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una prueba judicial sobre el horror


Diez querellantes y testigos reconocieron el GIR de Santa Fe. Por el centro clandestino de detención pasaron cientos de detenidos durante la dictadura. Una de las imputadas, María Eva Aebi, entregaba a las presas para los interrogatorios.
[Juan Carlos Tizziani] Argentina. El Tribunal Oral que juzga a los represores santafesinos inspeccionó ayer la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), un centro clandestino de detención por donde pasaron cientos de víctimas de la dictadura. Diez querellantes y testigos pudieron reconocer 30 años después y frente a los jueces el lugar de su martirio: la Coordinación del Area 212 que dependía del comandante militar, coronel Juan Orlando Rolón, pero que estuvo a cargo de dos comisarios: Julio Alberto Villalba ya fallecido y desde mediados de 1977, Juan Calixto Perizzotti, imputado en el juicio junto a su ex secretaria María Eva Aebi. Perizzotti participó en el reconocimiento judicial con otro testigo que fue citado a declarar la semana pasada: un ex chofer del Area 212, Eduardo José Córdoba, que sirvió a las órdenes de Villalba y Perizzotti hasta 1979, pero que se atajó en su desmemoria. Una ex presa política recordó que diez mujeres convivieron catorce meses en una celda a la que llamaban "El colectivo" porque no era otra cosa que un pasillo sin baño y sin sol, así como los malos tratos, las torturas psíquicas y los interrogatorios nocturnos, cuando Aebi venía a buscarlas, las encapuchaba y las entregaba a los torturadores. "Lo más tenebroso era que el grupo de tareas operaba acá con total libertad", dijo Stella Vallejos.
La inspección se hizo por etapas. El primero fue el abogado Jorge Pedraza, detenido el 6 de noviembre de 1975, que ayer reconoció el lugar donde estuvo encapuchado y maniatado en un camastro de torturas. Fueron varias horas en las que pudo escuchar las comunicaciones del Comando Radioeléctrico que también operaba en la GIR. Ayer, logró identificar ese espacio y reconocerlo. Después, siguió Patricia Isasa, detenida dos veces en el Area 212: a mediados de 1976 cuando apenas tenía 16 años y tres años después, en julio de 1979, junto a otros militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios. Isasa convivió con otras menores de edad, entre ellas María de los Milagros Almirón, que tenía 14 y cumplió sus quince en la GIR, el lugar al que también volvió ayer. Más tarde, siguieron tres sobrevivientes de "El colectivo": Anatilde Bugna, Stella Vallejos y Ana María Cámara, luego Susana Molinas y por último, Roberto Cepeda, Mariano Millán Medina, José Schullman.
"Las condiciones en las que estábamos eran terribles", recordó Vallejos. "Vivíamos en un pasillo ancho donde apenas entraban las cuchetas y en la punta había una mesa donde comíamos. No teníamos baño. Había un baño muy chiquito que compartíamos con presas políticas de otras piezas más grandes. Ayer, Stella y sus compañeras volvieron al "Colectivo" que ahora le pareció más estrecho y miserable. Ya no era la ironía para soportar el terror.
"Lo más tenebroso de este lugar era el grupo de tareas que ingresaba con total libertad", precisó Vallejos. "Sufríamos interrogatorios durante la noche, algunas íbamos encapuchadas y otras con los ojos vendados y casi siempre nos llevaba María Eva Aebi o el comisario Perizzotti. En algunos momentos, nos ponían música fuerte para hacer más tétrica la vivencia. Acá también tuvimos el interrogatorio con el doctor (Víctor) Brusa que nos maltrató".
Una de las que más sufrió los interrogatorios nocturnos fue Silvia Abdolatif, que no participó en la inspección, pero que en el juicio dijo que la sacaron por lo menos diez veces en un mes. Siempre la buscaba Aebi. La encapuchaba y la dejaba contra una pared, donde venían a buscarla dos represores que amenazaban con sacarla del Area 212 y ejecutarla. "Cuando sacaban a una de nosotras, se creaba un clima de terror, nadie dormía y ese temor se contagiaba", relató Stella Vallejos.

¿Quién las entregaba al grupo de tareas?
Casi siempre lo hacía María Eva Aebi. Era el nexo entre las detenidas políticas con la patota. En este lugar, la patota operaba con total libertad contestó Stella.

Anatilde Bugna dijo que los interrogatorios se sucedieron hasta el día que salió en libertad. El método del terror se repetía: la noche, la capucha o la venda en los ojos y las esposas. "Yo siempre estuve vendada y esposada. Cuando nos interrogó Brusa llegué esposada hasta la puerta", dijo.
En su declaración ante el Tribunal, Bugna dijo haber visto en distintos momentos, pero en el mismo lugar: la oficina de Perizzotti, a dos represores: el teniente coronel Manuel Morales, preso en la megacausa que investiga crímenes de lesa humanidad al que pudo reconocer por una foto que publicó Rosario/12 y el coronel Jorge Fariña, imputado en el juicio por la quinta de Funes. "Al capitán Morales lo identifiqué ahora por la foto del diario. La última vez que salí al patio, me llevaron hasta la oficina de Perizzotti, donde estaba María Eva Aebi y tres hombres más. Uno estaba sentado y estoy practicamente segura que era el capitán Morales. Lo que dije en el juicio, el grupo de tareas que me secuestra no es el mismo que más adelante me interroga en la GIR. De todas maneras, sabían el libreto porque el discurso era el mismo. Y al oficial Fariña estuvo trabajando en la oficina de Perizzotti, no todo el año de mi detención, pero sí un tiempo prolongado. Y le decían oficial Fariña", concluyó Bugna.

30 de octubre de 2009
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infierno en el psiquiátrico


Denuncias de "maltrato" y "humillación" en el neuropsiquiátrico porteño. Al referirse a la situación del Hospital Borda, los autores advierten que los pacientes pueden pasar "horas y horas bajo contención", atados, sin ser atendidos.
[Verónica Hollmann y Juan Pedro Iribarne] Argentina. "La admisión es un infierno", se escucha frecuentemente entre los pacientes. Y sí, arde, quema, arrasa como el fuego con la subjetividad del paciente y lo somete a una nueva cultura: la manicomial. Un paciente ingresa en la guardia del Hospital Borda. Es probable que haya ingresado por los poco precisos diagnósticos de "descompensación psicótica", "alcoholismo crónico", "ideación suicida", entre otros. Esta persona llega, en el mejor de los casos con una familia contenedora, o, en el peor de los casos, en un móvil policial, con personas que no están preparadas para lidiar con estas crisis, y no sería raro que haya recibido alguna golpiza. El paciente es llevado a la guardia, donde se realiza la entrevista psiquiátrica; en muchas ocasiones, la bienvenida es un medicamento inyectable. A partir de ahí es derivado al servicio de admisión: servicio de arrasamiento subjetivo por excelencia. Al llegar a la admisión, se le retiran las pertenencias, que van a parar al depósito hospitalario; no se le permite ver a los familiares, que a esta altura están angustiados, perplejos y con miedo de dejar a su ser querido en este lugar. Estos familiares, en la mayoría de los casos, no reciben contención verbal. Se pueden escuchar diálogos donde el familiar dice: "... Bueno, le dejo una toalla, un cepillo de dientes, algo para que se higienice", en un intento de mantener hábitos que el paciente venía sosteniendo. "Sí", se le responde, pero, a poco de ingresar, sus pertenencias desaparecen.
Eran las pertenencias que lo ligaban con su cotidianidad. A largo plazo desaparecerán también los hábitos adquiridos, en un proceso de desculturización. Los referentes identificatorios se van esfumando: corte de pelo compulsivo, ropa que no elige; no hay espejos ni relojes, puede pasar días sin mirarse y sin saber día y hora. Así se abre paso una nueva enfermedad: la enfermedad institucional.
A veces se aplica la contención física, método que anula por completo el decir del sujeto. Si bien en algunos casos puede ser necesaria para que no se lastime, pueden pasar horas y horas bajo "contención" –si tiene la mala suerte de ingresar un fin de semana– sin que nadie le pregunte sobre su padecer. Es usual escuchar gritos, dada la violentación institucional que sufren estos pacientes, lo cual lleva a más medicación. Todo esto sucede mientras los enfermeros, en ocasiones, juegan al truco al lado de la sala de contención.
Si uno ingresa en el servicio, puede ver expresiones de perplejidad en los rostros de los pacientes; confusión, miedo, mientras deambulan en círculo en un espacio enloquecedor. Condiciones estas que llevaron a un paciente, a causa de su delirio, a calmar el sufrimiento del compañero que, "contenido", gritaba, asfixiándolo con una almohada hasta matarlo. Este paciente fue judicializado. Pacientes muertos, llevados en tablones por otros compañeros, se ven por el hospital, tapados con una frazada rota, tratando de que no se caiga; partes de este cuerpo que estuvo muerto para muchos, antes de la muerte física, cuelgan del tablón. Y bueno, total, como escuchamos decir por televisión al director del hospital, "siempre se muere algún paciente". Desde la más alta jerarquía del hospital quedan naturalizadas las prácticas más aberrantes.
El servicio de admisión, por ser un lugar cerrado, también es usado como servicio de castigo. La frase "el que se porta mal va a ir a parar a admisión" es de uso común. En la misma admisión se ha escuchado: "Si seguís jodiendo te doy electroshock". Y por si esto fuera poco, esta crónica delirante sigue.
Si se decide que el paciente pase al interior del hospital, el siguiente paso en el arrasamiento subjetivo es el shopping de pacientes. Sí, en el Borda también hay shopping. En lugar de productos, se eligen personas. Para el profesional, lo mejor es conocer a alguien en admisión, para que no le metan "un caño": un paciente problemático, ya sea por su situación legal, sus conductas o sus pocas posibilidades de externación, que baja el promedio del giro-cama. Es frecuente escuchar frases como: "Yo soy amigo, así que me da algo bueno, un psicótico tranquilo, con familia". También son comunes los intercambios de mercancías, del estilo de: "Me llevo dos psicóticos y te dejo un adicto". O se puede escuchar: "Esperame hasta mañana que tengo uno bueno pero le falta".
Luego de ser elegido para un servicio, de las características de éste dependerá en gran medida la duración de su internación. Una internación puede durar un mes o varios años. En primer término, se le realizará una nueva entrevista de admisión. Esta debería ser interdisciplinaria, pero la gran mayoría son realizadas exclusivamente por psiquiatras. Cualquier persona con cierto sentido común supondría que se realiza en un consultorio cerrado, con una cierta intimidad y contención, donde el paciente pueda contar, nada más ni nada menos, qué lo trae por el hospital, relato generalmente cargado de angustia, confusión, bronca, enojo, depresión y otros sentires. Sumado a la crisis que llevó al paciente a ser internado, son esperables cierto temor y confusión sobre cómo será la internación, con toda la representación social alrededor de lo que es un manicomio, en este caso el Borda. Lo más lógico sería explicarle al paciente en qué servicio está, cómo va a ser su tratamiento, con qué actividades cuenta el servicio, mostrarle su cama y las instalaciones, presentarle a sus compañeros, asignarle un tutor que lo acompañe en los primeros días, explicarle las reglas de convivencia y demás cuestiones.
Pero la entrevista es generalmente un interrogatorio cuasi-policial plagado de preguntas, a veces de tal forma que la siguiente pregunta se superpone a la respuesta del paciente a la pregunta previa. En la entrevista puede haber hasta cinco psiquiatras, de estricto guardapolvo blanco, con una mesa de por medio, enfrentados –en los múltiples significados de la palabra– al paciente. Por supuesto que los entrevistadores se reservan el derecho de atender su teléfono celular y hablar a los gritos por sobre el discurso del paciente, discutir la medicación de otra persona, interrumpir, levantarse y salir del consultorio. A su vez, cualquier profesional del servicio tiene derecho a entrar y salir del consultorio u office donde se esté haciendo la entrevista. El paciente no recibirá ningún tipo de explicación sobre su situación ni sobre su internación, excepto cuando se trate de un paciente internado bajo juzgado penal, al que se le advierte que tiene prohibido salir del hospital. Las preguntas sobre los síntomas no suelen realizarse con la mayor sutileza:

–¿Y escuchás voces?
–No.

–¿Seguro?
–Sí.

–¿Y pensás que alguien te persigue?
–No.

–Bueno, no te escapes, eh.

Cuando el paciente crea que el suplicio de la entrevista de admisión finalmente terminó, se llevará la sorpresa de que puede repetirse ad aeternum, según el interés o dudas que su caso genere en los psiquiatras. Un mismo paciente puede tener hasta seis o siete entrevistas de admisión: un zoológico donde lo visitan estudiantes de diferentes carreras en diferentes universidades, arrasando su intimidad. Ya está instalado el poder psiquiátrico, ya está a merced de quien tiene en sus manos la decisión más importante para él: cuándo puede irse de este infierno. Es por esto que nunca se niegan a estos interrogatorios. Franco Basaglia lo explica muy claramente cuando dice: "En los manicomios cerrados el enfermo pregunta ‘¿Cuándo vuelvo a casa?’ y el médico responde: ‘Mañana’. Esta es la respuesta que quien tiene poder da siempre al oprimido" (La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio, Ed. Topía, Bs. As., 2008; Página/12 publicó un fragmento hace dos jueves).
Cuando salga de la entrevista deberá apelar a la solidaridad de algún compañero, de los que por suerte nunca faltan, que le cuente medianamente algunas mínimas cuestiones del servicio. Para conocer las reglas implícitas del mismo, siempre estará la irremplazable experiencia del aprendizaje vivencial: cuando un enfermero lo levante a los gritos para insultarlo por cambiarse de cama o porque no se levantó para tomar la medicación o porque no se bañó. Otro ingrediente de las lógicas manicomiales: la infantilización del paciente, en el marco del maltrato y la humillación.

Los autores son psicóloga y estudiante de psicología en la UBA, respectivamente.

30 de octubre de 2009
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debate sobre el matrimonio homosexual


Arranca hoy la discusión por el matrimonio gay. Dos comisiones de la Cámara de Diputados debatirán desde hoy el proyecto para permitir el casamiento entre personas del mismo sexo. Guerra de mensajes a favor y en contra.
[Horacio Cecchi] Argentina. Hoy, si Dios lo permite, tendrá lugar la primera reunión de comisión para debatir la inclusión del matrimonio entre personas del mismo sexo dentro de la ley de matrimonios en el vetusto Código Civil. La reunión se realizará en la Sala 1 del Anexo de Diputados y en conjunto entre las comisiones de Legislación General y de Familia, Niñez y Adolescencia. La reunión es histórica porque es la primera vez que en el Congreso se debatirá un tema adeudado a la sociedad, a juzgar por otras legislaciones modernas y por la realidad que corre por fuera del edificio parlamentario. El debate promete ser interesante y, como se espera, prolongado y con diversidad de opiniones. Quizás, en un anticipo, una cadena de centenares de mails circuló en todos los correos de los diputados, buscando influir la decisión, con inocultable sabor a hostia y color a misa de domingo en latín. A éstos se opuso otra cadena de otros tantos centenares de cartas en apoyo a la modificación. Si es cierto que el debate será histórico, lo será tanto como lo fue, por ejemplo, el del divorcio en 1985, amenazado por la Iglesia Católica como el horizonte negro para la familia y la humanidad. En fin, excomulgados o no, aquí estamos.
El mail de la hostia partía de una curiosa idea de negar la discriminación al grito de "a éstos no los queremos acá". El correo destierra de la idea de matrimonio a miles de personas, descartadas por sus formas, apetencias o intención de vida. En términos generales y sin demasiadas variaciones, dice así: "Sr. Diputado: equiparar jurídicamente a la familia con las uniones homosexuales es oscurecer su carácter particular y exponer a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio. La fortaleza de un Estado se asienta en la solidez de sus familias. El Estado que corrompe a la familia se autodestruye", dice el correo repetido en las casillas. Concluye con un furibundo y amenazante "rechace el matrimonio homosexual", y después vuelve a su tono seudocordial con un saludo "sin más, atentamente".
La respuesta no se hizo esperar. A media tarde, el conteo de los correos de adhesión era ya imposible de seguir. En términos sintéticos, sostiene que "quiero expresar mi compromiso con la construcción de una sociedad sin discriminación por sexo, orientación sexual e identidad de género. Las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans tienen actualmente negados en nuestro país muchos de los derechos fundamentales que nos corresponden a todos y todas, derechos que deberían ser reconocidos por la ley y garantizados por el Estado", y continúa apoyando el tratamiento de los proyectos de modificación del Código (informados por Página/12 el martes pasado) de las diputadas Vilma Ibarra (EPS) y Silvia Augsburger (PS), y la posterior sanción en ambas cámaras, apoyando la lucha de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans.
La reunión de hoy, a las 10.30, en la Sala 1 del Anexo de Diputados, se realizará en conjunto entre las comisiones de Legislación General, cuya presidenta es Ibarra, y la de Familia, Niñez y Adolescencia, encabezada por Juliana Di Tullio (FpV) y cofirmante del otro proyecto. En la reunión tendrán la palabra las autoras de los proyectos, Ibarra y Augsburger, y luego María Rachid, titular de la Federación; el constitucionalista Andrés Gil Domínguez y Roberto Saba, especialista en DD.HH.
La Federación exhibe también como apoyo varios cientos de adhesiones a la declaración a favor de la equiparación de los derechos de las personas homosexuales con las heterosexuales. Diversas personalidades, organizaciones sociales y de derechos humanos y organismos oficiales adhirieron a la proclama que se puso en marcha al iniciarse la campaña para lograr el matrimonio gay en el país.
Para alcanzar dictamen (sólo así llegará a ser tratado el proyecto en sesión) debe tener el apoyo de la mitad más uno de cada comisión. Rachid alienta expectativas y contabiliza números favorables. No tiene intención de que el Diablo meta la cola.

29 de octubre de 2009
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no reconocieron la casita


En Santa Fe, testigos no reconocieron ‘La Casita’. Inspeccionaron dos propiedades.
Argentina. El Tribunal Oral Federal que juzga a los represores santafesinos inspeccionó ayer dos propiedades a la vera de la ruta 19, en la búsqueda de centros clandestinos de detención. Primero, una quinta que pertenece a parientes lejanos del ex juez federal de la dictadura, Fernando Mántaras y luego lo que queda del viejo casco de la estancia ‘La Matilde’. Pero sólo uno de los testigos que participaron del acto, el abogado Jorge Pedraza dijo que la ubicación de ‘La Matilde’ podía ser "compatible" con el lugar donde fue torturado en 1975. Los demás testigos no reconocieron ninguna de las dos casas, lo que se entiende porque fueron secuestrados en marzo de 1977. "Esto significa que ’La casita’ como las víctimas llamaban al centro clandestino no era una sola sino varias y operaron en distintas etapas de la dictadura", señaló el abogado querellante Horacio Coutaz.
La inspección de las casas había sido ofrecida incluso por la defensa de los imputados. Pero el hecho de que la mayoría de los testigos no las haya reconocido no pesa en el juicio, interpretó Coutaz. "La búsqueda de los centros clandestinos tiene valor para la superación de la verdad histórica, pero como prueba del juicio, encontrarlos o no encontrarlos, no tiene mayor valor jurídico y probatorio porque la privación ilegal de la libertad y los tormentos tienen la misma estructura típica del delito se hagan en ’La Casita’ o en el medio de una calle", explicó.
Pedraza participó en la inspección de ‘La Matilde’ y dejó constancia en el acta que "la ubicación del inmueble resulta compatible con el lugar donde yo sufrí tormentos la madrugada que va del 12 al 13 de noviembre de 1975, cuando me traen tabicado, encapuchado, en el piso del asiento de atrás de un Renault 6 blanco, junto con la docente María Cristina Boidi", dijo a Rosario/12.
"Estos datos los saco por la distancia que existe desde el cruce ferroviario de la ruta 19 hasta el viejo casco de estancia, donde hoy funciona un club nocturno. "Yo viví diez años en Santo Tomé, del ’60 al’ 70, entonces de alguna manera (cuando lo traían secuestrado a bordo del Renaul) trataba de concentrarme en la ruta que seguía el auto", explicó Pedraza.

29 de octubre de 2009
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les dijeron que los habían fusilado


Compartieron cautiverio en ‘La Perla’, con Toniolli. Dos sobrevivientes supieron por dichos de un carcelero de Córdoba que todos los cautivos de la Quinta de Funes habían sido fusilados.
[Sonia Tessa] Argentina. Eduardo José Toniolli fue secuestrado el 9 de febrero de 1977 en Córdoba, y estuvo cautivo entre uno y dos meses en La Perla, donde otros prisioneros lo vieron, escucharon los tormentos que sufrió y conversaron con él. El juicio oral a represores de Rosario continuó ayer con las declaraciones de Teresa Meschiatti y Héctor Kunzmann, dos testigos que compartieron cautiverio en Córdoba con Toniolli, uno de los prisioneros de la Quinta de Funes que continúa desaparecido. Los dos sobrevivientes supieron por dichos de Vega, carcelero del centro clandestino de detención de Córdoba que todos los cautivos de la Quinta de Funes habían sido fusilados.
Kunzmann conocía de antes de caer al "cabezón", como le decían a Toniolli. Secuestrado en diciembre de 1976, en febrero del año siguiente vio llegar a su compañero a La Perla y, como al principio los prisioneros permanecían aislados, recién varios días después tuvo contacto con él. Pero antes de verlo, escuchó los gritos de dolor de Toniolli durante la terrible golpiza a garrotazos que recibió por muchas horas, un tiempo tan largo que estima alcanzó un día. "Se conoce como la peor garroteadura que sufrió una persona durante los dos años que estuvimos ahí", relató el sobreviviente. Los torturadores fueron el militar H.D. Diaz y el civil Chuy López. El primero está condenado y el segundo es juzgado en Córdoba.
Unos días después de esa golpiza, Toniolli fue llevado con el resto de los prisioneros. "Por los relatos posteriores de él supimos que durante todas las horas que estuvieron pegándole, no le permitieron apoyarse en la pared o en el piso. Yo no sé cómo pudo sobrevivir. Creo que fue porque Eduardo era joven, de una contextura muy fuerte. Tenía uno o dos agujeros en la cabeza y estaba todo morado", señaló Kunzmann.
La primera testigo del día fue Meschiatti, que estuvo secuestrada desde el 25 de septiembre de 1976 hasta el 28 de diciembre de 1978 en La Perla. Allí conoció a Toniolli. Recordó que el militante era "alto, delgado, siempre se ponía las manos en los bolsillos, era muy alegre". Meschiatti compartió casi dos meses de privación ilegal de la libertad en la cuadra, un espacio de 10 metros por 50, donde estaban alojados todos los prisioneros.
En abril, Toniolli fue trasladado a Rosario. Pero en septiembre volvió por pocos días al centro clandestino de detención de Córdoba. Meschiatti determinó con precisión que fue el 24 de septiembre de 1977. Recordó el día porque fue la víspera del primer aniversario de su secuestro. En esa oportunidad llegó con una chica, que después se pudo establecer era "Lucy", Stella Hillbrand de Del Rosso. Toniolli estuvo con ellos en la cuadra, y les contó sobre el lugar en el que estaba en Rosario.
Entonces, Toniolli contó a sus antiguos compañeros de cautiverio que se encontraba en una casa quinta con mucho terreno en las afueras de Rosario, donde podían jugar al fútbol y al tenis. También les dijo que el general Leopoldo Galtieri había ido varias veces a fiscalizar el lugar. Les comentó que alguien de su familia había podido verlo en un auto, rodeado de militares, y eso le daba expectativas de ser legalizado.
Por el contrario, en los primeros meses de 1978, los cautivos de La Perla supieron que todos los cautivos de la Quinta de Funes habían sido fusilados, tras la operación México como represalia por la fuga de Tucho Valenzuela. "Supimos también que el responsable de La Perla, el capitán Acosta, había pedido a Toniolli, porque había sido secuestrado en su jurisdicción, pero el Ejército rosarino se lo negó", indicó la testigo. Cuando la querellante por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, Ana María Figueroa, le repreguntó sobre el acceso a este dato, Meschiatti recordó que se interesaban por el destino de Toniolli. "Queríamos saber qué había pasado con él porque era macanudo", indicó.
En esos días de septiembre, Kunzmann, que es entrerriano, habló a solas con Toniolli, dada la amistad que los unía. Le preguntó especialmente por dos diamantinos que habían militado con él en Paraná, antes del golpe. Así supo que Oscar Capella y Miguel Angel Tosetti estaban en el mismo lugar de cautiverio, junto a sus compañeras. El militante rosarino también le mencionó a un bebé, aunque el sobreviviente no recordó de quién era hijo. Toniolli también contó que había otras parejas en su lugar de cautiverio.
Además de los dos valiosos testimonios, la jornada estuvo marcada por una controversia entre la fiscal Mabel Colalongo y el presidente del Tribunal, respecto del tenor de las preguntas del defensor de Juan Daniel Amelong, Héctor Galarza Azzoni.

29 de octubre de 2009
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fue identificado por una testigo


La voz de Perizzotti.
[Juan Carlos Tizziani] Argentina. La pregunta rompió el silencio de la sala del juicio a los represores santafesinos. El abogado defensor quería saber si en estos 30 años en alguna declaración anteriorya habían apuntado a su cliente como el responsable del traslado de diez ex militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), desde un centro clandestino conocido como ‘La Casita’ hasta la cárcel militar que operó en la Guardia de Infantería Reforzada. Y la respuesta fue precisa: "Sí, esa persona era el comisario (Juan Calixto) Perizzotti", contestó Silvia Abdolatif. Cuatro de esas diez mujeres ya dijeron ante los jueces del Tribunal Oral Federal que escucharon la voz de Perizzotti en el chupadero.
Silvia tenía 20 años cuando fue secuestrada el 23 de marzo de 1977. Tenía un bebé de 9 meses. El grupo de tareas rodeó y asaltó su casa. Ella resistió desprenderse de su pequeño. Pero uno de los represores sacó un arma y apuntó en la cabeza del bebé: "Te callás y venís con nosotros o ya sabés lo que va a pasar", la amenazó.
En la puerta esperaba un Peugeot 504 blanco. La empujaron en el asiento de atrás, y el vehículo avanzó hacia el sur por la avenida López y Planes. Uno de los que iba al lado, le dijo: "Turquita, a mi me dicen Turco como a vos". El mismo apodo y la misma referencia la volvió a escuchar después en el centro clandestino. ‘Turco’ o ‘Lolo’ era los nombres de guerra que usaba el sargento primero del Ejército retirado, Eleodoro Jorge Hauque, ya fallecido.
Abdolatif cree que el Peugeot la llevó hasta el parque Garay, donde esperaba un camión con cabina metálica cerrada. "Estoy casi segura que estaba estacionado atrás del parque porque ese es mi barrio desde los 8 años". La subieron al vehículo y esperaron que llegaran otros vehículos que traían las otras mujeres. Todas encapuchadas y con las manos atadas a la espalda.
Ya en el centro clandestino, paralizada por el terror, uno de los represores le susurrió al oído. "Quedate tranquila. Si te hacen daño pedí por mi. Yo acá soy El Rey", le dijo. Con el tiempo se daría cuenta de la perversión de los interrogatorios y los roles de buenos y malos que asumían los torturadores. Unos meses después, en la GIR, Anatilde Bugna -otra de las víctimas que declaró en el juicio- le dijo que ‘El Rey’ era Eduardo Ramos porque había sido su compañero de la escuela primaria.
Después de las sesiones de torturas en ‘La Casita’, donde la obligaron una declaración, una noche la sobresaltaron los preparativos y las voces fuertes. Uno de ellos la amenaza: "Turquita, acá tenés tus documentos le dice , así van a saber quién sos cuando te matemos". Escucha que otra persona se acerca y pregunta: "¿Estas son? ¿Las llevo?". La voz del hombre le quedó grabada en la memoria y lo pudo identificar cuando la destabicaron en la GIR. "Era Perizzotti", dijo.
La sacaron del centro clandestino en un auto y en el camino la bajaron para subirla a un camión. En el trasbordo, la detienen y la hacen arrodillar. "Ahora, empezá a rezar". Ella empezó que la mataban. Y ahí escucho la voz de mujer que se acerca y le dijo: "Vení, Flaquita, vení por acá". "Esa era Aebi", a quien identificó igual que a Perizzotti en la Guardia de Infantería. El tercero rostro que vio fue el del sargento primero Manuel) Ríos.
¿Reconoce los apodos que escuchó en La Casita? le preguntó una abogado querellante.
Sí, el primero que se me acercó: ‘El Rey’, a otro que le decían ‘El Turco’, y el que me tomó declaración ‘El Tío’, el ex suboficial del Ejército, Nicolás Correa.

28 de octubre de 2009
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dos testimonios clave


Dos figuras clave que reconstruyeron la identidad de prisioneros de Galtieri. Alicia Gutiérrez y Cecilia Nazabal investigaron lo ocurrido en el centro clandestino de detención de la Quinta de Funes, y batallaron incansablemente ante la Justicia. Ayer, la diputada y la hermana de Cecilia brindaron sus testimonios.
[Sonia Tessa] Argentina. "Esperé 32 años para esto", dijo Eulalia Nazabal, la primera testigo que se sentó ayer frente al Tribunal Federal Oral número 2, presidido esta semana por Jorge Venegas Echagüe. La hermana de Cecilia -esposa de Fernando Dante Dussex, uno de los prisioneros de la Quinta de Funes que continúa desaparecido- relató con detalles las circunstancias que rodearon al secuestro de su cuñado, así como las siete cartas, varias comunicaciones telefónicas y tres encuentros que se produjeron mientras Dussex estaba secuestrado. "Lo vi por última vez en estado de libertad el 8 de agosto de 1977", dijo. También declaró ayer la diputada provincial Alicia Gutiérrez, compañera del también prisionero en la Quinta de Funes y aún desaparecido Eduardo Toniolli. Gutiérrez y Cecilia Nazabal investigaron lo ocurrido en ese centro clandestino de detención, y batallaron incansablemente ante la Justicia. Cecilia no pudo declarar, al menos por ahora, porque está internada en terapia intensiva. "Una pieza fundamental de esta causa, mi compañera y amiga, está luchando por su vida. Estas son las secuelas de la impunidad", dijo Gutiérrez con la voz quebrada.
La legisladora del Frente Progresista puntualizó los nombres de los 16 prisioneros de la Quinta de Funes, que pudieron confirmar gracias a un trabajo conjunto con Nazabal. Mencionó a Toniolli, Dussex, Ignacio Laluf, Marta Benassi, Marta María Forestello y Miguel Angel Tossetti como los primeros que el único sobreviviente de ese centro, Jaime Dri, reconoció en fotos. Relató que le enviaron muchas más imágenes a Dri a Panamá, y que él pudo determinar con seguridad quiénes pasaron por allí. Después de una primera tanda de fotografías, y como faltaban algunos nombres, convocaron a una reunión en Santa Fe a familiares de otros desaparecidos, y así pudieron reconstruir lo que denominó como un "rompecabezas". Supieron que en la Quinta habían estado también Teresa Soria, Ana María Gurmendi y Oscar Capella, Liliana Nahz de Bruzzone, María Adela Reina Lloveras y Jorge Novillo. Sólo les faltó conseguir una foto de Fernando Agüero, alias Pipa, a quien ninguna de las dos conocía. Después también mencionó que estuvieron Raquel Negro, Tucho Valenzuela y Héctor Retamar.
Toniolli. Gutiérrez destinó la primera parte de su declaración a relatar quién era su compañero Eduardo Toniolli. "El pospuso sus deseos personales por un proyecto político de país", afirmó. Explicó que en agosto de 1976 fueron trasladados a Córdoba, donde la represión ilegal había diezmado a la organización política en la que militaban. El 9 de febrero de 1977, su compañero fue secuestrado en una cita a la que ella debía concurrir pero a la que no fue porque estaba muy descompuesta, con un embarazo de ocho meses. Toniolli fue llevado a La Perla, el centro clandestino de detención de Córdoba, donde hay testigos del martirio que sufrió. Según los compañeros de cautiverio en Córdoba, el joven -de sólo 21 años- fue trasladado en más de una oportunidad a Santa Fe. La última vez que lo vieron en La Perla fue el 24 de septiembre de 1977. Mañana declararán en el juicio María Teresa Meschiatti y Héctor Kunzman, dos sobrevivientes de ese campo de concentración que estuvieron con Toniolli.
En la Perla, Toniolli mencionó un lugar de Santa Fe en el que había entre 90 y 120 detenidos, y donde se podía jugar al fútbol. Por las fechas, Gutiérrez estima que ese centro clandestino era, en realidad, La Calamita, y que su compañero estuvo allí antes de ser llevado a la Quinta de Funes, que funcionó entre septiembre de 1977 y enero de 1978.
Con enorme emoción, Gutiérrez contó las incansables gestiones que realizaron los padres de Toniolli, Fidel (ya fallecido) y Matilde, que ayer estaba sentada en la primera fila del público, con su pañuelo blanco. Además de presentar numerosos hábeas corpus, entrevistarse con autoridades militares y eclesiásticas y concurrir a todos los lugares donde pudiera haber detenidos, los Toniolli recurrieron al teniente coronel Braulio Olea, que era primo de Fidel. Jamás obtuvieron respuestas sobre la situación de Eduardo. Gutiérrez estuvo escondida en distintos lugares del país hasta febrero de 1981, cuando logró salir para refugiarse primero en Brasil y luego en Francia.
Antes de terminar, Gutiérrez expresó: "Estos 32 años mi familia esperó que se hiciera justicia y verle la cara a los asesinos de Eduardo. Muchos de ellos murieron, como Galtieri, Juvenal Pozzi y Jáuregui. Otros nos cruzaban a diario, y a pesar de sus burlas, nunca se nos ocurrió hacer justicia por mano propia".
Dussex. El primer relato fue el de Eulalia Nazabal, quien detalló lo ocurrido el 8 de agosto de 1977, cuando desayunaron con su hermana Cecilia, Fernando Dussex y el bebé de 45 días, en el departamento de calle Pellegrini en el que ella vivía. Esa misma noche, ante la evidencia de que "algo grave" había pasado con su compañero, Cecilia decidió esconderse y luego viajó a Buenos Aires. Desde entonces, hasta el 10 de marzo de 1978, Eulalia recibió distintas comunicaciones de Fernando. La primera carta decía: "Creerás que estoy muerto. Me salvé por un pelo a pesar de haber tomado la pastilla. No te imaginás quién está conmigo". Menciona a Luci, Marga, Ignacio (Jorge Novillo) y el cabezón Angel. También hubo llamadas telefónicas al sanatorio Palace, donde Eulalia trabajaba. Esas charlas aparentaban ser "triviales y banales", pero le permitían a Dussex saber si la familia estaba bien.
El 19 de diciembre, Dussex citó a Eulalia en el sanatorio de Niños. El le aclaró que ese encuentro no estaba autorizado. Estaba tostado, y no le dio detalles de donde estaba, pero aseguró que se encontraba bien. Estaba esperanzado en salir. "Por seguridad no puedo decirte más nada", le indicó. El siguiente encuentro fue en Mitre y Córdoba, el 30 de diciembre de 1977, adonde Eulalia concurrió con su sobrino de meses, para que el padre pudiera verlo. "Había algunas cosas que daban a entender que era el Ejército el responsable de su secuestro", rememoró ayer Eulalia. En uno de los encuentros, ella le mencionó a su cuñado que los padres de él se comunicaba con Teté (Nicolás Correa), un familiar de la SIDE de Santa Fe, quien negaba saber algo de él. "Que no sea hijo de puta porque a mí me ve", le contestó el prisionero. También Dussex pudo encontrarse con su compañera, Cecilia, el 7 de febrero de 1978, en una reunión que su hermana calificó como "tensa". La última vez que Eulalia vio a Dussex fue el 10 de marzo de 1978, en su propia casa. "Tuve la intuición de que no lo iba a ver más", dijo la testigo sobre ese momento. Y así fue.

28 de octubre de 2009
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firmado bajo tortura


Un sobreviviente mostró la confesión que le arrancaron en 1977. Luis Baffico entregó al Tribunal Federal la copia de una declaración que le arrancaron en el camastro de tormentos, el 13 de abril de 1977, y que dos años después el Ejército envió al Juzgado Federal para incriminar a otro detenido.
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. Un sobreviviente de la dictadura que declaró esta semana en el juicio a los represores santafesinos aportó un documento que prueba su secuestro en un centro clandestino conocido como La Casita, donde padeció 20 días de suplicios, encapuchado. Luis Eduardo Baffico entregó al Tribunal Oral Federal la copia de una declaración que le arrancaron en el camastro de tormentos, el 13 de abril de 1977, y que dos años después, el 16 de noviembre de 1979, el Ejército envió al Juzgado Federal para incriminar a otro detenido en una causa. La nota de remisión la firmó el entonces segundo jefe del Destacamento de Inteligencia Militar 122, mayor Benjamín Ernesto Cristoforetti. "Tocá este papel y firmalo porque es tu pasaporte a la vida", recordó Baffico que le dijo uno de sus torturadores. Y él lo firmó. Ese represor era un tal ‘Nicola’ que según Baffico operaba como "el jefe o el encargado" del chupadero. En 1984, otro testigo declaró ante la Conadep que ‘Nicola’ era "un sargento mayor retirado, adscripto como personal civil (en el Destacamento de Inteligencia) que se encargaba de alquilar las casas operativas y tenía estrechas relaciones con los directivos de la Cervecería Santa Fe". Tres querellantes en el juicio, Anatilde Bugna, Patricia Traba y Ana María Cámara, lo mencionaron con otro apodo: ‘El Tío’ y dijeron que era el suboficial mayor (R) del Ejército, Nicolás Correa, ya fallecido, que integró la plantilla de asesores del ex gobernador Jorge Obeid (1996 1999) y se jactaba de haber sido jefe de personal de la Cervecería Santa Fe durante el régimen militar.
Baffico fue secuestrado el 24 de marzo de 1977 al mediodía, frente a la estación del Ferrocarril Belgrano, en bulevar Gálvez. Lo rodeó un grupo de tareas que integraban "cuatro o cinco personas", dijo. Lo empujaron en la parte de atrás de un auto y le pisaron la cabeza contra el piso del vehículo. Recuerda poco del viaje, pero cree que fueron 15 o 20 minutos. "Es difícil precisarlo, me retorcían los dedos, me pegaban todo el tiempo", afirmó.
Llegaron a una casa de campo, donde lo desnudaron y estaquearon de los tobillos y las muñecas en un camastro. Ya lo habían encapuchado. "Me envolvieron el cuerpo con una cadena y me introdujeron la punta en el ano. Y comenzaron a picanearme con corriente eléctrica. Cuando la electricidad tocaba la cadena era como tener cuarenta o cincuenta picanas a la vez", dijo. "Creo que me desvanecí varias veces. Había uno que me ponía un estetoscopio en el pecho y siempre decía: "Dénle nomás". A ese supuesto profesional le debo haber escuchado muy pocas palabras, pero me quedó la idea que tenía una tonada cordobesa. Incluso, algunos días después volví a escuchar esa tonada porque le comentó a otro de ellos: "Qué bien que me hace esto a mi, cómo aprendo acá". Y pensé que podía ser un profesional de la medicina. No sé si era médico o uno de los torturadores", dijo.
En el camatro de torturas, Baffico dijo que estuvo entre tres y cinco días atado con la cadena. "Perdí la noción del tiempo. Lo que sí recuerdo es cuando me desatan, no podía mover los brazos, me habían quedado atrás. Y fue ‘Nicola’ el me trajo los brazos para adelante y me dio un trago de agua". Según Baffico, "’Nicola’ era el jefe o el encargado" del centro clandestino y también pudo reconocer a otro de los interrogadores, al que "le decían ‘Pollo’. Eso son los dos nombres que tengo certeza de haber escuchado", precisó. Bugna, Traba y Cámara ya reconocieron al ‘Pollo’ como uno de los imputados en el juicio: el comisario Héctor Colombini, un ex oficial del Departamento Informaciones (D2) que durante la dictadura operó como enlace con el Destacamento de Inteligencia Militar 122, según admitió su propio jefe, el coronel Domingo Manuel Marcellini. Colombini "era el contacto que teníamos en la Policía para obtener información", dijo Marcellini.
Baffico mencionó también un tercer nombre de "una persona que conocía de afuera" y que, a pesar de que habló poco, pudo reconocer por la voz "porque había sido compañero de militancia. Le decíamos ‘Gregorio’ y su apellido, Quiroga. Yo lo escuché hablar con monosílabos cerca de mí, como si confirmara o no lo que yo decía", agregó. "Durante estos 3 a 5 días que estoy estaqueado, me torturaron con picana y cadena.
Los genitales eran dónde más me aplicaban picana. Más tarde, ya estando en la comisaría 4ª, me observo que tenías cascaras de quemaduras en el glande y en el prepucio que hoy se conservan y en la pierna derecha me queda una quemadura, a pesar de que me habían envuelto las manos y los pies de donde estaba atado"

¿Otras personas fueron interrogadas en el mismo lugar?- le preguntaron
No, en ese recinto, no. Sí en otros lugares de la casa. Incluso, cuando me sacaron del lugar que era una especie de garage me pusieron en un pasillo con una cadena atada a un lavatorio y ahí siento que son interrogados con tormentos otros detenidos. Escuché los mismos gritos y el ruido de la picana. Eran voces femeninas y masculinas.

¿Escuchó alguna máquina de escribir?
Sí, sí -contestó Baffico. Y recordó el día que apareció ‘Nicola’ y le dijo: "`Tocá este papel y firmalo porque es tu pasaporte a la vida’. Y firmé sin ver absolutamente nada, en esas condiciones podía firmar cualquier cosa".

A la mañana, Baffico había testimoniado en el Juzgado Federal en la megacausa que investiga crímenes de lesa humanidad y ahí se topó con la declaración que le habían arrancado en el centro clandestino. Tiene fecha del 13 de abril de 1977. Y dos años después, el 16 de noviembre de 1979, el segundo jefe del Destacamento de Inteligencia Militar 122, mayor Benjamín Cristoforetti la remitió al Juzgado Federal para incriminar a otro detenido. Fue recibida por el entonces secretario del Juzgado, Víctor Brusa, a las 12 (cargo 4311) y el juez federal Miguel Angel Quirrelli dispuso incorporarla a la causa "Rigalli, Sergio Orlando y otro s/infracción ley 20.840". Baffico reconoció su firma. "Esto prueba que yo estaba secuestrado, es la constancia de que no estaba reconocido", dijo. Y pidió al Tribunal que la incorpore como prueba en el juicio a Brusa y a sus compañeros de banquillo: Colombini, Juan Calixto Perizzotti, María Eva Aevi, Mario Facino y Eduardo Ramos.

25 de octubre de 2009
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