una prueba judicial sobre el horror
30 de octubre de 2009
[Juan Carlos Tizziani] Argentina. El Tribunal Oral que juzga a los represores santafesinos inspeccionó ayer la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), un centro clandestino de detención por donde pasaron cientos de víctimas de la dictadura. Diez querellantes y testigos pudieron reconocer 30 años después y frente a los jueces el lugar de su martirio: la Coordinación del Area 212 que dependía del comandante militar, coronel Juan Orlando Rolón, pero que estuvo a cargo de dos comisarios: Julio Alberto Villalba ya fallecido y desde mediados de 1977, Juan Calixto Perizzotti, imputado en el juicio junto a su ex secretaria María Eva Aebi. Perizzotti participó en el reconocimiento judicial con otro testigo que fue citado a declarar la semana pasada: un ex chofer del Area 212, Eduardo José Córdoba, que sirvió a las órdenes de Villalba y Perizzotti hasta 1979, pero que se atajó en su desmemoria. Una ex presa política recordó que diez mujeres convivieron catorce meses en una celda a la que llamaban "El colectivo" porque no era otra cosa que un pasillo sin baño y sin sol, así como los malos tratos, las torturas psíquicas y los interrogatorios nocturnos, cuando Aebi venía a buscarlas, las encapuchaba y las entregaba a los torturadores. "Lo más tenebroso era que el grupo de tareas operaba acá con total libertad", dijo Stella Vallejos.
La inspección se hizo por etapas. El primero fue el abogado Jorge Pedraza, detenido el 6 de noviembre de 1975, que ayer reconoció el lugar donde estuvo encapuchado y maniatado en un camastro de torturas. Fueron varias horas en las que pudo escuchar las comunicaciones del Comando Radioeléctrico que también operaba en la GIR. Ayer, logró identificar ese espacio y reconocerlo. Después, siguió Patricia Isasa, detenida dos veces en el Area 212: a mediados de 1976 cuando apenas tenía 16 años y tres años después, en julio de 1979, junto a otros militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios. Isasa convivió con otras menores de edad, entre ellas María de los Milagros Almirón, que tenía 14 y cumplió sus quince en la GIR, el lugar al que también volvió ayer. Más tarde, siguieron tres sobrevivientes de "El colectivo": Anatilde Bugna, Stella Vallejos y Ana María Cámara, luego Susana Molinas y por último, Roberto Cepeda, Mariano Millán Medina, José Schullman.
"Las condiciones en las que estábamos eran terribles", recordó Vallejos. "Vivíamos en un pasillo ancho donde apenas entraban las cuchetas y en la punta había una mesa donde comíamos. No teníamos baño. Había un baño muy chiquito que compartíamos con presas políticas de otras piezas más grandes. Ayer, Stella y sus compañeras volvieron al "Colectivo" que ahora le pareció más estrecho y miserable. Ya no era la ironía para soportar el terror.
"Lo más tenebroso de este lugar era el grupo de tareas que ingresaba con total libertad", precisó Vallejos. "Sufríamos interrogatorios durante la noche, algunas íbamos encapuchadas y otras con los ojos vendados y casi siempre nos llevaba María Eva Aebi o el comisario Perizzotti. En algunos momentos, nos ponían música fuerte para hacer más tétrica la vivencia. Acá también tuvimos el interrogatorio con el doctor (Víctor) Brusa que nos maltrató".
Una de las que más sufrió los interrogatorios nocturnos fue Silvia Abdolatif, que no participó en la inspección, pero que en el juicio dijo que la sacaron por lo menos diez veces en un mes. Siempre la buscaba Aebi. La encapuchaba y la dejaba contra una pared, donde venían a buscarla dos represores que amenazaban con sacarla del Area 212 y ejecutarla. "Cuando sacaban a una de nosotras, se creaba un clima de terror, nadie dormía y ese temor se contagiaba", relató Stella Vallejos.
¿Quién las entregaba al grupo de tareas?
Casi siempre lo hacía María Eva Aebi. Era el nexo entre las detenidas políticas con la patota. En este lugar, la patota operaba con total libertad contestó Stella.
Anatilde Bugna dijo que los interrogatorios se sucedieron hasta el día que salió en libertad. El método del terror se repetía: la noche, la capucha o la venda en los ojos y las esposas. "Yo siempre estuve vendada y esposada. Cuando nos interrogó Brusa llegué esposada hasta la puerta", dijo.
En su declaración ante el Tribunal, Bugna dijo haber visto en distintos momentos, pero en el mismo lugar: la oficina de Perizzotti, a dos represores: el teniente coronel Manuel Morales, preso en la megacausa que investiga crímenes de lesa humanidad al que pudo reconocer por una foto que publicó Rosario/12 y el coronel Jorge Fariña, imputado en el juicio por la quinta de Funes. "Al capitán Morales lo identifiqué ahora por la foto del diario. La última vez que salí al patio, me llevaron hasta la oficina de Perizzotti, donde estaba María Eva Aebi y tres hombres más. Uno estaba sentado y estoy practicamente segura que era el capitán Morales. Lo que dije en el juicio, el grupo de tareas que me secuestra no es el mismo que más adelante me interroga en la GIR. De todas maneras, sabían el libreto porque el discurso era el mismo. Y al oficial Fariña estuvo trabajando en la oficina de Perizzotti, no todo el año de mi detención, pero sí un tiempo prolongado. Y le decían oficial Fariña", concluyó Bugna.
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[Verónica Hollmann y Juan Pedro Iribarne] Argentina. "La admisión es un infierno", se escucha frecuentemente entre los pacientes. Y sí, arde, quema, arrasa como el fuego con la subjetividad del paciente y lo somete a una nueva cultura: la manicomial. Un paciente ingresa en la guardia del Hospital Borda. Es probable que haya ingresado por los poco precisos diagnósticos de "descompensación psicótica", "alcoholismo crónico", "ideación suicida", entre otros. Esta persona llega, en el mejor de los casos con una familia contenedora, o, en el peor de los casos, en un móvil policial, con personas que no están preparadas para lidiar con estas crisis, y no sería raro que haya recibido alguna golpiza. El paciente es llevado a la guardia, donde se realiza la entrevista psiquiátrica; en muchas ocasiones, la bienvenida es un medicamento inyectable. A partir de ahí es derivado al servicio de admisión: servicio de arrasamiento subjetivo por excelencia. Al llegar a la admisión, se le retiran las pertenencias, que van a parar al depósito hospitalario; no se le permite ver a los familiares, que a esta altura están angustiados, perplejos y con miedo de dejar a su ser querido en este lugar. Estos familiares, en la mayoría de los casos, no reciben contención verbal. Se pueden escuchar diálogos donde el familiar dice: "... Bueno, le dejo una toalla, un cepillo de dientes, algo para que se higienice", en un intento de mantener hábitos que el paciente venía sosteniendo. "Sí", se le responde, pero, a poco de ingresar, sus pertenencias desaparecen.
[Horacio Cecchi] Argentina. Hoy, si Dios lo permite, tendrá lugar la primera reunión de comisión para debatir la inclusión del matrimonio entre personas del mismo sexo dentro de la ley de matrimonios en el vetusto Código Civil. La reunión se realizará en la Sala 1 del Anexo de Diputados y en conjunto entre las comisiones de Legislación General y de Familia, Niñez y Adolescencia. La reunión es histórica porque es la primera vez que en el Congreso se debatirá un tema adeudado a la sociedad, a juzgar por otras legislaciones modernas y por la realidad que corre por fuera del edificio parlamentario. El debate promete ser interesante y, como se espera, prolongado y con diversidad de opiniones. Quizás, en un anticipo, una cadena de centenares de mails circuló en todos los correos de los diputados, buscando influir la decisión, con inocultable sabor a hostia y color a misa de domingo en latín. A éstos se opuso otra cadena de otros tantos centenares de cartas en apoyo a la modificación. Si es cierto que el debate será histórico, lo será tanto como lo fue, por ejemplo, el del divorcio en 1985, amenazado por la Iglesia Católica como el horizonte negro para la familia y la humanidad. En fin, excomulgados o no, aquí estamos.
Argentina. El Tribunal Oral Federal que juzga a los represores santafesinos inspeccionó ayer dos propiedades a la vera de la ruta 19, en la búsqueda de centros clandestinos de detención. Primero, una quinta que pertenece a parientes lejanos del ex juez federal de la dictadura, Fernando Mántaras y luego lo que queda del viejo casco de la estancia ‘La Matilde’. Pero sólo uno de los testigos que participaron del acto, el abogado Jorge Pedraza dijo que la ubicación de ‘La Matilde’ podía ser "compatible" con el lugar donde fue torturado en 1975. Los demás testigos no reconocieron ninguna de las dos casas, lo que se entiende porque fueron secuestrados en marzo de 1977. "Esto significa que ’La casita’ como las víctimas llamaban al centro clandestino no era una sola sino varias y operaron en distintas etapas de la dictadura", señaló el abogado querellante Horacio Coutaz.
[Sonia Tessa] Argentina. Eduardo José Toniolli fue secuestrado el 9 de febrero de 1977 en Córdoba, y estuvo cautivo entre uno y dos meses en La Perla, donde otros prisioneros lo vieron, escucharon los tormentos que sufrió y conversaron con él. El juicio oral a represores de Rosario continuó ayer con las declaraciones de Teresa Meschiatti y Héctor Kunzmann, dos testigos que compartieron cautiverio en Córdoba con Toniolli, uno de los prisioneros de la Quinta de Funes que continúa desaparecido. Los dos sobrevivientes supieron por dichos de Vega, carcelero del centro clandestino de detención de Córdoba que todos los cautivos de la Quinta de Funes habían sido fusilados.
[Juan Carlos Tizziani] Argentina. La pregunta rompió el silencio de la sala del juicio a los represores santafesinos. El abogado defensor quería saber si en estos 30 años en alguna declaración anteriorya habían apuntado a su cliente como el responsable del traslado de diez ex militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), desde un centro clandestino conocido como ‘La Casita’ hasta la cárcel militar que operó en la Guardia de Infantería Reforzada. Y la respuesta fue precisa: "Sí, esa persona era el comisario (Juan Calixto) Perizzotti", contestó Silvia Abdolatif. Cuatro de esas diez mujeres ya dijeron ante los jueces del Tribunal Oral Federal que escucharon la voz de Perizzotti en el chupadero.
[Sonia Tessa] Argentina. "Esperé 32 años para esto", dijo Eulalia Nazabal, la primera testigo que se sentó ayer frente al Tribunal Federal Oral número 2, presidido esta semana por Jorge Venegas Echagüe. La hermana de Cecilia -esposa de Fernando Dante Dussex, uno de los prisioneros de la Quinta de Funes que continúa desaparecido- relató con detalles las circunstancias que rodearon al secuestro de su cuñado, así como las siete cartas, varias comunicaciones telefónicas y tres encuentros que se produjeron mientras Dussex estaba secuestrado. "Lo vi por última vez en estado de libertad el 8 de agosto de 1977", dijo. También declaró ayer la diputada provincial Alicia Gutiérrez, compañera del también prisionero en la Quinta de Funes y aún desaparecido Eduardo Toniolli. Gutiérrez y Cecilia Nazabal investigaron lo ocurrido en ese centro clandestino de detención, y batallaron incansablemente ante la Justicia. Cecilia no pudo declarar, al menos por ahora, porque está internada en terapia intensiva. "Una pieza fundamental de esta causa, mi compañera y amiga, está luchando por su vida. Estas son las secuelas de la impunidad", dijo Gutiérrez con la voz quebrada.
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. Un sobreviviente de la dictadura que declaró esta semana en el juicio a los represores santafesinos aportó un documento que prueba su secuestro en un centro clandestino conocido como La Casita, donde padeció 20 días de suplicios, encapuchado. Luis Eduardo Baffico entregó al Tribunal Oral Federal la copia de una declaración que le arrancaron en el camastro de tormentos, el 13 de abril de 1977, y que dos años después, el 16 de noviembre de 1979, el Ejército envió al Juzgado Federal para incriminar a otro detenido en una causa. La nota de remisión la firmó el entonces segundo jefe del Destacamento de Inteligencia Militar 122, mayor Benjamín Ernesto Cristoforetti. "Tocá este papel y firmalo porque es tu pasaporte a la vida", recordó Baffico que le dijo uno de sus torturadores. Y él lo firmó. Ese represor era un tal ‘Nicola’ que según Baffico operaba como "el jefe o el encargado" del chupadero. En 1984, otro testigo declaró ante la Conadep que ‘Nicola’ era "un sargento mayor retirado, adscripto como personal civil (en el Destacamento de Inteligencia) que se encargaba de alquilar las casas operativas y tenía estrechas relaciones con los directivos de la Cervecería Santa Fe". Tres querellantes en el juicio, Anatilde Bugna, Patricia Traba y Ana María Cámara, lo mencionaron con otro apodo: ‘El Tío’ y dijeron que era el suboficial mayor (R) del Ejército, Nicolás Correa, ya fallecido, que integró la plantilla de asesores del ex gobernador Jorge Obeid (1996 1999) y se jactaba de haber sido jefe de personal de la Cervecería Santa Fe durante el régimen militar.