sida y costumbres matan a áfrica
[Sharon LaFraniere] El sida y las costumbres dejan en la calle a familias africanas.
Lantyre, Malawi. Hay dos razones por las que Chikumbutso Zuze, de 11 años, nunca ve a sus tres hermanas, por qué no tiene casi nunca la barriga llena y por qué duerme empaquetado como sardina con seis primos en el piso de tierra en la choza de barro de su tía.
Una de ellas es el sida, que se llevó a su padre en 2000 y a su madre en 2001. La otra es el sobrino de su padre, un hombre alto y de tez clara al que Chikumbutso sólo conoce como el señor Sululu.
Fue Sululu quien llegó a su pueblo hace cinco años, después de la muerte de su padre, y se apropió de todas las pertenencias de la familia -colchones, sillas y, lo más importante, la camioneta Toyota verde de la familia, un lujo casi inimaginable en uno de los países más pobres del planeta. Y fue Sululu quien rechazó las súplicas de la madre del niño, ella misma muriéndose de sida, de que le dejara la camioneta para que sus hijos tuvieran alguna herencia que les permitiera ganarse la vida después de su muerte.
En lugar de eso, dijo Chikumbutso, sólo les dejó una radio a pilas.
"Me siento muy amargado por esto", dijo, desplomado en una banca de madera en la choza de barro de 3.60 x 3.60 metros alquilada por sus tíos maternos en las afueras de este pueblo en las exuberantes colinas al sur de Malawi. "No sabemos realmente por qué lo hicieron. No podemos entenderlo".
En realidad, la respuesta es simple: la tradición. En todo el África sub-sahariana la muerte de un padre da derecho automático a su lado de la familia a reclamar la mayoría, si no todas, de las propiedades que quedan, incluso si sus descendientes quedan en la indigencia.
En una era en que el sida se está cobrando unas 2.3 millones de vidas al año en África sub-sahariana -unas 80.000 personas al año solamente en Malawi-, las enfermedades y una testaruda tradición se han combinado en una terrible sinergia, quitando a innumerables madres e hijos no sólo sus seres queridos sino todo lo que poseen.
"Es una historia increíblemente triste", dijo Seodi White, que encabeza la sección en Malawi de Mujeres y Ley en Sudáfrica, una organización de investigación sin fines de lucro. "La gente se está contagiando de sida. Las mujeres se quedan sin nada, excepto la enfermedad. Cada vez que te enteras, te vuelves a impresionar, pero de hecho es normal. Es lo más horroroso que tiene".
La tradición está enraizada en la idea de que los hombres son el sostén de la familia y la propiedad de una pareja casada representa los frutos del trabajo del hombre. Las mujeres pueden cuidar de las cabras y plantar el maíz, pero en todas las comunidades rurales de la región son todavía consideradas apenas diferentes de los menores, incapaces de hacer una contribución económica a la familia.
Cuando un marido muere, la viuda debe empezar todo de nuevo, como una chica joven que debe salir a buscar un marido. Ya que los hijos se quedan normalmente con la madre, las pérdidas de ellas también les afectan a ellos.
"A las mujeres se las deja atrás por tradición, así que están muy expuestas a este tipo de explotación", dijo hace poco en una entrevista Phil Ya Nangoloh, director ejecutivo de la Sociedad Nacional de los Derechos Humanos de Namibia. "Es malo porque convierte a una persona débil en todavía más débil y más vulnerable".
El grado en que los hombres controlan la propiedad familiar varía de país en país y de tribu en tribu.
En las tribus matrilineales los hijos son considerados descendientes de la madre, y una familia vive normalmente en la aldea de la madre. Si el marido muere, la viuda conserva normalmente la casa y la tierra, además de algunos artículos considerados como esenciales para la mujer, como cacerolas, sartenes, utensilios de cocina y cubos, de acuerdo a estudios de Mujeres y Ley en Sudáfrica. Sus cuñados recogen las pertenencias más valiosas, como bicicletas, máquinas de coser, vehículos y muebles.
La mayoría de las tribus son patrilineales, lo que significa que los hijos son considerados descendientes del padre y los hombres son vistos como los propietarios de todas las propiedades. Aquí, la situación de una viuda reciente es realmente precaria. Sus cuñados le pueden permitir que tenga acceso a su casa mientras no se vuelva a casar. Pero si quiere mudarse, se la despoja de toda propiedad.
Alternativamente, puede ser obligada a casarse con uno de los familiares del marido para que conserve la propiedad. O puede simplemente ser expulsada de la casa.
El sida es cada vez más una excusa para el desahucio. "Las familias ahora sufren más de un desahucio", dijo Birte Scholz, que escribió un informe sobre las prácticas de herencia en el África sub-sahariana para el Centro de Desahucios y Derechos de Vivienda, de Ginebra. "Simplemente les dicen: Tienes sida. Debes marcharte'".
En una cultura donde las mujeres son valoradas por su docilidad y obediencia, pocas viudas protestan. Veamos, por ejemplo, el destino de Ellen Wyson, que vivía con su marido y dos hijos en Chiwaya, una aldea del sur de Malawi, hasta la muerte de su marido hace dos años, aparentemente de sida.
Los ingresos de la familia obtenidos por la agricultura y la venta de pescado habían permitido a la pareja no solamente construir una casa de seis habitaciones y cultivar un terreno de tierra agrícola adyacente, sino también dar un estipendio al hermano menor de su marido.
Sin embargo, dijo Wyson, su cuñado era celoso. Cuando murió su marido, dijo, vio la oportunidad de desquitarse. Como en nueve de diez casos, el marido de Wyson no dejó un testamento para protegerla a ella y sus hijos.
"Dos semanas después del funeral de mi marido, llegaron el hermano menor y su esposa y se llevaron el tejado de hierro, las puertas, bicicletas, incluso los productos del huerto", dijo en una entrevista. "Se puso muy agresivo. Me dijo: Se supone que ahora te debes marchar a tu casa, porque tu marido está muerto. Y no te puedes llevar nada".
"Me echaron. No pude hacer nada. Simplemente me resigné".
Wyson, 38, buscó refugio en una choza abandonada sin muebles en la cercana aldea de Ndanga, donde vive ahora de las limosnas de sus parientes. Ella misma en una fase muy avanzada del sida, ha enviado a su hijo e hija, de 13 y 15, a vivir con sus familiares mientras ella trata una terapia antirretroviral en una clínica a cuatro horas a pie de distancia.
Según la ley malawi, la señora Wyson tiene derecho a la mitad o a dos quintos de la herencia de su marido. Sus parientes políticos pueden incluso ser acusados formalmente de apropiación ilegal de propiedad según una enmienda de la ley de herencias de 1998 que penaliza el delito con una multa de hasta 200 dólares o cinco años en prisión.
Pero Wyson dice que ella no tiene dinero ni energía para hacer esos trámites cuando su vida está en peligro. "No quiero reabrir viejas heridas", dijo, mirando su sucio vestido azul.
Centros jurídicos y activistas de derechos humanos dicen que tales casos se dan en toda el África sub-sahariana. En un estudio de 2001 en Uganda, financiado por la Agencia de Desarrollo Internacional de Naciones Unidas, un 29 por ciento de las viudas dijeron que habían sido víctimas de apropiación de propiedad. Uno de cada cinco huérfanos adolescentes dijo que extraños se habían apropiado de sus pertenencias tras la muerte de sus padres.
Las leyes que protegen los derechos de herencia de viudas e hijos no se implementan o son simplemente incapaces de luchar contra el poder de la tradición, dicen abogados. Pocas viudas conocen sus derechos, y todavía menos están en estado de buscar ayuda jurídica, especialmente en países como Malawi, donde hay unos 500 abogados para una población de 11 millones de personas.
Cuando en Zambia una mujer se negó a ser despojada de su herencia por su cuñado o a dejar su casa, sus parientes políticos convirtieron su heredad en un cementerio, dijo Scholz en una entrevista telefónica desde Ginebra. Ahora cinco tumbas adornan su propiedad. Un juez local determinó recientemente que el tribunal no tenía jurisdicción para resolver la disputa.
Sin embargo, cada vez más viudas están luchando. En Zambia la policía dice que en 2003 han investigado 458 casos de apropiaciones ilegales de propiedad. En Malawi, el Centro de Asesoría, Educación e Investigación, un centro sin propósitos de lucro, asesoró a 120 personas en problemas de herencia, pólizas de seguros de vida y apropiaciones de tierras entre julio y septiembre, un aumento de un 60 por ciento con respecto a los tres meses anteriores.
Para cuando murió su padre, dijo Chikumbutso Zuze, su madre estaba demasiado enferma incluso para cocinar para él y sus tres hermanas en su casa de tres habitaciones en la aldea de Bvumbwe en el sur de Malawi. Sin embargo, dijo, ella trató en vano de desafiar al sobrino de su marido cuando, con dickensiana crueldad, se apareció poco después del funeral exigiendo las llaves de la camioneta familiar. También exigió las camas y toda otra posesión que no hubiesen vendido todavía para comprar medicinas o comida.
Chikumbutso vive ahora de la caridad de sus tíos maternos, que dicen que deben luchar diariamente para alimentar a sus propios seis hijos en edad escolar. Para reunir dinero, el niño acarrea cubos de agua, recoge arena del río y busca otros trabajillos en el vecindario.
"No tengo un lugar permanente donde quedarme", escribió en un cuaderno de notas que le dio la Unicef, que se propone localizar y ayudar a huérfanos como Chikumbutso. "Me trasladan de un lugar a otro, a veces a la semana. Ayuda que necesito: comida, ropa, mantas, uniforme para la escuela".
Al menos está ligeramente mejor que su hermana Labbecca, de 14. Hace algunas semanas se apareció a la puerta de su tía, Befiya Phaelemwe, suplicándole que la admitiera.
Pero la tía dijo que con la miseria que ganaba su marido remendando ropas no era suficiente para alimentar a sus propios hijos y a Chikumbutso. Mostró un cubo de metal lleno hasta la mitad de harina de maíz -todas las provisiones de la familia, dijo.
"Le dije que la casa era pequeña y que no podía recoger a otro niño", dijo. "Ella estaba muy triste".
Llorando, Labbecca se alejó penosamente, diciendo que quizás un amigo la dejara dormir en casa. Phaelemwe dijo que desde entonces no la ha visto y no tiene idea dónde está.
Dijo Chikumbutso: "Estoy muy preocupado".
18 de febrero de 2005
22 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
Lantyre, Malawi. Hay dos razones por las que Chikumbutso Zuze, de 11 años, nunca ve a sus tres hermanas, por qué no tiene casi nunca la barriga llena y por qué duerme empaquetado como sardina con seis primos en el piso de tierra en la choza de barro de su tía.Una de ellas es el sida, que se llevó a su padre en 2000 y a su madre en 2001. La otra es el sobrino de su padre, un hombre alto y de tez clara al que Chikumbutso sólo conoce como el señor Sululu.
Fue Sululu quien llegó a su pueblo hace cinco años, después de la muerte de su padre, y se apropió de todas las pertenencias de la familia -colchones, sillas y, lo más importante, la camioneta Toyota verde de la familia, un lujo casi inimaginable en uno de los países más pobres del planeta. Y fue Sululu quien rechazó las súplicas de la madre del niño, ella misma muriéndose de sida, de que le dejara la camioneta para que sus hijos tuvieran alguna herencia que les permitiera ganarse la vida después de su muerte.
En lugar de eso, dijo Chikumbutso, sólo les dejó una radio a pilas.
"Me siento muy amargado por esto", dijo, desplomado en una banca de madera en la choza de barro de 3.60 x 3.60 metros alquilada por sus tíos maternos en las afueras de este pueblo en las exuberantes colinas al sur de Malawi. "No sabemos realmente por qué lo hicieron. No podemos entenderlo".
En realidad, la respuesta es simple: la tradición. En todo el África sub-sahariana la muerte de un padre da derecho automático a su lado de la familia a reclamar la mayoría, si no todas, de las propiedades que quedan, incluso si sus descendientes quedan en la indigencia.
En una era en que el sida se está cobrando unas 2.3 millones de vidas al año en África sub-sahariana -unas 80.000 personas al año solamente en Malawi-, las enfermedades y una testaruda tradición se han combinado en una terrible sinergia, quitando a innumerables madres e hijos no sólo sus seres queridos sino todo lo que poseen.
"Es una historia increíblemente triste", dijo Seodi White, que encabeza la sección en Malawi de Mujeres y Ley en Sudáfrica, una organización de investigación sin fines de lucro. "La gente se está contagiando de sida. Las mujeres se quedan sin nada, excepto la enfermedad. Cada vez que te enteras, te vuelves a impresionar, pero de hecho es normal. Es lo más horroroso que tiene".
La tradición está enraizada en la idea de que los hombres son el sostén de la familia y la propiedad de una pareja casada representa los frutos del trabajo del hombre. Las mujeres pueden cuidar de las cabras y plantar el maíz, pero en todas las comunidades rurales de la región son todavía consideradas apenas diferentes de los menores, incapaces de hacer una contribución económica a la familia.
Cuando un marido muere, la viuda debe empezar todo de nuevo, como una chica joven que debe salir a buscar un marido. Ya que los hijos se quedan normalmente con la madre, las pérdidas de ellas también les afectan a ellos.
"A las mujeres se las deja atrás por tradición, así que están muy expuestas a este tipo de explotación", dijo hace poco en una entrevista Phil Ya Nangoloh, director ejecutivo de la Sociedad Nacional de los Derechos Humanos de Namibia. "Es malo porque convierte a una persona débil en todavía más débil y más vulnerable".
El grado en que los hombres controlan la propiedad familiar varía de país en país y de tribu en tribu.
En las tribus matrilineales los hijos son considerados descendientes de la madre, y una familia vive normalmente en la aldea de la madre. Si el marido muere, la viuda conserva normalmente la casa y la tierra, además de algunos artículos considerados como esenciales para la mujer, como cacerolas, sartenes, utensilios de cocina y cubos, de acuerdo a estudios de Mujeres y Ley en Sudáfrica. Sus cuñados recogen las pertenencias más valiosas, como bicicletas, máquinas de coser, vehículos y muebles.
La mayoría de las tribus son patrilineales, lo que significa que los hijos son considerados descendientes del padre y los hombres son vistos como los propietarios de todas las propiedades. Aquí, la situación de una viuda reciente es realmente precaria. Sus cuñados le pueden permitir que tenga acceso a su casa mientras no se vuelva a casar. Pero si quiere mudarse, se la despoja de toda propiedad.
Alternativamente, puede ser obligada a casarse con uno de los familiares del marido para que conserve la propiedad. O puede simplemente ser expulsada de la casa.
El sida es cada vez más una excusa para el desahucio. "Las familias ahora sufren más de un desahucio", dijo Birte Scholz, que escribió un informe sobre las prácticas de herencia en el África sub-sahariana para el Centro de Desahucios y Derechos de Vivienda, de Ginebra. "Simplemente les dicen: Tienes sida. Debes marcharte'".
En una cultura donde las mujeres son valoradas por su docilidad y obediencia, pocas viudas protestan. Veamos, por ejemplo, el destino de Ellen Wyson, que vivía con su marido y dos hijos en Chiwaya, una aldea del sur de Malawi, hasta la muerte de su marido hace dos años, aparentemente de sida.
Los ingresos de la familia obtenidos por la agricultura y la venta de pescado habían permitido a la pareja no solamente construir una casa de seis habitaciones y cultivar un terreno de tierra agrícola adyacente, sino también dar un estipendio al hermano menor de su marido.
Sin embargo, dijo Wyson, su cuñado era celoso. Cuando murió su marido, dijo, vio la oportunidad de desquitarse. Como en nueve de diez casos, el marido de Wyson no dejó un testamento para protegerla a ella y sus hijos.
"Dos semanas después del funeral de mi marido, llegaron el hermano menor y su esposa y se llevaron el tejado de hierro, las puertas, bicicletas, incluso los productos del huerto", dijo en una entrevista. "Se puso muy agresivo. Me dijo: Se supone que ahora te debes marchar a tu casa, porque tu marido está muerto. Y no te puedes llevar nada".
"Me echaron. No pude hacer nada. Simplemente me resigné".
Wyson, 38, buscó refugio en una choza abandonada sin muebles en la cercana aldea de Ndanga, donde vive ahora de las limosnas de sus parientes. Ella misma en una fase muy avanzada del sida, ha enviado a su hijo e hija, de 13 y 15, a vivir con sus familiares mientras ella trata una terapia antirretroviral en una clínica a cuatro horas a pie de distancia.
Según la ley malawi, la señora Wyson tiene derecho a la mitad o a dos quintos de la herencia de su marido. Sus parientes políticos pueden incluso ser acusados formalmente de apropiación ilegal de propiedad según una enmienda de la ley de herencias de 1998 que penaliza el delito con una multa de hasta 200 dólares o cinco años en prisión.
Pero Wyson dice que ella no tiene dinero ni energía para hacer esos trámites cuando su vida está en peligro. "No quiero reabrir viejas heridas", dijo, mirando su sucio vestido azul.
Centros jurídicos y activistas de derechos humanos dicen que tales casos se dan en toda el África sub-sahariana. En un estudio de 2001 en Uganda, financiado por la Agencia de Desarrollo Internacional de Naciones Unidas, un 29 por ciento de las viudas dijeron que habían sido víctimas de apropiación de propiedad. Uno de cada cinco huérfanos adolescentes dijo que extraños se habían apropiado de sus pertenencias tras la muerte de sus padres.
Las leyes que protegen los derechos de herencia de viudas e hijos no se implementan o son simplemente incapaces de luchar contra el poder de la tradición, dicen abogados. Pocas viudas conocen sus derechos, y todavía menos están en estado de buscar ayuda jurídica, especialmente en países como Malawi, donde hay unos 500 abogados para una población de 11 millones de personas.
Cuando en Zambia una mujer se negó a ser despojada de su herencia por su cuñado o a dejar su casa, sus parientes políticos convirtieron su heredad en un cementerio, dijo Scholz en una entrevista telefónica desde Ginebra. Ahora cinco tumbas adornan su propiedad. Un juez local determinó recientemente que el tribunal no tenía jurisdicción para resolver la disputa.
Sin embargo, cada vez más viudas están luchando. En Zambia la policía dice que en 2003 han investigado 458 casos de apropiaciones ilegales de propiedad. En Malawi, el Centro de Asesoría, Educación e Investigación, un centro sin propósitos de lucro, asesoró a 120 personas en problemas de herencia, pólizas de seguros de vida y apropiaciones de tierras entre julio y septiembre, un aumento de un 60 por ciento con respecto a los tres meses anteriores.
Para cuando murió su padre, dijo Chikumbutso Zuze, su madre estaba demasiado enferma incluso para cocinar para él y sus tres hermanas en su casa de tres habitaciones en la aldea de Bvumbwe en el sur de Malawi. Sin embargo, dijo, ella trató en vano de desafiar al sobrino de su marido cuando, con dickensiana crueldad, se apareció poco después del funeral exigiendo las llaves de la camioneta familiar. También exigió las camas y toda otra posesión que no hubiesen vendido todavía para comprar medicinas o comida.
Chikumbutso vive ahora de la caridad de sus tíos maternos, que dicen que deben luchar diariamente para alimentar a sus propios seis hijos en edad escolar. Para reunir dinero, el niño acarrea cubos de agua, recoge arena del río y busca otros trabajillos en el vecindario.
"No tengo un lugar permanente donde quedarme", escribió en un cuaderno de notas que le dio la Unicef, que se propone localizar y ayudar a huérfanos como Chikumbutso. "Me trasladan de un lugar a otro, a veces a la semana. Ayuda que necesito: comida, ropa, mantas, uniforme para la escuela".
Al menos está ligeramente mejor que su hermana Labbecca, de 14. Hace algunas semanas se apareció a la puerta de su tía, Befiya Phaelemwe, suplicándole que la admitiera.
Pero la tía dijo que con la miseria que ganaba su marido remendando ropas no era suficiente para alimentar a sus propios hijos y a Chikumbutso. Mostró un cubo de metal lleno hasta la mitad de harina de maíz -todas las provisiones de la familia, dijo.
"Le dije que la casa era pequeña y que no podía recoger a otro niño", dijo. "Ella estaba muy triste".
Llorando, Labbecca se alejó penosamente, diciendo que quizás un amigo la dejara dormir en casa. Phaelemwe dijo que desde entonces no la ha visto y no tiene idea dónde está.
Dijo Chikumbutso: "Estoy muy preocupado".
18 de febrero de 2005
22 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
guerrillas hutu vuelven a atacar
[Craig Timberg] Los atormentadores de Ruanda emergen de la selva para acosar al Congo. Guerrillas hutu encuentran nuevas víctimas.
Kiwanja, Congo. Julienne Kyakimwa, 34, estaba sacando frijoles del huerto familiar cuando un hombre emergió repentinamente de la vegetación con una pistola en la mano, un machete en su cinturón y una mirada amenazadora en los ojos. El espeluznante hombre habló en kinyarwanda -para muchos aquí la lengua del terror- cuando exigió que ella le entregara los frijoles.
Según el marido de Kyakimwa, Alfajiri Kaposo, el agresor y un cómplice -muy probablemente hutus étnicos, originalmente de la vecina Ruanda- la golpearon en la cara y brazos y la dejaron por muerta encina de una pila de ramas antes de huir de vuelta hacia la densa selva ecuatorial.
"El mayor problema aquí es la gente con armas", dijo Kaposo, 38, justo después de visitar a su esposa en un hospital, donde se estaba recuperando de sus heridas. "No me siento seguro".
Una década después del genocidio en Ruanda, unos 15.000 guerrilleros hutus se ocultan todavía en las selvas del este del Congo, de acuerdo a personal de la misión de paz de Naciones Unidas. Restos de las milicias y fuerzas de seguridad que participaron en la matanza masiva de tutsis y hutus moderados en 1994 y huyeron al otro lado de la frontera a vivir en las fértiles tierras que habían usurpado a las aldeas, esperan la siguiente oportunidad para atacar Ruanda.
En lugares como Kiwanja, un pueblo en la provincia de Kivu del Norte, a 16 kilómetros al oeste de la frontera, su presencia, junto a una volátil mezcla de soldados congoleños y grupos de milicianos de la localidad, ha mantenido a esta región fronteriza enredada en una guerra o al borde de una durante más de una década.
Como dicen habitantes de la localidad, la gente con armas atacan repetidas veces a civiles, violan a las mujeres y saquean las viviendas. El grupo más temido y misterioso es el de los interahamwe, una milicia hutu de Ruanda cuyo nombre significa los que luchan juntos'.
"Tienen dos nombres: Interahamwe y bandidos", dijo Nyota Ndivito, 16, con su bebé de 4 meses en su cadera. Contó cómo tres hombres emergieron de la selva en noviembre y apuñalaron a su hermano hasta la muerte. Cuando se le preguntó cómo sabía que los agresores eran interahamwe, chasqueó su lengua con impaciencia. "Son todos iguales", dijo.
Pero los interahamwe son más que una banda de forajidos. De acuerdo a analistas locales y extranjeros, son la clave de un puzzle de conflictos tribales y territoriales que nadie ha logrado resolver.
Durante el genocidio ruandés, la milicia interhamwe mató a 800.000 tutsis y hutus moderados. La matanza terminó cuando una fuerza rebelde tutsi tomó control del gobierno y los interahamwe fluyeron hacia el Congo, atrincherándose la mayoría de ellos en las enormes provincias fronterizas de Kivu del Norte y del Sur.
Han estado ahí desde entonces, apoyados por miembros de ex militares hutus de Ruanda que eluden las repetidas incursiones de las actuales fuerzas armadas ruandesas dirigidas por tutsis. Las dos más recientes guerras del Congo comenzaron con intentos de Ruanda de eliminar a la milicia interhamwe.
De acuerdo a grupos que los estudian, los hutus han sobrevivido cultivando la tierra, saqueando aldeas y haciendo comercio con los congoleños. Con los años, algunos interahamwe se han casado con mujeres congoleñas, reclutado jóvenes congoleños y, en áreas remotas, reimpusieron las funciones de una menguada burocracia estatal cobrando impuestos y controlando el cruce de los ríos.
Aunque muchos de sus miembros actúan más como bandidos que como soldados, los analistas dicen que siguen siendo una fuerza militar bien armada unida por una causa política: derrocar al gobierno tutsi de Ruanda.
Sin embargo, su presencia también ha mantenido a gran de la población viviendo en el temor -no sólo de los violentos interahamwe, sino también de ataques del otro lado de la frontera de Ruanda. Como resultado, el gobierno congoleño mantiene una pesada presencia militar cerca de la frontera -agregando más hombres armados a la ya volátil mezcla. También hay informes de que el Congo ha ayudado a armar a los interahamwe, a los que consideran una primera línea de defensa contra Ruanda.
Los ataques en la frontera se convirtieron en una guerra a toda escala en 1996 y 1998, dejando dolorosos recuerdos de matanzas, violaciones y fugas. En noviembre, Ruanda volvió a amenazar con enviar tropas para terminar con los hutus militantes. Y en diciembre dos facciones de los militares congoleños, formadas con milicias pro y anti-Ruanda, comenzaron a luchar entre ellas en Kivu del Norte, desplazando de sus hogares a más de 100.000 personas. Sólo la intervención de las tropas de paz de Naciones Unidas pusieron fin a la batalla.
"Mientras haya interahamwe, habrá siempre una amenaza desde Ruanda y mientras exista esa amenaza, existirá el temor", dijo Hans Romkema, consultante en Amsterdam que vivió tres años en el Congo tratando con militantes hutus a nombre de grupos de ayuda humanitaria.
Otros analistas dijeron que Ruanda ha utilizado a los interahamwe como un pretexto para conservar unas poderosas fuerzas armadas que también protege sus extensos intereses comerciales en el rico en minerales Congo.
La continua confusión pone en peligro los planes del Congo de convocar a elecciones nacionales en junio, un elemento crucial en el acuerdo de paz de 2002 que terminó con la última guerra del Congo. Cuando el director de la comisión electoral propuso hace unas semanas que la votación fuera aplazada, estallaron disturbios en Kinshasa, la capital.
Una década de vivir con la violencia ha tenido bajas físicas en esta lujuriosa región. La carretera pavimentada que llevaba a Kiwanja se ha transformado en una transitada huella de tierra, y una atracción turística cercana, el Parque Nacional de Virunga, ha perdido a la mayoría de sus elefantes, leones y otros animales protegidos a manos de hambrientos y furtivos cazadores hutus. Ahora, una fuerza de Naciones Unidas acampadaen una ciudad adyacente desaconseja viajar a través del parque sin una escolta armada.
Además de los envejecidos milicianos, los bosques de la región ocultan a combatientes hutus más jóvenes que no participaron en las atrocidades ruandesas o fueron reclutados por los interhamwe en el Congo. Miles de mujeres y niños se encuentran también entre las cerca de 30.000 personas que Naciones Unidas considera que son miembros de las milicias selváticas.
En abril Naciones Unidas comenzaron un programa de desarme voluntario que ha atraído a entre 60 y 90 interahamwe en un mes. Sus armas entregadas son destruidas y los hombres dirigidos a un campo de re-educación ruandés antes de ser enviados a sus aldeas natales.
"La mayoría de los reclutas quieren volver a casa", dijo el mayor Christian Vera, un oficial de Uruguay involucrado en la desmovilización. Fue entrevistado en Goma, la capital provincial de Kivu del Norte. "Están cansados de vivir en la selva, comiendo lo que encuentran. Quieren volver a sus familias y vivir en su propio país".
Pero muchos interahamwe, especialmente sus miembros más viejos, podrían ser juzgados por asesinato si vuelven a Ruanda. Como resultado, muchos residentes del este del Congo están convencidos de que los interahamwe sólo se irán si se les obliga.
Justin Atongwe, un funcionario del medio-ambiente del gobierno congoleño que vive en Kiwanja expresó pocas esperanzas de que los interahamwe u otras milicias abandonen el país a corto plazo. Si él tuviera dinero, dijo, se mudaría.
En 1998, contó Atongwe, estaba viajando por una carretera al sur de la ciudad cuando un grupo de unos 20 hombres armados con harapos y barbas crecidas emergió de la selva. "Parecían animales, como personas que han vivido en la selva", recordó. Los hombres robaron sus ropas, zapatos, maleta y 30 dólares.
Eso fue hace casi siete años, pero poco ha cambiado, dijo Atongwe, riendo suavemente y con la vista en el suelo.
"En Kivu del Norte", dijo, "todavía hay guerra".
10 de febrero de 2005
17 de febrero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Según el marido de Kyakimwa, Alfajiri Kaposo, el agresor y un cómplice -muy probablemente hutus étnicos, originalmente de la vecina Ruanda- la golpearon en la cara y brazos y la dejaron por muerta encina de una pila de ramas antes de huir de vuelta hacia la densa selva ecuatorial.
"El mayor problema aquí es la gente con armas", dijo Kaposo, 38, justo después de visitar a su esposa en un hospital, donde se estaba recuperando de sus heridas. "No me siento seguro".
Una década después del genocidio en Ruanda, unos 15.000 guerrilleros hutus se ocultan todavía en las selvas del este del Congo, de acuerdo a personal de la misión de paz de Naciones Unidas. Restos de las milicias y fuerzas de seguridad que participaron en la matanza masiva de tutsis y hutus moderados en 1994 y huyeron al otro lado de la frontera a vivir en las fértiles tierras que habían usurpado a las aldeas, esperan la siguiente oportunidad para atacar Ruanda.
En lugares como Kiwanja, un pueblo en la provincia de Kivu del Norte, a 16 kilómetros al oeste de la frontera, su presencia, junto a una volátil mezcla de soldados congoleños y grupos de milicianos de la localidad, ha mantenido a esta región fronteriza enredada en una guerra o al borde de una durante más de una década.
Como dicen habitantes de la localidad, la gente con armas atacan repetidas veces a civiles, violan a las mujeres y saquean las viviendas. El grupo más temido y misterioso es el de los interahamwe, una milicia hutu de Ruanda cuyo nombre significa los que luchan juntos'.
"Tienen dos nombres: Interahamwe y bandidos", dijo Nyota Ndivito, 16, con su bebé de 4 meses en su cadera. Contó cómo tres hombres emergieron de la selva en noviembre y apuñalaron a su hermano hasta la muerte. Cuando se le preguntó cómo sabía que los agresores eran interahamwe, chasqueó su lengua con impaciencia. "Son todos iguales", dijo.
Pero los interahamwe son más que una banda de forajidos. De acuerdo a analistas locales y extranjeros, son la clave de un puzzle de conflictos tribales y territoriales que nadie ha logrado resolver.
Durante el genocidio ruandés, la milicia interhamwe mató a 800.000 tutsis y hutus moderados. La matanza terminó cuando una fuerza rebelde tutsi tomó control del gobierno y los interahamwe fluyeron hacia el Congo, atrincherándose la mayoría de ellos en las enormes provincias fronterizas de Kivu del Norte y del Sur.
Han estado ahí desde entonces, apoyados por miembros de ex militares hutus de Ruanda que eluden las repetidas incursiones de las actuales fuerzas armadas ruandesas dirigidas por tutsis. Las dos más recientes guerras del Congo comenzaron con intentos de Ruanda de eliminar a la milicia interhamwe.
De acuerdo a grupos que los estudian, los hutus han sobrevivido cultivando la tierra, saqueando aldeas y haciendo comercio con los congoleños. Con los años, algunos interahamwe se han casado con mujeres congoleñas, reclutado jóvenes congoleños y, en áreas remotas, reimpusieron las funciones de una menguada burocracia estatal cobrando impuestos y controlando el cruce de los ríos.
Aunque muchos de sus miembros actúan más como bandidos que como soldados, los analistas dicen que siguen siendo una fuerza militar bien armada unida por una causa política: derrocar al gobierno tutsi de Ruanda.
Sin embargo, su presencia también ha mantenido a gran de la población viviendo en el temor -no sólo de los violentos interahamwe, sino también de ataques del otro lado de la frontera de Ruanda. Como resultado, el gobierno congoleño mantiene una pesada presencia militar cerca de la frontera -agregando más hombres armados a la ya volátil mezcla. También hay informes de que el Congo ha ayudado a armar a los interahamwe, a los que consideran una primera línea de defensa contra Ruanda.
Los ataques en la frontera se convirtieron en una guerra a toda escala en 1996 y 1998, dejando dolorosos recuerdos de matanzas, violaciones y fugas. En noviembre, Ruanda volvió a amenazar con enviar tropas para terminar con los hutus militantes. Y en diciembre dos facciones de los militares congoleños, formadas con milicias pro y anti-Ruanda, comenzaron a luchar entre ellas en Kivu del Norte, desplazando de sus hogares a más de 100.000 personas. Sólo la intervención de las tropas de paz de Naciones Unidas pusieron fin a la batalla.
"Mientras haya interahamwe, habrá siempre una amenaza desde Ruanda y mientras exista esa amenaza, existirá el temor", dijo Hans Romkema, consultante en Amsterdam que vivió tres años en el Congo tratando con militantes hutus a nombre de grupos de ayuda humanitaria.
Otros analistas dijeron que Ruanda ha utilizado a los interahamwe como un pretexto para conservar unas poderosas fuerzas armadas que también protege sus extensos intereses comerciales en el rico en minerales Congo.
La continua confusión pone en peligro los planes del Congo de convocar a elecciones nacionales en junio, un elemento crucial en el acuerdo de paz de 2002 que terminó con la última guerra del Congo. Cuando el director de la comisión electoral propuso hace unas semanas que la votación fuera aplazada, estallaron disturbios en Kinshasa, la capital.
Una década de vivir con la violencia ha tenido bajas físicas en esta lujuriosa región. La carretera pavimentada que llevaba a Kiwanja se ha transformado en una transitada huella de tierra, y una atracción turística cercana, el Parque Nacional de Virunga, ha perdido a la mayoría de sus elefantes, leones y otros animales protegidos a manos de hambrientos y furtivos cazadores hutus. Ahora, una fuerza de Naciones Unidas acampadaen una ciudad adyacente desaconseja viajar a través del parque sin una escolta armada.
Además de los envejecidos milicianos, los bosques de la región ocultan a combatientes hutus más jóvenes que no participaron en las atrocidades ruandesas o fueron reclutados por los interhamwe en el Congo. Miles de mujeres y niños se encuentran también entre las cerca de 30.000 personas que Naciones Unidas considera que son miembros de las milicias selváticas.
En abril Naciones Unidas comenzaron un programa de desarme voluntario que ha atraído a entre 60 y 90 interahamwe en un mes. Sus armas entregadas son destruidas y los hombres dirigidos a un campo de re-educación ruandés antes de ser enviados a sus aldeas natales.
"La mayoría de los reclutas quieren volver a casa", dijo el mayor Christian Vera, un oficial de Uruguay involucrado en la desmovilización. Fue entrevistado en Goma, la capital provincial de Kivu del Norte. "Están cansados de vivir en la selva, comiendo lo que encuentran. Quieren volver a sus familias y vivir en su propio país".
Pero muchos interahamwe, especialmente sus miembros más viejos, podrían ser juzgados por asesinato si vuelven a Ruanda. Como resultado, muchos residentes del este del Congo están convencidos de que los interahamwe sólo se irán si se les obliga.
Justin Atongwe, un funcionario del medio-ambiente del gobierno congoleño que vive en Kiwanja expresó pocas esperanzas de que los interahamwe u otras milicias abandonen el país a corto plazo. Si él tuviera dinero, dijo, se mudaría.
En 1998, contó Atongwe, estaba viajando por una carretera al sur de la ciudad cuando un grupo de unos 20 hombres armados con harapos y barbas crecidas emergió de la selva. "Parecían animales, como personas que han vivido en la selva", recordó. Los hombres robaron sus ropas, zapatos, maleta y 30 dólares.
Eso fue hace casi siete años, pero poco ha cambiado, dijo Atongwe, riendo suavemente y con la vista en el suelo.
"En Kivu del Norte", dijo, "todavía hay guerra".
10 de febrero de 2005
17 de febrero de 2005
©washington post
©traducción mQh
madres del congo todavía sufren
[Craig Timberg] La guerra, aunque terminó, todavía victimiza a los niños.
Shabunda, Congo. Nsimenya Kinyama llevó a su bebé de 3 años hacia fuera envuelto en harapos y colocó cuidadosamente su cuerpo diminuto e ictérico en una oxidada cuna azul. Cuando los primeros reconfortantes rayos del sol mañanero lo alcanzaron, el bebé se puso inquieto y empezó a retorcerse levantando los brazos.
Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría.
"Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".
Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.
Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva.
"Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".
Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.
Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.
Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.
En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.
La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.
La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico.
"La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.
Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.
Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.
Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.
Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.
Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.
Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.
Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado.
"Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".
Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca.
"A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".
En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.
Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos.
"He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".
Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.
Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.
Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.
Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.
Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.
Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.
Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.
Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.
Pero Kinyama está preocupada.
Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.
Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.
Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado.
"No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no".
13 de febrero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Kinyama, 36, miró a su hijo menor con una mirada desanimada y vacía. Se preguntaba si este hijo, como los otros seis que nacieron antes que él, moriría.
"Dios me ayudará", rezó, "para que este niño pueda vivir".
Es una oración común en Shabunda, un antiguo centro comercial al este del Congo que fue asolado por la guerra, luego abandonado y aislado por la destrucción de los caminos que antes le habían dado vida. Un reciente sondeo del Comité Internacional de la Cruz Roja concluyó que los niños de Shabunda estaban muriendo en tales cantidades que más de la mitad no llegaría a cumplir cinco años.
Tal es la naturaleza de la muerte en los modernos conflictos africanos. Por cada soldado que elimina una bala, innumerables niños mueren silenciosamente por causa de enfermedades evitables y tratables cuando huyen hacia lugares más seguros, esperando atención en una clínica con falta de personal o agachándose aterrorizados y hambrientos en un escondite en la selva.
"Es la guerra la que ha causado estos problemas", dijo Kinyama, que tiene una voz agradable y el pelo trenzado. "Nos ha hecho pobres. Nos ha traído hambre, y nos ha dado una vida difícil".
Los niños mueren más rápidamente en el Congo que en todo el resto del mundo, a excepción de diez países, según estadísticas de Naciones Unidas. Un sondeo de casa-en-casa en Shabunda realizado por el Comité Internacional de Rescate reveló que la tasa de mortalidad infantil era cuatro veces más alta que en todo África. Si las condiciones no cambian, 515 de cada 1.000 niños morirán antes de llegar a los cinco años, dijo la organización. En países desarrollados como Estados Unidos, la cifra comparable es de 6 muertes por cada 1.000 niños, de acuerdo a Naciones Unidas, que utiliza métodos estadísticos algo diferentes.
Las estadísticas reflejan los informes de madres y personal médico. En un lugar donde las mujeres quedan embarazadas siete u ocho veces, muchas dicen que han enterrado a varios hijos, generalmente después de morir por desnutrición, malaria, diarrea, fiebre y otras enfermedades que causan rara vez la muerte cuando se cuenta con nutrición y cuidados médicos adecuados.
Estas muertes han continuado mucho después de terminados los tiros. Desde 2002 hay un acuerdo de paz en el Congo, pero el sondeo del Comité Internacional de Rescate realizado el año pasado concluyó que todavía morían 1.000 congoleños al día -en gran parte niños- debido a consecuencias indirectas de la guerra.
En total el grupo calculó que la guerra y sus secuelas han provocado la muerte de unos 4 millones de congoleños desde 1998.
La inestabilidad ponen en peligro incluso los servicios de salud existentes. El mes pasado hombres armados robaron una oficina del grupo francés de ayuda Médicos sin Fronteras en Kabati, un pueblo en la provincia al norte de aquí, obligándolo a cerrar temporalmente la mayoría de sus operaciones. En Shabunda, una disputa en el hospital provocó la suspensión de dos Médicos sin Fronteras durante varios días, dejando a un solo doctor para una región de 150.000 personas.
La falta de educación, especialmente para las niñas, ha contribuido al número de bajas. Muchas madres, con poca o ninguna enseñanza formal, llegan a sus hijos al hospital sólo cuando están agonizando y a menudo después de intentar curarlos con pociones o enemas, dice el personal médico.
"La peor enfermedad es la ignorancia", dijo Marisa Osodo, una enfermera y partera keniata que trabaja aquí para Médicos sin Frontera. Osodo, que trabajó antes en regiones problemáticas como el sur de Sudán y en la República del Congo, dijo que nunca había vivido en un lugar donde la muerte fuera tan común. "La mayoría de las mujeres pierden al menos a la mitad de sus hijos", dijo.
Shabunda, un pueblo ribereño en la fronteriza provincia del Kivu del Sur, decayó después de que los colonialistas belgas lo abandonaran abruptamente en 1960, dejando menos de 20 licenciados universitarios en todo el Congo, un país del tamaño del este de Estados Unidos. Su población se estima en unos 60 millones.
Los residuos de la dominación belga se pueden todavía percibir entre la decadencia. Un estólido pero mal usado edificio todavía dice Poste/Posterijen', palabras francesas y holandesas que marcan el antiguo correo. Hileras de palmeras y postes inutilizados del tendido todavía cercan los amplios, pero ya no pavimentados, bulevares.
Las guerras étnicas de la década pasada, encendidas por el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda, terminaron con lo que quedaba de la vitalidad económica de Shabunda.
Soldados de un baturrillo de grupos armados robaron las cabras, cerdos y pollos y saquearon los campos de mandioca, arroz y otros productos. También hicieron huir a la selva a la gente de las ciudades, logrando que para muchos fuera imposible volver a plantar o llegar a médicos. La gente hambrienta se comió sus semillas y dejaron sin peces lagunas y ríos.
Entretanto, la lujuriante selva ecuatorial recuperó los caminos, reduciéndolos a estrechos y lodosos senderos. El acceso de Shabunda al resto del Congo fue cerrado.
Los niños comenzaron a morir a orillas de los caminos, en cantidades que se comparan con pocos lugares en la Tierra.
Mpala Kikuni tuvo cuatro hijos, hoy muertos. Su hija de un año estaba en el hospital con fiebre alta cuando los rebeldes obligaron a los doctores y enfermeras a evacuarlo. Su hijo de 19 fue matado por una granada cuando huía de un soldado.
"Es muy doloroso para mí", dijo Kikuni, que no sabía su edad pero parecía cercana a la cuarentena. "No tengo ni un solo hijo vivo".
Otra madre, Zamwana Mutuza, 52, perdió a su hijo adolescente Alfonce cuando su familia huía de soldados y trataron de cruzar el torrentoso Río Ulindi por la noche. Su cuerpo no fue encontrado nunca.
"A mí me llevó la corriente", dijo Mutuza. De sus 12 hijos, seis han muerto. "Si hubiera habido paz, mis hijos estarían vivos".
En una cultura donde la función más importante de una mujer es tener hijos y criarlos, esas muertes tienen un impacto particularmente severo, causando no sólo dolor sino también pérdida de posición en la comunidad. En una sociedad con pocas pensiones de jubilación, ahorros y otras redes de seguridad, los hijos e hijas adultas deben cuidar de sus padres viejos.
Una mujer de 30 años, Godelina Madelena, dijo que había tenido 11 hijos, incluyendo uno el mes pasado. Seis habían muerto, la mayor parte de ellos de una desnutrición aguda que les hinchó las piernas y dejó su pelo amarillo y delgado. La desnutrición se puede evitar agregando proteína a la dieta de los niños, y es tratable con cuidados médicos básicos.
"He estado muy triste", dijo Madelena, cansada. "Yo los paro, y ellos se mueren. Me gustaría tomar un descanso".
Para Kinyama, el curso de las guerras que han devastado la región lo puede trazar en las tumbas de sus hijos.
Uno está enterrado en Shabunda. Cuatro están en su pueblo natal, a 48 kilómetros. El sexto, envuelto en telas en lugar de un ataúd, está cerca de uno de los escondites cubiertos por el pasto, en el interior de la selva ecuatorial. Ella marcó cada tumba plantando flores en ellas, pero no ha vuelto nunca.
Las muertes de sus hijos empezaron en los años noventa, poco antes de que un grupo de milicianos asaltara su aldea natal por primera vez. Su hijo mayor, Kalfando, había muerto recientemente de tuberculosis. Su hija mayor Madeline había empezado a toser feamente cuando Kinyama y su marido andaban por la selva.
Antes de la guerra, la familia tenía plantaciones de mandioca y de arroz, cinco cabras, y 22 pollos, que les proporcionaban carne y huevos -proteínas vitales en una región que tiene pocas fuentes de proteína.
Para cuando volvieron a salir, después de años de ir de un lugar a otro caminando, encontraron las tierras secas; los animales habían sido robados. Y Kinyama había perdido a sus hijos.
Madeline había muerto de tuberculosis a los 10 años. Daviko, Kambala y Kinyama (el nombre de su padre, que también lo usa su madre como apellido) habían muerto antes de cumplir tres años, por una combinación de desnutrición, fiebre y, en un caso, ictericia.
Kinyama dijo que en los últimos años no había hecho otra cosa que sufrir. La vista de otros niños le causaba un intenso dolor. Quería, sobre todo, tener otro hijo.
Su hijo recién nacido, todavía sin nombre porque su padre está viajando, es más pequeño de lo que le hubiera gustado, unos 2 kilos y medio, y tenía ictericia, una afección causada por un funcionamiento deficiente del hígado. Se cura fácilmente con exposición a la luz solar e incluso aquí es muy rara vez fatal.
Pero Kinyama está preocupada.
Para una mujer que ha sufrido semejantes pérdidas, tiene una risa rápida y cálida. Cuando el tema no es la muerte de sus hijos, ríe a menudo.
Cuando salía del hospital para ir a la casa de un familiar con su hijo de cinco días, Kinyama se se veía dichosa. Era delicioso, dijo, volver a ser madre otra vez.
Sin embargo, hubo momentos en los que la mirada se desviaba de sus ojos, y en que la sonrisa desaparece. Y Kinyama parecía sobre todo una madre que ha sufrido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar -y que teme que sus sufrimientos no hayan terminado.
"No sé si este hijo sobrevivirá", dijo. "Está en manos de Dios. Quizás lo pueda conservar. Quizás no".
13 de febrero de 2005
©washington post
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áfrica y sus niños 3
[John Donnelly] Odongo fue, como miles de niños ugandeses, secuestrado por un ejército rebelde y obligado, a sus doce años, a matar. Ahora está libre, pero solo, y busca una manera de vivir.
Alere, Uganda. Kasmiro Bongonyinge recuerda que se incorporó rápidamente de su cama. Era justo después de que saliera el sol, una mañana hace dos años, y el viejo, de 87, y ciego, sabía que algo extraño estaba pasando.
Oyó pisadas y gritos fuera de su choza de barro. Su esposa yacía junto a él, y debajo de su cama, sobre esteras de paja, dormían tres de sus nietos.
La puerta se abrió. "¿Quién es?", preguntó Bongonyinge.
"Quédese tranquilo", le ordenó una voz de niño.
El viejo podía sentir el cañón de una pistola en su pecho.
Bongonyinge cogió las cuentas del bolsillo de su camisa y empezó a rezar lentamente, cuenta azul tras cuenta azul. Oyó a los intrusos revolviendo sus cosas, y pisadas que entraban y salían.
"¡Levántate!", ordenó el niño. "Queremos matarte".
"No puedo. Soy paralítico desde niño", dijo Bongonyinge, mintiendo para salvar la vida. "Y soy ciego".
Una voz joven dijo a los otros: "Matar a un hombre ciego trae mala suerte".
Y luego, silencio. Los intrusos se marcharon tan abruptamente como habían llegado.
Bongonyinge se agachó a tocar debajo de la cama.
Sus dedos sólo encontraron las esteras.
Él y su esposa salieron de la choza con los primeros rayos del sol. Sus pollos cloqueaban furiosamente.
Después de un rato, sus dos nietos menores, de 3 y 5, corrieron hacia ellos. "¿Dónde está Odongo?", preguntó el viejo.
"Odongo se ha ido", respondió su hija, Hellen Aguti, desde el otro lado del patio de tierra. "Se lo llevaron los rebeldes".
Años de guerra y del derrumbe de los sistemas sociales en Uganda y otros países han desplazado a millones de niños en África, dejándoles la tarea de sobrevivir por su propia cuenta. Y en los últimos años millones más de niños africanos se han transformado en huérfanos, a medida que enfermedades relacionadas con el sida han acabado con sus padres. En una época en que las cifras de huérfanos están descendiendo en todo el mundo, la tendencia en África va en la dirección opuesta, y rápidamente.
Un periodista y un fotógrafo de Globe han pasado este año varias semanas con tres de estos niños: tres que lograron sobrevivir, a pesar de las dificultades. Sus vidas están llenas de sorpresas, algunas malas, algunas maravillosas. Y comparten un ingenio y discreto coraje que parece impensable a esa edad. Con todas las razones para haber abandonado la lucha, ellos no lo han hecho.
Sin embargo, sus futuros están lejos de estar asegurados, dependiendo a partes iguales de su suerte e imaginación. Odongo Ambrose tiene montones de las dos cosas.
Algo regordete, el niño de cara de luna con un diente astillado tenía 12 años el 29 de agosto de 2002 cuando fue atrapado en la choza de su familia por el Ejército de Resistencia del Señor, un notorio grupo rebelde que ha secuestrado a miles de niños ugandeses y los ha transformado en soldados.
Hasta ese momento, Odongo era como cualquier otro chico de su edad en las remotas selvas del norte de Uganda. Le gustaba jugar con sus amigos. Respetaba a los mayores. Pero los adultos habían observado algo diferente en Odongo, una seriedad que a veces parecía abrumarlo. En esas ocasiones se calmaba, bajaba la vista y se ensimismaba.
Algunos creían que era su manera de procesar las grandes pérdidas de su vida. Su padre, Dennis Okello, maestro, murió de las heridas que había sufrido en un choque cuando jugaba al fútbol. Su madre, Mary, también maestra, volvió de la escuela a casa un día, se derrumbó, y murió esa misma noche en su cama. Su familia dijo que la había matado el sida.
A los 8, Odongo era huérfano. Sus abuelos se lo llevaron a él, y a su hermano y hermana menores a vivir con ellos; un cuarto niño, el hermano mayor de Odongo, fue capturado por los rebeldes en 1997 y desde entonces no saben nada de él.
Odongo recordó que durante esos primeros días con sus abuelos, echaba mucho de menos el olor de su madre, el calor de sus abrazos, y lo guapa que se veía con su vestido estampado azul. "Pensaba mucho en lo que teníamos: el modo en que ordenábamos el aparador, la cama en la que dormíamos juntos, y sobre todo en su vestido", dijo.
Pero finalmente se acostumbró e incluso empezó a disfrutar de su vida en el pueblo de Alere, un villorrio de unas 25 chozas de barro anidada en medio de árboles espinosos y malezas, y pequeñas huertas de hortalizas. Su abuelo contaba largas historias de sus ancestros y le enseñó trucos para custodiar los pollos y las cabras. Su abuela le daba una libertad de la que nunca gozó con su madre. Pasaba las tardes jugando con los amigos: Tile, Omara, Kidega y Adega, o acarreando agua para la familia desde un arroyo cercano, en un bidón amarillo.
Los niños estaban siempre alerta de los soldados rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor LRA. Es por eso que él y su hermano y hermana dormían debajo de la cama de los abuelos. Si los rebeldes atacaban la aldea, las sábanas que colgaban de la cama les ocultarían.
El LRA, dirigido por el trastornado y peligroso Joseph Kony, lleva 18 años de guerrilla contra el gobierno ugandés, y ha desplazado a más de 1.6 millones de personas, la mitad de ellos niños, en este país de 26 millones de habitantes. Es uno de los conflictos más violentos que ha estallado en África en los últimos años, desde Sierra Leona y Liberia en África Occidental, hasta la República Democrática del Congo y la región de Darfur en Sudán, que ha dejado huérfanos a cientos de miles de niños.
Pero Jan Egeland, Coordinador de la Ayuda de Emergencia de Naciones Unidas, trató el mes pasado de llamar la atención sobre el norte de Uganda, calificando la situación como la emergencia humanitaria más dejada de lado por el mundo. Instó a los países a hacer más para poner fin a lo que llamó una "letanía de horrores".
Uganda, encerrado en el este de África, se compone esencialmente de dos países. El sur es seguro y estable. Bajo el presidente Yoweri Museveni, que se hizo con el poder en 1986 y dirige un estado de un solo partido, la economía del país, concentrada en el sur, creció en los años noventa más rápidamente que todas las demás de África.
Pero el norte ha estado aterrorizado por una generación del LRA. Sólo en los últimos meses las tropas ugendesas han intensificado su lucha contra el LRA, en parte debido a la condena internacional. Y hay informes de que el LRA, sintiendo la presión, pueda acceder a negociaciones de paz.
Kony ha dicho que su objetivo es tomar el poder en Uganda y gobernar de acuerdo a los Diez Mandamientos. Pero nadie fuera de sus círculos toma en serio su cháchara religiosa. Tiene más credibilidad como asesino.
Su ejército consiste de decenas de unidades relativamente pequeñas, quizás de 100 a 150 soldados cada una, con un 80 por ciento de niños. Kony prefiere a los niños porque son fáciles de capturar, de formar y de controlar, de acuerdo a entrevistas con casi dos docenas de niños que escaparon de su servicio.
Grupos de derechos humanos calculan que el LRA ha secuestrado a más de 20.000 niños en el curso de varios años. Han muerto más de 5.000 niños, de edades entre los 9 y los 18, sea en batallas con tropas ugandesas o tratando de escapar del ejército de Kony.
Una Prueba Salvaje
La experiencia de Odongo refleja los informes de muchos de los que han escapado. Así es como lo recuerda él.
En las horas posteriores a su captura, caminó en fila india con unas tres docenas de otros, la mayoría niños, en dirección noroeste alejándose de Alere, una aldea a unos 240 kilómetros al norte de la capital del país, Kampala. Cruzaron grandes campos de pasto y aldeas abandonadas hacía mucho. Un niño de su edad caminaba detrás de él, con un rifle AK-47 apuntándole a la espalda.
"Yo estaba temblando", recuerda. "Una vez que paré, un soldado me golpeó y me obligó a levantarme y a caminar".
Ese primer día de cautiverio no dijo nada. Durante las horas que duró la marcha, cargó una bolsa de ropas robadas. Comió frijoles fríos a la hora de la cena y durmió en una camita de pasto. Cuando se cubrió con las ropas robadas, se sintió terriblemente solo. Sabía que nadie lo buscaría. Que era demasiado peligroso.
"No me atrevía a moverme ni a decir nada", recuerda. "Pensaba que si lo hacía me matarían".
Más allá del temor, había cierta monotonía en su cautiverio. Los soldados marcharon durante ocho o nueve horas. Levantaron un campamento. Los jefes y sus círculos inmediatos de niños soldados endurecidos por la guerra, durmieron en tiendas azules, verdes o negras. Los niños recién capturados, en el pasto. Nadie le dijo nada sobre las estrafalarias creencias de Kony. Eso vendría más tarde, y sólo para aquellos elegidos para transformarse en niños soldados.
Tres semanas después de su captura, la monotonía se rompió. Odongo se enfrentaba a una nueva prueba. Un niño de su edad se lanzó al río, tratando de fugarse del ejército. Otros niños lo agarraron, y fue empujado hacia el centro del grupo, con las manos atadas a la espalda. El comandante de la unidad, al que Odongo sólo conocía por Adwong o Grande' en la lengua luo, llamó a Odongo.
Le pasó un machete, diciéndole: "El espíritu de una persona muerta se asegurará de que no trates de escapar".
"Mátalo", le ordenó el comandante.
Odongo dice que él se opuso y suplicó, pero Grande fue implacable.
"Si no lo matas, te mataré a ti", dijo el comandante.
Odongo empezó a golpear al niño en la cabeza, suavemente primero.
"El niño estaba llorando: Por favor, no me mates. Por favor, no me mates' y el comandante dijo que no lo estaba golpeando con suficiente fuerza", dice Odongo. "Así que ordenó a varios otros a que lo golpearan conmigo".
Hizo una pausa antes de seguir su relato, y se limpió las lágrimas de los ojos. "Recuerdo al niño llorando mientras lo golpeábamos. Lo lamento mucho".
Pronto, el niño murió. Dejaron su cuerpo en el mismo lugar.
Más tarde ese día, mientras recogían agua, Odongo empezó a llorar. Otros niños lo amenazaron con decírselo al comandante. "Dijeron que si lloraba, significaba que trataría de fugarme", dijo. "Les rogué que no dijeran nada, y cumplieron".
Era otra lección para sobrevivir: No llorar nunca.
Ese otoño de 2002, casi dos meses después de su captura, el grupo de rebeldes de Odongo peleó varias veces contra las tropas del ejército ugandés. Los comandantes enseñaron a los niños secuestrados a mantenerse quietos durante las emboscadas. "Nos dijeron que nos podían llegar balas perdidas", recordó Odongo.
Durante su primera emboscada, Odongo se agachó. No tenía arma. Soldados del gobierno mataron a un niño combatiente del LRA que estaba a su lado. Odongo se agachó, recogió el arma y comenzó a disparar. Luego de que los rebeldes se retiraran, Grande llevó a Odongo a un lado y lo incorporó a su grupo de guardaespaldas para ocupar el lugar del niño que había muerto.
Así Odongo formó parte de un selecto grupo de unos doce niños guardaespaldas, que no usaban nombres sino que se llamaban unos a otros por apwony', maestro. A los ojos de su comandante, había ascendido al cuerpo de combatientes. Si continuaba probándose a sí mismo, le dijo Grande, le "llevarían donde Kony, donde te darán armas adecuadas y un uniforme".
En las marchas Odongo ahora llevaba su propia arma así como la silla plegable del comandante y una canana. En los ataques Odongo ayudaba a atrapar a los niños a punta de pistola. Por la noche dormía en una tienda, junto con los otros niños guardaespaldas. El comandante, que según Odongo estaba en los veinte, tenía su propia tienda, que compartía con diez niñas novias. "No sabíamos lo que pasaba ahí dentro", dijo Odongo. "Después de cada secuestro, a las niñas se las hacía formar fila y el comandante elegía las que quería".
Pretendía sentirse feliz. "Le decíamos al comandante: Me gustaría tener otra arma', o Me gustaría hacer un ataque para hacerme con otra arma', recordó. "Queríamos que el comandante se sintiera contento".
De hecho, a él le gustaba su arma. Se sentía poderoso. "Me daba valentía", dijo Odongo de su rifle AK-47, con su cargador de 30 balas. "Me podía defender a mí mismo. Cuando no tenía arma, estaba con las manos vacías, me ponía nervioso".
Y sin embargo sentía una profunda culpa por ayudar a asesinar a ese niño que había tratado de escapar. Temía tener que hacer algo semejante otra vez. Y tenía razón en tener miedo.
Poco después de que obtuviera su rifle, Grande mandó a Odongo a ejecutar a otro niño fugado. Esta vez, Odongo no dijo nada. Comenzó a golpear al niño con una mano de mortero, que se usa normalmente para convertir el grano en un fino polvo. Otros se unieron a él. Un mes después, volvió a matar.
Fue hacia diciembre, casi cuatro meses después de su captura, al mediodía. Hacía mucho calor. Dos niñas, de 12 y 14, habían tratado de escapar. Los soldados las llevaron ante el comandante, que ordenó que se quedaran juntas de pie.
"Odongo", llamó, y ladró sus instrucciones.
Ponte a seis metros de las niñas, dijo el comandante. Dispara primero a la que llora.
"¡Fuego!", ordenó el comandante.
Odongo disparó dos balas en su pecho. La niña cayó al suelo.
La segunda niña imploró piedad. Odongo recuerda al comandante gritando que ella debería morir por sus pecados. Lo recordó diciendo: "No hay piedad".
"¡Fuego!"
Odongo disparó dos veces al pecho.
Luego los rebeldes se marcharon en silencio. Odongo no podía olvidar los gritos de las niñas y lo que él había hecho.
Un Escapa Audaz
Decidió arriesgar la vida antes que continuar así. Debía tratar de escapar. La oportunidad se presentó una semana más tarde.
Una mañana temprano el comandante mandó a Odongo y un grupo de niños a cortar caña de azúcar en una plantación cercana. Siete niños fueron con él. Odongo era el último de la fila. Cuando llegaron a la plantación, Odongo se acercó lentamente hacia una esquina. No lo seguía nadie. Se sacó sus sandalias de goma y echó a correr.
"Corrí y corrí hasta que no pude más", dijo. Quizás una hora después, llegó a una choza donde encontró a una anciana. Sin aliento le contó su historia, pero ella lo echó con una escoba. Siguió corriendo, siempre atento a sus perseguidores.
Hacia el mediodía llegó a otra choza, y otra anciana. Ella lo escuchó y entonces, temiendo que los rebeldes no estuvieran demasiado lejos, lo mandó a él y a uno de sus nietos a esconderse en un campo de laureles. Allí, los dos niños se cubrieron con las ramas.
Los rebeldes llegaron unas horas después. En la noche, los sonidos de disparos estallaron en el campamento.
Odongo no podía ver nada. El niño que estaba con él se asustó y trató de salir corriendo, pero Odongo lo agarró. Quédate quieto, le dijo.
Los dos permanecieron inertes. Con las primeras luces de la mañana, los rebeldes se marcharon.
Poco después, la anciana apareció a buscar a los niños. Los rebeldes, dijo habían matado a tres niños. Llevó a Odongo hacia un hombre que vivía en las cercanías. Prometiendo llevar al niño a un lugar seguro, lo puso en el sillín de atrás y se marchó en su bicicleta.
Cuando, horas después, llegaron a las barracas del ejército ugandés, el hombre lo dejó. Varios soldados interrogaron a Odongo durante varios días. Un soldado, recordó, se acercó a él por la noche. Olía a alcohol. Le apuntó con un arma y le acusó de ser un rebelde. Odongo agarró una pistola y apuntó al soldado. Otro soldado les quitó las armas, dijo, evitando el enfrentamiento entre un niño y un hombre, entre dos soldados.
Tarde una noche justo antes de la Navidad de 2002, Fred Okello, el tío de Odongo, desvió la vista de su televisor y se sorprendió de ver los focos de un camión entrando a su patio. Vivía justo en las afueras de Lira, una de las ciudades más grandes del norte, y muy poca gente conducía de noche debido al peligro de una emboscada de los rebeldes.
"Abrí la puerta pensando que me enfrentaba a mi destino", recordó Okello.
En lugar de eso, un niño corrió hacia él.
"¡Tío, tío! ¡Soy yo, Odongo!"
Okello se echó a llorar. Su esposa, Lucy, cuya hermana era la madre de Odongo, se puso a llorar también. Su abuelo y abuela, que se habían mudado de Alere a la casa de Okello, también comenzaron a llorar, abrazando al niño al que no esperaban que volverían a ver.
En su casa, Odongo les contó que un comandante del ejército había ordenado al chofer del camión llevarlo a casa. Y, durante horas hasta que llegó el día, les contó sobre los rebeldes, los asesinatos, y su fuga.
"Le creemos, porque hay muchos niños con historias similares y por la manera en que lo contó", dijo Fred Okello, maestro en una escuela privada.
Describió a Odongo, en esas primeras semanas, como un "animal salvaje".
También Odongo, recuerda lo raro que se sentía. Recuerda su fascinación al mirar televisión por primera vez, y el horror al mirar una película de guerra. "Me escondí detrás del sillón", dijo.
Poco a poco, dijo Odongo, empezó a sentirse más tranquilo. Sus tíos, que comenzaron a creer que tenía el doble de su edad debido a sus instintos de supervivencia, le enseñaron algunas habilidades, incluyendo a coser encaje. Odongo también encontró consolación en la iglesia.
"Dios me trajo de vuelta", dijo. "Fui secuestrado, me tuvieron cautivo, estaba casi muerto. Pero ahora estoy vivo".
Los Okelo lo matricularon en la Escuela Primaria Ferrocarril, de Lira, a cinco kilómetros de casa. La escuela tiene la forma de una herradura; las aulas dan a un patio herboso. Terrenos agrícolas se extienden desde el internado, y las águilas sobrevuelan los campos al amanecer, cazando ratones o culebras.
El aula del Sexto, como las otras, está tan llena de alumnos que muchos de ellos se sientan de lado para poder escribir. Odongo, aplastado en la segunda hilera, es uno de los 102 niños que hay en la sala. Lleva siempre el uniforme de la escuela, una camisa a cuadros rojos y blancos, y pantalones cortos azules.
La directora, Ira Oree, lo observó desde la puerta una mañana antes este año.
"Los niños le tenían miedo", dijo, tranquila. "Despertaba por las noches, y caminaba sonámbulo, y parecía que estaba peleando, porque hacía como si llevara una pistola. Así estuvo haciendo, como si les disparara a los otros. En el día se metía en peleas. Pero la psicóloga ayudó".
Los Okello pagaron parte de la matrícula y las cuotas del internado, y Odongo reunió el resto tejiendo manteles de encaje, que su tía vendía a sus amigos.
Un día después de la escuela, los niños del sexto se dispersaron en el terreno, reuniéndose a 900 otros. Hace dos años, la escuela sólo tenía 400 alumnos. Pero la cifra se ha triplicado debido al flujo de familias del campo que están demasiado asustadas como para quedarse en sus casas y correr el riesgo de ser atacados por los rebeldes. Según los cálculos de la directora, más de cien alumnos han sido alguna vez prisioneros del LRA.
Más tarde, Odongo estaba sentado a la sombra de un árbol con varios compañeros de curso. Varios de ellos contaron sus propias historias de la guerra.
"Mataron a mi hermano y me secuestraron en 1998", dijo Achelo Joanne, una niña de 14. "Estuve con ellos un año. Una vez me dijeron que matara a otra niña, y yo me negué. Me pegaron muy feo. A mis padres los mataron, sabes, y ahora sólo tengo a mis abuelos. Sobrevivir es un deber que tenemos, y hacer dinero para darles de comer".
"Yo recuerdo la cantidad de niños que me obligaron a matar", dijo Okello Francisco, un niño de 14.
"Me obligaron a beber sangre humana", dijo Angom Gertrude, una niña de 11. Odongo escuchó en silencio; luego se retiró.
"Yo todavía sueño con los niños que maté", dijo, entrando al dormitorio que comparte con otros 14 internos. Su colchón estaba en el suelo, sus pertenencias en una pequeña maleta. "Maté a cuatro niños. Todavía los veo".
Las lágrimas llenaron sus ojos, y se limpió. Estaba inmóvil como roca.
Recuperó la voz varios minutos después, pero para hablar de otra cosa.
"Soy muy feliz aquí", dijo, levantando la barbilla. "Para mí, la educación es lo más importante. Quiero ser maestro, como mis padres, como mi tío y mi tía".
A él le gustaría ver más a menudo a su abuelo. El día siguiente era sábado, y su deseo se cumpliría: una visita a su casa al borde de Lira. "Lo extraño mucho", dijo Odongo.
"Todavía Le Tengo Miedo A Este Lugar"
Odongo entró saltando en casa de los Okello, abrazó a su tía y a su tío, y esperó a su abuelo. Los Okello estaban maravillados por su sobrino, ahora de 14, y su entusiasmo. Kasmiro Bongonyinge entró arrastrando los pies, apoyándose en un bastón. Odongo lo tomó por un brazo. "Soy yo, soy yo, Odongo", dijo.
La cara del anciano se abrió con una amplia sonrisa, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras que recorría con sus manos desde el pelo hasta la cara, los hombros, los brazos, las manos de Odongo. Era si estuviera leyendo Braille, y irradiaba cariño. Luego besó la mano de Odongo. Después estuvieron varios minutos tomados de las manos, y hablando en susurros, como dos amigos chismosos.
Un tema de su conversación era la esposa de Bongonyinge, que había viajado una semana antes a su antigua choza de Alere, a unas 25 millas al norte de Lira, y todavía no volvía. Hablaron sobre si era posible encontrarla.
"Es demasiado peligroso", dijo Lucy Okello. Pero su marido, Fred, consiguió un taxi. Mientras se prepararan para salir, Odongo dabas vueltas afuera, con las manos palma contra palma y apuntando los dedos al cielo. Incómodo por su viaje de vuelta, hacia donde había comenzado su cautiverio, se puso a rezar.
Mientras hacían kilómetros de caminos de tierra, los viajeros trataban de detectar señales de peligro. No sabían si la ruta era segura; tampoco lo sabía la policía local. Pero los aldeanos estaban en todas partes y no parecían preocupados. La gente pasaba en bicicleta o caminando junto a la carretera; en las ciudades los mercados estaban llenos. Cerca de Alere, Okello paró para visitar a un pariente, Peter Ayo Obote. Obote dijo que la abuela de Okello estaba bien, que estaba preparando el funeral de un amigo en otra aldea; prometió decirle lo preocupada que estaba la familia.
Sin embargo, el grupo siguió adelante para revisar la choza del abuelo, en Alere. La carretera se estrechó. El chofer se metió por una huella, que pronto se transformó en un angosto sendero vacío. Odongo se puso tenso.
Finalmente, el grupo llegó a una colección de chozas, el lugar donde había sido secuestrado Odongo.
Era después de la tarde y estaba tenebrosamente tranquilo. "También los pájaros estaban asustados", dijo Okello, el tío de Odongo, escudriñando el cielo vacío.
La casa de su abuelo fue saqueada. La casa del vecino había sido demolida, y de ella sólo quedaba la puerta, parada, como un centinela.
Odongo se sentó junto a ella y buscó en su bolsillo su rosario de cuentas.
"Todavía le tengo miedo a este lugar", dijo. "Nunca sabes lo que puede ocurrir".
Se retiraron rápidamente, levantando sus propias nubes de polvo.
Dejando Atrás la Pesadilla
Los temores de Odongo son indelebles, pero era tiene esperanzas. Quiere seguir en el internado de la Escuela Primaria Ferrocarril durante varios años más. Sueña con llegar a ser un maestro. De momento, sus notas son buenas.
"Creo que si me cuidan y se preocupan por mí, tendré un futuro brillante", dijo. "Si la guerra continúa, me puedo quedar sin futuro".
Sentado debajo de una acacia, y mirando a sus amigos jugando al cricket, pensó en las batallas que debía librar -y en la fuerza que necesitaba.
"Rogué a Dios", dijo. "Le pedí a Dios que me perdonara por haber matado, por haber ahuyentado a la gente de sus casas. No quería hacerlo. Me obligaron a hacerlo".
Frunció el ceño. Parecía estar a punto de llorar.
"Yo me puedo perdonar a mí mismo", dijo. "Pero todavía me preocupa. ¿Me perdonará Dios?"
Se puede escribir a John Donnelly a: donnelly@globe.com
21 de noviembre de 2004
5 de febrero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
Alere, Uganda. Kasmiro Bongonyinge recuerda que se incorporó rápidamente de su cama. Era justo después de que saliera el sol, una mañana hace dos años, y el viejo, de 87, y ciego, sabía que algo extraño estaba pasando.Oyó pisadas y gritos fuera de su choza de barro. Su esposa yacía junto a él, y debajo de su cama, sobre esteras de paja, dormían tres de sus nietos.
La puerta se abrió. "¿Quién es?", preguntó Bongonyinge.
"Quédese tranquilo", le ordenó una voz de niño.
El viejo podía sentir el cañón de una pistola en su pecho.
Bongonyinge cogió las cuentas del bolsillo de su camisa y empezó a rezar lentamente, cuenta azul tras cuenta azul. Oyó a los intrusos revolviendo sus cosas, y pisadas que entraban y salían.
"¡Levántate!", ordenó el niño. "Queremos matarte".
"No puedo. Soy paralítico desde niño", dijo Bongonyinge, mintiendo para salvar la vida. "Y soy ciego".
Una voz joven dijo a los otros: "Matar a un hombre ciego trae mala suerte".
Y luego, silencio. Los intrusos se marcharon tan abruptamente como habían llegado.
Bongonyinge se agachó a tocar debajo de la cama.
Sus dedos sólo encontraron las esteras.
Él y su esposa salieron de la choza con los primeros rayos del sol. Sus pollos cloqueaban furiosamente.
Después de un rato, sus dos nietos menores, de 3 y 5, corrieron hacia ellos. "¿Dónde está Odongo?", preguntó el viejo.
"Odongo se ha ido", respondió su hija, Hellen Aguti, desde el otro lado del patio de tierra. "Se lo llevaron los rebeldes".
Años de guerra y del derrumbe de los sistemas sociales en Uganda y otros países han desplazado a millones de niños en África, dejándoles la tarea de sobrevivir por su propia cuenta. Y en los últimos años millones más de niños africanos se han transformado en huérfanos, a medida que enfermedades relacionadas con el sida han acabado con sus padres. En una época en que las cifras de huérfanos están descendiendo en todo el mundo, la tendencia en África va en la dirección opuesta, y rápidamente.
Un periodista y un fotógrafo de Globe han pasado este año varias semanas con tres de estos niños: tres que lograron sobrevivir, a pesar de las dificultades. Sus vidas están llenas de sorpresas, algunas malas, algunas maravillosas. Y comparten un ingenio y discreto coraje que parece impensable a esa edad. Con todas las razones para haber abandonado la lucha, ellos no lo han hecho.
Sin embargo, sus futuros están lejos de estar asegurados, dependiendo a partes iguales de su suerte e imaginación. Odongo Ambrose tiene montones de las dos cosas.
Algo regordete, el niño de cara de luna con un diente astillado tenía 12 años el 29 de agosto de 2002 cuando fue atrapado en la choza de su familia por el Ejército de Resistencia del Señor, un notorio grupo rebelde que ha secuestrado a miles de niños ugandeses y los ha transformado en soldados.
Hasta ese momento, Odongo era como cualquier otro chico de su edad en las remotas selvas del norte de Uganda. Le gustaba jugar con sus amigos. Respetaba a los mayores. Pero los adultos habían observado algo diferente en Odongo, una seriedad que a veces parecía abrumarlo. En esas ocasiones se calmaba, bajaba la vista y se ensimismaba.
Algunos creían que era su manera de procesar las grandes pérdidas de su vida. Su padre, Dennis Okello, maestro, murió de las heridas que había sufrido en un choque cuando jugaba al fútbol. Su madre, Mary, también maestra, volvió de la escuela a casa un día, se derrumbó, y murió esa misma noche en su cama. Su familia dijo que la había matado el sida.
A los 8, Odongo era huérfano. Sus abuelos se lo llevaron a él, y a su hermano y hermana menores a vivir con ellos; un cuarto niño, el hermano mayor de Odongo, fue capturado por los rebeldes en 1997 y desde entonces no saben nada de él.
Odongo recordó que durante esos primeros días con sus abuelos, echaba mucho de menos el olor de su madre, el calor de sus abrazos, y lo guapa que se veía con su vestido estampado azul. "Pensaba mucho en lo que teníamos: el modo en que ordenábamos el aparador, la cama en la que dormíamos juntos, y sobre todo en su vestido", dijo.
Pero finalmente se acostumbró e incluso empezó a disfrutar de su vida en el pueblo de Alere, un villorrio de unas 25 chozas de barro anidada en medio de árboles espinosos y malezas, y pequeñas huertas de hortalizas. Su abuelo contaba largas historias de sus ancestros y le enseñó trucos para custodiar los pollos y las cabras. Su abuela le daba una libertad de la que nunca gozó con su madre. Pasaba las tardes jugando con los amigos: Tile, Omara, Kidega y Adega, o acarreando agua para la familia desde un arroyo cercano, en un bidón amarillo.
Los niños estaban siempre alerta de los soldados rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor LRA. Es por eso que él y su hermano y hermana dormían debajo de la cama de los abuelos. Si los rebeldes atacaban la aldea, las sábanas que colgaban de la cama les ocultarían.
El LRA, dirigido por el trastornado y peligroso Joseph Kony, lleva 18 años de guerrilla contra el gobierno ugandés, y ha desplazado a más de 1.6 millones de personas, la mitad de ellos niños, en este país de 26 millones de habitantes. Es uno de los conflictos más violentos que ha estallado en África en los últimos años, desde Sierra Leona y Liberia en África Occidental, hasta la República Democrática del Congo y la región de Darfur en Sudán, que ha dejado huérfanos a cientos de miles de niños.
Pero Jan Egeland, Coordinador de la Ayuda de Emergencia de Naciones Unidas, trató el mes pasado de llamar la atención sobre el norte de Uganda, calificando la situación como la emergencia humanitaria más dejada de lado por el mundo. Instó a los países a hacer más para poner fin a lo que llamó una "letanía de horrores".
Uganda, encerrado en el este de África, se compone esencialmente de dos países. El sur es seguro y estable. Bajo el presidente Yoweri Museveni, que se hizo con el poder en 1986 y dirige un estado de un solo partido, la economía del país, concentrada en el sur, creció en los años noventa más rápidamente que todas las demás de África.
Pero el norte ha estado aterrorizado por una generación del LRA. Sólo en los últimos meses las tropas ugendesas han intensificado su lucha contra el LRA, en parte debido a la condena internacional. Y hay informes de que el LRA, sintiendo la presión, pueda acceder a negociaciones de paz.
Kony ha dicho que su objetivo es tomar el poder en Uganda y gobernar de acuerdo a los Diez Mandamientos. Pero nadie fuera de sus círculos toma en serio su cháchara religiosa. Tiene más credibilidad como asesino.
Su ejército consiste de decenas de unidades relativamente pequeñas, quizás de 100 a 150 soldados cada una, con un 80 por ciento de niños. Kony prefiere a los niños porque son fáciles de capturar, de formar y de controlar, de acuerdo a entrevistas con casi dos docenas de niños que escaparon de su servicio.
Grupos de derechos humanos calculan que el LRA ha secuestrado a más de 20.000 niños en el curso de varios años. Han muerto más de 5.000 niños, de edades entre los 9 y los 18, sea en batallas con tropas ugandesas o tratando de escapar del ejército de Kony.
Una Prueba Salvaje
La experiencia de Odongo refleja los informes de muchos de los que han escapado. Así es como lo recuerda él.
En las horas posteriores a su captura, caminó en fila india con unas tres docenas de otros, la mayoría niños, en dirección noroeste alejándose de Alere, una aldea a unos 240 kilómetros al norte de la capital del país, Kampala. Cruzaron grandes campos de pasto y aldeas abandonadas hacía mucho. Un niño de su edad caminaba detrás de él, con un rifle AK-47 apuntándole a la espalda.
"Yo estaba temblando", recuerda. "Una vez que paré, un soldado me golpeó y me obligó a levantarme y a caminar".
Ese primer día de cautiverio no dijo nada. Durante las horas que duró la marcha, cargó una bolsa de ropas robadas. Comió frijoles fríos a la hora de la cena y durmió en una camita de pasto. Cuando se cubrió con las ropas robadas, se sintió terriblemente solo. Sabía que nadie lo buscaría. Que era demasiado peligroso.
"No me atrevía a moverme ni a decir nada", recuerda. "Pensaba que si lo hacía me matarían".
Más allá del temor, había cierta monotonía en su cautiverio. Los soldados marcharon durante ocho o nueve horas. Levantaron un campamento. Los jefes y sus círculos inmediatos de niños soldados endurecidos por la guerra, durmieron en tiendas azules, verdes o negras. Los niños recién capturados, en el pasto. Nadie le dijo nada sobre las estrafalarias creencias de Kony. Eso vendría más tarde, y sólo para aquellos elegidos para transformarse en niños soldados.
Tres semanas después de su captura, la monotonía se rompió. Odongo se enfrentaba a una nueva prueba. Un niño de su edad se lanzó al río, tratando de fugarse del ejército. Otros niños lo agarraron, y fue empujado hacia el centro del grupo, con las manos atadas a la espalda. El comandante de la unidad, al que Odongo sólo conocía por Adwong o Grande' en la lengua luo, llamó a Odongo.
Le pasó un machete, diciéndole: "El espíritu de una persona muerta se asegurará de que no trates de escapar".
"Mátalo", le ordenó el comandante.
Odongo dice que él se opuso y suplicó, pero Grande fue implacable.
"Si no lo matas, te mataré a ti", dijo el comandante.
Odongo empezó a golpear al niño en la cabeza, suavemente primero.
"El niño estaba llorando: Por favor, no me mates. Por favor, no me mates' y el comandante dijo que no lo estaba golpeando con suficiente fuerza", dice Odongo. "Así que ordenó a varios otros a que lo golpearan conmigo".
Hizo una pausa antes de seguir su relato, y se limpió las lágrimas de los ojos. "Recuerdo al niño llorando mientras lo golpeábamos. Lo lamento mucho".
Pronto, el niño murió. Dejaron su cuerpo en el mismo lugar.
Más tarde ese día, mientras recogían agua, Odongo empezó a llorar. Otros niños lo amenazaron con decírselo al comandante. "Dijeron que si lloraba, significaba que trataría de fugarme", dijo. "Les rogué que no dijeran nada, y cumplieron".
Era otra lección para sobrevivir: No llorar nunca.
Ese otoño de 2002, casi dos meses después de su captura, el grupo de rebeldes de Odongo peleó varias veces contra las tropas del ejército ugandés. Los comandantes enseñaron a los niños secuestrados a mantenerse quietos durante las emboscadas. "Nos dijeron que nos podían llegar balas perdidas", recordó Odongo.
Durante su primera emboscada, Odongo se agachó. No tenía arma. Soldados del gobierno mataron a un niño combatiente del LRA que estaba a su lado. Odongo se agachó, recogió el arma y comenzó a disparar. Luego de que los rebeldes se retiraran, Grande llevó a Odongo a un lado y lo incorporó a su grupo de guardaespaldas para ocupar el lugar del niño que había muerto.
Así Odongo formó parte de un selecto grupo de unos doce niños guardaespaldas, que no usaban nombres sino que se llamaban unos a otros por apwony', maestro. A los ojos de su comandante, había ascendido al cuerpo de combatientes. Si continuaba probándose a sí mismo, le dijo Grande, le "llevarían donde Kony, donde te darán armas adecuadas y un uniforme".
En las marchas Odongo ahora llevaba su propia arma así como la silla plegable del comandante y una canana. En los ataques Odongo ayudaba a atrapar a los niños a punta de pistola. Por la noche dormía en una tienda, junto con los otros niños guardaespaldas. El comandante, que según Odongo estaba en los veinte, tenía su propia tienda, que compartía con diez niñas novias. "No sabíamos lo que pasaba ahí dentro", dijo Odongo. "Después de cada secuestro, a las niñas se las hacía formar fila y el comandante elegía las que quería".
Pretendía sentirse feliz. "Le decíamos al comandante: Me gustaría tener otra arma', o Me gustaría hacer un ataque para hacerme con otra arma', recordó. "Queríamos que el comandante se sintiera contento".
De hecho, a él le gustaba su arma. Se sentía poderoso. "Me daba valentía", dijo Odongo de su rifle AK-47, con su cargador de 30 balas. "Me podía defender a mí mismo. Cuando no tenía arma, estaba con las manos vacías, me ponía nervioso".
Y sin embargo sentía una profunda culpa por ayudar a asesinar a ese niño que había tratado de escapar. Temía tener que hacer algo semejante otra vez. Y tenía razón en tener miedo.
Poco después de que obtuviera su rifle, Grande mandó a Odongo a ejecutar a otro niño fugado. Esta vez, Odongo no dijo nada. Comenzó a golpear al niño con una mano de mortero, que se usa normalmente para convertir el grano en un fino polvo. Otros se unieron a él. Un mes después, volvió a matar.
Fue hacia diciembre, casi cuatro meses después de su captura, al mediodía. Hacía mucho calor. Dos niñas, de 12 y 14, habían tratado de escapar. Los soldados las llevaron ante el comandante, que ordenó que se quedaran juntas de pie.
"Odongo", llamó, y ladró sus instrucciones.
Ponte a seis metros de las niñas, dijo el comandante. Dispara primero a la que llora.
"¡Fuego!", ordenó el comandante.
Odongo disparó dos balas en su pecho. La niña cayó al suelo.
La segunda niña imploró piedad. Odongo recuerda al comandante gritando que ella debería morir por sus pecados. Lo recordó diciendo: "No hay piedad".
"¡Fuego!"
Odongo disparó dos veces al pecho.
Luego los rebeldes se marcharon en silencio. Odongo no podía olvidar los gritos de las niñas y lo que él había hecho.
Un Escapa Audaz
Decidió arriesgar la vida antes que continuar así. Debía tratar de escapar. La oportunidad se presentó una semana más tarde.
Una mañana temprano el comandante mandó a Odongo y un grupo de niños a cortar caña de azúcar en una plantación cercana. Siete niños fueron con él. Odongo era el último de la fila. Cuando llegaron a la plantación, Odongo se acercó lentamente hacia una esquina. No lo seguía nadie. Se sacó sus sandalias de goma y echó a correr.
"Corrí y corrí hasta que no pude más", dijo. Quizás una hora después, llegó a una choza donde encontró a una anciana. Sin aliento le contó su historia, pero ella lo echó con una escoba. Siguió corriendo, siempre atento a sus perseguidores.
Hacia el mediodía llegó a otra choza, y otra anciana. Ella lo escuchó y entonces, temiendo que los rebeldes no estuvieran demasiado lejos, lo mandó a él y a uno de sus nietos a esconderse en un campo de laureles. Allí, los dos niños se cubrieron con las ramas.
Los rebeldes llegaron unas horas después. En la noche, los sonidos de disparos estallaron en el campamento.
Odongo no podía ver nada. El niño que estaba con él se asustó y trató de salir corriendo, pero Odongo lo agarró. Quédate quieto, le dijo.
Los dos permanecieron inertes. Con las primeras luces de la mañana, los rebeldes se marcharon.
Poco después, la anciana apareció a buscar a los niños. Los rebeldes, dijo habían matado a tres niños. Llevó a Odongo hacia un hombre que vivía en las cercanías. Prometiendo llevar al niño a un lugar seguro, lo puso en el sillín de atrás y se marchó en su bicicleta.
Cuando, horas después, llegaron a las barracas del ejército ugandés, el hombre lo dejó. Varios soldados interrogaron a Odongo durante varios días. Un soldado, recordó, se acercó a él por la noche. Olía a alcohol. Le apuntó con un arma y le acusó de ser un rebelde. Odongo agarró una pistola y apuntó al soldado. Otro soldado les quitó las armas, dijo, evitando el enfrentamiento entre un niño y un hombre, entre dos soldados.
Tarde una noche justo antes de la Navidad de 2002, Fred Okello, el tío de Odongo, desvió la vista de su televisor y se sorprendió de ver los focos de un camión entrando a su patio. Vivía justo en las afueras de Lira, una de las ciudades más grandes del norte, y muy poca gente conducía de noche debido al peligro de una emboscada de los rebeldes.
"Abrí la puerta pensando que me enfrentaba a mi destino", recordó Okello.
En lugar de eso, un niño corrió hacia él.
"¡Tío, tío! ¡Soy yo, Odongo!"
Okello se echó a llorar. Su esposa, Lucy, cuya hermana era la madre de Odongo, se puso a llorar también. Su abuelo y abuela, que se habían mudado de Alere a la casa de Okello, también comenzaron a llorar, abrazando al niño al que no esperaban que volverían a ver.
En su casa, Odongo les contó que un comandante del ejército había ordenado al chofer del camión llevarlo a casa. Y, durante horas hasta que llegó el día, les contó sobre los rebeldes, los asesinatos, y su fuga.
"Le creemos, porque hay muchos niños con historias similares y por la manera en que lo contó", dijo Fred Okello, maestro en una escuela privada.
Describió a Odongo, en esas primeras semanas, como un "animal salvaje".
También Odongo, recuerda lo raro que se sentía. Recuerda su fascinación al mirar televisión por primera vez, y el horror al mirar una película de guerra. "Me escondí detrás del sillón", dijo.
Poco a poco, dijo Odongo, empezó a sentirse más tranquilo. Sus tíos, que comenzaron a creer que tenía el doble de su edad debido a sus instintos de supervivencia, le enseñaron algunas habilidades, incluyendo a coser encaje. Odongo también encontró consolación en la iglesia.
"Dios me trajo de vuelta", dijo. "Fui secuestrado, me tuvieron cautivo, estaba casi muerto. Pero ahora estoy vivo".
Los Okelo lo matricularon en la Escuela Primaria Ferrocarril, de Lira, a cinco kilómetros de casa. La escuela tiene la forma de una herradura; las aulas dan a un patio herboso. Terrenos agrícolas se extienden desde el internado, y las águilas sobrevuelan los campos al amanecer, cazando ratones o culebras.
El aula del Sexto, como las otras, está tan llena de alumnos que muchos de ellos se sientan de lado para poder escribir. Odongo, aplastado en la segunda hilera, es uno de los 102 niños que hay en la sala. Lleva siempre el uniforme de la escuela, una camisa a cuadros rojos y blancos, y pantalones cortos azules.
La directora, Ira Oree, lo observó desde la puerta una mañana antes este año.
"Los niños le tenían miedo", dijo, tranquila. "Despertaba por las noches, y caminaba sonámbulo, y parecía que estaba peleando, porque hacía como si llevara una pistola. Así estuvo haciendo, como si les disparara a los otros. En el día se metía en peleas. Pero la psicóloga ayudó".
Los Okello pagaron parte de la matrícula y las cuotas del internado, y Odongo reunió el resto tejiendo manteles de encaje, que su tía vendía a sus amigos.
Un día después de la escuela, los niños del sexto se dispersaron en el terreno, reuniéndose a 900 otros. Hace dos años, la escuela sólo tenía 400 alumnos. Pero la cifra se ha triplicado debido al flujo de familias del campo que están demasiado asustadas como para quedarse en sus casas y correr el riesgo de ser atacados por los rebeldes. Según los cálculos de la directora, más de cien alumnos han sido alguna vez prisioneros del LRA.
Más tarde, Odongo estaba sentado a la sombra de un árbol con varios compañeros de curso. Varios de ellos contaron sus propias historias de la guerra.
"Mataron a mi hermano y me secuestraron en 1998", dijo Achelo Joanne, una niña de 14. "Estuve con ellos un año. Una vez me dijeron que matara a otra niña, y yo me negué. Me pegaron muy feo. A mis padres los mataron, sabes, y ahora sólo tengo a mis abuelos. Sobrevivir es un deber que tenemos, y hacer dinero para darles de comer".
"Yo recuerdo la cantidad de niños que me obligaron a matar", dijo Okello Francisco, un niño de 14.
"Me obligaron a beber sangre humana", dijo Angom Gertrude, una niña de 11. Odongo escuchó en silencio; luego se retiró.
"Yo todavía sueño con los niños que maté", dijo, entrando al dormitorio que comparte con otros 14 internos. Su colchón estaba en el suelo, sus pertenencias en una pequeña maleta. "Maté a cuatro niños. Todavía los veo".
Las lágrimas llenaron sus ojos, y se limpió. Estaba inmóvil como roca.
Recuperó la voz varios minutos después, pero para hablar de otra cosa.
"Soy muy feliz aquí", dijo, levantando la barbilla. "Para mí, la educación es lo más importante. Quiero ser maestro, como mis padres, como mi tío y mi tía".
A él le gustaría ver más a menudo a su abuelo. El día siguiente era sábado, y su deseo se cumpliría: una visita a su casa al borde de Lira. "Lo extraño mucho", dijo Odongo.
"Todavía Le Tengo Miedo A Este Lugar"
Odongo entró saltando en casa de los Okello, abrazó a su tía y a su tío, y esperó a su abuelo. Los Okello estaban maravillados por su sobrino, ahora de 14, y su entusiasmo. Kasmiro Bongonyinge entró arrastrando los pies, apoyándose en un bastón. Odongo lo tomó por un brazo. "Soy yo, soy yo, Odongo", dijo.
La cara del anciano se abrió con una amplia sonrisa, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras que recorría con sus manos desde el pelo hasta la cara, los hombros, los brazos, las manos de Odongo. Era si estuviera leyendo Braille, y irradiaba cariño. Luego besó la mano de Odongo. Después estuvieron varios minutos tomados de las manos, y hablando en susurros, como dos amigos chismosos.
Un tema de su conversación era la esposa de Bongonyinge, que había viajado una semana antes a su antigua choza de Alere, a unas 25 millas al norte de Lira, y todavía no volvía. Hablaron sobre si era posible encontrarla.
"Es demasiado peligroso", dijo Lucy Okello. Pero su marido, Fred, consiguió un taxi. Mientras se prepararan para salir, Odongo dabas vueltas afuera, con las manos palma contra palma y apuntando los dedos al cielo. Incómodo por su viaje de vuelta, hacia donde había comenzado su cautiverio, se puso a rezar.
Mientras hacían kilómetros de caminos de tierra, los viajeros trataban de detectar señales de peligro. No sabían si la ruta era segura; tampoco lo sabía la policía local. Pero los aldeanos estaban en todas partes y no parecían preocupados. La gente pasaba en bicicleta o caminando junto a la carretera; en las ciudades los mercados estaban llenos. Cerca de Alere, Okello paró para visitar a un pariente, Peter Ayo Obote. Obote dijo que la abuela de Okello estaba bien, que estaba preparando el funeral de un amigo en otra aldea; prometió decirle lo preocupada que estaba la familia.
Sin embargo, el grupo siguió adelante para revisar la choza del abuelo, en Alere. La carretera se estrechó. El chofer se metió por una huella, que pronto se transformó en un angosto sendero vacío. Odongo se puso tenso.
Finalmente, el grupo llegó a una colección de chozas, el lugar donde había sido secuestrado Odongo.
Era después de la tarde y estaba tenebrosamente tranquilo. "También los pájaros estaban asustados", dijo Okello, el tío de Odongo, escudriñando el cielo vacío.
La casa de su abuelo fue saqueada. La casa del vecino había sido demolida, y de ella sólo quedaba la puerta, parada, como un centinela.
Odongo se sentó junto a ella y buscó en su bolsillo su rosario de cuentas.
"Todavía le tengo miedo a este lugar", dijo. "Nunca sabes lo que puede ocurrir".
Se retiraron rápidamente, levantando sus propias nubes de polvo.
Dejando Atrás la Pesadilla
Los temores de Odongo son indelebles, pero era tiene esperanzas. Quiere seguir en el internado de la Escuela Primaria Ferrocarril durante varios años más. Sueña con llegar a ser un maestro. De momento, sus notas son buenas.
"Creo que si me cuidan y se preocupan por mí, tendré un futuro brillante", dijo. "Si la guerra continúa, me puedo quedar sin futuro".
Sentado debajo de una acacia, y mirando a sus amigos jugando al cricket, pensó en las batallas que debía librar -y en la fuerza que necesitaba.
"Rogué a Dios", dijo. "Le pedí a Dios que me perdonara por haber matado, por haber ahuyentado a la gente de sus casas. No quería hacerlo. Me obligaron a hacerlo".
Frunció el ceño. Parecía estar a punto de llorar.
"Yo me puedo perdonar a mí mismo", dijo. "Pero todavía me preocupa. ¿Me perdonará Dios?"
Se puede escribir a John Donnelly a: donnelly@globe.com
21 de noviembre de 2004
5 de febrero de 2005
©boston globe
©traducción mQh
rutinaria miseria de áfrica
Nada nuevo está pasando en África: la gente sigue muriendo de sida, de malaria, de tuberculosis, de hambre, de guerras.
De vez en cuando, algo tan terrible pasa en África que el resto del mundo se da cuenta durante un rato de que el continente sigue ahí. Hace veinte años, una devastadora hambruna llevó a Michael Jackson y amigos a montar un concierto televisado en todo el país que reunión millones de dólares. Más recientemente se descubrieron los horrores de Ruanda y Sudán, provocando indignación internacional, y no mucho más que eso. Esas crisis debidamente reconocidas, la gente fuera de África pudo nuevamente mirar para otro lado.
Nada nuevo está pasando en África en estos días. Es la misma miserable y vieja rutina: mueren 6.000 personas de sida al día; miles más, la mayoría niños, mueren de malaria, tuberculosis y desnutrición. No es un maremoto, así los chicos buenos del barrio no estarán pidiendo donaciones para ayudar a aliviar el sufrimiento del continente.
No es lo mismo que decir que nadie está prestando atención. En realidad, el reciente Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, hizo un desgarrador llamada a preocuparse de África.
El presidente francés Jacques Chirac empezó proponiendo la poco práctica idea de crear un nuevo sistema mundial de impuestos en cosas tales como transacciones financieras internacionales y billetes de avión, y usar el dinero para combatir la pobreza y las enfermedades. El primer ministro británico Tony Blair parecía empecinado en demostrar que podía superar a su rival francés cuando se trata de cuestiones humanitarias. Además de hacer terribles advertencias sobre el cambio climático, dijo que Gran Bretaña triplicaría su ayuda a África este año. Además, Blair ha usado su presidencia del Grupo de las ocho naciones industrializadas para instar firmemente a aliviar la deuda africana.
Otros importantes participantes en Davos también transformaron a África en tema, incluyendo Bono, la estrafalaria estrella del rock; el ex presidente Clinton; y el fundador de Microsoft, Bill Gates, cuya Gates Foundation recientemente prometió donar 750 millones de dólares para vacunar a los niños en países en desarrollo. Bono, que hizo una famosa gira en África con el primer secretario del tesorería del presidente Bush, Paul O'Neill, agradeció al líder de la mayoría en el Senado, Bill Frist, por viajar a África y pedir apoyo para luchar contra el sida.
Pero Estados Unidos es un rezagado en el frente humanitario. Bush ha hablado elocuentemente acerca de subir la ayuda al desarrollo, ignorando al mismo tiempo sus propias promesas.
El presidente anunció con bombo y platillo el Millennium Challenge Account para la ayuda extranjera, prometiendo en 2002 invertir billones en ella para llegar a una contribución anual de 5 billones de dólares para 2006. Esa promesa fue recientemente borrada de la página en internet del propio fondo, y durante los últimos dos años Bush ha contribuido mucho menos a esa cuenta de lo que había prometido. No se ha distribuido ni un centavo del fondo; en el Discurso de la Unión no se mencionó la ayuda extranjera ni una sola vez.
"No hay ciudadanos de segunda clase en la especie humana", dijo Bush cuando anunció el fondo hace tres años. "Llevo esta convicción en el alma". Es hora de que Bush cumpla esa promesa, firmando algunos cheques. Mantener la convicción en el alma no está salvando vidas.
5 de febrero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
De vez en cuando, algo tan terrible pasa en África que el resto del mundo se da cuenta durante un rato de que el continente sigue ahí. Hace veinte años, una devastadora hambruna llevó a Michael Jackson y amigos a montar un concierto televisado en todo el país que reunión millones de dólares. Más recientemente se descubrieron los horrores de Ruanda y Sudán, provocando indignación internacional, y no mucho más que eso. Esas crisis debidamente reconocidas, la gente fuera de África pudo nuevamente mirar para otro lado.Nada nuevo está pasando en África en estos días. Es la misma miserable y vieja rutina: mueren 6.000 personas de sida al día; miles más, la mayoría niños, mueren de malaria, tuberculosis y desnutrición. No es un maremoto, así los chicos buenos del barrio no estarán pidiendo donaciones para ayudar a aliviar el sufrimiento del continente.
No es lo mismo que decir que nadie está prestando atención. En realidad, el reciente Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, hizo un desgarrador llamada a preocuparse de África.
El presidente francés Jacques Chirac empezó proponiendo la poco práctica idea de crear un nuevo sistema mundial de impuestos en cosas tales como transacciones financieras internacionales y billetes de avión, y usar el dinero para combatir la pobreza y las enfermedades. El primer ministro británico Tony Blair parecía empecinado en demostrar que podía superar a su rival francés cuando se trata de cuestiones humanitarias. Además de hacer terribles advertencias sobre el cambio climático, dijo que Gran Bretaña triplicaría su ayuda a África este año. Además, Blair ha usado su presidencia del Grupo de las ocho naciones industrializadas para instar firmemente a aliviar la deuda africana.
Otros importantes participantes en Davos también transformaron a África en tema, incluyendo Bono, la estrafalaria estrella del rock; el ex presidente Clinton; y el fundador de Microsoft, Bill Gates, cuya Gates Foundation recientemente prometió donar 750 millones de dólares para vacunar a los niños en países en desarrollo. Bono, que hizo una famosa gira en África con el primer secretario del tesorería del presidente Bush, Paul O'Neill, agradeció al líder de la mayoría en el Senado, Bill Frist, por viajar a África y pedir apoyo para luchar contra el sida.
Pero Estados Unidos es un rezagado en el frente humanitario. Bush ha hablado elocuentemente acerca de subir la ayuda al desarrollo, ignorando al mismo tiempo sus propias promesas.
El presidente anunció con bombo y platillo el Millennium Challenge Account para la ayuda extranjera, prometiendo en 2002 invertir billones en ella para llegar a una contribución anual de 5 billones de dólares para 2006. Esa promesa fue recientemente borrada de la página en internet del propio fondo, y durante los últimos dos años Bush ha contribuido mucho menos a esa cuenta de lo que había prometido. No se ha distribuido ni un centavo del fondo; en el Discurso de la Unión no se mencionó la ayuda extranjera ni una sola vez.
"No hay ciudadanos de segunda clase en la especie humana", dijo Bush cuando anunció el fondo hace tres años. "Llevo esta convicción en el alma". Es hora de que Bush cumpla esa promesa, firmando algunos cheques. Mantener la convicción en el alma no está salvando vidas.
5 de febrero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
contratista asesinado denunció corrupción
[Ken Silverstein, T. Christian Miller y Patrick J. McDonnell] El traficante de armas había acusado a altos funcionarios del ministerio de Defensa iraquí de exigir sobornos.
Washington, Estados Unidos. Un contratista estadounidense asesinado a tiros el mes pasado en Iraq había acusado de corrupción a funcionarios del ministerio de Defensa iraquí de días antes de su muerte, de acuerdo a documentos y a funcionarios norteamericanos.
Dale Stoffel, 43, fue asesinado a balazos el 8 de diciembre poco después de salir de una base militar iraquí al norte de Bagdad, un ataque atribuido en la época a insurgentes iraquíes. También fue asesinado su colega, Joseph Wemple, de 49 años.
Los asesinatos ocurrieron después de que Stoffel advirtiera a importantes funcionarios estadounidenses en Washington que creía que funcionarios del ministerio de Defensa iraquí estaban involucrados en una trama para cobrar sobornos por un contrato de varios millones de dólares asignado a su compañía, la Wye Oak Technology, para reparar viejos equipos militares iraquíes.
El FBI ha iniciado una investigación de los asesinatos y si pueden haber sido provocados por las denuncias de Stoffel, de acuerdo a personas familiarizadas con las pesquisas. El FBI se negó a hacer comentarios.
Stoffel, de Monongahela, Pensilvania, hizo sus acusaciones en una carta del 3 de diciembre dirigida a un importante funcionario del Pentágono y en una reunión con asesores del senador Rick Santorum (republicano, Pensilvania). Poco después, Stoffel fue llamado a presentarse a la base militar de Taji en Iraq por funcionarios militares de la coalición para discutir sus preocupaciones sobre el contrato. Se quejó de problemas de pago con un misterioso empresario libanés designado por los iraquíes como un intermediario, dijeron las fuentes.
Cuando Stoffel, Wemple y un intérprete iraquí salieron de la base de Taji en coche el 8 de diciembre, otro vehículo les embistió de frente. Dos enmascarados descendieron y ejecutaron a los dos norteamericanos con una ráfaga de balas, de acuerdo a informes de esa época. El intérprete escapó y se encuentra desaparecido.
La muerte de Stoffel ha provocado nuevas preocupaciones sobre la integridad del proyecto de reconstrucción de Iraq, que ha estado plagado de acusaciones de corrupción y de favoritismo casi desde sus inicios.
Un funcionario norteamericano dijo que los problemas de corrupción en los que se hallan implicado intermediarios y sobornos se han extendido cada vez más a medida que los iraquíes empezaron a ejercer más control sobre el proceso de contratación.
El asesinato de Stoffel llamó la atención de investigadores no sólo debido a sus denuncias sino también debido a su pasado misterioso y controvertido. Stoffel trabajó en los años noventa en un proyecto norteamericano secreto para comprar armas rusas, chinas y de otros países para ser probadas por militares estadounidenses, según se desprende de documentos y entrevistas.
El negocio de Stoffel en Iraq era el primer contrato de envergadura autorizado y financiado directamente por el gobierno iraquí para propósitos militares, y era crucial para el adiestramiento y equipamiento del Ejército iraquí, y era considerado un componente clave de la estrategia estadounidense para retirarse de Iraq.
El fracaso en detener la supuesta corrupción "sentará un precedente muy negativo para tratos subsecuentes con los militares iraquíes, dañará a las empresas estadounidenses que quieren hacer negocios de acuerdo a las leyes norteamericanas y será una fuente de bochorno y tensión política para el gobierno de Bush con respecto al proyecto en Iraq", dijo Stoffel en su carta al Pentágono, una copia de la cual fue conseguida por Times.
De acuerdo a la carta, la empresa de Stoffel, de Pensilvania, recibió el año pasado un contrato del ministerio de Defensa iraquí para ayudar a reparar sus anticuados equipos militares de la era soviética, en su mayor parte tanques T-55 y artillería. Wye Oak Technology entregó en noviembre algunos tanques reparados a la Primera Brigada Motorizada de Iraq.
Como parte del contrato funcionarios de alto rango del ministerio de Defensa exigieron que los pagos a Stoffel fueran procesados a través de un intermediario libanés designado por el ministerio, de acuerdo a la carta del 3 de diciembre.
En noviembre Stoffel trató de obtener un pago de 24.7 millones de dólares, enviando facturas directamente al ministerio de Defensa. El ministerio, a su vez, autorizó tres cheques diferentes, enviándolos al intermediario libanés para su "procesamiento", dijo gente familiarizada con el contrato.
El papel del intermediario era actuar como una especie de fideicomiso de la cuenta para transacciones comerciales, revisando las facturas y haciendo los pagos, dijeron las fuentes.
Pero el empresario no le envió el dinero y Stoffel se quejó a los funcionarios estadounidenses en Washington de que sospechaba que el verdadero papel del intermediario era desviar los pagos hacia funcionarios iraquíes para pagar comisiones ilegales, declaró gente familiarizada con el contrato.
En su carta al Pentágono también dijo que el intermediario estaba reteniendo los pagos en un intento de obligarlo a utilizar a subcontratistas relacionados con el intermediario y con funcionarios del ministerio de Defensa.
Stoffel trató sus preocupaciones con representantes del despacho de Santorum. Santorum, a su vez, escribió al ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld el 3 de diciembre pidiéndole que abordara el tema con el ministro de Defensa iraquí, Hazem Shaalan.
"Apreciaría un comentario sobre cómo puede ayudar el ministerio de Defensa" a Wye Oak Technology a obtener el pago de los servicios prestado, escribió Santorum.
Stoffel también se reunió con John A. Jack' Shaw, subsecretario de Defensa para la tecnología de seguridad internacional, cuya oficina supervisaba la venta de armas a Iraq. En una carta posterior, Stoffel instó a Shaw a exigir que una conocida firma de contabilidad fuera contratada para supervisar el contrato. Advirtió en su carta que el contrato de armas "ha sido presa... de corrupción e intereses creados".
Shaw fue retratado en reportajes de Times el año pasado después de ser investigado por un asunto no relacionado. Subsecuentemente fue retirado de su posición. Su despacho transmitió las quejas de Stoffel al ministerio del Ejército.
"Estamos estudiando el problema", dijo el teniente coronel del Ejército Joseph Yoswa, un portavoz del Pentágono.
Fuentes dijeron que las quejas de Stoffel llegaron al general de división británico David Clements. Clements, el subcomandante de la misión para adiestrar a las tropas iraquíes reunió a Stoffel, Wemple y el empresario libanés para solucionar el problema.
Clements citó a Stoffel a que viajara desde Estados Unidos a Iraq para una reunión en la base militar de Taji a principios de diciembre, dijeron varias fuentes.
Después de varios días de discusiones, Clements le dijo al empresario que pagara las facturas, dijeron las fuentes. El 8 de diciembre, Stoffel y Wemple fueron atacados cuando volvían a Bagdad con su intérprete iraquí.
Los agresores robaron el ordenador de Stoffel. Una semana más tarde un video con fotografías y documentos de Stoffel y Wemple fueron publicados en una página de internet que es usada frecuentemente por grupos rebeldes. Un grupo que se autodenomina las Brigadas de la Yigas Islámica reclamó responsabilidad por los asesinatos. Expertos en terrorismo no conocían a este grupo previamente.
La oportunidad y los inusuales detalles sobre los asesinatos despertaron sospechas en Estados Unidos y en Iraq de que el video era un truco para encubrir el asesinato.
"El video era muy raro", dijo Evan Kohlam, un consultor de terrorismo que estudió el video.
"No mostraba los cuerpos ni el asesinato mismo, sino sólo fotos, documentos y materiales retirados de los cuerpos. Es ciertamente posible que alguien [no los rebeldes] hayan montado el video".
El capitán del Ejército Steve Álvarez, un portavoz estadounidense, reconoció que Clements había hablado con Stoffel, pero negó que Stoffel haya mencionado el tema de la corrupción durante sus conversaciones.
En lugar de eso, dijo que Stoffel se había quejado de las "dificultades que estaba teniendo en obtener los fondos iniciales" para equipar a la brigada motorizada. Clements rechazó ser entrevistado sobre el asunto.
"En realidad no tenemos mucho más que decir", escribió Álvarez en respuesta a una pregunta del Times. Refirió otras preguntas al ministerio de Defensa iraquí.
Nick Hutchinson, asesor estadounidense del ministerio de Defensa que también se reunió con Stoffel no respondió a nuestras peticiones de que comentara este caso.
Un portavoz del ministerio de Defensa iraquí coordinó una entrevista con un importante funcionario de Defensa, pero luego prohibió al periodista hacer preguntas sobre el contrato, diciendo que era demasiado "peligroso".
El empresario libanés no fue localizado.Stoffel había estado activo en el negocio de armas durante mucho tiempo. Al menos desde mediados de los años noventa trabajó con funcionarios de la inteligencia norteamericana para conseguir armamento enemigo para permitir que los militares estadounidenses estudiaran e hicieran pruebas con los artefactos, de acuerdo a documentos del contrato obtenidos por Times.
Como parte de su trabajo Stoffel había establecido contactos en toda Europa del Este, especialmente en Ucrania y Bulgaria. Compró armas incluyendo misiles tierra-aire y sistemas anti-aéreos, muestran los documentos.
Tras la invasión de Iraq en marzo de 2003, Stoffel fue a Bagdad a explorar las oportunidades de negocios que permitía el proyecto de reconstrucción iraquí del Pentágono de varios billones de dólares.
Se preocupó sobre la posible corrupción en el proceso de contratación norteamericano y comunicó sus sospechas a investigadores estadounidenses en la primavera de 2004.
Un funcionario estadounidense dijo que las denuncias de Stoffel estaban siendo investigadas.
Miller y Silverstein informaron desde Washington y McDonnell desde Baghdad.
21 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Dale Stoffel, 43, fue asesinado a balazos el 8 de diciembre poco después de salir de una base militar iraquí al norte de Bagdad, un ataque atribuido en la época a insurgentes iraquíes. También fue asesinado su colega, Joseph Wemple, de 49 años.
Los asesinatos ocurrieron después de que Stoffel advirtiera a importantes funcionarios estadounidenses en Washington que creía que funcionarios del ministerio de Defensa iraquí estaban involucrados en una trama para cobrar sobornos por un contrato de varios millones de dólares asignado a su compañía, la Wye Oak Technology, para reparar viejos equipos militares iraquíes.
El FBI ha iniciado una investigación de los asesinatos y si pueden haber sido provocados por las denuncias de Stoffel, de acuerdo a personas familiarizadas con las pesquisas. El FBI se negó a hacer comentarios.
Stoffel, de Monongahela, Pensilvania, hizo sus acusaciones en una carta del 3 de diciembre dirigida a un importante funcionario del Pentágono y en una reunión con asesores del senador Rick Santorum (republicano, Pensilvania). Poco después, Stoffel fue llamado a presentarse a la base militar de Taji en Iraq por funcionarios militares de la coalición para discutir sus preocupaciones sobre el contrato. Se quejó de problemas de pago con un misterioso empresario libanés designado por los iraquíes como un intermediario, dijeron las fuentes.
Cuando Stoffel, Wemple y un intérprete iraquí salieron de la base de Taji en coche el 8 de diciembre, otro vehículo les embistió de frente. Dos enmascarados descendieron y ejecutaron a los dos norteamericanos con una ráfaga de balas, de acuerdo a informes de esa época. El intérprete escapó y se encuentra desaparecido.
La muerte de Stoffel ha provocado nuevas preocupaciones sobre la integridad del proyecto de reconstrucción de Iraq, que ha estado plagado de acusaciones de corrupción y de favoritismo casi desde sus inicios.
Un funcionario norteamericano dijo que los problemas de corrupción en los que se hallan implicado intermediarios y sobornos se han extendido cada vez más a medida que los iraquíes empezaron a ejercer más control sobre el proceso de contratación.
El asesinato de Stoffel llamó la atención de investigadores no sólo debido a sus denuncias sino también debido a su pasado misterioso y controvertido. Stoffel trabajó en los años noventa en un proyecto norteamericano secreto para comprar armas rusas, chinas y de otros países para ser probadas por militares estadounidenses, según se desprende de documentos y entrevistas.
El negocio de Stoffel en Iraq era el primer contrato de envergadura autorizado y financiado directamente por el gobierno iraquí para propósitos militares, y era crucial para el adiestramiento y equipamiento del Ejército iraquí, y era considerado un componente clave de la estrategia estadounidense para retirarse de Iraq.
El fracaso en detener la supuesta corrupción "sentará un precedente muy negativo para tratos subsecuentes con los militares iraquíes, dañará a las empresas estadounidenses que quieren hacer negocios de acuerdo a las leyes norteamericanas y será una fuente de bochorno y tensión política para el gobierno de Bush con respecto al proyecto en Iraq", dijo Stoffel en su carta al Pentágono, una copia de la cual fue conseguida por Times.
De acuerdo a la carta, la empresa de Stoffel, de Pensilvania, recibió el año pasado un contrato del ministerio de Defensa iraquí para ayudar a reparar sus anticuados equipos militares de la era soviética, en su mayor parte tanques T-55 y artillería. Wye Oak Technology entregó en noviembre algunos tanques reparados a la Primera Brigada Motorizada de Iraq.
Como parte del contrato funcionarios de alto rango del ministerio de Defensa exigieron que los pagos a Stoffel fueran procesados a través de un intermediario libanés designado por el ministerio, de acuerdo a la carta del 3 de diciembre.
En noviembre Stoffel trató de obtener un pago de 24.7 millones de dólares, enviando facturas directamente al ministerio de Defensa. El ministerio, a su vez, autorizó tres cheques diferentes, enviándolos al intermediario libanés para su "procesamiento", dijo gente familiarizada con el contrato.
El papel del intermediario era actuar como una especie de fideicomiso de la cuenta para transacciones comerciales, revisando las facturas y haciendo los pagos, dijeron las fuentes.
Pero el empresario no le envió el dinero y Stoffel se quejó a los funcionarios estadounidenses en Washington de que sospechaba que el verdadero papel del intermediario era desviar los pagos hacia funcionarios iraquíes para pagar comisiones ilegales, declaró gente familiarizada con el contrato.
En su carta al Pentágono también dijo que el intermediario estaba reteniendo los pagos en un intento de obligarlo a utilizar a subcontratistas relacionados con el intermediario y con funcionarios del ministerio de Defensa.
Stoffel trató sus preocupaciones con representantes del despacho de Santorum. Santorum, a su vez, escribió al ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld el 3 de diciembre pidiéndole que abordara el tema con el ministro de Defensa iraquí, Hazem Shaalan.
"Apreciaría un comentario sobre cómo puede ayudar el ministerio de Defensa" a Wye Oak Technology a obtener el pago de los servicios prestado, escribió Santorum.
Stoffel también se reunió con John A. Jack' Shaw, subsecretario de Defensa para la tecnología de seguridad internacional, cuya oficina supervisaba la venta de armas a Iraq. En una carta posterior, Stoffel instó a Shaw a exigir que una conocida firma de contabilidad fuera contratada para supervisar el contrato. Advirtió en su carta que el contrato de armas "ha sido presa... de corrupción e intereses creados".
Shaw fue retratado en reportajes de Times el año pasado después de ser investigado por un asunto no relacionado. Subsecuentemente fue retirado de su posición. Su despacho transmitió las quejas de Stoffel al ministerio del Ejército.
"Estamos estudiando el problema", dijo el teniente coronel del Ejército Joseph Yoswa, un portavoz del Pentágono.
Fuentes dijeron que las quejas de Stoffel llegaron al general de división británico David Clements. Clements, el subcomandante de la misión para adiestrar a las tropas iraquíes reunió a Stoffel, Wemple y el empresario libanés para solucionar el problema.
Clements citó a Stoffel a que viajara desde Estados Unidos a Iraq para una reunión en la base militar de Taji a principios de diciembre, dijeron varias fuentes.
Después de varios días de discusiones, Clements le dijo al empresario que pagara las facturas, dijeron las fuentes. El 8 de diciembre, Stoffel y Wemple fueron atacados cuando volvían a Bagdad con su intérprete iraquí.
Los agresores robaron el ordenador de Stoffel. Una semana más tarde un video con fotografías y documentos de Stoffel y Wemple fueron publicados en una página de internet que es usada frecuentemente por grupos rebeldes. Un grupo que se autodenomina las Brigadas de la Yigas Islámica reclamó responsabilidad por los asesinatos. Expertos en terrorismo no conocían a este grupo previamente.
La oportunidad y los inusuales detalles sobre los asesinatos despertaron sospechas en Estados Unidos y en Iraq de que el video era un truco para encubrir el asesinato.
"El video era muy raro", dijo Evan Kohlam, un consultor de terrorismo que estudió el video.
"No mostraba los cuerpos ni el asesinato mismo, sino sólo fotos, documentos y materiales retirados de los cuerpos. Es ciertamente posible que alguien [no los rebeldes] hayan montado el video".
El capitán del Ejército Steve Álvarez, un portavoz estadounidense, reconoció que Clements había hablado con Stoffel, pero negó que Stoffel haya mencionado el tema de la corrupción durante sus conversaciones.
En lugar de eso, dijo que Stoffel se había quejado de las "dificultades que estaba teniendo en obtener los fondos iniciales" para equipar a la brigada motorizada. Clements rechazó ser entrevistado sobre el asunto.
"En realidad no tenemos mucho más que decir", escribió Álvarez en respuesta a una pregunta del Times. Refirió otras preguntas al ministerio de Defensa iraquí.
Nick Hutchinson, asesor estadounidense del ministerio de Defensa que también se reunió con Stoffel no respondió a nuestras peticiones de que comentara este caso.
Un portavoz del ministerio de Defensa iraquí coordinó una entrevista con un importante funcionario de Defensa, pero luego prohibió al periodista hacer preguntas sobre el contrato, diciendo que era demasiado "peligroso".
El empresario libanés no fue localizado.Stoffel había estado activo en el negocio de armas durante mucho tiempo. Al menos desde mediados de los años noventa trabajó con funcionarios de la inteligencia norteamericana para conseguir armamento enemigo para permitir que los militares estadounidenses estudiaran e hicieran pruebas con los artefactos, de acuerdo a documentos del contrato obtenidos por Times.
Como parte de su trabajo Stoffel había establecido contactos en toda Europa del Este, especialmente en Ucrania y Bulgaria. Compró armas incluyendo misiles tierra-aire y sistemas anti-aéreos, muestran los documentos.
Tras la invasión de Iraq en marzo de 2003, Stoffel fue a Bagdad a explorar las oportunidades de negocios que permitía el proyecto de reconstrucción iraquí del Pentágono de varios billones de dólares.
Se preocupó sobre la posible corrupción en el proceso de contratación norteamericano y comunicó sus sospechas a investigadores estadounidenses en la primavera de 2004.
Un funcionario estadounidense dijo que las denuncias de Stoffel estaban siendo investigadas.
Miller y Silverstein informaron desde Washington y McDonnell desde Baghdad.
21 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
mayoría de iraquíes quiere votar
[Karl Vick] A pesar de las amenazas de los rebeldes y la ausencia de tradición democrática, un 80 por ciento dice que votará. Insurgentes considerarán blanco militar' a todos los que se aventuren a la calle a partir del 27 de enero.
Bagdad, Iraq. Una abrumadora mayoría de los iraquíes sigue diciendo que tienen intención de votar el 30 de enero incluso si los insurgentes intensifican los ataques dirigidos a desbaratar las elecciones, de acuerdo a un nuevo sondeo de opinión pública.
El sondeo, realizado a fines de diciembre y principios de enero para el Instituto Republicano Internacional IRI, dice que un 80 por ciento de los encuestados dijeron que probablemente votarán, una tasa que se ha mantenido en gran parte igual en los últimos meses.
Un 64 por ciento dijo que era "muy probable" que votarán, lo que constituye un 7 por ciento menos desde noviembre, mientras que los que "probablemente" votarán aumentó en un 5 por ciento.
Especialistas occidentales involucrados en las preparaciones de las elecciones dijeron que estaban sorprendidos de la determinación y elasticidad de los iraquíes de a pie cuando se preparan para las primeras elecciones libres del país en medio siglo.
"A pesar de los esfuerzos de los terroristas, los iraquíes siguen dispuestos a ir a las urnas el día de las elecciones", dijo el presidente del IRI en una declaración. La organización, que es financiada por el Congreso a través del National Endowment for Democracy y la Agencia Internacional de Desarrollo AID norteamericana, encargaron el sondeo, que encuestó a 1.900 iraquíes en todas excepto dos de las 18 provincias del país. Las malas condiciones de seguridad transformaron en inaccesibles dos de las provincias en el norte, Nineveh y Dohuk. El margen de error es plus minus 3 por ciento.
"Creo que la gente estará sorprendida", dijo un funcionario de otra organización internacional intensamente involucrada en la preparación de las elecciones de la naciente clase política de Iraq. El funcionario, que insistió en que ni él ni su organización pueden ser identificados debido a problemas de seguridad, dijo que la mayoría de los iraquíes siguen con la intención de ejercer su derecho a elegir el gobierno después de décadas de dictaduras.
"Creo que la verdadera historia de estas elecciones es lo que pasa fuera de los radares", dijo el funcionario. "Pueden no saber qué están votando. Pero creo que reconocen que esto es democracia".
El nuevo sondeo fue publicado un día relativamente tranquilo en Iraq, el inicio de un festivo religioso de cuatro días que marca el fin de la peregrinación anual a la Meca. Las calles estaban en gran parte vacías, y los ataques parecieron reducirse drásticamente con respecto al miércoles, cuando los rebeldes montaron más de cien atentados en todo el país, incluyendo diez coches-bomba.
En la sureña ciudad de Basra, sin embargo, una explosión en la entrada de una base militar británica dejó heridas a varias personas, incluyendo a soldados británicos, de acuerdo a una declaración de los militares británicos. Un grupo dirigido por Abu Musab Zarqawi publicó en internet un mensaje diciendo que el ataque era "una respuesta a las torturas a que las fuerzas británicas de ocupación han sometido a nuestros hermanos en prisión".
Tres soldados británicos han sido acusados de torturar a prisioneros iraquíes en un escándalo que evoca el caso de Abu Ghraib, incluyendo fotografías de prisioneros desnudos obligados a simular posturas sexuales.
Otro grupo guerrillero, el Ejército de al-Sunna reclamó responsabilidad por un ataque el miércoles contra dos coches que transportaban elementos de seguridad occidentales cerca de Baiji, una ciudad petrolera en el norte. En el ataque murieron un británico y un chofer iraquí, y un brasileño se encuentra desaparecido. El grupo dijo haber capturado a un británico y a un sueco.
Mohammed Mutar, un jornalero que presenció el ataque, dijo que los atacantes se hicieron pasar por clientes que hacían cola en una gasolinera antes de atacar al convoy de dos coches. El teniente coronel Safa Majoun, encargado de la seguridad de una central eléctrica, dijo que dos hombres fueron secuestrados, incluyendo al director de la compañía que gestiona la planta. Nazar Jabbar, un chofer, dijo que él y otros choferes de la compañía renunciaron inmediatamente.
En la provincia de Anbar, una región del occidente de Iraq predominantemente sunní que incluye Faluya y Ramadi, el grupo de Zarqawi distribuyó esta semana octavillas advirtiendo que todo aquel se salga a la calle a partir del 27 de enero será considerado "un blanco militar".
Salih Saif Aldin en Baiji contribuyó a este reportaje.
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Bagdad, Iraq. Una abrumadora mayoría de los iraquíes sigue diciendo que tienen intención de votar el 30 de enero incluso si los insurgentes intensifican los ataques dirigidos a desbaratar las elecciones, de acuerdo a un nuevo sondeo de opinión pública.El sondeo, realizado a fines de diciembre y principios de enero para el Instituto Republicano Internacional IRI, dice que un 80 por ciento de los encuestados dijeron que probablemente votarán, una tasa que se ha mantenido en gran parte igual en los últimos meses.
Un 64 por ciento dijo que era "muy probable" que votarán, lo que constituye un 7 por ciento menos desde noviembre, mientras que los que "probablemente" votarán aumentó en un 5 por ciento.
Especialistas occidentales involucrados en las preparaciones de las elecciones dijeron que estaban sorprendidos de la determinación y elasticidad de los iraquíes de a pie cuando se preparan para las primeras elecciones libres del país en medio siglo.
"A pesar de los esfuerzos de los terroristas, los iraquíes siguen dispuestos a ir a las urnas el día de las elecciones", dijo el presidente del IRI en una declaración. La organización, que es financiada por el Congreso a través del National Endowment for Democracy y la Agencia Internacional de Desarrollo AID norteamericana, encargaron el sondeo, que encuestó a 1.900 iraquíes en todas excepto dos de las 18 provincias del país. Las malas condiciones de seguridad transformaron en inaccesibles dos de las provincias en el norte, Nineveh y Dohuk. El margen de error es plus minus 3 por ciento.
"Creo que la gente estará sorprendida", dijo un funcionario de otra organización internacional intensamente involucrada en la preparación de las elecciones de la naciente clase política de Iraq. El funcionario, que insistió en que ni él ni su organización pueden ser identificados debido a problemas de seguridad, dijo que la mayoría de los iraquíes siguen con la intención de ejercer su derecho a elegir el gobierno después de décadas de dictaduras.
"Creo que la verdadera historia de estas elecciones es lo que pasa fuera de los radares", dijo el funcionario. "Pueden no saber qué están votando. Pero creo que reconocen que esto es democracia".
El nuevo sondeo fue publicado un día relativamente tranquilo en Iraq, el inicio de un festivo religioso de cuatro días que marca el fin de la peregrinación anual a la Meca. Las calles estaban en gran parte vacías, y los ataques parecieron reducirse drásticamente con respecto al miércoles, cuando los rebeldes montaron más de cien atentados en todo el país, incluyendo diez coches-bomba.
En la sureña ciudad de Basra, sin embargo, una explosión en la entrada de una base militar británica dejó heridas a varias personas, incluyendo a soldados británicos, de acuerdo a una declaración de los militares británicos. Un grupo dirigido por Abu Musab Zarqawi publicó en internet un mensaje diciendo que el ataque era "una respuesta a las torturas a que las fuerzas británicas de ocupación han sometido a nuestros hermanos en prisión".
Tres soldados británicos han sido acusados de torturar a prisioneros iraquíes en un escándalo que evoca el caso de Abu Ghraib, incluyendo fotografías de prisioneros desnudos obligados a simular posturas sexuales.
Otro grupo guerrillero, el Ejército de al-Sunna reclamó responsabilidad por un ataque el miércoles contra dos coches que transportaban elementos de seguridad occidentales cerca de Baiji, una ciudad petrolera en el norte. En el ataque murieron un británico y un chofer iraquí, y un brasileño se encuentra desaparecido. El grupo dijo haber capturado a un británico y a un sueco.
Mohammed Mutar, un jornalero que presenció el ataque, dijo que los atacantes se hicieron pasar por clientes que hacían cola en una gasolinera antes de atacar al convoy de dos coches. El teniente coronel Safa Majoun, encargado de la seguridad de una central eléctrica, dijo que dos hombres fueron secuestrados, incluyendo al director de la compañía que gestiona la planta. Nazar Jabbar, un chofer, dijo que él y otros choferes de la compañía renunciaron inmediatamente.
En la provincia de Anbar, una región del occidente de Iraq predominantemente sunní que incluye Faluya y Ramadi, el grupo de Zarqawi distribuyó esta semana octavillas advirtiendo que todo aquel se salga a la calle a partir del 27 de enero será considerado "un blanco militar".
Salih Saif Aldin en Baiji contribuyó a este reportaje.
21 de enero de 2005
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miles de muertos por recetas erróneas
Anualmente mueren en Holanda cientos de personas debido a recetas de medicamentos que los médicos proporcionan erróneamente, según la Inspección de Sanidad. Miles de personas han recibido medicamentos que dañaron su salud.
La Haya, Holanda. Esta es la conclusión de Inspección en el informe que apareció hoy, Estado de la Atención Sanitaria en el 2004'. Para su investigación, la institución ha hecho uso de los datos de pacientes de 150 médicos de cabecera, que en total tienen unos 500.000 pacientes. También han usado datos de hospitales, universidades, el colegio de aseguradoras y la agencia de investigaciones Prismant.
Sobre todo los niños y los viejos están en grave peligro. A los viejos se les receta frecuentemente medicamentos inapropiados para su edad, o se les prescriben dosis demasiado altas, asegura Inspección de Sanidad. Muchas veces se les recetan demasiados medicamentos distintos, por lo que el riesgo de sufrir los efectos de alguna combinación peligrosa es aún mayor.
Los niños corren un mayor riesgo porque los médicos de cabecera cada vez más les prescriben antidepresivos. Y ello a pesar de que el Colegio para la Evaluación de Medicamentos lo desaconseja, pues se aumenta de este modo el riesgo de suicidio.
A. Cohen, catedrático en Leiden de farmacología clínica, en una reacción a la noticia ha advertido que "debemos evitar establecer una relación directa entre muertos y uso de medicamentos". Según él, "ciertamente los ancianos se encuentran a menudo en un estado de salud muy complejo". El tratamiento es difícil, y las complicaciones (que pueden ser fatales) dependen de muchos más factores que de la prescripción de determinados medicamentos.
También la inspección quiere "colocar en perspectiva"el problema. "Cada año los médicos expiden aproximadamente cien millones de recetas. Sólo sale mal en un pequeño porcentaje de casos", enfatiza el portavoz. "También tenemos en las carreteras miles de muertos al año, pero no por ello uno va a dejar de meterse en un coche".
Sobre las razones de los errores a la hora de prescribir medicamentos no hay nada claro. Pero Inspección tiene la impresión de que los médicos no se someten convenientemente a las directrices sobre prescripción de medicamentos, y a que los farmacéuticos no revisan lo suficientemente el comportamiento prescriptivo de los médicos. Inspección recibe anualmente unas mil denuncias de muertes como consecuencia de errores médicos, pero según el inspector general, H. Kingma, la cantidad es mucho mayor. No hay cifras fiables. En base a estudios internacionales, la Inspección estima que en total mueren al año "miles de personas" debido a errores médicos innecesarios. Una cantidad todavía mayor de pacientes sufre de lesiones incurables debido a lo mismo. También el uso de técnicas médicas cada vez más complejas conduce a riesgos para los pacientes, lo que también ocurre con el a veces deficiente intercambio electrónico de sus datos.
Para saber algo más sobre el origen de los errores médicos Kingma exige "estar abiertos para discutir los errores médicos".
20 de enero de 2005
©nrc-handelsblad
©traducción mQh
Sobre todo los niños y los viejos están en grave peligro. A los viejos se les receta frecuentemente medicamentos inapropiados para su edad, o se les prescriben dosis demasiado altas, asegura Inspección de Sanidad. Muchas veces se les recetan demasiados medicamentos distintos, por lo que el riesgo de sufrir los efectos de alguna combinación peligrosa es aún mayor.
Los niños corren un mayor riesgo porque los médicos de cabecera cada vez más les prescriben antidepresivos. Y ello a pesar de que el Colegio para la Evaluación de Medicamentos lo desaconseja, pues se aumenta de este modo el riesgo de suicidio.
A. Cohen, catedrático en Leiden de farmacología clínica, en una reacción a la noticia ha advertido que "debemos evitar establecer una relación directa entre muertos y uso de medicamentos". Según él, "ciertamente los ancianos se encuentran a menudo en un estado de salud muy complejo". El tratamiento es difícil, y las complicaciones (que pueden ser fatales) dependen de muchos más factores que de la prescripción de determinados medicamentos.
También la inspección quiere "colocar en perspectiva"el problema. "Cada año los médicos expiden aproximadamente cien millones de recetas. Sólo sale mal en un pequeño porcentaje de casos", enfatiza el portavoz. "También tenemos en las carreteras miles de muertos al año, pero no por ello uno va a dejar de meterse en un coche".
Sobre las razones de los errores a la hora de prescribir medicamentos no hay nada claro. Pero Inspección tiene la impresión de que los médicos no se someten convenientemente a las directrices sobre prescripción de medicamentos, y a que los farmacéuticos no revisan lo suficientemente el comportamiento prescriptivo de los médicos. Inspección recibe anualmente unas mil denuncias de muertes como consecuencia de errores médicos, pero según el inspector general, H. Kingma, la cantidad es mucho mayor. No hay cifras fiables. En base a estudios internacionales, la Inspección estima que en total mueren al año "miles de personas" debido a errores médicos innecesarios. Una cantidad todavía mayor de pacientes sufre de lesiones incurables debido a lo mismo. También el uso de técnicas médicas cada vez más complejas conduce a riesgos para los pacientes, lo que también ocurre con el a veces deficiente intercambio electrónico de sus datos.
Para saber algo más sobre el origen de los errores médicos Kingma exige "estar abiertos para discutir los errores médicos".
20 de enero de 2005
©nrc-handelsblad
©traducción mQh