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columna de mérici

¿existe el pinochetismo? 2


columna de mérici
Segunda parte del debate sobre la definición de pinochetismo.
No creas que no he seguido dándole vueltas a este asunto. Mi conclusión, de momento, es que es probablemente un diálogo de sordos. Quizás no sea posible una definición inofensiva de pinochetismo. Cuando yo lo definí finalmente como movimiento militar de restauración social fui, en realidad, bastante generoso, porque la definición que más conviene a Pinochet cum sui se encuentra en las páginas del Código Penal: en las páginas sobre la asociación ilícita para delinquir, secuestros y homicidios en primer grado con alevosía y premeditación, y también en las páginas de seguridad interior del estado, por traición a la patria e incitación a subvertir el orden público y las instituciones de la república. Sólo que al agregar ‘restauración social' convierto a la banda de delincuentes encabezada por Pinochet en una banda de actuaba por obediencia, vale decir, cometían crímenes por encargo, y esos encargos y sus autores intelectuales eran de orden político. Los autores intelectuales de la intervención militar son Nixon y Kissinger, con la colaboración de personajes como Agustín Edwards y el embajador norteamericano en Santiago de la época.

Obviamente, estos alcances sobre el pinochetismo no serían aceptados por los pinochetistas. Pero ¿quiénes son estos y cómo se definen? Yo conozco a unos que niegan absolutamente las torturas y los asesinatos y lo atribuyen a la propaganda comunista. Llaman comunista a todo aquel que se oponga a sus puntos de vista -cambiantes, por lo demás. Hay otros que reconocen las torturas y asesinatos, pero como excesos no autorizados e individuales. Aún así, insisten en que los autores de esos crímenes no deben ser juzgados. Y hay otros pinochetistas, como algunos de la calaña que escriben en estas páginas, aplauden los crímenes e incluso afirman que fueron demasiado pocos y que habría que volver a imponer otra dictadura para torturar y eliminar realmente a todos los opositores -o sea, a todos los comunistas, desde arzobispos hasta vándalos anarquistas.
Me limito a tres pinochetistas típicos. A ninguno de ellos le gustaría mi definición. Pero ¿cómo aceptar sus propias posibles definiciones? Muchas de ellas son simplemente absurdas y abandonan el plano de lo político para inscribirse en el plano de lo psiquiátrico. Por ejemplo, que salvaron a Chile del marxismo. Por más vueltas que le des, la frase es hueca y no significa nada. Y, además, si se quisiera decir con ello que impidieron, por ejemplo, un golpe de estado comunista, la afirmación es falsa desde todo punto de vista.

Siempre es curioso observar las definiciones de sí mismo que hace la gente. Marx decía que había que desconfiar de las definiciones de sí mismo. Supongamos que la afirmación ‘salvamos a Chile del comunismo' tuviese algo de sentido (o sea, que gracias a la intervención, no hubo en Chile un régimen comunista), ¿no podría yo rebatir que efectivamente, pero que esa era la voluntad mayoritaria de los chilenos, de construir una sociedad socialista? Entonces habría de concluir un partidario de Pinochet que este, por algún designio, quizás divino, tenía el privilegio de intervenir y rechazar la voluntad de los chilenos por ser esta enemiga de ¿qué? ¿De Estados Unidos? ¿De las tradiciones chilenas, por ejemplo, de la rayuela? Entonces el pinochetista podría terminar diciéndome: Pues, bien, el pinochetismo es bueno porque se me da la real gana.

El problema que quiero subrayar es que al definir pinochetismo entramos en un terreno donde se abandonan los criterios normales de la razón y el raciocinio. El pinochetismo, como otras formas de fascismo y caudillismo, es enemigo de la razón, porque esta es vista ,- por su lógica, por su encadenamiento de consecuencias, por su universalismo- como enemiga de la voluntad. Y el pinochetismo se funda únicamente en la voluntad del jefe, y la voluntad del jefe no es posible de ser conocida y sometida a escrutinio, porque este acto de transparencia, tan común en las sociedades normales, en los regímenes y gobiernos totalitarios es considerado de inspiración hostil porque obliga a revelar tus intenciones, y eso es lo que el enemigo quiere. Me estoy imaginando que definir el pinochetismo revela en sí mismo una intención hostil al pinochetismo y es por consiguiente, desde un punto de vista inmanente, una actividad subversiva y comunista. Bien, esto es una psicopatología. Al final del camino, cuando se descubre la terrible banalidad y mediocridad del cabecilla máximo, y el hecho de que no es posible creer que actuara por lo que dice, habida cuenta de las barbaridades y contradicciones de sus actuaciones y de la documentación disponible sobre sus actividades y tratos, se entiende que Pinochet no tenía nada que decir sobre sus actos y decisiones, porque sus motivos eran, socialmente hablando, inconfesables. (Socialmente inconfesables son cosas como, por ejemplo, follar con la mamá, violar a bebés, comer carne humana, ser espía de un país extranjero o recibir dinero de este).

Un pinochetista puede negar y declarar como falso que Pinochet traficara armas o cocaína o que participara personalmente en los interrogatorios de los detenidos que luego eran asesinados y hechos desaparecer. Supongamos que por la enormidad de las evidencias de que disponemos, el pinochetista accediera a que hubo excesos. Supongamos que aceptáramos que estas prácticas fueron excesos, ¿no debiésemos, en vista de su natural aceptación entre sus partidarios, aceptar que la voluntad del jefe era un principio incuestionable del régimen? ¿Y que, consecuentemente, preguntar sobre los motivos de esa voluntad era igualmente un acto de hostilidad? O sea, definir el pinochetismo sin admitir como válida la definición que darían los pinochetistas de sí mismos, sería claramente un acto hostil. Bien, este modo de razonar abandonó hace mucho tiempo el campo de lo normal. Aquí, si aceptas la autodefinición pinochetista, tendrías que aceptar su definición de ‘comunismo' y ‘comunistas', porque en la autodefinición (por ejemplo, salvó a Chile del comunismo) se incluyen elementos ajenos al discurso normal del resto de la sociedad (llaman comunistas a los opositores, desde pensadores y políticos conservadores, hasta anarquistas, algunos de los cuales son enemigos acérrimos de los comunistas, y católicos de Acción Social). En otras palabras, aceptar como válida alguna autodefinición, requiere aceptar que las víctimas del régimen eran en realidad agentes, militantes o espías comunistas o rusos y cubanos y que gracias a que fueron eliminados es que se salvó a Chile de una dictadura roja, lo que, evidentemente, es un macabro absurdo -como es un absurdo que el arzobispo fuera comunista, o que el senador democristiano que mandó a matar en Italia fuera comunista y así ad absurdum.

Trato de decirlo de otro modo: Aceptar que Pinochet era un patriota equivaldría a ignorar lo que sabemos, y que no podemos no saber, y es que Pinochet recibió dinero de una potencia extranjera -Estados Unidos- para hacer lo que hizo y, sobre todo, equivaldría a aceptar que defendió a Chile de antipatriotas o comunistas. Se podría argumentar, sobre lo primero: Sí, pero aceptó ese dinero porque lo necesitaba para la causa de la intervención militar. En la embajada norteamericana, en esos años de principios de los setenta, se recibían peticiones de dinero -de parte de Viaux y Patria y Libertad- para comprar armas -la embajada las entraba por valija diplomática, hasta que la práctica fue considerada peligrosa- para comprar armas y explosivos con los que cometer atentados. Con estas armas se asesinó al general Schneider, de cuya muerte trataron de culpar a terroristas de izquierda. ¿Era comunista Schneider? ¿Era agente ruso? ¿Cubano? ¿Cómo podríamos aceptar la definición de patriota del pinochetismo cuando esta definición lo opone a los militares ‘constitucionalistas', que eran obviamente patriotas?

Un problema adicional es que Pinochet no legó discursos ni escritos coherentes sobre los que construir alguna suerte de ideología oficial. El principal documento -El Libro Blanco- es una sarta de falacias y estupideces, y fue escrito febrilmente para justificar ante los chilenos el golpe de estado. Pronto pasó al olvido. Las frases sueltas del general no alcanzan para un breviario ideológico, porque el dictador simplemente no era un ideólogo ni era demasiado culto. (Cuando escribo "sarta de estupideces", algunos van a protestar. Pero ¿cómo llamar de otra manera a esa novela inverosímil donde se afirmaba que había un plan Z comunista que posteriormente nadie volvió a mencionar, por lo evidentemente falso que era?)

Me pregunto si acaso la frase que tanto usamos sobre la necesidad de diálogo y la reconciliación tienen algún sentido o si son realmente razonables. No creo que pueda haber diálogo o reconciliación sin verdad y justicia como procesos previos. ¿Cómo voy a aceptar como a un igual a unas personas que niegan o justifican crímenes terribles y espantosos y que no los cometieron por los motivos que ‘confesaron'? Por ejemplo, ¿qué motivo político tenía sacar el oro de las dentaduras de los detenidos que iban a ser desaparecidos? (Si preguntas esto, un pinochetista diría que tu pregunta delata que eres comunista). ¿Así se acababa con el comunismo?

No, lo necesario es hacer justicia. Es indispensable que esa gente confiese, cuente lo que hicieron y revele quiénes fueron los autores y dónde están los cuerpos de sus víctimas. Es necesario que sean procesados y condenados. Es necesario que las familias de las víctimas sean desagraviadas. Y el estado reconozca el terrible dolor causado a esas familias y se haga cargo. Es necesario que las fuerzas armadas limpien sus filas y hagan suya nuevamente la ideología constitucionalista que animó a los generales y otros militares de bien que Pinochet asesinó tan cobardemente. Quizá no la reconciliación el diálogo pierden sentido sin no hay verdad. Yo quiero verdad. Justicia. Y castigo.

En conclusión, definir pinochetismo atribuyéndole motivos políticos o ideológicos coherentes, es una imposibilidad epistemológica.

3 de abril de 2007
[mérici ]
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¿existe el pinochetismo?

columna de mérici
[Un bloguero de atina.cl llamó a definir el ‘pinochetismo' con el desafío de llegar a una definición que fuese aceptable para los pinochetistas. Es una tarea imposible].Los primeros puntos de la definición de ‘pinochetismo' [como movimiento político anticomunista] plantean muchas dificultades. Muchos, yo entre ellos, encontramos muy difícil considerar el pinochetismo como una postura política o a Pinochet como un líder realmente político. Sé que el general se proponía a sí mismo como alguien que luchó en el contexto de la Guerra Fría, pero yo considero esa postura estrafalaria y, en realidad, falsa. Por lo mismo, no entiendo qué quiere decir "derrotar al marxismo". Tampoco imagino qué se quiere decir con que "modernizó al país".
Explico enseguida. Ya en 1973, la Guerra Fría era un concepto más cinematográfico que real. Que algunos creyesen entonces que en Chile se corría el peligro de que los comunistas o marxistas se hicieran con el poder e implantasen lo que llamaban una dictadura del proletariado (vale decir, un sistema unipartidista avalado por una estructura de asambleas populares dedicado a la construcción del socialismo), debe ser considerado como una creencia o interesada o extravagante. Ciertamente, había grupos marxistas que perseguían estos objetivos. Pero no significa esto que estuviesen ni medianamente cerca de conseguirlo. Y hay grupos de extrema derecha que enfatizaban que Chile estaba a punto de caer en manos comunistas, y era igualmente falso.

Para resumir: el gobierno socialista de entonces, con el apoyo de otros partidos y de las fuerzas armadas constitucionalistas, promulgaron meses antes del golpe de estado una ley que permitió que los militares despojaran a la población de armas. Para septiembre de 1973, era obvio que en Chile no habría una guerra civil, por la simple razón de que no había armas en la población con la que desatarla. Es probable que justamente este hecho -que la población civil no tuviera armas- haya precipitado el golpe militar. Además, los partidos políticos del gobierno de entonces no aspiraban a implantar una dictadura popular, aunque sí había tendencias en esos partidos que aspiraban a ello.

Pinochet no derrotó al marxismo. Decir eso es como decir que Juanito derrotó al kantismo o al hegelianismo o al sofismo. Los ismos pertenecen al terreno de las ideas y estas no se derrotan matando a quienes creen en ellas. Esta es una suerte de lógica muy torcida. Objetivamente hablando, Pinochet no derrotó a nadie, sino que torturó y asesinó a muchas personas; suspendió las garantías constitucionales; cerró el parlamento; acabó con el sistema democrático; destruyó el sindicalismo y los derechos laborales; deshizo muchos de los logros conseguidos durante los gobiernos democráticos previos a la dictadura. Estos acontecimientos no se pueden resumir ni interpretar como derrota del marxismo. Y torturar y matar a los ‘marxistas' no me parece que sea defendible desde ningún punto de vista.
Creo que siempre se pudo, durante el régimen democrático, impedir o prevenir la violencia o los atentados terroristas y procesar a los acusados. Para ello no era necesario, obviamente, una dictadura. La inmensa mayoría de los actos de violencia de esa época fueron perpetrados por grupos de militares parias y de asociaciones falsamente políticas financiadas por la embajada norteamericana. (Estas acusaciones que hago, no son ni falsas ni demagógicas. La intervención de la embajada norteamericana, la cantidad de dinero pagada a los participantes, sus nombres, los actos terroristas específicos ordenados por la embajada norteamericana -como el asesinato del general Schneider- han sido ampliamente probadas tanto por investigaciones independientes como por la liberación de documentos previamente clasificados de los servicios secretos norteamericanos). Imagino que el golpe quería, entre otras cosas, liberar de las cárceles a los elementos de extrema derecha que ya habían sido capturados por las fuerzas de orden de la república.

En el contexto de esa época, en esa democracia, nuestras leyes determinaban que si eras fundadamente sospechoso de algún delito, podías ser procesado por tribunales y ser eventualmente condenado. No era un delito pensar que Hegel era idealista, por decirlo así. Ni era delito creer en Rousseau. Ni lo era defender el ideario social de la iglesia. Tampoco era delito defender la democracia.
Que la brutal represión del régimen militar hiciera todo lo posible por eliminar las huellas de los crímenes -mientras que un régimen dirigido por hombres correctos habría establecido tribunales, enjuiciado a los supuestos delincuentes, tomado declaraciones, deliberado, publicado las condenas, provisto de defensa a los acusados, etc.-, demuestra la mala fe y la cobardía que fueron siempre característica de los dirigentes del régimen militar. Sé que se defienden los militares diciendo que había guerra; pero todos sabemos que no la había. Para que haya una guerra no basta con que una de las supuestas partes declare que la hay. Es necesario demostrarlo. Habida cuenta del número de bajas y del bando al que pertenecían las víctimas durante las primeras semanas de la dictadura -vale decir, cientos de asesinados por los militares y apenas unas pocas víctimas de los aparatos represivos-, deja en claro que sería una infamia llamar guerra a eso, que fue la represión injustificada y abyecta de gente desarmada e inocente.

Atribuir la modernización al régimen pinochetista me parece grotesco. ¿Qué quiere decir? ¿Que Pinochet prometió a las clases ricas que eliminaría -como lo hizo- a los sindicalistas para que pudiesen explotar y robar impunemente a los pobres de Chile? Si hubiese habido una dictadura comunista (que, repito, es una infamia decir que corríamos ese peligro) y en esta se hubiese eliminado físicamente a los opositores y anulado, por ejemplo, la libertad de opinión, y el país se hubiese modernizado en el sentido de que los beneficios privados de las empresas se habrían invertido socialmente, ¿diríamos que esa dictadura ‘modernizó' al país? Alcanzar la ‘modernización' de ese modo es muy dudoso. ¿Y ha habido realmente modernización? A mí me parece que no.

El punto 4 ["Pinochet salvó a Chile"] supone que el ‘pinochetismo' fue patriótico. Yo creo que no. Al contrario, creo que un militar que acepta dinero de una potencia extranjera y ejecuta sus designios es justamente lo contrario de un patriota. (Entre 1970 y 1973, grupos de derecha y de delincuentes chilenos recibieron más de 14 millones de dólares para que provocaran el caos en el país. En 1973, Pinochet recibió 2 millones de dólares, lo mismo que Agustín Edwards, dueño del Mercurio; Patria y Libertad recibió 50 mil dólares, lo mismo que el grupo del general Viaux, por su participación en el asesinato del general Schneider).
La ley de seguridad interior del estado dice, en su inciso c, que cometen este delito contra la soberanía nacional "los que prestaren ayuda a una potencia extranjera con el fin de desconocer el principio de autodeterminación del pueblo chileno o de someterse al dominio político de dicha potencia". (Tanto Kissinger como Nixon y otros personeros de la época han dado amplias informaciones sobre el papel de Pinochet en el golpe de estado -que fue, antes que nada, una decisión norteamericana para la que la embajada norteamericana en Santiago buscó afanosamente militares que la llevaran a cabo).

Llego al punto 7 [el pinochetismo es una reacción contra las reformas a derechos fundamentales]. Qué duda cabe de que las clases ricas estaban indignadas por la serie de reformas introducidas por el gobierno de Salvador Allende, pero el caso es que la patria chilena votó por esas reformas, que la inmensa mayoría de los chilenos consideraba necesarias. No convenían a los ricos, es verdad. Cuando en julio y agosto de 1973 los agentes de la CIA en Chile informaron a sus superiores que el gobierno socialista venía planeando llamar a referendo y a la formación de un gobierno de unidad nacional y que era probable que el régimen socialista se mantuviese en pie hasta las elecciones de 1976, el gobierno norteamericano reaccionó instando a buscar y pagar a militares para dar un golpe de estado por temor a que la democracia cristiana de algún modo respetase o continuase con las reformas socialistas. Desde el principio estaba muy en claro que el régimen militar tenía como objetivo destruir la democracia y castigar a los chilenos por haber osado poner en peligro la preeminencia de las clases ricas. Los militares debían restaurar el orden.

El punto 9 es curioso [los antipinochetistas son de izquierdas]. Ciertamente, no corresponde a la verdad que toda la derecha chilena haya apoyado a Pinochet. Amplios sectores del entonces Partido Liberal -que luego se fusionaría para fundar el Partido Nacional- rechazaban las posturas antipatrióticas de los conservadores de la época, siendo algunos sectores liberales abiertamente partidarios de las reformas sociales, encabezados por el eminente historiador Feliú Cruz. Estas personas fueron igualmente perseguidas. Lo mismo fueron perseguidos numerosos oficiales militares, que nada tenían que ver ni con los partidos de izquierda y ni siquiera con los liberales, que bien pudieran ser llamados conservadores, y que se opusieron resueltamente al golpe militar, pagando muchos de ellos con su vida la defensa de la constitución chilena.

El punto 10 [había una situación de guerra]. El ‘estado de guerra' fue decretado por los militares, y obviamente esa caracterización de la situación social y política en el Chile de entonces es muy interesada. En la realidad, nunca hubo un estado de guerra. Las violaciones de los derechos humanos no fueron excesos excepcionales sino una política sistemática del régimen militar. Es necesario que esto quede en claro. Ha sido probado y demostrado cientos de veces por numerosas comisiones de investigación nacionales y extranjeras. La campaña de torturas de 1974 y 1975, en la que se torturó sistemáticamente a más de 150 mil chilenos, es un claro ejemplo de ello. Basándose aparentemente en una ‘táctica' de Stalin, las guarniciones militares recibían orden de detener y torturar a una cantidad de personas, las que debían ser dejadas en libertad, sin formulación de cargos ( a menos que fuesen buscadas o militantes de partidos de izquierda), a la mañana siguiente. Nunca importó al régimen la creencia que quería proyectar, que el cincuenta por ciento de esas personas fueran hasta ese momento partidarias del régimen militar. Y este mero hecho echa por tierra la idea de que la dictadura fuese una dictadura ideológica con algún credo político. (Lo que, ciertamente, no quita que haya sido la dictadura de una clase, que es esencialmente lo que fue).

Punto 12 [la exigencia de justicia es estrategia para provocar odio]. Chile, creo, necesita justicia y sin esta no habrá reconciliación posible. Los chilenos necesitan creer en que la justicia existe, que ha sido restaurada, y que no es una farsa que conviene a los ricos solamente. Chile quiere creer que la justicia conviene a todos. Pienso que si los militares fuesen patriotas y creyesen en Chile, aceptarían someterse a justicia. Algunos argumentan en defensa de los militares que muchos de ellos creían honestamente que estaban en guerra. Lo dudo, porque no había por ninguna parte ni indicios ni elementos que permitiesen creer que estábamos en guerra. Y creer que se está en guerra no justifica ni las torturas ni los asesinatos ni las desapariciones ni los robos. Por lo demás, la guerra tiene leyes. Y sabiendo que hay gente que las viola, es que tenemos un derecho internacional que legisla sobre las conductas correctas en los conflictos bélicos. Si hay militares que actuaron equivocadamente, ¿por qué no lo dicen, confiesan y colaboran con la justicia? ¿Será que realmente tienen miedo de ser encarcelados? ¿Tienen miedo a la justicia de su propia patria? ¿Qué tipo de nacionalismo sería este? ¿Por qué no cuentan lo qué pasó y por qué lo hicieron? ¿Por qué no revelan dónde dejaron los cuerpos de sus víctimas? El país no puede seguir adelante sin resolver estos problemas. Chile necesita esta catarsis moral. (Aunque temo que nunca confesarán, porque los crímenes que cometieron y el modo en que torturaron y mataron a hombres y mujeres inocentes e indefensos son tan viles y cobardes que su confesión equivaldría al suicidio, pues se mostrarían tal cual son ante Chile y ante el mundo: chacales).

Respuesta a la pregunta B, de si aceptamos la definición político-ideológica del pinochetismo, mi respuesta es no. Pinochet y esos atisbos de ideología no son diferentes al arsenal de memeces de las tradicionales dictaduras latinoamericanas, como la de Fulgencio Batista en Cuba, por ejemplo. Veo a Pinochet como a un militar arrastrado al que las clases ricas chilenas sedujeron con dinero y autoridad y la promesa de movilidad social a cambio de que las restaurase en el poder. Esos propósitos fueron ocultados bajo el lenguaje, que creían aparentemente más convincente o coherente, del anticomunismo. Al general no le interesó nunca la ideología. Creo que si hubiese sido un militar ideólogo, que actuó movido por la idea del bien de la patria, no habría dejado como legado el enriquecimiento ilícito, el robo de las arcas del fisco, el tráfico de armas, el cobro de comisiones y sobornos, el tráfico de cocaína, la fundación de financieras falsas dedicadas al robo y al asesinato. Ni habría dejado todas esas víctimas que todavía duelen a Chile y que nos penarán hasta el fin de los tiempos.
Veo a Pinochet y los militares que le apoyaron como profundamente antichilenos, antipopulares y anticatólicos -lo último porque violaron todos los principios católicos de solidaridad y justicia social y sometieron a los chilenos, especialmente a los más humildes, a persecuciones y tormentos que sólo pudieron ser inspirados en las cavidades más profundas y macabras del infierno. Por eso lo tipifico como enemigo de Chile, de Dios y del pueblo.
Mi definición enciclopédica de pinochetismo sería la siguiente: Movimiento militar reaccionario chileno, sustentado e inspirado por Estados Unidos, cuyos fines fueron la restauración en el poder de las clases ricas cuando fueron estas despojadas de sus privilegios por el gobierno reformista de Salvador Allende, presidente elegido democráticamente en 1970 y que fue derrocado violentamente en septiembre de 1973. Movimiento caudillista de restauración social dirigido por un grupo de militares a cambio de privilegios y prebendas.

Finalmente, Pablo, concluyo que el diálogo será prácticamente imposible. Yo creo que es legítimo ser de derechas y defender, por ejemplo, la propiedad privada, la empresa privada, el ánimo de ganancia, etc. Pienso igualmente que es completamente legítimo abogar por una sociedad basada en la propiedad colectiva. Pero rechazo como profundamente inmorales cosas como la tortura y el asesinato. Esto es inadmisible, cometa estos crímenes quien los cometa. Y han sus autores de ser llevados a justicia y juzgados. No acepto nada menos que esto como punto de partida para toda posibilidad de diálogo y reconciliación.

2 de abril de 2007
[mérici ]
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más sobre la marihuana


 columna de mérici

Gobierno debería decretar libertad inmediata para los miles de ciudadanos encarcelados por consumo y/o tráfico de marihuana.Lo que viene ocurriendo en torno a la marihuana y la seguidilla de detenciones de consumidores no se puede definir de otro modo que como una intolerable campaña de provocación y persecución, desatada por políticos y jueces y fiscales de los que lo menos que se puede decir es que son estúpidos y mal intencionados. Ahora el juez local de Coyhaique viene de decretar prisión preventiva para la socióloga y ex directora del Servicio Nacional del Menor en Aysén, tras acusarla de tráfico de drogas y cultivo de marihuana.
La acusación es, para decir lo menos, estúpida. O es el juez un ignorante -muchos jueces chilenos lo son-, un estúpido, o algo se guarda en la manga. ¿Querrá el imbécil dar un castigo ejemplar a la socióloga, Verónica Venegas? Porque en el allanamiento policial los funcionarios sólo encontraron marihuana suficiente para liar cuatro cuetes. Y nada más. Nada de plantas, por lo que acusarla de cultivo de marihuana es una redonda memez. En cuanto al tráfico, ¿pensará la disminuida mente del juez que la posesión de cuatro pitos equivale a tráfico? ¿Será, pensará la eminencia, que la socióloga vende papelillos de marihuana a ratones diminutos? La posesión de otros elementos -pipa, moledor y semillas- no constituyen delito. Sería como acusar a alguien de terrorista por tener en su biblioteca una biografía de bin Laden o una biografía de Carlos, el terrorista venezolano. Por lo demás, la posesión de marihuana en cantidades pequeñas no constituye delito.
Supongamos que este juez actúa de este modo a sabiendas de que la acusación y el proceso subsiguiente no llegará a ninguna parte y que la socióloga deberá ser absuelta, vale decir, que actúa conscientemente de que distorsiona el sentido y espíritu de la ley con el fin de destruir y humillar a la acusada, ¿no debería ser castigado? ¿Podrá la acusada acusarlo y hacerlo procesar legalmente, después? ¿O deberá tomarse la justicia en sus manos?

La persecución activa del consumo de marihuana -que, nuevamente, no es un delito- no deja de llamar la atención. Dejando por un momento de lado la siempre terrible constatación de lo hipócrita que es la cultura chilena, no deja de llamar la atención la simple y llana estupidez de los defensores de una legislación punitiva.
Se ha demostrado cientos de veces, en decenas y decenas de investigaciones científicas en todo el mundo que el consumo de marihuana es completamente inofensivo y que puede incluso ser beneficioso para el tratamiento de una serie de enfermedades, entre ellas el cáncer. Tanto es así que en algunos países europeos, como Holanda y España, los médicos pueden recetarla como medicamento. En Holanda hay plantaciones administradas por el estado para proveer a los pacientes que hacen sus adquisiciones en las farmacias, que están autorizadas para su venta. Y en Holanda, como ya sabrá todo el mundo, su consumo y venta es legal desde hace varias décadas y nada indica que por ello el país sufra algún descalabro. La situación de la marihuana -y en parte también de la cocaína- en Europa y Holanda en particular demuestra la insufrible idiotez de la clase política y judicial chilena, aperrada en sostener teorías llanamente brutas con motivos e intereses inconfesables.
Nadie muere por consumo de marihuana. Al contrario, prolonga la vida de quienes la utilizan como producto medicinal. En cambio, el consumo de alcohol -tan celebrado en Chile por su prensa y atávicas costumbres- ocasiona innumerables males y muertes y otra seguidilla de negativas consecuencias, todas ellas en el plano criminal, y sin embargo la clase política y su prensa celebran abiertamente su consumo. Y hasta se enorgullecen de ello cuando logran exportar algún alcohol nacional. Es francamente una realidad inverosímil y terriblemente bruta.

Otro aspecto que llama muchísimo la atención y que dice mucho sobre el nivel de la cultura política chilena es que la legislación contra la marihuana se aprobó con la mayoritaria desaprobación de la población, que se manifestó contra las leyes punitivas en innúmeras encuestas y sondeos de opinión las semanas y meses previos a su discusión en el parlamento chileno. Cierto, se defienden los políticos diciendo que las mayorías significativas y legítimas se conforman en las urnas, no en las encuestas. Pero este es un argumento pueril. Obviamente no se trata de legislar por medio de sondeos, pero una clase política responsable y respetuosa de la ciudadanía debería tomar en cuenta la voluntad ciudadana, independientemente de si se expresa esta en sondeo o en votaciones. La negativa disposición de la ciudadanía en cuanto a la ley antidrogas habría llevado a los políticos, en otros países más civilizados, al menos a posponer su discusión hasta el siguiente período de gobierno simplemente para no aprobar una ley tan abiertamente rechazada por la población y permitir que se realizasen las investigaciones pertinentes y un necesario debate formal . En Chile, sin embargo, la clase política -y menos aún sus elementos derechistas- no tiene respeto alguno por la voluntad ciudadana. Al contrario, mientras más se opone la ciudadanía a alguna ley, más rápidamente se aprueba y se implementa.
Para la clase política chilena, la ciudadanía es una suerte de ganado, al que hay que perseguir y acosar y zaherir y mantener encerrado en corrales. Lo que digan los ciudadanos no tiene para ellos la menor importancia. La clase política es un conjunto de familias entrelazadas entre sí por relaciones económicas y de parentesco empecinadas en mantener su poder sobre el resto de la ciudadanía. Entre la gente de esta clase reina la tesis de que el pueblo es incapaz de pensar por sí mismo, que la opinión popular es desdeñable y hasta ilegítima en su origen y naturaleza, pues sólo ha de ser considerada como válida si se expresa en el mismo sentido que sus superiores y rechazada y perseguida si pone en cuestión las decisiones de sus directores. La democracia chilena es así en gran parte una farsa. Es, valga la analogía, como ese señero señor presidente que de día perseguía a los homosexuales, y de noche se vestía de mujer y salía a bailar desnudo en las mesas de los prostíbulos de putos de la ciudad.
Pero, sigamos: ¿A qué intereses sirve la legislación punitiva en cuanto a las llamadas drogas ilegales? ¿A quién le sirve que se prohíba la marihuana? ¿Por qué se prohíbe la marihuana, pero no el alcohol, que según su propio rasero sí es realmente nocivo e infinitamente más dañino que la marihuana? ¿Por qué se persigue a anónimos usuarios en sus casas mientras se tolera a notorios, hasta famosos y mediáticos traficantes de cocaína que suministran a jueces, periodistas y políticos de la capital? Es realmente asombroso todo esto: Todos sabemos que hay políticos cocainómanos que condenan con saliva en la boca el consumo de marihuana. A nadie preocupa que esos políticos usen cocaína. Recuérdese que casi la mitad de los chilenos usan cocaína normalmente. ¿Por qué ese sospechoso fanatismo en la condena del uso de marihuana y en la aplicación de leyes estúpidas? ¿Es un mecanismo de proyección, de defensa? ¿Es algo parecido al síndrome del rey desnudo?

Es curioso lo que ocurre en Chile. Llama la atención la completa indefensión de los ciudadanos, perseguidos por sus políticos, jueces y policías en virtud de leyes que no debieron ser aprobadas nunca porque son profundamente ilegítimas. Son leyes que si las hubiesen sometido a referendo, como exigían muchos, habrían sido rotundamente rechazadas.
Y esta profunda ilegitimidad de estas leyes y de la acción de políticos y jueces y policías explica ciertamente por qué en las poblaciones -visitadas con más vehemencia obviamente, que los barrios donde viven ellos mismos- se resista incluso violentamente la acción policial, siempre brutal e injusta. Son las madres y padres que defienden a sus hijos, que a sus ojos no cometen delito alguno. Los que sí los cometen son los jueces y políticos, que azuzan a sus matones uniformados para destruir los escasos bienes y posesiones de las familias pobres y someterles a un sinnúmero de violentos tratos y humillaciones, encarcelándoles, encadenándoles, haciéndoles violar en las prisiones, destruyendo sus familias acusándolas de delitos definidos de manera estrafalaria e insensata.
Es sólo natural que el pueblo se defienda y castigue a su modo las acciones de una clase política y judicial profundamente indecente e ilegítima. Y una clase tan ajena a la cultura popular chilena, que pareciera ser simplemente una clase extranjera, un grupo de familias e individuos mal habidos y fuertemente armados que exigen al pueblo chileno la expresión de tributos incomprensibles y bestiales, como aplaudir a rabiar y elogiar las tenidas de los nuevos mandarines cuando estos se pasean desnudos, ceceando incoherencias y firmando leyes brutas, por las plazas del pueblo.

Si el nuevo gobierno socialista tuviese un gramo de respeto por la voluntad ciudadana y por los derechos del pueblo, debería ordenar la suspensión, de oficio, inmediata de toda persecución y acoso en la venta y consumo de marihuana, y el indulto y libertad inmediata para todos los miles de ciudadanos encarcelados tan estúpida como injustamente. Debería formar nuevamente una comisión de investigación sobre las llamadas drogas ilegales y legales, no para prohibirlas o fomentarlas (y no para legislar, pues el consumo o no de drogas pertenece al ámbito íntimo de las personas y no debe la ley, nunca, intervenir en ello), sino simplemente para diseñar estrategias de información, para advertir a los potenciales y existentes usuarios de drogas sobre los efectos de su consumo continuado.
Y, ciertamente, debería decretar la libertad incondicional e inmediata de la ciudadana Verónica Venegas.

17 de marzo de 2007
mérici

demonios con domicilio conocido


columna de mérici
Hace algunos días vi un programa de televisión sobre posesiones demoníacas. Me causó inquietud. Y las reflexiones que siguen.
Para empezar, creo que no tengo motivos para dudar de los dichos de los participantes en ese programa.
Lo que más me llama la atención, e inquieta, son las consecuencias cosmológicas, filosóficas y epistemológicas que deberíamos asumir si creyésemos cabalmente en los episodios de posesión demoníaca que conocemos. En un caso, el sacerdote dijo que él confirmaba la posesión (como distinta a una mera enfermedad mental) cuando el poseso se identificaba, vale decir, cuando el espíritu posesor se identificaba. En el caso que mencionó, una joven del campo de Argentina se había identificado como un demonio sobre cuya existencia y nombre es muy difícil que hubiese podido enterarse normalmente.
Ese demonio, como otros muchos, aparece consignado en una especie de enciclopedia de demonios. Se trata ahí, con nombre y otras características, de unos cuatro mil demonios, incluyendo su rango, importancia y hábitos peculiares. Yo tuve entre mis manos un libro semejante, pero con menos demonios, del siglo dieciocho o diecinueve. En ese entonces me pareció simplemente curioso y no saqué ninguna conclusión. Supongo que me pareció literatura.
También creo improbable que una persona no educada conozca a algunos de estos demonios y que conozca incluso detalles sobre ellos. El sacerdote en cuestión, experto en demonios pues era un cura exorcista, al oír la identificación del demonio, sabía de inmediato con quién tenía que vérselas y adoptaba consecuentemente su estrategia de exorcismo. "Ah, este demonio es capaz de hacer las contorsiones más inverosímiles", dijo el sacerdote. "Muy testarudo".
Son demonios con domicilio conocido.
Ciertamente no se trata de un solo caso. Yo mismo he oído o leído sobre varios casos en los que los posesos decían llamarse como demonios. Y es difícil imaginar cómo llegaron a esos nombres. No es imposible. Hace años conocí en Santiago a un satánico que conocía algunos nombres de demonios. Pero para saber esos nombres realmente hay que interesarse en la materia.
Aparte, estos demonios pueden, y suelen expresarse en lenguas antiguas, a veces en latín.
¿Pero qué quiere decir esto? ¿Querrá decir que existen esos demonios? ¿Y que querría decir que existen?
En los exorcismos, los sacerdotes se limitan en realidad a pedirle al demonio activo en ese momento que vuelva al infierno. Pues bien, ¿quiere decir esto que existe el infierno? ¿Que es un domicilio -no exactamente un lugar geográfico, pero sí una dimensión?
Es espeluznante pensar en la posibilidad de una existencia de este tipo. Y luego: ¿Cómo es que alguien -la iglesia en este caso- sabe de la existencia de esta dimensión y conoce los nombres de sus habitantes y otras características, conocimientos que guarda, transcribe y transmite a un grupo limitado de especialistas?
¿Querrá decir que los antiquísimos relatos sobre una lucha primordial entre ángeles y demonios ocurrió efectivamente? ¿Y que los buenos espíritus que acompañaron a la humanidad se encargaron de dejar en la Tierra ese conocimiento?
Si me negase a aceptar esta realidad, ¿cómo interpretar la posesión demoníaca?
Que un poseso diga llamarse como demonio y, con voz de ultratumba, que viene a vengarse de tal y tal, dichos y hechos todos que son confirmados por esos tratados sobre demonios, ¿no confirma la esencial verdad de esos libros? ¿Por qué debería yo omitir ese conocimiento? ¿Debería creer que son casualidades? Mejor: ¿Debería creer que son casualidades que se vienen repitiendo desde hace milenios por todo el planeta? ¿Debería creer que son casualidades que se repiten regularmente, anulando de paso su naturaleza de casualidades?
Si aceptásemos que la realidad es entonces diferente a la que creíamos conocer, vale decir, por ejemplo, que los demonios y el infierno existen, ¿cómo se reformarían nuestras cosmología y epistemología? ¿No deberíamos, por ejemplo, admitir nuevamente que el mal es una fuerza activa en la historia y que los demonios asumen apariencia humana para atacar a la humanidad? ¿Descubriremos alguna vez que Hitler, Pinochet, Stalin, bin Laden, Pol Pot y muchos otros, son en realidad demonios con apariencia humana, o humanos poseídos por demonios?
Si acepto las consecuencias de estas reflexiones, ¿influiría en mis ideas políticas o en mi acción política? Creo que no grandemente. El mal es reconocible. Lo envuelve una nube de odio e intolerancia. Pinochet y los suyos, en mi visión de las cosas, son claramente demonios y enemigos del pueblo de Dios. Aunque el mal suele encarnarse en ideologías derechistas, también se introduce en ideologías izquierdistas (como Stalin, los Kmer Rouge de Camboya y otros). Al mal no le interesan nuestras divisiones políticas. Se limita a utilizarlas para causarnos daño.
Tampoco significa esto necesariamente que toda la historia del hombre, y por doquier, esté dominada por la intervención del mal. Es posible incluso que el mal no esté siempre activo en la historia humana. En la historia de los hombres hay más que solamente demonios y ángeles. También hay intereses puramente humanos, codicias y luchas y otros factores y motivos menos o más nobles. La presencia del mal en la Tierra no agota pues la historia de la humanidad.
Pero, en concreto, imagino que reconocer la intervención del mal en la historia no implicaría cambios radicales en nuestras ideologías políticas. Si has luchado por las cosas que lucha la gente de bien, impulsado por los mismos motivos (justicia, tolerancia, piedad), seguirás luchando por ellas, con o sin demonios.

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corte interamericana condena a chile


columna de mérici
Tiene razón el senador chileno Jaime Naranjo cuando, a propósito de la reciente condena de Chile por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso del militante comunista Luis Almonacid asesinado en octubre de 1973, declara que lo que la gente esperaba era que Chile "fuera campeón en la sanción en temas de derechos humanos". Al homicidio de Luis Almonacid se aplicó la burda e ilegal ley de amnistía de 1978, mediante la cual el régimen de Pinochet intentó legalizar imposiblemente parte de sus crímenes y proteger a sus esbirros. La Corte Interamericana ha condenado a Chile por la aplicación de esa ley.
Llama la atención no solamente de los chilenos, que Chile no cuente todavía con una legislación propia en materia de derechos humanos y que descanse solamente en las obligaciones que impone la subscripción de tratados internacionales. En realidad es absurdo. El planeta esperaba más de Chile porque apoyó constantemente al país en su lucha por la recuperación de la democracia, de las libertades civiles y de la simple y llana decencia.
A este respecto, Chile ha causado una pésima impresión de falta de coraje moral, según el senador Guido Girardi. Ayer destacaba la presidente Bachelet que era ella el primer presidente en visitar el antiguo centro de torturas y exterminio del régimen de Pinochet, Villa Grimaldi, donde ella misma estuvo retenida cuando fue secuestrada, junto a su madre, por la policía del régimen. El dudoso y tenebroso presidente Lagos indultó al criminal impenitente que degolló al ciudadano Tucapel Jiménez. Desde que se reinstaurara la democracia, el país ha tenido presidentes que se han negado a recibir a las madres de los detenidos desaparecidos, y que han decretado una ley que impide conocer la identidad de los criminales y que por tanto obstaculiza la tarea de llevarlos a justicia. Esta última ley -también de Lagos- es en todo similar a la ley de amnistía de Pinochet, y persigue en todo caso el mismo fin. La ley misma es una violación evidente de los derechos humanos.
En otras palabras, Chile no solamente no se ha destacado en cuanto a enmendar el pasado, sino que en plena democracia ha permitido y dictado leyes que protegen a los criminales y que impiden llevarlos a justicia.
La ciudadanía espera que la presidente Bachelet inicie el camino de retorno a la dignidad. Dictar una ley de derechos humanos es una tarea que era urgente hace quince años. Y sigue siendo urgente.
Chile, el planeta y la gente de bien del mundo, necesita una ley de derechos humanos que sea radical e implacable en su aplicación. Ha de llevarse a justicia y castigarse con la mayor severidad imaginable a los violadores de los derechos humanos. Para facilitar este respeto a los derechos humanos han de formularse los medios para impedir la comisión de este tipo de delitos, autorizando y estimulando que personal subalterno de las fuerzas armadas y fuerzas de orden puedan y deban oponerse a las órdenes de oficiales superiores que impliquen violación de los derechos humanos de detenidos y otros ciudadanos. El personal subalterno debe resistir y oponerse a estas órdenes y debe neutralizar legalmente a los oficiales transgresores si persistieren estos en esas órdenes. Estos oficiales deben ser neutralizados incluso definitivamente si insistieran en la comisión de ese tipo de delitos (por ejemplo, si un oficial ordenase fusilar o torturar a un detenido, el personal subalterno y los soldados deben incluso recurrir a la eliminación física del oficial si no desiste de esas órdenes). Todo ciudadano, y especialmente los miembros de las fuerzas armadas y de orden deben velar por el respeto de los derechos humanos y el hecho de no intervenir para impedir la comisión de un delito de este tipo debe ser igualmente duramente castigado. Los subalternos y otros ciudadanos que impidan la comisión de violaciones a los derechos humanos han de ser protegidos y recompensados por el estado.
Chile debe impulsar una legislación que corresponda no simplemente a un natural anhelo de justicia sino además a nuevos principios en la vida política y moral del país. Nunca es justificable que las fuerzas armadas encargadas de velar por la seguridad de los ciudadanos se vuelquen como fieras contra ellos. El uso de la violencia contra los ciudadanos no es justificable nunca, en ninguna circunstancia, por ningún motivo. Quien recurra a esta violencia, esté donde esté en el espectro político, comete un acto ilegítimo que debe ser severamente castigado.
El principio de que un subalterno deba obedecer ciegamente y que sólo los superiores son responsables es falso y no tiene otro propósito que seguir permitiendo la comisión de esos delitos, protegiendo la ficción de que los subalternos no son responsables. Es un principio viciado que claramente pretende proteger las atribuciones de autoridad y que quiere legitimar la arbitrariedad en las decisiones de personas con poder. Las sociedades modernas y racionales, como pretende ser Chile y gran parte del mundo contemporáneo, deben deshacerse de estos principios anticuados y claramente incoherentes.
Los derechos humanos han de ser protegidos y defendidos con todos los medios al alcance. Su protección hace parte de la lucha sin cuartel contra el mal.
Chile tiene mucho que decir sobre esto. Y debe orientar al mundo en una nueva legislación acorde con los principios morales de esta época.
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el diablo en la historia


columna de mérici
Hace algunos días, en respuesta a una insólita declaración de las autoridades católicas de Argentina, de que llevar a tribunales a los militares implicados en violaciones de los derechos humanos era exacerbar o sembrar el odio en ese país, el presidente Kirchner dijo tres cosas sorprendentes: 1) que Dios era de todos; 2) que el Diablo estaba en todas partes; y 3) que el Diablo llevaba pantalones y sotana. Es evidente, creo, que quiso implicar que la iglesia católica o su jerarquía no tiene el monopolio de la interpretación de la presencia divina en la Tierra y que, como el bien, el mal también estaba presente en la historia y hoy en día y que, de hecho, se había también infiltrado no solamente en las fuerzas armadas y policía culpables de los más espantosos crímenes durante las dictaduras de ese país (el Diablo con pantalones, en el discurso del presidente) sino también en el seno de la jerarquía católica (el Diablo con sotana).
En estos días en Argentina se suceden hechos de suma gravedad. Ha desaparecido un importante testigo y se teme lo peor: que haya sido secuestrado y asesinado por individuos vinculados a los militares implicados en violaciones a los derechos humanos en ese país. Además, un deleznable grupo de argentinos se ha manifestado defendiendo los crímenes de las dictaduras y una de sus dirigentes, esposa de un militar en servicio activo, ha defendido incluso el asesinato de mujeres embarazadas para distribuir a sus hijos entre familiares de los militares asesinos. No creía que esto fuera posible, pero lo es. Esa gentuza infrahumana ha sido autorizada para manifestarse.
El presidente Kirchner deberá pues demostrar que es él y las instituciones legítimas de la república las que controlan el país y no las gárgolas fascistas que causaron la muerte de más de 30 mil ciudadanos argentinos. Las bestias antiguamente uniformadas han de ser llevadas a tribunales y encerradas antes de emprender su regreso al infierno.
Pues se eso se trata: que regresen al infierno.
De un tiempo acá asistimos a lo que creo es el nacimiento o renacimiento de una ideología política popular, todavía no expresada cabalmente, que funde o vuelve a fundir antiguos ideales de justicia social, bondad rousseauniana y piedad católica con el reconocimiento de la presencia del Mal en la historia, es decir, entre nosotros. Yo mismo he escrito sobre el tema, en una crónica de noviembre de 2004 (El Odio Como Factor en la Historia ). Según me parece, creo que este reconocimiento del Mal en la historia se produce después del largo período de crueles dictaduras fascistas y racistas en América del Sur y Central. Creo que este reconocimiento se deriva de la constatación de la extrema e inhumana crueldad e irracionalidad de la violencia autoritaria. Se deriva también de la constatación de que, esencialmente y en última instancia, esa violencia, ese odio y ese terror son injustificados, incomprensibles y a veces hasta alejados de los objetivos explícitos de algunos regímenes.
Según me parece, una característica del Mal demoníaco, en oposición o contraste con el mal humano, es su absoluta irracionalidad y arbitrariedad. Mientras el mal que causan los humanos tiene a menudo un objetivo que se puede comprender de algún modo (la codicia es muy habitual como motivo, por ejemplo), el mal demoníaco no tiene otro fin que causar el mal y el dolor de los humanos de manera arbitraria e incoherente. Y el Mal que viene del infierno no castiga ni se ataca solamente a sus opositores, el pueblo de Dios, sino incluso a sus propias huestes, pues necesita siempre sangre de que alimentarse. Ejemplos notables, obviamente, han sido la dictadura comunista en la Unión Soviética, el régimen comunista de los Kmer Rouge en Camboya, Hitler en Alemania, Franco en España, Idi Amin en Uganda, Pinochet en Chile, y, claro, los numerosos dictadores de Argentina.
En Chile, por ejemplo, Pinochet dio órdenes, en los primeros años de la dictadura, de detener y torturar sin motivo alguno ni explicación a cientos de miles de chilenos aprehendidos en las calles arbitrariamente. Los cuarteles policiales y militares recibían simplemente cuotas de personas a las que debían detener y torturar. (Algo similar ocurrió en la Rusia de Stalin). Los detenidos eran torturados y acusados de incoherencias, pero no se registraba su detención y eran dejados en libertad, normalmente, en la mañana. Si se considera que para entonces, según se calcula, un cuarenta por ciento de la población justificaba la intervención militar, eso quiere decir que Pinochet mandó a torturar a sus propios partidarios.
Bien, ese es un signo de que estamos frente al mal ontológico, al mal demoníaco, al mal que huele a azufre. Es un mal sin causa, sin origen, sin objetivo, sin punto. No quiere dar explicaciones, no quiere ser interrogado, cambia constantemente. Te mata por ser comunista lo mismo que por llamarte Pérez o vender maní. O por no llamarte Pérez. Es el Mal absoluto. Para ese Mal, los avatares de la historia son simplemente una excusa para ejercer su reino de terror.
Aquellos que se dejaron engañar, aquellos que no comprendieron la naturaleza del demonio, aquellos que quizás no se dieron cuenta de que estaban frente al Diablo, incluso accedieron a colaborar con el mal, como hicieron los demócrata-cristianos chilenos que cooperaron con la dictadura de Pinochet en los primeros años. La dictadura se volvió contra ellos al poco tiempo, y eliminó a su dirigente más importante, el ex presidente Eduardo Frei, y atacó e intentó eliminar a otros políticos de ese partido. Y muchos de ese partido siguen, sin embargo, defendiendo el pacto que sellaron entonces con el demonio que se volvió contra ellos.
El presidente Chávez es otro de los líderes políticos latinoamericanos que menciona frecuentemente al Diablo en sus discursos. Como Chávez, creo que el presidente Bush es un demonio (según las últimas leyes aprobadas por el congreso norteamericano, él determinará si los acusados de terrorismo, que puede ser cualquiera que se oponga a él, serán o no torturados, encarcelados o no, juzgados o no; el arbitrio absoluto que caracteriza, según creo, la presencia del Mal). Pero tengo dudas de que haya olido a azufre en Naciones Unidas el día que Chávez estuvo allá. No es lo crea imposible; simplemente tengo la impresión de que el presidente se fue de banda y quiso subrayar una verdad esencial: la humanidad se encuentra en peligro, y Bush es uno de sus enemigos. (Lo mismo que es bin Laden un enemigo de la humanidad. Lo mismo que el presidente de Corea del Norte, que es también un demonio. Y otros más).
La fragilidad de esta nueva ideología, ciertamente, es que no se puede probar la presencia del mal científicamente. Bush y Blair no tienen cara de gárgolas ni braman ni chillan ni hieden ni despiden humos sulfurosos, y sólo sabemos que son demonios por sus hechos: el asesinato masivo de decenas de miles de vidas inocentes. Pero a pesar de esta fragilidad, de la constatación de que tenemos que vernóslas con demonios, se deriva otra verdad, que es traducible en términos de acción política: siendo el Mal arbitrario e incoherente, dialogar o negociar con él es una idiotez, una pérdida de tiempo, un error que puede ser fatal para las fuerzas del Bien. Con el Mal no se negocia. Es lo que deben haber aprendido los que negociaron con la Bestia chilena, que terminó asesinando a su patriarca. Al Mal se ha combatir siempre, sin excusas ni claudicaciones. En todo lugar, y en todo momento.
Ejemplo de esto último es la alianza de la decencia política sellada por los partidos de la derecha e izquierda tradicionales en Francia y Bélgica de no aliarse ni negociar, nunca, por ningún motivo, con partidos o grupos de extrema derecha, ni gremialistas ni fascistas ni como se llamen o disfracen -los más reconocibles representantes del Mal en la Tierra hoy en día.
No pretendo sentar cátedra con estas reflexiones. El Mal es una materia de difícil interpretación. Y en la historia ha tendido a vestirse con las ropas de nuestros hombres más probos. De ahí esa manía de disfrazarse de curas y obispos, como en Argentina, cuya iglesia católica es una de las instituciones más despreciables y repugnantes que ha conocido el pueblo católico en América Latina. Un antro de fascistas y otros esperpentos venidos del infierno, esa iglesia ha defendido los crímenes más espeluznantes cometidos por los militares, ha justificado el secuestro y asesinato de incontables hombres y mujeres de bien e incluso ha defendido y protegido a demonios con sotana que participaron en secuestros, torturas y asesinatos con las bestias uniformadas.
Al Mal tampoco se le ha de perdonar. El Diablo no entiende de perdones. Para el Mal, el perdón es un signo de debilidad. La petición de piedad es un truco para seguir arremetiendo contra la humanidad y los pueblos de Dios. El Mal ha de ser reconocido y erradicado. Radical y definitivamente.
Pero aunque se oculta, porque es experto en decepciones y engaños, gracias a Dios hay hombres de bien, como los presidentes Chávez y Kirchner, que empiezan a reconocer la presencia del Mal en la Tierra.

¿por qué reciben a aznar?


columna de mérici
Llama la atención que el gobierno de Chile -su presidente, su ministro de Exteriores, el presidente del senado- reciba al ex primer ministro Aznar, de España. Senadores y diputados demócrata-cristianos incluso se dan de codazos para salir en las fotos con él. ¿Se han vuelto todos locos o no saben quién es Aznar? ¿O lo saben demasiado bien? Y todo esto ocurre a semanas de la bochornosa actuación de las autoridades cuando visitó el país el juez Baltasar Garzón, con el que Chile tiene una inmensa deuda de gratitud por su compromiso con su causa en defensa de los derechos humanos.
Aznar no ha hecho nada comparable. De hecho, se alió con los enemigos de Chile cuando participó en la trama para impedir que el ex dictador fuese extraditado a España en 1989 para ser juzgado allá por crímenes contra la humanidad por el juez Garzón.
Quienes no conozcan bien Chile han de recordar que la Democracia Cristiana, un partido de nefastos antecedentes históricos que nació como retoño de los antiguos fascistas chilenos y que conspiró con la jauría militar contra el gobierno de Allende, se oponía a que Pinochet fuese juzgado en España argumentando -con su presidente Eduardo Frei, el mismo presidente del senado que recibió al ex primer ministro español- que se violaba la soberanía del país y asegurando que el dictador sería juzgado en Chile. A esta farsa también se unió entonces el socialismo y los socialdemócratas chilenos -dirigidos por Lagos y el abyecto ministro Insulza.
Nadie creía en esta farsa. Y ciertamente las sospechas de los más pesimistas se cumplieron plenamente: hoy el ex dictador sigue en su casa relamiéndose con la rememoración de sus crímenes y disfrutando del dinero que robó de las arcas fiscales. Un hombre libre que, por repugnante que parezca, sigue gozando de la protección de las fuerzas armadas que piensan enterrarlo con honores cuando inicie su regreso definitivo al infierno.
Por otro lado, Aznar no solamente ha sido un político deleznable por su actuación con el pueblo chileno, sino además es una figura de todo punto de vista despreciable por su intervención en la guerra contra Iraq sobre la base de argumentos falsos y de la maquinación de evidencias por sus servicios secretos. Aznar es cómplice de la muerte de decenas de miles de civiles iraquíes. ¿Nadie recuerda su último argumento la noche del ataque contra Bagdad: que las empresas españolas recibirían contratos para la reconstrucción de Iraq por un valor de unos 800 millones de dólares? Sí, de esta calaña es Aznar.
Ciertamente, no es un personaje al que se deba recibir. No es un personaje con quien aparecer en la foto. Obviamente, es uno de esas figuras que las personas de bien normalmente evitan a todo precio. Su presencia contamina y rebaja.
Pero tal parece que la izquierda y la derecha han conspirado para abolir la decencia y hacer olvidar a la ciudadanía que Chile tuvo alguna vez, en el pasado ahora remoto, gentes de bien.
Los chilenos y los que fueron víctimas de la dictadura deben sentir las atenciones que brindan el gobierno y otras autoridades al señor Aznar como una puñalada. Otra puñalada más en la espalda de los familiares que perdieron a sus padres e hijos en las garras y fauces de las bestias uniformadas dirigidas por el demoníaco e infrahumano general. Y mientras las autoridades se recochinean con el dolor de las víctimas, reciben con honores y títulos a enemigos de Chile y a cómplices de horribles crímenes, a seres que como Aznar chorrean de la sangre de inocentes cuyas vidas sesgó por codicia y para complacer al innombrable que, según testimonio de Chávez, incluso huele a azufre.
Así que nuestra pregunta inicial tiene y no tiene respuesta. No se entiende que el gobierno reciba a Aznar, y no invite a Garzón. Es incoherente. Es el mundo al revés. Sólo se entiende si se suponen o atribuyen a las autoridades chilenas las peores intenciones. No lo entienden los que creían que la causa chilena era la causa contra la dictadura y los abusos y por los derechos humanos y los que creíamos que Bachelet iniciaría en Chile, en cuanto a estos temas, un retorno a la decencia.
¿Y por qué viene en estos momentos? Es verdad que una universidad gremialista (así se llaman los neofascistas en Chile) le otorgará un papel por su contribución a la ignominia y al mal y que su visita, por tanto, es privada. Pero qué coincidencia. ¿No será que trae un mensaje de su demonio mayor, el de Washington, para impedir que la presidente Bachelet opte por Chávez?

 

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baltasar garzón visita chile


columna de mérici
El juez español Baltasar Garzón forma parte indeleble de la historia de Chile y de su lucha por restablecer el respeto de los derechos humanos tras el macabro régimen del general derechista A. Pinochet. Aunque es su primera visita, fue siempre el anhelo de muchos chilenos que el juez pusiera finalmente pie en un país que le debe tanto. Que le debe tanto por lo que hizo en el pasado, enjuiciando al general homicida y tratando de juzgarle en España, y que le seguirá debiendo por los inquebrantables esfuerzos del juez por concluir, a pesar del tiempo transcurrido, los juicios iniciados y por imponer por el planeta una legislación universal y única tocante a los derechos humanos, una iniciativa de la que Chile no debería estar ausente. Ha sido justamente el régimen homicida de Pinochet y sus patrones el que ha dado un importante impulso a la lucha por imponer una legislación universal de salvaguarda de los derechos humanos. Para que nunca más queden impunes crímenes como los de Pinochet y su jauría. Crímenes como los de los Kmer Rouge. Como los Idi Amín Dada. Como los de Stalin. Como los de las dictaduras argentinas. Como los de los nazis.
Sin embargo, Garzón obviamente también tiene enemigos en Chile. Y no solamente entre gentes de derechas, como la senadora Matthei, si acaso una de las políticas más estúpidas del país. Es francamente idiota y no deja nunca de soltar alguna memez. Ahora amenaza con lanzar un huevo a la cabeza del juez. Su padre, un general cómplice de la Bestia, lanzaba otro tipo de proyectiles contra los que creía sus opositores. Balas. Su lamentable hija no pierde la costumbre de amenazar y apuntar a la cabeza, aunque el régimen democrático la obligue a cambiar de armas. La mema señorona debería, en verdad, ser procesada por insultar e incitar a la agresión contra este noble visitante de Chile.
Pero idiotas como estas no son los únicos enemigos del juez. Los hay también en círculos oficialistas, de aquellos que se opusieron al juez para defender al ex dictador, arguyendo que Garzón ponía en peligro la soberanía del país. Estas gentuzas, hoy en el gobierno, son también enemigas de Garzón. Curiosamente, son las mismas gentuzas que durante décadas -durante diecisiete años, para ser exactos- exigieron la intervención de la comunidad internacional para poner fin a la dictadura chilena. En 1998 descubrieron que Pinochet era un prócer de la patria. Y descubrieron que la soberanía era más importante que los derechos humanos.
Sin embargo, la visita de Garzón habría sido una gran oportunidad para agradecer los esfuerzos del juez reforzando su cruzada por la creación de un régimen universal en cuanto a las violaciones de los derechos humanos. Chile, a pesar de su crucial papel en esta problemática, ni siquiera cuenta con una legislación propia específica en cuanto a los derechos humanos y sus políticos parecen creer que basta con apelar a tratados internacionales suscritos por Chile, lo que es a todas luces insuficiente y hasta absurdo -absurdo porque en 1998 existían esos tratados y los políticos chilenos, de derechas e izquierdas, se opusieron a la aplicación de los mismos.
Chile podría hacer una contribución importante a esta cruzada planetaria por los derechos humanos. Las violaciones a esos derechos deben ser penalizadas explícitamente. Los soldados o funcionarios que reciban órdenes que contravienen claramente los derechos humanos debieran poder neutralizar -y ser recompensados por ello- a los oficiales que las emitan. Los subalternos que obedezcan órdenes de esta naturaleza deben ser procesados y castigados severamente. La no intervención ante casos patentes de violación de derechos humanos debe ser igualmente penalizada. Las penas deben ser severas, incluyendo si acaso la reintroducción de la pena de muerte -o su equivalente en la condena perpetua a firme- para violaciones graves de derechos humanos. La apología y defensa de violaciones a los derechos humanos debe ser penalizada y castigada severamente, incluyendo penas de prisión.
Una legislación específica, clara, contribuiría enormemente a la causa por los derechos humanos en el mundo. Sería la retribución de Chile, que contó durante tantos años con el apoyo y solidaridad del planeta.
La ciudad de La Serena hará su Hijo Ilustre al juez Garzón. Debiese ser Hijo Ilustre de Chile.
[viene de mérici ]