ataques contra mujeres
[Somini Sengupta] Continúan las violaciones sistemáticas de mujeres africanas por soldados sudaneses y milicianos árabes. Naciones Unidas aún no decide intervenir de manera más drástica.
Kebkabiya, Sudán. Incluso con los ojos del mundo volcados en esta arrasada franja del Sudán occidental, las amenazas de sanciones contra el gobierno y el goteo de observadores de la Unión Africana en el campo, una brutalidad ha aparentemente continuado inexorable: las agresiones contra las mujeres de Darfur.Las mujeres fueron insultadas, golpeadas y violadas y sus familias expulsadas de sus hogares en el fragor de la guerra en esta región. Continúan siendo insultadas, golpeadas y violadas cuando tratan de ganarse la vida lejos de su casa en los miserables campamentos para personas desplazadas en todo Darfur.
A juzgar por los relatos de las víctimas mismas, así como de cooperantes, monitores de derechos humanos y de observadores militares de la Unión Africana estacionados en Darfur, las víctimas son preponderantemente mujeres que pertenecen a las comunidades africanas de aquí, y aquellos que cometieron esos actos son hombres armados que pertenecen a tribus árabes.
Desde principios de 2003, la guerra en Darfur ha opuesto al gobierno controlado por los árabes de Sudán y a los rebeldes dirigidos por miembros de las tribus africanas.
Aún sigue sin respuesta la pregunta de si las agresiones contra las mujeres constituyen un crimen de guerra o si es parte de una campaña de genocidio. El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, ha nombrado una comisión de expertos para determinar si las agresiones en Darfur pueden definirse según la definición jurídica internacional de genocidio. Si investigaciones previas de Naciones Unidas sirven de indicación, no es probable que esta pregunta tenga una respuesta fácil.
Dejando las definiciones de lado, la cuestión más apremiante para la gente aquí, para no mencionar la credibilidad de la comunidad internacional, es esta: ¿Se puede hacer algo para detener las agresiones y otorgar a las mujeres algún tipo de reparación?
"Dependiendo de la magnitud del caso, puede constituir una crimen contra la humanidad", dijo Louise Arbour, la alta comisaria para derechos humanos de Naciones Unidas. Investigadores en Darfur todavía no han determinado la magnitud del caso. Ocho de ellos están en la región, distribuidos en un área del tamaño de Francia.
De momento las víctimas están al arbitrio de las policías locales, en las que es evidente que se tiene poca o ninguna confianza. Una investigación reciente del gobierno sudanés reportó dos casos de violación en todos los 18 meses de guerra en Darfur. Arbour, de Canadá, reprendió al gobierno diciendo que era una "falsedad". [E; 23 de octubre el ministro de agricultura de Sudán, su principal negociador en las conversaciones de paz coordinadas por la Unión Africana, describió los informes sobre violaciones generalizadas como "un montón de inventos"].
Las agresiones contras las mujeres en este conflicto no se limitan a la violación. Son también agredidas verbalmente, robadas y golpeadas con látigos, dicen los informes. En estos días son más vulnerables, cuando salen a recoger leña -un trabajo de mujeres.
Algunas de ellas muestran heridas de bala en los tobillos, un indicio de que sus agresores trataron de impedirles huir. Otras están marcadas como mujeres violadas. Una mujer en un campo de refugiados en el oriente de Chad levantó su velo no hace mucho tiempo para revelar un profundo tajo en su mejilla derecha, y entonces comenzó a llorar. Fue atacada sexualmente por cinco hombres, todos en uniforme militar, durante un ataque contra su pueblo natal Karnoi.
Un informe de Amnistía Internacional, el grupo de derechos humanos con sede en Londres, dice que algunas mujeres han sido violadas a la vista de sus familiares.
El temor y la desconfianza en las autoridades policiales locales son tan profundos que esos delitos son rara vez denunciados ante los agentes. Cuando lo son, nada ocurre, dicen las víctimas y observadores independientes de derechos humanos.
No se ha organizado ningún mecanismo jurídico internacional. Observadores militares de la comisión de tregua de la Unión Africana reciben esos informes de maltratos, pero todo lo que pueden hacer es reportar esos casos a la agencia de derechos humanos de Naciones Unidas. "Es un poco ambiguo", dijo el funcionario de Naciones Unidas.
Las evidencias en el terreno han sido abrumadoras.
En enero, en plena guerra, los refugiados que huían hacia el Chad, dijeron en entrevistas que los ataques contra sus pueblos por parte de militares sudaneses y de milicianos árabes a los que llaman janjaweed -o ladrones a caballo- eran frecuentemente acompañados de agresiones sexuales contra las mujeres cuando trataban de huir.
En agosto, una mujer refugiada en un campo llamado Kounoungo en el oriente de Chad describió vívidamente cómo dos hombres a caballo la habían perseguido cuando trató de escapar durante un ataque contra su pueblo. Un hombre le puso una pistola en la cabeza mientras el otro la violaba. En ese momento estaba embarazada. En el mismo campo, otra mujer mostró al producto de un violento asalto: un bebé de pelo ondulado al que llamó el hijo de un janjaweed.
La agresión sexual ha sido un modo probado y usado por hombres armados para sembrar el terror entre civiles en tiempos de guerra, desde los Balcanes hasta Colombia y el Congo y el genocidio en Ruanda. El último ofrece una lección particularmente caustica para Sudán: Diez años después, sólo un puñado de acusaciones de violación han sido investigadas y llevadas a tribunales, de acuerdo a un informe reciente del grupo Human Rights Watch.
Aquí, incluso después de que las mujeres escaparan de los ataques contra sus aldeas natales, todavía no han encontrado un refugio.
A principios de septiembre, investigadores de la agencia de Naciones Unidas para refugiados identificaron a 13 mujeres que dijeron haber sido violadas en un período de diez días apenas un poco más allá de un campo para personas desplazadas cerca de Nyala, la capital provincial en el sur de Darfur.
A fines de septiembre, una niña de 13 años fue llevada en un carretón tirado por un burro al despacho de la comisión de cese el fuego de la Unión Africana con una espantosa historia. Tres hombres de uniforme la sorprendieron una tarde mientras recogía leña en las afueras del pueblo.
La llamaron una ‘tora bora’, una referencia a un lugar en Afganistán que fue una plaza fuerte de Al Qaeda. Las milicias pro-gobierno aquí usan el nombre para referirse a los rebeldes o a cualquiera que consideren sus simpatizantes. Los hombres la violaron por turnos. Los observadores de la Unión Africana encontraron sangre seca en la tierra.
Otra mujer, Hawa Ishak Mahmood dijo que iba en camino a sembrar en la granja de otro en las afueras de Kebkabiya en el verano cuando cuatro hombres montados en camellos y caballos la detuvieron. La acusaron de ser miembro de la tribu zaghawa, que domina al principal grupo rebelde de Darfur.
A pesar de sus desmentidos, la golpearon con la culata de sus armas y la empujaron al suelo, dijo. Luego se turnaron para violarla.
Ahora ya no se aventura afuera para trabajar en las granjas. Tampoco sale a recoger leña. Sus hijos, de edades entre los 4 y 15 años, sobreviven con las raciones de ayuda. "Siempre que salen, la gente es golpeada y violada", dijo.
Informes como estos ya no sorprenden a Seth Appiah-Mensah, comandante de sector de la Unión Africana aquí. "Es bastante común, ocurre casi todos los días", dijo. "Cuando informas a las autoridades, dicen que no es verdad. Siempre insisten en que sus soldados son disciplinados, que respetan la ley musulmana sharia y que no lo hacen". La shariah es el código penal musulmán.
No está claro quiénes son responsables de las agresiones. Hombres de uniforme aquí pueden ser soldados regulares o miembros de las milicias pro-gubernamentales. La distinción es borrosa.
Además, la isión de la Unión Africana es supervisar las violaciones de la tregua entre las fuerzas del gobierno y los rebeldes. Las violaciones y otros ataques contra las mujeres son delitos, y la organización no tiene autoridad para aplicar la ley.
A principios de octubre, la policía detuvo a un hombre que se había acercado a presentar una denuncia ante la comisión de tregua de la Unión Africana sobre los ataques contra varias mujeres en las afueras de un campo para personas desplazadas cerca de El Fasher, la capital provincial al norte de Darfur. Sólo fue liberado después de la intervención del investigador de derechos humanos de Naciones Unidas.
26 de octubre de 2004
©new york times
cc traducción mQh
Campamento de Kalma, Sudán. Las paredes de la escuela de la aldea de Kailek eran de paja y ramas, de modo que las balas las atravesaban derechamente.
El Fasher, Sudán. Cuando se ponía el sol en este campamento del desierto, el soldado raso Lambert Sendegeya, de Ruanda y enviado por la Unión Africana Ruanda, puso un casete con música de su país y empezó a hacer ejercicios para estirar las piernas. El teniente Eugene Ruzianda se asomó desde su tienda de lona y, sacándose la boina verde, se unió a él para los ejercicios vespertinos.
Campamento Serif Aljir, Sudán. Para instalar una clínica en Darfur, tienes que negociar con los jeques, enseñarle a la gente cómo pintar una pared, dar clases improvisadas de inglés al personal potencial y preparar decenas de documentos para satisfacer a una burocracia hambrienta de trámites.
Arawiya, Sudán. Tres escuálidos chamacos, cubiertos de arena de pies a cabeza, llegaron aquí el otro día al cuartel general del rebelde Ejército Sudanés de Liberación ESL. Dijeron que se habían escapado de casa -un campo de tiendas de refugiados al otro lado de la frontera con Chad- y caminado tres días en el desierto, con sólo una botella de agua y sin alimentos. Dijeron que sus aldeas habían sido destruidas. Tenían entre 11 y 13 años. Y ahora sólo tenían una ambición: unirse a los rebeldes.
Campamento de Kalma, Sudán. Nació apenas hace 18 días y su vida ya está manchada. Acurrucada desnuda debajo de una manta junto a su madre, Nashwa es demasiado joven para saber lo que es la vergüenza, el sentimiento que la acompañará toda su vida, como una sombra.
Furawiya, Sudán. El grasiento y fétido Land Cruiser, con su chirriante correa del ventilador y botijo de cabra balanceándose en la parte de atrás, se sacude a toda velocidad a través del desierto en la zona controlada por los rebeldes de Darfur hasta que se detiene con un brusco frenazo.
Kalma, Darfur, Sudán. Kalma es un lugar de desesperación. En esta vasta y creciente ciudad de tiendas improvisadas, los refugiados han logrado escapar de los asesinatos, mutilaciones y violaciones en este osario en que se ha convertido Darfur. Y el futuro amenaza traer más miseria y horror.