vida de los contradictorios impulsos de Francisco ‘Pancho’ Real, ex cabecilla de la pandilla de Avenues, de Drew Street, y miembro de una notoria familia de delincuentes.
Organizaba chantajes y robos y cobraba a los dealers, pero dijo que él no usaba drogas, iba a misa todos los domingos e intentaba, como lo dijo un abogado escépticamente en un interrogatorio cruzado, ser "un jefe más amable y cortés".
En una declaración ante la Corte Superior del condado de Los Angeles, Real, 28, ofreció una descripción de primera mano de una de las más notorias pandillas latinas de California del Sur. La pandilla de Avenues ha estado en las calles de Los Ángeles Nordeste desde los años cincuenta. Su camarilla de Drew Street, de una cosecha más reciente, data de los años noventa.

Chico, vestido con mono blanco, con grilletes y con el cabello hacia atrás cayendo sobre los hombros, Real habló lentamente, inclinándose hacia el micrófono en el estrado de los testigos, junto al juez Lance Ito.
Estaba ahí ostensiblemente para declarar, inimputable, en una audiencia preliminar para los tres acusados de Drew Street por el asesinato de un miembro de una pandilla rival el 21 de febrero de 2008.
Minutos después del homicidio, un cuarto sospechoso de la ejecución -el hermanastro de Real, Daniel ‘Clever’ León- murió en una balacera en Drew Street con un grupo de detectives de la policía de Los Ángeles, supuestamente por haberles disparado con un rifle de asalto.
La muerte de León fue declarada un homicidio justificable. En la época, según todas las versiones, Drew Street era controlada por Pancho Real. Se arrodilló junto al cuerpo de hermano, y retó a los agentes a matarlo a él también. Cuatro meses después, fue detenido y acusado de chantaje. Ahora es un informante y está en tratamiento por cáncer. Así que Ito permitió a los fiscales y abogados de la defensa amplia libertad para interrogarlo.
"En caso de que este testigo no esté disponible en el futuro, esta es su oportunidad", dijo Ito en la audiencia, que concluyó hace dos semanas.
Real declaró durante días. Los niños de Drew Street, dijo, eran utilizados para vender drogas en medio de un remolino de hermanastros, mamás niñas, tías, primos segundos y padrastros. Ocultaban armas, drogas y dinero en un laberinto de departamentos mientras los vigilantes avisaban a Real si se acercaban patrulleros; un garaje del barrio reparaba la mayoría de sus coches dañados en tiroteos, dijo.
Los caprichos de pandilleros encarcelados, expresados en notas sacadas de la cárcel en el recto, se traducían en asesinatos o golpizas en Drew Street. Los pandilleros se conocían entre ellos por apodos que parecían reflejar una cruza entre ‘La naranja mecánica’ [The Clockwork Orange] y los Siete Enanitos: Droopy, Nasty, Tricky, Flappy, Creeper, Menace, Pest.
No todo lo que dijo Real pudo ser confirmado. Pero a medida que se alargaba su declaración, la galería de Ito se llenaba lentamente de representantes de la ley: cuatro detectives de homicidios, dos agentes uniformados, seis, y luego ocho alguaciles.
Desde el estrado, clínicamente, Real entregaba escalofriantes detalles:

Daniel León se sometió a una cirugía láser de ojos para ser un mejor asesino a sueldo. La pandilla contaba con un núcleo duro -conocido como el A Team o Killer Squad, incluyendo a León- que ejecutaba las ‘misiones’ contra bandas rivales. Un miembro de la mafia mexicana en la cárcel, detenido en una prisión de alta seguridad, tenía un ‘secretario’ que se encargaba de sus negocios en Drew Street.
Real admitió haber introducido a inmigrantes ilegales y haber vendido drogas durante años. Pero se definió a sí mismo como un capo reluctante -no quería ser un miembro de la pandilla de Drew Streeet cuando lo obligaron a golpes a convertirse en uno de ellos en 2004.
Representantes de la mafia mexicana lo nombraron jefe en el otoño de 2007, cuando le pidieron que reemplazara al jefe que había sido arrestado.
Dijo que su principal responsabilidad era cobrar el "impuesto" que los cerca de cuarenta dealers en el vecindario de doce cuadras en torno a Drew Street debían a la mafia mexicana -un total de 150 mil a 200 mil dólares en sus nueve meses como jefe de la pandilla. Dijo que entregaba el dinero a sus socios de la mafia una vez a la semana los jueves.
Nunca portaba armas, ni cuando cruzaba territorio de bandas rivales, porque un pandillero "tendría que estar loco" para matar al recaudador de impuestos de la mafia, dijo.
Real también mencionó a abogados que, dijo, les proporcionaban direcciones de testigos para que él y los otros pudieran amenazarlos. Sandi Gibbons, portavoz del fiscal del distrito del condado de Los Ángeles, se negó a hacer comentarios.
Una red de familias relacionadas por nacimiento y matrimonio cimentaba a la pandilla. Provenían de Tlalchapa, Guerrero, una ciudad en una violenta región a varias horas al oeste de Ciudad de México.
La madre de Real, María León, una inmigrante ilegal de Tlalchapa, tuvo catorce hijos en Drew Street, incluyendo diez hijos con cuatro hombres, dijo. Había vendido drogas allí desde fines de los años ochenta, contó Real, lo mismo que sus tíos, tías, primos y padrastros. Él y sus hermanos ingresaron a la banda en la adolescencia.
Real trató de romper con su familia y enderezarse después de su Primera Comunión a los diecisiete, dijo. Pero "cada vez que lo intentaba, me volvían a meter dentro".
El 30 de abril de 2008, con varios miembros de la banda en la cárcel, contó Real, se contactó con el FBI -pidió el número de teléfono al 411. Dijo que los agentes lo entrevistaron, pero nunca lo llamaron de vuelta. Dos meses después, su nombre condujo a un proceso federal contra más de setenta pandilleros de Drew Street.
Preso, Real empezó a cooperar con los detectives. A cambio, su madre le dijo que le odiaba, sus hermanas y tíos dejaron de responder sus llamadas, y se pidió a sus hermanos que lo mataran.
"Nunca pensé que mi familia se volvería contra mí", dijo.
La saga de la familia Real-León parece haber terminado. Su casa, que estuvo alguna vez protegida con rayos láser y cámaras, ha desaparecido y la propiedad es ahora un sitio eriazo. Los hermanos y madre de Real se han declarado culpables de cargos por tráfico de drogas y de inmigración ilegal.
Hay menos delincuencia en Drew Street. Los árboles ya no están pintados con rociadores. En Drew y Estara Avenue, un optimista propietario ofrece una casa en venta, algo impensable hace dos años.
Después de años de vivir en el centro de la acción en Drew Street, Francisco Real debió ser internado en una celda de aislamiento en el Centro de Detención Metropolitano en el centro de Los Ángeles. No puede salir fuera a hacer ejercicios ni ir a la iglesia, y pandilleros en pabellones cercanos lo insultan hasta entrada la noche.
"No tengo amigos", declaró.
Miró el cielo raso y luchó contra la emoción cuando describió cómo golpearon a su hermano menor y hermana y tuvieron que mudarse.
Sin embargo, cuando el abogado defensor Jim Hallett le preguntó si lamentaba haber colaborado con la policía, Real sacudió la cabeza.
Dijo que debía haberlo hecho "hace mucho tiempo".

6 de abril de 2010
8 de febrero de 2010
©los angeles times 
cc traducción mQh
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