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áfrica

ataques contra mujeres


[Somini Sengupta] Continúan las violaciones sistemáticas de mujeres africanas por soldados sudaneses y milicianos árabes. Naciones Unidas aún no decide intervenir de manera más drástica.
Kebkabiya, Sudán. Incluso con los ojos del mundo volcados en esta arrasada franja del Sudán occidental, las amenazas de sanciones contra el gobierno y el goteo de observadores de la Unión Africana en el campo, una brutalidad ha aparentemente continuado inexorable: las agresiones contra las mujeres de Darfur.
Las mujeres fueron insultadas, golpeadas y violadas y sus familias expulsadas de sus hogares en el fragor de la guerra en esta región. Continúan siendo insultadas, golpeadas y violadas cuando tratan de ganarse la vida lejos de su casa en los miserables campamentos para personas desplazadas en todo Darfur.
A juzgar por los relatos de las víctimas mismas, así como de cooperantes, monitores de derechos humanos y de observadores militares de la Unión Africana estacionados en Darfur, las víctimas son preponderantemente mujeres que pertenecen a las comunidades africanas de aquí, y aquellos que cometieron esos actos son hombres armados que pertenecen a tribus árabes.
Desde principios de 2003, la guerra en Darfur ha opuesto al gobierno controlado por los árabes de Sudán y a los rebeldes dirigidos por miembros de las tribus africanas.
Aún sigue sin respuesta la pregunta de si las agresiones contra las mujeres constituyen un crimen de guerra o si es parte de una campaña de genocidio. El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, ha nombrado una comisión de expertos para determinar si las agresiones en Darfur pueden definirse según la definición jurídica internacional de genocidio. Si investigaciones previas de Naciones Unidas sirven de indicación, no es probable que esta pregunta tenga una respuesta fácil.
Dejando las definiciones de lado, la cuestión más apremiante para la gente aquí, para no mencionar la credibilidad de la comunidad internacional, es esta: ¿Se puede hacer algo para detener las agresiones y otorgar a las mujeres algún tipo de reparación?
"Dependiendo de la magnitud del caso, puede constituir una crimen contra la humanidad", dijo Louise Arbour, la alta comisaria para derechos humanos de Naciones Unidas. Investigadores en Darfur todavía no han determinado la magnitud del caso. Ocho de ellos están en la región, distribuidos en un área del tamaño de Francia.
De momento las víctimas están al arbitrio de las policías locales, en las que es evidente que se tiene poca o ninguna confianza. Una investigación reciente del gobierno sudanés reportó dos casos de violación en todos los 18 meses de guerra en Darfur. Arbour, de Canadá, reprendió al gobierno diciendo que era una "falsedad". [E; 23 de octubre el ministro de agricultura de Sudán, su principal negociador en las conversaciones de paz coordinadas por la Unión Africana, describió los informes sobre violaciones generalizadas como "un montón de inventos"].
Las agresiones contras las mujeres en este conflicto no se limitan a la violación. Son también agredidas verbalmente, robadas y golpeadas con látigos, dicen los informes. En estos días son más vulnerables, cuando salen a recoger leña -un trabajo de mujeres.
Algunas de ellas muestran heridas de bala en los tobillos, un indicio de que sus agresores trataron de impedirles huir. Otras están marcadas como mujeres violadas. Una mujer en un campo de refugiados en el oriente de Chad levantó su velo no hace mucho tiempo para revelar un profundo tajo en su mejilla derecha, y entonces comenzó a llorar. Fue atacada sexualmente por cinco hombres, todos en uniforme militar, durante un ataque contra su pueblo natal Karnoi.
Un informe de Amnistía Internacional, el grupo de derechos humanos con sede en Londres, dice que algunas mujeres han sido violadas a la vista de sus familiares.
El temor y la desconfianza en las autoridades policiales locales son tan profundos que esos delitos son rara vez denunciados ante los agentes. Cuando lo son, nada ocurre, dicen las víctimas y observadores independientes de derechos humanos.
No se ha organizado ningún mecanismo jurídico internacional. Observadores militares de la comisión de tregua de la Unión Africana reciben esos informes de maltratos, pero todo lo que pueden hacer es reportar esos casos a la agencia de derechos humanos de Naciones Unidas. "Es un poco ambiguo", dijo el funcionario de Naciones Unidas.
Las evidencias en el terreno han sido abrumadoras.
En enero, en plena guerra, los refugiados que huían hacia el Chad, dijeron en entrevistas que los ataques contra sus pueblos por parte de militares sudaneses y de milicianos árabes a los que llaman janjaweed -o ladrones a caballo- eran frecuentemente acompañados de agresiones sexuales contra las mujeres cuando trataban de huir.
En agosto, una mujer refugiada en un campo llamado Kounoungo en el oriente de Chad describió vívidamente cómo dos hombres a caballo la habían perseguido cuando trató de escapar durante un ataque contra su pueblo. Un hombre le puso una pistola en la cabeza mientras el otro la violaba. En ese momento estaba embarazada. En el mismo campo, otra mujer mostró al producto de un violento asalto: un bebé de pelo ondulado al que llamó el hijo de un janjaweed.
La agresión sexual ha sido un modo probado y usado por hombres armados para sembrar el terror entre civiles en tiempos de guerra, desde los Balcanes hasta Colombia y el Congo y el genocidio en Ruanda. El último ofrece una lección particularmente caustica para Sudán: Diez años después, sólo un puñado de acusaciones de violación han sido investigadas y llevadas a tribunales, de acuerdo a un informe reciente del grupo Human Rights Watch.
Aquí, incluso después de que las mujeres escaparan de los ataques contra sus aldeas natales, todavía no han encontrado un refugio.
A principios de septiembre, investigadores de la agencia de Naciones Unidas para refugiados identificaron a 13 mujeres que dijeron haber sido violadas en un período de diez días apenas un poco más allá de un campo para personas desplazadas cerca de Nyala, la capital provincial en el sur de Darfur.
A fines de septiembre, una niña de 13 años fue llevada en un carretón tirado por un burro al despacho de la comisión de cese el fuego de la Unión Africana con una espantosa historia. Tres hombres de uniforme la sorprendieron una tarde mientras recogía leña en las afueras del pueblo.
La llamaron una ‘tora bora’, una referencia a un lugar en Afganistán que fue una plaza fuerte de Al Qaeda. Las milicias pro-gobierno aquí usan el nombre para referirse a los rebeldes o a cualquiera que consideren sus simpatizantes. Los hombres la violaron por turnos. Los observadores de la Unión Africana encontraron sangre seca en la tierra.
Otra mujer, Hawa Ishak Mahmood dijo que iba en camino a sembrar en la granja de otro en las afueras de Kebkabiya en el verano cuando cuatro hombres montados en camellos y caballos la detuvieron. La acusaron de ser miembro de la tribu zaghawa, que domina al principal grupo rebelde de Darfur.
A pesar de sus desmentidos, la golpearon con la culata de sus armas y la empujaron al suelo, dijo. Luego se turnaron para violarla.
Ahora ya no se aventura afuera para trabajar en las granjas. Tampoco sale a recoger leña. Sus hijos, de edades entre los 4 y 15 años, sobreviven con las raciones de ayuda. "Siempre que salen, la gente es golpeada y violada", dijo.
Informes como estos ya no sorprenden a Seth Appiah-Mensah, comandante de sector de la Unión Africana aquí. "Es bastante común, ocurre casi todos los días", dijo. "Cuando informas a las autoridades, dicen que no es verdad. Siempre insisten en que sus soldados son disciplinados, que respetan la ley musulmana sharia y que no lo hacen". La shariah es el código penal musulmán.
No está claro quiénes son responsables de las agresiones. Hombres de uniforme aquí pueden ser soldados regulares o miembros de las milicias pro-gubernamentales. La distinción es borrosa.
Además, la isión de la Unión Africana es supervisar las violaciones de la tregua entre las fuerzas del gobierno y los rebeldes. Las violaciones y otros ataques contra las mujeres son delitos, y la organización no tiene autoridad para aplicar la ley.
A principios de octubre, la policía detuvo a un hombre que se había acercado a presentar una denuncia ante la comisión de tregua de la Unión Africana sobre los ataques contra varias mujeres en las afueras de un campo para personas desplazadas cerca de El Fasher, la capital provincial al norte de Darfur. Sólo fue liberado después de la intervención del investigador de derechos humanos de Naciones Unidas.

26 de octubre de 2004
©new york times
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angustia en darfur


[Robyn Dixon] Aldeanos sudaneses hablan sobre los ataques de la milicia árabe contra las escuelas de los africanos negros. Dicen que su objetivo es privar a los niños de educación. Las milicias árabes asesinan sistemáticamente a los maestros.
Campamento de Kalma, Sudán. Las paredes de la escuela de la aldea de Kailek eran de paja y ramas, de modo que las balas las atravesaban derechamente.
Un día que los niños estaban estudiando, hace unos seis meses, árabes armados montados en camellos y caballos atacaron la aldea en la región de Darfur, Sudán, y rodearon la escuela. Apuntaron sus armas y dispararon una y otra vez, matando a los niños y maestros atrapados.
El recuerdo más espeluznante de ese terrible día es el sonido de los niños gritando y llorando.
"Vi a los janjaweed disparándole a los niños con rifles Kalashnikovs y a los alumnos gritando y llorando", recordó Ibrahim Abdullah, 37, refiriéndose a las milicias árabes. Tres de sus hijos estaban en la escuela.
Trató de correr hacia la escuela, junto a los otros padres, pero había demasiados milicianos a caballo, demasiadas balas. "No pudimos ayudarlos. Nos paramos a una distancia, y miramos, y luego nos echamos a correr".
Su hijo Adam Ibrahim Abdullah, 9, y un sobrino adoptado, Haroun Sherif, 13, murieron bajo la lluvia de balas. Dos de sus hijas, de 8 y 12, escaparon. Seis maestros y 36 niños fueron asesinados, dijo Abdullah.
Después, los agresores quemaron los libros de texto.
Era la tercera vez en dos años que la escuela de Kailek era atacada. Dos meses antes del ataque final, las milicias habían asesinado a dos maestros y siete alumnos, dijo Abdullah.
Los ataques contra Kailek no fueron incidentes aislados. En muchas aldeas en todo Darfur, las escuelas han sido blanco de las milicias merodeadoras. Algunas han sido incluso bombardeadas.
La opinión pública mundial está dividida sobre si la campaña de ataques contra las tribus indígenas africanas que llevan a cabo las milicias árabes en Darfur constituyen o no genocidio. El secretario de Defensa estadounidense Colin L. Powell, acusó este mes de genocidio al gobierno sudanés y a las milicias árabes que apoyan al gobierno. Las autoridades sudanesas -rechazando la acusación como un intento de ganar los votos de los afro-americanos en las elecciones presidenciales norteamericanas- caracterizaron la crisis de Darfur como parte de un conflicto tribal sobre tierras entre pastores árabes y agricultores africanos que empezó hace una década.
Pero para muchas víctimas, los ataques contra las escuelas y los asesinatos de maestros están lejos de ser casuales. En las aldeas de Shataya y Bindis, los vecinos dijeron que tienen evidencias de que los ataques son premeditados, afirmando que los maestros árabes abandonaron las aldeas varios días antes de la carnicería.
"No quieren que nuestra gente y nuestros niños aprendan algo", dijo Abdullah, que vive ahora en este campo de refugiados cerca de la ciudad de Nyala.
Aunque es imposible determinar si ha habido una política de exterminio de la gente educada en la campaña que ha causado la muerte de al menos 50.000 personas, los líderes de las tribus africanas negras de Darfur dicen que los ataques se ajustan a una política permanente de discriminación de parte de las autoridades en la capital Kartum.
Ese intenso sentimiento de injusticia condujo a la rebelión a dos grupos de africanos negros, el Ejército Sudanés de Liberación ESL y el Movimiento Justicia e Igualdad MJI, que se alzaron en armas el año pasado pidiendo una mayor participación en los recursos del país. Y subraya la honda reserva de desconfianza y odio étnicos que deben ser superados antes de que la paz sea posible.
El gobierno, por su parte, distribuyó un folleto entre periodistas extranjeros diciendo que había aumentado servicios tales como escuelas y clínicas médicas en Darfur desde que se hiciera con el poder mediante un golpe de estado de 1989.
El jefe de los fur en Nyala, Ahmed Abdul Rahman Rijal, dijo en una entrevista en su casa que el gobierno no había proporcionado nunca protección a los africanos ante los ataques de los árabes.
"El gobierno sigue aplicando su política de genocidio y de limpieza étnica, y ha usado aviones para bombardear las aldeas", dijo Rijal. Describió a los rebeldes como "nuestros chicos. Tomaron las armas para proteger a nuestro pueblo".
Rijal, que contó que en 1956 se transformó en la primera persona de Darfur en obtener un diploma de la Universidad de Kartum, dijo que desde entonces el nivel de educación entre su gente ha disminuido.
"Las políticas del gobierno desde la independencia [en 1956] han sido pro-árabes", dijo. "Pensábamos que el gobierno estaba apoyando a las tribus árabes en contra de las africanas, que les daban más oportunidades de educarse mientras que las tribus africanas eran mantenidas como eran. Este sentimiento de segregación entre tribus africanas y árabes se hicieron más evidentes con el régimen actual".
Dijo que la mayoría de los puestos en el gobierno, en la policía y en los organismos de seguridad son ocupados por árabes, mientras que el nivel de educación de las tribus africanas es muy bajo.
Un informe del departamento de Estado publicado este mes, y que se basa en más de 1.100 entrevistas con refugiados de Darfur en el Chad, constata que el gobierno sudanés ha promovido una alianza árabe en Darfur para mantener a raya a los grupos no árabes. Desarmó a los no árabes, pero permitió que los árabes conservaran sus armas. A comienzos de los años noventa, las milicias árabes destruyeron 600 aldeas no árabes y mataron a 3.000 personas, dice el informe.
El informe detectó un patrón consistente de atrocidades, asesinatos y violaciones en Darfur. Dice que más de 400 aldeas han sido destruidas y al menos 100 han sido bombardeadas, y que las acciones militares de las milicias árabes y del gobierno han sido coordinadas cuidadosamente.
Jemera Rone, una investigadora de Human Rights Watch que visitó recientemente el oeste de Darfur, cree que las milicias árabes destruyen todos los servicios de infraestructura que hallan en las aldeas, incluyendo escuelas, mezquitas, clínicas y depósitos de agua.
"Vimos que varias escuelas habían sido destruidos, completamente destrozadas y saqueadas. Algunas fueron quemadas", dijo. Las víctimas observaron que las milicias destruían "todo lo que tenían en buen estado, todo lo que les pertenecía".
Aunque muchos aldeanos ven los ataques a las escuelas como parte de un plan más amplio para matar a tanta gente como posible, otros creen que las escuelas fueron escogidas especialmente.
Abdulkarim Juma Hamiz, 40, dijo que cinco maestros no árabes de la escuela secundaria de Shataya fueron matados a balazos en sus camas cuando las milicias atacaron la escuela la mañana del 6 de septiembre. Los maestros árabes habían abandonado la aldea algunos días antes.
"Encontramos los cinco cadáveres", dijo. "Ninguno de ellos pudo escapar".
Considera los ataques como un intento de impedir que la gente indígena negra pueda educarse. "Creo que los maestros fueron asesinados por orden del gobierno. Es el gobierno el que está tratando de impedir el aprendizaje y la educación".
En un ataque contra la aldea de Bindis en agosto del año pasado, los milicianos árabes ocuparon la escuela secundaria y mataron a cuatro maestros, incluyendo al director Hassan Mohammed Nour, 56. Cuando moría, rechazó el agua que alguien le había ofrecido. Le rogó a su hijo, un maestro llamado Khalid Hassan Mohammed, que lo dejara morir y que huyera.
"Le dispararon en la cabeza y en el estómago", dijo Mohammed, 26. "Cuando cayó al suelo, yo me acerqué a él. Me dijo: ‘Huye y salva tu vida, porque voy a morir’. A mi hermano, Abdul Gadir, lo mataron cuando trataba de ayudar a mi padre". El último recuerdo que tiene de su padre es su esfuerzo final por hablar, y el último ademán, con su mano, de que huyera.
"Después de unos minutos, los janjaweed volvieron, atacando por todos lados, y yo escapé hacia las montañas al otro lado de la aldea", recordó Mohammed.
"Mataron a todos los maestros negros. El objetivo era eliminar a los africanos negros con estudios". Dijo que los negros que trabajaban en oficinas del gobierno también fueron asesinados.
En Mershing, al sur de Darfur, Zubaida Abdullah, de 15, vio cómo su hermano Jamar Abdul Ibrahim, 50, un maestro, fue ultimado a balazos por los milicianos. Dijo que otros cuatro maestros fueron matados por pistoleros de la milicia en el despacho de la escuela.
Decenas de alumnos y maestros han perdido la vida durante los bombardeos de las escuelas en Shataya, Bindis, Kailek, Kaitinyara y Mershing, según testigos.
El resentimiento de las tribus africanas contra los árabes en Darfur es tan grande que los árabes son vistos indiscriminadamente como posibles agresores. Un jeque en el campo de refugiados de Otash, Abdulkarim Adam Eeka, 37, dijo que su gente no confiaba en los doctores ni en las medicinas de la clínica porque el doctor era árabe.
"No creemos ni en sus medicinas ni en su ayuda", dijo. "Quizás muramos de enfermedades, o de hambre, o de cualquier cosa, pero no necesitamos ninguna ayuda de los árabes".
Un estudiante y ex tendero de Kuja, Hafiz Arabi Mohammado, dijo que desde 2000 las milicias árabes habían asesinado a 27 miembros de su familia, incluyendo a su padre y un hermano.
Los agresores "llegaron a matar gente en este área porque el objetivo era eliminar a todos los negros", dijo.
"Dios no los perdonará. Ni los perros pueden causar tanto mal como ellos".

30 de septiembre de 2004
©losangelestimes
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soldados de ruanda reviven pasado


[Emily Wax] Las tropas enviadas por la Unión Africana para proteger a sus observadores esperan impedir otro genocidio.
El Fasher, Sudán. Cuando se ponía el sol en este campamento del desierto, el soldado raso Lambert Sendegeya, de Ruanda y enviado por la Unión Africana Ruanda, puso un casete con música de su país y empezó a hacer ejercicios para estirar las piernas. El teniente Eugene Ruzianda se asomó desde su tienda de lona y, sacándose la boina verde, se unió a él para los ejercicios vespertinos.
Mientras se estiraban, se lamentaban de su desalentadora tarea: proteger a los 80 observadores militares de la Unión Africana que están a cargo de supervisar una tregua rara vez respetada en Darfur, la conflictiva región de Sudán, un área del tamaño de Francia.
Mencionaron rápidamente que habían oído informes sobre actos de violencia y hablaron de casos en que víctimas les habían entregado notas manuscritas sobre ataques y violaciones. Pero ni los observadores ni las fuerzas de seguridad tienen suficientes vehículos ni personal para investigar los informes, dijeron los soldados.
"Te vas cada noche a dormir pensando que pudiste hacer más. Y podríamos hacer más con un mandato mejor definido", dijo Ruzianda, también ruandés, cuya familia huyó al Congo durante una guerra civil en su país en los años noventa. "Me indigna ver a la gente viviendo así. Hay algunas cosas que me recuerdan a mi país cuando la gente estaba huyendo. Me impactó ver que todo esto esté pasando de nuevo. Esta vez, el único consuelo es que al menos estamos aquí. Es mejor que nada".
Estos hombres forman parte de la generación que sobrevivió el genocidio ruandés de 1994, en el que en cien días de violencia fueron masacradas unas 800.000 personas. La Organización para la Unión Africana OUA, desde entonces remplazada por la Unión Africana UA, no hizo nada cuando ocurrió la masacre. Naciones Unidas, que tenía una pequeña fuerza en terreno durante la carnicería, tampoco intervino.
Ahora 155 ruandeses, parte de una fuerza de la UA de 305 hombres, deben demostrar que los africanos son capaces de poner fin a una guerra africana. Naciones Unidas, apoyadas por Estados Unidos y la Unión Europea, pidió una mayor involucración del grupo en Darfur, su primera prueba seria.
Aldeas incendiadas todavía humean en toda la región. Alrededor de 1.4 millones de africanos que fueron obligados a abandonar sus tierras viven ahora en endebles ciudades de tiendas que crecen cada vez más. Miles de personas han perdido sus vidas en la crisis, la que Estados Unidos ha calificado de genocidio.
La violencia estalló en febrero de 2003, cuando tribus africanas se rebelaron contra el gobierno dirigido por árabes. De acuerdo a Naciones Unidas y grupos de derechos humanos, el gobierno respondió bombardeando aldeas y armando y financiando a una milicia árabe conocido como janjaweed para terminar con la rebelión. El gobierno declaró que la milicia no está bajo su control.
Este mes el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptó una resolución que amenaza a Sudán con sanciones a menos que detenga la violencia y nombre una comisión para investigar las atrocidades cometidas. El consejo también ha amenazado con enviar a Darfur 3.000 tropas más de la Unión Africana si no mejora la situación de seguridad.
Los observadores y sus protectores son claves para poner fin al conflicto. Su trabajo es vigilar las violaciones del cese el fuego por tropas del gobierno y los rebeldes africanos y comunicarlas a la rama política de la Unión, que está realizando conversaciones de paz entre los dos lados en Nigeria.
Grupos de ayuda dicen que el mandato de la fuerza es vago y piden órdenes más explícitas que permita a los soldados usar la fuerza para terminar con los ataques contra civiles.
El gobierno de Sudán ha dicho que rechazará cualquier ampliación de las atribuciones de la fuerza que vayan más allá de la simple observación. En Kartum, los diarios de propiedad del gobierno están llenos de incendiarios editoriales acusando a las tropas, que representan a 12 países, de introducir el sida en Sudán. Otras historias han comparado la misión de la UA con la invasión norteamericana de Iraq.
Pero el gobierno de Sudán no tiene opciones. Han continuado los ataques contra aldeas y campamentos, que los refugiados describen como "prisiones sin murallas", dijo Louise Arbour, el alto comisionado para los derechos humanos de Naciones Unidas, que visitó la región hace poco.
"La gente no puede volver a sus casas porque no confían en que el gobierno les proteja", dice Arbour. "Está claro que se necesita una mayor presencia internacional en el terreno".
La fuerza de la UA, creada en 2002, está todavía en su infancia. El presidente de la Unión, Olugesun Obasanjo, de Nigeria, ha pedido 200 millones de dólares para adquirir materiales de logística. El Senado norteamericano aprobó el jueves un proyecto de ley para destinar 75 millones de dólares a la fuerza de intervención.
Durante una visita reciente a la base en El Fasher, el general Festus Okonkwo, de Nigeria, recibió en su despacho, un remolque con aire acondicionado, y mostró los vehículos de su diminuta flota: tres helicópteros y seis transportes blindados para personal.
"Y aceptaré cualquier cantidad adicional que ustedes puedan proporcionarme", dijo Okonkwo a una delegación visitante que incluía al parlamentario republicano Jim Kolbe (Arizona), presidente del subcomité de Asignaciones para operaciones en el extranjero.
Las dificultades suenan familiares a los ruandeses.
"Esperamos y apreciaríamos esa ayuda", dijo el mayor Emmanuel Rugazoora, un comandante ruandés. "Queremos solucionar un problema africano. No deberíamos avergonzarnos de pedir ayuda, porque hay gente que está sufriendo".
Rugazoora animó a sus hombres a seguir trabajando, y a no preocuparse de asuntos políticos. "Concéntrense en Darfur", ordenó.
"Queremos hacer más", dijo Sendegeya, el soldado raso, que creció como refugiado en Burundi durante la guerra de Ruanda. Muchos de los amigos de su familia, que se quedaron en el país, fueron asesinados. "Como ruandés, sabes que esto debería ser estudiado cuidadosamente y que deberían haber objetivos", dijo Sendegeya, 32. "Cuando hay problemas, me pongo triste".
Hay días en que no hay suficientes coches para todos los observadores, y Sendegeya se sienta en la tienda, hace el aseo del recinto y ejercicios.
Pero dijo que estaba feliz de estar aquí. "Sabes, es interesante porque a pesar de todo siento que estoy haciendo algo para resolver el conflicto", dijo.
Ruzianda, su superior inmediato, le dio una palmada en la espalda a su amigo y dijo que entendía.
"Incluso cuando me quejo, estoy contento de contribuir, aunque sea un poco", dijo Ruzianda, que era miembro de la fuerza militar que detuvo el genocidio en Ruanda. "Es diferente para nosotros".
Los soldados ruandeses, algunos con rifles AK-47, se reunieron a hablar sobre los efectos positivos de lo que estaban haciendo. Muchos dijeron que habían asistido a ceremonias en su país, en abril, en conmemoración del décimo aniversario del genocidio.
Hablaron sobre las mujeres que habían asistido a las ceremonias, con muchas de ellas llorando y portando collages de fotos enmarcadas de los niños que habían perdido. Algunos de los soldados dijeron que unos extranjeros habían viajado a su país para el aniversario, pero que no estuvieron ahí hace diez años para impedir la masacre. Y hablaron de las palabras inscritas arriba del museo del genocidio inaugurado recientemente: ‘Nunca más’.
Un guardia de aspecto juvenil, que dijo que había perdido a sus padres en el genocidio, se retiró. "Me voy a la cama", dijo. Otro fijó su mirada pensativamente en el suelo.
Ruzianda sonrió débilmente y se encogió de hombros. "Es lo que me gustaría: nunca más. Y ¿no es esto lo que estamos proclamando aquí? Para detener la locura", dijo. "Nuestro continente no necesita pasar por todo esto otra vez".

30 de septiembre de 2004
©washingtonpost
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refugiados en sudán


[Robyn Dixon] Las agencias temen que tomará meses antes de que puedan llevar alimentos, medicina, personal y equipamiento a los campamentos de refugiados.

Campamento Serif Aljir, Sudán. Para instalar una clínica en Darfur, tienes que negociar con los jeques, enseñarle a la gente cómo pintar una pared, dar clases improvisadas de inglés al personal potencial y preparar decenas de documentos para satisfacer a una burocracia hambrienta de trámites.
Cientos de cooperantes y periodistas han aterrizado en los últimos meses en la pequeña ciudad de Nyala cerca de este campamento en la parte sur de la occidental región de Darfur, Sudán, donde los cooperantes se dan prisa para llevar ayuda a gente desesperada que huye de las criminales milicias. Pero encontrar lo que ellos necesitan -o importarlo- es un juego de ‘Chutes and Ladders’ [Toboganes y Escaleras] de logística. Sólo que sin las escaleras.
Las agencias de ayuda enfrentan los mismos problemas en todo Darfur.
"En otros países sólo necesitas dinero. Puedes encontrar a personal local y todo lo que necesitas se encuentra en el mercado. Pensando logísticamente creo que esta va a ser el reto más importante", dice Goran Bilic, director de operaciones de agencia humanitaria de Santa Monica, International Medical Corps IMC.
La directora en Sudán, Naomi Wyles, y el equipo del IMC están habilitando en Darfur cuatro clínicas médicas y enviando cuatro clínicas móviles a áreas que han tenido poco o nada de servicio médico en los últimos años. La agencia traerá 39 personas para dotar la plantilla y 22 vehículos en los próximos dos meses. Bilic dice que este proyecto es el más difícil de los que le han tocado en suerte en los últimos diez años.
"Aquí el transporte es una pesadilla. Estamos realmente en el centro de ninguna parte", dice Bilic. "Desafortunadamente, para ayudar a la gente necesitas tiempo para traer a la gente y los equipos".
En el campo de refugiados de Serif Aljor al menos 27.000 personas han estado esperando durante meses, sin ayuda en alimentos ni medicina. Los líderes del campamento dijeron que mueren a la semana varias personas. Más de un millón de personas han huido de sus hogares en Sudán occidental, y al menos 30.000 han muerto después de que las milicias árabes atacaran aldeas en represalia por la rebelión del año pasado de los grupos de rebeldes africanos negros.
El IMC está habilitando una clínica en el campamento de Serif Aljir. La gente tiene hambre. Pero el Programa Mundial de Alimentos todavía no ha inscrito a la gente para recibir ayuda en alimentos debido a desacuerdos con los líderes del campamento sobre el procedimiento.
Interrogado sobre el retraso, un funcionario de Naciones Unidas dijo: "Lo tuvieron que cargar... ellos mismos [los cooperantes]". El IMC entró con la intención de organizar la distribución de alimento en el campamento, y es probable que se habilite dentro de poco un centro suplementario de ayuda alimentaria para los niños.
El IMC está buscando trabajadores y personal para las clínicas entre los refugiados, en primer lugar. Un equipo de gente desplazada del campamento comenzó a pintar las paredes de la nueva clínica, dejando lagos de pintura en el piso.
Bilic tomó amablemente la brocha que tenía uno de los hombres y le mostró cómo se pintaba. Luego entrevistó a cuatro hombres que querían trabajar como guardias anglo-hablantes, aunque sólo uno de ellos entendía la lengua.
Luego se reunió con el jeque, Ibrahim Sultan, líder de todas las comunidades del campamento y le pidió que lo ayudara a encontrar empleados.
"Dile que quiero que él y toda su gente sientan que ellos pertenecen a esta clínica, porque es para ellos. Y que la podemos hacer juntos", le dijo Bilib a un intérprete.
La primera batalla de las agencias de ayuda es negociar con el bizantino gobierno de Sudán, lo que como tratar de nadar en miel. "Sudán tiene una enorme burocracia, y ese es tu principal reto", dijo el director de logística del IMC, Steve Gordon.
Algunas organizaciones de ayuda han esperado hasta cinco meses antes de obtener visados para su personal. Otras han esperado seis meses antes de obtener permiso de la aduana para introducir vehículos de cuatro ruedas al país. Otros han visto sus medicinas requisadas por la aduana o en aeropuertos. Después de meses de presión internacional, Sudán levantó algo del papeleo por el que debían pasar las agencias humanitarias.
Una de las principales dificultades para habilitar clínicas es la falta de personal médico preparado en Darfur, dice el doctor Jeff Goodman, el funcionario médico del IMC. Incluso en Kartum, la capital, es muy difícil encontrar personal médico para dotar las clínicas de Darfur.
En una pequeña ciudad llena de carros tirados por caballos y viejos vehículos motorizados, la lucha por el transporte entre organizaciones no gubernamentales y periodistas ha creado en Nyala un pequeño boom para los choferes locales, algunos de los cuales están pidiendo hasta 200 dólares al día por uno de esos vehículos destartalados.
La actitud sudanesa hacia los negocios es tan relajada que cuando Gordon necesita dos vehículos, encarga seis.
"Cuando salgo en la mañana y hay uno, es que tengo suerte", dice. "Es un lugar tan atrasado que llega a ser irritante... en veces".
Incluso encontrar a un chofer capaz de manejar los vehículos a través de los wadis, o los ríos de la temporada de lluvias, es todo un reto. En la oficina de Médicos Sin Fronteras Holanda colgaron una tabla con diagramas sobre cómo cruzar un wadi.
Los problemas significan retrasos en la entrega de ayuda.
"Me gustaría estar en estado de hacer más de lo que puedo", dice Bilic. "Pero si quieres lograr algo, no te puedes dar el lujo de frustrarte".

20 de septiembre de 2004
23 de septiembre de 2004
©losangelestimes
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las guerrillas de sudán


[Somini Sengupta] Los informes sobre la guerra de Darfur, en Sudán, y los improbables ejércitos de liberación africanos llegan a cuentagotas. En este reportaje se describe a los guerrilleros del Ejército Sudanés de Liberación.
Arawiya, Sudán. Tres escuálidos chamacos, cubiertos de arena de pies a cabeza, llegaron aquí el otro día al cuartel general del rebelde Ejército Sudanés de Liberación ESL. Dijeron que se habían escapado de casa -un campo de tiendas de refugiados al otro lado de la frontera con Chad- y caminado tres días en el desierto, con sólo una botella de agua y sin alimentos. Dijeron que sus aldeas habían sido destruidas. Tenían entre 11 y 13 años. Y ahora sólo tenían una ambición: unirse a los rebeldes.
Su determinación, aunque infantil e imprudente, refleja la de los combatientes rebeldes considerablemente más viejos a los que se quieren unir en Darfur, la región desértica al oeste de Sudán que ha sido durante dieciocho meses escenario de una sucia guerra civil.
Un chico de 19 años abandonó el instituto y se calzó unas botas de segunda mano después de que su ciudad natal, Karnoi, fuera asaltada por tropas del gobierno. Un estudiante universitario dejó tirados los estudios y se puso de toga el turbante color mostaza de los rebeldes; tan desilusionado estaba por lo que veía como la desesperanza que asalta a africanos negros como él. Un niño de no más de 13 años, con la manía de componer canciones en la oscuridad, se unió a los rebeldes después de que su padre fuera asesinado durante un ataque.
Después de viajar una semana en una camioneta atiborrada con unos 15 combatientes del ESL, uno de los dos grupos rebeldes de Darfur, se hizo tan claramente evidente como la luna llena sobre el Sahara que gran parte de la responsabilidad del crecimiento de la insurgencia la tiene el gobierno árabe de Kartum.
Los hombres y niños de las comunidades negras de Darfur han sido empujados en los brazos de los grupos rebeldes por un resentimiento abrigado durante mucho tiempo contra lo que consideran como discriminación oficial a manos del gobierno, intensificada por la violencia ejercida por Kartum y sus aliados de las milicias árabes, los janjaweed.
Líderes rebeldes insisten en que su objetivo no es luchar contra los árabes como tales, ni liberar a Darfur de las centenarias tribus nómades árabes. Pero hoy la base están tan resentida por la violencia y tan envalentonada por la condena internacional del gobierno de Kartum que las perspectivas de una coexistencia no son más que una débil posibilidad, al menos de momento.
"Imposible", dije Mustapha Abdul Karim, 35, el vociferante comandante de esta tripulación cuando le pregunto sobre la posibilidad de compartir el territorio donde ya han muerto o sido desplazados decenas de miles. "¿Árabes y africanos viviendo en la misma aldea? Imposible". Su padre murió en un combate en Abu Gomorah en 2002, antes incluso de que comenzara oficialmente la guerra.
Los objetivos políticos de los rebeldes siguen siendo vagos -sólo amplias exigencias de compartir el poder y la riqueza con el gobierno de Sudán. Para alcanzar esos objetivos los rebeldes también han recurrido a tácticas desagradables, incluyendo el secuestro de cooperantes en Darfur en agosto pasado. Sus filas están llenas de niños de menos de 18 años.
Sin embargo han acumulado un envidiable apoyo internacional, especialmente del gobierno de Estados Unidos, llamando la atención correctamente sobre las atrocidades cometidas contra civiles africanos negros por fuerzas de gobierno y la milicia janjaweed.
Sabiendo que el dedo acusador de la comunidad internacional está de su lado, y desconfiando de las promesas hechas por Karum, también se han mostrado obstinados en las conversaciones que tienen lugar en la capital nigeriana de Abuja, que tiene como fin terminar el conflicto. Han insistido, por ejemplo, en que la milicia debe ser desarmada antes que sus propios combatientes -algo que el gobierno ha rechazado.

Cómo Provocar Una Revolución
Entre los reclutas de la insurrección, las tácticas de los milicianos janjaweed y las tropas del gobierno ha crecido un profundo pozo de rabia y desconfianza, y alimentado el deseo de reparación. Pasar unos días con los rebeldes es descubrir la fórmula para provocar una insurrección: mata al pariente de un niño y róbale el ganado. Así nace un rebelde.
"Mataron a mi padre, así que me uní al ESL", es como lo dijo Khalid Saleh Banat, de 13.
Se fanfarroneó de haber participado en tres batallas. Fuma un cigarrillo tras otro. Su pequeño cuerpo está contenido en unos enormes pantalones de payaso. Le pesa su colección de amuletos de cuero, conocidos en árabe como ‘hijab’, o protección, con versos del Corán, de los que se cree que te protegen contra de los peligros.
Como la mayoría de los grupos rebeldes africanos, estos rebeldes, una harapienta banda con uniformes mal emparejados y jerséis de baloncesto, están pobremente armados, con una variopinta colección de viejos Duschkas, Kalashnikovs y lanzagranadas. No están a la altura del poderoso ejército sudanés, no tienen defensa anti-aérea con la que defenderse de los Antonovs y helicópteros del gobierno que bombardean rutinariamente aldeas civiles y campamentos de rebeldes por igual.
Los rebeldes dicen que su objetivo no es derrocar al presidente sudanés Omar al Bashir, ni crear un estado independiente. Sin embargo, al menos uno de los dos grupos rebeldes, que se llama a sí mismo Movimiento por la Justicia y la Igualdad MJI, está vinculado al principal enemigo político de Bashir, un extremista musulmán llamado Hassan al Turabi. Turabi está actualmente en prisión por sospecha de preparar un golpe de estado.
En este vasto y árido rincón de Sudán, un terreno que ha sido durante generaciones el hogar de una variedad de grupos étnicos árabes y africanos, la brutalidad de la guerra ha trazado nítidas líneas. La reconciliación será más difícil de lograr que la paz misma.
"Si termina la guerra, todavía es posible vivir con los árabes", dijo Tijane Ibrahim Mohamed, 28, el meditabundo estudiante universitario que abandonó los estudios, una tarde cuando caía la noche sobre el desierto y una animada partida de cartas condujo a una seria reflexión sobre los objetivos y estrategias de su lucha. Era el único entre sus camaradas con esa convicción. El objetivo era, agregó, compartir con equidad la riqueza y el poder del país. "Sudán es una casa", dijo.
Pero cuando le pregunté por qué se había unido a los rebeldes, también tenía su respuesta preparada: "El gobierno de Sudán mató a nuestras familias", dijo. "Nuestros animales fueron requisados por la milicia. Eso me enfureció. También hay otras razones. Si termino la universidad, tampoco tendré trabajo".
Mukhtar Adam Suleiman, 33, con un cepillo de dientes en la boca, dice que los árabes sólo vuelven a robarles la tierra y los animales. Abdul Jabbar, 18, dijo que su hermano había sido asesinado por los árabes en el otoño.
Abul Kassim, el chico de 19 cuya ciudad natal Karnoi fue atacada por tropas del gobierno y milicianos, describió el horror que lo empujó a unirse a la rebelión. Durante el ataque contra Karnoi a principios de 2003 vio a tres niños asesinados, uno de los ellos con las tripas colgándole fuera.
El mayor de los cinco, Kassim, dijo que había pedido a su madre que lo bendijera antes de salir y unirse a los rebeldes. Cuando le pregunté qué esperaba alcanzar, declaró: "La liberación".
Sobre sus ambiciones personales para después de la guerra, dijo: "Todavía no somos libres". "Tener una vida mejor, eso ni lo pensamos ahora. Sólo pensamos en ganar la liberación, o morir".
Llevaba un jerséis de baloncesto con el número de Michael Jordan en la espalda. Tenía sólo una idea vaga de la estrella del baloncesto estadounidense, dijo. En Karnoi, en su vieja escuela, había una cancha de baloncesto.
Los escalones más altos de la rebelión reciben en la cafetería del hotel Novotel al otro lado de la frontera, en Ndjamena, la capital del Chad. Aquí, antes de que partieran hacia Nigeria para las conversaciones de paz a mediados de agosto, los líderes rebeldes tomaban té con un desfile de diplomáticos y periodistas. Las cabinas teléfonicas sonaban como pájaros gorjeando. A veces, uno de sus compañeros recibía llamadas de lugares recónditos del desierto en un teléfono celular Thuraya.
Los líderes se mostraron renuentes a decir quién pagaba su hotel y la cuenta del teléfono, excepto que contaban con la generosidad de los exiliados en el extranjero. Algo del apoyo logístico del movimiento, especialmente el transporte desde y hacia las conversaciones de paz, proviene del gobierno estadounidense, dicen funcionarios norteamericanos y rebeldes.
Sus exigencias políticas hacen eco de aquellas de sus contrapartes rebeldes en el sur, los que después de 20 años de guerra lograron significativas concesiones de poder y dinero de parte de Kartum.
"Por supuesto que no estamos luchando por la auto-determinación o por un estado independiente de Darfur", dijo Adam Shogar, un oficial del ESL. "Creemos que nuestra región ha sido marginada por el gobierno central. Sólo queremos justicia e igualdad en Sudán, y un sistema democrático. Nosotros, como darfurianos, queremos nuestra parte. Queremos nuestra parte del poder en Sudán, y no queremos ser gobernados por otros".
Como si tratara de enfatizar estas demandas, su grupo se cambió de nombre el año pasado, de Ejército de Liberación de Darfur, a Ejército Sudanés de Liberación. Su objetivo, dijo enfáticamente, no es luchar contra los árabes. "Nuestro problema no es racial", dijo. "El gobierno de Sudán lo hace racial al enlistar a milicias árabes para matar a nuestra gente".
Los rebeldes dicen que es una tontería distinguir entre el ejército sudanés oficial y las milicias que cometen la mayor parte de los abusos. "La milicia janjaweed opera con instrucciones del gobierno", dijo Ahmed Tugod Lissan, un traductor que reside en Birmingham, Reino Unido, que ha regresado a incorporarse a la causa rebelde como portavoz del MJE.
La expectativa de que rebeldes y milicianos se desarmen simultáneamente "crea un contexto de equivalencia moral entre los que llevaron a cabo campañas de limpieza étnica a nombre del gobierno y aquellos que luchan contra el gobierno", dijo John Prendergast, un experto sudanés de la organización de investigación y abogacía International Crisis Group, y un antiguo funcionario del gobierno de Clinton.
"Desvía la atención del verdadero conflicto, la guerra civil entre el gobierno y los rebeldes", dijo.
Durante la semana que pasé en territorio rebelde quedó en claro que, por amateurs y desorganizados que parezcan, los rebeldes han mejorado su destreza en transmitir su mensaje a los medios de comunicación internacionales. No fue difícil, considerando la ruina que ha llevado la guerra a Darfur.
Y así ofrecieron a un grupo de periodistas estadounidenses una expedición guiada por lo que llaman los crímenes del gobierno de Sudán. Entre las paradas obligatorias de este tour se encuentra un barranco con una docena de cuerpos en descomposición. Eran hombres y niños civiles, dijeron los rebeldes, que fueron asesinados por tropas del gobierno. En lugar de enterrarlos directamente, como ordena la costumbre musulmana, los rebeldes han decidido dejarlos aquí, para exhibición de visitantes extranjeros.
Llevaron a los visitantes a aldeas quemadas. Su camioneta, un destartalado Lamd Cruiser Toyota de 1992 con las puertas sacadas de otro vehículo, frenó chirriando para observar el cráter dejado en la arena por una bomba o por una bomba que cayó del cielo y que aún no ha explotado.
La camioneta se atrancó a menudo. La cuneta estaba llena de barro. El vehículo se sobrecalentó. Estalló una llanta. El teléfono Thuraya de Kharim sonó varias veces al día e interrumpió el viaje. Hubo muchos desvíos serpenteantes para cazar animales. En camello habría sido más rápido.

Un Papel Para Cada Soldado
Durante el viaje pudimos tener algunos datos sobre su nivel de organización. Cada vez que el Land Cruiser se quedó en pana, todos saltaron fuera, virtualmente al unísono, a repararlo. Uno de ellos se arrastraba hasta debajo del vehículo. Otros examinaban debajo del capó.
Todos tenían un papel. Entre los cuatro que iban en el techo de la camioneta, ordenados en torno a un bouquet de ametralladoras, uno servía de copiloto, moviendo un brazo o a veces sacando un pie para indicar al chofer qué camino seguir en el desierto. Una noche, en la oscuridad, acompañados por las canciones del joven Khalid, un grupo de soldados controló la presión de las llantas.
La camioneta misma contenía una maleta con herramientas para el carburador, fusibles de recambio, una cabra vaciada que ahora hacía las veces de botella de agua gigante, un cargador de Thuraya, linternas, rollos de ropa de cama, cacerolas cubiertas de hollín, un martillo, un jarro de miel de palma caducada, sacos de harina de maíz para la cena diaria de maíz machacado y, en las mañanas con suerte, con un pájaro muerto asomando una garra. Todos, hombres y niños, tenían un arma, por supuesto.
A la hora de la oración, los fieles se arrodillaban y hundían sus cabezas en la arena. Cuando volvían, saludaban con un beso en la frente. De vez en cuando se veía en el horizonte un arco iris, ahí por donde había tronado una tormenta.
Es imposible saber con cuántos de estos combatientes mal alimentados y pobremente adiestrados cuentan los grupos rebeldes. Sin embargo, cuando pregunté cómo podrían hacer frente al arsenal de los militares sudaneses, Karim no se desconcertó. La rebelión, dijo, comenzó al sur de aquí, en las colinas de Jabal Mara, con no más que algunos hombres y burros. Desde entonces, dice, los rebeldes han logrado hacerse con 300 coches y derribado 17 aviones sudaneses, usando solamente lanzagranadas.
"Pregúntale al más joven", dijo, apuntando al joven Khalid, que escuchaba embelesado. "Vio con sus propios ojos lo que los milicianos janjaweed hicieron con su familia".
Khalid, el mayor de tres hermanos, dijo que su madre le había bendecido cuando le pidió permiso para tomar las armas. La dejó en un campamento en el vecino Chad. Recuerda que ella le dijo: "Tienes que luchar hasta la muerte".
Les preguntamos qué harían cuando termine la guerra. Mohammed dijo que volvería a la universidad. ¿Y después de eso? Miró asombrado, como si no pudiera imaginar un futuro tan lejano.
Los rebeldes han reclutado soldados de todas las familias de su territorio. Es una costumbre, dijo un alguacil de una aldea, que una familia de digamos cinco hijos entregue al menos tres al movimiento. De los ricos se espera que proporcionen ganado o cabras. De los innumerables jóvenes darfurianos que viajan a la vecina Libia a hacer dinero se espera que contribuyan generosamente a la causa.
Como los movimientos rebeldes de otros lugares, los rebeldes se muestran recatados a la hora de responder preguntas sobre de dónde vienen las armas. Sudán sospecha a Eritrea y Chad, pero los dos grupos rebeldes lo niegan. Dicen que todo lo que tienen se lo han robado al enemigo. Sin embargo, también se encuentran algunos artículos improbables. Algunos llevan uniformes y turbantes de camuflaje muy parecidos a los que usan los militares del Chad, que como los rebeldes pertenecen en su mayoría al grupo étnico zaghawa.
Una tarde un emisario rebelde que vive en Chad apareció con una ración militar norteamericana; es probable que provenga de la ayuda militar al Chad.
La frontera de 600 kilómetros entre los dos países facilita el transporte de suministros y hombres por igual. Justo al otro lado de la frontera al oeste de Darfur, cerca de la ciudad fronteriza de Bahay, en el Chad, se encuentra el enorme campamento de refugiados Oure Cassoni de Naciones Unidas.
Los rebeldes admiten abiertamente que entran y salen del campamento para descansar y visitar a sus familias. Todo lo que tienen que hacer, dicen, es dejar atrás los uniformes y las armas. Los nuevos reclutas salen fácilmente del campamento. De hecho, este reportero dio de casualidad con una base de adiestramiento del ESL en un trecho de sabana salpicado de árboles frondosos, justo al otro lado del campamento de refugiados.
Los tres chiquillos se habían escapado de este campo de refugiados. Uno de ellos lo había hecho antes y lo habían enviado de vuelta a su madre. Llevaba una camiseta del color de los uniformes. Dijo que quería ser soldado.
También este día los volvieron a enviar de vuelta. Karim le dio una palmada en la cabeza a uno de ellos, diciéndole que era demasiado pequeño para luchar. Pero nadie tenía dudas de que volverían a intentarlo; es sólo una cuestión de tiempo.

11 de septiembre de 2004
19 de septiembre de 2004
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mQh

secuelas de violaciones en sudán


[Robyn Dixon] En Darfur las jóvenes víctimas de los milicianos son acusadas de causar la deshonra de sus familias. Tienen pocas esperanzas de casarse o de estudiar.
Campamento de Kalma, Sudán. Nació apenas hace 18 días y su vida ya está manchada. Acurrucada desnuda debajo de una manta junto a su madre, Nashwa es demasiado joven para saber lo que es la vergüenza, el sentimiento que la acompañará toda su vida, como una sombra.
Los hombres de su comunidad en la provincia de Darfur del Sur dicen que habría sido mejor que Fatina Adam, de 15, hubiese muerto antes que tener a Nashwa, concebida después de una violación, la hija de un enemigo.
La vergüenza manchará a Fatima, a su familia y a su hija, arruinando las posibilidades de Fatima de casarse, de ir a la escuela y de llevar una vida decente. Los combatientes de la milicia árabe la atacaron en su aldea, Tulus, hace unos diez meses, cuando mataron a 26 personas y violaron a 10 niñas de edades entre los 14 y 17 años.
Un informe publicado en julio de Amnistía Internacional documentó 500 casos de violaciones en la región de Darfur al oeste de Sudán, y agregó que debido al tabú que pesa sobre la violación el número de casos reportados es probablemente sólo una fracción del total. Un informe de UNICEF reportó que 41 chicas y maestras fueron sometidas, solamente en febrero, a violaciones colectivas en la aldea de Tawila, mientras otras fueron secuestradas para servir como esclavas sexuales. También ha habido informes de que algunas mujeres han sido marcadas como ganado.
El trauma de las violaciones masivas se agrava con la visión tradicional de que las víctimas son de alguna manera culpables de lo que les ha ocurrido y el imperativo cultural de que las novias deben ser vírgenes.
"Una chica que es virgen es considerada nueva. Es como si se tratara de un coche. Una chica violada es como un coche de segunda mano", dice Mohammed Ibrahim Mohammed, el líder de una comunidad de la aldea de Karande. "Sólo se podrá casar con un viejo".
"No podrán encontrar un marido, nunca", dice Abdulkarim Adam Eeka, líder de la aldea de Tabadiya. "Es nuestra tradición".
Cuando Fatima Adam corría aterrorizada por el campo durante el ataque contra Tulus el año pasado, los milicianos árabes la persiguieron a caballo, saltaron a tierra y la violaron. Un tercer atacante la alcanzó a pie.
"Uno de ellos dijo: ‘Esto te pasa por eres tora bora’", contó Fatima. El término es usado por los milicianos árabes para referirse a los rebeldes negros de Darfur, que se levantaron en armas contra el gobierno sudanés a principios del año pasado. "Oí cómo me insultaban. Me deshonraron, pero no sabía lo que significaban esas palabras".
Después de la rebelión las milicias árabes atacaron a cientos de aldeas en todo Darfur, violando, saqueando, matando, quemando casas y obligando a más de 1.2 millones de personas de las tribus fur, massalit y zaghawa a huir de sus tierras -asaltos que fueron descritos como genocidio por el Congreso estadounidense.
Grupos de derechos humanos y diplomáticos occidentales creen que los milicianos han tenido el apoyo del gobierno sudanés, una acusación desmentida por funcionarios de Kartum, la capital. Un informe de Naciones Unidas estima en 30.000 a 50.000 las personas que han muerto [en los ataques].
Y la brutalidad está lejos de haber terminado. El jefe de equipo de la oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, David del Conte, dijo hace poco que en los últimos meses al menos 250 mujeres habían sido violadas en el área al sudoeste de Kass, una ciudad al sur de Darfur.
Una táctica típica de la milicia es levantar campamentos en torno a una aldea en las semanas previas al ataque principal, prohibiendo a los aldeanos que salgan a por agua o leña. Los hombres que se aventuran a salir son asesinados, de modo que los padres deben tomar la terrible decisión de enviar a las chicas y a las mujeres a los pozos fuera de la aldea, sabiendo que pueden ser violadas, sino asesinadas.
Hadiya Abaker Osman, una chica de 20 recién casada, fue violada junto a otras diez niñas y mujeres en un ataque contra su aldea, Donki Deras, en junio.
"Dos hombres abusaron de mí. Me dijeron: ‘Tus padres trataron de derrocar al gobierno, así que por eso te violamos’. Yo les dije: ‘Mi padre es un hombre pobre y débil. ¿Cómo podría derrocar al gobierno?’ Entonces me golpearon en la cara".
Cuando le contó a su padre que había sido violada, él le preguntó por qué no había resistido.
"Mi padre me dijo: ‘Nos quejaremos ante Dios’. Fue todo lo que dijo".
Una semana más tarde el marido de Osman fue asesinado durante el ataque principal contra la aldea.
"Le dispararon cuando iba en su camello", contó Osman. "Vi cómo lo mataban". Estuvo casada apenas tres meses.
Adam Isa, de 35, se cubre los ojos y llora cuando recuerda la violación de su sobrina, Hadiya, de 16, en su aldea de Kailek, en febrero, una de las dos chicas secuestradas a vista de los aldeanos durante un ataque. Había adoptado a la niña tras la muerte de su padre hace siete años.
Cuando volvió a su casa después del ataque y le dijo que había sido violada, no dijo nada; sólo lloró. Su corazón aún se agita de indignación, vergüenza y la dolorosa conciencia de que aunque sabe quiénes son los hombres que la violaron nunca serán procesados.
"Ha traído deshonra a nuestra familia", dice. "Aún siento la vergüenza. No puedo olvidarlo. Estoy indignado con la gente que lo hizo. Pero soy débil. No tengo ya la fuerza como para vengarme. Tendré que dejarlo en manos de Dios".
Las autoridades sudaneses hacen poco por las víctimas de agresiones sexuales. Hussein Ibrahim Karshun, de la Comisión de Asuntos Humanitarios del gobierno en Kartum, dijo que era difícil probar que las mujeres habían sido violadas y que se tomarían medidas para establecer algún tipo de mecanismo para determinar los casos. Dijo que la policía estaba siendo adiestrada para tratar a las víctimas de violación y que se formaría una policía femenina.
El informe de Amnistía Internacional sobre las violaciones en Darfur informa que las comunidades en el área no parecen preparadas para proporcionar apoyo a las víctimas de violaciones y sus hijos.
Algunos refugiados entienden que las mujeres violadas son víctimas sobre las que no recae ninguna culpa, pero sin embargo consideran inevitable una vida dominada por la vergüenza.
"Son valientes, lo sé, pero la sociedad no las comprende -no entiende que es un accidente. Se trata de gente sin educación, y no lo entienden", dice Eeka, jefe de la aldea de Tabadiya.
Algunas niñas escapan de sus familias para evitar la vergüenza, dice Ayun Mohammed Adam, un líder comunitario de la aldea de Dogu.
"Si una niña da a luz después de un incidente de este tipo, no tiene ni futuro ni esperanzas", dijo. "No podrá estudiar y será destruida psicológicamente. En el futuro todos culparán al bebé y llevará siempre la deshonra".
El informe de Amnistía Internacional dice que un niño nacido de una violación deberá vivir en ostracismo y será hasta considerado un enemigo. Algunas mujeres abandonan a esos bebés. En algunas comunidades de Darfur la gente cree que es imposible quedarse en cinta tras una violación, dice el informe.
Dice que muchas mujeres embarazadas tras violaciones se quedan fuera de los campamentos de refugiados donde viven sus familias para evitar la deshonra. Las mujeres que crían solas a sus hijos están entre las más pobres y vulnerables, dice el informe.
Cuando Osman, la recién casada, piensa en su futuro, se queda en silencio y sus ojos se llenan de lágrimas. Su marido ha muerto y tiene pocas posibilidades de volverse a casar.
"Esto está en mi corazón todos los días", dice. "No podré olvidarlo. Siento vergüenza".
Después de la violación Fatima, de 15 años, se sintió como si su vida hubiese sido manchada con dolor. Cuando se dio cuenta de que estaba embarazada sintió terror.
Pero la primera vez que tuvo a su bebé en los brazos, dijo: ‘Sé que es mi bebé. Por supuesto lo quiero. ¿Cómo podría no quererlo?"

15 de septiembre de 2004
18 de septiembre de 2004
©losangelestimes
cc traducción
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rebeldes africanos de sudán


[Emily Wax] Se sabe poco de las guerrillas africanas en Sudán, pero sus ambiciones exceden sus medios. En un reportaje de la primera semana de septiembre, el Washington Post ofrecía una mirada en el mundo de la harapienta guerrilla.
Furawiya, Sudán. El grasiento y fétido Land Cruiser, con su chirriante correa del ventilador y botijo de cabra balanceándose en la parte de atrás, se sacude a toda velocidad a través del desierto en la zona controlada por los rebeldes de Darfur hasta que se detiene con un brusco frenazo.
En su capó viajaba Isaac, un enérgico tirador de élite del Ejército Sudanés de Liberación ESL. Había divisado su objetivo. El Land Cruiser, camuflado improvisadamente con aerosol negro, reposó por un momento. Isaac miró por la mira de su rifle AK-47. Disparó, y el crepitar de los disparos hizo eco en el silencioso desierto.
En la distancia, un tierno antílope se echó a correr hacia los arbustos. Las hambrientas fuerzas rebeldes pasaron los siguientes 45 minutos -y nueve disparos- persiguiendo a la veloz criatura a través de los espinosos arbustos y espesa arena antes de lograr capturarla.
Encontrar alimento es una asunto de vida o muerte para las miles de personas que viven en esta vasta área de Sudán, incluyendo a las tropas en conflicto que están creando una aguda crisis humanitaria. El conflicto armado en Darfur ha dejado sin casa a 1.2 millones de personas y ha costado la vida a 50.000, con cientos de miles expuestos a enfermedades que ponen en peligro sus vidas.
La condena internacional se ha concentrado en la milicia apoyada por el gobierno conocida como janjaweed, que ha aterrorizado a los civiles en áreas donde la resistencia armada al gobierno ha sido más fuerte. Se ha dedicado menos atención a los rebeldes del ESL, que dicen que iniciaron el conflicto para defender los derechos de las tribus africanas de Darfur y que ahora dominan territorios de agudo sufrimiento y desesperación en las fronteras del país más grande de África.
Una semana de viaje por áreas controladas por los rebeldes muestra que el ESL está mal equipado, mal adiestrado y que carece de organización, con niños soldados niños entre sus harapientas filas. Sus grandiosas ambiciones no están a la altura de sus recursos. Lo único de lo que los rebeldes no carecen es de motivación.
"Danos 500 coches con ametralladoras y tomaremos Kartum en un mes", proclamó Bahar Ibrahim, un importante asesor del brazo político del ESL, refiriéndose a la capital de Sudán. Canoso y diminuto, Ibrahim dice, bebiendo un azucarado té en su campamento en la ciudad de Bahai, que admira la ferocidad de las películas de acción y de vaqueros norteamericanas. "Podemos hacer lo mismo", dice.
Sin embargo, esa agobiante tarde, los rebeldes en el SUV no fueron ni siquiera capaces de cruzar el lecho de un río que había crecido con las lentas aguas de las lluvias de la temporada. En el campamento tenían cinco coches, todos ellos capturados en combate a las tropas del gobierno. Ninguno de ellos funcionaba.
Mientras la milicia janjaweed se encuentra unida por el odio étnico hacia las tribus africanas, los líderes del ESL hablan con igual ferocidad sobre el gobierno árabe de Kartum, del que dicen que ha discriminado a los africanos negros durante generaciones. Se ven a sí mismos como héroes que defienden las vidas de los miembros de las tribus que todavía no han escapado hacia los infectados campamentos del gobierno.
Como resultado, los líderes del ESL, como los cabecillas de la milicia janjaweed, rehúsan silenciar sus armas. Las conversaciones de paz en Nigeria entre los rebeldes del ESL y el gobierno se paralizaron la semana pasada, cuando los dos lados reñían sobre quién había estropeado los intentos de declarar una tregua.
La semana pasada unas 3.000 personas huyeron de los enfrentamientos hacia la ciudad de Zam Zam en Darfur del Norte, según un informe de Naciones Unidas. No está claro si los enfrentamientos fueron iniciados por los rebeldes o por la milicia. Naciones Unidas ha fijado el 30 de agosto como fecha límite para que el gobierno mejore las condiciones de seguridad y pongan freno a la milicia o hagan frente a sanciones no especificadas.
El gobierno de Estados Unidos exige sanciones a menos que las milicias sean controladas, mientras algunos miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dicen que Sudán debería tener más tiempo. El jueves el secretario de Estado Colin L. Powell deberá declarar ante el Comité de Asuntos Exteriores del Senado sobre los descubrimientos de una investigación de Estados Unidos sobre si se ha cometido genocidio en Darfur. [Ha declarado en esa ocasión que las milicias eran culpables de genocidio].
Entretanto los civiles continúan sufriendo. Los rebeldes han sido acusados de cometer atrocidades, aunque en una escala mucho menor que la milicia janjaweed y sus auspiciadores del gobierno. Los rebeldes controlan un extenso campo donde viven unos 130.000 civiles más allá del alcance de la ayuda alimentaria y médica que comienzan a recibir lentamente los que están en zonas controladas por el gobierno.
El ESL no ha había esperado ganar tanto terreno tan rápidamente. El grupo obtuvo su primera victoria el año pasado con la asombrosa toma de la ciudad de El Fasher. Los rebeldes mataron a 75 soldados del gobierno, robaron armas y destruyeron cuatro helicópteros de combate y dos aviones Antonov, según informaron funcionarios de gobierno. Un segundo grupo de rebeldes, más pequeño, callado Movimiento por la Justicia y la Igualdad (MJI) se unió a la lucha contra el gobierno.
El gobierno en Kartum reaccionó ante la derrota armando a la milicia janjaweed para que asistiera al ejército. Los militares sudaneses lanzaron una campaña de bombarderos contra cientos de aldeas en gran parte africanas, obligando a huir a más de un millón de refugiados.
El conflicto de Darfur surgió justo cuando un acuerdo de paz entre el gobierno y varios grupos de rebeldes en el sur de Sudán, auspiciado por Estados Unidos, prometía poner fin a casi medio siglo de guerra intermitente. El ESL pidió ser parte de esas conversaciones de paz, pero el gobierno se negó. Ahora el gobierno se enfrenta a otra rebelión de la tribu beja del este de Sudán.
Los líderes del ESL provienen de la elite de las tribus africanas, algunos de los cuales dicen que están luchando contra un legado de décadas de discriminación para obtener más poder político y una participación en los beneficios que obtiene Sudán por su petróleo - un millón de dólares al día. Algunos líderes dicen que lo que realmente quieren es unirse a otras rebeliones en torno a Sudán y obligar a un cambio en el gobierno de Kartum. Sin embargo, los grupos tienen poca experiencia política y permanecen fragmentados.
En la ciudad de Faraywaiah, los rebeldes del ESL justificaron su lucha mostrando un barranco donde había doce cadáveres de hombres en proceso de descomposición. Uno de los cuerpos estaba acurrucado en posición fetal. El cuero cabelludo de otro se pudría bajo el ardiente sol. Otros dejaban ver sus cráneos a través del cabello chamuscado. El ácido olor de los muertos colgaba en el aire caliente.
Los rebeldes y algunos residentes dijeron que eran hombres de la región. Algunos habían sido capturados sorpresivamente en el pozo de la aldea y asesinados por las tropas del gobierno que arremetieron contra el pueblo en marzo. La ciudad, salpicada de los cráteres causados por las bombas, estaba vacía.

Una Estrella Entre Los Guerreros
El más famoso guerrero de los rebeldes es conocido como Kongo. Llegó una tarde y se instaló a la sombra de un árbol donde sus tropas habían extendido unas moquetas a echarse una siesta entre rifles de asalto belgas y cinturones de municiones. Kongo camina con un pesada arrogancia. Su nombre de guerra significa ‘el hombre que no se agacha’.
Sus hombres le pusieron ese nombre porque, dicen, no huye de los disparos. Eso puede explicar por qué se quedó sin su ojo izquierdo, por qué tiene una bala alojada en su mandíbula y por qué una de sus piernas tiene más puntos que un alfiletero.
Kongo tenía un punzante dolor de cabeza y pidió a un periodista una aspirina y una botella de pastis, un licor francés anisado, para aliviar su dolor. El guerrero estrella del ESL personifica la disparidad entre la determinación del grupo y sus recursos.
En julio pasado Kongo peleó en Gourbu Jong, una batalla que el ESL llama su mini Stalingrado, cuando los soviéticos derrotaron al ejército de Adolf Hitler. Gourbu Jong demostró que a pesar de un adiestramiento pobre y armas defectuosas, los rebeldes podían derrotar a uno de los ejércitos más poderosos de África. Un general del ejército sudanés murió en la batalla.
Kongo, que fue bautizado como Kitir Zakariya, es nominalmente uno de los comandantes del ESL. Pero para sus tropas es un dios. Se sacó las gafas de sol y mostró la piel que colgaba de donde había estado uno de sus ojos. Dijo que su misión era pelear contra los árabes en Darfur.
"La única lengua que entienden es la de las armas", dijo Kongo, jugueteando con su collar amuleto -conformado por docenas de bolsitas cuadradas de cuero raído rellenas de versos del Corán que lo protegen de las balas. Luego sacó un cigarrillo de uno de sus bolsillos.
"Nosotros, los jóvenes de las tribus africanas de Darfur, creemos que esto ha durado demasiado. Tenemos que hacer algo", dijo. "Podemos derrotarlos con unos pocos coches".
Escuchando cada palabra que dice se encuentra Harry Fadhul, con cara de bebé y pelo rizo, que posee un enorme arma y el ceño fruncido. Es uno de los muchos jóvenes guerrilleros que han preferido luchar antes que continuar viviendo en los miserables y humillantes campos de refugiados. Sorbiendo leche en polvo cargada de azúcar, contó cómo se unió a la fuerza hace un mes después de que su aldea fuera reducida a cenizas. Había cadáveres por todas partes. Su madre huyó hacia un campamento de refugiados, dijo.
"No tengo dónde ir", dijo Fadhul, que dijo que tenía 18 años pero se ve más joven. "Ahora el ESL es mi familia".
Kongo justificó la guerra diciendo que gobiernos sucesivos en Kartum habían discriminado a las tribus africanas, castigando a los estudiantes en las escuelas por hablar su lengua tribal, el zaghawa. El ESL está ahora rebautizando las aldeas del árabe a la lengua local zaghawan.
"Cuando un árabe se dirigía hacia ti, era como si se sintiera mejor que tú", dijo, con una mano sobre la pistola de la pistolera de su cinturón. "Nadie piensa que podamos vivir alguna vez en paz con nuestros vecinos árabes. Yo no tengo amigos árabes. Nunca me casaría con una mujer árabe, aunque fuera guapa. No es para mí".
Las tribus africanas de Darfur tienen amargas quejas que datan de la formación de un movimiento conocido como la Asamblea Árabe en los años ochenta. Reuniendo a las varias tribus árabes, proclamaba la supremacía de la ‘raza árabe’ y adelantó planes para ayudar a las tribus árabes a desplazar a las tribus africanas a las que se les había otorgado tierras durante el dominio británico. En 1997 se produjeron fuertes choques.
A comienzos de los años noventa, el movimiento rebelde en el sur del país, el Ejército Sudanés de Liberación, adiestró a rebeldes de Darfur y desplegó tropas en la región para combatir al gobierno. Pero la rebelión de Darfur fue aplastada rápidamente.
En respuesta a la Asamblea Árabe, un grupo de intelectuales africanos compiló el Libro Negro, un incendiario catálogo de hechos y cifras obtenidas clandestinamente de documentos gubernamentales que buscaban probar que tres tribus árabes ocupaban posiciones de poder en casi todas las esferas de la sociedad sudanesa, incluyendo hospitales, escuelas y fuerzas policiales. Se entregaron copias a todos los personeros de gobierno, incluyendo al presidente. El documento causó conmoción en Kartum.
Era un signo de lo que vendría. Hoy varios de los autores del Libro Negro, que se llaman a sí mismos Los Buscadores de la Verdad y la Justicia, son líderes del ESL y del MJI.
"Sabemos que tienen un plan bien organizado para deshacerse de nosotros", dice Abrahim, que asesoró a los que escribieron el Libro Negro. "Pero somos guerreros; es nuestra cultura. Los árabes de aquí no saben lo mucho que queremos pelear por nuestra tierra".
El reto del ESL no es solamente enfrentarse al poderoso régimen de Kartum, sino administrar de alguna manera un territorio donde se desarrolla ocultamente una crisis humanitaria. Parte del apoyo popular a los rebeldes dependerá en cómo alimentan y protegen a su propio pueblo, dicen analistas.

Sin Tener Adónde Ir
En un terreno abierto rodeado de montañas rojas, Hawi Bas y otros tres niños se ocultaban hace unos días debajo de un achaparrado árbol en Shiga Karo, una aldea controlada por los rebeldes a unos 112 kilómetros al este de la frontera de Sudán con el Chad.
Su hijo más joven, Hari, de dos años, tenía el pelo marchito y largas piernas. Estaba tan flaco que no podía caminar. Su nombre significa ‘fuerte’ en zaghawa. Su familia sobrevive hirviendo un guisante venenoso conocido como mukheit, que debe estar en remojo al menos durante tres días. Pero el guisante sólo llena el estómago; no tiene ningún valor alimenticio para los niños.
Hawi Bas dijo que ella no podía acercarse a la seguridad de los campos de refugiados en Chad. "¿Cómo llegar allí? Siempre tengo dolor de estómago. ¿Te das cuenta de cómo estamos?"
Grupos de ayuda humanitaria creen que hay decenas de miles de personas tratando de sobrevivir en zonas rebeldes, excluidos de la ayuda. El gobierno no permite que las agencias de ayuda penetren en zonas rebeldes, afirmando que el ESL se apropia de los alimentos.
La agencia alimentaria de Naciones Unidas recibió recientemente permiso para entrar a zonas controladas por grupos rebeldes para estudiar las necesidades en la región, a través de Chad o evitando a las tropas del gobierno.
Los refugiados dicen que los rebeldes no les han molestado. El mes pasado soldados rebeldes distribuyeron sacos de harina de maíz a algunos de los desplazados, pero no fue suficiente. Hari parecía estar cada vez más cerca de la muerte.
Ibrahi, el líder del ESL, miró al niño, lo tomó en sus brazos y prometió llamar a las agencias humanitarias para que entren a la zona y ayuden a los refugiados.
El grupo rebelde está sufriendo ahora divisiones entre sus jefes, y la gente percibe una falta de orientación. "Tienen tan poco como nosotros", dice Ismael Hagar, 25, un maestro que ha llevado bizcochos a los refugiados.
En una tarde reciente los lechos de los ríos se inundaron y el único modo de cruzarlos hacia Chad desde Sudán era nadando a través de sus sucias aguas y vadeando el lodo.
Caminando en la dirección opuesta se encontraba Kongo. Llevaba un saco de arpillera y tenía los pantalones enrollados encima de sus rodillas. Dijo que tenía hambre y que iba a Chad a por carne.
Ahora, después de comer, volvía a cruzar la frontera.
"A pelear", dijo. "Como siempre".

7 de septiembre de 2004
13 de septiembre de 2004
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mQh

crisis de cólera en sudán


[Kim Sengupta] Los ataques y la limpieza étnica de las milicias árabes janjaweed arrecian. El secretario Powell llama urgentemente la atención sobre la grave situación de los derechos humanos en Sudán. Pero ya a comienzos de agosto se describía la extremadamente grave situación sanitaria de los campos de refugiados, afectados por el cólera, la fiebre tifoidea y la hepatitis.
Kalma, Darfur, Sudán. Kalma es un lugar de desesperación. En esta vasta y creciente ciudad de tiendas improvisadas, los refugiados han logrado escapar de los asesinatos, mutilaciones y violaciones en este osario en que se ha convertido Darfur. Y el futuro amenaza traer más miseria y horror.
Nadie sabe cuánta gente ha encontrado refugio aquí. Naciones Unidas dicen que son 76.000, el gobierno sudanés afirma que son 100.000, y las agencias de ayuda humanitaria estiman 60.000. Pero todos están de acuerdo en una cosa: hace dos semanas eran 26.000.
Esta gente desposeída, acurrucados en los refugios de lona y pedazos de ropa hecha jirones, ramas y hojas, recibe diariamente a otros que huyen de los combates y de la limpieza étnica. Las últimas noticias ayer por la tarde hablaban de 30.000 en el sur de Mahajaryah, escapando hacia acá después de una ofensiva del gobierno y sus aliados, la milicia árabe janjaweed, contra el rebelde Ejército Sudanés de Liberación.
Los recién llegados a Kalma y otros campos en la zona huyen del el nuevo peligro. Las autoridades sudanesas han mantenido una implacable presión para que vuelvan a casa, un viaje que ha causado muchas muertes a manos de los janjaweed que les esperan emboscados.
Se dice que el gobierno, usando una mezcla de soborno y amenazas contra los jefes de las aldeas en Kalma intenta convencerlos para que se alejen con sus comunidades. Esto ha causado repetidos estallidos de violencia en el campamento. En uno de los últimos un jefe fue seriamente herido y 42 personas fueron detenidas. Los refugiados pueden evitar los machetes y los kalashnikovs de la milicia, pero hay otro desastre del que las posibilidades de escapar son cada vez menores.
Con la gente hacinada viviendo en una horrorosa miseria, se teme que los campamentos sean un caldo de cultivo del cólera, la fiebre tifoidea y la hepatitis. También hay un enorme aumento de la desnutrición, especialmente entre los niños, causada en parte por las disparadas cifras de los casos de diarrea y en parte por la escasez de alimentos. Muchos refugiados dicen que las agencias gubernamentales que ayudan a distribuir la ayuda internacional reducen deliberadamente las raciones.
Las agencias de ayuda han comenzado a vacunar a la gente después de un brote de cólera en Kalma. Pronto comenzarán programas similares para otras enfermedades en toda la zona. Pero hay prisa en que se destinen más recursos. Naciones Unidas han hecho una petición de 350 millones de dólares para labores de socorro hasta fines de año, pero de momento sólo se han reunido 188 millones de dólares.
Las lluvias se han retrasado en un mes, normalmente una fuente de gran preocupación en esta parte del mundo, pero ahora el retraso es visto como un respiro que les permitirá ganar algo de tiempo antes del desastre. Cuando lleguen las lluvias, y eso ocurrirá pronto, muchos de los campamentos se transformarán en fétidos pantanos de excrementos humanos y animales que esparcirán las enfermedades. Los caminos de tierra usados
por los convoyes de ayuda se transformarán en agitados cenegales.
Kalma, en particular, es el campamento que sufrirá. Está ubicado en efecto en una cuenca, y en apenas unos días de lluvia se ha creado aquí en el centro una poza. El gobierno usa el hecho como una razón para trasladar el campamento si los refugiados no vuelven a casa.
Los residentes dicen que el lugar alternativo escogido está en territorio de los Razagat, una tribu árabe que es una de las principales fuentes de reclutas para la milicia janjaweed, y, en cualquier caso, como dice el conocido refrán en Kalma, para el tiempo en que el programa se ponga en marcha, la mayoría habrá ya muerto.
Sajida Ali Hassan llora cuando cuenta lo desesperadamente preocupada que está de que su hijita de tres años Zainab sea una de las que no sobrevivirá. La niña está delgada, sus ojos marrones son cada vez más grandes en una cara bella, pero dolorosamente esquelética. Sufre de diarrea aguda, y ahora pesa lo que pesa alguien de la mitad de su edad.
"Rezo todo el tiempo para que las medicinas le hagan bien y se salve", dice Hassan. "Pero no está mejorando. No quiere comer, ya no sonríe. Antes estaba siempre riendo y jugando". Su voz se apaga cuando llora.
La familia huyó a Kalma desde la región de Merawash cuando la aldea fue atacada por la milicia janjaweed hace cuatro meses. El marido de Hassan, Abbas, dice: "Mataron a mis dos hermanos y ya no puedo llevar la cuenta de toda la gente que yo conocía que ha muerto. Pero cuando llegamos aquí yo pensaba que estaríamos seguros. No esperaba que esto le pasaría a mi hija. Estoy muy triste".
Khatum Ali Mahmood, de 24 años, de Yasin, espera pacientemente frente a la clínica, con su hijito de once meses en los brazos, Abdul Riaz. "Esto comenzó hace una semana", cuenta. "Vomita todo el tiempo. Veo cómo pierde peso, pero no sé qué hacer. Los doctores son buenos, pero dicen que está muy débil y que quizás no sobreviva. No sé por qué nos hacen sufrir tanto. Me gustaría volver a casa con mis otros hijos, pero todavía hay peleas allá y no es seguro".
A medida que habla llegan a la aldea otros refugiados de la aldea de Mirwais, a 56 kilómetros de la capital provincial de Nayla, al sur de Darfur. Yusuf Adem Ahmed cuenta cómo fue atacada la aldea la noche anterior. "Hace cinco meses sacaba yo el cuerpo de mi padre cuando ellos atacaron la aldea. Volvimos y esto fue lo que pasó. Eran los janjaweed, pero también había tropas del gobierno con ellos. Nos atacaron con helicópteros, mientras que los janjaweed no los tienen".
Desdeñó los peligros de una epidemia. "Morimos aquí, o afuera. ¿Cuál es la diferencia?"
Pieter Smit, de Médicins du Monde, dijo: "Tenemos que hacer frente de algún modo a todas esas enfermedades, y llega cada vez más gente. El sistema no puede aguantar la presión. La situación sanitaria no puede ser más grave".
Adrian McIntyre, de Oxfam, agregó: "Es difícil transmitir al mundo de la escala de lo que está pasando aquí. Necesitamos muchos más medios. Tendremos enormes problemas, especialmente cuando comiencen las lluvias. Estamos frente a una crisis y el mundo debe entenderlo".

7 de agosto de 2004
11 de septiembre de 2004
©independent
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mQh