mr. america
30 de octubre de 2009
[Facundo García] Argentina. "¿Cuándo viene Andy Warhol?" Uno de los muchachos que trabajan en el Malba asegura que ya le han hecho la pregunta varias veces. Y espera escucharla hasta el hartazgo de aquí al 22 de febrero, fecha en que la muestra Mr. America –la primera gran exposición del artista en Argentina, con más de ciento setenta obras fundamentales– partirá hacia otras latitudes. Ocurre que entre tal cantidad de visitantes siempre hay un despistado: desde la inauguración del viernes, las galerías ubicadas en Figueroa Alcorta 3415 recibieron a unas diez mil personas. Para colmo, una conocida revista cultural aseguró en un epígrafe que el icono pop "estaría en el país", y entonces el equívoco se expandió. De cualquier forma, pasar una tarde entre la ensalada humana que se da cita de jueves a lunes entre las 12 y las 20 –los miércoles hasta las 21– invita a pensar que no es tan descabellado sospechar que todo se trató de un happening y que Warhol sigue vivo. Tan vivo como en los sesenta.
Los que pasan el día en el edificio ya armaron una tipología para rotular a quienes asisten a la muestra curada por el canadiense Philip Larrat-Smith. El juego es arbitrario, pero contiene dosis de verdad. Un nicho, por ejemplo, es el de las señoras pitucas, "que se dividen en dos –aclara un analista que pide mantener el anonimato–. Están las viejas que más o menos saben de pop art y están las que ven un cuadro y le dicen a la amiga ‘mirá, Pochola, qué lindo para hacer un almohadón’". En otra columna hay que anotar al público joven, cuya composición podría graficarse perfectamente con un diagrama de Venn: dos conjuntos con una zona de intersección. De un lado los fans reales. Del otro, los que aparentan serlo. En el medio, una zona para aquellos que cumplen con ambas condiciones, el "ser" y el "aparentar". Los baqueanos llaman a esa minoría "los Warhols", hombres o mujeres que suelen usar pelo –o peluca– platinados y que, sin que su eventual cara de futbolista del ascenso sea obstáculo, pretenden ser calcos del ídolo pop (e incluso lo logran).
Y están los famosos, claro. Lideran la lista "la modelo que llega con anteojos de sol y capelina", "la actriz masiva que se volvió artie" y "el galán que cree que hay que ver completa la película de ocho horas sobre el Empire State". Sería injusto no mencionar el peso del Factor Gay, que viene a ser una especie de marca de pertenencia. Además de que Warhol tiene un lugar destacado en el panteón homo, la muestra figura en las guías destinadas a ese target, por lo que los pasillos son un espacio sumamente efectivo para socializar inter pares. "¡Ay! ¡No sabés el divismo que hubo en la inauguración!", se asombra, a punto de pelar su estola de plumas, uno de los encargados de seguridad.
¡Era Eso!
Desde algún colegio de nombre inglés llega un aluvión de alumnos, y los guardias intuyen que habrá rosca. Es una locomotora con escuditos de institución privada, camperas en las que se leen nombres como "Pili", "Moli", "Meli" y "Juani" y mandíbulas mascando chicle con la boca abierta. En el medio, una profesora jipona busca sobreponerse al griterío y enumerar las características de cada cuadro. Los chicos miran un rato, luchando contra sus hormonas para no desbandarse. No lo consiguen.
Mr. America –nombre que se vincula con un concurso de fisicoculturistas que se hacía en la Costa Oeste– reúne piezas que "presentan la cultura popular y política de los Estados Unidos a través de los ojos de Warhol". Hay veintiséis pinturas, cincuenta y ocho grabados, treinta y nueve fotografías y cuarenta y cuatro películas que se exhibirán en las salas y en un ciclo especial del auditorio Malba. A esto se agregan dos instalaciones, Silver Clouds ("Nubes Plateadas") y Cow Wallpaper ("Empapelado de vacas"). Esta última consiste en un empapelado con figuras bobinas, en tanto que la primera es un espacio en el que varios globos con forma de almohadón flotan gracias a la interacción del helio y los ventiladores. Cuando los pibes del colegio llegan ahí, el riesgo de caos crece como nunca. Pili, Moli, Meli y Juani se apropian del lugar y lo usan de pelotero, en una batalla que Warhol quizás hubiera aprobado.
Metros más adelante, se proyecta sobre un muro el rostro del actor DeVeren Bookwalter. Muchachos y muchachas se detienen confundidos ante la sucesión de gestos placenteros que muestra la cinta. "¿Y la profe?", pregunta una alumna. Nadie sabe. Mientras, la película sigue con sus caritas epifánicas. Los que van llegando también se detienen. Observan desde lejos, como si entrar en proximidad con la pantalla fuera tabú. A uno se le ocurre leer el cartel que hay al costados: "B-l-o-w-j-o-b –casi deletrea– ¡Che, se llama Blow Job!". Se escucha un "¡Ah, era eeessso!" generalizado. Recién entonces llega la profesora, que trata de sobreponerse a los comentarios y ordena "no detenerse tanto en un solo punto porque hay más para ver". En el film DeVeren está por llegar al orgasmo, y justo en el momento en que se lo ve más entusiasmado suena un celular. "Señor. Por favor salga al pasillo", pide delicadamente Josefina, una de las encargadas. Así no se puede.
Más Actual Que Nunca
Micky Vainilla, el personaje de Capusotto que "sólo hace pop", se sentiría horrorizado si asistiera al Malba un miércoles. Es el día en que la entrada sale cinco mangos, los docentes y jubilados pagan tres y los estudiantes entran sin cargo. Ricos, mediopelo y pobres se reúnen ante las Marilyns y los autorretratos Polaroid, formando una masa variopinta que plantea desafíos al museo. El cuadro Cross –una cruz en rojo sobre fondo oscuro– tiene la particularidad de provocar que uno de cada tres energúmenos abra los brazos y se ubique donde la iconografía católica pondría al Cristo sufriente, al grito de "foto, sacáme una foto".
De cualquier modo, hay que reconocerle a Warhol la capacidad de seguir produciendo no ya imágenes sino espectadores en serie. En la aparente variedad de vestimentas y peinados hay una actitud que nivela, y es el placer de estar ahí, de sentirse parte de un sistema de valoraciones. Como reflexiona Patricia, otra de las encargadas de sala: "A veces pienso que, más que mirar las pinturas, lo que les gusta es verse a ellos mismos en esa escena de ‘ir paseando por la muestra de Warhol’". El lado positivo es que la exhibición convoca un público más masivo, con menos "hábito de museo", y eso no deja de ser un hecho a destacar.
A diferencia de la puesta del segundo piso, orientada a la imaginería popera más clásica, la del primero se vuelca hacia una veta que –más allá de no ser tan difundida– tiende puentes con lo contemporáneo. También ahí el público juvenil marca la constante, como si desde algún punto del universo el patriarca continuara convocando a la tribu de serafines que se daba cita en su Factoría. Hay, sin embargo, otras razones que favorecen el contacto. Simplemente, los films que hizo el fundador del pop ganan en frescura a medida que el tiempo avanza. No sólo porque se afirman sobre sensaciones relativamente universales –dormir, besarse, recibir una fellatio–; sino porque en su diálogo con la pornografía y el voyeurismo el estadounidense se anticipó a la forma en que las personas se exponen a sí mismas en la era digital. Esos "retratos filmados" que según Jonas Mekas utilizan dieciséis fotogramas por segundo en vez de los veinticuatro de rigor, ¿no reproducen, en su semicortada lentitud, la experiencia de conversar por medio de webcams y micrófonos vía Internet? Esas fotografías coloreadas, ¿no anticipan la costumbre de photoshopear hasta las imágenes de las mascotas? ¿No se han convertido las ciudades en océanos warholianos, con lo bueno y malo que eso conlleva?
Al promediar la tarde, Patricia reflexiona sobre los líos que se le arman a la hora del cierre. Si bien se avisa al público que la actividad es hasta las 20 –los miércoles, hasta las 21– hay retobados cuya terquedad amenaza con alargar cual chicle jirafa el horario laboral de los que yugan. "Lo más llamativo –comenta ella– es que de vez en cuando se ponen desafiantes, y te largan cosas como ‘escuchame, chiquita, yo vi esta muestra en el Museo de Nueva York y no me hicieron pasar por semejante situación’." La entrevistada plantea una tensión interesante. Casi se diría: una tensión pop. Porque así como el visitante de alto perfil ve en el final de la jornada ajena el principio de su recorrido, no es descabellado pensar que donde unos se deleitan con la contemplación lavada de las famosas Sopas Campbell otros no pueden evitar la asociación con la lata de conservas que abrirán para resolver su cena de la noche. Las cicatrices proletarias de Warhol –que pasó la depresión de los años ’30 en un barrio obrero de su Pittsbourgh natal– lo posicionaron en el centro de esa disyuntiva todavía no resuelta.
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[Adam Bernstein] El 17 de septiembre falleció en una clínica de Fairfield, Connecticut, Bernie Fuchs, un dibujante cuya influyente obra para revistas que van desde Cosmopolitan hasta Sports Illustrated fundió en una sola pieza cualidades de la narrativa tradicional con indicios de composición abstracta. Tenía 76 años.
[Juan Forn] ‘La ola de Hokusai’ es indiscutiblemente el cuadro japonés más famoso del mundo. Igual de famosos en Japón son los desnudos que le gustaba pintar a Hokusai, entre los cuales se destaca uno llamado ‘El sueño de la mujer del pescador’, donde se ve a una joven desnuda y echada de espaldas, con las piernas abiertas y un pulpo realizándole el cunnilingus más impresionante de la historia del arte erótico. Hokusai pronosticó a sus setenta años que, si llegaba vivo a los ciento diez, accedería por fin al misterio de las cosas y todo lo que eligiera pintar, fuese un mero punto o una línea, estaría vivo; pero se murió a los ochenta y nueve. Sin embargo, en la fecha en que Hokusai hubiera cumplido ciento diez años, nació en Japón un hombre llamado Sokichi Nagai, que se haría conocido entre sus compatriotas por su seudónimo, Kafu, y sería para casi todos ellos la viva reencarnación de Hokusai, el último "artista del mundo flotante", aunque no pintó un solo cuadro en toda su vida. En realidad, Kafu era escritor (él prefería definirse como "garabateador"), pero sus retratos de Tokio y sus habitantes, especialmente de sus mujeres de vida licenciosa, son el equivalente literario de los paisajes y desnudos del gran Hokusai.
Falleció el jueves en un hospital de Stuttgart, Alemania, según informó la Academia de Arte y Diseño de Stuttgart, Heinz Edelmann, diseñador gráfico mejor conocido por su trabajo como director de arte de la película de los Beatles de 1968, ‘El submarino amarillo’ [Yellow Submarine]. Tenía 75 años.
[Dennis McLellan] Murió Tom Wilkes, director de arte y diseñador de carátulas de discos, y poseedor de un Grammy. Sus trabajos incluyeron álbumes para los Rolling Stones, Janis Joplin, Neil Young y otras leyendas de la música. Tenía 69 años.
Durante su apogeo, Wilkes diseñó o dirigió el diseño artístico de decenas de carátulas de álbumes, incluyendo las carátulas de ‘Beggars Banquet’, de los Rolling Stone; ‘Harvest’, de Neil Young; ‘Eric Clapton’, de Eric Clapton; ‘Mad Dogs & Englishmen’, de Joe Cocker; y ‘Concert for Bangladesh’ y ‘All Things Must Pass’, de George Harrison.
Nacido en Long Beach el 39 de julio de 1939, Wilkes egresó de la Escuela Secundaria de Woodrow Wilson en 1957. Estudió en el Long Beach City College y se graduó en lo que se conocía como entonces la Art Center School en Los Angeles (ahora el Art Center College of Design en Pasadena).
[Holland Cotter] Toda supernova empieza como un modesto chispazo. Incluso Miguel Ángel comenzó su carrera con obras menos valiosas que la Capilla Sixtina. ¿Qué estaba haciendo, exactamente? De acuerdo al historiador del arte y astrónomo del siglo dieciséis, Giorgio Vasari, la primera obra del virginal maestro fue una pequeña y ligeramente adaptada pintura, copiada de un impreso tedesco.
[Edward Rothstein] Filadelfia, Estados Unidos. Caín fue marcado en su frente. La ciudad de Belén era antiguamente famosa por sus tatuajes, aplicados por peregrinos como para conmemorar los estigmas de Jesús. Durante el Renacimiento, se pensaba que los tatuajes de signos astrológicos conferían poderes cosmológicos.
Si quieres entender algo sobre esta transformación y la cultura que se ha formado a su alrededor -su historia popular y sus héroes, sus orígenes y su significado- debes visitar el Museo del Puerto Marítimo Independence, donde el conservador Craig Bruns ha montado una reveladora exposición sobre cómo los marinos se convirtieron en portadores y creadores de una cultura del tatuaje: ‘Skin & Bones: Tattoos in the Life of the American Sailor’.
Así que la exposición no te introduce a aguas calmas, sino que te arroja a un oleaje encabritado y restallante. El día que la visité, quedó también claro, por las decorativas inscripciones que lucían otros visitantes, que la exposición no necesita demasiada publicidad para su tema. Pero los inocentes entre nosotros que todavía colocamos las manos sobre un mesón expositor, escogimos un diseño de una serie de botones y, acompañados por un audio con el chirrido de la aguja y las bromas grabadas de un artista trabajando, miramos como un tatuaje, grabado en luz, tomaba efímera forma en nuestra piel virgen.
Los primeros tatuajes de marinos estadounidenses son conocidos principalmente por descripciones literarias. Pero la exposición muestra que se puede aprender mucho sobre los marinos del país estudiando los archivos. Todos tenían un ‘Certificado de Protección de Marinos’ [Sailor Protection Certificate] que era llevado como una forma de identificación que detallaba los tatuajes en el cuerpo del portador; esas descripciones son a menudo las únicas marcas de individualidad en estas figuras anónimas. Aaron Fullerton (nacido en 1778), por ejemplo, "tiene un barco en sus manos derecha e izquierda", junto con su fecha de nacimiento, grabados como tatuajes hechos con pólvora.
Los tatuajes de los marinos también tenían asociaciones mágicas. El cartel de la exposición muestra dos pies, uno inscrito con un gallo, el otro con un cerdo -animales de los que se pensaba que conjuraban el peligro del ahogamiento, quizás porque, metidos en cajas de madera, esas criaturas sobrevivían a menudo los naufragios, flotando hasta llegar a algún continente. Los marinos también servían a menudo en la Armada. ¿Proviene de aquí la costumbre que hicieron suya los combatientes, incluso en tierra firme, de compartir la misma imagen tatuada, aparte del combate?
Este 18 de junio se inaugura ’Warhol, Mr. America’, una muestra de 120 obras de uno de los más polémicos, transgresores e icónicos artistas del siglo XX. ¿Quién fue Andy Warhol?