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[Rodrigo Fresán] La novela de Mailer sobre Hitler. "Estoy hecho un demonio". Reseña sobre su última novela sobre Hitler.
A los 84 años, Norman Mailer bien puede mirar atrás y jactarse de haber escrito grandes libros y libros grandes sobre las personalidades más grandes del siglo (y del mundo): JFK, Muhammad Ali, Picasso, Marilyn Monroe, Neil Armstrong y hasta... Jesucristo. Pero, ¿por qué no una muesca más en la culata? Y como para ir cerrando una obra titánica, ¿qué tal si la muesca se llama Adolf Hitler? ¿Y qué pasa si además hay demonios, psicología, religión, metafísica, sexo anal, obsesión por la caca, un padre judío y la sombra tutelar del mismísimo Satanás? ‘The Castle in the Forest' [El castillo en el bosque] no se priva de nada. Y Rodrigo Fresán, estupefacto, explica por qué Mailer se ha convertido en "un gran escritor que probablemente jamás escribió un gran libro".
Norman Mailer es un niño. Norman Mailer tiene 84 años recién cumplidos pero no importa: siempre ha sido, es y seguirá siendo el más ‘infantil' de los grandes escritores norteamericanos. Es decir: Norman Mailer es caprichoso, imprevisible, mal educado, aullante, no deja a nadie en paz y se caga en todo y en todos. Para decirlo con más elegancia y con sus propias palabras en la obligatoria entrevista de The Paris Review: "Yo quiero ser Tom Sawyer". Para siempre. O como diagnosticó esa otra rara que es Joy Carol Oates: "Mailer me parece a mí, de lejos, el mejor de los narradores que han sabido construir ‘sistemas de lenguaje', porque él lo ha hecho con la audacia y la inocencia de un infante sin preocuparse por ser hijo de Nabokov o Borges o Beckett".
No. Mailer es hijo de sí mismo y –apenas superado el trámite del debut con la inevitable y posthemingwayana novela "de soldados y de guerra", ‘Los desnudos y los muertos' (1948)– a lo que se ha dedicado este hombre nacido en Nueva Jersey en 1923 ha sido, olímpico y mitológico, a crearse a sí mismo y nacer de su propia cabeza, de su cabeza más que dura.
Así, aquí y ahora, la leyenda de Mailer quizá sea bastante más poderosa que el conjunto de su obra porque, como apuntó alguien con cierta malicia, "probablemente es un gran escritor que nunca ha escrito una gran novela" y cuyos logros más incontestables pasen por una forma extrema y rabiosa de la diatriba non-fiction y documental –ver ‘Advertisements for Myself‘ (1959), ‘Los ejércitos de la noche' (de 1968, ganador del Pulitzer y del National Book Award) y La canción del verdugo (1979 y por la que ganó otro Pulitzer)– donde por encima del tema, el protagonista, el héroe, es siempre él, incluso cuando escribe para Esquire sobre Madonna y dice: "No hay nada comparable a vivir con un fenómeno cuando el fenómeno eres tú mismo y te la pasas observándote a ti mismo con una reposada inteligencia y descubres que tú puedes ser la persona más interesante que jamás hayas conocido". El otro Mailer a rescatar es el cuasi experimental que escribe con lo que ha definido como "mi voz loca": el de ‘Barbary Shore' (1951), ‘Un sueño americano' (1965) y ‘¿Por qué estamos en Vietnam?' (1967). Da igual uno u otro o todos. Mailer es el mejor personaje de Mailer, el ser al que –cuando le preguntan si se ha plagiado a alguno– responde: "Bueno, ya sabes, cómo lo diría. Tengo una visión tan sofocante de mí mismo que no podría siquiera pensar en plagiar algo", para, colosal y divagante, agregar: "Un estilo verdaderamente bueno sólo se logra cuando un hombre es todo lo bueno que puede llegar a ser. El estilo es carácter. Un buen estilo no puede provenir de un mal carácter, indisciplinado. Ahora bien, un hombre puede ser malo, pero creo que la gente puede ser mala en su naturaleza más esencial y, aun así, tener un buen carácter. Bueno, en el sentido de estar bien entonado. Pueden tener caracteres flexibles, dóciles, adaptables, basados en sus propios principios del bien y el mal (incluso un mal hombre puede tener principios), puede ser fiel a su propia maldad, lo que tampoco resulta tan fácil. Pienso que el buen estilo pasa por eliminar de uno mismo todas las codicias, todas las mutilaciones, todas las veleidades. Y también pienso que hay que desarrollar nuestras propias gracias físicas. Los escritores que poseen algún tipo de gracia física tienden a escribir mejor que los escritores que son físicamente torpes. Esa es mi impresión. No creo que pueda demostrarlo". Y en otra parte: "El único momento en que conozco la verdad es cuando ésta sale de la punta de mi pluma mientras escribo". Sumarle a esto las elecciones de Mailer cuando, recientemente, le pidieron que nombrara sus diez libros favoritos: Anna Karenina, ‘La guerra y la paz', ‘Crimen y castigo', ‘Los hermanos Karamazov', ‘Orgullo y prejuicio', ‘La Trilogía U.S.A.', ‘Moby Dick', ‘Rojo y negro', ‘Los Buddenbrooks' y la selección en inglés ‘Laberintos', de Jorge Luis Borges. Ya ven: todos titanes y, entre ellos, nada más que un norteamericano (John Dos Passos) a quien bendecir. Lo de antes: un niño.

El Más Grande
De aquí, de todo esto, el Carácter Mailer, para Mailer, como premio mayor del ADN de las letras recibido sólo por quien –según se dice en la futurista ‘El dormilón' de Woody Allen– acabó donando su ego a la Harvard University. Porque a no confundirse: ese infantilismo maileriano de meterse con todos los Big Boys and Girls que, por momentos, pareciera anunciar los temas de sus libros entre signos de admiración –¡Lee Harvey Oswald! ¡Muhammad Ali! ¡Gary Gilmore! ¡Picasso! ¡JFK! ¡Marilyn Monroe!, ¡Neil Armstrong! ¡Jesucristo! y, ahora, ¡Adolf Hitler!– apenas esconde la necesidad de juntarse en el recreo con los más populares de la escuela para, agotándolos por escrito, saberse el sobreviviente, el que cuenta el cuento a su manera y así asegurarse el sitial del más grande mientras, en sus ratos libres después de tomar la leche, se pelea a golpes con compañeritos pretendientes a la gloria absoluta como Gore Vidal y Truman Capote que, en su esquema de las cosas, no le hacen sombra y son apenas sombras a las que noquear en el primer round. Así, Norman Mailer como ¡¡¡NORMAN MAILER!!! No conforme con todo esto –o por el simple placer de potenciarlo– Mailer ha filmado películas extrañas, perdido la alcaldía de Nueva York, apuñalado a una de sus seis esposas, fundado The Village Voice, conseguido que liberaran al preso peligroso Jack Abbott asegurando que se trataba de un gran escritor rehabilitado para que éste matara a la semana de salir a la calle, ser mencionado en las canciones ‘Give Peace a Chance' de John Lennon y ‘The French Inhaler' de Warren Zevon y ‘Somewhere in Hollywood' de 10cc y ‘Are You Ready to Be Heartbroken?' de Lloyd Cole and The Commotions y ‘Animal Bar' de los Red Hot Chilli Peppers, y aparecido como autor de la novelización de la película de Itchy y Scratchy en un episodio de Los Simpsons. Y a pesar y gracias a todo esto, uno jamás se cansará de Mailer porque, básicamente, Mailer nunca se cansará de sí mismo. Y ahí está la enorme y divertidísima biografía oral Mailer: ‘His Life and Times' de Peter Manso (1985), donde hasta sus enemigos se ríen con él y no de él.

Heil
Y si bien en los últimos tiempos, luego de su más que fallida novela evangélica, el Peso Más Pesado parecía dar muestras de fatiga y de auto-antologizarse con varios libros que parecían funcionar como una persiana/telón que comenzaba a bajar y descender (ese gigantesco greatest hit que es ‘The Time of Our Time', 1998), el panfleto anti-Bush ‘Why Are We at War?' (2003), su credo estético literario reunido y conversado con el escritor J. Michael Lennon en ‘The Spooky Art: Toughts on Writing' (2004) y los diálogos con su hijo John Buffalo Mailer sobre lo que venga contenidos en The Big Empty: Dialogues on Politics, Sex, God, Boxing, Morality, Myth, Poker and Bad Conscience in America de golpe y no tan inesperadamente Mailer lanza un "¡Heil, Norman!" y aquí vamos otra vez con, ahora literalmente, una nueva travesura y chiquillada: ¡Adolf Hitler de niño! Y, de acuerdo, la idea no es muy original. Beryl Bainbridge ya estuvo allí con su Führer adolescente en ‘Young Adolf'. Pero lo interesante –como ya ocurriera con su hollywoodense El parque de los ciervos (1955) o con su faraónica novela ‘Noches de la antigüedad' (1983)– es que Mailer maileriza todo lo que toca. Y así ‘The Castle in the Forest' –ya desde su un tanto tolkienística portada– se convierte en un libro que, para bien o para mal, sólo Mailer pudo haber escrito. Ergo: esta juventud hitleriana no es otra cosa que una infancia maileresca dotada de todos los bizarros lugares comunes en su obra y vida. A saber: teología maniquea, filosofía mal comprendida y manipulada según convenga, psicología de alcoba, polémica de bar, encandilamiento por el poder político, signos de admiración a granel, tumultuosas relaciones familiares, la fascinación por el Mal Absoluto y, por supuesto, sexo anal y lo que sale por el ano cuando uno va al baño. Dicho esto, ‘The Castle in the Forest' –recibida con críticas que van de la canonización a la crucifixión, a ser publicada en castellano por Anagrama a principios del 2008– es un libro muy divertido, posiblemente por todas las razones incorrectas, con partes de una intensidad pasmosa y otras que provocan la más boba de las risas. Un libro que acaba resultando una curiosa combinación de película de Ed Wood, novela de Chuck Palahniuk, cabaret alucinado por el mismo autor de aquel musical ‘Primavera para Hitler' en la comedia de Mel Brooks ‘Los productores' y edición especial de Billiken impresa en ‘La Dimensión Desconocida'. De este modo, lo que en manos de alguien como Anthony Burgess o Kurt Vonnegut sería una pequeña obra maestra, en las zarpas de Mailer se convierte en un libro tronante, tempestuoso, rebosante de símbolos y visiones que –paradójicamente– hubiese sido del agrado de megalómano narcisista con delirios mesiánicos de iniciales A. H.

Vade Retro
Y el Festival Mailer arranca ya desde la primera línea de la primera página: "Pueden llamarme D. T. Abreviatura de Dieter, un nombre alemán, y D. T. cumplirá su función, ahora que me encuentro en los Estados Unidos, ese país tan curioso". Y, enseguida, D. T. –narrador y escritor de un manuscrito titulado ‘El castillo en el bosque'– nos explica que fue uno de los SS directamente supervisados por Heinrich Himmler. Pero que antes de eso fue y será por siempre –nos enteramos de ello en la página 70 sin poder contener un gritito de alegría y admiración ante la audaz locura de Mailer– nada más y nada menos que un demonio de primera clase, "un instrumento, un oficial del Maligno", ocupando el cuerpo de Dieter, respondiendo a las órdenes más o menos directas de Satán y haciéndose cargo, también, a lo largo de unas cuarenta páginas que no tienen mucha razón de ser, de un trabajito en lo de ‘Nicky' y ‘Alix' (léase: el zar Nikolas II y la zarina Alexandra). "Llegado este punto soy consciente de que ni el más leal de los lectores puede seguir siendo leal a un autor siempre listo para abandonar lo que está narrando para emprender una expedición sin motivo alguno", nos dice D. T. Y entonces sonreímos porque, claro, Mailer es el primero en saber que está haciendo lo que no se debe pero, qué joder, tenía ganas de escribir sobre los zares con la boca de un demonio y quién se atreve a prohibírselo a este enfant terrible. Y lo del principio: sólo a alguien tan maduramente infantil se le habría ocurrido algo semejante y, además, referirse a ello con seriedad en las entrevistas de promoción del libro: "En cuanto a si yo creo que el Diablo estuvo presente durante la concepción de Adolf Hitler... uh... sí. Si afirmo esto y sale impreso sonará bizarro, lunático e inquietante. Pero si puedes creer que Dios y San Gabriel estuvieron presentes durante la concepción de Jesús, entonces no me parece tan difícil creer que Satán estuvo junto a la madre de Hitler. Hay cierto riesgo en escribir sobre Dios o el Diablo porque enseguida te acusan de haberte vuelto loco... pero una de mis vanidades siempre ha sido que mis libros sean provocadores. Lo dije una vez y lo vuelvo a decir ahora: ¿Qué sentido tiene el ser escritor si no irritas a mucha gente?". Mailer declaró también que le ha llevado medio siglo escribir The Castle in the Forest: "No es que haya tenido este libro dentro de mi cabeza por cincuenta años. Lo que he venido arrastrando es una preocupación acerca de Hitler desde mis nueve años de edad, cuando ya en 1932 oía a mi madre decir que ‘ese Hitler' les haría mucho mal a los judíos. He vivido obsesionado con Hitler. No es que pensara en él cada mañana al levantarme pero sí que siempre ha estado en mi mente porque ha sido alguien a quien nunca pude comprender. Puede decirse que escribí la novela para poder comprenderlo... A la gente le va a dar diarrea cuando la lea".

Pedos
Las siete páginas de bibliografía al final de ‘The Castle in the Forest' atestiguan que Mailer ha hecho los deberes, que ha leído no sólo biografías y ensayos sino, también, a Milton y a Mann y a Tolstoi, que ha estudiado a fondo pero –he aquí lo mailerianamente interesante– a la hora de pasar al frente a dar la lección no ha podido con su genio y ha vuelto a enredarnos en una, otra, de las suyas. ¿Diarrea? No. Pero sí acidez mientras vemos cómo Mailer se enreda en una maraña freudiana para contar una vida de este chico y explicar la génesis del Gran Monstruo del Siglo XX a partir de un espeso y complicadísimo caldo incestuoso cociéndose a lo largo de varias generaciones, un padre malo y trepador y sexópata y, ups, medio judío (Alois Schicklgruber, quien luego cambiaría su apellido a Hitler, es el verdadero protagonista de esta novela) que un día gaseó varios panales de abejas ante la encendida mirada e imaginación del pequeño Adolf, una madre buena y sufrida y, por encima de ellos, potencias demoníacas y celestiales luchando por el destino del planeta sin que eso distraiga a Mailer de sus propias obsesiones –aquí también– del tipo fecal. Porque, nos narra, Alois le pegaba al perro que ensuciaba el piso de la casa y Klara, preocupada, se pasaba limpiando la colita del bebé Adolf y sometiéndolo a un entrenamiento prusiano del inodoro y de ahí –ha sido bien documentado– que el Führer se tirara vengativos y estruendosos y tóxicos pedos durante el éxtasis de sus discursos a las masas.
Todo esto y mucho más y, atención, ‘The Castle in the Forest' se despide de ‘Adi' cuando éste tiene apenas dieciséis años; pero Mailer ya ha anunciado que esto es apenas el principio, que su intención es escribir dos novelas más y cerrar su obra con una triunfal Trilogía Hitler que lo ubique por encima de sus rivales (conviene recordar que todavía estamos esperando la segunda parte y conclusión de la magnífica ‘El fantasma de Harlot'; así que a no hacerse ilusiones porque en un reciente Proust Questionnaire de la revista Vanity Fair ha dicho que su mayor pesar "es el recuerdo de los libros que prometí escribir y que no he escrito" y mañana mismo se le puede cruzar a Mailer desde ¡Hilary Clinton! hasta ¡El Che! o ¡Bono!). En especial sobre el "ahora tan adorado" Philip Roth del que Mailer no puede precisar si se trata de un buen escritor "porque ya no leo a los buenos escritores, me ponen nervioso, me hacen pensar en demasiadas cosas al mismo tiempo... Supongo que vamos quedando pocos. Ahí estamos: Roth, Updike, Pynchon y yo. ¿Quién es el mejor? Digamos que los cuatro pensamos que los cuatro somos los mejores escritores del país".
Puesto a elegir, yo creo que Roth se merece el Nobel más que Mailer. Pero también estoy seguro de que el discurso de aceptación de Mailer sería mucho más divertido.
En las ultimas páginas de la novela –luego de un muy acelerado fast-forward– Dieter es ejecutado por un soldado norteamericano y, libre de su cuerpo mortal, el demonio nos explica por qué ha decidido titular esta juventud hitleriana como ‘El castillo en el bosque'. Traducido al alemán, sonríe D. T., es Das Waldsschloss, nombre con el que "los más brillantes prisioneros" del campo de concentración de Dachau se referían a ese infierno en el que habían caído sin haber cometido pecados que lo justificaran. Y se despide prometiendo nuevos capítulos de "esta comedia" bajo las esvásticas flameantes. Antes, D. T. nos dice lo que todos ya veníamos pensando: "Para ahora ya resultará obvio que éste es un libro difícil de clasificar". De acuerdo. Y no. Porque éste es, simple y complejamente, un libro de Norman Mailer. Y nada más que agregar.
Para decirlo otra vez con las palabras de D. T.: "Siendo un demonio, estoy obligado a convivir íntimamente con los excrementos en todas sus formas, tanto físicas como mentales. Conozco a fondo los desperdicios emocionales de sucesos feos y desilusionantes, el amargo y permanente veneno del castigo injusto, la corrosión de pensamientos impotentes y, por supuesto, también tengo que relacionarme con la mismísima caca". Algún crítico diabólico, leyendo esto, podría insinuar que –freudiana e inconscientemente– aquí D.T. se subleva a los dictados de su creador y se convierte en su peor y más implacable crítico. Quién sabe. Una cosa es segura: ‘The Castle in the Forest' apesta y seduce porque, como bien dijo alguien, a todos nos fascina el olor de los propios pedos y nos asquea el de los pedos ajenos y –tal vez éste sea el escatológico y único e inimitable genio de este endiablado escritor– Mailer se las ha arreglado para que, también, nos fascine el sulfúreo olor de sus propias e inimitables flatulencias.

©17 de noviembre de 2007
11 de marzo de 2007
©página 12
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murió norman mailer 1


[Elaine Woo] Provocador y prolífico novelista y ensayista. A los 84. Primera parte.

Murió Norman Mailer, el beligerante escritor, dos veces ganador del Premio Pulitzer, que se hizo camino a gritos y puñetazos, a veces literalmente, en una extraordinaria carrera como uno de las voces más originales y audaces de las letras de la posguerra americana. Tenía 84 años.
Acosado por graves problemas de salud por los que en 2005 se le debió colocar un marcapasos, y hospitalizado varias veces por problemas pulmonares este otoño, Mailer murió a causa de una aguda insuficiencia renal en el Hospital Monte Sinaí de Nueva York, informó su albacea literario, J. Michael Lennon.
Mailer, definido como "un genial y obseso estilista" por Joan Didion, escribió cerca de cincuenta libros que zigzaguearon entre géneros, incluyendo ficción, biografía, historia, ensayos y un periodismo altamente personal. Fue un gran provocador con una impenitente sensibilidad machista que, en la página y fuera de ella, le cosechó más gloria, fracasos y notoriedad que a cualquier otro escritor importante de su generación.
En su trabajo se concentró en eventos y personalidades sobresalientes de su época, sea que escribiera sobre la Guerra Fría y las protestas contra la Guerra de Vietnam, o sobre iconos como Marilyn Monroe y Muhammad Ali. En sus escritos sobre el existencialismo, las convenciones políticas, el viaje del Apolo a la luna, el sexo y las relaciones entre los sexos, Mailer reflejó todo el espectro de lo que la escritora Camille Paglia llamó su "muy compleja conciencia".
Sus novelas revelan la enormidad de sus aspiraciones. Después de llegar como cohete a la cima de la pirámide literaria a los 25 años con una novela sobre la Segunda Guerra Mundial, ‘Los desnudos y los muertos' [The Naked and the Dead] (1948), escribió una ‘autobiografía' de Jesús (‘El Evangelio según el Hijo' [The Gospel According to the Son]) y una saga que recorrió dos siglos de historia egipcia (‘Ancient Evenings'). Su última novela, ‘El castillo en el bosque' [The Castle in the Forest] imagina a Adolf Hitler de niño y su historia.
Aunque la de novelista era la identidad que más apreciaba Mailer, no fue su papel más celebrado. "Nunca fue capaz de escribir diálogos convincentes, un hecho que lo limitó seriamente", escribió Tom Wolfe. De las cuatro docenas de libros de Mailer, sólo diez son novelas en el sentido tradicional, y las malas reseñas superan a las buenas.
Wolfe y otros críticos encuentran más valor en el dominio de Mailer del género híbrido conocido como Nuevo Periodismo, la versión periodística de historias reales. ‘Los ejércitos de la noche' [The Armies of the Night] (1968), sobre la marcha hacia el Pentágono contra la guerra de Vietnam, y ‘La canción del verdugo' [The Executioner's Song] (1979), sobre el doble homicida de Utah, Gary Gilmore, demostraron que Mailer era maestro de este exigente formato, introducido por Truman Capote, que diluyó las fronteras entre la literatura y el reportaje. La comisión Pulitzer valoró al primero por su obra documental, y al segundo por su ficción, validando la naturaleza proteica del talento de Mailer.
Los críticos observaron que era extraordinario que el personaje de Mailer mismo no apareciese en ‘La canción del verdugo'. Fue una excepción en una dilatada obra documental en la que Mailer se presentaba a sí mismo a menudo como un bufonesco participante-observador. En ‘Los ejércitos de la noche', con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura [National Book Award], el autor está siempre presente como el personaje llamado simultáneamente ‘Mailer', ‘la Bestia', ‘el Rumiante' y ‘el General'. En ‘Un fuego en la luna' se llamó ‘Acuario‘; en ‘El prisionero del sexo' [The Prisoner of Sex], ‘el Prisionero'; y ‘el Periodista' en ‘Miami y el sitio de Chicago' [Miami and the Siege of Chicago]. A veces, como en ‘La pelea del siglo' [The Fight], un pequeño clásico sobre la pelea de 1974 entre Ali y George Foreman, fue simplemente ‘Norman'.
"Durante un período, ningún suceso público importante en Estados Unidos parecía completo si no había sido observando por Mailer mismo observándose", escribió Paul Gray en la revista Time en 1983.
El egotismo que permitió esa obra tan osada, también nutrió las hazañas extra-literarias que bruñeron la díscola imagen de Mailer.
Se divorció cinco veces, y en 1960 estuvo a punto de matar a puñaladas a una de sus mujeres. En los años setenta, en el punto más álgido del movimiento feminista, fue vilipendiado por las feministas, en parte por el apuñalamiento, pero también por las poco políticas caracterizaciones de las mujeres como "bestias malignas y descuidadas" que había sido creadas para parir hijos. En1981 defendió la libertad condicional de Jack Henry Abbott, un condenado con ambiciones literarias -una experiencia que terminó trágicamente cuando Abbott mató a un hombre seis semanas después de salir de la cárcel.
Mailer era conocido por pelearse con sus críticos. Entre bastidores en el programa ‘The Dick Cavett Show' a principio de los años setenta, golpeó a Gore Vidal, que había escrito que las violentas inclinaciones de Mailer lo colocaban en el mismo bando que criminales como Charles Manson. (Después del cabezazo, Vidal escribió: "Las palabras le vuelven a fallar a Norman Mailer"). En otra ocasión, Mailer se dio de cabezazos con el columnista Jimmy Breslin, que bromeó que el impacto le había costado al hombre salvaje de la literatura americana probablemente dos capítulos de su siguiente libro. La imagen de tipo rudo de Mailer se reflejó en una propuesta, que ofreció durante su quijotesca candidatura a la alcaldía de Nueva York, con Breslin como compañero de lista, para aliviar las tensiones urbanas con justas en Central Park. Su imprevisible conducta impidió que Mailer pudiera ser clasificado en "alguna de las categorías literarias conocidas", dijo el crítico Morris Dickstein en 2006.
Vidal observó una vez que Mailer era un escritor público que "quiere influir sobre la gente de su época, pero al que nadie ve ni siquiera cuando es bueno. Así que cada vez que habla lo hace con más descaro y ruido".
Mailer lo explicó de este modo:
"Yo compartía con Ernest Hemingway la idea -a la que llegué paulatinamente- de que incluso si uno embotaba su talento en el proceso de convertirse en hombre, era más importante ser un hombre que un muy buen escritor, y que yo probablemente no podría ser un muy buen escritor sino aprendía primero a domeñar mi coraje".

La abundancia de coraje de Mailer se puede trazar a sus inicios en Long Branch, Nueva Jersey, donde el hijo de inmigrantes judíos nacería el 31 de enero de 1923. "Era nuestro rey", dijo al biógrafo Peter Mansov su madre, Fanny Schneider Mailer.
Fue un estudiante excepcional en la Escuela Pública Número 161 en Brooklyn, adonde había llegado su familia cuando tenía cuatro años; en la graduación, el director anunció que Norman tenía un IQ de 165, un récord en la escuela. Entró a Harvard a los dieciséis, y sacó su diploma de ingeniería en 1943.
El joven Mailer se aferró a la ingeniería incluso aunque, como novato, descubriera su amor por la moderna literatura americana: John Steinbeck, John Dos Passos y James T. Farrell. Adoraba a Hemingway tanto por su virilidad como por su estilo literario. En su segundo año, Mailer empezó a escribir cuentos, para la revista Harvard Advocate, bajo la clara inspiración de Hemingway. Uno de esos cuentos, ‘The Greatest Thing in the World', ganó el concurso literario de la revista universitaria Story en 1941.
Al año siguiente, Mailer pasó el verano trabajando en un hospital psiquiátrico, acumulando los materiales que inspiraron su primera novela, ‘A Transit to Narcissus'. Escrita en un estilo que Mailer describiría más tarde como "terriblemente atormentado", fue rechazada por más de veinte editores, pero el autor en ciernes no se inmutó. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la consideró como una oportunidad que debía utilizar. Mientras otros jóvenes cavilaban sobre en qué rama de las fuerzas armadas enrolarse, "yo me preocupaba tenebrosamente sobre si una gran novela sobre la guerra debía tener a Europa o el Pacífico como telón de fondo", escribió, "y mientras más lo pensaba, menos dudas quedaban en mi mente. Tenía que ser Europa".
El ejército, sin embargo, tenía otros planes. Mailer fue llamado a las filas y enviado al Pacífico cuando estaba terminando la campaña de las Filipinas. Asignado inicialmente a labores de inteligencia en el Regimiento de Caballería Blindada 112, de San Antonio (donde absorbió el acento tejano que años más tarde seguiría impostando), fue más tarde transferido a tareas de primera línea como tirador, aunque apenas si participó en combates. Mailer sirvió como cocinero en el ejército norteamericano que ocupó Japón, fue degradado por insubordinación y abandonó las fuerzas armadas siendo soldado raso.
Cuando volvió a casa en 1946, Mailer reunió las cartas que había escrito a su mujer durante dos años, Beatrice Silverman, estudiante de música en la Universidad de Boston, y las utilizó como notas para su novela sobre la guerra.
Ambientada en una isla imaginaria en el Pacífico ocupada por los japoneses durante la guerra, ‘Los desnudos y los muertos' explora el tema que lo ocuparía durante gran parte de su obra: el choque entre un individuo y las autoridades establecidas. Para los años cuarenta, su lenguaje causaba escándalo, lleno de fug y fugging, la aproximación más cercana a una obscenidad que permitió su editor.
El libro, escrito en quince meses en un estilo convencional, aunque sin sentimentalismos, fue saludado por la crítica como un debut divinamente logrado. Orville Prescott, del New York Times, la llamó "la novela más impresionante sobre la Segunda Guerra Mundial que he leído nunca". Estuvo en la lista de éxitos de venta del Times durante un año, ocupando el primer lugar durante once semanas consecutivas. Casi sesenta años después, sigue siendo considerada como una de las mejores novelas americanas sobre la guerra y la más lograda novela de Mailer.
Su siguiente novela, ‘La costa de Berbería' [Barbary Shore] (1951), fue una angustiante exploración de las ideologías de la Guerra Fría vista a través de personajes como un liberal veterano de la guerra, un agente del FBI y un ex funcionario soviético. Fue criticada duramente.
Mailer pensó que su tercer intento, ‘El parque de los ciervos' [The Deer Park], lo redimiría. Concebida como la primera de una serie de novelas, ofrece una sarcástica visión de Hollywood, pero seis editores rechazaron el manuscrito debido a su contenido sexual explícito. Finalmente fue publicada en 1955 por G.P. Putnam, y recibió tibios comentarios. En una de las reseñas más generosas, Brendan Gill, de la revista New Yorker, la llamó "un libro ambicioso, vigoroso, escandaloso, mal forjado, tan fuerte y tan débil, tan hábil y tan torpe, que sólo un escritor de gran talento pudo haberlo metido entre las tapas". Después del fiasco de ‘El parque de los ciervos', Mailer se dedicó a escribir ensayos y crítica cultural para revistas como Esquire y Partisan Review. También co-fundó y dio nombre al primer semanario del país, Village Voice, en 1955.
Junto con Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs, Mailer se convirtió en uno de los primeros avatares hip de la era de Eisenhower. Ganó esa distinción en 1957 cuando la revista Dissent publicó ‘El negro blanco' [The White Negro], su más célebre ensayo.
En una explicación del ‘existencialismo americano', Mailer define al hipster como un hombre que responde a la posibilidad de la aniquilación atómica decidiendo "vivir con la muerte como un peligro inmediato, divorciarse uno mismo de la sociedad, existir sin raíces, emprender un viaje sin mapa por los rebeldes imperativos de uno mismo". Esta nueva raza de aventurero urbano, "absorbe la sinapsis existencialista del negro y, para propósitos prácticos", escribió Mailer, "podría ser considerado un negro blanco".
El ensayo parecía glorificar la violencia de los matones en emborronamiento del machismo y la criminalidad. Entre los críticos que lo repudiaron se encontraba el escritor James Baldwin, que rechazó el retrato que ofrece Mailer del hombre negro como "una especie de símbolo fálico andante". La preocupación del ensayo con la violencia y la masculinidad anticipó un tema que, según el crítico Dickstein, "impregnaría toda la vida y obra de Mailer durante los siguientes treinta años". ‘El negro blanco' formó el núcleo de ‘Advertisements for Myself' (1959), una antología de cuentos, ensayos y otros escritos, incluyendo algunos que Mailer reconoció que eran bastante mediocres. Sin embargo, fue un libro influyente que declaraba su intención de llevar una vida pública de cierta importancia, y "no contentarse con nada menos que una revolución en la conciencia de nuestra época".
Entre sus admiradores se encontraba el crítico literario Alfred Kazin, que dijo que "[Mailer] estaba pletórico de incisivos comentarios sobre la América de Eisenhower, la televisión, los suburbios, y J.D. Salinger". Concluyó que Mailer era "uno de los escritores más variables, inestable y, en general, imprevisibles que he leído nunca".
‘Advertisements' cerró toda una década llena de tempestades personales. Su matrimonio con Silverman terminó en 1951, y tres años después de casó con la artista Adele Morales. Después de una fiesta de toda una noche en su apartamento en Manhattan en 1960, Mailer la apuñaló, fue detenido y pasó dos semanas en el hospital psiquiátrico de Bellevue en Nueva York. Emergió de ahí algo escarmentado, pero incapaz de concentrarse en la gran novela que sentía que llevaba en su interior.
Los años sesenta le proporcionaron el material para un apoteósico regreso.
Particularmente interesantes son sus escritos de periodismo político para Esquire, que incluye ‘Superman va al supermercado' [Superman Comes to the Supermarket], un penetrante ensayo sobre la Convención Nacional Demócrata en 1960 y la vigorizante candidatura de John F. Kennedy. Fue incluido en ‘Los papeles presidenciales' (1963), que Mailer presentó como consejos para Kennedy, cuyas hazañas en tiempos de guerra y su boda con una bella mujer personificaron los ideales varoniles que apreciaba el autor.

elaine.woo@latimes.com

17 de noviembre de 2007
11 de noviembre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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biografía de creador de peanuts


[Patricia Cohen] Provoca revuelo en la familia.
David Michaelis contactó por primera vez a la familia de Charles M. Schulz hace siete años cuando empezaba a escribir una biografía de Schulz, el creador de la tira cómica ‘Peanuts'. Resultó que Schulz había leído la biografía de Michaelis sobre N.C. Wyeth, y que al hijo de Schulz, Monte, también le gustaba el trabajo del escritor. Terminó ayudando a convencer al resto del clan Schulz de colaborar con Michaelis, le dio completo acceso a los papeles de su padre y para ayudarlo dejó de lado la propia novela que estaba escribiendo.
Pero Monte Schulz dijo que cuando, en diciembre, leyó el manuscrito de Michaelis, los miembros de la familia estaban consternados por el retrato que se hacía de Schulz como un hombre deprimido, frío y amargado que andaba constantemente a la caza de mujeres.
"No es verdad", dijo Monte. "Es ridículo".
Su hermana Amy Schulz Johnson pensaba lo mismo. "Este asunto está completamente mal", dijo desde su casa en Utah. "Creo que quería escribir un libro de cierta manera, y para eso usó a nuestra familia".
"Estábamos todos excitados pensando que tendríamos que decir cosas sobre papá", dijo, quejándose de que los niños aparecen muy poco en el libro.
Michaelis dijo que le sorprendió ver lo consternados que estaban algunos familiares, pero que "para los hijos, los padres son siempre héroes, y muy pocas familias pueden ver más allá del paterfamilias". Después de entrevistar a cientos de personas, de estudiar cada una de las 17.897 tiras cómicas que dibujó Schulz y de hacer una investigación exhaustiva, Michaelis dijo: "Este es el hombre que encontré".
"¿Entendí bien la historia?", se preguntó. "Completamente. Sin ninguna duda".
Michaelis menciona las numerosas entrevistas que cedió Charles Schulz en su vida en las que habló de su propia "melancolía" y ansiedades. "Tengo la terrible sensación de una catástrofe inminente", dijo en 1999, en el programa ‘60 Minutes'. "Me despierto en un ambiente de funeral". Muchos retratos de Schulz tratan el mismo tema. Similarmente, la biografía ‘Good Grief: The Story of Charles M. Schulz', de Rheta Grimsley Jonhson, de 1999, lo describe como un hombre deprimido y acosado por ataques de pánico, pese a tener una enorme familia y a sus éxitos comerciales y críticos. Tampoco hizo Michaelis un secreto de su punto de vista. Escribió una apreciación de Schulz en la revista Time en diciembre de 2000, después de su muerte a los 77, en la que amplía claramente su tesis del libro de 655 páginas, a veces palabra por palabra.

La biografía de Michaelis, ‘Schulz and Peanuts', que HarperCollins publicará la semana próxima, es uno de los libros más esperados de esta temporada editorial. Los cuadros de dibujos de Schulz están intercalados con el texto, y Michaelis los usa como revelaciones de las emociones del artista.
"Era un artista complicado que tenía una vida interior y que la plasmaba en la página", dijo Michaelis en una entrevista. "Sus ansiedades y miedos le proporcionaron Lucy y los personajes de ‘Peanuts'".
"Una persona normal no podría haberlo hecho", dijo.
Los biógrafos tienen a menudo problemas con los amigos y familiares de sus personajes. Claramente un familiar no es necesariamente objetivo, un hombre de familia querrá proteger su reputación o puede ignorar sucesos ocultos o aspectos de la personalidad de alguien. Janet Malcolm, en un conocido y provocador ensayo, ofreció otra interpretación, describiendo la relación entre un periodista y el entrevistado como innatamente engañosa y al periodista como una "especie de hombre de confianza". Se han invocado elementos de todas estas explicaciones.
Jean Schulz, la segunda mujer de Charles, dijo que había leído tres cuartos del tercer borrador de Michaelis. No rechazó que su marido, al que sus amigos llamaban Sparky, fuera "melancólico", pero dijo que eso era sólo parte de la historia: "No es un retrato completo. Sparky era mucho más. Le gustaba reír.
"Parte de lo que intriga a la gente acerca de Sparky es que hablaba de la sensación física real que era su ansiedad, la sensación de pavor cuando despertaba en la mañana. Pero tenía una aceptación budista de la vida y sus altibajos. Funcionaba perfectamente bien.
"David no podía explicarse todo", dijo, pero agregó: "Creo que la melancolía de Sparky y el desastre de su primer matrimonio, son más interesantes que hablar sobre veinticinco años de felicidad". Citó la frecuente respuesta de su marido a la pregunta por qué Charlie Brown nunca llegó a ser bueno para el fútbol: "La felicidad no es divertida".
Lo que la inquietaba particularmente, dijo, eran los juicios de Michaelis. "Todo artista tiene su punto de vista", dijo, "pero si David va a decir que Sparky es un hombre consistentemente malo, entonces tendrá que probarlo".
"La descripción es muy vaga", dijo, mencionando una cita anónima.
Las notas bibliográficas en cada capítulo de Michaelis están organizadas por materia, de modo que puede ser difícil hacer corresponder una cita particular con una fuente particular.
Jean Schulz dijo que encontró errores de hecho, muchos de ellos triviales, pero "eso me hace pensar sobre otras cosas en el libro". Michaelis "obviamente tomó notas", dijo, pero algunas cosas eran claramente "errores de transcripción o de interpretación".
Monte Schulz mencionó otros varios pequeños errores, incluyendo la mención de una ama de llaves sirviendo la cena después de haber dejado de trabajar para la familia; una referencia incorrecta a su padre oyéndolo dictar una charla en un taller de escritores; y lo que Monte dijo que era un presupuesto ridículamente bajo para construir una pista de patinaje sobre hielo.
Dijo que su madre, Joyce Doty, estaba muy enfadada de verse retratada como prepotente y gruñona. Localizada en su casa en Hawai, dijo: "No voy a hablar con nadie sobre nada". Meredith Hodges, que creció como uno de los cinco hijos de Schulz, descubrió recién de adulta que él no era su padre biológico. Lo describe en el libro como "frío", "distante" y "con miedo al amor", y escribió en un mensaje por correo electrónico, "sin comentarios".
En su biografía, Michaelis describe a Schulz como exageradamente generoso, dedicado a sus hijos, modesto y divertido, y a Joyce como enérgica, capaz y llena de vida, pero esos rasgos no reciben mayor atención. Amy Schulz Johnson, que describió a Schulz como "el más asombroso de los padres parecidos a Cristo", se quejó de que Michaelis destacara las cosas negativas y dejara fuera las positivas. "Todos fuimos engañados".
Sin embargo, Jean Schulz siente simpatía por la idea de que la visión creativa de un escritor o artista, señalando a su propio marido. "David está escribiendo esto para sí mismo", dijo. "Tiene que estar agradecido".

22 de octubre de 2007
8 de octubre de 2007
©new york times
©traducción mQh
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recuerdo del che


Como un personaje de London.
En ‘El último lector' (Anagrama), Ricardo Piglia analiza la tensión entre el acto de leer y la acción política en el Che. "Hay una escena en la vida de Ernesto Guevara –señala Piglia– sobre la que Cortázar ha llamado la atención: el pequeño grupo de desembarco del Granma ha sido sorprendido y Guevara, herido, pensando que muere, recuerda un relato que ha leído. Escribe Guevara, en los ‘Pasajes de la guerra revolucionaria': ‘Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo'." El cuento de London, comenta Piglia, es ‘Hacer un fuego'. Hacia el final del ensayo, el escritor evoca otra escena que funciona casi como una alegoría, antes de que el Che fuera asesinado en La Higuera. "La única que tiene con él una actitud caritativa es la maestra del lugar, Julia Cortés, que le lleva un plato de guiso que está cocinando la madre. Cuando entra, está el Che tirado, herido en el piso del aula. Entonces –y esto es lo último que dice Guevara, sus últimas palabras–, Guevara le señala a la maestra una frase que está escrita en la pizarra y le dice que está mal escrita, que tiene un error. Él, con su énfasis en la perfección, le dice: ‘Le falta el acento'. Hace esta pequeña recomendación a la maestra, la pedagogía siempre, hasta el último momento." La frase escrita en la pizarra de la escuela era: "Yo sé leer". Para Piglia, que ésa haya sido la frase, "que al final de su vida lo último que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es como un oráculo, una cristalización casi perfecta".
"Murió con dignidad, como el personaje del cuento de London –concluye Piglia–. O, mejor, murió con dignidad, como un personaje de una novela de educación perdido en la historia."

8 de octubre de 2007
©página 12
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nuevo héroe de historietas


[Sebastian Rotella] Esta novela gráfica narra las aventuras de un agente francés. El resultado es Pierre Dragon, un éxito de opinión y crítica.
Hay dos Pierre Dragons. Pierre Dragon, héroe de historietas, fisgonea entre las sombras de París mientras dirige una unidad de inteligencia de la policía tras la pista de terroristas. Suda durante estas vigilancias nocturnas. Se zampa sus comidas en grasientos tugurios de kebab. Durante una bronca en un bar iluminado por luces de neón, lanza a un matón por una ventana de cristal blindado.
El segundo Pierre Dragon se parece al poli ilustrado. También es un ex comando de 41 años. Veterano de la policía con 21 años de experiencia cuyo primer encontrón con el terrorismo lo tuvo en la carnicería subterránea que produjo un atentado con bomba que mató a ocho personas en una estación de trenes aquí en 1995. Hijo de inmigrantes españoles, suficientemente moreno y fuerte para operar en los bajos fondos de Oriente Medio y África del Norte.
Pierre Dragon es el nom de plume y alter ego de un activo jefe del contraterrorismo que se ha transformado en el primer poli de Francia, y quizás de todo el mundo, en escribir un libro de historietas basado en sus aventuras en la vida real. Este mayo, una respetable casa editorial parisiense logró un gran éxito con una novela gráfica que combina las dos instituciones francesas por excelencia: la BD y el RG.
Debido a que a los franceses les gustan las abreviaturas, a menudo sin ofrecer ninguna explicación a los extranjeros, así es como un diario resumiría la historia. Pero para el resto de nosotros, BD quiere Bande Dessinée, el género de libro de historietas de tapa dura que aquí es una importante industria. RG es Renseignements Généraux, Informaciones Generales, la división de espionaje doméstico de la policía nacional impregnada durante largo tiempo por un aura de secreto y poder.
"‘RG' son esas dos pequeñas letras que siempre causan miedo", dijo el autor, cuyo nombre verdadero es un secreto por orden de sus editores. "Yo quería mostrar los mecanismo secretos de ese mundo. La vida diaria de una unidad que trabaja en contraterrorismo. Investigaciones, vigilancia, pero también la vida fuera: de compras, problemas de familia, niños".
El primer título de la serie es ‘RG: Riad del Sena'. Dragon y Frederik Peeters, un dibujante suizo, describe el tedio, la tensión y ocasiones explosiones de adrenalina del trabajo contraterrorista. Descifran el coa: ‘tonton', o ‘tío', quiere decir ‘informante'; ‘planque', o ‘escondite', quiere decir ‘casa de vigilancia'; ‘serrer', o ‘asir' , quiere decir ‘detención'. Revelan varios trucos del oficio: Temiendo que un sospechoso bajo vigilancia lo ha visto, a él y a su colega en un taxi aparcado, Dragon llama a los agentes uniformados para que los arresten a punta de pistola y proteger su cobertura.
El mundo francófono ha gustado siempre de los héroes de historietas, como Tintin, el trotamundos de pelos de punta creado por un belga en 1929, y Asterix, el guerrero de Galia. A fines de los años sesenta, el género alcanzó la locura. Explorando la política, la historia y toda una gama de técnicas narrativas, la BD se hizo popular entre jóvenes intelectuales y ganó un sitio a la par con la pintura y la literatura.
En un signo de esa veneración, los franceses llaman a sus intelectuales revistas de tapa dura ‘álbumes'. Peeters pinta un taciturno y cinemático retrato del esplendor parisiense: un sol tempranero ilumina el Pont Neuf en el Sena, un halcón parado en una valla en un páramo industrial salpicado de rayados.
"‘RG' es un álbum excepcional en más de un nivel", escribió un reseñador en el diario Le Figaró. "Con creciente fascinación, lo introduce a uno en la rutina de un equipo de polis en un escondite en París... Entre documental y película de género este es el primer gran procedimiento policial en formato de libro de historietas".
‘RG' se une a las obras de toda una generación emergente de ‘polis creativos', una tendencia reminiscente de Joseph Wambaugh, el veterano del Departamento de Policía de Los Angeles que lanzó una espectacular carrera literaria en 1971.
Tres libros calcados de la vida fueron publicados hace poco por agentes franceses convertidos en escritores: una teniente que incursiona en la poesía en su blog; un veterano comandante del inquieto distrito del Seine-Saint-Denis al norte de París; y un joven agente de origen norafricano que dice que presenció maltratos y racismo cuando era miembro de las fuerzas antidisturbios.
Dragon cuenta la investigación de una banda libanesa que financia el terrorismo internacional haciendo fraude en ropa de contrabando y con un servicio de limusina que atiende a los grandes apostadores saudíes que en los veranos convierten a París en la ‘Riad del Sena' -una referencia a la capital saudí. El imaginario Dragon también tiene tiempo para reñir con su ex, idolatrar a su hija adolescentes y cortejar a una mujer que trabaja en una clínica dental que su desaliñado equipo ha tomado de prestado para ocuparla como escondite.
El libro se destaca por su riguroso y detallado realismo. Pero la trama hace pequeños compromisos en el nombre del arte y el comercio, tales como una escena en la que el héroe lograr entrar a la embajada norteamericana con mentiras y amenazas para pedir la ayuda del encargado del FBI. El autor reconoce que las tácticas de John Wayne son innecesarias, porque las agencias francesa y estadounidense tiene canales de comunicación bien estructurados.
"La cooperación es super, y así no funcionaría", dijo. "Pero, en general, yo era feliz. Todos mis colegas que lo leyeron dice que los detalles son todos correctos hasta en lo más nimio".
La aventura artística de Dragon empezó durante la conmoción internacional sobre las caricaturas del profeta Mahoma publicadas por un diario danés en septiembre de 2005, provocando indignación, violencia y un debate sobre la libertad de prensa y la tolerancia religiosa. Cuando Charlie Hebdo, un semanario satírico de aquí, publicó las caricaturas en febrero del año siguiente, extremistas musulmanes respondieron con amenazas.
La unidad de Dragon debía proteger al personal. Durante una comida con periodistas y escritores, conoció a Joann Sfar, editora de la casa Gallimard. Después de una sesión oyendo sus historias de guerra, Sfar le preguntó si le interesaba participar en un proyecto sobre un libro de historietas.
Fiel a su cultura del sigilo, Dragon dijo que lo pensaría y pidió permiso a sus jefes. Su respuesta: ""Mientras sea poesía, puedo hacerlo".
Al principio, los editores lo vieron como a un consultante. Pero pronto evolucionó una colaboración plena con Peeters, 32, un brillante autor de títulos en ciencia ficción y SIDA. La diversidad de los temas ilustra el alcance del fenómeno BD aquí.
El año pasado, la industria publicó cuatro mil títulos y vendió trece millones de ejemplares; más de la mitad de los jóvenes adultos franceses leen cómics, de acuerdo a algunas encuestas. Un festival del cómic que se viene celebrando por 34 años en Angouleme, una ciudad en el sudoeste del país, atrae a unos 200 visitantes al año.
Dragon no era lector de BD. Tampoco tenía aspiraciones literarias. La creativa asociación tomó la forma de extensas conversaciones y caminatas con Peeters, que se armó a sí mismo de una cámara para captar los ambientes. El principal interés del dibujante era el hombre detrás de la placa.
"Un poli de cómic no era realmente lo que tenía en mente", dijo Dragon. "Me interesaba más la gente. Le contaría una historia, y él me decía: ‘Está buena, pero difícil de poner en papel. Tenemos que hacerlo de otro modo'. Tiene mucho talento. Y ahora ya empezó a hablar como poli".
La misión de la agencia RG se presta para análisis literarios e introspección. Pocas agencias policiales se implican en semejante mezcla de análisis políticos y sociológicos, reuniones secretas de inteligencia y el trabajo comunitario de la policía en Estados Unidos.
"Es bastante único. Tengo problemas a la hora de pensar en un equivalente", dijo Dragon. "Tiene presencia en todo el territorio nacional y se mantiene alerta ante cualquier cosa que pueda representar algún problema".
Aquí la tradición de espiar a la ciudadanía se remonta a la época de los reyes y emperadores. Pero Renseignements Generaux empezó hace un siglo y extendió su red a través de la sociedad, redactando gigantescos expedientes, ejércitos de informantes y el apodo de ‘Orejón'.
Los principales blancos eran los fascistas, los izquierdistas y los sindicalistas, pero los agentes hacían de todo, desde custodiar casinos hasta hacer de enlaces con líderes religiosos.
Agentes de RG tienden a tener una interpretación matizada de temas tales como el islam y la política y un aire mundano. Un jefe jubilado hace poco conduce una moto Harley-Davidson, que pertenece a una asociación cultural que ayuda a jóvenes artistas y posee una enciclopédica colección de Hollywood Westerns.
Los intelectuales franceses han sido a menudo criticados por privilegiar la teoría antes que la prática, y las palabras antes que el contenido. Pero los duros sociólogos de la calle de la RG basan sus opiniones en la realidad. durante años vienen advirtiendo sobre el peligro de disturbios a nivel nacional, como los que surgieron en el otoño de 2005 y, de algún modo, pilló a la elite mal parada.
En los últimos años, la agencia ha bajado el tono de sus aspectos menos agradables de estado policial.
Las prioridades actuales son luchar contra el extremismo islámico y la violencia urbana, las subculturas que ha menudo se entrelazan en las enormes barriadas de inmigrantes.
Pero se avecinan más cambios. El gobierno ha empezado un cuidadoso intento de consolidar los servicios de inteligencia que se han dedicado durante toda la vida a rivalidades territoriales. El primer paso ocurrió hace poco cuando RG y otras agencias fueron colocadas en el mismo, ultramoderno edificio en las afueras de París.
El fin de ‘Riad del Sena' es por eso actual. Justo cuando el equipo de Dragon está ganando ímpetu, la DST, la agencia nacional de contraespionaje, se le aparece en el camino y le quita el caso.
Entretanto, el Dragon y Peeters de la vida real se han sumergido en el trabajo para un segundo número, que debe aparecer en la primavera, sobre bandas que trafican en inmigrantes asiáticos ilegales.
El tema, dijo Dragon: "La explotación del hombre por el hombre. Se trata de una investigación, pero también pasa más tiempo explorando el lado humano. Las cosas terribles con que se encuentran los polis durante el caso los afecta. No pueden simplemente estar concentrados exclusivamente en la investigación. Los obliga a pensar en la miseria humana".

rotella@latimes.com

27 de septiembre de 2007
18 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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el paraíso encontrado


[Claudio Zeiger] ¿Un escritor está obligado a imaginar un destino antes de encontrarlo? Quizá, cabe conjeturar, para eso escribe.
Pero la imaginación puede fallar, o extraviarse en los laberintos de la vida. Puede no encontrarse nunca con aquello imaginado porque, tal vez, la imaginación no sea otra cosa que la celebración del desajuste entre la literatura y la existencia. Y puede que no esté obligado a nada, si no creyera en el destino o si se dejara llevar por la contingencia. Hay tantas posibilidades. Y sin embargo, cuando un escritor está atado al linaje y a la tierra, no puede no pensar en el destino como algo que fue inscripto alguna vez, antes, en alguna parte, para él.
Voces de biógrafos, amigos, personas que lo conocieron, él mismo, coincidieron en señalar que Manuel Mujica Lainez encontró el paraíso después de haberlo imaginado.
‘Invitados en el Paraíso' fue escrita entre abril de 1956 y febrero de 1957, y publicada en ese mismo año. Plasmó Manucho en su novela una chacra en las afueras de Buenos Aires donde funciona una pequeña comunidad decadente y, a su manera, solidaria con los exiliados de la ciudad y los expulsados de la fortuna, un lugar ‘fuera del mundo' donde el mundo se rehace idealizado y yerto, donde el pasado congelado y el futuro incierto hacen que las personas prefieran anclarse en un presente fantasmagórico, vivir en un estado de evasión que puede rayar con la pérdida del sentido de realidad. Por eso, y probablemente sin ironía, Mujica Lainez eligió llamar a ese lugar El Paraíso.
Según refiere uno de sus biógrafos, Jorge Cruz, en ‘Genio y figura de Mujica Lainez', "en Los ídolos, en 'La casa', en 'Los viajeros', el gran mundo, identificado con el pasado de su familia y con su infancia, se derrumba; en 'Invitados en el Paraíso' ese mismo mundo parece situarse en un ámbito irreal y eterno; el autor lo fija para siempre en una suerte de paraíso donde aquellos personajes seguirán viviendo, preservados, por fin, de todo menoscabo (...) La novela tiene una conclusión feliz, un final mozartiano: nos imaginamos a sus personajes eternamente sonrientes, eternamente apasionados, sobreviviendo a la realidad que pintaron las otras partes de la saga porteña. Este destino les da Mujica Lainez a sus criaturas, luego de señalar su declinación y su aniquilamiento. Así como Dante construye para los grandes hombres de la antigüedad gentil el nobile castello, a los personajes frívolos, fantasiosos y refinados de la saga, que se aferran a los ídolos de su mundo artificial, Mujica Lainez les abre su Paraíso y ahí están".
Las casas de Mujica Lainez, esas que albergaron fantasías diseminadas en novelas y cuentos de la "misteriosa Buenos Aires" (la fantasía de Mujica Lainez en los '50 elabora un mundo decadente que va de fin de siglo XIX hasta los años '30, pero con el nuevo trasfondo social que abrió el peronismo en parte en la realidad, en parte en la imaginación exaltada de varios escritores argentinos desde mediados de los '40) solían surgir de un loteo; la estancia se fraccionaba para dar origen al pueblo chico, y frente a ese crecimiento, la casa parecía replegarse sobre sí misma en un movimiento defensivo, uterino, volverse refugio.
El origen del Paraíso debió ser una estancia. En ‘Los ídolos' (1952) ya aparece una versión de estancia heteróclita donde peones y fogón conviven con una biblioteca señorial, tapices que representan escenas míticas del universo, un excéntrico castillito o un invernadero sin plantas construido por el pariente loco que nunca falta en las grandes familias.
Personajes insólitos y fantasías ambiguas pueblan lugares que inadvertidamente se han ido convirtiendo en símbolos de lo que está ausente, aquello perdido para siempre. Dentro de las estancias podía haber de todo. Las casas, tranquera adentro, escondían verdaderos tesoros ocultos para deleite del fetichista impenitente: muebles, porcelanas, cachivaches, piezas únicas, molduras de yeso, estatuas, candelabros, cuadros.
Mujica Lainez se documentaba exhaustivamente para ambientar tramas y personajes, y seguramente no era tanto por afán de realismo sino por el enorme goce que le deparaban los objetos y el no menor goce vicario de quien entra a visitar las propiedades de los otros para llevarse grabado en la mirada el recuerdo de viejos esplendores. (Placer que se extendió prácticamente hasta el último día de su vida, ya que Manucho moriría apenas después de visitar unas estancias en San Pedro donde buscaba documentarse para la novela ‘Los libres del Sur', que quedaría inconclusa. Ese viaje fue un desvío del trayecto de regreso a Córdoba desde la Capital; Manucho volvía de la Feria del Libro, y es probable que el exceso de fatiga haya precipitado el final.)
Quizá la ilusión de encontrar la esencia del placer sostenga la sed de paraíso; en Manucho y en todos los buscadores de la felicidad. Pero buscarla en estancias y quintas y mansiones (escenarios centrales de su imaginario) habla en forma bastante elocuente de la forma de utopía que se ha venido moldeando en lo que el propio escritor podía pensar como su "mundo": familias y propiedades.
La tierra se fracciona y divide, como las familias en parientes ricos y pobres o "venidos a menos". Los espacios tienden a achicarse en el nuevo mundo de la Argentina confusa y amenazante. Escribió Mujica Lainez en ‘Invitados en el Paraíso': "El Paraíso no era ya una estancia y era bastante más que una quinta. A falta de una denominación justa lo llamaban la ‘chacra'. Tampoco lo era. Era un lugar de capricho. Había surgido como las grandes familias históricas equiparables a las vastas estancias fundadoras, en la evolución de la tierra, por el heroísmo y por el trabajo audaz, y perduraba, con su gracia fuera de moda, ni estancia, ni chacra ni quinta, por una necesidad romántica, casi estética, como los últimos descendientes indefinibles, inubicables, de las grandes familias históricas debilitadas. Quizás su belleza mayor, impalpable pero evidente, procedía de cierta condición, entre antojadiza y utópica que no se podía separar de su fantasía. Como lo puramente, lo ajustadamente bello, El Paraíso cumplía la estricta función de dar placer".
Como en los paraísos naturales, y como en los paraísos artificiales, se trata de llegar a una zona de disfrute y hedonismo, de reparación de aquello que fue esquivo en el mundo llamado real. Una zona estética. En rigor, las casas, las quintas, las mansiones, no sólo eran el testimonio de la decadencia de la aristocracia, sino del goce estético que la decadencia provocaba en Mujica Lainez, en la medida que le recordaba el infinito goce que emana del pasado entendido como herencia, como una pertenencia genuina e intransferible.
En ‘Los viajeros', una de las grandes novelas de Mujica publicada en los años '50, la casa adquiere un carácter laberíntico y confuso, donde las personas se mezclan y las clases sociales tienden a invertir sus roles.
"¡Qué casa inusitada la nuestra, la que tía Ema nos prestaba para que en ella ocultáramos, disfrazándolas con actitudes señoriles, nuestras penurias económicas y nuestra mediocridad! Su padre, mi bisabuelo, fue un hombre riquísimo y voluntarioso, un clásico producto de su tiempo, derrochador, ingenuo y progresista, que cuando resolvió lotear parte de la estancia para fundar el pueblo, derribó el vetusto edificio central de Los Miradores, una casa encantadora de 1830, y se entretuvo alzando en su lugar, desde 1880 hasta 1914, una dislocada construcción en la que convivían los estilos bastardos, mezcla de villa europea, de cuartel y de acertijo."
El fundador solía refugiarse entre quince y veinte días seguidos en la casa con mujeres y amigos parásitos para gozar de "fiestas truculentas" y "asados pantagruélicos", y ni sus descendientes "con nuestra insignificancia altiva, ni los ex mucamos vecinos, con su afán de que se los tomara por burgueses, hemos conseguido despojar a Los Miradores de su carácter, de su ‘tono' de casa de placer, hecha para el placer, con todo lo disparatado que el placer implica".
A pesar de este impulso hacia el placer, el ideal del paraíso de Manucho irá tomando un sesgo monástico (desde luego que nadie se llame a engaño: un monasterio de Manucho incluiría el placer entre sus claustros; pero también gustaba de la austeridad, el encanto hidalgo de la austeridad). Las representaciones del paraíso se han ido reacomodando a los vaivenes de la vida y la escritura. Entre la estancia y la quinta, aparece la chacra, la casa a secas; y ya más cerca del cielo, irguiéndose hacia lo alto, el palacio. Según escribió Jorge Cruz, "la saga de la sociedad porteña como testimonio de un grupo social, registra un proceso de decadencia; una clase dirigente pierde fuerza, ejemplaridad y poder, en gran parte debido a la corrosión de un germen destructor que lleva dentro. El palacio es el bastión de la familia, de toda una clase que agoniza".
Todo palacio parece estar fatalmente condenado al saqueo y la ruina; grandes habitaciones frías y vacías, los vidrios rotos, las malas hierbas invadiendo el jardín otrora edénico; es la amenaza permanente desde que las estancias y las quintas se han como disuelto en los pueblos. El mundo se mezcla. Pero aun así vale la pena seguir atisbando los interiores de la decadencia, y de esa forma, escribiendo sobre lo que se quiere adquirir, mezclando en forma extraña y talentosa el inútil recuento del pasado y la profética adivinación del porvenir, el paraíso se vuelve destino.

1969: El Paraiso Es Nuestro
Entre el placer y el ascetismo, el paraíso va tomando la forma de una utopía privada, privadísima. Un lugar para poblar de amigos (desde visitantes ocasionales a amigos realmente íntimos), objetos de arte, libros (Manucho trasladaría de Buenos Aires a Córdoba unos 13 mil volúmenes), una vida cortesana con períodos alternativos de silencio y bailes de disfraz. Manucho también trasladaría a sus queridas tías a El Paraíso. La utopía tenía una tonalidad literaria, ligera, pero no dejaba Mujica Lainez de buscar las huellas del paraíso en la tierra. Como si esto fuera poco, estaba la posibilidad de lograr un golpe de efecto proustiano: el gran frívolo, el que había relatado la decadencia de la aristocracia conocida desde adentro con una mirada equilibrada, crítica pero no destructiva, ahora se replegaba sobre sí mismo, abandonaba el mundanal ruido y se apartaba, no entre paredes recubiertas de corcho pero sí semi escondido tras frondosos árboles. Una manera paradójica de llamar la atención, como siempre había hecho con sus monóculos, sus chalecos y sombreros.
La primera pista fue un enorme caserón en las Sierras Grandes de Córdoba, el casco de una estancia de la Compañía de Jesús. "Pasó de mano en mano, y hacia 1930 fue comprado por un inglés, que lo transformó en hotel y lo dotó de doce baños y otras tantas chimeneas", escribió Manucho en un álbum de fotografías. "Estuve a verlo dos veces. Amueblé con la imaginación su inmenso refectorio, poblé sus habitaciones con mis amigos artistas, a quienes vi pintando o trabajando en cerámica, y hasta con hábitos, y me fui sin adquirir nada. Posiblemente no esté maduro aún para el monasterio."
Unos años después aparecería la visión más nítida del paraíso que haya tenido Manucho. La luz de una revelación lo persuadió no sólo de que se trataba del lugar indicado, sino además de que estaba al borde de convertirse en el profeta de sí mismo, esto es, la posibilidad de manejar los hilos de su propio destino. Así lo refiere Cruz (esta vez en complicidad con un perro que asume la voz del amo):
"En mayo de 1969 compra El Paraíso, no en Grecia ni en Taormina sino en la Córdoba argentina; seis hectáreas de bosque sobre la pendiente de una sierra, a 830 kilómetros de Buenos Aires, con su gran casa principal, otras más pequeñas, un lago, una pileta de natación. Sin lugar a dudas –comenta el perro memorialista de Cecil– éste es un sitio encantado. Sin lugar a dudas, el enigma de una predestinación lo une por lazos imprevisibles, a partir de sus comienzos, con el escritor que hace tres años ignoraba su existencia. Desde que construyeron la casa, en la iniciación de la década del veinte, la propiedad ostenta por nombre el mismo que lleva por título una de las novelas de mi amo y que es, también en ese libro, el nombre de una quinta..."
Mujica Lainez –cuenta la leyenda– encontró la casa por casualidad, paseando, pero sus proporciones y estilo no pasaban desapercibidas detrás de los árboles. Manucho escribió en su álbum de fotografías que "un cartel unía su nombre a la información de que estaba en venta, y quizás, en mi subconsciente, la magia de ese nombre operó de inmediato, pues ella hacía espejear la posibilidad de que el autor de ‘Invitados en el Paraíso' convirtiese en realidad a lo creado, misteriosamente, por su imaginación".

Pero Concretamente ¿Cuánto Vale El Paraíso?
Según explica Oscar Hermes Villordo en la biografía Manucho. Una vida de Mujica Lainez: "El trato fue celebrado por carta. Manucho, luego de hacer el arqueo de sus bienes, comunicó a las escribanas la siguiente conclusión: en los primeros días de enero de 1969 entregaría un millón, terminado el mes otro, y en abril los cinco restantes. De los ocho millones del precio pagaría siete. Había rebajado uno. Ante su sorpresa, la oferta fue aceptada".
Y en el mes de agosto de 1969: "Su editor, López Llausás, le da la buena noticia de la liquidación de sus derechos de autor, en respuesta a una solicitud que le ha hecho. En carta de fines de julio le dice: "No diré que sea lo que tu bien ganada fama literaria merece, pero sí suficientemente sustanciosa para que contribuya a ir nutriendo de bellezas tu Paraíso cordobés hasta verlo convertido en un 'tal'". (1969 fue el año del levantamiento obrero sindical conocido como Cordobazo. Pero la clase obrera no iba al Paraíso; a lo sumo Manucho sufriría los trastornos del transporte paralizado durante la mudanza.)
Y llega el gran día. En un recuadro enmarcado con rojo, Manucho escribe:
"Hoy, 19 de agosto de 1969, se pagó El Paraíso. Desde hoy es definitivamente nuestro".

Supersticiones
Silvina Bullrich, una de las amistades más antiguas y perdurables de Mujica Lainez, atribuyó la adquisición de El Paraíso a una mera superstición, como el gesto de quien arroja sal hacia atrás para conjurar una posible desgracia.
"Manucho fue una de las personas más supersticiosas que he conocido y sabe Dios que yo también lo soy. Pero no hasta ese extremo", escribió en una semblanza de 1986, dos años después de la muerte del escritor y amigo, con el enérgico desdén que la caracterizaba. "Como después de haber escrito ‘Invitados en el Paraíso' encontró en Cruz Chica una casa llamada El Paraíso, pensó que allí estaba su destino y la compró."
Y también agrega Bullrich un detalle prosaico entre tantas intuiciones y mágicas coincidencias misteriosas. "Contaba Manucho cincuenta y nueve años cuando sus dedos se endurecieron por el reumatismo y le aconsejaron ir a vivir a un clima menos húmedo que el de Buenos Aires. Allí estaba esperándolo el Paraíso en las sierras de Córdoba, como señalado por el destino." Y, sin embargo, el destino se regocija en un ejercicio perverso: cuando creemos que nos pegamos a él, se corre uno, dos pasos. Está cerca, pero no quiere que la coincidencia entre vida y destino sea absoluta. El destino siempre debe ir un paso más allá, o al menos se arroga ese derecho. "No murió, como se lo había predicho una de sus tantas adivinas, en una casita blanca junto al mar –agrega Bullrich lacónicamente–, sino en un caserón en las sierras de Córdoba."
La biografía de Oscar Hermes Villordo fue publicada en 1991 y empieza –gesto poco usual– con el minucioso registro de la muerte del biografiado, rozando (recreando) las atmósferas mórbidas y decadentes tan caras al escritor fallecido.
"Yace sobre su cama cubierto hasta el pecho por una sábana blanca, blanquísima, con bordados calados, y sus manos están frías debajo de la tela. Frías y duras. Estirado a lo largo, con el rosario que le han enredado entre los dedos, que sobresalen del reborde de la sábana despojados de sus anillos, tiene una rosa rosada, la única flor, puesta al costado, a la altura de la cabeza. Sonríe detrás de los párpados, en el brillo de la mirada (sí, de la mirada, porque parece vivo; sólo dormido, plácidamente dormido en el silencio y la claridad del dormitorio, la habitación antes alegre y ahora ausente y fantasmal sin embargo porque está muerto)."
Manucho murió en la madrugada del 21 de abril de 1984, sábado de Pasión. Era entonces un escritor célebre y controvertido, cuya figura recargada y satisfecha estaba seguramente destinada a opacarse con los nuevos tiempos de apertura y destape; la noticia de su muerte causó un revuelo de cámaras y fotógrafos en los alrededores de El Paraíso en Cruz Chica. Se lo enterró en un cementerio cercano, un Jardín de Paz con aspecto de tratarse de un refugio donde las lápidas quedaban semiocultas por el pasto crecido. Un refugio discreto.
Entre la decadencia y la gloria, lejos del mundanal ruido pero arraigado para siempre en la iconografía del escritor de mundo, tan criollo como barroco, yace Manucho en su paraíso.

3 de septiembre de 2007
©página 12
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murió magdalen nabb


Sus novelas policiales giraban sobre las aventuras de un detective italiano. A los sesenta.
Magdalen Nabb, 60, escritora británica que escribía novelas policiales sobre un estrafalario detective italiano, murió de un derrame el sábado en Florencia, Italia, donde vivía y trabajaba desde 1975, informó Diogenes Verlag AG, su editor suizo.
Las novelas más populares de Nabb giraban sobre un detective de la policía nacido en Sicilia, Marshal Salvatore Guarnaccia, que fue descrito por Publishers Weekly como un "inusual protagonista de novelas policiales: No es ni tan sofisticado como Bond, ni un perdedor tratando de levantarse".
Publicó trece novelas en la serie, las más reciente ‘The Innocent', en 2005.
Su editor dijo que había terminado hace poco su novela número catorce, ‘Vita Nuova', que será publicado el próximo año.
Nabb también publicó trece libros para niños y jóvenes adultos, incluyendo ‘The Enchanted Horse'.

23 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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murió john gardner


[Martin Weil] Novelista británico. El ex miembro de los marines británicos, mago y clérigo revivió el personaje de James Bond.
Murió John Gardner, el novelista británico que fue mago, clérigo y miembro de la Armada Real antes de dar nueva vida literaria a uno de los agentes secretos más famosos de la literatura, el legendario James Bond. Tenía ochenta años.
El Daily Mail informó que se desplomó cerca de su casa y murió el 3 de agosto en un hospital de Basingstoke, Inglaterra. Un informe en su página web dice que había estado enfermo y que había sufrido un derrame menor el año pasado.
Bond, el célebre Agente 007, fue creado por Ian Fleming, que murió en 1964. Dieciséis años más tarde, Gardner aceptó la misión de resucitar al hombre que, en la página impresa y en la pantalla de cine, se había convertido en un símbolo mundial del espionaje, la sofisticación y las proezas épicas.
Los trabajos de Gardner empezaron con ‘Licencia renovada para matar' [Licence Renewed] (1981) y produjeron catorce títulos, que excedieron la producción original de Fleming y se encuentran entre los ejemplos más exitosos de un escritor a la hora de idear hazañas adicionales del personaje de otro.
Considerado como serio y filosófico, se decía que Gardner no soportaba la obsesión de Bond con marcas de coches elegantes y productos lujosos y la visión restrictiva que tenía el espía de las mujeres.
Pero Gardner dijo que consideraba la escritura de las nuevas series de Bond como un reto y "una vez que le metía el diente, no lo soltaba para nada".
Dijo que había querido agregar profundidad y dimensión al personaje, hacerlo crecer y rescatarlo del mundo de la fantasía para integrarlo al mundo real. La interpretación de Gardner se reflejó en asuntos como atribuir a Bond la preocupación por el kilometraje y colocándolo al volante de un sólido y práctico Saab.
Si no fue sacrilegio, estuvo cerca, dijo Gardner, y "los fanáticos no querían saber nada de eso". Reconociéndose sobre todo como un animador, Gardner se inclinó ante las demandas del mercado. Aunque los críticos lo miraron a veces de reojo, varios de sus libros sobre Bond fueron éxitos de venta.

John Edmund Gardner nació el 20 de noviembre de 1926, en Seaton Delaval, Northumberland, Inglaterra.
Su padre era sacerdote de la Iglesia de Inglaterra, y Gardner fue ordenado en 1953. Pronto reconoció su error, diciéndole a un entrevistador que durante un sermón un domingo, descubrió que no "creía ni una palabra de lo que estaba diciendo".
Fue liberado de sus obligaciones clericales en 1958. Dijo posteriormente que había recuperado la fe.
Desde la infancia Gardner se interesó en la magia y se convirtió en un apto artista, llegando a trabajar en 1944 con una unidad de la Cruz Roja cuando era adolescente. Más tarde ese mismo año, entró a la Armada Real y posteriormente se convirtió en oficial de los Royal Marines.
"Yo había sido un experto en armas pequeñas y también sabía un montón sobre explosivos", dijo, pero era "el peor comando del mundo".
Sus credenciales educativas, que fueron adquiridas, dijo una vez, "sin mi cooperación", incluyen un diploma de la Universidad de Cambridge. Pasó varios años cubriendo las artes para un diario británico antes de embarcarse en la literatura.
Le diagnosticaron cáncer al esófago cuando vivía en Charlottesville, Virginia, en los años noventa. Su tratamiento y la muerte de su mujer en 1997, ex Margaret Mercer, le impidió trabajar durante varios años.
Tras retornar a Inglaterra y cuando pasaba por dificultades económicas, volvió a escribir. "¿Qué otra cosa podía hacer?", dijo. En sus setenta, publicó una serie de novelas policiales ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, con una mujer detective.

17 de agosto de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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