Blogia
mQh

literatura

premio trieste para omar lara


Es el primer chileno en obtener el Premio Trieste. Otro galardón internacional a su trayectoria celebra Omar Lara.
Concepción, Chile. El penquista Omar Lara se suma a la lista de hispanos como Miguel Barnet, Arturo Corcuera, Alvaro Mutis y Justo Jorge Padrón que ya han recibido el Premio Trieste.
Al parecer un periodo de buenos augurios está viviendo el poeta penquista Omar Lara. En abril obtuvo el primer lugar en el concurso de poesía ‘Fernando Santiván', hace poco fue el segundo chileno que recibió el Premio ‘Casa América' por su libro ‘Papeles de Harek Ayun', y ahora es galardonado nada menos que con el Premio Internacional Trieste, el cual le será entregado el 30 de noviembre próximo en la ciudad italiana del mismo nombre.
El premio incluye la escultura de un prestigioso artista italiano, el derecho a publicar una antología poética en italiano, traducida por el autor Gaetano Longo, y la suma de 1.200 euros.

A Italia los Pasajes
El escritor está contento con la noticia. "Es un honor ser el primer chileno en recibir este reconocimiento, por el prestigio que tiene y por la calidad de los poetas a los cuales se le ha entregado antes", expresó.
Agregó que es un obsequio de los colegas y compañeros de oficio. "Sin duda, es un estimulo para los afanes que vienen, además significa que no hemos arado en el mar", reveló el flamante escritor.
"Pese a que hay un comité que recaba información y datos de diversas zonas del mundo, aún ignoro las razones de mi elección. Sólo tengo claro que es un reconocimiento a la trayectoria", aclaró el literato.
Además Lara indicó que en la ceremonia de entrega participarán renombrados poetas italianos, algunos diplomáticos y organizaciones culturales.
Cabe señalar que entre los hispanos ganadores del Premio Trieste figuran el cubano Miguel Barnet (2005), el poeta peruano Arturo Corcuera (2003) quien recientemente estuvo en Concepción, el colombiano, Álvaro Mutis (2000) y el español, Justo Jorge Padrón (1999), entre otros.

Sus Libros y la Poesía del Adulto Mayor
El penquista reveló que este año verán la luz varias de sus obras tanto en Chile como en el extranjero.
"En España la editorial Visor publicará ‘Papeles de Harek Ayun', premiado en mayo por ‘Casa América'. A raíz del Premio, Trieste, en noviembre saldrá la antología en Italia y dos libros en México y Perú.
Otro de sus anhelos es concretar la edición corregida y aumentada de ‘Voces de Portocaliu' y una edición crítica de su primer libro ‘Argumento del día'. También está trabajando en un texto para niños y en los borradores del proyecto titulado ‘Cartas desde Drumul Taberei'.
En cuanto a las actividades del Centro Cultural Trilce, que dirige, anunció el primer concurso de poesía Luisa Herrera para el adulto mayor de la VIII región. "Se recibirán creaciones inéditas, mínimo de 40 versos y máximo de 100, escritas a máquina con los datos personales, adjuntado en un sobre cerrado, indicando en el exterior el título y el seudónimo", explicó.
El plazo de entrega vence el 20 de octubre y el 15 de noviembre se darán a conocer los ganadores: el primer lugar recibirá $250.000, el segundo $150.000 y el tercero $100.000. "Estas obras serán publicadas en un libro o en la revista del Centro Trilce", recalcó Lara.

14 de agosto de 2007
©el sur
rss


murió roberto fontanarrosa


Dibujante y humorista argentino, creador de Inodoro Pereyra. A los 62.
"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: Me cagué de risa con tu libro". Así se definía Roberto Fontanarrosa, el escritor y humorista argentino que murió hoy producto de un paro cardíaco, tras años de sufrir de una rara enfermedad neurológica y degenerativa.
El también dibujante, de 62 años, era uno de los escritores más populares y queridos de Argentina y entre sus creaciones se contaban personajes como ‘Inodoro Pereyra' y ‘Boogie el aceitoso'.
Entre sus obras tiene cuentos inolvidables como ‘El mundo ha vivido equivocado', ‘Palabras iniciales' y ‘19 de diciembre de 1971', entre otros.
Apasionado del fútbol y del ‘club de sus amores', Rosario Central, fue uno de los precursores en unir la literatura y el fútbol con relatos memorables sobre ese deporte.
Algunos de sus títulos más recordados son los libros de cuentos ‘El mundo ha vivido equivocado', ‘Los trenes matan a los autos' y ‘La mesa de los galanes'. Escribió también tres novelas, ‘Bestseller', ‘El área 18' y ‘La Gansada'.
El ‘Negro', como se lo conocía popularmente, también colaboró con el grupo de teatro argentino Les Luthiers en sus libretos y sus relatos fueron llevados al teatro por diferentes directores y compañías.
Desde 2006, Fontanarrosa se movilizaba en una silla de ruedas, debido a su enfermedad degenerativa, y el 26 de abril de ese año, el Senado de Argentina le entregó la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento, en reconocimiento a su vasta trayectoria y aportes a la cultura argentina.
El 18 de enero de 2007 anunció que dejaría de dibujar sus historietas, debido a que había perdido el completo control de su mano derecha a causa de la enfermedad, y si bien aportaba los textos, los dibujos eran realizados por Crist, colega y amigo suyo.
Una de sus últimas presentaciones fue cuando el club colocó en su camiseta un dibujo suyo, en reconocimiento a su pasión ‘canalla'.

http://www.negrofontanarrosa.com

19 de julio de 2007
©la tercera
rss


murió kathleen woodiwiss


[Mary Rourke] Considerada la pionera de la novela ‘histórica erótica'. A los 68.
Murió Kathleen E. Woodiwiss, conocida como la madre de la moderna novela romántica por libros como ‘La llama y la flor' [The Flame and the Flower] y ‘Para siempre en tus brazos' [Forever in Your Embrace], que contribuyeron a redefinir el género de la narrativa romántica. Tenía 68 años.
Woodiwiss, cuyas primeras doce novelas vendieron más de treinta millones de ejemplares, murió el 6 de julio en un hospital cerca de su casa en Princeton, Minnesota, anunció su editor, Avon Books, en su página web. Murió de cáncer.
Su último libro, ‘Everlasting', será publicado en el otoño.
"Kathleen Woodiwiss fue la primera escritora en escribir novelas derechamente románticas " en las que "la trama es el compromiso entre un hombre y una mujer", dijo Carrie Feron, directora editorial de Avon Books, en una entrevista con el Times esta semana.
Antes de que Woodiwiss publicara su primera novela ‘La llama y la flor' en 1972, la ficción romántica se envolvía en historias de suspense o góticas. La parte romántica era considerada recatada y sugerente, y los libros eran relativamente breves.
Al desarrollar esta nueva categoría, Woodiwiss produjo tramas más complejas con relaciones algo más polémicas. Sus historias se alargaban durante quinientas páginas antes de llegar a un final feliz.
"Los libros de Kathleen se centran en la relación entre una heroína y un héroe", dijo Nicole Kennedy, portavoz de Escritores de Novelas Románticas de Estados Unidos [Romance Writers of America], en una entrevista con Times. "Cuando llegó Kathleen, no existía nada parecido".
Varios de los títulos de Woodiwiss, incluyendo ‘Cenizas al viento' [Ashes in the Wind] (1979), llegaron a estar en los primeros lugares de la lista de éxitos de venta del New York Times.
Ambientaba sus dramas en la Inglaterra medieval, durante la época colonial en Estados Unidos y otros escenarios familiares y escribía escenas de sexo con tantos detalles que se hizo conocida como una pionera de la novela ‘histórica erótica'. Ello no apreciaba la definición.
"Me siento insultada cuando dicen que mis libros son eróticos", dijo Woodiwiss en una entrevista de 1978 con la revista Cosmopolitan. "Escribo novelas de amor, con un poco de pimienta".
Una de las heroínas típicas de Woodiwiss, Erienne Fleming, es guapa, buena y aventurera. Es el personaje principal en ‘Una rosa en invierno' [A Rose in Winter] (1982), de la que se publicaron fragmentos en la revista Good Housekeeping.
En una escena Erienne espera en casa para recibir a "todavía otro pretendiente inoportuno" mientras se agitaba arriba "un turbio caos de negros nubarrones", escribió Woodiwiss.
Finalmente, Erienne conoce a un hombre que encuentra irresistible, el elegante Christopher Seton. No pierden el tiempo en conocerse.
"Al instante siguiente, sus labios recorrían ávidamente los suyos, despertando sensaciones que amenazaban con perderla", escribió Woodiwiss.
Un matrimonio convenido con Lord Saxton, que lleva siempre una máscara, funciona perfectamente bien para Erienne hasta que Seton vuelve a entrar en su vida. Entonces, debe elegir.
"Estos libros son cuentos de hadas', dijo Woodiwiss en una entrevista de 1983 con la revista People. "Son un escape para el lector, como una película de Errol Flynn".

Nacida como Kahtleen Erin Hogg el 3 de junio de 1939 en Alexandria, Louisiana, fue la menor de ocho hermanos. A los dieciséis conoció en un baile a Ross Woodiwiss, teniente segundo de la Fuerza Aérea. Se fugó con él al año siguiente.
La pareja tuvo tres hijos. Woodiwiss empezó a escribir novelas cuando criaba a sus hijos en casa. "Siempre había platos que poner en el lavavajillas", dijo en una entrevista de 1979 con el New York Times.
Después de vivir en Japón y Kansas, Woodiwiss y su familia se instalaron en una granja de cien acres llamada Tanglewood Manor en Princeton, Minnesota. Le sobreviven sus hijos Sean y Heath, y numerosos nietos. Su hijo Dorren murió el mes pasado. Ross Woodiwiss murió en 1996.
"Nunca quise darle ningún mensaje a nadie", dijo Woodiwiss sobre sus novelas en una entrevista reciente que fue subida a su página web. "Mi único deseo fue siempre entretener a los lectores".

mary.rourke@latimes.com

16 de julio de 2007
13 de julio de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
rss


ricardo piglia en chile


[Javier García] Leer o morir. Ricardo Piglia prepara novela ‘Blanco nocturno'.
Estará en Chile toda la semana y dará dos conferencias. Una, sobre cine, y otra: ‘El escritor como lector', para inaugurar la Cátedra Roberto Bolaño. Desde una pieza a media luz recuerda la ‘Enciclopedia Biográfica de Traductores', que le propuso hacer al detective salvaje y habla del boom de la novela histórica.
Se pasea por la cocina, llega al dormitorio y se sienta frente al computador. Una serie de personas vivas y otras quizá desconocidas deambularán en un diálogo parecido a la noche oscura.
Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Hace más de 20 años escribió la novela ‘Respiración artificial', donde una serie de voces arropan la soledad del lector, ante una historia que va sudando lágrimas de desaparecidos, de apátridas, de personas que se enviarán cartas, y hablarán solos en una década podrida por las botas militares.
Ricardo Piglia nunca se separa de las voces que lo acompañan desde hace varias décadas, en sus viajes de profesor universitario en Estados Unidos o en una presentación de libro en España. Sarmiento, Macedonio Fernández, Arlt y Borges se sientan a su lado.
El autor de ‘El último lector', llega esta semana a Chile para dar una conferencia el jueves titulada ‘La novela negra y el cine' en la Universidad Católica. Mientras que el día miércoles dará otra titulada ‘El escritor como lector', y así inaugurar la Cátedra Roberto Bolaño, que impartirá la Universidad Diego Portales. Desde su computador responde: "Uno escribe porque antes leyó. Y además, escribir cambia el modo de leer. ¿Qué clase de cambio es este? Espero acercarme a esa cuestión en la conferencia".
Y de Bolaño comenta: "Nos vimos algunas veces y siempre fue divertido. Tuvimos varios amigos comunes y también tuvimos en común muchos libros, o en todo caso, la admiración por muchos libros y autores. Por ejemplo, nuestro entusiasmo sin cuartel por Nicanor Parra y Witold Gombrowicz".

La Ilusión Secreta
Incluso el diario El País, de España, publicó en marzo de 2003, el diálogo ‘Extranjeros del Cono Sur', una conversación electrónica sobre literatura. Ahí Piglia le propone a Bolaño hacer una ‘Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales'. Bolaño le recuerda las traducciones de Pitol.
Y ahora Piglia recuerda a "la maravillosa Constance Garnett (quien tradujo todo Tolstoy, todo Dostoievski y todo Chejov). Incluiría también a Enrique Pezzoni y a Cesare Pavese que tradujeron -cada uno a su manera- ‘Moby Dick', a Wilcock que tradujo a Kafka mejor que nadie, y desde luego a Virgilio Piñera y a toda la barra que acompañó a Gombrowicz en la traducción de ‘Ferdydurke'".
Piglia cree que no necesariamente el traductor de una obra tiene que ser un escritor para lograr un buen resultado. "Admiro mucho, por ejemplo, las traducciones del ruso al inglés de Constance Garnett (las prefiero a las de Nabokov). En realidad hasta el traductor más oscuro y comercial es una suerte de escritor secreto, aunque nunca publique libros propios (o tal vez por eso)".
El autor de ‘Plata quemada' -Premio Planeta- expresa como una ilusión secreta "Vivir en una lengua y escribir en otra, esa es la ilusión". A Piglia no le importa, que en la actualidad pululen las novelas históricas, ya sea como un fenómeno o una moda editorial. "Siempre se han escrito novelas históricas. Después de todo ‘La guerra y la paz' es una novela histórica (¿Y la ‘Iliada'?). Ahora, como sucede con los géneros, a veces se ponen de moda; desde luego abundan las novelas histórica pésimas, pesadas, pretenciosas, prescindibles. Las novelas históricas que no pasan a la historia".

Zurita y Piropos a Parra
El narrador argentino que ha llevado al cine con sus guiones relatos de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Silvina Ocampo, dice que lo más parecido a la patria que conoce es "la calle Bynon en Adrogué, donde nací y pasé mi infancia. Una sinécdoque. En una casa de esa calle había nacido mi madre, así que el costado freudiano de la noción de patria también está presente".
Piglia lee vorazmente, prosa y poesía. "Siempre estoy leyendo a los poetas. Me gustan mucho también los ensayos que escriben, por ejemplo, en estos días estoy leyendo un ensayo muy bueno de Raúl Zurita, sobre los poemas muertos". Y a su vez que se acerca a la pantalla, Piglia recuerda cuando iba a escribir el prólogo para las ‘Obras completas & algo †', de Parra, pero compromisos de antemano impidieron su inclusión. Y le preguntamos que le dicen estos versos del antipoeta: "Ya que no hablamos para ser escuchados/ Sino que para que los demás hablen/ Y el eco es anterior a las voces que lo producen". Piglia responde: "Admiración. Dice lo que uno trata sin saberlo decir. O mejor, dice lo que uno todavía no ha podido pensar. Los pensamientos todavía no pensados de cada lector".
Y antes que anochezca, Piglia señala sobre la literatura de hoy en Latinoamérica. "Estoy seguro que se ha producido una renovación. Tenemos una gran tradición y por lo tanto estamos abiertos a la experimentación y al cambio. Quiero decir, porque tenemos una gran tradición, no estamos obligados a ser latinoamericanos profesionales".
Previo a terminar Ricardo Piglia cuenta en qué está su vida junto a Emilio Renzi. Personaje que lo acompaña desde hace años como parte de sus libros.
"Estoy trabajando en una novela, en la que doy vueltas desde hace años. Se llama ‘Blanco nocturno' y está narrada por Renzi", relata el autor, que con calma se toma el tiempo porque hay que volver a la calle Bynon en Adrogué.

1 de julio de 2007
©la nación
rss


policial escrito en argentino


[Guillermo Saccomanno] Vuelve el ex comisario Lascano. Promete ser un best-seller.
Vuelve el ex comisario Lascano. Esta vez su investigación no se adentra en la tenebrosa realidad de la dictadura (‘La aguja en el pajar', 2005), sino en sus invisibles ramificaciones durante los primeros años de democracia. Y ya promete una tercera entrega de esta saga que roba el policial del laboratorio literario para devolverlo al best-seller argentino.
¿Qué quiere decir Alejandra Pizarnik cuando escribe: "Mañana/la carta desconocida/encontrará las manos del alma"? ¿Qué quiere decir Ernesto Mallo (1948), cabe preguntarse, cuando invoca a la poeta suicida en el acápite de ‘Delincuente argentino'? Boutade o provocación, lo que insinúa Mallo es que conviene desconfiar de las reglas fijas de un género. ¿Acaso la violencia de un poema no puede conectarse con la violencia de una narrativa y ambos, a su vez, conectarse con la violencia política? ‘Delincuente argentino', más allá del hallazgo de su título seductor (que promete y cumple una radiografía del hampa institucionalizado) es algo más que una novela policial: una manera de narrar lo social que mucha novela local contemporánea (la psicológica, la social, la vanguardista) pareciera congelar en tics: se trate de una poética kitchosa, cumbiera o tecno/web. ‘Delincuente argentino' pertenece a un género que venía en desuso: el policial. Y en su rescate, Mallo lo cuestiona al preguntarse cómo narrar hoy lo social, una corrupción que los medios informan pero no narran. No es poco desafío escribir una policial despegando de la crónica en una época donde la ficción suele zozobrar ante la contundencia de lo testimonial.
‘Delincuente argentino' arranca con una escena de amor: la despedida del Topo Miranda, un delincuente que sale en libertad, de Andrés, su valerio en los años que tuvo de condena. Convendría tener en cuenta para un análisis más pormenorizado de cómo circula el deseo masculino en la narración. Costado de Miranda: al salir en libertad deberá encontrarse con Fernando, su hijo homosexual. Y habría entonces que reparar que la historia de amor central que atraviesa el relato no es tanto la del Perro Lascano, el ex comisario de la Federal que se empecina en la búsqueda de Eva, la militante del ERP de la que se enamoró durante la dictadura, como la relación que establece con su Miranda, su fugitivo. Porque en la rivalidad y la simetría que encarnan el Perro Lascano y el Topo Miranda subyace, especular, una relación de admiración recíproca, en sus idas y vueltas, que no puede traducirse sino como amor viril. En la trama de ‘Delincuente argentino' hay más: el robo de dinero negro de un banco, comisarios entreverados al negocio de la droga, un mayor del Ejército que se robó un bebé en la dictadura, una serie interminable de ingredientes fuertes que vuelven atrapante la novela. Determinadas referencias como el chupadero Coti Martínez no son meros datos de color, pinceladas para entenebrecer una historia negra.
Pero hay otra manera de leer ‘Delincuente argentino'. Y es enfocarla como una pieza que problematiza el género. Y lo problematiza, en particular, en nuestro país, donde la construcción de un héroe que viene de la policía inevitablemente empuja a la asociación con la mano de obra desocupada. Enfrentando esta dificultad, Mallo asomó brillante al género desde ‘La aguja en el pajar' (2005), donde al presentar a Lascano, se metía en los entresijos de la dictadura. ‘Delincuente argentino' es otra aventura de Lascano. No es un puro, es un ex cana, se sabe. Tiene sus códigos, pero también un pathos. Si en La aguja... Lascano investigaba bajo el terrorismo de Estado y la plata dulce, ahora deberá atrapar a Miranda en los primeros tiempos de la democracia. El terror no quedó atrás y salpica con sangre. Pero lo que interesa a Mallo es la problematización. A preguntarse: ¿en qué lengua escribe Mallo? El chamuyo lunfa, el carcelario no le son ajenos. Pero lejos de la intención verista, los diálogos emblocados y en bastardilla aspiran a una retorización de novela moderna. Pero la innovación del género en Mallo no viene tanto por acá como por asumir que una novela de género policial (que en alguna época fue popular y tuvo su prestigio, ahora de culto), debe diferenciarse del español de las traducciones bestsellerescas. No se trata sólo de salirse del "tú". También de anclar un habla, una escritura, afirmar su identidad, que no es poco mérito. En este aspecto, con la vuelta del Perro Lascano (y la auspiciosa e inminente entrega de una tercera novela que continuará la saga), en Mallo se revela la conciencia del tema y las variaciones como obsesión de estilo.
Con respecto a la escritura de Mallo Ana María Shua ha señalado con justeza: "Este hombre sabe. Sabe de armas, sabe de pizzerías, sabe de mujeres, sabe de cadáveres, sabe de autos, sabe cómo funciona una comisaría, sabe cómo funciona una máquina de hacer café y cómo funciona (o no) un asalto. Pero sobre todo, sabe contar. En la más rigurosa y perfecta tradición de la novela negra, develando, al mismo tiempo, la esencia destilada de la argentinidad, nos regala este libro para leer sin parar y sin aliento". Porque, siguiendo a Shua, puede comprobarse que Mallo no se conforma con el saber de la experiencia vital. Tiene también otro, de oído y de voz, quizá lo más arduo de conseguir para un escritor: una voz que dentro de las reglas de un género, al violarlas, se instaura como marca.

Libro reseñado
Delincuente argentino
Ernesto Mallo
Planeta
198 páginas

1 de julio de 2007
©página 12
rss

sobre la muerte de artemio cruz


[Héctor Aguilar Camín] Vigor literario más que un fresco de crítica histórica.
Como muchos otros mexicanos de mi generación, yo empecé a leer a Fuentes a principios de los años '60 con un fervor adolescente, iniciático. Quizá no exagere si hablo en plural y digo que nos deslumbraba de Fuentes no sólo la audacia pirotécnica y feliz de su prosa sino también el personaje imantado que emitía aquellas luces y gritaba a los cuatro vientos: "Soy escritor y no hay nada mejor en la vida que serlo". Antes que ningún otro en México, antes que Octavio Paz o Juan Rulfo, Alfonso Reyes o José Revueltas, Carlos Fuentes fue la encarnación genuina de un escritor profesional en el doble sentido del término: su único trabajo era escribir y no requería sino de sus escritos y de su condición de escritor para sobrevivir. En realidad, para vivir sobrado: mejor y más libremente que sus parias pares.
Los escritores mexicanos de entonces combinaban todo tipo de oficios subsidiarios y escribían todo tipo de textos alimentarios y artículos de primera necesidad, como bautizó Luis Cardoza y Aragón a todo lo que se escribe para comer antes que para honrar la vocación. Se enganchaban a la ilusión de holganza del oficio diplomático, fatigaban las redacciones de los periódicos, cumplían asesorías gramaticales en altas y bajas esferas políticas o marchitaban el escritorio en sucesivas redes burocráticas y escolares, náufragos todos de un medio cultural raquítico, donde había tantos autores como lectores y donde agotar ediciones de 2 mil ejemplares en cuatro años podía celebrarse como una hazaña de ventas y de aceptación del público.
Durante la década del '60, de ‘La muerte de Artemio Cruz' a ‘Cambio de piel', pasando por ‘Cantar de ciegos', ‘Cumpleaños, la crónica del Mayo francés' y ‘La nueva novela hispanoamericana', Carlos Fuentes fue para mí el escritor por excelencia, una vocación asumida cuyo ejercicio indeclinable había sido premiado con el éxito. Algo más, y más preciado también: Fuentes era en esos años uno de los pocos escritores mexicanos en verdad independiente de las sujeciones económicas y mentales de su medio. Desafiaba nuestro provincianismo con una solvencia cosmopolita y una flagrancia sardónica que irritaban tanto como atraían, porque daban rienda suelta a uno de los artistas menos reconocidos de los muchos que confluyen en Fuentes: el caricaturista feroz, dipsómano del kitsch y el esperpento.
A principios de los '80, instigado por el cineasta Paul Leduc, hurgué por primera vez con ojo profesional en un texto literario de Carlos Fuentes. Leduc se empeñó en llevar al cine ‘La cabeza de la hidra', una novela de apariencia realista, con todos los elementos del cine negro, ubicada en el México petrolero. Leduc me pidió que lo ayudara en la escritura del guión, y yo acepté. Sobre el resultado de esta aventura conviene guardar un piadoso silencio. Baste decir que nos proponíamos una tarea imposible: convertir en un thriller tipo ‘El halcón maltés' lo que en realidad era un risueño juguete literario, reacio al realismo pese a su apariencia policial, construido por dentro mediante locos juegos de espejos, citas cultas, alusiones y parodias, más que por los rigores convencionales de una novela del género negro. Desarmando aquella caja de convenciones literarias, alusiones y enigmas autorreferenciales, entendí hasta qué punto la obra de Fuentes, aun la más inocente y fácil en apariencia, es un palimpsesto de símbolos, significados y discursos dispares, cruzados por la libertad inusitada de un escritor que experimenta y juega sin parar: una cabeza bullente, henchida por igual del mundo y de las letras, de la historia y de la literatura, lo mismo que del comic, el cine, la moda, la música popular y, en general, el vasto utillaje de la sociedad de consumo. Conviven en su obra Balzac y Joyce, Nefertiti y Jean Harlow, Francisco de Goya y Dick Tracy, Benito Juárez y Tongolele.
Empecé entonces, a través de nuestro fallido guión, a recuperar a Fuentes. En parte por que él también readquirió una dimensión humana con las novelas que siguieron a la infinita ‘Terra nostra'. En primer lugar, ‘Una familia lejana', novela habitable, elegante, suave; en segundo lugar, sobre todo, ‘Cristóbal Nonato', su nueva suma esperpéntica, violenta y divertida como un largo comic negro, desmesurado y gozoso en medio de su tranco apocalíptico. Luego, en una feliz sucesión, vinieron ‘Gringo viejo', cuya anécdota central no podía ser más inspirada y literaria: Ambrose Bierce decide suicidarse yéndose al México revolucionario a ser simplemente lo que es, un gringo viejo ("Ah, eso es eutanasia"); la excelente colección de ‘Constancia y otras novelas para vírgenes', que recoge algunas de las mejores cosas que ha escrito Fuentes, y la extraordinaria novela histórica ‘La campaña', que confirmó para mí el regreso de Fuentes al llano arte de narrar, o por lo menos al arte de cautivar a sus lectores con el vigor narrativo de una obra que se expande en todas direcciones.
Refiero mi experiencia personal como lector de Fuentes porque creo que algo de eso, y mucho más, le pasó a toda una generación de lectores de Fuentes en México, a través de las últimas décadas. Primero, deslumbramiento por el escritor y fascinación por el personaje; luego distanciamiento por la dificultad mayor de obras como ‘Terra nostra', y a partir de los años '80 y '90, un reencuentro que se antoja definitivo. Faltaría en ese itinerario sólo una estación paralela que no ha dejado de acompañar a Fuentes en su país, eso que un joven crítico llamó la querella familiar de la cultura mexicana con Carlos Fuentes y que no es en realidad sino el reverso díscolo de su éxito.
Si la envidia es tristeza del bien ajeno, ¿cómo llamar a la rabieta por el bien ajeno? Esa es la pasión mexicana que ha acompañado a Fuentes desde 1958, en que publicó ‘La región más transparente' y que ha llegado a reprocharle sucesivamente que se vistiera bien, que hablara inglés, que no escribiera como Juan Rulfo, que no militara políticamente como José Revueltas, que fuera un promotor tan descarado de la novela latinoamericana, que sólo recibiera buenas críticas en el extranjero y ninguna en México, que le hubiera dedicado un libro a Shirley MacLaine, que exhibiera su desprecio por México al no vivir ahí, que no fuera suficientemente mexicano por haber nacido en Panamá y estudiado de niño en Estados Unidos.
‘La muerte de Artemio Cruz' fue una de las novelas que, al menos en México, ayudó a construir el lugar común de que los novelistas eran nuestros mejores historiadores, que nuestras obras de ficción daban cuenta más cabalmente de nuestra realidad que los estudios antropológicos y sociológicos. Por unos años mágicos, las novelas latinoamericanas fueron el lugar de nuestras pasiones y revelaciones públicas, la verdadera historia privada de nuestras naciones, como quería Balzac, y el trazo implícito de nuestro porvenir deseable. Nuestros novelistas fueron también hombres públicos, críticos de la vida política, surtidores de utopías y deseos de cambio colectivo, fustigadores de lo establecido y hasta faros de la Revolución, con mayúsculas.
Vistas las cosas retrospectivamente, parece claro que muy pocas novelas del boom llenaron el molde de tan ambicioso lugar común y fueron a un tiempo grandes novelas, revelación histórica, surtidor utópico, crítica pública y anticipo del cambio deseable. ‘La muerte de Artemio Cruz' fue una de ellas. Cayó como una bocanada de aire fresco y rebeldía moral en la atmósfera pacata, triunfalista y autocomplaciente del milagro mexicano, aquellos años de crecimiento económico, estabilidad política y buena conciencia del México post-revolucionario de los '50 y los '60. Era un México nacionalista y provinciano que no quería oír de sus carencias sino de sus logros, y que se celebraba a sí mismo como el fruto de una revolución institucional que había encontrado la fórmula de eternizarse en los aciertos.
‘La muerte de Artemio Cruz' fue, muy estricta y provocativamente, la anatomía de la tumba de aquella Revolución mexicana, celebrada oficialmente como el origen y el presente de la grandeza nacional. Desde fines de los años '40, una ilustre minoría de historiadores y ensayistas había decretado en distintos tonos la muerte, el fin o la crisis definitiva de la Revolución mexicana. Aludían con ello, por un lado, al exceso de retórica en torno de su supervivencia, treinta o cuarenta años después de iniciada; por otro lado, se referían al evidente fracaso de los regímenes post-revolucionarios justamente en aquellas cosas que se pregonaban como esencia de la Revolución, a saber: democracia y justicia social. Si de la democracia mexicana de los '90 hay que hablar haciendo tantas salvedades, que más valiera a veces otro piadoso silencio, de la democracia mexicana de los años '40 y '50, sólo podía hablarse en clave soviética, es decir, entendiendo que la palabra democracia quería decir unanimidad, del mismo modo que la palabra federación quería decir centralismo. Por lo que hace a la justicia social, lo único socialmente evidente en aquellos años de prosperidad de la posguerra era la pobreza reiterada de la mayor parte de los mexicanos junto a la irritante aparición de una oleada de nuevos ricos urbanos, casta imitativa y ostentosa que nacía de las oportunidades económicas de un país que iniciaba su industrialización bajo los signos del proteccionismo industrial y la sustitución de importaciones, conceptos que en muchos casos fueron simples sinónimos de prebendas gubernamentales, corrupción y hombres de paja.
‘La muerte de Artemio Cruz' fue un momento culminante de los sanos impulsos funerarios de la cultura mexicana en torno del gran fetiche llamado Revolución mexicana. No sólo fue una lección de historia en el sentido de volver a leer sin velos ni complacencias momentos decisivos de la vida pública de México en el siglo XX sino que fue también, como toda mirada nueva y apasionada, un rasgamiento de las convenciones establecidas. Fue, también, una lección moral: la decisión de no callarse lo que, al fin de cuentas, todo el mundo sabía. Es decir, que la Revolución tenía una historia callada, tan larga y penosa como la de Artemio Cruz; que los próceres revolucionarios se habían matado entre ellos, que a menudo habían mostrado más compromiso con sus bolsillos que con sus ideales, y que tampoco había habido demasiado ideales. ‘La muerte de Artemio Cruz' fue una novela de extraordinario poder evocador y simbólico que mezcló todos estos líquidos en un solo brebaje propiciatorio.
No hace falta insistir demasiado en los distintos niveles de significación de ‘La muerte de Artemio Cruz'. El personaje central es, antes que nada, de carne y hueso, con una historia personal única, intransferible e irrepetible que la novela nos entrega balzacianamente, en todas las dimensiones y en sus más precisos detalles: orígenes y amores, triunfos y derrotas, historia pública e historia privada, traiciones, miedos, dolores, remordimientos y negocios. Pero, a continuación, Artemio Cruz es también un símbolo, un prototipo por donde circula el retrato de una sociedad y una historia específicas, el drama de un trayecto nacional. Finalmente, Artemio Cruz es también una encarnación mítica de la pulsión fundamental del destino humano, la dialéctica trágica de vivir para morir, la pulsión eterna de sobrevivir enfrentada a la eterna verdad de la muerte. La combinación única de estas significaciones es lo que otorga a la novela su peculiar índole catártica: golpea en todos los órdenes al lector hasta persuadirlo de que acude por partes iguales a la escenificación de un drama, de un rito y de una revelación.
‘La muerte de Artemio Cruz' fue un resumen, pero también una anticipación. Anticipó los impulsos que se fermentaban en la nueva sociedad mexicana y que habrían de explotar en la rebelión juvenil de 1968. Esta conexión subterránea puede atribuirse en parte a que la perspectiva de la novela es radicalmente juvenil. No sólo por la edad del novelista, que la escribió a los 32 años, sino sobre todo por su vocación de derogar el mundo realmente existente. Entre el sueño y la realidad, Fuentes optaba por la realización posible del sueño y apostaba a la autenticidad y el amor por sobre el pragmatismo y el poder.
Durante los años '60, todos esos impulsos juveniles, entendido que la juventud es la nación de la inconformidad y la utopía, se condensaban mejor que en ningún sitio en el mayor de los mitos modernos fracasados: el mito de la Revolución, el mito de un nuevo inicio virtuoso de la vida social capaz de poner fin a la miseria de la historia. La puesta en práctica del mito parece haber traído a la historia una dosis de miseria tan grande como la que pensaba evitar, por lo menos. La agonía de Artemio Cruz puede leerse también como un comentario desgarrador de la deficiente encarnación del mito revolucionario, de su petrificación en los anales de la corrupción y como un llamado incendiario a clausurar esa herencia, a enterrar esa historia saturada de gases y de mierda, como el cuerpo decrépito del propio Cruz, por efecto de su infarto mesentérico.
En la imaginación juvenil de México maduraba entonces un rechazo de intensidad semejante al de Fuentes, y aun más fuerte. Me recuerdo, a principios de los '60, discutiendo con un amigo que Fuentes, según yo, había hecho una concesión inaceptable a la vida de Artemio Cruz regalándole la historia de Regina, un amor de verdad, aunque iniciado con una violación, en la dura biografía de frialdades y traiciones de aquel despojo revolucionario. En mi opinión de joven iracundo, un miserable como Cruz no merecía ese trago de agua fresca en su vida. Con mejor sentido, mi amigo reivindicaba el valor de la historia de Regina, primer amor de Cruz perdido en la violencia de la guerra, como una generosidad del novelista para con su personaje y como una forma de equilibrar el trazo oscuro y crítico que rige casi todo lo demás.
En una reciente lectura de ‘La muerte de Artemio Cruz', me encontré entusiasta partidario de la interpretación de aquel amigo mío, más que de la mía propia de los años '60. Hace treinta años ganaba mi adhesión que Fuentes hubiera sido capaz de un retrato despiadado –salvo Regina– de la miseria moral de la Revolución mexicana. Me entusiasmaba el vigor con que había podido poner en tan pocas páginas todas las deformidades que la Revolución mexicana nos había heredado, el impulso justiciero de decir lo que tantos sentíamos en contra del hipócrita establecimiento político que, como Artemio Cruz, era experto en callar sus pecados, siendo que sus pecados eran lo único verdadero de su triunfo.
Treinta años después de aquella lectura encarnizada –tan encarnizada como el espíritu mismo del libro escrito por Fuentes–, en la relectura de la novela me subyugó la dimensión literaria o artística, más que la dimensión histórica y moral de ‘La muerte de Artemio Cruz'. Milagro literario, propiamente novelístico, me parece ahora el que Fuentes haya podido convertir a un personaje tan duro y despreciable como Artemio Cruz –un personaje, diría, tan despreciado por el mismo Fuentes– en un poderoso animal de rasgos trágicos, asediado por las pérdidas y los fantasmas de su vida, hijo magro de su libertad, sobreviviente desastroso de su vida vivida.
Asentadas las aguas por el paso del tiempo, el trazo crítico de la Revolución petrificada de México que hay en ‘La muerte de Artemio Cruz' me parece hoy menos interesante que el espectáculo de un hombre que triunfa y sobrevive traicionándose, esclavizándose, acomodándose a la verdad reaccionaria del mundo. Y que tiene las agallas, en el delirio de su lecho de muerte, de no mentirse, de hacer el corte de caja de su vida sin piedad alguna para sí mismo hasta revelarse en su totalidad abominable pero compleja, densa, inconfundiblemente humana.
Mientras leía esta vez ‘La muerte de Artemio Cruz', la asocié por vez primera con otra de las grandes muertes de la literatura mexicana: ‘Algo sobre la muerte del mayor Sabines', un poema mayor escrito por Jaime Sabines a resultas de la muerte de su padre, más o menos en los mismos años en que Fuentes publicó ‘La muerte de Artemio Cruz'.
Entre el mayor Sabines –sombra adolorida del poema de su hijo Jaime– y el coronel Artemio Cruz –personaje ubicuo de la novela de Carlos Fuentes–- hay todas las diferencias del mundo. Para empezar, el mayor Sabines es una persona real al que la elegía desgarrada del hijo que lo duele vuelve entrañable; Artemio Cruz es un personaje ficticio al que sólo el instinto y el vigor novelístico de su autor logran rescatar del rechazo moral que su vida convoca. El mayor Sabines es memorable en su indefensión y su pérdida; el coronel Cruz es deleznable en su supervivencia y su victoria. No obstante, hay entre el mayor Sabines y el coronel Cruz algunas semejanzas de las que quisiera valerme. La primera, superficial pero no tanto, sobre la cual volveré, es que ambos fueron oficiales del Ejército Constitucionalista, el ejército que ganó la Revolución mexicana en 1915; ambos entraron en esa guerra con una mano adelante y otra atrás; ambos, también, contrajeron matrimonio con hijas de prósperos apellidos prerrevolucionarios, aunque al mayor Sabines lo hubiera seguido su mujer desde el principio, como soldadera, a donde quiera que los llevó el torbellino. El mayor Sabines y el coronel Cruz tienen también la similitud de seguir muriendo ante nosotros, interminablemente, por la fuerza de la materia literaria de que están hechos.
La diferencia de sus muertes es, sin embargo, radical. En la agonía de Artemio Cruz, como hemos dicho, muere a la vez un hombre, un símbolo y un mito, un personaje múltiple y complejo, plagado de significados. En la muerte del mayor Sabines muere sólo un hombre, un padre venerado, cuya pérdida llana y simple corre por la desolación de su hijo "como un gusano lento a lo largo del alma". No hay significaciones múltiples, no hay símbolos ni épocas agonizantes. Hay sólo la muerte desnuda, el cáncer, el dolor sin analgésico de la familia, la frialdad del hospital y el vacío subsiguiente del mundo. El mayor Sabines, oficial como Artemio Cruz del Ejército Constitucionalista, es otro trayecto posible del siglo XX mexicano, un trayecto real que pasa por la Revolución mexicana sin llenarse de sus significados, sin representar sus anhelos ni actuar sus desviaciones. El mayor Sabines, superviviente de la Revolución mexicana, vive y muere al margen de las grandes coordenadas del mito universal de la Revolución y de sus promesas totales: la justicia, la igualdad, la fraternidad, la implantación del reino de Dios en la Tierra. El mito de la Revolución, regido por el ansia de absoluto y condenado por tanto a la imperfección y el fracaso, es el demonio que acompaña la muerte de Artemio Cruz, pero no existe en absoluto en el ámbito de la muerte del mayor Sabines, combatiente real de la Revolución mexicana. Estamos acaso ante el superviviente de otra revolución, una revolución con minúscula, la revolución de un mayor ex revolucionario –como todos los revolucionarios después de su Revolución– que muere de cáncer sin haber afrentado a nadie, dejando en sus hijos no el expediente manchado de una fortuna sino la sombra entrañable de una vida recia y amorosamente vivida. Es posible que esa revolución sin pretensiones también haya existido y que ahora que el mito de la Revolución con mayúsculas se retira por un tiempo de nuestros sueños y de nuestros despertares, podamos atender a esa otra revolución modesta y terrenal, y sin embargo terrible y melancólica, que es la de la vida misma en su flujo caprichoso, violento y apacible a la vez, siempre derrotada y nunca vencida.
Debo confesar que durante largos tramos de mi última lectura de ‘La muerte de Artemio Cruz' me sorprendí conmovido y admirado por los pasajes de la muerte del coronel Cruz cercanos a la muerte del mayor Sabines: me encontré conmovido más que por los ritos agónicos de la Revolución mexicana, infartada en el mesenterio del coronel Cruz, por el infarto de ese anciano tocado en su conciencia por la radicalidad verdadera de la muerte. Me tocaron los hierros fríos del hospital, las tumescencias agónicas del cuerpo, las punzadas como puñales, las uñas amoratadas de Artemio Cruz. Y en la increíble simultaneidad del fresco biográfico y simbólico de la vida de Artemio Cruz, me impresionó sobre todo el aliento trágico de este sobreviviente por antonomasia, enfrentado al recuento radical de su vida, el pobre saldo de su libertad gastada, siempre insuficiente en su inexorable fluir al reino de la muerte. Puestos en un segundo plano sus arreos históricos y simbólicos, Artemio Cruz apareció ante mis ojos como una entidad más profunda y a la vez más sencilla, un personaje de carne y hueso atado como todos a la severidad de su destino, tan distinto y tan total en cada etapa de la vida, que a veces parece pertenecer a otro, aunque no sea sino la suma de nuestra impura y azarosa libertad.
Agradezco en ‘La muerte de Artemio Cruz' esa cualidad única de ciertas obras que es la de darnos en cada edad el alimento que cada edad requiere. La condición de los clásicos. Creo que las nuevas generaciones leerán en ‘La muerte de Artemio Cruz' un fresco de vigor literario más que un fresco de crítica histórica. El tiempo ha devuelto esta novela clásica del México post-revolucionario a la región de la literatura a la que pertenece.

1 de julio de 2007
©página 12
rss

anatomía de un diálogo interminable


[Rodolfo Rabanal] Es notoriamente escasa la repercusión en medios escritos que ha tenido la publicación del voluminoso diario sobre Borges que Bioy Casares llevó durante más de cuatro décadas.
Tan notoria que Rodolfo Rabanal, tras el breve comentario que escribió hace poco más de un mes para el número especial que este suplemento le dedicó al libro, decidió aventurarse en un ensayo más largo que expusiera al menos algunas de las múltiples pistas que esas 1600 páginas arrojan sobre el escritor más importante del siglo XX en lengua castellana.
Muy pocas personas han producido hasta ahora, aparte de las reseñas críticas y de las breves opiniones periodísticas, algún trabajo más o menos destacable sobre el libro Borges, por Bioy Casares. No es improbable —en el mejor de los casos— que este relativo silencio obedezca a una labor en marcha que busca, comprensiblemente, aislarse en tanto va desarrollándose el proceso de creación y no, como sería de temer, a una fatiga o a una indiferencia más o menos consciente ante la figura más notable de la literatura argentina y, por supuesto, de la literatura en idioma español.
Tampoco sé si existen ya arreglos con editoriales europeas o norteamericanas en vista a ediciones traducidas. No hubo, igualmente, ninguna polémica que crispara el ambiente de las letras argentinas, tal como, seguramente, esperaban sus editores que ocurriera, apostando, no sin razón, a la virulencia e iconoclastia de muchas de las opiniones personales de Borges reproducidas por Bioy Casares en este diario que, prolijamente, llevó durante algo más de cuatro décadas.
Por lo visto, ninguna de las personas citadas por Borges, y aun vivas, sintieron ofensa alguna, o discrepancia ante ciertos juicios valorativos sobre libros y autores. Nadie parece haber experimentado el frío temblor de descubrir su propio retrato en perspectiva desfavorable, cómica o ridícula. Quizás —en el peor de los casos— la astucia del silencio, una de las estrategias a favor del olvido, esté prevaleciendo en la Argentina sobre el ejercicio del criterio y la osadía de la inteligencia. Pero si nadie se da por aludido, ¿de qué habla el diario de Bioy, a quién, a quiénes se dirige?
En principio, este es un libro de escritores para escritores. Tal vez el último elogio, la última defensa de una idea hoy antipática, considerada "incorrecta" por excluyente, la idea de que la erudición y "la alta cultura" son predios minoritarios, aristocráticos, rechazados por las democracias populistas. Y es, además, un libro de escritores para lectores ávidos que todavía creen en la literatura y encuentran en ella la gozosa incitación a seguir leyendo, a seguir buscando sendas imaginarias y replanteos interpretativos en medio de lo que podríamos llamar la aventura íntima del texto. En este caso particular, la aventura nos propone (y ofrece) rondar y escuchar, como invitados invisibles, una larga conversación de más de cuarenta años entre dos hombres que se reúnen casi a diario alrededor de una mesa para compartir la cena. Que ambos hombres sean amigos facilita los encuentros, pero que los dos sean hombres de letras le otorga al libro la sustancia específica que lo distingue.
Borges es invariablemente el invitado y Bioy, el anfitrión. Los platos no se nombran, salvo una o dos veces, los dos eran comensales austeros y agasajaban sin pompa alguna una comida sencilla, siempre la misma o apenas agitada por alguna variante igualmente sencilla: puré de papas, un bife, una ensalada, a veces pastas, y no mucho más. Ellos en particular y el país mismo en distintos grados, estaban todavía lejos de la bacanal minuciosa con que hoy se celebra la cocina internacional como el más alto logro en las jerarquías mundanas.
¿Y de qué hablan estos dos hombres? Sobre todo de libros y autores, naturalmente. Intercambian opiniones sobre el uso o el desuso del soneto, ahondan en los riesgos del verso libre, discuten sobre métrica y rima, intentan hallar el origen, el sentido, la utilidad de una frase. Leen (el que lee es Bioy, Borges repite y de pronto recuerda y entonces recita un poema entero, o recompone un largo párrafo del Dr. Johnson) y comentan lo leído, mientras nos va quedando claro —a sus lectores— que están estableciendo un consenso en materia de gustos, cuya exigencia es tan inflexible e inexpugnable como una torre de granito alzada en los bordes de las tierras bárbaras.
De todos modos, esta suerte de firme estatuto que articula para ambos el sistema de lecturas desde Homero a Stevenson, Conrad o Wilde, o el mejor Lugones, está muy lejos, afortunadamente, de toda sospecha de solemnidad. Ni Bioy ni Borges, lo sabemos, fueron nunca solemnes y Bioy transcribe aquí (con una precisión sorprendente) ese espíritu y esa atmósfera que los rodeaba o que ellos mismos iban creando a lo largo de las conversaciones. No hay convicción estética o referencia precisa a una obra muy estudiada que autorice en ellos cometer el error de la gravedad académica o adoptar un tono de circunspección sabihonda. La erudición considerable de Borges, la misma que le permite inventar ‘erudiciones' falsas, no conoce la pedantería ni el acierto prepotente, en parte gracias a esa habilidad suya consistente en convertir una afirmación discutible en una pregunta cortés, y en parte gracias a la permanente tentación que le opone su escepticismo.
El carácter, la modalidad de ambos en esas mesas y sobremesas, los da una cierta soltura de entrecasa, como si vagabundearan en procura de una idea que les abrirá un camino, y no pocas veces es la broma la que se impone, el chiste inesperado, la burla cruel a un colega o a un amigo, el chismorreo que recuerda un error de dicción de alguna señora amiga o, al menos, del trato habitual de ambos. Hasta los versos malos y procaces tienen lugar en las noches dialogadas. Las reuniones son divertidas y no pocas veces la risa estalla para coronarlas. Borges, dice Bioy, se ríe como un loco. Silvina, que participa de muchas de esas veladas, los trata de "pavos". Se ríen de estupideces, comenta. Uno siente que la vida fluye.
Borges es seguramente la parte más sustancial de los diarios personales de Bioy Casares y, sin duda, la más copiosa y abundante y también la que torna más bien pálidos y convencionales los demás volúmenes en los que el narrador fue trazando su propia vida día por día. Es interesante comprobar de qué modo Bioy se desdibuja en estas mil seiscientas páginas dedicadas a su amigo, a su amigo y seguramente maestro, si bien en ningún momento la relación se plantea expresamente en esos términos. Y aquí aparece, precisamente, esa presencia recurrente del paralelo que ofrece este diario con ‘La vida de Johnson' escrita por James Boswell en la segunda mitad del siglo XVIII. Yo me pregunto si hay lugar para imaginar ese paralelismo y me parece que no. Es indudable que ha de haber estado en la secreta intención de Bioy observar ese modelo como paradigma argumental a tomar en cuenta, pero salvo por el hecho del registro de las conversaciones, este diario no aborda, como lo hace Boswell con Johnson, los detallados hitos biográficos de Borges, ni asume Bioy en ningún momento la actitud de scholar que despliega Boswell, quien no sólo escucha y transcribe lo que Johnson dice sino que, además, escucha a otros hablar de Johnson, investiga, sondea, comprueba citas y datos y confronta opiniones y testimonios sobre el sujeto de su atención y estima, y establece, como un aplicado estudioso, un criterio normativo para lo que llegará a ser, entre los escritores de habla inglesa, el género de la biografía.
Nada de esto es aplicable al Borges de Bioy, quien, hemos visto ya, jamás deja traslucir una relación discipular, no al menos de manera declarada o manifiesta en el trato amistoso entre ambos. No sabemos cuáles pueden haber sido los sentimientos de Borges sobre esta cuestión y apenas si, en algunas entradas del diario, la admiración que manifiesta Bioy por la inteligencia de Borges nos permite sospechar en él alguna forma difusa de ese sentimiento, en alguna medida subalterno. No obstante, hay suficientes razones en el mismo libro para figurarnos el oculto diseño de un cierto orden jerárquico implícitamente entendido por ambas partes, aunque nunca expuesto de forma directa o expresa. Es cierto que Bioy confiesa haber aprendido mucho de Borges, hasta el extremo venturoso y decisivo de reconocer la influencia que tuvo su amigo mayor, en su juventud, para que abandonara los estudios de derecho en beneficio de su genuina vocación literaria. Es cierto, igualmente, que Borges ha declarado haber aprendido no poco de Bioy, y acaso sea verdad además de una cortesía, pero también es cierto que esta última verdad resulta mucho menos convincente que la primera.
Cuando los dos se conocieron, entre 1931 y 1932 (Bioy no recuerda la fecha con exactitud), Borges tiene más de treinta años y Bioy no llega a los veinte. Borges es ya conocido en los círculos literarios más bien tumultuosos de la época y Bioy está aprendiendo a escribir trabajosamente. Los dos se hacen amigos de por vida, con un corte un poco abrupto y sin duda doloroso para ambos en los últimos dos o tres años de Borges, que muere en 1986. Entre esas dos fechas, fluye más de medio siglo —56 años— de amistad, "conspiración", trabajos en común, proyectos de publicaciones, alianzas esporádicas con otros escritores, enemistades, pasiones y claro, no pocas muertes. En ese largo período, la misma literatura argentina adquiere mayoría de edad y decenas de nombres aparecen y decenas de nombres se olvidan. ¿Quién leerá hoy a Gómez de la Serna, a Arturo Capdevila, a Conrado Nalé Roxlo, a Mastronardi?, se pregunta Borges en 1970. Hoy nos hacemos parecidas preguntas con idéntica perplejidad.
El diario de Bioy es, entre muchas otras cosas, una guía informal de quienes escribieron en todos esos años. Es a la vez una denuncia —mayormente en boca de Borges— de la curiosa indigencia que muestra esa abundancia: pésimos o mediocres escritores enancados en famas deleznables. Sin piedad, por ejemplo, Horacio Quiroga es desmontado de su trono. Los mismos amigos, entre ellos Peyrou y José Bianco, reciben el castigo apodíctico de Borges. Salvo Silvina Ocampo, prácticamente ninguna mujer escritora pasa la prueba. Días hay en que ni Shakespeare se salva.
Es preciso admitir que Borges es caprichoso y en buena medida arbitrario y tiránico. Hasta la aparición de este libro ignorábamos cuánto le preocupaba su reputación porque aquí sale a la luz que era un excelente administrador de su fama, tanto, contrariamente, como era un pobre administrador de su escasos bienes materiales. Con harta frecuencia incurre en un pecado habitual entre las personas de gran ingenio; por una ocurrencia feliz y una frase brillante es capaz de exponer la cabeza, aunque después se arrepienta clamando piedad de rodillas. Sus debilidades humanas —como las crisis melancólicas y coléricas de su admirado Dr. Johnson— lo instalan (ahora gracias a Bioy) en una dimensión más asible. Algunas de sus ingeniosas salidas malignas, o quizá mejor provocadoras, lo vuelven memorable de un modo salvaje: "No hay ciudades argentinas —le dice a Bioy volviendo de Salta—; hay Buenos Aires y pedazos de barrio tirados en medio del campo". O esta otra: "No es verdad que a los argentinos les guste el campo; les gusta París". Si viviera, ahora diría Disneyworld, o Miami.
Siento que al escribir sobre este libro asoma un peligro que acecha en cada página, es la tentación malsana de las citas; resulta demasiado fácil engolosinarse con la transcripción de la ingente agudeza del Borges coloquial. No hay nadie que sea más libre que él, nadie tan "políticamente incorrecto" avant la lettre, tan oportuno y temerario al mismo tiempo. Resuelve que Molinari es muy ignorante y recuerda que Victoria Ocampo estaba traduciendo al francés un poema suyo y le preguntó qué había querido decir con tal verso: "y él no supo contestar. Estaba muy asombrado de que alguien creyera que sus versos significaban algo". Ni siquiera Manucho Mujica Lainez, un temido contertulio, ácida y graciosamente maligno, llega a tanto, porque Manucho, en sus peores momentos, roza siempre la indecencia, la guarangada, categorías adversas que Borges deplora. Pero entonces, volviendo a la tentación malsana, citar es redundante porque deberíamos, si de eso se tratara, transcribir todo el libro, volvernos copistas cuidadosos, espejos, no otra cosa. En cierto sentido, duplicaríamos a Bioy. O imitaríamos la ocurrencia que alguna vez confesó Walter Benjamin: "Sueño con escribir un libro compuesto únicamente de citas".
Más importante o, en todo caso, menos inútil, es registrar el efecto que este libro produce en el lector voraz que, eventualmente, es también él un escritor. El Borges de Bioy difunde, al menos para mí, el vigoroso estímulo que trae consigo evocaciones posibles, reales e imaginarias; toda su riqueza pertenece a la categoría de los libros muy buenos, y los libros muy buenos son inagotables y siempre, afortunadamente siempre, elusivos, incompletos, sus carencias son sugestivas y elocuentes, sus inevitables fragmentos arden como si fuesen las brasas que alimentan la intuición. Supongo que los grandes clásicos pertenecen a esa familia. Si no, por qué seguiría exasperándonos la terquedad vengativa de Aquiles y nos obsesiona la "injusta" muerte de Héctor. ¿No nos tienta acaso reinventar de vez en cuando el diálogo andariego entre Quijote y Sancho? El 'Infierno' de Dante no admite un término aunque él lo fije, y entonces volvemos a los desdichados amantes que son Francesca y Paolo con el deseo inútil de redimirlos y añadirles otra historia menos aciaga.
Es muy posible que la riqueza excedentaria de este libro resida, justamente, en lo no dicho, en las tramas inconclusas, en lo que se nos esconde, ya sea por el olvido o la prudencia o por la convicción —por ambos compartida— de que todo lugar común es una insignificancia que degrada a quien la comete. Pero una de las omisiones más notables es la ausencia de confesiones íntimas entre Borges y Bioy —protegidos ambos en ese pudor que Borges asimilaba a cierta manera de ser de los argentinos (hoy habría que revisar esa creencia)— y este vacío, cuya fuerza atractiva es muy grande, plantea la rica y acaso indecorosa invitación a "novelar" esa carencia. ¿De qué nos ha privado, por ejemplo, el hecho de que Borges no haya llevado un diario personal? Desde ya, la demanda no es sensata, porque un diario íntimo no se dicta y Borges, ciego, no tenía más remedio que dictar; no obstante, esa tentación "contrafactual" forma parte de todo cuanto sugiere esta obra. En otros términos, esa privación funda la peregrina nostalgia de lo que no ocurrió pero que podía, razonablemente, haber ocurrido. Esa privación propone la hipótesis, o la conjetura, o el arranque irresistible de las vidas imaginarias.
Una de las cosas aquí mostradas —lo cual es evidentemente bastante más que una sugestión— es la distancia existente entre el Borges público y el Borges privado, el Borges de entrecasa, no en vano él hablaba "del otro Borges" y es ese "otro" el que enciende las desmesuras de la imaginación. Porque ese otro Borges es el desdichado a quien insulta Estela Canto en el andén de Constitución o a quien aplasta con un sarcasmo procaz Silvina Bullrich, informándole que mientras él la anhelaba observando desde la calle la luz prendida de su cuarto, ella estaba con un amante. Fracasos y humillaciones de un enamorado "romántico", en cierto modo platónico, resueltamente imposible. Dolores, pero también ataques inspirados por la indignación ante lo que él consideraba grosero, afrentoso, antiestético, insensible, desinteligente, y en esta banda suficientemente extensa y ancha, caen muchos, desde Roberto Arlt hasta Perón y Sabato. Y desde luego, ese otro Borges es asimismo el humorista fino, el risueño comensal de las noches de Bioy, y el "asesino" al que el arrepentimiento torna piadoso.
Es por todo lo anterior que la imaginación rumorea el sueño insensato de producir un texto ilusoriamente completo, capaz de comprender cabalmente estas dos vidas y olvidar, o ignorar, que estas dos vidas ya están fatalmente cerradas, y que toda nueva palabra que se les atribuya nada sumará a las suyas, ya definitivas, ya inmodificables.
¿Y Buenos Aires? Aquí está la ciudad, sin duda, el escenario definitivo e impermutable de este "drama" a dos voces, básicamente a dos voces, porque suele haber otras pero son como un coro, o un eco. No es que se nombre a la ciudad con la intención demagógica de promocionar un centro; ni siquiera se la nombra, salvo que la necesidad ineludible lo exija. Son unas calles y unos hábitos, un idioma, unos personajes, los diarios "de toda la vida" , el recuerdo o la evocación repentina de una gruta, de una estatua, de las luces al atardecer en las avenidas Santa Fe o Corrientes, las peregrinaciones desde el centro a Puente Alsina, a Saavedra, el aroma fuerte a café en El Paulista de Callao y Córdoba, que ya no existe. El encuentro con libreros y librerías que tampoco ya existen. Es curiosa —en realidad, no debería resultar curiosa— la tenacidad quieta, tanto en Bioy como en Borges, con que sienten su arraigo, su afincamiento, la imposibilidad, aunque no declarada de este modo, de vivir en cualquier otra parte que no sea Buenos Aires. Llama la atención, sí, en estos espíritus culturalmente universales, esta suerte de tozudo apego casi provinciano. Y no es que no viajen, sólo que viajan para volver.
Buenos Aires es la irrenunciable patria de estos dos porteños que, como tales, se proclaman todavía (medio en broma y medio en serio) "unitarios" y se comportan, paradójicamente, como hijos del mundo, retoños de Occidente, cosmopolitas y políglotas (son raras las veces en que las charlas no pasen del español argentino al inglés o al francés, ya sea porque se impone una cita o se elige un refrán o un proverbio específico). Evidentemente conservadores, aunque menos en un sentido político que filosófico —upper class, sobre todo Bioy— agasajan la rutina y los hábitos fijos haciendo caso omiso de modas y novedades. Adscriptos, pero sin elección alguna, a esta fidelidad porteña, la patria, entonces, se reduce y abisma a dos categorías contiguas, la ciudad y el campo y eventualmente el río. Y esta noción de patria, principalmente en Borges, nunca es declamada, nunca es "patriota" y mucho menos "patriotera". El suyo, e igualmente el de Bioy, no es un yo "nacionalizado", ninguna confiscación ideológica lo limita o determina. La instintiva pertenencia está tan arraigada que Borges no puede si quiera concebir para sí un exilio en Harvard, cuando se lo ofrecen. La patria, en fin, es algo íntimo y compartido. Y que Borges haya ido a morir a Ginebra no desdibuja este sentimiento.
Sólo cuando terminé de leer el libro o cuando me aproximaba a las últimas y ya desoladas páginas, percibí de pronto lo que siempre había sabido aunque jamás había reparado en ello con el desconcierto que me produjo ahora. El "descubrimiento", lo que vemos "por primera vez" realmente la segunda vez, suele tener sobre nosotros un efecto revelador, algo parecido a la leyenda milyunanochesca del campesino que sale a buscar un tesoro a una ciudad lejana para enterarse de que lo tiene guardado en el jardín de su casa. Aquello que me llamó poderosamente la atención es que nunca en las conversaciones de Bioy y Borges (tampoco en sus escritos) parece tocarlos el formidable embate cultural del siglo XX, sobre todo el de la primera mitad del siglo. En las mil seiscientas páginas de Borges por Bioy Casares no recuerdo que haya una sola referencia medianamente extensa a los problemas filosóficos de la modernidad avanzada y ya tardía. No hay una sola mención a Wittgenstein, Russell, Heidegger o Sartre, para no ir más adelante. Tampoco al arte, crítico y perturbador que encarnan, digamos, Picasso o Paul Klee. ¿Y la música? Prácticamente no existe y uno tiene la impresión de que jamás oyeron hablar de Schönberg, Bartók, Prokofiev, Britten o Stravinsky. Es verdad que les gusta el jazz y el tango (a Borges sólo cuando no es cantado). Pero ocurre como si esas predilecciones musicales acaso exclusivas relegaran todo lo otro al olvido, o al silencio. En todo caso, no deja de parecerme una muy extraña, una muy rara inadvertencia en dos hombres como ellos, dos hombres del siglo, ilustrados como pocos y detalladamente atentos a las más altas complejidades de la literatura. Acaso leyeran el presente desde el pasado. Tal vez sintieran que la única manera de concebir una obra literaria "no contaminada" fuera desoyendo las invenciones contemporáneas. Es esta omisión (¿en sus gustos, en sus capacidades selectivas?) profunda, aparentemente no creíble, la que hace de Borges —principalmente— un hombre "antiguo" en el seno del siglo XX, casi un fenómeno único de provincianismo ilustrado.
El sábado 22 de junio de 1985 es la última vez que Borges come en casa de Bioy, y quizá la última vez que comen juntos en cualquier otra parte. Con voz vacilante, Borges confía: "Tanto viajar me está deshaciendo". Ya no es más él, sino dos cosas a las que acaso no llegó a habituarse nunca: un anciano moribundo junto a una mujer joven que suele vestir de blanco, y una figura internacional casi legendaria. Los posteriores y pocos encuentro entre él y Bioy o son telefónicos u ocurren en dos o tres situaciones públicas, donde el anciano ciego repite sus viejos motivos como si soñara. El lunes 12 de mayo de 1986, Bioy recibe una llamada desde Ginebra y es María Kodama quien habla. Le pasa el teléfono a Borges, que dice a su amigo: "No voy a volver nunca más". Cuatro días después muere. Bioy se entera porque se lo comenta el diariero del quiosco del hotel Alvear. Ha comenzado el mito, y se cierra el mayor capítulo de la literatura argentina hasta el presente. "Lo importante —comenta Borges una noche de invierno de 1959— no es que el lector crea lo que lee, sino que sienta que el autor cree lo que escribe." El gran mérito de esta obra, de este diario, es que el lector cree que Bioy cree en lo que escribe.

24 de junio de 2007
©página 12
rss

murió juan merino


[Rafael Valle y Cristián Campos] El hombre que creó y personificó al siniestro Doctor Mortis.
El padre del personaje del radioteatro y el cómic falleció ayer en Argentina, a los 86 años. Inventó sus historias, su terrorífica carcajada y hasta encarnó una vieja serie televisiva a su creación. Pero este escritor y actor aficionado deja también un importante legado como investigador de la música tradicional chilena y cofundador del Club de Jazz de Santiago.
Fue el culpable de que varias generaciones de chilenos le tuvieran miedo a una oscuridad donde podían acechar espantos de ultratumba y monstruos descarnados. Y culpable de pies a cabeza, porque Juan Merino Cabello no sólo creó a El Sinistro Doctor Mortis, sino que le dio esa carcajada maléfica, ese dantesco ¡¡¡¡Muajajajajajajaja!!!! que cruzaba las noches del Chile pretérito, en el radioteatro que el personaje protagonizó -en distintas emisoras locales- desde 1945 a 1982.
Culpable multimedia, por si fuera poco. Porque el escritor fallecido ayer, a los 86 años y de un infarto en la sureña ciudad argentina de Trelew, donde vivía desde 1982, también fue el guionista de la exitosa revista de historietas protagonizada por su creación entre los sesenta y setenta y de la serie de televisión que Mortis tuvo en Canal 13 en 1973, donde "todos los capítulos empezaban con Juan haciendo un saludo caracterizado como una especie de Drácula, un tipo de capa elegante, pero siniestro", como recuerda Germán Becker, el director de ese programa emitido semanalmente en horario prime para competir con el (vampiro) Barnabas Collins, de TVN.
Debe haber sido el sueño del pibe para el escritor, que creó su radioteatro inspirado en los relatos de horror que Boris Karloff hacía para BBC. "Su idea era crear un personaje multifacético que nada ni nadie pudiera matar. Por eso le puso el nombre de Doctor Mortis", cuenta su hijo César, que desde los once años empezó a ayudar en los guiones a su inquieto padre. Marino, hay que decirlo, fue tangómano, trombonista, cofundador del Club de Jazz de Santiago, investigador del cancionero local (publicó en 2004 la Guía de la Música Popular en Chile) y dueño de doce mil discos de vinilo hasta que la semana pasada rotaban en los tres programas que ocupaban su tiempo en la radio Convivencia de Trelew.

Zombies Cumbiancheros
"A él le encantaba el jazz y siempre ponía esa música cuando nos juntábamos a trabajar en su casa", relata Santiago Peñalillo, dibujante emblemático de la revista El Siniestro Doctor Mortis y testigo de la muerte prematura de una publicación que llegó a vender cien mil ejemplares por edición: "La revista la editaba Quimantú a principios de los setenta y algunos de sus dirigentes sindicales dijeron que el personaje era reaccionario, que no se ajustaba a los principios de la Unidad Popular y que había que terminar con él". No se llegó a tanto, pero al maléfico ser, que aparecía siempre en distintos lugares y épocas, usando anagramas como M.S. Riot y Tyss Morgan para fabular macabras historias, se le envió al espacio para darle a la serie un giro hacia la ciencia ficción.
Marino, de todos modos, aprovechó bien el momento de gloria de su creación, de la que editó novelas, discos con sus programas de radio y hasta un álbum con música tropical: El Doctor Mortis y sus Zombies Cumbiancheros. El escritor, dicen quienes le conocieron, era hábil en los negocios y "un hombre muy organizado", como describe su familia al autor de más de 13 mil páginas de guiones inéditos y otros con más de un guiño a Lovecraft, Allan Poe y otros maestros del género. También "una persona muy amable, un abuelo querendón", como recuerda el actor Héctor Morales, quien en mayo reclutó a gente como Aline Kuppenheim, Alejandro Trejo y Gonzalo Valenzuela para revivir los radioteatros de Mortis en el Teatro Mori, ciclo que debería volver en los próximos meses.
"Es el único referente chileno del género fantástico y de horror que tengo", cuenta Jorge Olguín, director de las cintas ‘Ángel negro' y ‘Sangre eterna'. "Fue una gran influencia y por eso me siento con la obligación de llevar al cine o a la tv su trabajo", dice el realizador, que hace unos años filmó un piloto de una nueva serie de tv y que espera iniciar en 2008 un proyecto de largometraje.
Así se suman los tributos para este hombre agnóstico que desde 2005, cuando le hallaron un tumor en el intestino, venía preparando a su familia para su partida. Así pidió que no hubiesen flores en su funeral. Tampoco crucifijos. El Doctor Mortis no los hubiese querido.

13 de junio de 2007
©la tercera
rss