¿existe el pinochetismo? 2
columna de mérici

Segunda parte del debate sobre la definición de pinochetismo.
No creas que no he seguido dándole vueltas a este asunto. Mi conclusión, de momento, es que es probablemente un diálogo de sordos. Quizás no sea posible una definición inofensiva de pinochetismo. Cuando yo lo definí finalmente como movimiento militar de restauración social fui, en realidad, bastante generoso, porque la definición que más conviene a Pinochet cum sui se encuentra en las páginas del Código Penal: en las páginas sobre la asociación ilícita para delinquir, secuestros y homicidios en primer grado con alevosía y premeditación, y también en las páginas de seguridad interior del estado, por traición a la patria e incitación a subvertir el orden público y las instituciones de la república. Sólo que al agregar ‘restauración social' convierto a la banda de delincuentes encabezada por Pinochet en una banda de actuaba por obediencia, vale decir, cometían crímenes por encargo, y esos encargos y sus autores intelectuales eran de orden político. Los autores intelectuales de la intervención militar son Nixon y Kissinger, con la colaboración de personajes como Agustín Edwards y el embajador norteamericano en Santiago de la época.
Obviamente, estos alcances sobre el pinochetismo no serían aceptados por los pinochetistas. Pero ¿quiénes son estos y cómo se definen? Yo conozco a unos que niegan absolutamente las torturas y los asesinatos y lo atribuyen a la propaganda comunista. Llaman comunista a todo aquel que se oponga a sus puntos de vista -cambiantes, por lo demás. Hay otros que reconocen las torturas y asesinatos, pero como excesos no autorizados e individuales. Aún así, insisten en que los autores de esos crímenes no deben ser juzgados. Y hay otros pinochetistas, como algunos de la calaña que escriben en estas páginas, aplauden los crímenes e incluso afirman que fueron demasiado pocos y que habría que volver a imponer otra dictadura para torturar y eliminar realmente a todos los opositores -o sea, a todos los comunistas, desde arzobispos hasta vándalos anarquistas.
Me limito a tres pinochetistas típicos. A ninguno de ellos le gustaría mi definición. Pero ¿cómo aceptar sus propias posibles definiciones? Muchas de ellas son simplemente absurdas y abandonan el plano de lo político para inscribirse en el plano de lo psiquiátrico. Por ejemplo, que salvaron a Chile del marxismo. Por más vueltas que le des, la frase es hueca y no significa nada. Y, además, si se quisiera decir con ello que impidieron, por ejemplo, un golpe de estado comunista, la afirmación es falsa desde todo punto de vista.
Siempre es curioso observar las definiciones de sí mismo que hace la gente. Marx decía que había que desconfiar de las definiciones de sí mismo. Supongamos que la afirmación ‘salvamos a Chile del comunismo' tuviese algo de sentido (o sea, que gracias a la intervención, no hubo en Chile un régimen comunista), ¿no podría yo rebatir que efectivamente, pero que esa era la voluntad mayoritaria de los chilenos, de construir una sociedad socialista? Entonces habría de concluir un partidario de Pinochet que este, por algún designio, quizás divino, tenía el privilegio de intervenir y rechazar la voluntad de los chilenos por ser esta enemiga de ¿qué? ¿De Estados Unidos? ¿De las tradiciones chilenas, por ejemplo, de la rayuela? Entonces el pinochetista podría terminar diciéndome: Pues, bien, el pinochetismo es bueno porque se me da la real gana.
El problema que quiero subrayar es que al definir pinochetismo entramos en un terreno donde se abandonan los criterios normales de la razón y el raciocinio. El pinochetismo, como otras formas de fascismo y caudillismo, es enemigo de la razón, porque esta es vista ,- por su lógica, por su encadenamiento de consecuencias, por su universalismo- como enemiga de la voluntad. Y el pinochetismo se funda únicamente en la voluntad del jefe, y la voluntad del jefe no es posible de ser conocida y sometida a escrutinio, porque este acto de transparencia, tan común en las sociedades normales, en los regímenes y gobiernos totalitarios es considerado de inspiración hostil porque obliga a revelar tus intenciones, y eso es lo que el enemigo quiere. Me estoy imaginando que definir el pinochetismo revela en sí mismo una intención hostil al pinochetismo y es por consiguiente, desde un punto de vista inmanente, una actividad subversiva y comunista. Bien, esto es una psicopatología. Al final del camino, cuando se descubre la terrible banalidad y mediocridad del cabecilla máximo, y el hecho de que no es posible creer que actuara por lo que dice, habida cuenta de las barbaridades y contradicciones de sus actuaciones y de la documentación disponible sobre sus actividades y tratos, se entiende que Pinochet no tenía nada que decir sobre sus actos y decisiones, porque sus motivos eran, socialmente hablando, inconfesables. (Socialmente inconfesables son cosas como, por ejemplo, follar con la mamá, violar a bebés, comer carne humana, ser espía de un país extranjero o recibir dinero de este).
Un pinochetista puede negar y declarar como falso que Pinochet traficara armas o cocaína o que participara personalmente en los interrogatorios de los detenidos que luego eran asesinados y hechos desaparecer. Supongamos que por la enormidad de las evidencias de que disponemos, el pinochetista accediera a que hubo excesos. Supongamos que aceptáramos que estas prácticas fueron excesos, ¿no debiésemos, en vista de su natural aceptación entre sus partidarios, aceptar que la voluntad del jefe era un principio incuestionable del régimen? ¿Y que, consecuentemente, preguntar sobre los motivos de esa voluntad era igualmente un acto de hostilidad? O sea, definir el pinochetismo sin admitir como válida la definición que darían los pinochetistas de sí mismos, sería claramente un acto hostil. Bien, este modo de razonar abandonó hace mucho tiempo el campo de lo normal. Aquí, si aceptas la autodefinición pinochetista, tendrías que aceptar su definición de ‘comunismo' y ‘comunistas', porque en la autodefinición (por ejemplo, salvó a Chile del comunismo) se incluyen elementos ajenos al discurso normal del resto de la sociedad (llaman comunistas a los opositores, desde pensadores y políticos conservadores, hasta anarquistas, algunos de los cuales son enemigos acérrimos de los comunistas, y católicos de Acción Social). En otras palabras, aceptar como válida alguna autodefinición, requiere aceptar que las víctimas del régimen eran en realidad agentes, militantes o espías comunistas o rusos y cubanos y que gracias a que fueron eliminados es que se salvó a Chile de una dictadura roja, lo que, evidentemente, es un macabro absurdo -como es un absurdo que el arzobispo fuera comunista, o que el senador democristiano que mandó a matar en Italia fuera comunista y así ad absurdum.
Trato de decirlo de otro modo: Aceptar que Pinochet era un patriota equivaldría a ignorar lo que sabemos, y que no podemos no saber, y es que Pinochet recibió dinero de una potencia extranjera -Estados Unidos- para hacer lo que hizo y, sobre todo, equivaldría a aceptar que defendió a Chile de antipatriotas o comunistas. Se podría argumentar, sobre lo primero: Sí, pero aceptó ese dinero porque lo necesitaba para la causa de la intervención militar. En la embajada norteamericana, en esos años de principios de los setenta, se recibían peticiones de dinero -de parte de Viaux y Patria y Libertad- para comprar armas -la embajada las entraba por valija diplomática, hasta que la práctica fue considerada peligrosa- para comprar armas y explosivos con los que cometer atentados. Con estas armas se asesinó al general Schneider, de cuya muerte trataron de culpar a terroristas de izquierda. ¿Era comunista Schneider? ¿Era agente ruso? ¿Cubano? ¿Cómo podríamos aceptar la definición de patriota del pinochetismo cuando esta definición lo opone a los militares ‘constitucionalistas', que eran obviamente patriotas?
Un problema adicional es que Pinochet no legó discursos ni escritos coherentes sobre los que construir alguna suerte de ideología oficial. El principal documento -El Libro Blanco- es una sarta de falacias y estupideces, y fue escrito febrilmente para justificar ante los chilenos el golpe de estado. Pronto pasó al olvido. Las frases sueltas del general no alcanzan para un breviario ideológico, porque el dictador simplemente no era un ideólogo ni era demasiado culto. (Cuando escribo "sarta de estupideces", algunos van a protestar. Pero ¿cómo llamar de otra manera a esa novela inverosímil donde se afirmaba que había un plan Z comunista que posteriormente nadie volvió a mencionar, por lo evidentemente falso que era?)
Me pregunto si acaso la frase que tanto usamos sobre la necesidad de diálogo y la reconciliación tienen algún sentido o si son realmente razonables. No creo que pueda haber diálogo o reconciliación sin verdad y justicia como procesos previos. ¿Cómo voy a aceptar como a un igual a unas personas que niegan o justifican crímenes terribles y espantosos y que no los cometieron por los motivos que ‘confesaron'? Por ejemplo, ¿qué motivo político tenía sacar el oro de las dentaduras de los detenidos que iban a ser desaparecidos? (Si preguntas esto, un pinochetista diría que tu pregunta delata que eres comunista). ¿Así se acababa con el comunismo?
No, lo necesario es hacer justicia. Es indispensable que esa gente confiese, cuente lo que hicieron y revele quiénes fueron los autores y dónde están los cuerpos de sus víctimas. Es necesario que sean procesados y condenados. Es necesario que las familias de las víctimas sean desagraviadas. Y el estado reconozca el terrible dolor causado a esas familias y se haga cargo. Es necesario que las fuerzas armadas limpien sus filas y hagan suya nuevamente la ideología constitucionalista que animó a los generales y otros militares de bien que Pinochet asesinó tan cobardemente. Quizá no la reconciliación el diálogo pierden sentido sin no hay verdad. Yo quiero verdad. Justicia. Y castigo.
En conclusión, definir pinochetismo atribuyéndole motivos políticos o ideológicos coherentes, es una imposibilidad epistemológica.
No creas que no he seguido dándole vueltas a este asunto. Mi conclusión, de momento, es que es probablemente un diálogo de sordos. Quizás no sea posible una definición inofensiva de pinochetismo. Cuando yo lo definí finalmente como movimiento militar de restauración social fui, en realidad, bastante generoso, porque la definición que más conviene a Pinochet cum sui se encuentra en las páginas del Código Penal: en las páginas sobre la asociación ilícita para delinquir, secuestros y homicidios en primer grado con alevosía y premeditación, y también en las páginas de seguridad interior del estado, por traición a la patria e incitación a subvertir el orden público y las instituciones de la república. Sólo que al agregar ‘restauración social' convierto a la banda de delincuentes encabezada por Pinochet en una banda de actuaba por obediencia, vale decir, cometían crímenes por encargo, y esos encargos y sus autores intelectuales eran de orden político. Los autores intelectuales de la intervención militar son Nixon y Kissinger, con la colaboración de personajes como Agustín Edwards y el embajador norteamericano en Santiago de la época.
Obviamente, estos alcances sobre el pinochetismo no serían aceptados por los pinochetistas. Pero ¿quiénes son estos y cómo se definen? Yo conozco a unos que niegan absolutamente las torturas y los asesinatos y lo atribuyen a la propaganda comunista. Llaman comunista a todo aquel que se oponga a sus puntos de vista -cambiantes, por lo demás. Hay otros que reconocen las torturas y asesinatos, pero como excesos no autorizados e individuales. Aún así, insisten en que los autores de esos crímenes no deben ser juzgados. Y hay otros pinochetistas, como algunos de la calaña que escriben en estas páginas, aplauden los crímenes e incluso afirman que fueron demasiado pocos y que habría que volver a imponer otra dictadura para torturar y eliminar realmente a todos los opositores -o sea, a todos los comunistas, desde arzobispos hasta vándalos anarquistas.
Me limito a tres pinochetistas típicos. A ninguno de ellos le gustaría mi definición. Pero ¿cómo aceptar sus propias posibles definiciones? Muchas de ellas son simplemente absurdas y abandonan el plano de lo político para inscribirse en el plano de lo psiquiátrico. Por ejemplo, que salvaron a Chile del marxismo. Por más vueltas que le des, la frase es hueca y no significa nada. Y, además, si se quisiera decir con ello que impidieron, por ejemplo, un golpe de estado comunista, la afirmación es falsa desde todo punto de vista.
Siempre es curioso observar las definiciones de sí mismo que hace la gente. Marx decía que había que desconfiar de las definiciones de sí mismo. Supongamos que la afirmación ‘salvamos a Chile del comunismo' tuviese algo de sentido (o sea, que gracias a la intervención, no hubo en Chile un régimen comunista), ¿no podría yo rebatir que efectivamente, pero que esa era la voluntad mayoritaria de los chilenos, de construir una sociedad socialista? Entonces habría de concluir un partidario de Pinochet que este, por algún designio, quizás divino, tenía el privilegio de intervenir y rechazar la voluntad de los chilenos por ser esta enemiga de ¿qué? ¿De Estados Unidos? ¿De las tradiciones chilenas, por ejemplo, de la rayuela? Entonces el pinochetista podría terminar diciéndome: Pues, bien, el pinochetismo es bueno porque se me da la real gana.
El problema que quiero subrayar es que al definir pinochetismo entramos en un terreno donde se abandonan los criterios normales de la razón y el raciocinio. El pinochetismo, como otras formas de fascismo y caudillismo, es enemigo de la razón, porque esta es vista ,- por su lógica, por su encadenamiento de consecuencias, por su universalismo- como enemiga de la voluntad. Y el pinochetismo se funda únicamente en la voluntad del jefe, y la voluntad del jefe no es posible de ser conocida y sometida a escrutinio, porque este acto de transparencia, tan común en las sociedades normales, en los regímenes y gobiernos totalitarios es considerado de inspiración hostil porque obliga a revelar tus intenciones, y eso es lo que el enemigo quiere. Me estoy imaginando que definir el pinochetismo revela en sí mismo una intención hostil al pinochetismo y es por consiguiente, desde un punto de vista inmanente, una actividad subversiva y comunista. Bien, esto es una psicopatología. Al final del camino, cuando se descubre la terrible banalidad y mediocridad del cabecilla máximo, y el hecho de que no es posible creer que actuara por lo que dice, habida cuenta de las barbaridades y contradicciones de sus actuaciones y de la documentación disponible sobre sus actividades y tratos, se entiende que Pinochet no tenía nada que decir sobre sus actos y decisiones, porque sus motivos eran, socialmente hablando, inconfesables. (Socialmente inconfesables son cosas como, por ejemplo, follar con la mamá, violar a bebés, comer carne humana, ser espía de un país extranjero o recibir dinero de este).
Un pinochetista puede negar y declarar como falso que Pinochet traficara armas o cocaína o que participara personalmente en los interrogatorios de los detenidos que luego eran asesinados y hechos desaparecer. Supongamos que por la enormidad de las evidencias de que disponemos, el pinochetista accediera a que hubo excesos. Supongamos que aceptáramos que estas prácticas fueron excesos, ¿no debiésemos, en vista de su natural aceptación entre sus partidarios, aceptar que la voluntad del jefe era un principio incuestionable del régimen? ¿Y que, consecuentemente, preguntar sobre los motivos de esa voluntad era igualmente un acto de hostilidad? O sea, definir el pinochetismo sin admitir como válida la definición que darían los pinochetistas de sí mismos, sería claramente un acto hostil. Bien, este modo de razonar abandonó hace mucho tiempo el campo de lo normal. Aquí, si aceptas la autodefinición pinochetista, tendrías que aceptar su definición de ‘comunismo' y ‘comunistas', porque en la autodefinición (por ejemplo, salvó a Chile del comunismo) se incluyen elementos ajenos al discurso normal del resto de la sociedad (llaman comunistas a los opositores, desde pensadores y políticos conservadores, hasta anarquistas, algunos de los cuales son enemigos acérrimos de los comunistas, y católicos de Acción Social). En otras palabras, aceptar como válida alguna autodefinición, requiere aceptar que las víctimas del régimen eran en realidad agentes, militantes o espías comunistas o rusos y cubanos y que gracias a que fueron eliminados es que se salvó a Chile de una dictadura roja, lo que, evidentemente, es un macabro absurdo -como es un absurdo que el arzobispo fuera comunista, o que el senador democristiano que mandó a matar en Italia fuera comunista y así ad absurdum.
Trato de decirlo de otro modo: Aceptar que Pinochet era un patriota equivaldría a ignorar lo que sabemos, y que no podemos no saber, y es que Pinochet recibió dinero de una potencia extranjera -Estados Unidos- para hacer lo que hizo y, sobre todo, equivaldría a aceptar que defendió a Chile de antipatriotas o comunistas. Se podría argumentar, sobre lo primero: Sí, pero aceptó ese dinero porque lo necesitaba para la causa de la intervención militar. En la embajada norteamericana, en esos años de principios de los setenta, se recibían peticiones de dinero -de parte de Viaux y Patria y Libertad- para comprar armas -la embajada las entraba por valija diplomática, hasta que la práctica fue considerada peligrosa- para comprar armas y explosivos con los que cometer atentados. Con estas armas se asesinó al general Schneider, de cuya muerte trataron de culpar a terroristas de izquierda. ¿Era comunista Schneider? ¿Era agente ruso? ¿Cubano? ¿Cómo podríamos aceptar la definición de patriota del pinochetismo cuando esta definición lo opone a los militares ‘constitucionalistas', que eran obviamente patriotas?
Un problema adicional es que Pinochet no legó discursos ni escritos coherentes sobre los que construir alguna suerte de ideología oficial. El principal documento -El Libro Blanco- es una sarta de falacias y estupideces, y fue escrito febrilmente para justificar ante los chilenos el golpe de estado. Pronto pasó al olvido. Las frases sueltas del general no alcanzan para un breviario ideológico, porque el dictador simplemente no era un ideólogo ni era demasiado culto. (Cuando escribo "sarta de estupideces", algunos van a protestar. Pero ¿cómo llamar de otra manera a esa novela inverosímil donde se afirmaba que había un plan Z comunista que posteriormente nadie volvió a mencionar, por lo evidentemente falso que era?)
Me pregunto si acaso la frase que tanto usamos sobre la necesidad de diálogo y la reconciliación tienen algún sentido o si son realmente razonables. No creo que pueda haber diálogo o reconciliación sin verdad y justicia como procesos previos. ¿Cómo voy a aceptar como a un igual a unas personas que niegan o justifican crímenes terribles y espantosos y que no los cometieron por los motivos que ‘confesaron'? Por ejemplo, ¿qué motivo político tenía sacar el oro de las dentaduras de los detenidos que iban a ser desaparecidos? (Si preguntas esto, un pinochetista diría que tu pregunta delata que eres comunista). ¿Así se acababa con el comunismo?
No, lo necesario es hacer justicia. Es indispensable que esa gente confiese, cuente lo que hicieron y revele quiénes fueron los autores y dónde están los cuerpos de sus víctimas. Es necesario que sean procesados y condenados. Es necesario que las familias de las víctimas sean desagraviadas. Y el estado reconozca el terrible dolor causado a esas familias y se haga cargo. Es necesario que las fuerzas armadas limpien sus filas y hagan suya nuevamente la ideología constitucionalista que animó a los generales y otros militares de bien que Pinochet asesinó tan cobardemente. Quizá no la reconciliación el diálogo pierden sentido sin no hay verdad. Yo quiero verdad. Justicia. Y castigo.
En conclusión, definir pinochetismo atribuyéndole motivos políticos o ideológicos coherentes, es una imposibilidad epistemológica.
3 de abril de 2007
[mérici ] 

Gobierno debería decretar libertad inmediata para los miles de ciudadanos encarcelados por consumo y/o tráfico de marihuana.Lo que viene ocurriendo en torno a la marihuana y la seguidilla de detenciones de consumidores no se puede definir de otro modo que como una intolerable campaña de provocación y persecución, desatada por políticos y jueces y fiscales de los que lo menos que se puede decir es que son estúpidos y mal intencionados. Ahora el juez local de Coyhaique viene de decretar prisión preventiva para la socióloga y ex directora del Servicio Nacional del Menor en Aysén, tras acusarla de tráfico de drogas y cultivo de marihuana.
Hace algunos días vi un programa de televisión sobre posesiones demoníacas. Me causó inquietud. Y las reflexiones que siguen.
Tiene razón el senador chileno Jaime Naranjo cuando, a propósito de la reciente condena de Chile por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso del militante comunista Luis Almonacid asesinado en octubre de 1973, declara que lo que la gente esperaba era que Chile "fuera campeón en la sanción en temas de derechos humanos". Al homicidio de Luis Almonacid se aplicó la burda e ilegal ley de amnistía de 1978, mediante la cual el régimen de Pinochet intentó legalizar imposiblemente parte de sus crímenes y proteger a sus esbirros. La Corte Interamericana ha condenado a Chile por la aplicación de esa ley.
Hace algunos días, en respuesta a una insólita declaración de las autoridades católicas de Argentina, de que llevar a tribunales a los militares implicados en violaciones de los derechos humanos era exacerbar o sembrar el odio en ese país, el presidente Kirchner dijo tres cosas sorprendentes: 1) que Dios era de todos; 2) que el Diablo estaba en todas partes; y 3) que el Diablo llevaba pantalones y sotana. Es evidente, creo, que quiso implicar que la iglesia católica o su jerarquía no tiene el monopolio de la interpretación de la presencia divina en la Tierra y que, como el bien, el mal también estaba presente en la historia y hoy en día y que, de hecho, se había también infiltrado no solamente en las fuerzas armadas y policía culpables de los más espantosos crímenes durante las dictaduras de ese país (el Diablo con pantalones, en el discurso del presidente) sino también en el seno de la jerarquía católica (el Diablo con sotana).
Llama la atención que el gobierno de Chile -su presidente, su ministro de Exteriores, el presidente del senado- reciba al ex primer ministro Aznar, de España. Senadores y diputados demócrata-cristianos incluso se dan de codazos para salir en las fotos con él. ¿Se han vuelto todos locos o no saben quién es Aznar? ¿O lo saben demasiado bien? Y todo esto ocurre a semanas de la bochornosa actuación de las autoridades cuando visitó el país el juez Baltasar Garzón, con el que Chile tiene una inmensa deuda de gratitud por su compromiso con su causa en defensa de los derechos humanos.