se suicida coronel implicado en asesinatos
[José Miguel Wilson y Alejandra Clavería] Se suicida coronel (R) procesado por Guzmán en caso Conferencia. Germán Barriga, de 59 años, se arrojó ayer al vacío desde el piso 18 de un edificio recién construido. El ex uniformado, quien perteneció a la Dina y a la CNI, estaba encausado por la desaparición de la cúpula del Partido Comunista en 1976.
Santiago, Chile. Concurrió pasadas las 10 de la mañana a un edificio en Las Condes, en Los Militares con Pío XI, con la intención aparente de comprar un departamento justo detrás de la Escuela Militar, donde se había graduado como oficial a mediados de la década del 60. Sin embargo, era otra la idea que tenía en mente el coronel (R) Germán Jorge Barriga Muñoz, de 59 años, quien se lanzó al vacío desde el piso 18 del inmueble recién construido, supuestamente agobiado por problemas personales y judiciales.
Ex miembro de la Dina y de la CNI, Barriga había sido procesado en junio de 2003 por el juez Juan Guzmán, quien lo acusaba de haber participado en la desaparición de nueve dirigentes del PC que encabezaban la dirección clandestina del partido en 1976, entre ellos Jorge Muñoz, el esposo de Gladys Marín.
Aunque las causas del suicidio no están del todo claras aún, cercanos a Barriga afirman que el ex oficial pasaba por una difícil situación personal. En los últimos años había enfrentado al menos cuatro funas', como son llamadas las manifestaciones de organismos de derechos humanos contra ex funcionarios ligados a los aparatos represivos. Producto de ellas, afirmaron fuentes cercanas, el coronel (R) habría perdido en varias oportunidades su trabajo. A eso se sumaba el delicado estado de salud de su esposa, aquejada de cáncer.
Vecinos de un departamento que Barriga ocupaba hasta hace unos años en avenida Irarrázaval recordaron a Barriga como una persona activa, que incluso fue dirigente de la junta de vigilancia. Allí vivió cerca de dos años, pero luego de la última funa', en la que manifestantes rayaron las paredes del edificio con su nombre, aludiendo a su pasado, decidió emigrar.
El comandante en jefe (s) del Ejército, general Javier Urbina, expresó preocupación por el suicidio. "El coronel Barriga estaba en varios procesos de derechos humanos y seguramente es un tema que lo venía afectando hacía mucho tiempo. El sufría de una depresión, y nos preocupa mucho nuestro personal que esté expuesto a cualquier situación procesal, judicial o de otro tipo personal", dijo Urbina, en una ceremonia para recibir a efectivos que retornaban de la misión en Haití.
Las palabras de Urbina expresaron el malestar del Ejército por la tardanza de las casi 390 causas pendientes de derechos humanos, que actualmente comprometen a cerca de 400 ex uniformados. "Hay gente que está muriendo todos los días", dijo el general Cheyre en septiembre pasado, aludiendo a la cantidad de ex uniformados que han fallecido a la espera del cierre de los procesos. La institución ha hecho saber su interés de que se impulsen algunas iniciativas, como la rebaja de penas a quienes colaboren, que permitirían dinamizar los juicios, pero que se encuentran entrampadas en su discusión parlamentaria.
Barriga nació en Valdivia el 4 de diciembre de 1945, y a mediados de la década del 60 ingresó a la Escuela Militar. Del arma de Infantería, para el golpe de 1973 tenía el grado de capitán. Organismos de derechos humanos afirman que poco después se integró a la Brigada de Inteligencia Metropolitana de la Dina, y luego a la Brigada Purén, encargada de la represión de la cúpula del Partido Comunista.
Tras la disolución del organismo que encabezaba el general Manuel Contreras, Barriga habría integrado la CNI durante buena parte de los 80. En 1990 ejerció como comandante de un regimiento de Infantería en Calama, y luego fue destinado a la Dirección de Movilización Nacional. Tiempo después pasó a retiro.
20 de enero de 2005
©la tercera
Santiago, Chile. Concurrió pasadas las 10 de la mañana a un edificio en Las Condes, en Los Militares con Pío XI, con la intención aparente de comprar un departamento justo detrás de la Escuela Militar, donde se había graduado como oficial a mediados de la década del 60. Sin embargo, era otra la idea que tenía en mente el coronel (R) Germán Jorge Barriga Muñoz, de 59 años, quien se lanzó al vacío desde el piso 18 del inmueble recién construido, supuestamente agobiado por problemas personales y judiciales.Ex miembro de la Dina y de la CNI, Barriga había sido procesado en junio de 2003 por el juez Juan Guzmán, quien lo acusaba de haber participado en la desaparición de nueve dirigentes del PC que encabezaban la dirección clandestina del partido en 1976, entre ellos Jorge Muñoz, el esposo de Gladys Marín.
Aunque las causas del suicidio no están del todo claras aún, cercanos a Barriga afirman que el ex oficial pasaba por una difícil situación personal. En los últimos años había enfrentado al menos cuatro funas', como son llamadas las manifestaciones de organismos de derechos humanos contra ex funcionarios ligados a los aparatos represivos. Producto de ellas, afirmaron fuentes cercanas, el coronel (R) habría perdido en varias oportunidades su trabajo. A eso se sumaba el delicado estado de salud de su esposa, aquejada de cáncer.
Vecinos de un departamento que Barriga ocupaba hasta hace unos años en avenida Irarrázaval recordaron a Barriga como una persona activa, que incluso fue dirigente de la junta de vigilancia. Allí vivió cerca de dos años, pero luego de la última funa', en la que manifestantes rayaron las paredes del edificio con su nombre, aludiendo a su pasado, decidió emigrar.
El comandante en jefe (s) del Ejército, general Javier Urbina, expresó preocupación por el suicidio. "El coronel Barriga estaba en varios procesos de derechos humanos y seguramente es un tema que lo venía afectando hacía mucho tiempo. El sufría de una depresión, y nos preocupa mucho nuestro personal que esté expuesto a cualquier situación procesal, judicial o de otro tipo personal", dijo Urbina, en una ceremonia para recibir a efectivos que retornaban de la misión en Haití.
Las palabras de Urbina expresaron el malestar del Ejército por la tardanza de las casi 390 causas pendientes de derechos humanos, que actualmente comprometen a cerca de 400 ex uniformados. "Hay gente que está muriendo todos los días", dijo el general Cheyre en septiembre pasado, aludiendo a la cantidad de ex uniformados que han fallecido a la espera del cierre de los procesos. La institución ha hecho saber su interés de que se impulsen algunas iniciativas, como la rebaja de penas a quienes colaboren, que permitirían dinamizar los juicios, pero que se encuentran entrampadas en su discusión parlamentaria.
Barriga nació en Valdivia el 4 de diciembre de 1945, y a mediados de la década del 60 ingresó a la Escuela Militar. Del arma de Infantería, para el golpe de 1973 tenía el grado de capitán. Organismos de derechos humanos afirman que poco después se integró a la Brigada de Inteligencia Metropolitana de la Dina, y luego a la Brigada Purén, encargada de la represión de la cúpula del Partido Comunista.
Tras la disolución del organismo que encabezaba el general Manuel Contreras, Barriga habría integrado la CNI durante buena parte de los 80. En 1990 ejerció como comandante de un regimiento de Infantería en Calama, y luego fue destinado a la Dirección de Movilización Nacional. Tiempo después pasó a retiro.
20 de enero de 2005
©la tercera
en alta mar patera con 10 muertos
El mal tiempo reinante en las aguas que separan Canarias del continente africano pudo ser la causa de la pérdida de la patera hallada ayer con 10 inmigrantes muertos a 300 millas al sur de las islas, de acuerdo a las primeras hipótesis, pues en la zona la situación es de marejada a mar gruesa.
Las Palmas de Gran Canaria, España. Ese estado de las aguas dificulta actualmente la búsqueda de la barca que ha iniciado en el lugar el buque hospital Esperanza del Mar, que partió ayer mismo al encuentro de los cadáveres para recogerlos y conducirlos a tierra pero, cuando llegó a la zona, se encontró con que la patera, amarrada en principio a un mercante que la halló y dio la alerta, se había soltado y quedado a la deriva.
La desaparición de la pequeña embarcación fue anunciada por el capitán del Esperanza del Mar, Roberto González, que, en conversación telefónica, relató que el incidente fue constatado en torno a las tres de la madrugada, cuando aún el buque hospital se hallaba en ruta para recoger los cadáveres y trasladarlos a tierra.
Tras conocer lo ocurrido y todavía sin saber en detalle las circunstancias en que se produjo el incidente, la tripulación del Esperanza del Mar inició las labores de búsqueda poco después de alcanzar al mercante, en torno a las 04.00 horas.
Los tripulantes del mercante que protagonizó el dramático hallazgo, ocurrido a mediodía de ayer a unas 300 millas de Gran Canaria, alertaron de los hechos a las autoridades, que organizaron entonces la partida del Esperanza del Mar a fin de que los cuerpos fueran recogidos y trasladados a la isla para su posterior sepultura.
El propio Roberto González había anticipado que esperaba llegar a la zona a las cuatro de la madrugada, izar a bordo la patera y los cadáveres y emprender el viaje de regreso a Gran Canaria, a donde estimó podría arribar pasada la medianoche próxima.
Esa previsión ha quedado desbaratada en cualquier caso a consecuencia de la desaparición de la embarcación en que se hallaron los cadáveres, sobre la cual se pedirán posteriormente más detalles a los tripulantes del mercante que la encontró inicialmente, un buque de bandera belga de nombre Safmarine Nimba'.
Además, las tareas de búsqueda de la barca con los cuerpos de los inmigrantes no han tenido resultado alguno en sus primeras seis horas, y es imposible apuntar cuándo podrían dar fruto. En cuanto a la situación de la patera donde se localizaron los cuerpos, detectada al oeste de la antigua Villa Cisneros, el capitán del Esperanza del Mar indicó que, conforme a los datos recabados en principio, se encuentra en buenas condiciones.
Respecto a cuánto tiempo podría llevar en alta mar cuando fue encontrada dijo que es difícil calcularlo. Así, opinó que, si se calcula una corriente estable de nudo y medio, podría llevar hasta diez días en el mar, pero apostilló que esa estimación será probablemente incorrecta, porque los vientos de los últimos días han sido del sureste, no frecuentes en la zona.
20 de enero de 2005
©terra
Las Palmas de Gran Canaria, España. Ese estado de las aguas dificulta actualmente la búsqueda de la barca que ha iniciado en el lugar el buque hospital Esperanza del Mar, que partió ayer mismo al encuentro de los cadáveres para recogerlos y conducirlos a tierra pero, cuando llegó a la zona, se encontró con que la patera, amarrada en principio a un mercante que la halló y dio la alerta, se había soltado y quedado a la deriva.La desaparición de la pequeña embarcación fue anunciada por el capitán del Esperanza del Mar, Roberto González, que, en conversación telefónica, relató que el incidente fue constatado en torno a las tres de la madrugada, cuando aún el buque hospital se hallaba en ruta para recoger los cadáveres y trasladarlos a tierra.
Tras conocer lo ocurrido y todavía sin saber en detalle las circunstancias en que se produjo el incidente, la tripulación del Esperanza del Mar inició las labores de búsqueda poco después de alcanzar al mercante, en torno a las 04.00 horas.
Los tripulantes del mercante que protagonizó el dramático hallazgo, ocurrido a mediodía de ayer a unas 300 millas de Gran Canaria, alertaron de los hechos a las autoridades, que organizaron entonces la partida del Esperanza del Mar a fin de que los cuerpos fueran recogidos y trasladados a la isla para su posterior sepultura.
El propio Roberto González había anticipado que esperaba llegar a la zona a las cuatro de la madrugada, izar a bordo la patera y los cadáveres y emprender el viaje de regreso a Gran Canaria, a donde estimó podría arribar pasada la medianoche próxima.
Esa previsión ha quedado desbaratada en cualquier caso a consecuencia de la desaparición de la embarcación en que se hallaron los cadáveres, sobre la cual se pedirán posteriormente más detalles a los tripulantes del mercante que la encontró inicialmente, un buque de bandera belga de nombre Safmarine Nimba'.
Además, las tareas de búsqueda de la barca con los cuerpos de los inmigrantes no han tenido resultado alguno en sus primeras seis horas, y es imposible apuntar cuándo podrían dar fruto. En cuanto a la situación de la patera donde se localizaron los cuerpos, detectada al oeste de la antigua Villa Cisneros, el capitán del Esperanza del Mar indicó que, conforme a los datos recabados en principio, se encuentra en buenas condiciones.
Respecto a cuánto tiempo podría llevar en alta mar cuando fue encontrada dijo que es difícil calcularlo. Así, opinó que, si se calcula una corriente estable de nudo y medio, podría llevar hasta diez días en el mar, pero apostilló que esa estimación será probablemente incorrecta, porque los vientos de los últimos días han sido del sureste, no frecuentes en la zona.
20 de enero de 2005
©terra
venezuela rompe con colombia
La relación entre Colombia y Venezuela quedó fracturada tras la decisión del presidente Hugo Chávez de suspender todo negocio bilateral y retirar a su embajador hasta tanto su homólogo Álvaro Uribe no se disculpe por el caso Granda.
Bogotá, Colombia. El gobierno colombiano reaccionó mediante un comunicado en que señala que no ha violado el territorio venezolano, y en que justifica las acciones que le permitieron la captura del guerrillero de las FARC Rodrigo Granda, oficialmente capturado en Cúcuta el 13 de diciembre, pero que previamente fue secuestrado en Caracas, según señala Venezuela.
Desde hace varios días las declaraciones se fueron escalando, con acusaciones cada vez más fuertes de Venezuela en el sentido de que Colombia violó su soberanía, mientras Bogotá admitió que pagó una recompensa para facilitar la captura de Granda, considerado el canciller de las FARC.
El embajador Carlos Rodolfo Santiago no regresará "hasta que el gobierno colombiano rectifique y pida disculpas. Al mismo tiempo he ordenado paralizar todo negocio con Colombia; lamentablemente se paraliza el gasoducto transcaribeño hasta que no sea reivindicada la soberanía violada de Venezuela, me veo obligado a tomar esta decisión", dijo Chávez.
El gasoducto de 177 km es un proyecto binacional ya acordado por ambos gobiernos.
"Le invito a rectificar, le invito a que su gobierno rectifique", le dice Chávez a Uribe, en la declaración divulgada en Caracas.
"Han cometido en Colombia un grave error y deben rectificar en vez de estar buscando argucias que peor hacen quedar a su gobierno. No puede ser, es injustificable desde todo punto de vista que altos funcionarios del gobierno colombiano estén instigando a funcionarios venezolanos al delito".
El gobierno de Bogotá contestó con un comunicado de 9 puntos, que no puede ser considerado como una disculpa o una rectificación, en que señala que "la Policía de Colombia ha explicado de manera clara y contundente que no ha violado la soberanía de Venezuela".
Colombia justifica la política de recompensas como "un instrumento legítimo" e indicó que las "Naciones Unidas prohíben a los países miembros albergar terroristas de manera 'activa o pasiva'", en una tácita alusión al hecho de que Granda vivía en Venezuela de tiempo atrás.
En el comunicado el gobierno "reitera su propósito de tener constructivas relaciones con el gobierno y el pueblo de Venezuela".
"También propondremos nuevamente al gobierno de Venezuela la creación o activación de un mecanismo binacional para examinar los hechos que los gobiernos estimen conveniente", señala.
En Colombia, dirigentes políticos y económicos, además de analistas, consideraron la situación como preocupante, aunque algunos de ellos calificaron de exagerada la reacción de Chávez.
El analista independiente Alejo Vargas señaló que "dudo mucho que el gobierno venezolano quede satisfecho con esta respuesta" aunque consideró que con ella se le baja a la confrontación.
El analista independiente Alfredo Rangel, experto en temas de seguridad, indicó a la AFP que "este es el peor momento de las relaciones entre Colombia y Venezuela en los últimos años".
También señaló que la reacción de Chávez "es absolutamente consistente con la valoración que hicieron en Venezuela de este caso: que fue una violación de la soberanía".
El analista independiente Pedro Medellín dijo que "uno entiende la reacción de Chávez porque el gobierno colombiano quería pasar de agache frente al hecho. Colombia debió proceder a pedir excusas".
Para el congresista Manuel Ramiro Velásquez, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "este es el momento propicio para que el gobierno Chávez le explique a la comunidad internacional por qué sigue permitiendo que alzados en armas en Colombia sigan deambulando por su territorio".
Para el senador de izquierda Antonio Navarro, lo que ocurre "es gravísimo. Me parece muy desafortunada la postura del gobierno venezolano, que nos debe una explicación sobre la presencia de guerrilleros en su país".
Navarro consideró que la posición del "gobierno colombiano también es muy desafortunada porque invita a infringir la ley pues ambas constituciones prohíben recibir recompensas de gobierno extranjeros".
No se sabe aún cuál es el alcance de la declaración de Chávez, sin embargo, la situación en las fronteras y aduanas es normal.
15 de enero de 2005
©univisión
Bogotá, Colombia. El gobierno colombiano reaccionó mediante un comunicado en que señala que no ha violado el territorio venezolano, y en que justifica las acciones que le permitieron la captura del guerrillero de las FARC Rodrigo Granda, oficialmente capturado en Cúcuta el 13 de diciembre, pero que previamente fue secuestrado en Caracas, según señala Venezuela.Desde hace varios días las declaraciones se fueron escalando, con acusaciones cada vez más fuertes de Venezuela en el sentido de que Colombia violó su soberanía, mientras Bogotá admitió que pagó una recompensa para facilitar la captura de Granda, considerado el canciller de las FARC.
El embajador Carlos Rodolfo Santiago no regresará "hasta que el gobierno colombiano rectifique y pida disculpas. Al mismo tiempo he ordenado paralizar todo negocio con Colombia; lamentablemente se paraliza el gasoducto transcaribeño hasta que no sea reivindicada la soberanía violada de Venezuela, me veo obligado a tomar esta decisión", dijo Chávez.
El gasoducto de 177 km es un proyecto binacional ya acordado por ambos gobiernos.
"Le invito a rectificar, le invito a que su gobierno rectifique", le dice Chávez a Uribe, en la declaración divulgada en Caracas.
"Han cometido en Colombia un grave error y deben rectificar en vez de estar buscando argucias que peor hacen quedar a su gobierno. No puede ser, es injustificable desde todo punto de vista que altos funcionarios del gobierno colombiano estén instigando a funcionarios venezolanos al delito".
El gobierno de Bogotá contestó con un comunicado de 9 puntos, que no puede ser considerado como una disculpa o una rectificación, en que señala que "la Policía de Colombia ha explicado de manera clara y contundente que no ha violado la soberanía de Venezuela".
Colombia justifica la política de recompensas como "un instrumento legítimo" e indicó que las "Naciones Unidas prohíben a los países miembros albergar terroristas de manera 'activa o pasiva'", en una tácita alusión al hecho de que Granda vivía en Venezuela de tiempo atrás.
En el comunicado el gobierno "reitera su propósito de tener constructivas relaciones con el gobierno y el pueblo de Venezuela".
"También propondremos nuevamente al gobierno de Venezuela la creación o activación de un mecanismo binacional para examinar los hechos que los gobiernos estimen conveniente", señala.
En Colombia, dirigentes políticos y económicos, además de analistas, consideraron la situación como preocupante, aunque algunos de ellos calificaron de exagerada la reacción de Chávez.
El analista independiente Alejo Vargas señaló que "dudo mucho que el gobierno venezolano quede satisfecho con esta respuesta" aunque consideró que con ella se le baja a la confrontación.
El analista independiente Alfredo Rangel, experto en temas de seguridad, indicó a la AFP que "este es el peor momento de las relaciones entre Colombia y Venezuela en los últimos años".
También señaló que la reacción de Chávez "es absolutamente consistente con la valoración que hicieron en Venezuela de este caso: que fue una violación de la soberanía".
El analista independiente Pedro Medellín dijo que "uno entiende la reacción de Chávez porque el gobierno colombiano quería pasar de agache frente al hecho. Colombia debió proceder a pedir excusas".
Para el congresista Manuel Ramiro Velásquez, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "este es el momento propicio para que el gobierno Chávez le explique a la comunidad internacional por qué sigue permitiendo que alzados en armas en Colombia sigan deambulando por su territorio".
Para el senador de izquierda Antonio Navarro, lo que ocurre "es gravísimo. Me parece muy desafortunada la postura del gobierno venezolano, que nos debe una explicación sobre la presencia de guerrilleros en su país".
Navarro consideró que la posición del "gobierno colombiano también es muy desafortunada porque invita a infringir la ley pues ambas constituciones prohíben recibir recompensas de gobierno extranjeros".
No se sabe aún cuál es el alcance de la declaración de Chávez, sin embargo, la situación en las fronteras y aduanas es normal.
15 de enero de 2005
©univisión
áfrica y sus niños 2
[John Donnelly] Bidemi perdió a su madre y huyó de su padre. Hoy dirige una pandilla de niñas, huérfanas y escapadas, sableándose la vida en una villa miseria de Nigeria.
Playa de Kuramo, Nigeria. No era más que una casucha de cartón y bambú.
Pero para Bidemi Ademibo, 12, era todo. Durante más de dos meses, la casucha había sido un hogar para ella y otras ocho niñas. Algunas de ellas, como Bidemi, se habían escapado de casa. Otras eran huérfanas. Otras habían escapado de la esclavitud. Todas vivían por su cuenta.
Una mañana hace un año en esta villa miseria en la playa en los lindes sureños de Lagos, las nueve niñas miraban apáticas los restos de la casucha, palos carbonizados y los humeantes montones de cenizas. La noche anterior, una pandilla de hombres jóvenes habían echado gasolina sobre la casucha y encendido fuego. Las niñas despertaron con el calor y el humo, y se hicieron camino hacia la puerta, trepando unas sobre otras. Gritaron de miedo, sólo para ser silenciadas por los golpes de los hombres que esperaban fuera. Más tarde, las niñas se enteraron de que la pandilla estaba peleando con el dueño de la casucha por el control de la playa de Kuramo, y ellas eran simplemente un estorbo.
"Así piensa la gente aquí", dijo Bidemi, cuando sacaba espuma de un cojín quemado. "Todos sólo piensan en sí mismos, y en nadie más".
Bajo un cielo de un azul profundo, con el oleaje rugiendo en sus oídos, Bidemi y sus amigas entierran los dedos de los pies en la arena tibia. No saben dónde ir.
El motivo de la pelea no les interesa. Su casa ya no existe, y ellas están a la deriva. Otra vez.
Niñas como Bidemi son una vista inevitable en África, desde Senegal a Somalia, desde Egipto a Sudáfrica.
Una pobreza cada vez más aguda está llevando a muchas familias a echar a sus hijos a la calle a ganarse unos centavos por día. Las guerras y las enfermedades -el sida, en particular- han casi duplicado el número de huérfanos en el continente, de 3.5 millones en 1990 a casi 6 millones en 2001, y más millones hoy. Mientras que en el pasado estos huérfanos, abandonados y escapados habrían sido recogidos por familias extendidas, tribus y aldeas, la enorme cantidad de ellos ha barrido con esta tradición compasiva.
Y deben sobrevivir por sí mismos.
El año pasado, un reportero y un fotógrafo de Globe viajaron entre estos niños sobrevivientes y apuntaron sus historias: Niñas que no piensan dos veces en los peligros de vender sus cuerpos para pagarse una comida, y niñas que lo arriesgan todo por negarse a hacerlo. Un amable niño que confesó haber matado a otros niños para salvar su propia vida, y ahora se pregunta si acaso Dios le perdonará. Y una niña que perdió a sus dos padres, sólo para transformarse en la madre de sus hermanos menores y tener a cargo a su abuela -una matriarca, a los doce años.
Algunos de estos niños ruegan que algún adulto les ayude. Otros se aferran a su libertad.
Una niña menuda con sólo un ojo bueno, su izquierdo, está siempre al quite, mirando a su alrededor, atenta a la próxima oportunidad, y al próximo peligro.
Con el pelo corto, la pinta favorita de Bidemi es la camiseta sin mangas y pantalones bombachos o faldas sueltas; y a diferencia de muchas de sus amiguitas, rara vez se coloca pendientes. Muestra los primeros signos de que se está transformando en una mujer, y parece sentirse cómoda en la brecha entre la niñez y la adultez. Es tan popular con niñas de 10 como con jóvenes de 18.
Tiene algo especial, algo joven y frágil, y extrañamente indestructible. Su madurez, confianza en sí misma y conocimiento de la calle le ha ganado un séquito de seguidoras. Capta a la gente con sólo mirarla.
Pero aunque no le guste admitirlo, Bidemi es vulnerable. Se le nota a veces, cuando pone mala cara, o cuando alguien se burla de ella y la llama "tuerta", y ella se echa a llorar.
La playa de Kuramo, su mundo, es un estrecho tramo de arena, de sólo 120 metros de largo, atiborrada de gente que busca cualquier ventaja, por pequeña que sea. Aquí, Bidemi, con su magnética sonrisa, llama la atención. Las otras niñas, especialmente las de su edad, la ven como su confidente, su prestamista. La han visto librarse de casi todo. Y cuando fracasa, tiene el inexplicable don de escabullirse de las garras de los adultos que la han sorprendido en una mentira, o en algo peor.
Esta villa miseria es menos una comunidad que una colección de gente que tuvo problemas en otra parte y anda a la búsqueda de una nueva oportunidad en Lagos, una ciudad turbia y caótica de millones de habitantes que es el motor económico de Nigeria. La villa miseria de la playa en la de otro modo exclusiva Isla Victoria, a ocho kilómetros del centro de la ciudad, son realmente cinco aldeas conectadas con una población total de unas 15.000 personas. Ha sido un asentamiento ilegal por más de una generación, pero las autoridades no lo han demolido, en parte por temor a provocar disturbios.
No hay agua potable; los vendedores ambulantes la acarrean desde tierra firme y la venden a altos precios. No hay instalaciones sanitarias; una bahía que separa la faja de playa de la Isla Victoria es el retrete del pueblo. Y tampoco hay electricidad, aunque algunos se han colgado ilegalmente al tendido de la ciudad, conectando cables hacia sus casas.
Algunos en Kuramo sobreviven vendiendo pescado, que pescan en un canal contaminado en las cercanías o en el mar. Otros tienen pequeños negocios en sus casuchas. Pero la mayoría de las mujeres aquí venden su cuerpo para sobrevivir.
La buena vida está exasperantemente cerca, tan cerca que la pueden ver y oír -pero sin vivir en ella. Al otro lado de la bahía se ubican los hoteles más caros de África, donde una habitación corriente cuesta 320 dólares la noche, más que el salario anual de casi todos los que viven en Kuramo.
Un Niña Escapa de su Casa
Bidemi, ahora de 13, nació en un hospital justo al lado de la playa el 17 de enero de 1991. Su padre dijo que pesaba unos saludables 3 kilos y medio.
Su madre los abandonó cuando Bidemi tenía apenas 4 años; nunca le dijeron por qué ni adónde se había marchado, sólo que estaba en algún lugar de Lagos. Su padre, Ademibo Ogunyamoju, 46, no habla de su esposa, excepto para decir que es el demonio.
Ogunyamoju se volvió a casar poco después, y su segunda esposa y sus tres hijos viven en una desvencijada casucha sobre pilotes en la playa de Kuramo. Es una de las edificaciones más grandes de la aldea. Cuando Bidemi cumplió seis años, su padre la ponía a trabajar cuando no estaba en la escuela. Se dio cuenta de que era rápida con las matemáticas y la preparó para manejar sus múltiples negocios. Manejaba expertamente las cuentas de la venta de pescado, agua y licores, y de la recarga de baterías para motores. Durante sus ausencias, no era raro que ella manejara sumas de más de 50 dólares.
"Hice lo que pude por criarla", dijo su padre una tarde cuando reparaba una red de pesca. "Manejaba todo mi dinero, desde que era chica. Nunca sufrió conmigo. Le di un cuarto, la alimentaba, la envié a la escuela".
El padre, dijeron varios habitantes de la aldea, a menudo la castigaba duramente, a Bidemi y a su hermano mayor, Sunday, ahora de 21. La gente aquí tiene una alta resistencia a la violencia; no es raro en la aldea de la playa que las peleas terminen en los senderos de arena. Pero las golpizas de Ogunyamouju, cuando eran observadas por los vecinos, eran especialmente crueles.
"Tiene muy mal carácter", dijo Ade Alongo, 50, uno de los líderes del barrio. "Les pegaba con cualquier cosa que encontraba a la mano".
A veces, dijo Bidemi, su padre la golpeaba por las faltas más insignificantes. En otras ocasiones, admite, le robó dinero para comprar ropa o comida. Durante una paliza en 2001, dijo, la hebilla de su cinturón le dió en su ojo derecho, causándole una grotesca inflamación. Cuando finalmente logró abrirlo, ya no podía ver con él, dijo.
"Yo tenía diez años y mi padre y mi madrasta estaban buscando algo que era de uno de sus hijos y no lo podían encontrar", dijo, hablando en yoruba, la lengua dominante en esta parte de Nigeria. "Me acusaron de haberlo robado, y mi padre empezó a pegarme con el cinturón. Después de unos días mi ojo se había hinchado mucho, y me llevaron a un hospital. Querían operarme, pero mi padre se opuso".
En septiembre de 2003, después de terminar el quinto en la escuela primaria cerca de la playa, Bidemi se escapó de casa después de haber gastado unas 1.000 naira, el equivalente des 7 dólares con 25 centavos, del dinero de su padre, para comprarse dos blusas. Tenía miedo de que la golpeara.
Pero no llegó demasiado lejos. Terminó apenas a 150 metros de la casa de su padre, viviendo en un escondite con una pandilla de niñas. El padre dijo que durante las primeras semanas salió a buscarla todos los días, pero luego lo abandonó.
Niega haber golpeado a sus hijos y dijo que Bidemi había perdido la vista cuando fue atropellada por una motocicleta.
"¡Es una mentirosa!", gritó. "Nunca la he golpeado, nunca la he amenazado de ninguna manera".
Ogunyamoju se puso de mal humor. "Creo que la libertad que le di es lo que hizo que se descarriara. Se puso mala. Si la dejara vivir conmigo, me mataría. Fue mala desde el día mismo que nació. La traidora ataca a su propio padre".
No deja que ella se acerque a su casa, aunque dijo que le pagaría la matrícula escolar, que cuesta el equivalente de 120 dólares al año. Bidemi tampoco se acercaría a casa, ni aunque pudiera; le gusta demasiado su nueva independencia.
"A su edad, una niña que no pasa hambre, que no le falta nada, ¿qué hace para ganarse la vida? ¿A su edad? Pregúntele".
Se volvió hacia su red.
Con una Banda de Escapadas
En Kuramo, la pandilla de Bidemi cambia constantemente.
Seis meses después de que la casucha desapareciera entre las llamas, una niña volvió con su familia y otras tres se marcharon sin decir dónde. Pero varias otras niñas nuevas se han acercado.
Todavía andan juntas por la playa, a menudo haciendo el recorrido de varios restaurantes marítimos al aire libre con nombres como De Genius' y Black Ebony Spot'. Pero Bidemi extraña a sus viejas amigas.
"Éramos tan felices cuando jugábamos juntas", dijo. "La gente no nos molestaba. Nadie nos pegaba".
Bidemo y Sarah Olatunde, 12, estaban ahora durmiendo en lo que parece una videoteca. Tiene un piso de arena, un televisor en mal estado, y 60 videos, muchos de ellos hechos de películas de Nollywood', hechas en Nigeria. El dueño, Lati Ganiu, 25, uno de los matones de Kuramo, permite que varias de las niñas vagabundas alojen en su tienda por la noche. A veces duermen ahí más de una docena de niñas.
Ganiu, cuya esposa y dos hijos viven en otro lugar de Lagos, tenía una novia de 18 años de la playa llamada Amuda Idris. La ronca joven dijo que había escapado hace ocho meses de una familia que la había comprado a su padre y luego obligado a vender cosas en la calle. Idris dijo que soñaba con que Ganiu se casara algún día con ella. Por sugerencia de Ganiu, había tomado a Bidemi bajo su custodia.
Ganiu dijo que Bidemi lo impresionó desde el principio. "Es muy, muy obediente y trabajadora", y podía hacer cálculos matemáticos sin usar los dedos, dijo. "Es muy inteligente, de verdad".
Dijo también que era humilde, sin las bravatas de muchas niñas de la playa.
Bidemi se quedaba a menudo en la choza de Ganiu porque se preocupaba de que la tienda no estaba segura. En varias ocasiones habían entrado chicos en la noche, dijo, y habían tratado de quitarle la ropa.
A veces Ganiu le da de comer, pero Bidemi dijo que la mayoría de las veces mendiga dinero a los extranjeros y nigerianos ricos en un centro comercial en las cercanías y en torno a los restaurantes en la playa. A diferencia de otras muchas niñas, dijo, no hace contactos', o sexo, a cambio de dinero. "Nunca", dijo.
Dijo que todavía quiere ir a la escuela, y quedarse ahí varios años. "Quiero ser médico", dijo.
Durante un tiempo, la pandilla de Bidemi, cuyos miembros tienen entre 11 y 16 años, asistieron a una escuela en la playa gestionado por una iglesia local. Pero la iglesia había cerrado la escuela, y nadie sabía cuándo volverían a abrir.
Sin escuela, las niñas quedaron a la deriva. No había trabajo para ellas, en o fuera de la playa. Así que gorroneaban pequeñas sumas de dinero, la mayor parte de las veces a hombres o niños que conocían, y en raras ocasiones a parientes que vivían en las cercanías. Todo el dinero que obtenían lo gastaban de inmediato en galletas o en refrescos en alguna de las numerosas tiendas de Kuramo. Comida para una significaba comida para todas. Entre las niñas una norma ética no formulada es que el alimento se comparte.
Cuando satisfacían su hambre, y cuando no, el océano les hacía volver a ser niñas.
Tarde una noche, Bidemi e Idris llevaron a un grupo de 14 niñas y niños cerca de rompen las olas. La playa estaba llena de basura y magníficas cáscaras de naranja. Jugaron a la rayuela, bailaron, cantaron, y a una señal de Bidemi, corrieron a toda velocidad hacia el mar. Al principio se volvían cuando el agua les llegaba a las rodillas, pero una de ellas se agachó y una enorme ola le rompió encima. Chillaron de risa y pronto estaban todos en el oleaje, con el cuerpo batido por el agua espumosa.
"Es delicioso", dijo Bidemi al salir, una hora más tarde, empapada.
Pero, en el corto tiempo que toma a las niñas secarse, el ánimo puede pasar de la alegría al peligro en los calientes y arenosos pasillos de Kuramo, a 30 metros de ahí. Las mujeres, dijeron las niñas, a menudo las acosan y amenazan con pegarles a menos que les laven la ropa y les den dinero. Las peleas son habituales. Y los hombres les exigían sexo. Y los ladrones.
Un día Kuramo estalló de rabia. En un callejón, en un lapso de apenas 15 minutos, una vendedora de tomates de 8 años atacó a un niño dos veces mayor después de que él le birlara un tomate de su bandeja, y no dejó de arañarlo sino hasta que le arrancó su camiseta blanca. A unos pocos metros dos hombres se daban empujones y patadas y se arañaban, y terminaron cayendo contra una casucha, que casi echaron abajo. En una puerta, la sangre corría de un enorme tajo en la mano derecha de una de las amigas de Bidemi, una niña de 16 llamada Tawa Zubair, que dijo que un barbero la había cortado accidentalmente.
Pero lo que llamó la atención de los vecinos curtidos por la violencia, fue la vista de Ganiu, desnudo hasta la cintura, preparándose para dar de latigazos a dos niñas con un largo cable eléctrico blanco.
"¡Párenlo, párenlo!", gritó Sarah Olatunde, una de las mejores amigas de Bidemi, encogida de miedo y arrodillada debajo del cable levantado.
Bidemi se asomó a mirar la escena desde la videoteca.
La gente formó un círculo en torno a Ganiu y Sarah como espectadores en una pelea de gladiadores.
"¡Whack!", sonó el cable sobre la espalda de Sarah. Ganiu volvió a levantar el látigo. "¡Whack!" El sudor le corría por el torso.
"Nunca", gritó por sobre la multitud que murmuraba, golpeándola de nuevo. "¡Nunca vuelvas a hacer eso!"
Sarah se arrastró entre la multitud y se refugió detrás de unas piernas, como lo haría un perro. Ganiu cogió a la segunda niña, otra amiga de Bidemi, y la golpeó con igual ferocidad. La niña escapó, llorando.
Ganiu dijo que las dos habían llevado a otras niñas a la casucha la noche anterior, y ellas habían recibido a unos hombres para tener sexo a cambio de dinero.
"Yo los vi, y no voy a permitir que vuelva a ocurrir", dijo, jadeando pesadamente. "Lo que necesitan estas niñas es ir a la escuela, o trabajar. O simplemente marcharse de aquí".
Entonces arrojó el cable eléctrico a su tienda de videos.
Un Doctor Trata de Ayudar
La indignación de Ganiu no se extendió a Bidemi. Y él no era el único en ver en ella una promesa.
El doctor Job Ailuogwemhe, 35, médico e investigador afiliado a la Facultad de Salud Pública de Harvard, también se quedó intrigado. La conoció un día cuando controlaba la construcción de una clínica sanitaria en Kuramo, donde Harvard quiere trabajar para impedir la propagación del sida.
Ailuogwmhe, nigeriano, examinó detenidamente su ojo y dijo que conocía a un doctor en el Hospital Central de Lagos que podría tratarla. Le fijó una cita para el día siguiente. Bidemi, acompañada por su amiga Idris, estaba tranquila cuando el coche entró al hospital, a unos 10 minutos de la playa. Sólo una vez antes se había aventurado tan lejos de Kuramo, y fue sólo para vender ropa usada en un mercado de Lagos, a 25 minutos de autobús.
"El doctor Job", como es conocido entre sus amigos, la llevó a través de una sala atiborrada de archivos desde el suelo hasta el techo y la presentó a Anthony O. Anyameluna, optometrista. El doctor se volvió hacia Bidemi y abrió su ojo derecho, para examinarla. La lente de su ojo derecho estaba seriamente dañado. "Si sacamos las lentes, y la remplazamos, hay una posibilidad de que pueda volver a ver", dijo. "Pero tenemos que mirarla más de cerca".
La llevó a su despacho. Se transformó en el caso número 11421.
"¿Dónde están tus padres?", le preguntó. Ella no dijo nada. El doctor Job lo hizo por ella. "Fue su papá el que le hizo eso".
"¿La golpearon? Sabes que toda historia tiene dos lados", dijo el optometrista, enfocando la luz en su ojo derecho y cubriendo el izquierdo con un pedazo de papel. "Yo creo que eres una niña terca. Sabes, esto no es Estados Unidos. Aquí a los niños les pegamos. Es disciplina".
Apagó la luz del despacho.
"¿Puedes ver ahora?", preguntó, enfocando la linterna en su ojo derecho. "Toca la linterna".
Bidemi buscó con su brazo derecho. Pero no estuvo ni cerca. Él volvió a encender la luz, y suspiró.
"Los pronósticos son malos, muy malos", dijo el doctor. "Tiene dañada la retina. No puede ver la luz en absoluto. Hay una ligera desviación del ojo hacia la derecha. Un ojo está haciendo el trabajo de dos".
Pero dijo que una operación tendría propósitos cosméticos; si le sacaba las descoloridas lentes azul y blanco, los otros no se darían cuenta de que era ciega del ojo derecho. La operación costaría unos 360 dólares.
Bidemi lloró al salir.
"Yo quiero ver", susurró.
Estoy Dispuesta a Ser Obediente
Un día después de su paliza pública, Sarah Olatunde estaba en un cuarto de la clínica todavía en obras, un popular lugar de reunión de las niñas debido a que les daba privacidad y era fresco. Sarah estaba inquieta.
La niña de 12 años llevaba a menudo el ceño fruncido, como para alejar los problemas. Sentía a menudo que la vida era injusta con ella, y la paliza de Ganiu era la demostración más reciente. Dijo que ninguna de las niñas había tenido sexo esa noche.
Y sin embargo admitió espontáneamente que no era raro que ella, o las otras chicas, se prostituyeran. Dijo que hacía la calle en otras aldeas pobres cercanas, y ganaba 200 nairas por tener sexo con condón, y 400 sin condón -el equivalente de 1 dólar con 44 centavos, y 2 dólares con 88 centavos respectivamente. Prefería sin condón "porque necesito el dinero".
"Todas somos trabajadoras sexuales", dijo, encogiéndose de hombros. También Bidemi era una de ellas, dijo.
Sarah, con un vestido negro ajustado y pendientes en forma de cruces, describió una noche reciente en que Bidemi, ella misma y una tercera niña habían estado con un hombre cerca de la playa. Bidemi había accedido a tener sexo con él, pero cuando el hombre vio a Sarah y a la amiga mirando desde una ventana, la despachó con sólo 60 naira, unos 40 centavos de dólar.
Cuando terminó de contar la historia, Bidemi entró en el cuarto. Sonrió hacia Sarah, pero esta frunció el entrecejo.
Cuando se le dijo lo que había contado Sarah, Bidemi dijo simplemente: "Yo no hago trabajos sexuales".
Sarah rió y empezó a simular burlonamente incredulidad, hasta caerse contra un tabique de madera terciada.
"Bueno", dijo Bidemi, mirándola enfadada, "no quiero hacerlo más. Por eso dije que no lo hacía. Quiero volver a la escuela. Eso es lo que quiero hacer. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacerlo?"
Salió corriendo de la clínica y entró a un sendero de arena. Sarah y otras dos la siguieron gritando hasta que otros ruidos las silenciaron. Decenas de personas se acercaban a la aldea, pasando frente a la clínica. No estaba claro dónde iban ni por qué. Bidemi cogió a un amigo de la multitud.
"Se llevan a Ibrahim", gritó el amigo.
"¡No!", gritó Bidemi metiéndose en la turba.
Minutos después la multitud volvió a pasar, dirigida por un grupo de jóvenes que llevaban agarrado a un adolescente. El niño sollozaba.
Ganiu se apareció entonces y les obstruyó el paso. Bidemi le suplicó que interviniera y liberara al niño, Ibrahim, que vivía en la playa. Bidemi y sus amigas se reunían a menudo con los niños; Bidemi se sentía muy cerca de él.
Ganiu indicó al grupo de hombres que lo siguieran para hablar. Le contaron que Ibrahim, 14, era su pariente, que se había escapado y habían venido a recogerlo para llevarlo a casa. La familia estaba reclamando a su hijo.
Limpiándose las lágrimas, Bidemi dijo: "Es tan simpático, no quiero que se marche".
"Tiene que marcharse", dijo Nekan Bolade, 20, uno de los hermanos de Ibrahim, el sudor corriéndole por la cara y la espalda.
Ganiu se hizo a un lado. Bidemi no dijo nada cuando Ibrahim pasó de su familia a la de él. Esto no es nuevo en Kuramo. Es una aldea donde hay drama todos los días, y cambios constantes.
Ganiu también quiere marcharse. Dijo que espera marcharse pronto con un amigo a la Costa de Marfil, donde espera encontrar trabajo reparando equipos electrónicos.
Pero ha estado pensando en qué pasaría con Bidemi y las otras niñas si él se marchara. "Para ellas es terrible estar solas", dijo. "Pero tengo que empezar a pensar en mí mismo".
El doctor Job pasó por la villa miseria de la playa un día y se encontró con Bidemi. Ella llevaba una camiseta con las palabras Love Cat' y pantalones acampanados que se arrastraban por la arena.
"No te quiero obligar a nada", le dijo con su profunda voz de barítono. "Pero ¿vas a ir a la escuela? ¿Lo dices en serio?"
Ella miró hacia arriba la imponente figura del doctor, su ojo derecho cerrado. "Estoy lista para ponerme seria con los estudios", dijo. "Estoy dispuesta a ser obediente. Prefiero irme de aquí. Creo que tengo que marcharme".
Parecía triste, y sola. Le temblaba el cuerpo.
"¿Qué te pasa?", preguntó el doctor.
"Tengo hambre", dijo ella. "Tenía algo de comida, pero la compartí con mis amigas. Todas comieron, menos yo".
Job sacudió la cabeza. Y empezó a decir algo.
Pero entonces desde un callejón, una amiga de Bidemi la llamó, en yoruba. Bidemi desapareció con la velocidad de un rayo, corriendo por un sendero de arena.
Se puede escribir al autor: donnelly@globe.com
23 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Playa de Kuramo, Nigeria. No era más que una casucha de cartón y bambú.Pero para Bidemi Ademibo, 12, era todo. Durante más de dos meses, la casucha había sido un hogar para ella y otras ocho niñas. Algunas de ellas, como Bidemi, se habían escapado de casa. Otras eran huérfanas. Otras habían escapado de la esclavitud. Todas vivían por su cuenta.
Una mañana hace un año en esta villa miseria en la playa en los lindes sureños de Lagos, las nueve niñas miraban apáticas los restos de la casucha, palos carbonizados y los humeantes montones de cenizas. La noche anterior, una pandilla de hombres jóvenes habían echado gasolina sobre la casucha y encendido fuego. Las niñas despertaron con el calor y el humo, y se hicieron camino hacia la puerta, trepando unas sobre otras. Gritaron de miedo, sólo para ser silenciadas por los golpes de los hombres que esperaban fuera. Más tarde, las niñas se enteraron de que la pandilla estaba peleando con el dueño de la casucha por el control de la playa de Kuramo, y ellas eran simplemente un estorbo.
"Así piensa la gente aquí", dijo Bidemi, cuando sacaba espuma de un cojín quemado. "Todos sólo piensan en sí mismos, y en nadie más".
Bajo un cielo de un azul profundo, con el oleaje rugiendo en sus oídos, Bidemi y sus amigas entierran los dedos de los pies en la arena tibia. No saben dónde ir.
El motivo de la pelea no les interesa. Su casa ya no existe, y ellas están a la deriva. Otra vez.
Niñas como Bidemi son una vista inevitable en África, desde Senegal a Somalia, desde Egipto a Sudáfrica.
Una pobreza cada vez más aguda está llevando a muchas familias a echar a sus hijos a la calle a ganarse unos centavos por día. Las guerras y las enfermedades -el sida, en particular- han casi duplicado el número de huérfanos en el continente, de 3.5 millones en 1990 a casi 6 millones en 2001, y más millones hoy. Mientras que en el pasado estos huérfanos, abandonados y escapados habrían sido recogidos por familias extendidas, tribus y aldeas, la enorme cantidad de ellos ha barrido con esta tradición compasiva.
Y deben sobrevivir por sí mismos.
El año pasado, un reportero y un fotógrafo de Globe viajaron entre estos niños sobrevivientes y apuntaron sus historias: Niñas que no piensan dos veces en los peligros de vender sus cuerpos para pagarse una comida, y niñas que lo arriesgan todo por negarse a hacerlo. Un amable niño que confesó haber matado a otros niños para salvar su propia vida, y ahora se pregunta si acaso Dios le perdonará. Y una niña que perdió a sus dos padres, sólo para transformarse en la madre de sus hermanos menores y tener a cargo a su abuela -una matriarca, a los doce años.
Algunos de estos niños ruegan que algún adulto les ayude. Otros se aferran a su libertad.
Una niña menuda con sólo un ojo bueno, su izquierdo, está siempre al quite, mirando a su alrededor, atenta a la próxima oportunidad, y al próximo peligro.
Con el pelo corto, la pinta favorita de Bidemi es la camiseta sin mangas y pantalones bombachos o faldas sueltas; y a diferencia de muchas de sus amiguitas, rara vez se coloca pendientes. Muestra los primeros signos de que se está transformando en una mujer, y parece sentirse cómoda en la brecha entre la niñez y la adultez. Es tan popular con niñas de 10 como con jóvenes de 18.
Tiene algo especial, algo joven y frágil, y extrañamente indestructible. Su madurez, confianza en sí misma y conocimiento de la calle le ha ganado un séquito de seguidoras. Capta a la gente con sólo mirarla.
Pero aunque no le guste admitirlo, Bidemi es vulnerable. Se le nota a veces, cuando pone mala cara, o cuando alguien se burla de ella y la llama "tuerta", y ella se echa a llorar.
La playa de Kuramo, su mundo, es un estrecho tramo de arena, de sólo 120 metros de largo, atiborrada de gente que busca cualquier ventaja, por pequeña que sea. Aquí, Bidemi, con su magnética sonrisa, llama la atención. Las otras niñas, especialmente las de su edad, la ven como su confidente, su prestamista. La han visto librarse de casi todo. Y cuando fracasa, tiene el inexplicable don de escabullirse de las garras de los adultos que la han sorprendido en una mentira, o en algo peor.
Esta villa miseria es menos una comunidad que una colección de gente que tuvo problemas en otra parte y anda a la búsqueda de una nueva oportunidad en Lagos, una ciudad turbia y caótica de millones de habitantes que es el motor económico de Nigeria. La villa miseria de la playa en la de otro modo exclusiva Isla Victoria, a ocho kilómetros del centro de la ciudad, son realmente cinco aldeas conectadas con una población total de unas 15.000 personas. Ha sido un asentamiento ilegal por más de una generación, pero las autoridades no lo han demolido, en parte por temor a provocar disturbios.
No hay agua potable; los vendedores ambulantes la acarrean desde tierra firme y la venden a altos precios. No hay instalaciones sanitarias; una bahía que separa la faja de playa de la Isla Victoria es el retrete del pueblo. Y tampoco hay electricidad, aunque algunos se han colgado ilegalmente al tendido de la ciudad, conectando cables hacia sus casas.
Algunos en Kuramo sobreviven vendiendo pescado, que pescan en un canal contaminado en las cercanías o en el mar. Otros tienen pequeños negocios en sus casuchas. Pero la mayoría de las mujeres aquí venden su cuerpo para sobrevivir.
La buena vida está exasperantemente cerca, tan cerca que la pueden ver y oír -pero sin vivir en ella. Al otro lado de la bahía se ubican los hoteles más caros de África, donde una habitación corriente cuesta 320 dólares la noche, más que el salario anual de casi todos los que viven en Kuramo.
Un Niña Escapa de su Casa
Bidemi, ahora de 13, nació en un hospital justo al lado de la playa el 17 de enero de 1991. Su padre dijo que pesaba unos saludables 3 kilos y medio.
Su madre los abandonó cuando Bidemi tenía apenas 4 años; nunca le dijeron por qué ni adónde se había marchado, sólo que estaba en algún lugar de Lagos. Su padre, Ademibo Ogunyamoju, 46, no habla de su esposa, excepto para decir que es el demonio.
Ogunyamoju se volvió a casar poco después, y su segunda esposa y sus tres hijos viven en una desvencijada casucha sobre pilotes en la playa de Kuramo. Es una de las edificaciones más grandes de la aldea. Cuando Bidemi cumplió seis años, su padre la ponía a trabajar cuando no estaba en la escuela. Se dio cuenta de que era rápida con las matemáticas y la preparó para manejar sus múltiples negocios. Manejaba expertamente las cuentas de la venta de pescado, agua y licores, y de la recarga de baterías para motores. Durante sus ausencias, no era raro que ella manejara sumas de más de 50 dólares.
"Hice lo que pude por criarla", dijo su padre una tarde cuando reparaba una red de pesca. "Manejaba todo mi dinero, desde que era chica. Nunca sufrió conmigo. Le di un cuarto, la alimentaba, la envié a la escuela".
El padre, dijeron varios habitantes de la aldea, a menudo la castigaba duramente, a Bidemi y a su hermano mayor, Sunday, ahora de 21. La gente aquí tiene una alta resistencia a la violencia; no es raro en la aldea de la playa que las peleas terminen en los senderos de arena. Pero las golpizas de Ogunyamouju, cuando eran observadas por los vecinos, eran especialmente crueles.
"Tiene muy mal carácter", dijo Ade Alongo, 50, uno de los líderes del barrio. "Les pegaba con cualquier cosa que encontraba a la mano".
A veces, dijo Bidemi, su padre la golpeaba por las faltas más insignificantes. En otras ocasiones, admite, le robó dinero para comprar ropa o comida. Durante una paliza en 2001, dijo, la hebilla de su cinturón le dió en su ojo derecho, causándole una grotesca inflamación. Cuando finalmente logró abrirlo, ya no podía ver con él, dijo.
"Yo tenía diez años y mi padre y mi madrasta estaban buscando algo que era de uno de sus hijos y no lo podían encontrar", dijo, hablando en yoruba, la lengua dominante en esta parte de Nigeria. "Me acusaron de haberlo robado, y mi padre empezó a pegarme con el cinturón. Después de unos días mi ojo se había hinchado mucho, y me llevaron a un hospital. Querían operarme, pero mi padre se opuso".
En septiembre de 2003, después de terminar el quinto en la escuela primaria cerca de la playa, Bidemi se escapó de casa después de haber gastado unas 1.000 naira, el equivalente des 7 dólares con 25 centavos, del dinero de su padre, para comprarse dos blusas. Tenía miedo de que la golpeara.
Pero no llegó demasiado lejos. Terminó apenas a 150 metros de la casa de su padre, viviendo en un escondite con una pandilla de niñas. El padre dijo que durante las primeras semanas salió a buscarla todos los días, pero luego lo abandonó.
Niega haber golpeado a sus hijos y dijo que Bidemi había perdido la vista cuando fue atropellada por una motocicleta.
"¡Es una mentirosa!", gritó. "Nunca la he golpeado, nunca la he amenazado de ninguna manera".
Ogunyamoju se puso de mal humor. "Creo que la libertad que le di es lo que hizo que se descarriara. Se puso mala. Si la dejara vivir conmigo, me mataría. Fue mala desde el día mismo que nació. La traidora ataca a su propio padre".
No deja que ella se acerque a su casa, aunque dijo que le pagaría la matrícula escolar, que cuesta el equivalente de 120 dólares al año. Bidemi tampoco se acercaría a casa, ni aunque pudiera; le gusta demasiado su nueva independencia.
"A su edad, una niña que no pasa hambre, que no le falta nada, ¿qué hace para ganarse la vida? ¿A su edad? Pregúntele".
Se volvió hacia su red.
Con una Banda de Escapadas
En Kuramo, la pandilla de Bidemi cambia constantemente.
Seis meses después de que la casucha desapareciera entre las llamas, una niña volvió con su familia y otras tres se marcharon sin decir dónde. Pero varias otras niñas nuevas se han acercado.
Todavía andan juntas por la playa, a menudo haciendo el recorrido de varios restaurantes marítimos al aire libre con nombres como De Genius' y Black Ebony Spot'. Pero Bidemi extraña a sus viejas amigas.
"Éramos tan felices cuando jugábamos juntas", dijo. "La gente no nos molestaba. Nadie nos pegaba".
Bidemo y Sarah Olatunde, 12, estaban ahora durmiendo en lo que parece una videoteca. Tiene un piso de arena, un televisor en mal estado, y 60 videos, muchos de ellos hechos de películas de Nollywood', hechas en Nigeria. El dueño, Lati Ganiu, 25, uno de los matones de Kuramo, permite que varias de las niñas vagabundas alojen en su tienda por la noche. A veces duermen ahí más de una docena de niñas.
Ganiu, cuya esposa y dos hijos viven en otro lugar de Lagos, tenía una novia de 18 años de la playa llamada Amuda Idris. La ronca joven dijo que había escapado hace ocho meses de una familia que la había comprado a su padre y luego obligado a vender cosas en la calle. Idris dijo que soñaba con que Ganiu se casara algún día con ella. Por sugerencia de Ganiu, había tomado a Bidemi bajo su custodia.
Ganiu dijo que Bidemi lo impresionó desde el principio. "Es muy, muy obediente y trabajadora", y podía hacer cálculos matemáticos sin usar los dedos, dijo. "Es muy inteligente, de verdad".
Dijo también que era humilde, sin las bravatas de muchas niñas de la playa.
Bidemi se quedaba a menudo en la choza de Ganiu porque se preocupaba de que la tienda no estaba segura. En varias ocasiones habían entrado chicos en la noche, dijo, y habían tratado de quitarle la ropa.
A veces Ganiu le da de comer, pero Bidemi dijo que la mayoría de las veces mendiga dinero a los extranjeros y nigerianos ricos en un centro comercial en las cercanías y en torno a los restaurantes en la playa. A diferencia de otras muchas niñas, dijo, no hace contactos', o sexo, a cambio de dinero. "Nunca", dijo.
Dijo que todavía quiere ir a la escuela, y quedarse ahí varios años. "Quiero ser médico", dijo.
Durante un tiempo, la pandilla de Bidemi, cuyos miembros tienen entre 11 y 16 años, asistieron a una escuela en la playa gestionado por una iglesia local. Pero la iglesia había cerrado la escuela, y nadie sabía cuándo volverían a abrir.
Sin escuela, las niñas quedaron a la deriva. No había trabajo para ellas, en o fuera de la playa. Así que gorroneaban pequeñas sumas de dinero, la mayor parte de las veces a hombres o niños que conocían, y en raras ocasiones a parientes que vivían en las cercanías. Todo el dinero que obtenían lo gastaban de inmediato en galletas o en refrescos en alguna de las numerosas tiendas de Kuramo. Comida para una significaba comida para todas. Entre las niñas una norma ética no formulada es que el alimento se comparte.
Cuando satisfacían su hambre, y cuando no, el océano les hacía volver a ser niñas.
Tarde una noche, Bidemi e Idris llevaron a un grupo de 14 niñas y niños cerca de rompen las olas. La playa estaba llena de basura y magníficas cáscaras de naranja. Jugaron a la rayuela, bailaron, cantaron, y a una señal de Bidemi, corrieron a toda velocidad hacia el mar. Al principio se volvían cuando el agua les llegaba a las rodillas, pero una de ellas se agachó y una enorme ola le rompió encima. Chillaron de risa y pronto estaban todos en el oleaje, con el cuerpo batido por el agua espumosa.
"Es delicioso", dijo Bidemi al salir, una hora más tarde, empapada.
Pero, en el corto tiempo que toma a las niñas secarse, el ánimo puede pasar de la alegría al peligro en los calientes y arenosos pasillos de Kuramo, a 30 metros de ahí. Las mujeres, dijeron las niñas, a menudo las acosan y amenazan con pegarles a menos que les laven la ropa y les den dinero. Las peleas son habituales. Y los hombres les exigían sexo. Y los ladrones.
Un día Kuramo estalló de rabia. En un callejón, en un lapso de apenas 15 minutos, una vendedora de tomates de 8 años atacó a un niño dos veces mayor después de que él le birlara un tomate de su bandeja, y no dejó de arañarlo sino hasta que le arrancó su camiseta blanca. A unos pocos metros dos hombres se daban empujones y patadas y se arañaban, y terminaron cayendo contra una casucha, que casi echaron abajo. En una puerta, la sangre corría de un enorme tajo en la mano derecha de una de las amigas de Bidemi, una niña de 16 llamada Tawa Zubair, que dijo que un barbero la había cortado accidentalmente.
Pero lo que llamó la atención de los vecinos curtidos por la violencia, fue la vista de Ganiu, desnudo hasta la cintura, preparándose para dar de latigazos a dos niñas con un largo cable eléctrico blanco.
"¡Párenlo, párenlo!", gritó Sarah Olatunde, una de las mejores amigas de Bidemi, encogida de miedo y arrodillada debajo del cable levantado.
Bidemi se asomó a mirar la escena desde la videoteca.
La gente formó un círculo en torno a Ganiu y Sarah como espectadores en una pelea de gladiadores.
"¡Whack!", sonó el cable sobre la espalda de Sarah. Ganiu volvió a levantar el látigo. "¡Whack!" El sudor le corría por el torso.
"Nunca", gritó por sobre la multitud que murmuraba, golpeándola de nuevo. "¡Nunca vuelvas a hacer eso!"
Sarah se arrastró entre la multitud y se refugió detrás de unas piernas, como lo haría un perro. Ganiu cogió a la segunda niña, otra amiga de Bidemi, y la golpeó con igual ferocidad. La niña escapó, llorando.
Ganiu dijo que las dos habían llevado a otras niñas a la casucha la noche anterior, y ellas habían recibido a unos hombres para tener sexo a cambio de dinero.
"Yo los vi, y no voy a permitir que vuelva a ocurrir", dijo, jadeando pesadamente. "Lo que necesitan estas niñas es ir a la escuela, o trabajar. O simplemente marcharse de aquí".
Entonces arrojó el cable eléctrico a su tienda de videos.
Un Doctor Trata de Ayudar
La indignación de Ganiu no se extendió a Bidemi. Y él no era el único en ver en ella una promesa.
El doctor Job Ailuogwemhe, 35, médico e investigador afiliado a la Facultad de Salud Pública de Harvard, también se quedó intrigado. La conoció un día cuando controlaba la construcción de una clínica sanitaria en Kuramo, donde Harvard quiere trabajar para impedir la propagación del sida.
Ailuogwmhe, nigeriano, examinó detenidamente su ojo y dijo que conocía a un doctor en el Hospital Central de Lagos que podría tratarla. Le fijó una cita para el día siguiente. Bidemi, acompañada por su amiga Idris, estaba tranquila cuando el coche entró al hospital, a unos 10 minutos de la playa. Sólo una vez antes se había aventurado tan lejos de Kuramo, y fue sólo para vender ropa usada en un mercado de Lagos, a 25 minutos de autobús.
"El doctor Job", como es conocido entre sus amigos, la llevó a través de una sala atiborrada de archivos desde el suelo hasta el techo y la presentó a Anthony O. Anyameluna, optometrista. El doctor se volvió hacia Bidemi y abrió su ojo derecho, para examinarla. La lente de su ojo derecho estaba seriamente dañado. "Si sacamos las lentes, y la remplazamos, hay una posibilidad de que pueda volver a ver", dijo. "Pero tenemos que mirarla más de cerca".
La llevó a su despacho. Se transformó en el caso número 11421.
"¿Dónde están tus padres?", le preguntó. Ella no dijo nada. El doctor Job lo hizo por ella. "Fue su papá el que le hizo eso".
"¿La golpearon? Sabes que toda historia tiene dos lados", dijo el optometrista, enfocando la luz en su ojo derecho y cubriendo el izquierdo con un pedazo de papel. "Yo creo que eres una niña terca. Sabes, esto no es Estados Unidos. Aquí a los niños les pegamos. Es disciplina".
Apagó la luz del despacho.
"¿Puedes ver ahora?", preguntó, enfocando la linterna en su ojo derecho. "Toca la linterna".
Bidemi buscó con su brazo derecho. Pero no estuvo ni cerca. Él volvió a encender la luz, y suspiró.
"Los pronósticos son malos, muy malos", dijo el doctor. "Tiene dañada la retina. No puede ver la luz en absoluto. Hay una ligera desviación del ojo hacia la derecha. Un ojo está haciendo el trabajo de dos".
Pero dijo que una operación tendría propósitos cosméticos; si le sacaba las descoloridas lentes azul y blanco, los otros no se darían cuenta de que era ciega del ojo derecho. La operación costaría unos 360 dólares.
Bidemi lloró al salir.
"Yo quiero ver", susurró.
Estoy Dispuesta a Ser Obediente
Un día después de su paliza pública, Sarah Olatunde estaba en un cuarto de la clínica todavía en obras, un popular lugar de reunión de las niñas debido a que les daba privacidad y era fresco. Sarah estaba inquieta.
La niña de 12 años llevaba a menudo el ceño fruncido, como para alejar los problemas. Sentía a menudo que la vida era injusta con ella, y la paliza de Ganiu era la demostración más reciente. Dijo que ninguna de las niñas había tenido sexo esa noche.
Y sin embargo admitió espontáneamente que no era raro que ella, o las otras chicas, se prostituyeran. Dijo que hacía la calle en otras aldeas pobres cercanas, y ganaba 200 nairas por tener sexo con condón, y 400 sin condón -el equivalente de 1 dólar con 44 centavos, y 2 dólares con 88 centavos respectivamente. Prefería sin condón "porque necesito el dinero".
"Todas somos trabajadoras sexuales", dijo, encogiéndose de hombros. También Bidemi era una de ellas, dijo.
Sarah, con un vestido negro ajustado y pendientes en forma de cruces, describió una noche reciente en que Bidemi, ella misma y una tercera niña habían estado con un hombre cerca de la playa. Bidemi había accedido a tener sexo con él, pero cuando el hombre vio a Sarah y a la amiga mirando desde una ventana, la despachó con sólo 60 naira, unos 40 centavos de dólar.
Cuando terminó de contar la historia, Bidemi entró en el cuarto. Sonrió hacia Sarah, pero esta frunció el entrecejo.
Cuando se le dijo lo que había contado Sarah, Bidemi dijo simplemente: "Yo no hago trabajos sexuales".
Sarah rió y empezó a simular burlonamente incredulidad, hasta caerse contra un tabique de madera terciada.
"Bueno", dijo Bidemi, mirándola enfadada, "no quiero hacerlo más. Por eso dije que no lo hacía. Quiero volver a la escuela. Eso es lo que quiero hacer. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacerlo?"
Salió corriendo de la clínica y entró a un sendero de arena. Sarah y otras dos la siguieron gritando hasta que otros ruidos las silenciaron. Decenas de personas se acercaban a la aldea, pasando frente a la clínica. No estaba claro dónde iban ni por qué. Bidemi cogió a un amigo de la multitud.
"Se llevan a Ibrahim", gritó el amigo.
"¡No!", gritó Bidemi metiéndose en la turba.
Minutos después la multitud volvió a pasar, dirigida por un grupo de jóvenes que llevaban agarrado a un adolescente. El niño sollozaba.
Ganiu se apareció entonces y les obstruyó el paso. Bidemi le suplicó que interviniera y liberara al niño, Ibrahim, que vivía en la playa. Bidemi y sus amigas se reunían a menudo con los niños; Bidemi se sentía muy cerca de él.
Ganiu indicó al grupo de hombres que lo siguieran para hablar. Le contaron que Ibrahim, 14, era su pariente, que se había escapado y habían venido a recogerlo para llevarlo a casa. La familia estaba reclamando a su hijo.
Limpiándose las lágrimas, Bidemi dijo: "Es tan simpático, no quiero que se marche".
"Tiene que marcharse", dijo Nekan Bolade, 20, uno de los hermanos de Ibrahim, el sudor corriéndole por la cara y la espalda.
Ganiu se hizo a un lado. Bidemi no dijo nada cuando Ibrahim pasó de su familia a la de él. Esto no es nuevo en Kuramo. Es una aldea donde hay drama todos los días, y cambios constantes.
Ganiu también quiere marcharse. Dijo que espera marcharse pronto con un amigo a la Costa de Marfil, donde espera encontrar trabajo reparando equipos electrónicos.
Pero ha estado pensando en qué pasaría con Bidemi y las otras niñas si él se marchara. "Para ellas es terrible estar solas", dijo. "Pero tengo que empezar a pensar en mí mismo".
El doctor Job pasó por la villa miseria de la playa un día y se encontró con Bidemi. Ella llevaba una camiseta con las palabras Love Cat' y pantalones acampanados que se arrastraban por la arena.
"No te quiero obligar a nada", le dijo con su profunda voz de barítono. "Pero ¿vas a ir a la escuela? ¿Lo dices en serio?"
Ella miró hacia arriba la imponente figura del doctor, su ojo derecho cerrado. "Estoy lista para ponerme seria con los estudios", dijo. "Estoy dispuesta a ser obediente. Prefiero irme de aquí. Creo que tengo que marcharme".
Parecía triste, y sola. Le temblaba el cuerpo.
"¿Qué te pasa?", preguntó el doctor.
"Tengo hambre", dijo ella. "Tenía algo de comida, pero la compartí con mis amigas. Todas comieron, menos yo".
Job sacudió la cabeza. Y empezó a decir algo.
Pero entonces desde un callejón, una amiga de Bidemi la llamó, en yoruba. Bidemi desapareció con la velocidad de un rayo, corriendo por un sendero de arena.
Se puede escribir al autor: donnelly@globe.com
23 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
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áfrica y sus niños
[John Donnelly] Thandeka perdió a sus padres. ¿Debería también ella abandonar a sus hermanos? Quizá tenga que hacerlo, para sobrevivir.
Sibovu, Suazilandia. Las dos viejas estaban discutiendo sobre su futuro, pero Thandeka Motsa, de 13, apenas se atrevía a escuchar.
"Thandeka debe crecer en un lugar diferente", dijo la tía abuela, Lephinah Vilakati, sentada en una esterilla trenzada frente a su choza con tejado de paja y pollos dando vueltas en los alrededores.
La otra mujer, la bisabuela de Thandeka, Sellinah Sibandze, frunció el ceño y asintió.
Thandeka había perdido a sus dos padres el año anterior: su madre murió de sida, su padre en un accidente.
Desde entonces, ella y su hermano y hermana más pequeños han vivido con la vieja Sibandze, de 94, en esta granja en la cima de la colina.
Todas las tareas de la casa, y de crianza de los niños, han caído en manos de Thandeka. Sin embargo, Sibandze trataba a los niños como si fueran una carga, burlándose de ellos constantemente. Thandeka lloraba todos los días cuando preparaba la comida, o trapeaba la cocina.
Y así, hoy, cuando las mujeres hablaban, la cuestión era si esa carga debía ser compartida -si Thandeka debía mudarse a vivir con otra familia.
"Pero", continuó Vilakati, sopesando su argumento, "ella tiene una hermana menor, y un hermano menor, y es como madre para ellos. Y también tiene que cuidarte a ti, bisabuela".
Sibandze, sentada en la esterilla en el suelo, no respondió directamente. En lugar de eso, las emprendió contra el difunto padre de Thandeka.
"Habría sido mejor si el padre de Thandeka no hubiera muerto", dijo la anciana. "Pero tampoco servía de mucho cuando estaba vivo. Ni siquiera les daba cerillas para encender las fogatas".
Thandeka achicó los ojos.
"Está mintiendo", dijo, susurrando. Se deslizó detrás de una pequeña casa de ladrillos, dobló las piernas debajo de su cuerpo y se puso las manos sobre la cara.
Pronto las lágrimas mancharon su delgada chaquetilla azul.
Las matriarcas divagaron durante un rato antes de volver a ella. "¿Qué piensa Thandeka?", preguntó la tía abuela.
¿Qué podía decir la niña?
"No tiene sentido", dijo Thandeka limpiándose los ojos y la nariz. "Si digo algo, mi bisabuela me gritará. Será todavía peor. Quiero marcharme. Pero si me marcho, ¿qué pasará con mis hermanos?" El dilema de Thandeka es también el dilema de África.
Según estimaciones de Naciones Unidas hay ahora unos 11 millones de niños viviendo al sur del desierto del Sahara que han perdido a uno o los dos padres a causa del sida, y su número será probablemente el doble dentro de seis años.
El diminuto reino de Suazilandia, rodeado casi enteramente por África del Sur, es sólo uno de los países africanos abrumados por esta avalancha de tragedias familiares.
Las familias extensas, aquí y en todo el continente, se han estado ocupando de estos niños durante años. Pero sea a causa de la pobreza o del cansancio emocional, muchas ya no pueden soportar la carga. Más y más niños son abandonados o maltratados, o deben sobrevivir por sí mismos. Voluntarios de algunos centros de alimentación informan haber visto a grupos de niños salir caminando de la selva, vagabundos. Llegan sucios, no hablan, y se están muriendo de hambre.
Suazilandia, un país tradicionalmente orgulloso, de un millón de habitantes, ha desarrollado un creativo plan nacional para combatir el sida, incluyendo programas de ayuda a los huérfanos. Algunos jefes tribales han sembrado campos de maíz y otros vegetales sólo para estos niños.
Sin embargo, estas iniciativas están en su infancia, y no están a la altura de la crisis. En Sibovu, la aldea de Thandeka de 3.000 habitantes en el lejano suroeste del país, casi la mitad de los 430 alumnos de la escuela básica local este año son huérfanos o están clasificados como vulnerables, lo que quiere decir que carecen de supervisión parental y pueden estar desnutridos, dijo Ethwel Matsebula, la directora de la escuela.
Las cifras han aumentado de forma dramática el año pasado, y los aldeanos están haciendo lo que pueden para ocuparse de ellos.
Una red informal de unos 40 vecinos recorre las laderas para visitar a los enfermos en casas que no tienen electricidad, ni agua potable, ni condiciones sanitarias adecuadas.
Las voluntarias -son todas mujeres- son casi todas portadoras del virus del sida. También supervisan tres comedores de huérfanos, donde las voluntarios calientan cacerolas de potaje de maíz en fogatas de leña.
Pero los centros no tienen alimentos, las mujeres no llevan ni medicinas ni comidas a los enfermos, y sus propias filas están disminuyendo. En dos años, diez de las voluntarias del grupo han muerto de enfermedades relacionadas con el sida.
Cuatro Niños Propios
Una de ellas era Thembi Elizah Mathola, la madre de Thandeka.
Murió el 25 de agosto de 2003, en la cama gigante que compartía con Thandeka, los dos niños Khetha, entonces de ocho, y Thabo, de siete, y la abuela, Sibandze. Su cuarto hijo, Lucky Malinga, entonces de 16, dormía en otro cuarto.
El destartalado y verde pasaporte de Suazilandia de Mathola la identificaba como "ama de casa", aunque nunca se casó y se ganó la vida durante varios años trabajando en un taller de costura antes de enfermar en 1999. El padre de su hijo mayor vivía a cinco minutos de camino de la granja de la familia, pero no quiso tener nada que ver con Lucky. El padre de los tres hijos menores era Daniel Motsa, un plomero. Vivía con otra mujer cerca de Manzini, a dos horas de autobús hacia el norte.
Thandeka acostumbraba a pasar muchos fines de semana con su padre. De vez en vez, él la daba, y a sus hermanos pequeños, dinero para pagar la matrícula de la escuela y los textos escolares, contó ella.
Thandeka adoraba pasar el tiempo con él, pero siempre volvía a casa los domingos por la tarde, porque sabía que su madre la necesitaba.
Mathola dependía de su familia extensa para que la ayudaran a alimentar y vestir a sus hijos, y, a medida que empeoraba, comenzó a depender de Thandeka, que la cuidaba, y para que se ocupara de Khetha y Thabo.
Cuando Thandeka tenía ocho años, su madre la llevó en un autobús en un viaje de dos horas al hospicio donde daban medicinas gratuitamente. Le pidió a su hija que memorizara la ruta, y pronto Thandeka entendió por qué. Pocas semanas después Thandeka, ya demasiada enferma para viajar, envió a su hija sola.
"Tenía miedo", recordó Thandeka, hablando en siswati, la lengua más común en Suazilandia. "Pero entonces empecé a ir un montón de veces, y me aprendí el camino. No tenía alternativa".
Durante los siguientes cuatro años volvió a la clínica dos o tres veces al mes a recoger medicinas. En varias ocasiones Mathola enfermó tanto que la familia la llevó a un hospital cercano. En el pabellón de los adultos, el trabajo de cuidarla se le encargó a Thandeka, que hacía sus comidas y atendía a sus necesidades. Durante esos años, la niña perdió varias semanas de escuela.
Mathola trató de preparar a Thandeka y sus otros hijos para cuando ella no estuviera.
"Le dijo a Thandeka y a mí y a mi hermano y hermana que debíamos quedarnos aquí en casa cuando ella muriera", dijo Lucky, su hijo mayor. "Nos dijo que debíamos abstenernos de tener sexo, por el peligro del sida. Y nos dijo que debíamos ser buenos unos con otros".
Su madre también trató de alegrarles toda vez que pudo, deleitando a sus hijos con historias tradicionales de Suazilandia. La favorita de Thandeka giraba sobre un buitre que engatusaba a una madre para que lo dejara cuidar a su bebé, y luego se escapaba con el niño en sus garras.
La madre recorría la aldea cantando sobre su triste destino y finalmente reencontraba al bebé.
Una de las amigas de Mathola, Siphiwe Hlophe, directora del Positive Living for Life, de Suazilandia, una organización de gente sero-positiva con capítulos locales en todo el país, contó que Mathola tenía un anhelo para su hija mayor. "Quería que fuera la madre de sus hermanos menores".
Cuando Mathola se acercaba a la muerte, nadie de la familia extensa quiso asumir la responsabilidad de los niños, dijo Hlophe. Nadie sabía cómo sobrevivirían.
Algunos de los 18 miembros de la familia extensa de Vilakati, incluyendo a Thandeka y sus hermanos, vivían en terrenos adyacentes en una rocosa colina justo al norte de Sibovu. Lephinah Vilakati, la tía abuela de Thandeka, estaba a cargo de la granja. Daba las órdenes para las tareas del día y dirigía las ocasiones importantes de la vida aquí, desde los nacimientos hasta los funerales.
La granja consistía de tres pequeñas construcciones de ladrillo, un tractor, 22 vacas, 10 cerdos, ocho cabras, 30 pollos, 20 gallinas, siete gansos y siete perros flacos como lebreles.
Thandeka, sus hermanos y su bisabuela vivían en una casa de tres cuartos a unos 30 metros de ahí; no tenían ganado propio.
Después de la muerte de Mathola, Thandeka debió ocuparse de cocinar, limpiar, sembrar verduras y recoger las raíces comestibles y bayas silvestres para la familia. La tía abuela de Thandeka, Vilakati, las vigilaba, pero Vilakati apenas sembraba lo suficiente en la granja como para alimentar a su propia familia.
Los niños sufrieron un segundo golpe tres días después de la muerte de su madre.
El padre de Thandeka, Motsa, murió de envenenamiento de gases naturales. Había olvidado apagar la hornilla una noche. La policía concluyó que la muerte había sido accidental, pero Hlophe se preguntó si acaso el padre de Thandeka se mató a sí mismo. Mucha gente en Suazilandia se ha suicidado, dijo, tras enterarse de que sus parejas tenían sida y que ellos también estaban probablemente contagiados.
La muerte de Motsa dejó a Thandeka y sus hermanos completamente dependientes de lo que pudieran rebuscar y de lo que sus familiares pudieran darles.
Un día, Hlophe, haciendo su vuelta para el grupo Positive Living for Life, visitó la casa de la familia. Cuando saludaba a los miembros del clan vio a Thandeka en la distancia, corriendo hacia ella, sonriendo. Se abrazaron.
La tía abuela de Thandeka, Vilakati, contó las nuevas. Una molestia, dijo, era que la directora de la escuela primaria había devuelto a casa al hermano menor de Thandeka, Thabo, porque no llevaba el uniforme de la escuela.
"No sé a quién le envía el niño la directora", dijo Vilakati. "Ahora no hay nadie aquí".
Thandeka miró hacia el suelo, cubriéndose la cara. Lo sintió como un juicio de sus esfuerzos. Y era otro recordatorio de que su madre y su padre habían muerto.
Hlophe la abrazó con sus grandes brazos. "Está bien", le dijo, una y otra vez.
Un Hogar Hostil
En presencia de Thandeka no es difícil entender por qué su madre puso tanta fe en ella.
Es una niña fornida, alta para su edad, de 1 metro 53, y de casi 50 kilos. Su frente es amplia y lisa, excepto cuando ríe y se arruga. Y cuando se ríe y lanza bocanadas de palabras con su voz aguda, los demás ríen con ella.
Su alegría es contagiosa, especialmente para sus amigas, que a menudo se disuelven en ataques de risa tonta y luego se trepan unas a otras en juguetones abrazos. Son la pasión de su vida, aunque los chicos están empezando a hacerse un hueco en su cabeza.
Pero un año después de la muerte de sus padres, no tuvo muchas ocasiones de sonreír. Ella y sus hermanos sí tuvieron un respiro: el grupo de Hlophe pagó las matrículas de todos los hijos de Mathola.
De otro modo, para Thandeka el peso de ser cabeza de familia a su edad fue simplemente demasiado. Su cara se ensombrece a menudo. Propinó a menudo castañazos a sus hermanos menores, algo que ella no había nunca antes. Se ponía a llorar por los motivos más nimios.
Y hubo muchos motivos.
Una noche su bisabuela, enfadada porque los niños se habían comido la mayor parte de la cena y le habían dejado a ella muy poco, le dijo a Thandeka que se marchara y no volviera nunca más.
Thandeka corrió a la aldea y se encontró con una persona adulta a la que ella conocía. Juntos se acercaron a la policía de la comunidad. La policía visitó la granja y pidió a la bisabuela que fuera más amable con Thandeka, pero las palizas verbales no se detuvieron.
"Me está diciendo siempre cosas como: Tu madre y tu padre no servían para nada'. O: Tú no eres de aquí. Esta no es tu casa'", dijo Thandeka. Lucky, su hermano mayor, dijo que Thandeka llevaba el peso de la ira de la anciana.
En su miseria, Thandeka pensó en una manera de salir: resucitar un ofrecimiento de la familia de su mejor amiga para que su familia la aceptara. El ofrecimiento había sido rechazado por las matriarcas de la familia poco después de que muriera la madre de Thandeka.
Hace poco, la mejor amiga de Thandeka, Bonsile Tsabedze, 12, había renovado el ofrecimiento y la instó a tratar nuevamente el tema con las viejas de la familia. Pero cuando lo hizo, Sibandze le lanzó una diatriba y Thandeka retrocedió.
Al día siguiente Thandeka decidió intentarlo de nuevo.
Después de salir de la escuela, Thandeka marchó bajo el cielo azul con sus dos hermanos menores hacia el comedor de los huérfanos. El estrecho sendero los llevó a través de la hierba dorada que casi les cubría la cabeza. Thandeka apretaba en su mano las notas. En los exámenes de ocho asignaturas, tenía un total combinado de 428 puntos de un máximo de 800 -apenas bueno para aprobar.
"No me fue muy bien", dijo, abatida.
"Tengo que estudiar más, pero no tengo tiempo".
El comedor había estado cerrado durante los dos últimos días y los tres hijos de Motsa llegaron tarde para las comidas de ese día. Como el supervisor había salido, Thandeka entró a la casa y encontró una cacerola fría con una papilla de maíz. Encontró dos cucharadas de un berza cocida y la mezcló con la dulzona papilla para Khetna, ahora de 9, y Thabo, de 8. Los dos se la tragaron. Thandeka no comió nada. No había comido en dos días.
"Esperaré", dijo simplemente, y se volvieron a casa.
No estaba pensando en comer. Estaba pensando en lo que diría a las matriarcas de la familia.
Cuando llegó a la granja, la tía abuela la llamó. Estaba sentada en su estera bajo el sol, y Sibandze estaba tendida a su lado. Thandeka se sentó cerca de ellas.
"Thandeka, si te quieres marchar, tienes que decírnoslo, y decirnos por qué", dijo Vilakati, retomando de inmediato el tema del día anterior.
Thandeka susurró: "La bisabuela nos acosa. Cuando comemos, nos dice que le estamos quitando la comida. Cuando dormimos, nos dice que estamos usando sus sábanas".
"No sabía que pasaba esto", dijo Vilakati. "¿Por qué no dijiste nada?" Thandeka replicó: "Usted siempre dice que hay que ser paciente con la bisabuela, que está vieja y que su corazón no funciona bien".
La bisabuela la interrumpió: "Tus padres, y tú también, Thandeka, todos ustedes no me dais más que problemas".
"Es por eso que quiero marcharme", dijo Thandeka.
Vilakati miró hacia el cielo. "No podemos obligarte a seguir aquí si te sientes acosada", dijo finalmente.
"Su motivo para marcharse no me impresiona", dijo la bisabuela. "No creo que se estén muriendo de hambre.
"Comen. No sé qué más quieren. Si somos pobres, vamos a ser pobres juntos".
"Tú estás muy ligada a ellos", dijo Vilakati. "De otro modo, te las arreglarías para que estuvieran mejor en otro lugar. Si se marcha, está bien. Yo puedo cuidar de ti, bisabuela.
Mi preocupación es: quién se ocupará de los niños".
"Yo creo que la otra familia tiene que venir aquí y hablar con nosotras", dijo la tía abuela.
Thandeka se levantó y se encaminó hacia la casa de su amiga, una caminata de 40 minutos que la hacía pasar frente a las diminutas aulas de la escuela básica, las tres tiendas de la aldea y una carnicería, los campos de marchitos tallos de maíz y docenas de pequeñas casas en las colinas.
Para cuando llegó, Thandeka apenas podía dominar la emoción. Corrió hacia Jabu Tsebedze, la madre de su mejor amiga, que estaba fuera hablando con una amiga.
"Hablé con mi bisabuela y mi tía abuela sobre mudarme acá", dijo, sin aliento, y luego tragó aire, pensando que quizás la familia ahora no la querría. "Si todavía le parece bien a usted".
"Ah", dijo Tsabedze, sorprendida. Examinó detenidamente a la niña. Thandeka se estaba mirando los pies.
"Está bien", dijo Tsabedze. "No tengo problemas. "Pero ¿qué harás con tus hermanos?" "No sé", dijo Thandeka.
Tsabedze se marchó a llamar a su marido, Alfred. Era el gerente de una tienda de materiales de construcción en Mbabane, la capital.
Por teléfono, escuchó a su mujer y luego le dijo: "No podemos dejar que Thandeka siga sufriendo. Pero tienes que asegurarte de que su familia lo encuentra bien, de que no tendrán rencor".
Ella asintió. Colgó y le dijo a Thandeka que iría a hablar con su familia al día siguiente.
Thandeka corrió hacia su amiga Bonsile, y otra compañera de la escuela. Ngabisa Magagula, para contarle la noticia. La vieja Thandeka había vuelto a renacer, la chica alegre a la que le gustaba dar volteretas, la niña de 13 que quería su parte de diversión en la vida. El viento se llevó las voces de las niñas sobre las colinas.
La Elección De Una Niña
A la mañana siguiente, Jabu Tsabedze se sentía ansiosa cuando se preparaba para hablar con las dos ancianas. Sin embargo, tenía un aire sereno. Ella y su marido tenían dos hijos, pero en los últimos años habían acogido a otros cuatro que habían perdido a sus dos padres. Pagaban la comida de los niños, la ropa, los útiles escolares.
Si se agregaban Thandeka y sus hermanos, su único problema sería encontrar dinero para pagar la matrícula de la escuela.
Jabu Tsabedze creía que debía ayudar a los menos afortunados; también quería que las niñas tuvieran más oportunidades que las que había tenido ella. Dijo que su padre creía que la educación era una pérdida de tiempo con las niñas, y por eso sólo había llegado al cuarto año. Su hermano llegó a la universidad en Estados Unidos y en Canadá.
La saludaron los gallos cuando subió a la colina donde estaba la granja de Thandeka. Llevaba una chaqueta abotonada para protegerse del frío del invierno, una falda, y un sombrero de paja de ala ancha. La tía abuela, Vilakati, la vio y se sentaron en un lugar tranquilo. Tsabedze le ofreció ocuparse de los tres niños. La tía abuela respondió que si Thandeka se marchaba, no podría volver nunca más.
No explicó por qué, pero Jabu Tsabedze cree que la anciana estaba amargada porque Thandeka había acudido fuera de su familia en busca de ayuda.
Tsabedze se levantó fatigada. Cruzó la granja para saludar a la bisabuela y se sentó junto a ella en su estera. Le dijo a la anciana que estaba dispuesta a ocuparse de Thandeka y los niños. "Estoy vieja", dijo la bisabuela. "No me puedo ocupar de los niños.
"Si Thandeka se quiere marchar, que se marche".
Tsabedze gritó: "¡Thandeka!" La niña corrió hacia ella. Tsabedze le habló con firmeza: "Thandeka, tu bisabuela me ha dicho que te puedes ir conmigo. Te quedarás conmigo. Quiero que sepas que yo castigo a los niños. Si tienes la intención de portarte mal, te castigaré. ¿Entiendes?"
Thandeka asintió.
La tía abuela, Vilakati, llegó y se sentó dándole la espalda a Tsabedze.
"¿Y qué pasará con los niños?", preguntó Tsabedze.
"Son muy jóvenes para marcharse", dijo la bisabuela.
Tsabedze, decepcionada, le dijo a Thandeka que reuniera sus cosas.
En la casa Thandeka apenas necesitó un minuto para reunir todas sus cosas y meterlas en una gran bolsa de plástico blanco.
Afuera, Tsabedze le dijo a las matriarcas que deberían hablar con Khetha y Thabo.
"Creo que van a llorar", dijo Tsabedze.
Vilakati los llamó, y los dos aparecieron prontamente.
"Thandeka se irá a vivir con esta mujer", les dijeron. "Vosotros quedaréis con la bisabuela. No debéis escaparos. Si queréis ver a Thandeka, tendréis que decirnoslos". Thabo parecía aturdido. Khetha agachó la cabeza y apretó los ojos. Le temblaba el labio inferior, y asintió.
Luego corrió hacia el retrete y cerró la puerta.
Thandeka miraba desde la casa. "Salani kahle" -que estés bien-, gritó a su hermana. Y entonces se marchó.
Nuevo Hogar, Nuevas Crisis
La casa de Tsabedze era una colección de tres pequeñas casas, un gallinero elevado y un refugio cubierto para el grande y ceboso cerdo de la familia, llamado Sister.
Jabu Tsabedze le enseñó a Thandeka su nuevo dormitorio. Consistía de un enorme armario lleno de ropa y tres camas apretujadas contra las paredes. Tres niñas compartían el cuarto: su hija Bonsile, y dos huérfanas, una de ellas amiga de Thandeka, Ngabisa. Thandeka compartiría la cama con Bonsile, dijo ella.
Bonsile y Ngabisa corrieron al cuarto y se sentaron junto a Thandeka. Las tres rieron bobamente, se abrazaron y cayeron sobre el colchón unas sobre otras, acariciándose las caras de alegría. Pronto, las tres corrían por los campos de la familia, cayéndose en la hierba y parándose de cabeza.
"Todo lo que siento ahora es felicidad", dijo Thandeka a sus amigas.
Pero el sentimiento no duró mucho tiempo.
Tres días después, Thandeka recibió una terrible noticia. Había habido un accidente. Un tractor se había volcado, matando a dos personas. Una de ellas era su tía abuela, Lephinah Vilakati.
Vialakati fue sepultada ese fin de semana en la granja de la familia. Más de 200 personas se reunieron en la colina, incluyendo a Thandeka y a Siphiwe Hlophe, la directora de la organización de Suazilandia para la gente con sida.
Hlophe abrazó a Thandeka y propuso que la niña debería volver. "Ahora que murió tu tía abuela, no hay nadie que pueda cocinar para sus hermanos menores", dijo. Thandeka no dijo nada.
Hlophe se alejó preocupada. Dijo que pensaba volver a Sibovu a fines de la semana. Necesitaba hablar nuevamente con Jabu Tsabedze, la bisabuela, y con Thandeka.
En esta nueva crisis, sabía, nadie estaba pensando en Kheta y Thabo, los niños que ahora no tenían a nadie.
Se puede escribir al autor a: donnelly@globe.com
23 de noviembre de 2004
6 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
"
Sibovu, Suazilandia. Las dos viejas estaban discutiendo sobre su futuro, pero Thandeka Motsa, de 13, apenas se atrevía a escuchar."Thandeka debe crecer en un lugar diferente", dijo la tía abuela, Lephinah Vilakati, sentada en una esterilla trenzada frente a su choza con tejado de paja y pollos dando vueltas en los alrededores.
La otra mujer, la bisabuela de Thandeka, Sellinah Sibandze, frunció el ceño y asintió.
Thandeka había perdido a sus dos padres el año anterior: su madre murió de sida, su padre en un accidente.
Desde entonces, ella y su hermano y hermana más pequeños han vivido con la vieja Sibandze, de 94, en esta granja en la cima de la colina.
Todas las tareas de la casa, y de crianza de los niños, han caído en manos de Thandeka. Sin embargo, Sibandze trataba a los niños como si fueran una carga, burlándose de ellos constantemente. Thandeka lloraba todos los días cuando preparaba la comida, o trapeaba la cocina.
Y así, hoy, cuando las mujeres hablaban, la cuestión era si esa carga debía ser compartida -si Thandeka debía mudarse a vivir con otra familia.
"Pero", continuó Vilakati, sopesando su argumento, "ella tiene una hermana menor, y un hermano menor, y es como madre para ellos. Y también tiene que cuidarte a ti, bisabuela".
Sibandze, sentada en la esterilla en el suelo, no respondió directamente. En lugar de eso, las emprendió contra el difunto padre de Thandeka.
"Habría sido mejor si el padre de Thandeka no hubiera muerto", dijo la anciana. "Pero tampoco servía de mucho cuando estaba vivo. Ni siquiera les daba cerillas para encender las fogatas".
Thandeka achicó los ojos.
"Está mintiendo", dijo, susurrando. Se deslizó detrás de una pequeña casa de ladrillos, dobló las piernas debajo de su cuerpo y se puso las manos sobre la cara.
Pronto las lágrimas mancharon su delgada chaquetilla azul.
Las matriarcas divagaron durante un rato antes de volver a ella. "¿Qué piensa Thandeka?", preguntó la tía abuela.
¿Qué podía decir la niña?
"No tiene sentido", dijo Thandeka limpiándose los ojos y la nariz. "Si digo algo, mi bisabuela me gritará. Será todavía peor. Quiero marcharme. Pero si me marcho, ¿qué pasará con mis hermanos?" El dilema de Thandeka es también el dilema de África.
Según estimaciones de Naciones Unidas hay ahora unos 11 millones de niños viviendo al sur del desierto del Sahara que han perdido a uno o los dos padres a causa del sida, y su número será probablemente el doble dentro de seis años.
El diminuto reino de Suazilandia, rodeado casi enteramente por África del Sur, es sólo uno de los países africanos abrumados por esta avalancha de tragedias familiares.
Las familias extensas, aquí y en todo el continente, se han estado ocupando de estos niños durante años. Pero sea a causa de la pobreza o del cansancio emocional, muchas ya no pueden soportar la carga. Más y más niños son abandonados o maltratados, o deben sobrevivir por sí mismos. Voluntarios de algunos centros de alimentación informan haber visto a grupos de niños salir caminando de la selva, vagabundos. Llegan sucios, no hablan, y se están muriendo de hambre.
Suazilandia, un país tradicionalmente orgulloso, de un millón de habitantes, ha desarrollado un creativo plan nacional para combatir el sida, incluyendo programas de ayuda a los huérfanos. Algunos jefes tribales han sembrado campos de maíz y otros vegetales sólo para estos niños.
Sin embargo, estas iniciativas están en su infancia, y no están a la altura de la crisis. En Sibovu, la aldea de Thandeka de 3.000 habitantes en el lejano suroeste del país, casi la mitad de los 430 alumnos de la escuela básica local este año son huérfanos o están clasificados como vulnerables, lo que quiere decir que carecen de supervisión parental y pueden estar desnutridos, dijo Ethwel Matsebula, la directora de la escuela.
Las cifras han aumentado de forma dramática el año pasado, y los aldeanos están haciendo lo que pueden para ocuparse de ellos.
Una red informal de unos 40 vecinos recorre las laderas para visitar a los enfermos en casas que no tienen electricidad, ni agua potable, ni condiciones sanitarias adecuadas.
Las voluntarias -son todas mujeres- son casi todas portadoras del virus del sida. También supervisan tres comedores de huérfanos, donde las voluntarios calientan cacerolas de potaje de maíz en fogatas de leña.
Pero los centros no tienen alimentos, las mujeres no llevan ni medicinas ni comidas a los enfermos, y sus propias filas están disminuyendo. En dos años, diez de las voluntarias del grupo han muerto de enfermedades relacionadas con el sida.
Cuatro Niños Propios
Una de ellas era Thembi Elizah Mathola, la madre de Thandeka.
Murió el 25 de agosto de 2003, en la cama gigante que compartía con Thandeka, los dos niños Khetha, entonces de ocho, y Thabo, de siete, y la abuela, Sibandze. Su cuarto hijo, Lucky Malinga, entonces de 16, dormía en otro cuarto.
El destartalado y verde pasaporte de Suazilandia de Mathola la identificaba como "ama de casa", aunque nunca se casó y se ganó la vida durante varios años trabajando en un taller de costura antes de enfermar en 1999. El padre de su hijo mayor vivía a cinco minutos de camino de la granja de la familia, pero no quiso tener nada que ver con Lucky. El padre de los tres hijos menores era Daniel Motsa, un plomero. Vivía con otra mujer cerca de Manzini, a dos horas de autobús hacia el norte.
Thandeka acostumbraba a pasar muchos fines de semana con su padre. De vez en vez, él la daba, y a sus hermanos pequeños, dinero para pagar la matrícula de la escuela y los textos escolares, contó ella.
Thandeka adoraba pasar el tiempo con él, pero siempre volvía a casa los domingos por la tarde, porque sabía que su madre la necesitaba.
Mathola dependía de su familia extensa para que la ayudaran a alimentar y vestir a sus hijos, y, a medida que empeoraba, comenzó a depender de Thandeka, que la cuidaba, y para que se ocupara de Khetha y Thabo.
Cuando Thandeka tenía ocho años, su madre la llevó en un autobús en un viaje de dos horas al hospicio donde daban medicinas gratuitamente. Le pidió a su hija que memorizara la ruta, y pronto Thandeka entendió por qué. Pocas semanas después Thandeka, ya demasiada enferma para viajar, envió a su hija sola.
"Tenía miedo", recordó Thandeka, hablando en siswati, la lengua más común en Suazilandia. "Pero entonces empecé a ir un montón de veces, y me aprendí el camino. No tenía alternativa".
Durante los siguientes cuatro años volvió a la clínica dos o tres veces al mes a recoger medicinas. En varias ocasiones Mathola enfermó tanto que la familia la llevó a un hospital cercano. En el pabellón de los adultos, el trabajo de cuidarla se le encargó a Thandeka, que hacía sus comidas y atendía a sus necesidades. Durante esos años, la niña perdió varias semanas de escuela.
Mathola trató de preparar a Thandeka y sus otros hijos para cuando ella no estuviera.
"Le dijo a Thandeka y a mí y a mi hermano y hermana que debíamos quedarnos aquí en casa cuando ella muriera", dijo Lucky, su hijo mayor. "Nos dijo que debíamos abstenernos de tener sexo, por el peligro del sida. Y nos dijo que debíamos ser buenos unos con otros".
Su madre también trató de alegrarles toda vez que pudo, deleitando a sus hijos con historias tradicionales de Suazilandia. La favorita de Thandeka giraba sobre un buitre que engatusaba a una madre para que lo dejara cuidar a su bebé, y luego se escapaba con el niño en sus garras.
La madre recorría la aldea cantando sobre su triste destino y finalmente reencontraba al bebé.
Una de las amigas de Mathola, Siphiwe Hlophe, directora del Positive Living for Life, de Suazilandia, una organización de gente sero-positiva con capítulos locales en todo el país, contó que Mathola tenía un anhelo para su hija mayor. "Quería que fuera la madre de sus hermanos menores".
Cuando Mathola se acercaba a la muerte, nadie de la familia extensa quiso asumir la responsabilidad de los niños, dijo Hlophe. Nadie sabía cómo sobrevivirían.
Algunos de los 18 miembros de la familia extensa de Vilakati, incluyendo a Thandeka y sus hermanos, vivían en terrenos adyacentes en una rocosa colina justo al norte de Sibovu. Lephinah Vilakati, la tía abuela de Thandeka, estaba a cargo de la granja. Daba las órdenes para las tareas del día y dirigía las ocasiones importantes de la vida aquí, desde los nacimientos hasta los funerales.
La granja consistía de tres pequeñas construcciones de ladrillo, un tractor, 22 vacas, 10 cerdos, ocho cabras, 30 pollos, 20 gallinas, siete gansos y siete perros flacos como lebreles.
Thandeka, sus hermanos y su bisabuela vivían en una casa de tres cuartos a unos 30 metros de ahí; no tenían ganado propio.
Después de la muerte de Mathola, Thandeka debió ocuparse de cocinar, limpiar, sembrar verduras y recoger las raíces comestibles y bayas silvestres para la familia. La tía abuela de Thandeka, Vilakati, las vigilaba, pero Vilakati apenas sembraba lo suficiente en la granja como para alimentar a su propia familia.
Los niños sufrieron un segundo golpe tres días después de la muerte de su madre.
El padre de Thandeka, Motsa, murió de envenenamiento de gases naturales. Había olvidado apagar la hornilla una noche. La policía concluyó que la muerte había sido accidental, pero Hlophe se preguntó si acaso el padre de Thandeka se mató a sí mismo. Mucha gente en Suazilandia se ha suicidado, dijo, tras enterarse de que sus parejas tenían sida y que ellos también estaban probablemente contagiados.
La muerte de Motsa dejó a Thandeka y sus hermanos completamente dependientes de lo que pudieran rebuscar y de lo que sus familiares pudieran darles.
Un día, Hlophe, haciendo su vuelta para el grupo Positive Living for Life, visitó la casa de la familia. Cuando saludaba a los miembros del clan vio a Thandeka en la distancia, corriendo hacia ella, sonriendo. Se abrazaron.
La tía abuela de Thandeka, Vilakati, contó las nuevas. Una molestia, dijo, era que la directora de la escuela primaria había devuelto a casa al hermano menor de Thandeka, Thabo, porque no llevaba el uniforme de la escuela.
"No sé a quién le envía el niño la directora", dijo Vilakati. "Ahora no hay nadie aquí".
Thandeka miró hacia el suelo, cubriéndose la cara. Lo sintió como un juicio de sus esfuerzos. Y era otro recordatorio de que su madre y su padre habían muerto.
Hlophe la abrazó con sus grandes brazos. "Está bien", le dijo, una y otra vez.
Un Hogar Hostil
En presencia de Thandeka no es difícil entender por qué su madre puso tanta fe en ella.
Es una niña fornida, alta para su edad, de 1 metro 53, y de casi 50 kilos. Su frente es amplia y lisa, excepto cuando ríe y se arruga. Y cuando se ríe y lanza bocanadas de palabras con su voz aguda, los demás ríen con ella.
Su alegría es contagiosa, especialmente para sus amigas, que a menudo se disuelven en ataques de risa tonta y luego se trepan unas a otras en juguetones abrazos. Son la pasión de su vida, aunque los chicos están empezando a hacerse un hueco en su cabeza.
Pero un año después de la muerte de sus padres, no tuvo muchas ocasiones de sonreír. Ella y sus hermanos sí tuvieron un respiro: el grupo de Hlophe pagó las matrículas de todos los hijos de Mathola.
De otro modo, para Thandeka el peso de ser cabeza de familia a su edad fue simplemente demasiado. Su cara se ensombrece a menudo. Propinó a menudo castañazos a sus hermanos menores, algo que ella no había nunca antes. Se ponía a llorar por los motivos más nimios.
Y hubo muchos motivos.
Una noche su bisabuela, enfadada porque los niños se habían comido la mayor parte de la cena y le habían dejado a ella muy poco, le dijo a Thandeka que se marchara y no volviera nunca más.
Thandeka corrió a la aldea y se encontró con una persona adulta a la que ella conocía. Juntos se acercaron a la policía de la comunidad. La policía visitó la granja y pidió a la bisabuela que fuera más amable con Thandeka, pero las palizas verbales no se detuvieron.
"Me está diciendo siempre cosas como: Tu madre y tu padre no servían para nada'. O: Tú no eres de aquí. Esta no es tu casa'", dijo Thandeka. Lucky, su hermano mayor, dijo que Thandeka llevaba el peso de la ira de la anciana.
En su miseria, Thandeka pensó en una manera de salir: resucitar un ofrecimiento de la familia de su mejor amiga para que su familia la aceptara. El ofrecimiento había sido rechazado por las matriarcas de la familia poco después de que muriera la madre de Thandeka.
Hace poco, la mejor amiga de Thandeka, Bonsile Tsabedze, 12, había renovado el ofrecimiento y la instó a tratar nuevamente el tema con las viejas de la familia. Pero cuando lo hizo, Sibandze le lanzó una diatriba y Thandeka retrocedió.
Al día siguiente Thandeka decidió intentarlo de nuevo.
Después de salir de la escuela, Thandeka marchó bajo el cielo azul con sus dos hermanos menores hacia el comedor de los huérfanos. El estrecho sendero los llevó a través de la hierba dorada que casi les cubría la cabeza. Thandeka apretaba en su mano las notas. En los exámenes de ocho asignaturas, tenía un total combinado de 428 puntos de un máximo de 800 -apenas bueno para aprobar.
"No me fue muy bien", dijo, abatida.
"Tengo que estudiar más, pero no tengo tiempo".
El comedor había estado cerrado durante los dos últimos días y los tres hijos de Motsa llegaron tarde para las comidas de ese día. Como el supervisor había salido, Thandeka entró a la casa y encontró una cacerola fría con una papilla de maíz. Encontró dos cucharadas de un berza cocida y la mezcló con la dulzona papilla para Khetna, ahora de 9, y Thabo, de 8. Los dos se la tragaron. Thandeka no comió nada. No había comido en dos días.
"Esperaré", dijo simplemente, y se volvieron a casa.
No estaba pensando en comer. Estaba pensando en lo que diría a las matriarcas de la familia.
Cuando llegó a la granja, la tía abuela la llamó. Estaba sentada en su estera bajo el sol, y Sibandze estaba tendida a su lado. Thandeka se sentó cerca de ellas.
"Thandeka, si te quieres marchar, tienes que decírnoslo, y decirnos por qué", dijo Vilakati, retomando de inmediato el tema del día anterior.
Thandeka susurró: "La bisabuela nos acosa. Cuando comemos, nos dice que le estamos quitando la comida. Cuando dormimos, nos dice que estamos usando sus sábanas".
"No sabía que pasaba esto", dijo Vilakati. "¿Por qué no dijiste nada?" Thandeka replicó: "Usted siempre dice que hay que ser paciente con la bisabuela, que está vieja y que su corazón no funciona bien".
La bisabuela la interrumpió: "Tus padres, y tú también, Thandeka, todos ustedes no me dais más que problemas".
"Es por eso que quiero marcharme", dijo Thandeka.
Vilakati miró hacia el cielo. "No podemos obligarte a seguir aquí si te sientes acosada", dijo finalmente.
"Su motivo para marcharse no me impresiona", dijo la bisabuela. "No creo que se estén muriendo de hambre.
"Comen. No sé qué más quieren. Si somos pobres, vamos a ser pobres juntos".
"Tú estás muy ligada a ellos", dijo Vilakati. "De otro modo, te las arreglarías para que estuvieran mejor en otro lugar. Si se marcha, está bien. Yo puedo cuidar de ti, bisabuela.
Mi preocupación es: quién se ocupará de los niños".
"Yo creo que la otra familia tiene que venir aquí y hablar con nosotras", dijo la tía abuela.
Thandeka se levantó y se encaminó hacia la casa de su amiga, una caminata de 40 minutos que la hacía pasar frente a las diminutas aulas de la escuela básica, las tres tiendas de la aldea y una carnicería, los campos de marchitos tallos de maíz y docenas de pequeñas casas en las colinas.
Para cuando llegó, Thandeka apenas podía dominar la emoción. Corrió hacia Jabu Tsebedze, la madre de su mejor amiga, que estaba fuera hablando con una amiga.
"Hablé con mi bisabuela y mi tía abuela sobre mudarme acá", dijo, sin aliento, y luego tragó aire, pensando que quizás la familia ahora no la querría. "Si todavía le parece bien a usted".
"Ah", dijo Tsabedze, sorprendida. Examinó detenidamente a la niña. Thandeka se estaba mirando los pies.
"Está bien", dijo Tsabedze. "No tengo problemas. "Pero ¿qué harás con tus hermanos?" "No sé", dijo Thandeka.
Tsabedze se marchó a llamar a su marido, Alfred. Era el gerente de una tienda de materiales de construcción en Mbabane, la capital.
Por teléfono, escuchó a su mujer y luego le dijo: "No podemos dejar que Thandeka siga sufriendo. Pero tienes que asegurarte de que su familia lo encuentra bien, de que no tendrán rencor".
Ella asintió. Colgó y le dijo a Thandeka que iría a hablar con su familia al día siguiente.
Thandeka corrió hacia su amiga Bonsile, y otra compañera de la escuela. Ngabisa Magagula, para contarle la noticia. La vieja Thandeka había vuelto a renacer, la chica alegre a la que le gustaba dar volteretas, la niña de 13 que quería su parte de diversión en la vida. El viento se llevó las voces de las niñas sobre las colinas.
La Elección De Una Niña
A la mañana siguiente, Jabu Tsabedze se sentía ansiosa cuando se preparaba para hablar con las dos ancianas. Sin embargo, tenía un aire sereno. Ella y su marido tenían dos hijos, pero en los últimos años habían acogido a otros cuatro que habían perdido a sus dos padres. Pagaban la comida de los niños, la ropa, los útiles escolares.
Si se agregaban Thandeka y sus hermanos, su único problema sería encontrar dinero para pagar la matrícula de la escuela.
Jabu Tsabedze creía que debía ayudar a los menos afortunados; también quería que las niñas tuvieran más oportunidades que las que había tenido ella. Dijo que su padre creía que la educación era una pérdida de tiempo con las niñas, y por eso sólo había llegado al cuarto año. Su hermano llegó a la universidad en Estados Unidos y en Canadá.
La saludaron los gallos cuando subió a la colina donde estaba la granja de Thandeka. Llevaba una chaqueta abotonada para protegerse del frío del invierno, una falda, y un sombrero de paja de ala ancha. La tía abuela, Vilakati, la vio y se sentaron en un lugar tranquilo. Tsabedze le ofreció ocuparse de los tres niños. La tía abuela respondió que si Thandeka se marchaba, no podría volver nunca más.
No explicó por qué, pero Jabu Tsabedze cree que la anciana estaba amargada porque Thandeka había acudido fuera de su familia en busca de ayuda.
Tsabedze se levantó fatigada. Cruzó la granja para saludar a la bisabuela y se sentó junto a ella en su estera. Le dijo a la anciana que estaba dispuesta a ocuparse de Thandeka y los niños. "Estoy vieja", dijo la bisabuela. "No me puedo ocupar de los niños.
"Si Thandeka se quiere marchar, que se marche".
Tsabedze gritó: "¡Thandeka!" La niña corrió hacia ella. Tsabedze le habló con firmeza: "Thandeka, tu bisabuela me ha dicho que te puedes ir conmigo. Te quedarás conmigo. Quiero que sepas que yo castigo a los niños. Si tienes la intención de portarte mal, te castigaré. ¿Entiendes?"
Thandeka asintió.
La tía abuela, Vilakati, llegó y se sentó dándole la espalda a Tsabedze.
"¿Y qué pasará con los niños?", preguntó Tsabedze.
"Son muy jóvenes para marcharse", dijo la bisabuela.
Tsabedze, decepcionada, le dijo a Thandeka que reuniera sus cosas.
En la casa Thandeka apenas necesitó un minuto para reunir todas sus cosas y meterlas en una gran bolsa de plástico blanco.
Afuera, Tsabedze le dijo a las matriarcas que deberían hablar con Khetha y Thabo.
"Creo que van a llorar", dijo Tsabedze.
Vilakati los llamó, y los dos aparecieron prontamente.
"Thandeka se irá a vivir con esta mujer", les dijeron. "Vosotros quedaréis con la bisabuela. No debéis escaparos. Si queréis ver a Thandeka, tendréis que decirnoslos". Thabo parecía aturdido. Khetha agachó la cabeza y apretó los ojos. Le temblaba el labio inferior, y asintió.
Luego corrió hacia el retrete y cerró la puerta.
Thandeka miraba desde la casa. "Salani kahle" -que estés bien-, gritó a su hermana. Y entonces se marchó.
Nuevo Hogar, Nuevas Crisis
La casa de Tsabedze era una colección de tres pequeñas casas, un gallinero elevado y un refugio cubierto para el grande y ceboso cerdo de la familia, llamado Sister.
Jabu Tsabedze le enseñó a Thandeka su nuevo dormitorio. Consistía de un enorme armario lleno de ropa y tres camas apretujadas contra las paredes. Tres niñas compartían el cuarto: su hija Bonsile, y dos huérfanas, una de ellas amiga de Thandeka, Ngabisa. Thandeka compartiría la cama con Bonsile, dijo ella.
Bonsile y Ngabisa corrieron al cuarto y se sentaron junto a Thandeka. Las tres rieron bobamente, se abrazaron y cayeron sobre el colchón unas sobre otras, acariciándose las caras de alegría. Pronto, las tres corrían por los campos de la familia, cayéndose en la hierba y parándose de cabeza.
"Todo lo que siento ahora es felicidad", dijo Thandeka a sus amigas.
Pero el sentimiento no duró mucho tiempo.
Tres días después, Thandeka recibió una terrible noticia. Había habido un accidente. Un tractor se había volcado, matando a dos personas. Una de ellas era su tía abuela, Lephinah Vilakati.
Vialakati fue sepultada ese fin de semana en la granja de la familia. Más de 200 personas se reunieron en la colina, incluyendo a Thandeka y a Siphiwe Hlophe, la directora de la organización de Suazilandia para la gente con sida.
Hlophe abrazó a Thandeka y propuso que la niña debería volver. "Ahora que murió tu tía abuela, no hay nadie que pueda cocinar para sus hermanos menores", dijo. Thandeka no dijo nada.
Hlophe se alejó preocupada. Dijo que pensaba volver a Sibovu a fines de la semana. Necesitaba hablar nuevamente con Jabu Tsabedze, la bisabuela, y con Thandeka.
En esta nueva crisis, sabía, nadie estaba pensando en Kheta y Thabo, los niños que ahora no tenían a nadie.
Se puede escribir al autor a: donnelly@globe.com
23 de noviembre de 2004
6 de enero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
"
niñas muy viejas
[Helene Cooper] Naciones Unidas espera que sus soldados acusados de abusos sexuales sean procesados por los países anfitriones. Pero en esos países nadie considera un delito hacerse con novias menores de edad.
Hace unos tres meses, mientras visitaba mi país de origen, Liberia, entré a un restaurante local para reunirme con el padre de una antigua compañera del colegio. Su hija y yo habíamos asistido a la escuela secundaria juntas cuando éramos niñas y aunque no la veo mucho en estos días, todavía la identifico con mi infancia de campamentos con las niñas scouts, excursiones al zoológico, clases de baile en el sexto. Debía entregar a su padre algunas camisas que él había pedido desde Gana.
Estaba sentado a una mesa en un rincón del restaurante con una joven. Tan pronto como lo vi, sentí subir la indignación en mi garganta. Ella no podía tener más de 16 años; él está cerca de los 70. "Esta es mi pequeña novia", me dijo al introducirla.
No había vergüenza o incomodidad en su tono; se sentía perfectamente cómodo mostrando en la ciudad a una adolescente huérfana de la guerra sin medios de vida como su nueva novieta.
En realidad, su conducta no era rara. Justo unas noches antes, otro hombre maduro y acomodado, un antiguo ministro de gobierno, había fanfarroneado en una boda que su actual "novia" se estaba poniendo demasiado vieja para él. "Acaba de cumplir los 17", dijo, riéndose. La gente a su alrededor sacudió la cabeza como diciendo: "Ah, los hombres".
Las noticias del último mes de que Naciones Unidas ha dado a conocer 150 acusaciones de abuso sexual cometido por sus tropas de la paz estacionadas en el Congo contra una población ya traumatizada de en su mayoría chicas adolescentes es un triste recordatorio de lo que deben sufrir las mujeres jóvenes en África.
Las acusaciones contra personal de Naciones Unidas en el Congo incluyen sexo con menores de edad y violaciones. Los investigadores dicen que encontraron evidencias de que las tropas de paz de Naciones Unidas pagaban entre 1 y 3 dólares por sexo o canjeaban relaciones sexuales por alimentos o promesas de empleo.
Obviamente, los abusos sexuales, psicológicos y físicos de chicas adolescentes no se limitan a África. En realidad, Naciones Unidas informa que las tropas acusadas provienen de Nepal, Pakistán, Marruecos, Túnez, África del Sur y Uruguay -una verdadera galería de perversos internacionales. Pero en el Congo, como en otros lugares donde las guerras interminables han roto las restricciones sociales normales, la inocencia es robada con impunidad y la implacable miseria y desesperación transforman a las niñas en mujeres avejentadas, amargadas y usadas.
Las niñas africanas han vivido durante mucho tiempo con el temor de ser violadas por soldados borrachos de varios gobiernos y grupos de rebeldes. La vida de una adolescente en el continente no es nunca fácil, y las amenazas a las que debe hacer frente son innumerables, desde la mutilación genital femenina hasta la prostitución de las adolescentes. La violación de mujeres y niñas se ha transformado en una práctica de rigor en las guerras africanas, desde Sierra Leona hasta la Costa de Marfil, desde Burundi hasta Ruanda y Sudán.
Más allá de la violación en zonas de guerra, hay una mentalidad que dice que el sexo entre una refugiada desesperada y un viejo adinerado es de alguna manera consensual. En Monrovia, que es un casos de posguerra con huérfanos de la guerra que duermen a orillas de los caminos y donde la electricidad es todavía un sueño y el alimento escaso, las niñas que viven en los campamentos de refugiados participan en un ritual tan viejo como el tiempo.
Por las tardes, cuando el sol empieza a ponerse, abandonan los campamentos fétidos y cubiertos de basura y se reúnen a lo largo de las principales avenidas. Vestidas lo mejor que pueden -vaqueros apretados, sandalias de correas de tacón alto y blusas sin espalda- esperan a que pasen los elegantes todoterrenos, se detengan y las lleven a la ciudad a pasar la noche.
Naciones Unidas dice que los países anfitriones son responsables de castigar a cualquier miembro del personal que viole el código de conducta de Naciones Unidas. Esa es una receta para no hacer nada, porque, lamentablemente, muchos líderes, y no solamente en África, no encuentran que sea un problema recoger a chicas de la calle para pasar la noche.
Observando esa tarde la cara del padre de mi amiga en el restaurante, pude reconocer los rasgos de mi amiga. Su compañera de almuerzo tenía la misma edad que mi amiga y yo cuando tonteábamos como adolescentes. Mirábamos ‘Charlie’s Angels’ y probábamos diferentes tipos de maquillaje e íbamos a las matinés de los sábados. Nuestros grandes problemas giraban en torno a los chicos y esperábamos que nadie se diera cuenta de que nos gustaban.
Me pregunté si el viejo que tenía ante mí pensaba alguna vez, cuando miraba a su "pequeña novia", en estas cosas. Supongo que no.
3 de enero de 2005
4 de enero de 2005
©new york times
cc traducción mQh
Hace unos tres meses, mientras visitaba mi país de origen, Liberia, entré a un restaurante local para reunirme con el padre de una antigua compañera del colegio. Su hija y yo habíamos asistido a la escuela secundaria juntas cuando éramos niñas y aunque no la veo mucho en estos días, todavía la identifico con mi infancia de campamentos con las niñas scouts, excursiones al zoológico, clases de baile en el sexto. Debía entregar a su padre algunas camisas que él había pedido desde Gana.Estaba sentado a una mesa en un rincón del restaurante con una joven. Tan pronto como lo vi, sentí subir la indignación en mi garganta. Ella no podía tener más de 16 años; él está cerca de los 70. "Esta es mi pequeña novia", me dijo al introducirla.
No había vergüenza o incomodidad en su tono; se sentía perfectamente cómodo mostrando en la ciudad a una adolescente huérfana de la guerra sin medios de vida como su nueva novieta.
En realidad, su conducta no era rara. Justo unas noches antes, otro hombre maduro y acomodado, un antiguo ministro de gobierno, había fanfarroneado en una boda que su actual "novia" se estaba poniendo demasiado vieja para él. "Acaba de cumplir los 17", dijo, riéndose. La gente a su alrededor sacudió la cabeza como diciendo: "Ah, los hombres".
Las noticias del último mes de que Naciones Unidas ha dado a conocer 150 acusaciones de abuso sexual cometido por sus tropas de la paz estacionadas en el Congo contra una población ya traumatizada de en su mayoría chicas adolescentes es un triste recordatorio de lo que deben sufrir las mujeres jóvenes en África.
Las acusaciones contra personal de Naciones Unidas en el Congo incluyen sexo con menores de edad y violaciones. Los investigadores dicen que encontraron evidencias de que las tropas de paz de Naciones Unidas pagaban entre 1 y 3 dólares por sexo o canjeaban relaciones sexuales por alimentos o promesas de empleo.
Obviamente, los abusos sexuales, psicológicos y físicos de chicas adolescentes no se limitan a África. En realidad, Naciones Unidas informa que las tropas acusadas provienen de Nepal, Pakistán, Marruecos, Túnez, África del Sur y Uruguay -una verdadera galería de perversos internacionales. Pero en el Congo, como en otros lugares donde las guerras interminables han roto las restricciones sociales normales, la inocencia es robada con impunidad y la implacable miseria y desesperación transforman a las niñas en mujeres avejentadas, amargadas y usadas.
Las niñas africanas han vivido durante mucho tiempo con el temor de ser violadas por soldados borrachos de varios gobiernos y grupos de rebeldes. La vida de una adolescente en el continente no es nunca fácil, y las amenazas a las que debe hacer frente son innumerables, desde la mutilación genital femenina hasta la prostitución de las adolescentes. La violación de mujeres y niñas se ha transformado en una práctica de rigor en las guerras africanas, desde Sierra Leona hasta la Costa de Marfil, desde Burundi hasta Ruanda y Sudán.
Más allá de la violación en zonas de guerra, hay una mentalidad que dice que el sexo entre una refugiada desesperada y un viejo adinerado es de alguna manera consensual. En Monrovia, que es un casos de posguerra con huérfanos de la guerra que duermen a orillas de los caminos y donde la electricidad es todavía un sueño y el alimento escaso, las niñas que viven en los campamentos de refugiados participan en un ritual tan viejo como el tiempo.
Por las tardes, cuando el sol empieza a ponerse, abandonan los campamentos fétidos y cubiertos de basura y se reúnen a lo largo de las principales avenidas. Vestidas lo mejor que pueden -vaqueros apretados, sandalias de correas de tacón alto y blusas sin espalda- esperan a que pasen los elegantes todoterrenos, se detengan y las lleven a la ciudad a pasar la noche.
Naciones Unidas dice que los países anfitriones son responsables de castigar a cualquier miembro del personal que viole el código de conducta de Naciones Unidas. Esa es una receta para no hacer nada, porque, lamentablemente, muchos líderes, y no solamente en África, no encuentran que sea un problema recoger a chicas de la calle para pasar la noche.
Observando esa tarde la cara del padre de mi amiga en el restaurante, pude reconocer los rasgos de mi amiga. Su compañera de almuerzo tenía la misma edad que mi amiga y yo cuando tonteábamos como adolescentes. Mirábamos ‘Charlie’s Angels’ y probábamos diferentes tipos de maquillaje e íbamos a las matinés de los sábados. Nuestros grandes problemas giraban en torno a los chicos y esperábamos que nadie se diera cuenta de que nos gustaban.
Me pregunté si el viejo que tenía ante mí pensaba alguna vez, cuando miraba a su "pequeña novia", en estas cosas. Supongo que no.
3 de enero de 2005
4 de enero de 2005
©new york times
cc traducción mQh
seducción de la prostitución
[Somini Sengupta] Muchas chicas se marchan a Italia para ahorrar dinero y volver a casa, exitosas. Pero muchas vuelven con las manos vacías.
Ciudad Benin, Nigeria. Para Becky, el problema no era lo que hizo durante todos esos años trabajando en el extranjero, sino que volvía a casa con las manos vacías.
Parte de un flujo de mujeres jóvenes de caras bonitas y futuros pálidos, Becky viajó hace diez años de polizón a Italia, a los 24, para trabajar como prostituta. Como muchas de ellas, volvió en la miseria, deportada por segunda vez por las autoridades italianas y esquilada de todo coraje como para volver a intentarlo.
Para sus amigos y vecinos, su trabajo no era deshonroso; lo vergonzoso era volver con las manos vacías. "Alguna gente se ríe", dijo Becky. "Ves, se marchó a Italia y su familia se tragó el dinero".
¿Habría sido diferente si hubiera vuelto cargada de dinero? Becky miró sorprendida por la pregunta. "Todo el mundo vendría a verme y me harían venias", dijo.
La historia de mujeres como Becky, que quiso reservarse el apellido para evitarse una humillación más, complica lo que se sabe convencionalmente sobre el negocio de la prostitución global. Estas no son necesariamente mujeres jóvenes y sin educación que son vendidas involuntariamente para trabajar como prostitutas en el extranjero.
Muchas son en realidad jóvenes y la mayoría no tienen educación. Becky, por ejemplo, 34, nunca aprendió a leer. Pero en estos días, muchas de las jóvenes que salen al exterior con los ojos muy abiertos, y cientos de ellas corren enormes riesgos y aceptan deudas de hasta 45.000 dólares, y todo por el reputado éxito de aquellas que se marcharon antes que ellas.
Durante casi 20 años, las mujeres de Ciudad Benin, una antigua ciudadela al sur de Nigeria, se han marchado a Italia a trabajar en la industria del sexo, y cada año, las que han tenido éxito vuelven a reclutar a chicas más jóvenes.
Las historias sobre sus éxitos cuelgan de los labios de la gente. Las ítalas, como se llama a estas mujeres aquí, vuelven a casa y construyen casas decentes. Invierten en perforaciones para tener agua corriente día y noche. Introdujeron brillantes coches a las calles de tierra de Ciudad Benin.
Hace algunos años, un popular cantante llamando Ohenhen escribió un exitosa canción celebrando la enorme riqueza de una prominente ítala llamada Dupay y elogiando su generosidad para "patrocinar" a jóvenes mujeres a hacer lo mismo que ella. Como Dupay, las estrellas más grandes de la industria sexual italiana ya no viven aquí.
El alcance de su verdadero éxito apenas si importa. Mucho más importante es el mito de su éxito e incluso más importante es que su éxito puede ser emulado, a pesar de las Beckys que vuelvan a casa sin nada o, peor, de las que terminan maltratadas, enfermas, o muertas. Para muchas chicas de Ciudad Benin, la sede de uno de los más antiguos y grandiosos reinos de África Occidental, la prostitución en Italia se ha transformado en un negocio completamente aceptado.
La leyenda de su éxito hace que la lucha contra los tratantes de blancas sea mucho más difícil.
"Venden un producto para el que hay un mercado", dijo Grace Osakue, directora de la Iniciativa Poder Femenino, una organización sin fines de lucro. "Ya no es un estigma, provisto que genere dinero. Si vuelven con dinero, son respetadas. Si vuelven pobres, son putas, son fracasadas".
Las asistentes sociales recuerdan historias de mujeres que viajaron con el consentimiento de sus familias: una mujer casada cuyo padre la convenció a ir a Italia, otra que fue alentada por su marido. Recuerdan a chicas que vuelven a casa después de haber sido deportadas, donde las esperan familiares decepcionados y derechamente enfadados.
Maureen Ororho, la representante en Ciudad Benin de la Organización Internacional para las Migraciones, le sugirió una vez cautamente a una madre que quizás su hija, que estaba a punto de ser deportada de vuelta a casa, no sabía que sería obligada a trabajar en la prostitución cuando aceptó viajar a Italia.
La madre, recordó Ororho, replicó: "Pero ¿qué otra cosa hacen cuando van para allá?" No le gustaba para nada la idea de que su hija volviera a casa.
A.O. Abiodun era banquera aquí a fines de los años ochenta cuando se aparecieron las primeras ítalas a hacer depósitos sin precedentes de pilas de dinero. Con los años, el éxodo italiano se transformó en un negocio establecido. Se podían oír ofertas durante bodas, o en la calle, en las tiendas. Incluso aquí, dijo, mirando hacia el comedor del restaurante de comida rápida Mr. Bigg donde se tomaba una Coca-Cola, podía haber una mujer tomando Coca-Cola, una prima de alguien, o una tía de alguien, haciendo planes de viaje para una joven. El trato sería sellado con una ceremonia de ‘juju’, para garantizar el secreto de la transacción y hacer más difícil a la señora Adioun obtener declaraciones para los tribunales.
"Aquí, esto está profundamente enraizado en la sociedad", dijo Abiodun, que ahora dirige la oficina regional de la nueva Agencia Nacional para la Prohibición del Tráfico de Personas. "Es un modo de aliviar la pobreza".
La mujer que adoptó el nombre de trabajo de Princesa trabajaba como secretaria en la cercana ciudad de las refinerías Warri, dijo, cuando recibió una oferta para viajar a Italia. "Pensé que si viajaba, podría ganar dinero", dijo.
Pasó su período de servidumbre trabajando seis meses en Livorno y pagando una deuda de 29.000 dólares a su patrocinadora, una mujer de la localidad. Poco después de eso, sin embargo, antes de que pudiera empezar a encasar sus propias ganancias, fue detenida por la policía italiana y embarcada de vuelta a casa con media docena de chicas como ella.
"No fue nada bueno volver a casa", recuerda ahora el largo viaje en avión desde Milán a Lagos. "No tengo dinero, no tengo propiedades -ninguna de las cosas por las que me marché a Italia".
Sólo se le ocurrió una cosa. Para la segunda vez, buscó a la intermediaria que le arregló los papeles la primera vez. "Le rogué que me llevara de vuelta", dijo.
La mujer la rechazó. Había demasiados problemas con la policía, le dijeron a Princesa.
Ahora Princesa se ocupa de sus cinco hermanos menores en una choza de un cuarto empapelada con carteles de Jesús. Ya no quiere viajar a Italia con un patrocinador nigeriano. Pero dice que no ha perdido la esperanza de encontrar a alguien que la rescate, preferentemente un extranjero, que le de una vida mejor, quizás los periodistas que han venido a escribir su historia. Se negó a dar su verdadero nombre. Se negó a hacerse una fotografía. Si la pagaran sería otra cosa.
Ocuparse de chicas como ella es el reto que ha aceptado Sor Florence Nwaonuma, una monja que encabeza el Comité de Apoyo de la Dignidad de las Mujeres.
"Hay historias existosas", dice Sor Florence. "Hay las que tuvieron éxito y compran otras chicas. Pero hay que decir que los fracasos superan en mucho a los éxitos".
Las familias a veces se muestran reluctantes a alimentar una boca extra. Las mujeres mismas se muestran reluctantes a volver a una vida de penurias. El fracaso pende como una pesada carga.
La primera vez que Becky volvió a casa, después de unos meses en las calles de Livorno, dijo que su madre la había recibido en el aeropuerto de Lagos consternada. "Ahora tenemos que seguir como desde el principio", recordó Becky que le dijo su madre.
Becky volvió a Italia al año siguiente, esta vez haciendo un peligroso viaje a través del Sahara y luego por el Estrecho de Gibraltar hacia España. De las 18 nigerianas que cruzaron el mar con ella, sobrevivieron sólo 11. Becky se subió al primer tren hacia Italia, esta vez para hacer la calle en Verona.
Su suerte duró justo lo suficiente para poder enviar dinero a casa. Entonces, una vez más, antes este año, fue agarrada en otra redada policial y tuvo que emprender el largo viaje por avión a casa. Pero esta vez, cuando llegó a casa, ya estaba cansada de ejercer. En casa no parecía que ella hubiera enviado dinero. Un visita al banco le mostró una dura noticia: en su cuenta había menos de 10 dólares.
Una vez más Becky buscó su conexión italiana -una organización sin fines de lucro, llamada Tampep, que busca la rehabilitación de las mujeres que han sido deportadas desde Italia. Tampep le está enseñando a cortar el pelo, y le pagan su cuarto con pensión.
Sin embargo, en enero próximo Becky volverá a tratar de sobrevivir por sí misma, enfrentándose quizás a las mismas dificultades que la llevaron a marcharse a Italia.
5 de noviembre de 2004
13 de noviembre de 2004
©new york times
cc traducción mQh
Ciudad Benin, Nigeria. Para Becky, el problema no era lo que hizo durante todos esos años trabajando en el extranjero, sino que volvía a casa con las manos vacías.Parte de un flujo de mujeres jóvenes de caras bonitas y futuros pálidos, Becky viajó hace diez años de polizón a Italia, a los 24, para trabajar como prostituta. Como muchas de ellas, volvió en la miseria, deportada por segunda vez por las autoridades italianas y esquilada de todo coraje como para volver a intentarlo.
Para sus amigos y vecinos, su trabajo no era deshonroso; lo vergonzoso era volver con las manos vacías. "Alguna gente se ríe", dijo Becky. "Ves, se marchó a Italia y su familia se tragó el dinero".
¿Habría sido diferente si hubiera vuelto cargada de dinero? Becky miró sorprendida por la pregunta. "Todo el mundo vendría a verme y me harían venias", dijo.
La historia de mujeres como Becky, que quiso reservarse el apellido para evitarse una humillación más, complica lo que se sabe convencionalmente sobre el negocio de la prostitución global. Estas no son necesariamente mujeres jóvenes y sin educación que son vendidas involuntariamente para trabajar como prostitutas en el extranjero.
Muchas son en realidad jóvenes y la mayoría no tienen educación. Becky, por ejemplo, 34, nunca aprendió a leer. Pero en estos días, muchas de las jóvenes que salen al exterior con los ojos muy abiertos, y cientos de ellas corren enormes riesgos y aceptan deudas de hasta 45.000 dólares, y todo por el reputado éxito de aquellas que se marcharon antes que ellas.
Durante casi 20 años, las mujeres de Ciudad Benin, una antigua ciudadela al sur de Nigeria, se han marchado a Italia a trabajar en la industria del sexo, y cada año, las que han tenido éxito vuelven a reclutar a chicas más jóvenes.
Las historias sobre sus éxitos cuelgan de los labios de la gente. Las ítalas, como se llama a estas mujeres aquí, vuelven a casa y construyen casas decentes. Invierten en perforaciones para tener agua corriente día y noche. Introdujeron brillantes coches a las calles de tierra de Ciudad Benin.
Hace algunos años, un popular cantante llamando Ohenhen escribió un exitosa canción celebrando la enorme riqueza de una prominente ítala llamada Dupay y elogiando su generosidad para "patrocinar" a jóvenes mujeres a hacer lo mismo que ella. Como Dupay, las estrellas más grandes de la industria sexual italiana ya no viven aquí.
El alcance de su verdadero éxito apenas si importa. Mucho más importante es el mito de su éxito e incluso más importante es que su éxito puede ser emulado, a pesar de las Beckys que vuelvan a casa sin nada o, peor, de las que terminan maltratadas, enfermas, o muertas. Para muchas chicas de Ciudad Benin, la sede de uno de los más antiguos y grandiosos reinos de África Occidental, la prostitución en Italia se ha transformado en un negocio completamente aceptado.
La leyenda de su éxito hace que la lucha contra los tratantes de blancas sea mucho más difícil.
"Venden un producto para el que hay un mercado", dijo Grace Osakue, directora de la Iniciativa Poder Femenino, una organización sin fines de lucro. "Ya no es un estigma, provisto que genere dinero. Si vuelven con dinero, son respetadas. Si vuelven pobres, son putas, son fracasadas".
Las asistentes sociales recuerdan historias de mujeres que viajaron con el consentimiento de sus familias: una mujer casada cuyo padre la convenció a ir a Italia, otra que fue alentada por su marido. Recuerdan a chicas que vuelven a casa después de haber sido deportadas, donde las esperan familiares decepcionados y derechamente enfadados.
Maureen Ororho, la representante en Ciudad Benin de la Organización Internacional para las Migraciones, le sugirió una vez cautamente a una madre que quizás su hija, que estaba a punto de ser deportada de vuelta a casa, no sabía que sería obligada a trabajar en la prostitución cuando aceptó viajar a Italia.
La madre, recordó Ororho, replicó: "Pero ¿qué otra cosa hacen cuando van para allá?" No le gustaba para nada la idea de que su hija volviera a casa.
A.O. Abiodun era banquera aquí a fines de los años ochenta cuando se aparecieron las primeras ítalas a hacer depósitos sin precedentes de pilas de dinero. Con los años, el éxodo italiano se transformó en un negocio establecido. Se podían oír ofertas durante bodas, o en la calle, en las tiendas. Incluso aquí, dijo, mirando hacia el comedor del restaurante de comida rápida Mr. Bigg donde se tomaba una Coca-Cola, podía haber una mujer tomando Coca-Cola, una prima de alguien, o una tía de alguien, haciendo planes de viaje para una joven. El trato sería sellado con una ceremonia de ‘juju’, para garantizar el secreto de la transacción y hacer más difícil a la señora Adioun obtener declaraciones para los tribunales.
"Aquí, esto está profundamente enraizado en la sociedad", dijo Abiodun, que ahora dirige la oficina regional de la nueva Agencia Nacional para la Prohibición del Tráfico de Personas. "Es un modo de aliviar la pobreza".
La mujer que adoptó el nombre de trabajo de Princesa trabajaba como secretaria en la cercana ciudad de las refinerías Warri, dijo, cuando recibió una oferta para viajar a Italia. "Pensé que si viajaba, podría ganar dinero", dijo.
Pasó su período de servidumbre trabajando seis meses en Livorno y pagando una deuda de 29.000 dólares a su patrocinadora, una mujer de la localidad. Poco después de eso, sin embargo, antes de que pudiera empezar a encasar sus propias ganancias, fue detenida por la policía italiana y embarcada de vuelta a casa con media docena de chicas como ella.
"No fue nada bueno volver a casa", recuerda ahora el largo viaje en avión desde Milán a Lagos. "No tengo dinero, no tengo propiedades -ninguna de las cosas por las que me marché a Italia".
Sólo se le ocurrió una cosa. Para la segunda vez, buscó a la intermediaria que le arregló los papeles la primera vez. "Le rogué que me llevara de vuelta", dijo.
La mujer la rechazó. Había demasiados problemas con la policía, le dijeron a Princesa.
Ahora Princesa se ocupa de sus cinco hermanos menores en una choza de un cuarto empapelada con carteles de Jesús. Ya no quiere viajar a Italia con un patrocinador nigeriano. Pero dice que no ha perdido la esperanza de encontrar a alguien que la rescate, preferentemente un extranjero, que le de una vida mejor, quizás los periodistas que han venido a escribir su historia. Se negó a dar su verdadero nombre. Se negó a hacerse una fotografía. Si la pagaran sería otra cosa.
Ocuparse de chicas como ella es el reto que ha aceptado Sor Florence Nwaonuma, una monja que encabeza el Comité de Apoyo de la Dignidad de las Mujeres.
"Hay historias existosas", dice Sor Florence. "Hay las que tuvieron éxito y compran otras chicas. Pero hay que decir que los fracasos superan en mucho a los éxitos".
Las familias a veces se muestran reluctantes a alimentar una boca extra. Las mujeres mismas se muestran reluctantes a volver a una vida de penurias. El fracaso pende como una pesada carga.
La primera vez que Becky volvió a casa, después de unos meses en las calles de Livorno, dijo que su madre la había recibido en el aeropuerto de Lagos consternada. "Ahora tenemos que seguir como desde el principio", recordó Becky que le dijo su madre.
Becky volvió a Italia al año siguiente, esta vez haciendo un peligroso viaje a través del Sahara y luego por el Estrecho de Gibraltar hacia España. De las 18 nigerianas que cruzaron el mar con ella, sobrevivieron sólo 11. Becky se subió al primer tren hacia Italia, esta vez para hacer la calle en Verona.
Su suerte duró justo lo suficiente para poder enviar dinero a casa. Entonces, una vez más, antes este año, fue agarrada en otra redada policial y tuvo que emprender el largo viaje por avión a casa. Pero esta vez, cuando llegó a casa, ya estaba cansada de ejercer. En casa no parecía que ella hubiera enviado dinero. Un visita al banco le mostró una dura noticia: en su cuenta había menos de 10 dólares.
Una vez más Becky buscó su conexión italiana -una organización sin fines de lucro, llamada Tampep, que busca la rehabilitación de las mujeres que han sido deportadas desde Italia. Tampep le está enseñando a cortar el pelo, y le pagan su cuarto con pensión.
Sin embargo, en enero próximo Becky volverá a tratar de sobrevivir por sí misma, enfrentándose quizás a las mismas dificultades que la llevaron a marcharse a Italia.
5 de noviembre de 2004
13 de noviembre de 2004
©new york times
cc traducción mQh