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guerra olvidada de áfrica


[Nancy E. Soderberg] Mientras el mundo se agita sobre la matanza en Darfur, ignora otro mortífero conflicto: el de la República Democrática del Congo.
Unos 30.000 hombres, mujeres y niños inocentes mueren cada mes en el Congo, debido en gran parte al hambre y a las enfermedades. Desde 1997, los civiles congoleños han sufrido dos guerras, y se calcula que han muerto unos 4 millones. Es hora de que la comunidad internacional presione a todas las partes para que se logre la paz.
A pesar de un acuerdo de paz entre las partes beligerantes y el gobierno de transición, la guerra en el Congo está lejos de haber terminado. En febrero último, la milicia en el este del Congo, en la región de Ituri, emboscó a tropas de la misión de paz de Naciones Unidas, matando a nueve soldados de Bangladesh. Naciones Unidas está ahora respondiendo a los ataques con helicópteros de combate en algunos de los combates más violentos de tropas de Naciones Unidas en los últimos años.
La nueva determinación de los soldados de Naciones Unidas es un cambio bienvenido. Pero la comunidad internacional se equivoca en dejar el proceso en manos de las fuerzas en misión de paz. El problema real es que el proceso de transición política ha sido interrumpido. Cada lado está afilando sus apuestas, inquietos antes la posibilidad de perder su control del poder y de capitales económicos. Las elecciones programadas para junio serán probablemente pospuestas. Entretanto, los congoleños están pagando el precio.
Visité recientemente la ciudad capital de Kinshasa. Es un inmenso caos; en lo esencial, el gobierno no funciona. Los celulares son el único servicio fiable. La electricidad es esporádica, el agua potable escasa, y la delincuencia, galopante. Los gángsteres -al estilo de los años 30, con trajes a rayas de colores llamativos- controlan el comercio ilegal, las drogas y la prostitución. Mientras que una tercera guerra del Congo sigue siendo una posibilidad, la continuada inestabilidad se está cobrando un devastador número de bajas humanas y amenaza con desestabilizar a la región. La comunidad internacional debe actuar urgentemente para conseguir avances en las dos áreas.
Primero, la seguridad sigue siendo un reto clave en el país. Los partidos en guerra firmaron un acuerdo de paz en 1999, y 16.700 tropas en misión de paz de Naciones Unidas se encuentran en el terreno. Sin embargo, se calcula que unos 10.000 rebeldes hutu armados, incluyendo a algunos responsables del genocidio ruandés, siguen en la frontera de Ruanda. Significan una distante amenaza para Ruanda, y una amenaza inmediata para los civiles congoleños y ahora también para las tropas de Naciones Unidas. El gobierno no ha cumplido con promesa de proteger a los civiles. Mientras estos rebeldes no sean desarticulados, el Congo seguirá corriendo el riesgo de un retorno a la guerra. Mientras algunos han pedido una fuerza de intervención para atacar a los rebeldes, ninguna fuerza se ha ofrecido para ello. El trabajo quedará para el naciente ejército congoleño.
Sin embargo, el ejército congoleño está terriblemente retrasado en sus intentos de desmovilización e integración de los soldados en una nueva organización. África del Sur, Bélgica y Angola están adiestrando brigadas integradas, pero estas cuatro brigadas están lejos de ser suficientes para ejercer control sobre un territorio que es casi del tamaño de Europa occidental. Naciones Unidas y los países donantes deben adiestrar a más batallones y proporcionar equipos, inteligencia y logística de comunicaciones. Las fuerzas de Naciones Unidas en el país deben hacer más para ayudar a construir un ejército congoleño que funcione, proteja a los civiles y vigile la frontera. El gobierno congoleño, también, debe ser más agresivo a la hora de hacer frente a esta amenaza.
En segundo lugar, la comunidad internacional debe ejercer presión para obtener un compromiso más firme con la transición entre los líderes locales, no todos de los cuales muestran la voluntad política para terminar el trabajo. Muchos creen que un estado permanente de transición sirve mejor sus intereses que la democracia, en la que ellos perderían influencia -y el correspondiente acceso a los vastos recursos del país basándose, como ahora, en el poderío militar, no en el apoyo popular. Como describió la situación un embajador occidental, "este no es un gobierno coherente; es un grupo de gente que coexiste, profundamente desconfiados unos de otros, cada uno con su ejército propio".
Es tiempo de que la comunidad internacional establezca parámetros claros a los partidos y los presione más fuertemente para avanzar. La comunidad internacional debe también llamar a rendir cuentas en casos de corrupción y lograr una mayor transparencia en el gobierno y en el papel de empresas internacionales. Embajadores claves de África y Europa, así como el de Estados Unidos, forman el Comité Internacional para Acompañar la Transición, de modo que tenemos una clara responsabilidad de llevar esto a cabo.
El hecho de que mueran 30.000 personas al mes no ha llamado la atención del mundo. Es hora de actuar con más decisión para evitar otra crisis en la que el mundo responda demasiado tarde, y hombres, mujeres y niños inocentes paguen la cuenta.

Nancy E. Soderberg es vicepresidente de asuntos multilaterales del Grupos de Crisis Internacional y autora del libro de próxima aparción ‘'The Superpower Myth: The Use and Misuse of American Might' [El Mito de la Superpotencia: Uso y Mal Uso del Poder Americano].

22 de marzo de 2005
©boston globe
©traducción mQh

más allá de balas y machetes


[Marc Lacey] La guerra causa directamente menos muertes que las enfermedades, pero estas son causadas por las guerras.
Bunia, Congo. Había dos niños enfermos, los dos llamados apropiadamente Inocente, en el improvisado hospital de aquí. No lo sabían, pero representaban las dos maneras de morir en las guerras africanas.
El mayor de los dos Inocentes, de 14, fue víctima del asesino más obvio: la violencia. Tenía heridas de machete en su cuello, que recibió cuando trataba de escapar de milicianos tribales que se abalanzaron hace poco sobre su aldea. Mataron a la madre de Inocente. Los hombres armados de machetes trataron de cercenar la cabeza de Inocente, pero por alguna razón no terminaron el trabajo. Cuando llegó al hospital en brazos de su padre, el cuello de Inocente mostraba una serie de profundos tajos.
Los doctores del hospital, que es dirigido por Médicos sin Fronteras, lo llevaron apresuradamente a la sala de operaciones y trataron de cerrar las heridas. No están seguros de que sobreviva.
El más joven Inocente, de 12, era de otra aldea que fue atacada por combatientes tribales, aunque ocurrió hace años. Escapó a tiempo para evitar ser herido. Pero desde entonces este Inocente ha vivido en el campamento, apiñado con otra gente desplazada. Sin embargo, su supervivencia no es segura. Sus brazos están cubiertos de picaduras de mosquitos y su sangre, llena de parásitos de plasmodio. Si no se trata, la malaria matará, lo que ocurre a menudo en zonas de guerra como en el este del Congo.
De momento, este Inocente probablemente sobrevivirá porque logró llegar a un hospital. Pero si se contagia nuevamente de malaria, y las guerras que lo rodean continúan, quién sabe si podrá acceder nuevamente a un médico. Y si no lo mata la malaria, quizás lo mate la meningitis o sarampión o sida. Esos azotes ya han matado a demasiados africanos, incluso en áreas tranquilas donde se sostiene todavía un frágil orden social. Agréguese la guerra a ese panorama, y las bajas aumentan calamitosamente.
Este es el segundo de morir en las guerras de África.
Aunque los espasmos genocidas en Ruanda y los bombardeos desde el aire en Sudán han sido terribles, la inmensa mayoría de los que mueren en las zonas en guerra en África no mueren directamente a manos de guerreros. Más bien, es el caos que unos pocos miles de hombres armados de milicias harapientas pueden causar en la vida de millones de civiles, lo que envía a tantos inocentes a sus tumbas.
En los últimos meses, los socorristas han empezado a entregar una imagen más clara de por qué exactamente tantos africanos mueren cuando estallan conflictos. Estudios realizados en dos diferentes zonas bélicas por Médicos por los Derechos Humanos y el Comité Internacional de Rescate CIR, concluyeron separadamente que la mayor responsabilidad se la llevan las condiciones creadas por guerras en sociedades extremadamente frágiles.
El primer asesino es la huida. Gente desesperadamente pobre es sacada de su existencia de supervivencia y, en su búsqueda de protección, empujada hacia ambientes todavía más hostiles -en lo más profundo de la selva, como en el caso al este del Congo, o en los desiertos del Chad, para escapar de la violencia en curso en Darfur. Normalmente, los pocos hospitales que existen están vacíos, sus suministros son saqueados y los miembros del personal obligados a huir, junto con todos los demás. Plantaciones que alguna vez alimentaron a familias yacen en barbecho. El ganado muere. Los parientes y vecinos que dependían unos de otros son obligados a separarse.
La dependencia y la pauperización es el destino de muchos de los que encuentran camino hacia la relativa seguridad de los campamentos, y cuando estas almas desarraigadas vuelven a sus pueblos arrasados, queda poco tiempo para descansar del trauma. La vida empieza de nuevo, y ahora sus redes sociales de vecinos y trabajadores sanitarios y gente con la que se hace comercio -las delgadas fibras que unen a muchos en la lucha por la supervivencia- pueden estar dañadas sin posibilidad de reparación. La cantidad de gente que muere en las guerras africanas es casi demasiado alto como para creer. Las guerras en el Congo -una amalgama de rebeliones, rivalidades tribales, lucha por los recursos y simple y pura carnicería sin motivo- ha costado desde 1998 la vida a unas 3.8 millones de personas, convirtiéndolo en el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, calculó el Comité Internacional de Rescate. Otras dos millones de vidas se pueden haber perdido en el sur de Sudán, donde la guerra entre el gobierno y los rebeldes se prolongó durante 21 años antes de que se firmara un acuerdo en enero. Y en la región de Darfur, al oeste de Sudán, se han perdido 200.000 vidas adicionales en dos años de pillaje tribal. La guerra en el norte de Uganda, donde rebeldes que dicen luchar por los Diez Mandamientos secuestran a niños para reforzar sus filas y cortan los labios y orejas de los que se atreven a resistir, ha costado unas 100.000 vidas.
Reunir datos sanitarios en zonas bélicas es obviamente una empresa arriesgada. Pero el CIR pudo realizar cuatro sondeos de mortalidad en el Congo en los últimos cinco años, cada uno algo más amplio que el anterior. En el más reciente, que cubre de enero de 2003 a abril de 2004, los encuestadores visitaron 19.599 casas distribuidas en todas las provincias congoleñas (aunque dejaron de lado algunas partes especialmente inseguras del país). Calculan que mueren al mes unas 31.000 personas por causas relacionadas con el conflicto, la mayoría de ellas en el inestable este y la mayoría de ellos por enfermedades. Concluyeron que en el este del Congo la tasa de mortalidad era un 80 por ciento más alta que la tasa promedio del África sub-sahariana, donde la tasa es muy alta.
Según el sondeo, la mayoría de las muertes se debieron a enfermedades que son fácilmente evitables y tratables en otras partes del mundo, como malaria, diarrea, infecciones respiratorias y desnutrición. Menos del 2 por ciento de las muertes fueron causadas por la violencia directamente.
"Para esta gente, la vida es una pesadilla", dijo Patrick Barbier, el jefe de misión en el Congo, para Médicos sin Fronteras, que ve las mismas estadísticas en sus clínicas. "Las milicias cazan a las niñas. Las milicias roban el alimento de la gente. Encima de todo, exigen impuestos semanales. En la mayoría de las áreas hay poco o nada de acceso a la sanidad e incluso si hay una clínica, la gente tiene que pagar y no tienen con qué".
Esto no quiere decir que haya remedio. En Darfur, las agencias de ayuda están pidiendo una comisión de compensación para ayudar a compensar algo de lo que la gente desplazada ha perdido. Se necesitan urgentemente más trabajadores sanitarios que estén familiarizados con enfermedades, en la mayoría de las zonas en conflicto. Pero el único modo de parar definitivamente la pérdida de vidas es parar las guerras.
En Kanyabayonga, cerca de la frontera del Congo con Ruanda, todo un pueblo de 30.000 habitantes fue obligado a evacuar en diciembre pasado. Los soldados, que estaban peleando contra otros soldados del mismo ejército, saquearon todas y cada una de las chozas. Se llevaron todas las medicinas y comida que pudieron encontrar. Este es el modo que los soldados, que son rara vez pagados, llegan a fin de mes.
Es así también como mueren los civiles. Huyen hacia la selva y entre los árboles. En el caso de la población de Kanyabayonga, se quedaron allá durante varias semanas. Comieron lo poco que pudieron arrejuntar. Algunos de los más vulnerables, especialmente los niños y los viejos, sucumbieron a las enfermedades. Ahora están enterrados en la selva. El pueblo ha sido repoblado, pero los desesperadamente pobres son ahora más pobres que antes. La pregunta es si podrán rehacer sus vidas antes del siguiente ataque.
Más al norte, fuera de Bunia, donde las milicias de la tribu lendu están saqueando las aldeas habitadas por los rivales hemas, se desarrolla un panorama similar. Los civiles corren por sus vidas. Los más lentos son matados ahí mismo. La mayoría de ellos logran escapar y se apiñan en campamentos. El mes pasado, las tropas en misión de paz de Naciones Unidas estaban protegiendo unos de esos campos, a unas 32 kilómetros al norte de Bunia, cuando nueve soldados de Bangladesh fueron matados y mutilados por guerreros tribales. Naciones Unidas lanzó un contraataque. Y en medio de los combates, los socorristas no pudieron llegar a los campos.
Médicos sin Fronteras lograron llegar a un campamento en Tche hace poco y descubrieron que 25 personas habían muerto durante los ocho días que debieron esperar a que llegaron suministros. En otro campo, Kakwa, de 5.000 personas, cerca del Lago Alberto, dos o tres personas morían al día, una tasa de mortalidad peligrosamente alta. Hubo muchos casos de diarrea grave con deshidratación, que es la principal causa de muerte en lugares sin cuidados médicos adecuados. Una mujer, que dio a luz y luego estuvo desangrándose durante varios días, finalmente dejó de respirar.
El tiempo y el paisaje son diferentes en Darfur, el sitio de una permanente rebelión, pero la muerte es la misma. Debido a que no hay una selva donde esconderse, los sudaneses musulmanes de la zona que huyen de los milicianos del gobierno dirigidos por árabes en Kartum, se internan en el árido terreno desértico. Allá también se apiñan en campos, donde continúan siendo acosados. (La población del campamento se estima en unos 2 millones. Sus muertes también se deben a la violencia y más a menudo a lo que engendra la violencia).
Jan Egeland, el funcionario más importante de la ayuda de emergencia de Naciones Unidas, calculó la semana pasada que unas 180.000 personas pueden haber muerto en Darfur debido a enfermedades y desnutrición, muchas más que las estimadas 50.000 que pueden haber sido matadas a balazos, apuñaleadas, destrozadas por bombas o quemadas. Cree que Darfur es, después del Congo, la segunda más grande crisis humanitaria del mundo.
En Darfur, Médicos por los Derechos Humanos ha estudiado las penurias de un pueblo cerca de la frontera con el Chad, en un lugar llamado Furawiya que a mediados de 2003 y principios de 2004 fue el bastión de un grupo rebelde y el sitio de repetidos ataques de tropas del gobierno y milicias aliadas. Nadie sabe con certeza cuántas de las 13.000 personas que antes vivían en Furawiya y alrededores y las que están ahora desplazadas en campos, sobrevivirán la guerra y encontrarán finalmente el camino a casa. Pero el estudio mostró que es probable que las muertes continúen por algunos años.
La aldea y todo lo que hacía vivir a la gente, está destruido. El ganado, una forma de riqueza el África del Este, fue matado, robado o sacrificado en el lugar mismo. Las cosechas fueron comidas o destruidas. Las chozas, quemadas. Los pozos de agua, envenenados. De momento, la mayoría de la gente tiene demasiado miedo como para volver a casa. Incluso si lo hacen, sus estructuras sociales ya no existen, será difícil alimentarse, no habrá cuidados médicos y estarán físicamente débiles.
Quizás no han sido acribillados por balas, pero seguirán siendo víctimas de la guerra.

20 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh

sudán abandonado


[Emily Wax] Víctimas apenas reciben ayuda del exterior.
Nueva Al-Jeer Sureaf, Sudán. El gobierno de Bush lo llamó genocidio. Otros gobiernos lo han calificado de limpieza étnica y la peor crisis humanitaria del mundo. Ha habido llamados a la acción colectiva y promesas de ayuda. Han habido solemnes recordatorios de la masacre hace una década en la diminuta Ruanda y votos solemnes de no dejar que ocurra de nuevo aquí, en el país más grande de África.
Pero meses después, los desplazados habitantes de Darfur, en Sudán occidental, apenas tienen más consuelo que palabras. Ningún país occidental se ha mostrado dispuesto a proporcionar tropas para la pequeña misión de paz montada por la Unión Africana, mientras que los donantes de ayuda se han distraído con el conflicto en Iraq y las sanciones de Naciones Unidas han sido congeladas por disputas diplomáticas.
La profundidad de la crisis se puede sentir en este caluroso y desolado campamento para desplazados donde la familia de Fatina Abdullah todavía huye de las merodeantes milicias árabes. Ella escapó de su aldea hace unas semanas, y su casa actual es debajo de un carro de madera. Su hijo Bakheit, 8, está debilitado por la diarrea, anemia y una infección bronquial, afecciones que han matado a decenas de niños aquí.
"A nadie le importa", dice Abdullah, 45, ocultando su cara en sus manos cicatrizadas por el trabajo. El niño enfermo está a su lado, luchando por respirar y transpirando fuertemente. "Nadie nos protege".
Desde el 9 de septiembre del año pasado, cuando el ex ministro de Asuntos Exteriores, Colin L. Powell, declarara que los sucesos en Darfur constituían genocidio, funcionarios de Naciones Unidas estiman que el número de bajas se ha casi duplicado a 70.000, en una región donde en los últimos 20 meses los rebeldes africanos han estado luchando contra tropas del gobierno y milicianos árabes conocidos como janjaweed.
La violencia y la criminalidad son galopantes, con informes casi diarios de agresiones contra socorristas y civiles, mientras las escuálidas ciudades de tiendas continúan hinchándose. Más de 1.4 millones de personas han abandonado sus granjas y aldeas.
En un reciente acuerdo con las fuerzas rebeldes, el gobierno accedió a fijar una zona prohibida y los combatientes prometieron permitir que los convoyes de alimentos lleguen a miles de familias desplazadas. Pero funcionarios de Naciones Unidas dijeron que ambos lados han violado repetidas veces la prolongada tregua, y algunos temen que el nuevo acuerdo pueda derrumbarse.
Entretanto, Jan Pronk, el enviado especial de Naciones Unidas a Sudán, ha advertido que Darfur "puede caer fácilmente en un estado de anarquía". Pronk dijo que había "fuertes indicios" de que se han cometido crímenes de guerra "a gran escala y sistemáticamente".
Además, de acuerdo a los funcionarios de Naciones Unidas, casi la mitad de las familias de Darfur todavía no tienen suficiente para comer, y 200.000 personas se ven imposibilitadas de recibir raciones de alimentos debido a los ataques armados en las rutas de los convoyes. En una turbulenta área conocida como Zalengi, unos 160.000 civiles no han podido acceder a alimentos desde el 25 de septiembre, debido a que los caminos están bloqueados.
"Necesitamos rápidamente una solución política", dijo Bettina Luscher, un funcionario de asuntos públicos del Programa Mundial de Alimentación. "Las cosas están empeorando y complicando con cada día que pasa. Estamos realmente preocupados de cómo alimentaremos a esa gente".
La continuada reluctancia internacional a tratar la crisis de Darfur ha llevado a los críticos -incluyendo a diplomáticos y ex funcionarios de misiones de paz- a quejarse de que Estados Unidos y otras potencias han substituido cínicamente acciones significativas por una retórica dramática. Uno de esos críticos es Romeo Dallaire, el general canadiense que comandó la frustrada misión de paz de Naciones Unidas durante las masacres de Ruanda en 1994.
"El uso de la palabra ‘genocidio' no fue nada más que Estados Unidos haciendo política con un término que debería ser sacrosanto", dijo Dallaire, que dice que el gobierno norteamericano debería transformar sus palabras en hechos, en parte "ejerciendo más presión" en los esfuerzos por apoyar la misión de la Unión Africana.
Charles R. Snyder, el representante del ministerio de Asuntos Exteriores en Sudán, defendió el papel de Estados Unidos en Darfur diciendo que el gobierno de Bush tomó la iniciativa cuando ningún otro país estaba dispuesto a hacerlo y ha sido el más importante donante de ayuda.
"La palabra ‘genocidio' no es una palabra de acción, sino de responsabilidad", dijo Snyder en una entrevista telefónica. "Había la obligación ética y moral, y utilizarla subrayaba lo serio que nos tomamos todo esto... Si yo no creyera que Estados Unidos está haciendo lo que puede, renunciaría".

Una Misión sin Fondos
Mientras Darfur se encamina hacia el caos y ningún país occidental se muestra dispuesto a enviar tropas, la carga de tratar de contener la situación ha recaído en las 700 fuerzas de observación africanas estacionadas aquí. La novata Unión Africana dice que necesita 220 millones de dólares para financiar la misión durante un año y todavía le faltan 80 millones de dólares.
A fines de octubre de 2004 Estados Unidos, en su primera y única operación regional hasta la fecha, trasladó por avión a varios cientos de soldados africanos desde Nigeria y Ruanda a Darfur como parte de un plan para incrementar las tropas hasta unos 3.000 soldados.
Pero algunos expertos afirman que se necesitan tropas diez veces mayor, y que las tropas deben contar con un mandato más amplio de modo que puedan intervenir en los conflictos y en la lucha contra la delincuencia. Algunos expertos y diplomáticos han expresado también preocupación de que los africanos, que carecen de vehículos militares y helicópteros, puedan no estar adecuadamente equipados para la tarea.
"Sudán es algo con lo que tienen que ver todos los miembros de la comunidad internacional", dijo Howard F. Jeter, que fue embajador de Estados Unidos en Nigeria de 2001 a 2003. "Los nigerianos... están dispuestos a arriesgar sus vidas para llevar estabilidad al continente. Tenemos que ayudarles a que lo hagan bien".
Dallaire dijo que Darfur necesitaba una fuerza de unos 44.000 soldados de paz, que instalarían puestos de control y corredores de seguridad, desarmarían a los combatientes y contarían con el poder de proteger a los civiles. Hasta la fecha, el gobierno de Sudán se ha negado a admitir en el país a una fuerza de pacificación.
"La misión de observación no hará nada, excepto destruir la credibilidad de las tropas de la Unión Africana", dijo Dallaire. Dijo que era injusto acusar de ineptitud a las tropas observadoras "cuando no es su culpa. Observar cómo se ataca a la gente y cómo muere la gente es inútil".
Las tropas africanas ya se han enfrentado a situaciones volátiles en las que han sido superadas y se han mostrado incapaces de ayudar. En noviembre pasado más de 100 agentes de policía sudaneses armados de pistolas, palos y gas lacrimógeno atacaron un campo de refugiados en un intento de obligar a los ocupantes a mudarse a otra locación. Algunos se negaron a abandonar el campo y se refugiaron en una mezquita, mientras los soldados recorrían el campamento en camiones, mostrando sus porras.
Dos funcionarios de la Unión Africana llegaron desde una base cercana a investigar, pero venían armados solamente de cuadernos de notas y cámaras. El teniente coronel Henry Mejah, nigeriano, dijo que había tratado de hablar con el comandante sudanés, pero el hombre le había gritado y partido violentamente. Otros agentes de policía gritaron al capitán Rex Adzagba Kudjoe, de Gana, cuando trató de tomar fotos del lugar. Poco después, los dos agentes se marcharon.
Dos días después, otra excavadora arremetió contra el campamento, aplastando casas que habían sido recién reconstruidas. Los residentes dijeron que fueron golpeados cuando se negaron a partir hacia un nuevo campamento en una locación remota y vulnerable. Una niña de 8 años, Manahula Jacob, fue herida de bala en un pie. Sadis Hamiss Adriss, 16, tenía un tajo en forme de zigzag en una mejilla.
"¿Por qué están derruyendo las casas y golpeando y disparándole a la gente?", preguntó indignada Matina Mydin, una enfermera que trata a las víctimas en una clínica cercana. ¿Dónde está la voluntad de la comunidad internacional?"

Cambiando Fechas Límite
Varios factores han contribuido a la falta de atención internacional sobre Darfur, de acuerdo a expertos y funcionarios.
El gobierno de Bush ha respaldado un acuerdo de paz en un conflicto anterior, separado, entre el gobierno de Sudán y los rebeldes en el sur. Incluso aunque acusó al gobierno de Kartum de genocidio, se muestra reticente a poner en peligro un acuerdo presionando demasiado sobre Darfur.
Las sanciones propuestas por Naciones Unidas han sido paralizadas debido a un veto de China, un miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Sudán es el cuarto país más importante en el suministro de petróleo para China. Entretanto, las fechas límite para la imposición de sanciones siguen retrasándose.
Primero, el Consejo de Seguridad fijó el 30 de agosto del año pasado como fecha límite para que Kartum pusiera freno a los janjaweed. Un mes más tarde, el consejo votó para considerar sanciones no especificadas si la situación no mejoraba. En noviembre la Unión Europea advirtió a Sudán que impondría sanciones si no mejoraba la situación de seguridad en Darfur dentro de dos meses.
También existe un amplio desacuerdo internacional sobre si ha ocurrido genocidio.
El gobierno de Bush ha debilitado su posición, dijeron críticos, por su estrecha interpretación de la Convención para la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio de Naciones Unidas de 1948, que llama a los signatarios a prevenir y castigar el genocidio. La posición del gobierno es que la convención no exige que un gobierno actúe cuando se descubre genocidio.
"Es como llevar a tribunales a un asesino acusado", dijo Ted Dagne, analista africano del Servicio de Investigaciones del Congreso. "El juez lo declara culpable, pero entonces le dice: ‘Lo lamento, pero no tenemos cárceles, así que se puede marchar'".
De acuerdo al informe de Pronk, tanto el gobierno de Kartum como la milicia janjaweed pueden estar implicados en crímenes de masas. El informe mencionó a observadores de derechos humanos que dijeron que las fuerzas de seguridad armadas excavaron 40 cuerpos de una fosa común al norte de Darfur.
Los grupos rebeldes africanos, a su vez, han incrementado los ataques contra los puestos de avanzada del gobierno. Un nuevo grupo llamado Movimiento Nacional para la Reforma y Desarrollo no ha firmado la tregua y se encuentra según informaciones peleando contra otra facción rebelde africana.
Funcionarios socorristas dijeron que no había fondos suficientes para alimentos y ayuda médica. Los donantes han sido muy lentos en responder a los llamados de ayuda y funcionarios de Naciones Unidas dijeron que las agencias de ayuda han recibido sólo un 75 por ciento de los 534 millones de dólares que necesitan para proporcionar alimentos, agua y suministros de emergencia para un año.
Sin una solución política, dijeron los funcionarios socorristas, la gente puede seguir encerrada en los campamentos y dependiendo de ayuda alimenticia durante años.
"Si la comunidad internacional continúa vacilando y dando respuestas ambiguas", dijo Sam Totten, experto estadounidense en genocidio, "no tengo ninguna duda de que de aquí a diez años la comunidad internacional estará pidiendo excusas a las víctimas de Darfur, como ya ocurrió con los tutsis de Ruanda".

16 de noviembre de 2004
10 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh

partos y muerte en sudán


[Emily Wax] La presión social para tener más hijos y repoblar sus comarcas hace que las mujeres arriesguen embarazos sucesivos y permanentes.
Rumbek, Sudán. La exhausta y delgada mujer de la cama número 6 estaba luchando por su vida. Una enfermera había advertido a Bang Akok el año pasado, y el año antes de ese, que no volviera a embarazarse. Pero la presión para tener otro hijo era demasiado grande.
Incluso a los 23, incluso después de ocho embarazos previos, incluso después de que casi muriera de una hemorragia durante su parto anterior, Akok no pudo resistir las abrumadoras demandas de su familia y su sociedad -tratando de reconstruir después de 21 años de guerra civil- para remplazar a los caídos en la guerra.
Ahora, horas después de haber parido otra vez, Akok estaba deshidratada y sufriendo de una hemorragia interna. Este vez, había quedado embarazada de gemelos. Uno de sus bebés -un niño- murió antes del parto y tuvo que ser cortado de su vientre. Su hermana sobrevivió y estaba durmiendo al lado de su madre, con la cabeza llena de un pelo marrón.
"Su cuerpo estaba demasiado cansado", dijo suavemente la tía de Akok, Agoen Mathei, 50, mientras sujetaba la mano de la joven mujer en el pabellón del hospital de esta ciudad al sur de Sudán. "Sabíamos que no podía tener otro bebé. Pero lo intentó".
En un continente con las tasas de mortalidad infantil y maternal más altas del mundo, el sur de Sudán es una bolsa de circunstancias especialmente duras de sufrimiento y escasas posibilidades de supervivencia para las mujeres embarazadas y sus recién nacidos. Aquí en la maternidad del Hospital de Rumbek -el único en cientos de kilómetros a la redonda- menos de la mitad de los embarazos y partos terminan con la madre y el bebé vivos.
En todo el África sub-sahariana, las mujeres tienen 1 posibilidad en 16 de morir durante el embarazo y el parto, lo que ha dejado atrás a las enfermedades relacionadas con el sida como las principales causas de muerte de las mujeres, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud OMS. En el mundo desarrollado, menos de 1 en 2.800 mujeres embarazadas enfrentan al mismo destino. Los bebés también mueren a tasas extremadamente altas en esta parte del mundo, con más de 100 muertes por cada 1.000 nacimientos, comparado con 34 en el Sudeste Asiático, 30 en América Latina y 6 en los países industrializados.
En Sudán, 590 mujeres mueren durante el parto por cada 100.000 nacimientos vivos. Es un panorama mucho más alentador que en países como Sierra Leona y Afganistán, donde la cifra es tres veces más alta, de acuerdo a la OMS. Pero los estragos de la guerra civil, la ausencia de trabajadores sanitarios preparados y el aislamiento de muchos asentamientos han hecho de Sudán un lugar especialmente precario para dar a luz.
"Salir con un bebé vivo con su madre viva al final de un embarazo es un gran, gran reto", dijo Terry Sisa, una enfermera keniata que trabaja en el Hospital de Rumbek, donde un pequeño equipo de matronas trabaja sin electricidad, agua corriente, sangre o analgésicos. Cada mes asisten en 35 nacimientos sanos. Pero cada mes, mueren 50 niños o madre durante o después del parto.
Cuando se trata de la salud de las madres, dijo Sisa, cansada, Sudán está "a un siglo de distancia del resto del mundo".
En la sociedad sudanesa, tener muchos hijos es considerado la principal función de una esposa y la medida de su valor. Después de años de guerra, las mujeres hacen frente a presiones para repoblar la tierra. En el sur rural, las niñas se casan a menudo a edades tan tempranas como 14 y se espera que tengan nueve o diez hijos; como resultado, las tasas de fertilidad son las más altas del mundo.
Sin embargo, las condiciones que rodean a la mayoría de los partos siguen siendo primitivas. La mitad de los bebés en Sudán nacen sin la ayuda de un asistente capacitado, de acuerdo a un estudio de 2004 del Fondo de Población de Naciones Unidas. La pobreza y el subdesarrollo agravan el problema, con pacientes que soportan largas caminatas bajo el agobiante calor para llegar a la clínica más cercana. Akok caminó durante una semana para llegar al Hospital de Rumbek, en enero.
Un acuerdo de paz firmado el 9 de enero entre el gobierno árabe islámico y el grupo rebelde animista africano, ha aliviado las tensiones en el sur de Sudán y permitido que profesionales sanitarios sondeen la extensión de los problemas que aquejan a mujeres y niños.
Pero en la región al oeste de Darfur, un conflicto separado entre el gobierno y grupos rebeldes es un obstáculo adicional para los embarazos, partos y cuidado infantil. Decenas de miles de familias han sido desplazadas por la guerra, y su salud se deteriora debido a la inestabilidad y mala alimentación.
"Dar a luz ya es bastante difícil", dijo Taban Paramena, un funcionario de la salud de UNICEF, durante una visita reciente a Rumbek. "El embarazo no es fácil ni bajo las mejores circunstancias. Imagine en el Sudán".
Hace un año, Ahmed Abdallah, 21, se casó con Fadna Abdulla Rhaman, una guapa mujer de 25. Vivían en un asentamiento de chozas a unos 60 kilómetros al este de Nyala, la capital de Darfur del Sur.
Rhaman se enteró pronto de que estaba embarazada. Su nuevo marido y sus familias lo celebraron. Sacrificaron una vaca y realizaron la fiesta tradicional de celebración del primer embarazo. Pero cuando Rhaman tenía ocho meses, su barriga hinchada de vida, atacaron su aldea -por rebeldes africanos o milicianos árabes, supuestamente armados por el gobierno para reprimir la insurrección.
"La gente llegó en caballos a las cuatro de la mañana, rebeldes o del gobierno, no estamos seguros", dijo Khadija Ishak Hamad, la madre de Rhaman, que estaba en un húmedo refugio parchado de hojas, trapos y palos en un abrasador campamento para los que huían. "Mi hija no podía correr. Yo sabía que le dolía".
En las últimas fases de su embarazo, Rhaman pasaba los días descansando, como la mayoría de las mujeres embarazadas del mundo. Así cuando la familia tuvo que huir, para Rhaman fue imposible mantener el ritmo. Tenían poco agua y tuvieron que caminar durante dos días bajo el sol en la arena caliente.
"El problema más grande era que estábamos en el monte y no teníamos comida", dijo Hamad. "En un momento, tuvimos que huir hacia las montañas, cuando oímos balazos. La arrastré yo durante un rato".
Durante el viaje, la familia se preocupaba de que Rhaman pudiera empezar a parir, porque estaba sangrando y perdía la conciencia. Pero al cabo de varios días, llegaron a un atiborrado campamento en Nyala, donde viven más de 80.000 personas después de ser desplazados por la guerra. Rhaman dio a luz poco después, ayudada por mujeres sin adiestramiento profesional.
Después de eso, sostuvo a su bebé, envuelta en una manta rosada rota y llamada Abdallia, o ‘Sierva de Dios' en árabe.
"Yo era tan feliz", recordó su marido. "Pensábamos que todo iba a salir bien. Pensamos que ella debía comer más carne. Pero no teníamos nada".
Rhaman sabía que estaba débil porque no podía amamantar al bebé y se sentía mareada. Pero su hermana, que dio a luz el año pasado, amamantó al bebé y toda la familia se apretujó en una choza, abrazándola. Los hombres se acercaron a cantar loas al milagro. Su marido cogió en sus brazos al niño. Se apareció un vecino a ofrecer un pequeño cuenco de dátiles y cereales.
Pero durante la noche, Rhaman comenzó a sangrar fuertemente. A la mañana siguiente su marido la llevó a una clínica del campamento. Las colas eran largas. Esperaron todo el día. Les dijeron que volvieran al día siguiente. Para entonces, ella había muerto.

Intentos de Educación
"Aquí sólo se ven bebés diminutos", dijo Sisa, la enfermera keniata, mirando el pabellón atiborrado de mujeres y recién nacidos en el Hospital de Rumbek. "Hay tantas que van en su décimo o noveno embarazo, que no es raro que estén muriendo tantas mujeres con sus bebés".
Últimamente las enfermeras de Rumbek se han sentido frustradas por el alto número de muertes. El año pasado se adiestró a 3.000 matronas pueblerinas 1.100 estudiantes fueron reclutadas para cursos de adiestramiento en todo el país, con apoyo del gobierno y del grupo rebelde que controla el sur de Sudán.
"Necesitamos ayuda con gran urgencia", dijo Sisa. "Durante la guerra, sabías por qué había tantas muertes de madres y bebés. Pero ahora, no podemos tener tanta gente muriendo".
Hace poco empezó a hacer una lista de consejos sanitarios para repartir entre mujeres embarazadas. Pero se los tenía que leer en voz alta, porque pocas de las madres pueden leer.
Sisa también quiere que el hospital monte clínicas móviles para instruir a la población de aldeas aisladas sobre planificación familiar e higiene. En África, las familias numerosas son consideradas prestigiosas. Pero Sisa observó que en Kenia, la tasa de natalidad ha decrecido entre las mujeres educadas. En Sudán, insistió, las cifras deben descender.
"Sé que habéis sufrido la guerra y queréis familias grandes", dijo Sisa a un grupo de enfermeras en un curso de formación en el hospital. "Pero no podéis construir un gran país si las mujeres han muerto. No es tolerable que las mujeres tengan tantos hijos. No es sano".
"Tratad de parar al sexto", dijo con una sonrisa, tratando de provocar una reacción. Algunas mujeres parecían tomarla muy en serio, mientras otras se encogían de hombros.
Sisa se ha interesado particularmente en el caso de Akok. Ella le advirtió a Akok el año pasado a no seguir quedando embarazada, pero ahora dice que le habría gustado visitar la aldea de Akok para hablar con su marido y otros hombres.
Pero hubo otro problema con el parto de Akok. Casi al final de la larga caminata hacia el hospital, ella pensó que iba a parir y su tía empezó lavarla con agua sucia y usando palos para tratar de sacar a los bebés. Quedó con una infección, que causó la muerte del niño antes del parto.
"No uséis nunca instrumentos sucios", recordó Sisa el grupo de aprendices de enfermera. "Es como disparar contra la madre y el bebé".
De vuelta en el pabellón con Akok, Sisa aplaudió de felicidad cuando vio que el corazón de Akok seguía latiendo. Todavía perdía sangre, pero tenía más color en su cara y se mantenía despierta durante varios minutos antes de volverse a dormir.
Durante uno de los momentos de lucidez, Sisa se agachó sobre ella y le dijo: "No más bebés. En serio".

5 de marzo de 2005
©washington post
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ayer murieron miles en áfrica


Un dramático llamado para ayudar a África.
Cuando el desastre natural -que ocurre una vez al siglo- se llevó a la muerte a más de 100.000 desdichados asiáticos en diciembre pasado, el mundo desarrollado abrió su corazón y su chequera. Sin embargo, cuando se trata de África, donde cientos de miles de hombres, mujeres y niños pobres mueren innecesariamente cada año debido a enfermedades evitables, o a desastres no naturales, como guerras civiles, gran parte del mundo desarrollado parece tener un corazón de piedra.
No todos los estados africanos son un fracaso. La mayoría no lo es. Pero las regiones más aquejadas del continente -incluyendo a Somalia y Sudán en el este, el Congo en el centro, Zimbabue y Costa de Marfil en el sur, y Liberia y Sierra Leona en el oeste- amenazan no solamente nuestra común humanidad, sino también la seguridad global. La letal combinación de líderes corruptos o destructivos, fronteras porosas y sin vigilancia, y jóvenes desarraigados o desesperados ha transformado a algunas de estas regiones en incubadoras del terrorismo internacional y enfermedades contagiosas como el sida. Otros santuarios para contrabandistas y traficantes de drogas cuyas víctimas se pueden encontrar en todo el mundo.
En muchos de esos lugares, la pobreza y el desempleo y la desesperación que engendran hacen a esos jóvenes vulnerables a la seducción de organizaciones terroristas, las que, además de ofrecer dos comidas al día, también proporcionan un blanco contra el que descargar su rabia contra las sociedades ricas, que llegan a creer los ven con condescendencia y los tratan con desprecio. Ahora se cree que los campos de adiestramiento de extremistas islámicos están brotando como hormigueros en la sabana.
"Estados Unidos se ha comprometido no sólo a luchar contra el terrorismo en términos militares, sino a luchar contra la pobreza, el analfabetismo y la ignorancia". El antiguo ministro de Asuntos Exteriores, Colin Powell, dijo eso. Bien, Estados Unidos ha lanzado su guerra contra el terrorismo después del 11 de septiembre de 2001, pero no se molestó en analizar algunas de las causas más profundas de la inestabilidad global. Este país va a gastar más de 400 billones de dólares en asuntos militares, y otros 100 billones de dólares o algo así para operaciones militares en Iraq y Afganistán. Pero esa suma no va a comprar nunca la paz para los americanos si el gobierno continúa gastando unos anémicos 16 billones de dólares -el presupuesto del Pentágono es 25 veces más alto- en ayuda al desarrollo que solucione los problemas de los países más pobres del mundo.

Durante décadas la mayoría de los americanos han preferido sea no enterarse de estos problemas, o, blanqueando la dimensión de la tragedia humana, han arrojado la toalla. Pero en términos del tipo de sumas que Occidente ni siquiera piensa dos veces en gastar en cosas tales como deportes y extravagancias de entretención, para no hablar de los presupuestos militares, satisfacer las necesidades más urgentes de África para escandalosamente económico. Lo que falta es voluntad política.
Este año hay una verdadera posibilidad de juntar y luego movilizar esta voluntad política. El primer ministro Tony Blair, de Gran Bretaña, que ha permanecido resueltamente firme junto al presidente Bush a pesar de los peligros políticos de Blair durante la guerra de Iraq, ha iniciado la presidencia de Gran Bretaña del Grupo de los Ocho países industrializados este año con el plan de dar cuenta de la pobreza en África. Blair quiere que su aliado Bush lo apoye en la próxima cumbre del Grupo de los Ocho en Gleneagles, en Escocia, en julio. Luego de la cumbre del Grupo de los Ocho habrá una cumbre de Naciones Unidas, en septiembre, en Nueva York, donde los presidentes del mundo examinarán los progresos hechos en el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de reducir la pobreza global a la mitad para 2015. Una de las principales metas era que los países desarrollados como Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se esforzarían por destinar el 0.7 por ciento de sus ingresos nacionales a la ayuda al desarrollo de los países pobres.
Si el progreso hecho hasta ahora sirve de indicador, se tratará de una cumbre breve. Mientras Gran Bretaña está a casi la mitad de esa meta, con un 0.34 por ciento, y Francia alcanza un 0.41 por ciento, Estados Unidos sigue casi en el fondo, con un 0.18 por ciento. Sin duda alguna, el presidente Bush se referirá a su Cuenta del Reto del Milenio cuando asista a la cumbre. Tendrá razón cuando diga que su gobierno ha destinado más ayuda al desarrollo al año que el gobierno de Clinton, en términos de dólares. Su Cuenta del Reto del Milenio debía incrementar la ayuda de Estados Unidos a los países pobres comprometidos con políticas de fomento del desarrollo. Esta es una empresa loable, pero presenta tres grandes problemas.

Primero, ni el gobierno ni el Congreso han estado ni siquiera cerca de financiar completamente el programa. Segundo, el programa, anunciado en 2002, todavía no ha desembolsado un solo dólar.
Más importante aun, dependiendo en su mayor parte de programas como la Cuenta del Reto del Milenio, que une la ayuda al desarrollo a un buen gobierno, condenan a la muerte a millones de africanos que tienen gobiernos espantosos (Liberia, el Congo, la Costa de Marfil) o no tienen gobierno (Somalia). Ningún país donante está dispuesto, ni debería estarlo, a enviar dinero a gobiernos despóticos, ladrones o incompetentes que probablemente lo malgastarán o dirigirán a las cuentas bancarias personales de sus líderes. Deben establecerse e implementarse criterios internacionales estrictos de responsabilidad política, transparencia financiera y políticas económicas y sociales que fomenten el desarrollo, no sólo por los donantes extranjeros sino por prominentes e influyentes presidentes africanos, como el África del Sur, Thabo Mbeki.
La ayuda a la gente que vive bajo gobiernos que no cumplan con estos criterios deberá ser canalizada principalmente a través de organizaciones internacionales y no-gubernamentales. Los gobiernos dejados de lado no lo soportarán, pero no se les debe permitir que sean un obstáculo para llevar ayuda de fuera a las víctimas de su mal gobierno. No es la culpa de los millones de refugiados de África que ejércitos en guerra quemen sus aldeas y plantaciones y los empujen hacia campos inseguros y llenos de enfermedades, como los de la región de Darfur, de Sudán. Y ninguna persona razonable culparía a las víctimas de gobiernos canallas y destructivos, como el de Zimbabue, de la miseria económica y social que crean.
En los meses siguientes, Bush podría dar un paso de gigante para modificar el modo en que el mundo mira a Estados Unidos, uniéndose a Blair en lograr más ayuda para África. Queda poco tiempo; el continente se está muriendo. En la República Democrática del Congo, que es lo que menos es, mueren cada día unas 1.000 personas debido a enfermedades evitables como la malaria y la diarrea. Eso es el equivalente de un maremoto cada cinco meses, y sólo en ese país. En toda África, miles de personas mueren innecesariamente cada día por enfermedades como el sida, la tuberculosis y la malaria.

Hace cien años, antes de que tuviéramos el conocimiento médico de hoy para erradicar esas enfermedades, esto habría sido aceptable. Pero somos la primera generación capaz de poner fin a la miseria y las enfermedades que genera. Es hora de que pasemos el plato. Todos somos responsables de ver a las víctimas del maremoto del sudeste de Asia como más merecedoras de nuestra ayuda que las víctimas de malaria en África. Jeffrey Sachs, el economista que encabeza el Proyecto de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas para terminar con la pobreza en el globo, acusa justamente a la prensa en su libro ‘The End of Poverty': "Todas las mañanas", escribe Sachs, "nuestros diarios informan: ‘Más de 20.000 personas murieron ayer debido a la pobreza extrema'".
Así, en esta página, queremos dar ese primer paso.
Ayer, más de 20.000 personas murieron por extrema pobreza.

27 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh

archivo secreto del genocidio


[Nicholas D. Kristof] Europa y Estados Unidos deben intervenir en Sudán para parar el genocidio y llevar a justicia a los asesinos. Le guste a rusos y chinos o no.


Normalmente en esta página no aparecen fotos. Pero es hora para todos nosotros de mirar derechamente a las víctimas de nuestra indiferencia.
Estas son apenas cuatro fotografías de un archivo secreto de miles de fotos e informes que documentan el genocidio en curso en Darfur. Los materiales fueron reunidos por observadores de la Unión Africana, que son casi los únicos que pueden viajar ampliamente en esa parte de Sudán.
Este archivo de la Unión Africana es clasificado, pero me lo dio a conocer una persona que cree que los americanos se conmoverán si pueden ver las consecuencias de su complacencia.
La foto en el ángulo superior izquierdo fue tomada en la aldea de Hamada el 15 de enero, justo después de que la milicia janjaweed, respaldada por el gobierno sudanés, la atacara y matara a 107 personas. Una de esas era este niño. No muestro la foto de su hermano mayor, de unos cinco años, que yace junto a él, porque su hermano fue golpeado tan brutalmente que no quedó nada de su cara. Y junto a los niños estaba el cuerpo de su madre.
La foto de la derecha muestra el cuerpo de un hombre con una pierna herida que aparentemente no pudo escapar cuando atacaron las milicias janjaweed.
En el ángulo inferior izquierdo hay un hombre que huyó descalzo y casi logró refugiarse en la selva antes de que lo mataran.
La última es el esqueleto de un hombre o mujer cuyas muñecas están todavía amarradas. Los agresores le bajaron la ropa hasta las rodillas, presumiblemente para violar sexualmente a la víctima antes de matarla. Si la víctima es un hombre, fue probablemente castrado; si fue una mujer, fue probablemente violada.
Hay miles fotos más. Muchas de ellas muestran los ataques contra los niños y son demasiado horribles como para ser publicadas en un diario.
Una desgarradora fotografía en el archivo muestra las manos esposadas de una adolescente de una escuela de niñas en Suleia que fue quemada viva. Ha sido la norma que las milicias sudanesas violen colectivamente a las adolescentes y luego las mutilen o maten.
Otra foto muestra el cuerpo de un niña, quizás de unos 10 años, mirando hacia arriba desde el lugar donde la mataron. Otra muestra a un hombre que fue castrado y disparado en la cabeza.
Este archivo, que incluye cientos de informes de los observadores, subraya que esta carnicería está siendo llevada a cabo con el apoyo del gobierno sudanés en su intento de limpiar la región de la población no-árabe. Muchas de las fotos muestran a hombres con el uniforme del Ejército sudanés saqueando y quemando aldeas africanas. Espero que la Unión Africana abra sus archivos para mostrar públicamente lo que está pasando en Darfur.
El archivo también incluye un extraordinario documento requisado a un oficial janjaweed que aparentemente bosqueja una política general de genocidio. Datado en agosto último, el documento pide que se "lleven a cabo todas las órdenes del presidente de la república" y está dirigida a los comandantes regionales y funcionarios de seguridad.
"Cambien la demografía de Darfur y vacíenla de tribus africanas", insta el documento. Alienta el "asesinato, quema de aldeas y granjas, aterrorizar a la gente, confiscar la propiedad de los miembros de tribus africanas y obligarlos a abandonar Darfur".
Vale la pena mostrarse escéptico ante cualquier documento porque es posible que haya falsificaciones. Pero la Unión Africana cree que este documento es auténtico. Yo consulté con varios expertos en Sudán y les mostré el documento, y la opinión general es que parece un documento auténtico.
Ciertamente, no hay dudas de que ha habido una carnicería, aunque las cifras son confusas. La cifra de 70.000 es a veces avanzada como una estimación de las bajas totales, pero es simplemente un cálculo de Naciones Unidas para las muertes por causas no violentas durante un período de siete meses. Es difícil saber la mortalidad total en dos años de genocidio, en parte debido a que el gobierno sudanés está impidiendo que la delegación de Naciones Unidas viaje a Darfur y haga un cálculo. Pero cálculos independientes exceden las 220.000 muertes, y la cifra crece con 10.000 muertes cada mes que pasa.
Así, ¿cómo detener el genocidio? En un nivel, la respuesta es técnica: sanciones contra Sudán, establecer una zona prohibida, congelar los capitales oficiales de Sudán, hacer que el Tribunal Internacional de Justicia procese a los asesinos, una delegación de países africanos y árabes que presionen a Sudán y una fuerza internacional de tropas africanas con financiamiento y apoyo logístico de Occidente.
Pero esa es una respuesta limitada. Lo que realmente detendrá este genocidio es la indignación. El senador Paul Simon, que murió en 2003, dijo después del genocidio ruandés: "Si cada miembro de la Cámara y del Senado hubiera recibido 100 cartas de gente de sus regiones diciendo que debemos hacer algo sobre Ruanda, cuando la crisis se estaba desarrollando, entonces creo que la respuesta habría sido diferente".
Lo mismo es verdad esta vez. Sitios en la web como www.darfurgenocide.org y www.savedarfur.org están tratando de mover a los americanos, pero la respuesta ha sido patética.
Lamento en obligarles a mirar estas horrorosas fotos. Pero la verdadera obscenidad no está en mostrar fotos de bebés muertos: está en nuestra pasividad, que permite que esta gente sea matada.
Durante los genocidios pasados contra armenios, judíos y camboyanos, era posible decir que no sabíamos completamente lo que estaba pasando. Esta vez, el presidente Bush, el Congreso y el Parlamento europeo ya han declarado que hay un genocidio en curso. Y tenemos las fotos.
Esta vez no tenemos excusas.

Se puede escribir al autor a: nicholas@nytimes.com

27 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh

amores de guerra


[Craig Timberg] En el Congo, novias complacientes sorprenden a los escépticos.
Kindu, Congo. A pesar de dos embarazos, tres años de matrimonio y meses de arrastrarse en la selva detrás de su marido, Anifa todavía tiene la cara suave y dulce, la voz aguda de una niña. Pero cuando se toca el tema de su tumultuosa vida, adopta una actitud firme inusual en una niña de 16 años.
"Yo era demasiado joven, pero era mi destino", dijo, sonriendo tímidamente al recordar su boda de tiempos de guerra a una edad en que la mayoría de las niñas en lugares más pacíficos estarían terminando la escuela básica.
No, Anifa dice a todos los que preguntan, que ella no fue violada ni obligada a la esclavitud sexual. Ella simplemente se enamoró de un soldado adolescente llamado Juma y después de un intenso cortejo de dos semanas, se transformó en una esposa del ejército.
Ahora, con la guerra a sus espaldas -terminó oficialmente con un acuerdo de paz en 2002, aunque la violencia ha continuado en algunas partes del país-, Anifa no quiere ora cosa que mudarse a la aldea de su marido y empezar un hogar digno.
Hasta hace poco, la historia de Anifa habría causado miradas tristes, escépticas de los socorristas cuyo trabajo es ayudar a los jóvenes congoleños a volver a casa después de años de haber estado implicados en conflictos con milicias locales y ejércitos del Congo y varios otros países vecinos.
Los socorristas sabían que la violencia sexual contra las mujeres y niñas ha sido usada como una táctica de humillación por combatientes de todos los bandos. Daban por sentado que la mayoría de las niñas en la posición de Anifa habían sido violadas pero no podían confesarlo por el profundo estigma que marca esas agresiones.
Pero con la gentil insistencia de Anifa y otras niñas, ha comenzado a emerger otra imagen: En medio de una epidemia de violaciones, resultó finalmente que al menos algunas adolescentes se convirtieron voluntariamente en novias de la guerra, para no ser dejadas atrás en aldeas destruidas. Siguieron a sus maridos armados, caminando kilómetros de una vez para mantenerse a la altura de una fluida vanguardia. Cocinaban, montaban refugios improvisados, se quedaban embarazadas y, de vez en cuando, encontraron el amor en medio de las condiciones más desoladoras imaginables.
"Somos felices", dijo Anifa, cuya barriga estaba hinchado con el segundo hijo de la pareja. El primero murió en la infancia, una ocurrencia corriente en este asolado país de África central. "A veces tenemos problemas domésticos, pero somos felices".
Ella hablaba suavemente sentada en el piso de tierra de un sucio cuarto en una pensión inaugurada el mes pasado por CARE, un grupo de ayuda internacional con sede en Atlanta. Juma, 17, estaba en una instalación separada y mucho más grande para ex niños soldados del otro lado del Río Congo. A petición de CARE se acordó no publicar sus apellidos.
En una entrevista aparte, Juma contó en gran parte lo mismo sobre su juvenil matrimonio. Dijo que compartía el deseo de Anifa de volver a su aldea y comenzar un hogar juntos. Su casi total falta de educación formal, ropas o enseres, dijo, sería solamente un obstáculo temporal para la vida de familia que imaginaban para sí mismos.
Cuando hablamos sobre su época como soldado, Juma no expresó arrepentimiento por su participación en una guerra que costó la vida de millones de personas, destruyó innumerables aldeas e hizo de un país pobre un país todavía más miserable. "Era la guerra", dijo. "Eso significa que la gente tiene que morir".
Cuando hablamos de Anifa, Juma reveló una cariñosa sonrisa. Lo único que lamentaba, dijo, era que no fuera capaz de darle seis cabras a su padre, la transacción clave para sellar matrimonios aquí. En la locura de la época, los dos simplemente escaparon juntos. Él no mostraba dudas sobre la relación.
"Es mi esposa", dijo Juma, que después de cinco años como soldado, tiene un asomo de mostacho y la mirada ladeada y poco refinada de un atleta de equipo universitaril juvenil. "La amo".
El campo al aire libre donde vive Juma es del tamaño de una cancha de fútbol, con tiendas hechas de láminas de plástico, una sala de clases rudimentaria y armazones de madera como camas. Desde que se abriera hace un año, más de 1.400 niños soldados, algunos de apenas 8 o 9 años, han pasado por aquí mientras se arreglaba su retorno a casa. Aquí reciben comida y educación básica, pero poco más.
No hay planes similares para una instalación para las niñas. Se calcula que en este área 200 se han escapado por sí mismas, volviendo por su cuenta a casa. CARE les ofrece servicios de re-asentamiento desde una oficina central a la orilla del río de la ciudad, que tiene una pequeña calle principal y un largo contingente de tropas de Naciones Unidas y grupos de ayuda.
Pero el mes pasado, el ejército congoleño liberó formalmente a 10 niñas, junto con sus maridos soldados. No había nadie para darle albergue a ellos ni a los bebés que llevaban consigo.
Al principio, los socorristas se sorprendieron al enterarse de que las novias adolescentes quisieran quedarse con los niños soldados a los que consideran sus maridos. Sin embargo, a medida que los socorristas hablaban con las niñas y consideraban sus situaciones -lejos de casa, a menudo con niños de crianza-, se acostumbraron a ver los jóvenes matrimonios de guerra como valiosos de preservar.
Funcionarios de CARE calculan que hay miles de tales uniones en las abrasadoras tierras bajas en los alrededores de Kindu.
"Por supuesto, son demasiado jóvenes. Pero en esas comunidades, ser demasiado joven depende de dónde estés", dijo Diedonne Cirhigiri, director del proyecto de desmovilización de CARE en Kindu.
Anifa, cuyo pelo está trenzado en dos docenas de espigas, supone que tenía 12 o 13 cuando la milicia de Juma llegó a su aldea y montaron un campamento cerca de su casa. Ella era la niña número 11 de 12 hijos, y su madre había muerto pocos años antes. Cuando la milicia de Juma siguió camino, Anifa lo siguió.
Ocho meses después, desde una aldea a varios de kilómetros de distancia, la pareja llamó al padre de Anifa, que estaba muy enfadado por su desaparición pero no hizo nada para disuadirla de quedarse con Juma, dijo ella. En lugar de eso, su padre viajó para visitarlos y recoger algo de ropa y de dinero como un adelanto por el precio de novia de su hija.
La joven pareja pasó los siguientes años traqueteando a través de la densa selva congoleña, yendo de batalla en batalla. Juma tiene pocas destrezas para en un empleo de tiempos de paz, pero quiere buscar trabajo en las plantaciones en su aldea natal para mantener a su joven familia.
"Soy un hombre", dijo. "Buscaré dinero para criar a mi hijo".
Hay otros gastos que Juma espera arreglar antes de que su familia pueda empezar propiamente una nueva vida: Quiere comprar un anillo de compromiso para Anifa. Y para hacer el matrimonio oficial ante los ojos de la familia de Anifa, quiere comprarle a su suegro esas cabras.

22 de febrero de 2005
27 de febrero de 2005
©washington post
©traducción mQh

mujeres de darfur


[Linda Mason] Las mujeres y niños son los que más sufren la violencia del conflicto.
El pueblo de Asha fue atacado antes del amanecer. Primero llegaron los aviones con las bombas. Luego hombres armados a caballo y en camello, disparando contra todos. Mientras la gente gritaba y reunía a sus hijos, los agresores revisaron rápidamente choza por choza.
Cinco hombres armados irrumpieron en la choza de Asha y la agarraron. Su hijo de 15 años trató de protegerla y fue asesinado. Su bebé de dos semanas cayó al suelo cuando los hombres empujaron a Asha contra la tierra. Sus otros hijos escaparon. Asha gritó y se resistió. Dos hombres armados la azotaron violentamente en la espalda, piernas y brazos, y en la cara. Un hombre le colocó una pistola contra la cabeza y le dijo que dispararía si seguía resistiéndose. Mientras dos hombres la sujetaban, los otros tres la violaron. Los restantes la violaron por turno. La bebita estaba junto a ella. Le preguntaron si era niño o niña. Si hubiera sido un niño, lo habrían matado.
Oímos variaciones de la historia de Asha una y otra vez.
Tres mujeres de Boston -Liz Walker, Gloria White-Hammond y yo misma- acabamos de volver de un viaje de dos semanas a Sudán. Estuvimos en las chozas en medio de tórridos campamentos en Darfur hablando durante horas con 60 mujeres en total. Jugamos con sus niños. Vimos cómo vivían. Nos abrieron su corazón. Confiaron en nosotras y querían que conociéramos su dolor y sufrimientos.
Después de que grupos rebeldes atacaran y derrotaran a tropas del gobierno en Sudán hace dos años, el gobierno, apoyado por la milicia local de los janjawee (jinetes malvados), ha buscado venganza atacando a más de 400 aldeas en Darfur. Matan a todo hombre o niño que encuentran. Las mujeres y niñas son golpeadas y violadas, incluso niñas de cinco años. La violación se ha transformado en su instrumento de guerra, y la violencia contra las mujeres se ha transformado en un elemento central del conflicto en Darfur. Incluso en los campamentos, las mujeres no están seguras. Cuando se aventuran fuera de los campamentos diariamente a recoger leña, corren el riesgo de ser violadas por agresores armados que atacan en el perímetro.
El gobierno debe proveer seguridad para su gente. Las milicias de todos los lados del conflicto han participado en flagrantes ataques contra civiles y socorristas. Su impunidad debe terminar para parar la violencia en la que mujeres y niños son las principales víctimas. Perpetradores de ambos lados deben rendir cuentas.
En el décimo aniversario del genocidio en Ruanda, muchos en la comunidad internacional han volcado su vista hacia Darfur y preguntando si está ocurriendo nuevamente. Ha habido un estallido de ayuda humanitaria y preocupación retórica sobre las acusaciones de limpieza étnica e incluso de genocidio. La Unión Africana ha enviado una fuerza de control de una tregua. Pero todavía hay serias deficiencias en la respuesta internacional: El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha sido incapaz de aprobar una resolución autorizando la instalación de un tribunal para llevar a juicio a todas las partes del conflicto que son culpables de crímenes contra la humanidad; con menos de 2.000 tropas desplegadas, la fuerza de la Unión Africana es demasiado pequeña como para cubrir un área del tamaño de Francia, y su mandato es demasiado limitado como para proporcionar verdadera protección a las mujeres y niños de Darfur.
Las mujeres en los campamentos necesitan desesperadamente más ayuda para recuperarse de sus traumas. Las víctimas de violaciones necesitan muchos más servicios médicos. Necesitan lugares donde reunirse y apoyarse y comenzar a reconstruir sus vidas aprendiendo nuevas habilidades en actividades de generación de ingresos. Quieren y necesitan ser productivas. Debemos proporcionarles los medios para que sigan con sus vidas.
Todavía más importante, el mundo no puede olvidar a Darfur. La brutal violencia continúa día a día. Durante el tiempo que estuvimos allí, siete aldeas más fueron atacadas. El conflicto en Darfur ha provocado el desplazamiento de 2 millones de personas, y decenas de miles (y según informes recientes hasta 300.000) de muertos.
El mundo dijo "nunca más" después de Ruanda. Se necesita poner presión y prioridad para llegar a un acuerdo de paz en Darfur. No olvidemos a Asha y las mujeres de Darfur.

Linda Mason, presidente y fundadora de Bright Horizons Family Solutions, es miembro de la directiva de Mercy Corps.

22 de febrero de 2005
©boston globe
©traducción mQh