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murió mark harris


[Dennis McLellan] A los 84. Escribió ‘Muerte de un jugador'.
Los Angeles, Estados Unidos. Mark Harris, autor de la aclamada novela de béisbol ‘Muerte de un jugador' [Bang the Drum Slowly], que adaptó para el cine en 1973 en una película con Michael Moriarty y Robert DeNiro, murió el miércoles por complicaciones relacionadas con el Alzheimer. Tenía 84 años.
Harris, profesor de inglés jubilado de la Universidad del Estado de Arizona que vivía en Goleta, California, escribió trece novelas y cinco libros documentales. Era conocido por sus cuatro novelas de béisbol narradas por Henry Wiggen, el lanzador zurdo de los imaginarios Mamuts de Nueva York: ‘The Southpaw' (1953), ‘Muerte de un jugador' [Bang the Drum Slowly] (1956), ‘A Ticket for a Seamstitch' (1957), y ‘It Looked Like For Ever' (1979).
‘Muerte de un jugador', mencionado como uno de los cien libros deportivos más importantes de todos los tiempos por Sports Illustrated, fue el más popular de los cuatro.
La tragicómica historia de Wiggen y del catcher Bruce Pearson, que se está muriendo de la enfermedad de Hodgkin, ‘Muerte de un jugador' fue adaptada para un episodio en vivo de ‘The US Steel Hour' en 1956, con Paul Newman como Wiggen y Albert Salmi como Pearson. En la versión cinematográfica, Moriarty hizo de Wiggen, y DeNiro fue Pearson.
La novela fue también adaptada al teatro.
‘Muerte de un jugador' fue elogiada por sus logros en dos niveles.
"El relato de la vida de Henry en su inexpresiva lengua vernacular en la banca es refrescante, vivo y a menudo hilarantemente divertido", escribió un crítico para el New York Herald Tribune Book Review. Al mismo tiempo, "sus reacciones ante su condenado amigo son conmovedoras y profundamente emotivas".
Cordelia Candelaria, autora de ‘Seeking the Perfect Game: Baseball in American Literature', calificó ‘The Southpaw' y ‘Muerte de un jugador', de Harris, como dos de las cinco mejores novelas de béisbol de la historia de la literatura.
Candelaria, que enseñaba escritura creativa en la Universidad del Estado de Arizona, dijo que la contribución de Harris a la literatura estadounidense no se limitaba a sus novelas de béisbol. Su mayor influencia, dijo, era su personaje Wiggen.
"Wiggen es tan perdurable e importante como Huckleberry Finn, como Ihsmael y como Ahab en ‘Moby Dick', y como Nick Adams en los cuentos de Hemingway", dijo Candelaria. "Henry Wiggen lucha con su individualismo, su lugar en la sociedad, y los dilemas morales a los que se enfrenta. Todas esas luchas giran tanto sobre él como un personaje americano como sobre el béisbol".
Harris, que de niño jugó béisbol y escribió a menudo artículos sobre el deporte, era conocido por su realismo cuando escribía sobre ese deporte en sus novelas.
"No soporto la fantasía, especialmente en béisbol", dijo en 1944. "Para mí tiene ser real. Creo que la gente que escribe fantasías sobre esto no sabe cómo funciona de verdad. Eso era lo que yo exigía cuando era niño, que el béisbol se jugara correctamente".
‘Diamond', una antología de ensayos sobre el béisbol escritos por Harris entre 1946 y 1993, fue publicada en 1994.
Aunque su padre es "más ampliamente reconocido por sus novelas de béisbol", su hijo Henry dijo el jueves que "existen otras novelas que él pensaba que eran igualmente válidas de lo que era importante para él: Fue un pacifista toda la vida y partidario de la justicia racial".
La primera novela de Harris, ‘Trumpet to the World', sobre un joven negro que se casa con una chica blanca y rica, fue publicada en 1946.
"Creo que expresaba su pacifismo de un modo distintivamente negro en una novela que tituló ‘Killing Everybody' de 1973, que giraba sobre el sufrimiento de unos padres que habían perdido un hijo en una guerra", dijo su hijo.
Nacido como Mark Harris Finkelstein en Mount Vernon, Nueva York, cambió legalmente su nombre en los años cuarenta, dijo su hijo, cuando "le aconsejaron que su carrera como escritor sería más exitosa si no usaba un nombre judío".
Tras servir en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como reportero y como escritor para Negro Digest y Ebony.
Sacó su diploma de maestría en inglés en la Universidad de Denver en 1950, y su licenciatura en inglés al año después. Recibió su diploma de doctor en estudios americanos de la Universidad de Minnesota en 1956.

10 de junio de 2007
4 de junio de 2007
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ben pastor y la novela negra


[Jacinto Antón] Ben Pastor, la italoamericana que revoluciona el género policial. "La novela negra es un caballo de Troya".
La escritora italoamericana Ben Pastor, nacida en Roma en 1950, y aún no difundida aquí, está revolucionando el género policial con sus novelas protagonizadas por un aristocrático oficial alemán con uniforme gris, Martin Bora, convertido en detective que investiga casos de asesinatos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial.

Estuve anoche en Via Rasella. En plena tormenta.
Tuvo suerte. Es difícil encontrar lugares históricos en los que uno pueda estar solo; el turismo lo vuelve todo tan banal... ¿Vio las huellas de metralla?

Sí, pero resulta extraño que no haya ninguna placa, ninguna inscripción que informe de lo que pasó en la calle.
Es un incidente que resulta un poco incordiante en la memoria heroica de la resistencia. Murieron civiles en la explosión, uno de ellos un chico de 13 años que resultó partido por la mitad. La legalidad de la acción partisana fue cuestionada en el juicio contra el ejecutor de los asesinatos de las Fosas Ardeatinas, el jefe de la Gestapo Herbert Kappler, en 1948, y en cambio se argumentó que, según la Convención de La Haya de 1907, las represalias eran actos legítimos. Locuras del sistema que no impidieron, gracias a Dios, que Kappler fuera condenado a cárcel de por vida. Pero todo eso y que los soldados de la masacrada 11ª Compañía de las SS resultaran ser tiroleses, varios de los cuales habían sido forzados a enrolarse amenazando a sus familias, hace incómoda la memoria del ataque. La gente prefiere recordar el martirio de los ejecutados en las cuevas.

Usted dedica Kaputt Mundi a una de esas víctimas.
Sí, a una de las que no pudieron ser identificadas. He inventado para ella un nombre hebreo romano, Sciaba. La familia de mi madre, los Sabatini, ¿sabe?, eran judíos conversos. Una gente muy secreta.

Y tiene también familia antifascista.
Bueno, en realidad mi padre fue oficial médico en Africa, cayó prisionero de los franceses en Argelia, hasta 1946. Pero, sí, mi abuelo materno era, en cambio, radicalmente antifascista; médico también, le impidieron ejercer porque se negó a tener carnet del partido. Mi madre hubo de trabajar para mantener a toda la familia. Un sobrino de ella, sin embargo, se presentó voluntario para servir en Saló, un fascista de última hornada, con 13 años. Lo mataron los partisanos. Mi madre no habla de eso. En fin, está bien tener en la familia gente que tomara posición. Creer en algo siempre es mejor que no creer en nada.

Su nueva novela sobre Bora, recién aparecida, 'The Venus of Salo', arranca precisamente con su personaje convertido en enlace en Saló entre el ejército alemán y el italiano en los caóticos días de la agonía del último régimen mussoliniano.
En la trama hay un cuadro de Tiziano perdido y una mujer de carne y hueso –a ambos hace referencia el título de la novela–. Bora se obsesiona con la mujer, y me gusta esa duplicidad ideal, platónica, entre el sujeto pintado y el real, mientras la guerra prosigue y se lucha contra los partisanos, guiados por un misterioso jefe, Capomorto. Hay un asesinato, por supuesto, y a Bora le pasan viejas cuentas las SS y la Gestapo.

El escenario de Kaputt Mundi es la Roma, città aperta que describió Rossellini.
En realidad, nada de "ciudad abierta"; era un lugar claustrofóbico, cerrado. Mi madre estaba en Roma, era periodista, no podía salir de la ciudad. Nadie salía ni entraba, oficialmente al menos.

En el trasfondo de la novela aparecen el desembarco aliado en Anzio, el avance hacia Roma, la represión fascista, los horrores de Via Tasso, los equilibrios vaticanos... ¿Qué opina de la posición de Pío XII?
He leído todo lo que he podido sobre ese hombre enigmático. Ayudó a mucha gente, pero se quedó corto, seguramente temiendo represalias sobre los católicos alemanes.

Hablemos de Bora, ese extraordinario personaje que ha creado. Oficial alemán –de subteniente a coronel– en el peor momento de la historia de su país, católico, atormentado, pianista, políglota; un héroe con profundos conocimientos de filosofía...
Es un hombre de casta; de pura cepa, como dicen ustedes. Está sometido a leyes familiares y personales que debe respetar. Y como militar, a los códigos terribles de ese mundo al que pertenece; los ritos del deber, el coraje, la lealtad. Pero dentro de él hay una resistencia, algo capaz de subvertir las normas a las que se siente obligado. Es un hombre íntegro y compasivo.

¿Cómo lo encontró?
Está claro que tiene un noble padre, Von Stauffenberg, desde luego. Me encanta Stauffenberg. Y la madre soy yo: Bora tiene también mucho de mí. Es maniqueo como yo, que me rijo por dicotomías, por la oposición de contrarios, luz/sombra, cerrado/abierto. En la ficción, le he creado una doble paternidad, como los héroes de la mitología clásica: un padre biológico artista, director de orquesta, ya muerto, y un padrino militar, un general que le ampara en su carrera. Esa doble condición le da un fondo atractivo.

Tiene un punto trágico.
Es leal a su país, un auténtico soldado, pero se va haciendo progresivamente consciente de la maldad del régimen nazi y del horror de la guerra –su hermano pequeño, aviador, muere en Rusia–. En última instancia, está en el bando perdedor.

Martin Bora es un hombre y usted una mujer. Déjeme decirle que es sorprendente el conocimiento que exhibe de la psiquis masculina en su personaje.
Es posible que fuera un hombre en mi anterior reencarnación (ríe). En serio, tengo un gran interés, antropológico y afectivo, sobre cómo son los hombres. Soy una feminista de largo recorrido, pero creo que las mujeres no hemos hecho aún un intento serio de entender realmente al hombre.

Nos halaga usted.
No, no, de verdad. La intimidad, la capacidad de no llorar, de mantener dentro lo que nosotras exteriorizamos con tanta facilidad, me parecen cosas muy conmovedoras. Hay una decencia y un pudor masculinos en el hombre bueno muy atractivos. Tuve un padre extremadamente tierno, pero era médico, había estado en la guerra; tenía la visión sucia, escéptica de la vida –aunque compasiva–, propia de la profesión. Lo vi llorar sólo dos veces. Una de ellas cuando un amigo suyo murió de cáncer, y me impresionó profundamente. Creo que las mujeres no sabemos lo que hace daño a los hombres.

Es cierto que si hay un personaje duro en sus novelas –aparte de los nazis– no es precisamente Bora, sino su superficial esposa, Dikta.
Benedicta, sí. Representa toda una entera clase social, la alta aristocracia, con una gran capacidad de frivolidad y de sobrevivir a lo que sea. Es honesta, no obstante. Tiene la cortesía de pasar por la cama antes de romper con Bora.

Describe usted muy bien la necesidad de perpetuarse, de tener hijos, de los hombres en guerra.
Eso es así, es algo instintivo; una pulsión primitiva, de supervivencia biológica, supongo. Bora sufre los abortos de su mujer. La pérdida de un hijo no nacido es esencialmente física en la mujer y psicológica en el hombre. Una pérdida te empobrece, pero, ¿sabe?, de alguna manera también te enriquece si sabes asumirla: cada luto, cada muerte tienen esa extraña contrapartida.

En el corazón de todas sus novelas de Bora hay la historia de una amistad. Bora y el sacerdote de Chicago padre Malecki, en 'Lumen'; Bora y el inspector italiano Guido, en 'Kaputt Mundi' y 'Liar moon'; Bora y el mayor estadounidense Walton, de las Brigadas Internacionales, en 'The horseman's song'; Bora y el confinado político Luigi Borgonovo, en 'The dead in the square'... Describe usted muy bien la amistad masculina.
Supongo que es un rasgo norteamericano. Me sorprende y me interesa mucho la amistad masculina. Creo que los hombres traban amistades más fuertes que las mujeres, sus amistades no son competitivas. Lo que más me interesa es el proceso de nacimiento de la amistad, el momento en que la relación dialéctica deviene amistad. Es un momento excepcional, exquisito. He de decirle también que esa obsesión por la amistad es también un deseo: estamos en un mundo tan poco amistoso... La amistad se ha convertido en algo desgraciadamente poco usual.

Usted le regala el estigma de la mutilación a Bora. En 'Liar moon', Bora pierde la mano izquierda a causa de un ataque con granadas de los partisanos cerca de Verona. Stauffenberg también había sufrido la amputación de una mano, varios dedos de la otra y la pérdida de un ojo, sirviendo en el Afrika Korps.
A Martin no lo quería mutilar tanto, pero un poco... La perfección psicológica no es interesante, ni la física. Esa mutilación es una señal. Desde el punto de vista junguiano, alude a una pérdida en sus creencias, en el terreno político.

Mutilado y todo sigue interesando a las mujeres..., y a algunos hombres. Me parece genial que haya usado al ambiguo y raposo Eugen Dollmann, el inteligente y amoral traductor de la jerarquía nazi en Roma (le dieron el grado de coronel de las SS), como personaje en 'Kaputt Mundi'.
Eugen Dollmann era un cortesano nato, capaz de navegar con su diversidad por los ambientes sociales romanos de manera muy inteligente. Era lo opuesto a los tecnócratas del régimen nazi.

He leído sus interesantísimas, aunque frívolas, memorias, 'El intérprete de Hitler' (Juventud, 1969). Era tal como usted lo pinta: intrigante, tenebroso y a la vez sumamente culto y divertido.
Era algo así como el peluquero del Tercer Reich. Me hubiera encantado conocerlo, a él y a Ezra Pound.

A lo largo de las novelas, Bora se va encontrando con huellas del Holocausto. En 'Lumen', que transcurre durante la invasión de Polonia, en 1939, cuando nuestro hombre investiga el asesinato de la madre priora de un convento en Cracovia a la que se atribuyen poderes milagrosos, le vemos jugarse la vida al tratar de obtener fotos de la acción de un Einsatzgruppe, un comando de exterminio de las SS.
Yo misma soy muy curiosa con el Holocausto, es un tema que me atrae enormemente con su horror. Bora trata de proteger cuanto puede a los judíos, igual que a los civiles. Y eso le acarreará problemas muy graves con las SS y la Gestapo.

Habrá leído 'Les bienveillantes', de Jonathan Littel, que crea un personaje que es como el reverso tenebroso del suyo: un cínico y pervertido oficial de las SS metido hasta las cejas en el exterminio de los judíos.
Pues aún no; si le digo la verdad, me desanima un poco el tamaño. A lo mejor es que ha llegado el momento de que hablen los perdedores.

¿De dónde viene su interés por el género negro?
Yo escribía antes ensayo, sobre literatura e historia. Pero siempre me ha parecido muy importante el hacer leer a los que no leen historia. La historia, si no la conocemos, estamos condenados a repetirla, etcétera. A través de una novela negra, la historia llega a muchas más personas. La novela negra es un caballo de Troya, sirve para que la gente absorba conocimientos históricos sin casi darse cuenta. A mí, la manera en que hago llegar esos conocimientos me es igual: es como el agua, tanto da la forma del contenedor. Creo que voy a seguir escribiendo esta clase de novelas, porque me siento muy cómoda.

Un rayo de sol entra por el ventanal del salón del hotel Farnesio, donde se aloja Ben Pastor; se desliza por el suelo de parquet, e ilumina unas molduras doradas en el techo, incendiándolas de luz. Súbitamente, vienen a la memoria imágenes bélicas de las novelas de la escritora: un panzer Tigre ardiendo como un pequeño Vesubio, con el tanquista desplomado en la torreta mientras de su uniforme y su piel brotan volutas de humo; los frutales devastados junto a las trincheras llenas de cadáveres en Aprilia; una aldea polaca pasto de las llamas... Curiosamente, en ese gran fresco de la Segunda Guerra Mundial que ha creado Pastor como escenario de sus libros, uno suele recordar más situaciones íntimas: conversaciones, pesquisas, introspecciones... La novelista mira con aire divertido a su absorto interlocutor, animándole a continuar.

Escribe usted en inglés.

Me es más fácil. Llevo 30 años establecida en Estados Unidos, aunque vivo entre allí e Italia. Es un idioma muy elástico, conciso, el mejor después del latín. El italiano como el español me resultan barrocos, redundantes. El inglés te permite ser elegante y concisa. Muchas veces escribo los diálogos a mano, para verlos fluir.

Perdone, lo de Ben, ¿de dónde viene?
De Verbena, Maria Verbena Judita Carmen, como lo oye. Judita por mi abuela. Carmen porque mi madre adoraba la ópera. Mi apellido familiar es Volpi. Pastor es el apellido de mi ex marido, que era de origen vasco. De él aprendí cosas de esa España herida, pero orgullosa; un contraste que me emocionaba, más allá del Quijote y de García Lorca.

La búsqueda de cuyo cadáver centra la trama de una de las aventuras de Bora, The horseman's song, ambientada en 1937, en la Guerra Civil Española, en la que nuestro hombre, todavía teniente, lucha como voluntario en el bando franquista en el frente de Aragón.
Como Martin Bora, soy una extraña en la Guerra Civil de ustedes. La veo con los ojos del extranjero fascinado. En cuanto a Lorca, elegí presentarlo ya muerto porque entonces ya pertenecía a todo el mundo. Decidí inventarle una sepultura aunque fuera imaginaria, porque no podía aceptar la tristeza solitaria de su verdadero destino.

¿Qué será de Bora? ¿Se involucrará como Stauffenberg en la conjura del 20 de julio? ¿Tendrá sus cataratas de Reichenbach en un patíbulo en Plötzensee?
Por desgracia, está ya demasiado comprometido contra el régimen hitleriano, y eso hace que se haya vuelto inútil y peligroso para los propios conjurados. El personalmente tiene, además, sentimientos encontrados ante el asesinato político. Creo que por su diseño mental, su conciencia cristiana, es un personaje que no puede entrar en esa lógica. El coraje cotidiano que demuestra desde 1939 es más significativo que el puntual del atentado. Por otro lado, opino que ese tipo de personaje como Bora explica por qué los muchos atentados contra Hitler no culminaron. Posiblemente había algo en la psicología de los oficiales alemanes de carrera, un freno, que inconscientemente les impedía hacerlos bien.

Tiene usted otras novelas aparte de las de Martin Bora. Por ejemplo, 'Los misterios de Praga', con ecos de Kafka y Joseph Roth, en la que un médico judío y un oficial de lanceros investigan en 1914 el homicidio de una princesa rusa.
Y he publicado 'The water thief', un giallo de romanos; el primer título de una serie ambientada en la antigüedad tardía, en el siglo IV después de Cristo, protagonizada por un individuo, Aelius Spartanus, que, en el primer título, investiga la muerte de Antinoo, el favorito de Adriano, 170 años después; con la pista, como puede imaginar, bastante fría.

Pues en el mundo del policíacoromano hay competencia.
Es cierto, pero más en la época anterior, desde César hasta el siglo III. El siglo IV es casi medieval ya.

Todo este rato con usted, ¿sabe?, he tenido la sensación de que no estábamos solos. De que Martin Bora estaba cerca, escuchándonos, encendiendo un cigarrillo hábilmente con su única mano, acercándose al ventanal para admirar esa Roma en la que se sentía tan a gusto. Me cuesta imaginar que sea una creación suya y no un ser real, de carne y hueso.
Es el mejor regalo que puede hacerme. Supongo que lo percibe así porque acaso nota una cierta afinidad espiritual con él; con su visión sensible, algo doliente, de la vida y la sociedad. Martin Bora ya no es sólo mío. Hay lectores que incluso me escriben para decirme lo que debe pasarle. Es un rasgo bastante posmoderno.

Tras la entrevista con Ben Pastor parece obligado –ella misma lo sugiere– dirigirse al otro punto de Roma donde Martin Bora, tras la vista apocalíptica de Via Rasella, vive en 'Kaputt Mundi' su episodio más dantesco. Un autobús lleva hasta las Fosas Ardeatinas, fuera de las murallas de Roma y cerca de las catacumbas de Domitilla. La visita al hoy monumento a las víctimas es dura y dolorosa. Resulta difícil permanecer mucho tiempo en la Grotta dell Eccido, donde los SS fueron disparando a la nuca de los seleccionados para la represalia. En la soledad del mediodía romano parecen rebrotar el eco de los disparos, el ladrido de las voces de los ejecutores, el llanto sordo de los que esperan su turno y los espantosos alaridos de las víctimas a las que los verdugos, cada vez más ebrios e imprecisos, no han conseguido matar al primer intento. Bora, el detective de la Wehrmacht, enredado seguramente en algún nuevo caso, no vendrá a rescatar al visitante, y habrá que aguantar las espectrales visiones que conjura el juego de los candiles en las rugosas paredes de la gruta: retazos de historia, crímenes viejos, negras sombras.

3 de junio de 2007
29 de mayo de 2007
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jorge fornet sobre piglia


[Silvina Friera] Entrevista con ensayista cubano |Jorge Fornet. "Piglia tematiza lo que está oculto en otros escritores". El escritor vino a presentar ‘El escritor y la tradición', minuciosa obra sobre el autor de ‘La ciudad ausente'.
¿Desde qué tradición narrar? ¿Cómo se arma esa tradición? ¿De qué modo un autor logra insertarse en ella? El ensayista cubano Jorge Fornet plantea que uno de los rasgos más interesantes de la obra de Ricardo Piglia radica en la manera sui generis de leer la tradición literaria nacional. Dentro del campo intelectual argentino, el autor de ‘Plata quemada' ha ejercido y ejerce un papel rector. Sus textos híbridos –las fronteras entre los géneros son difíciles de precisar–, con frecuencia provocativos, hiperbólicos y cuestionables, privilegian modos de lecturas que redefinen los cánones y los trabaja en función de la propia escritura. El director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas estuvo en Buenos Aires presentando ‘El escritor y la tradición' (Fondo de Cultura Económica), un minucioso trabajo de análisis de la obra de Piglia que le demandó más de siete años de investigación y escritura. En el libro, el ensayista cubano revisa los relatos ‘Nombre falso' y ‘Prisión Perpetua' y las novelas ‘Respiración artificial' y ‘La ciudad ausente', para comprender cómo el escritor argentino arma y rearma su propio corpus, en tensión y diálogo, con Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, pero también con Macedonio Fernández y Julio Cortázar.
Fornet confiesa que su encuentro con Piglia fue un poco azaroso. "Un amigo me recomendó leer ‘Respiración artificial' y me gustó muchísimo. Estaba haciendo el doctorado en México, y como había que repartirse los autores que estudiábamos, la mayoría optaba por Borges, Cortázar, Onetti, pero yo elegí a Piglia para mi tesis", cuenta el ensayista a Página/12. "Piglia fue una entrada privilegiada a la literatura argentina y creo que me permitió entender mejor la literatura cubana."

¿En qué sentido?
Lo que me entusiasmó es que Piglia tematiza lo que está oculto en casi todos los escritores. Todo escritor que valga la pena trata de posicionarse en una tradición, de encontrar sus precursores y de hacer su literatura sobre esa tradición. Y él hace visible un drama o una tensión, explicita esa trama que me llevó a pensar cómo Lezama Lima, Carpentier o Virgilio Piñera hacían lo mismo, pero de manera más discreta. Este vínculo me lo permitió establecer la lectura de Piglia, el modo y la vuelta que él le da al tema, más que la relación qué pudiera tener con algunos autores cubanos, que por cierto no es muy visible.

¿Qué opina del modo en que Piglia, a partir de una foto en la que está subido a un árbol leyendo, en medio de la experiencia terrible de la guerrilla en Bolivia, interpreta al Che Guevara como un escritor?
Me interesó su planteo, pero ya en 1964 María Rosa Oliver escribió un trabajo, ‘La literatura como testimonio', que se publicó en la revista Casa de las Américas, cuando todavía no se le daba ese nombre a la literatura testimonial. Y ella menciona al Che como un precursor del género. Al Che siempre se lo vio como un guerrillero, un revolucionario o un héroe, pero menos como un escritor que entroncara con la tradición literaria argentina, como lo hizo Oliver. Me gustó mucho que Piglia volviera sobre el tema en un libro sobre escritura y lectura.

¿Qué cambios le parecen más significativos en los modos de leer de Piglia?
Arlt y Borges están siempre, a veces más o menos visibles, pero los demás autores entran y salen de acuerdo con sus intereses. Los casos más ilustrativos me parecen los de Macedonio Fernández, al que Piglia llegó tarde, y Cortázar. Es muy difícil encontrar referencias a Macedonio en la obra de Piglia, podía prescindirse de él, pero casualmente aparecen en el momento en el que empieza a desarrollar el complot y la paranoia en ‘La ciudad ausente'. E incluso relee a Arlt, un escritor que hasta ese entonces le servía para las cuestiones del plagio, pero lo revisa desde una perspectiva política. Macedonio le hace releer a otros autores y modificar sus lecturas del pasado. Me llama la atención lo que hace Piglia con Cortázar, un autor que él no frecuentaba. Pero me da la impresión de que, sin mencionarlo mucho, lo va recuperando y se reconcilia con él, sobre todo en ‘La ciudad ausente', donde repensó el papel de Cortázar y lo incluyó de un modo más discreto en esa tradición. Los años, por una parte, las lecturas, por otra, los modos de entender a ciertos escritores y la historia misma fueron modificando la manera de leer. Sería absurdo ser fiel a la misma tradición durante cuarenta o cincuenta años.

Piglia plantea en ‘El último lector' que un lector siempre lee a destiempo y mal. ¿Coincide con este planteo?
Me parece muy bonita la idea. Utiliza explícitamente el eco del Quijote, el hombre que llegó tarde a un género, y precisamente el hecho de ser espantosamente anacrónico le da actualidad, y le hace entender mejor que todos los demás el género. Tiene esa ventaja de la función del anacronismo, de siempre llegar tarde, y Piglia explota esta ventaja. Una de las cuestiones que más trabajo me costó es que uno está sujeto permanentemente a explicar su obra por lo que Piglia dice, esta tautología de la que es muy difícil zafarse porque es muy convincente. Pero creo que Piglia tiene razón, aunque esto que dice es cuestionable, pero me sigue seduciendo la idea de que el lector es alguien que llega tarde.

Mientras escribía este libro sobre Piglia, ¿usted también se replanteó su propia tradición, su ‘linaje' cubano?
El hecho de dedicarme al ensayo y a la crítica me permiten tener una distancia, pero sí creo que me ha permitido entender a los propios escritores cubanos, para ver cómo van armando y desarmando linajes. De hecho en Cuba, en los últimos veinte años, se ha producido, por razones más bien sociohistóricas, una relectura de nuestro canon, una puesta al día de muchos autores que estaban en un segundo plano y que ahora han vuelto a ocupar un lugar central. El primero fue Lezama Lima, que por razones extraliterarias, en los '70 había estado opacado. Y de repente todo el mundo se hizo lezamiano. Era bueno que se rescatara, ma non troppo, era una especie de lezamianismo desenfrenado. En los '90, pasaron a un segundo plano los autores del Barroco como Carpentier o Lezama, para darle paso a Virgilio Piñera, ligado a otra tradición, que tuvo una relación muy profunda con la Argentina, y a Eliseo Diego.

¿Y qué pasó con exiliados como Lydia Cabrera, José Kozer, Cabrera Infante o Arenas? ¿Comenzaron a ingresar al canon de la literatura cubana o ya estaban?
Ahí se dio un proceso de otra índole. Por razones políticas, durante los '70 muchos desaparecieron de la literatura cubana. En los '80 empezó el proceso de reapropiación, había que reincorporarlos, no había razones suficientes como para abolirlos de nuestra tradición, y empezó el rescate. En los ‘90 se publicó en La Habana una antología poética excelente de Lydia Cabrera, pero hay otros autores que son más difíciles, como Cabrera Infante. Para poder publicarlo en Cuba necesitábamos los derechos, y él por supuesto no nos los daba. No creo que hubiera sido complicado publicar sus novelas; ‘Mea Cuba' no se publicaría, desde luego, pero sus novelas no son de confrontación, se hubieran podido publicar, aunque él no lo permitió. Cabrera Infante está presente de una forma vital en la vida literaria cubana.

29 de mayo de 2007
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príncipe de la literatura barata


[Charles McGrath] Philip K. Dick: A menudo lo han comparado con Borges.
Durante toda su vida, el escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, quiso pertenecer al mundo convencional. Quería ser un escritor literario serio, no un gacetillero de ciencia ficción cuya audiencia estaba compuesta, dijo una vez, por "troles y dementes". Pero Dick, que podía meterse mil anfetaminas en una semana, era también algo más que paranoico. A principios de los años setenta, cuando finalmente ganó alguna reputación entre críticos universitarios y ensayistas literarios -y muy en especial el escritor polaco Stanislaw Lem-, se volvió contra todos ellos, escribiendo una carta al FBI en la que afirmaba que eran agentes de la KGB que estaban tratando de hacerse con la ciencia ficción estadounidense.
Así que es difícil saber qué habría hecho Dick, que murió en 1982 a los 53 años, con el hecho de que este mes ha llegado al pináculo de la respetabilidad literaria. Cuatro de sus novelas de los años sesenta -‘El hombre en el castillo' [The Man in the High Castle], ‘Los tres estigmas de Palmer Eldritch' [The Three Stigmata of Palmer Eldritch], ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?' [Do Androids Dream of Electric Sheep?] y ‘Ubik'- serán reeditadas por la Library of America en el formato ahora clásico de Hall of Fame: encuadernación completa en tela, marcador con borla, papel delgado, tipo Biblia, libre de ácido. Estaría contento, o exigiría saber por qué los otros cuarenta libros no recibieron este honor. Y qué decir sobre la ‘Exegesis', un diario de ocho mil páginas de la que es destilada una especie de teología gnóstica adquirida en una serie de visiones religiosas durante un par de meses en 1974. Un desconfiado y fanático dickiano podría decir que el libro de Library of America es sólo una diversión, un intento de convertir a un escritor profundamente subversivo en otra marca canónica.
Otra cosa que probablemente divertiría y fastidiaría a Dick en casi la misma medida es la excepcional cantidad de películas que se han hecho con su trabajo, empezando con ‘Blade Runner' (adaptado de ‘¿Sueñan los androides?'), que cumple este años 25 años, y estará disponible en otoño en una versión especial en DVD. La más reciente, ‘Next', basada en un cuento, ‘El hombre dorado' [The Golden Man], con Nicholas Cage como un mago que es capaz de ver el futuro y Julianne Moore como una agente del FBI desesperada por ganarlo para su causa, se estrenó el mes pasado. En obras se encuentra una película biográfica con Paul Giamatti, que tiene más que un parecido con el autor, el que al final de su vida tenía la mirada lánguida de un tipo que no veía demasiado la luz del día.
Dick murió cuando ‘Blade Runner' estaba todavía en rodaje, y estaba descontento por la forma que estaba adquiriendo el guión, y que no iba a ganar el dinero que quería. Probablemente ‘Blade Runner' es la mejor película de Dick, si no la más fiel. (Ese honor pertenece probablemente a ‘Una mirada en la oscuridad' [A Scanner Darkly], estrenada el año pasado, en la que la técnica semianimada de Richard Linklater sugiere algo de la sensación de la novela gráfica).
No hay razón para pensar que Dick hubiese aprobado las otras, especialmente ‘El vengador del futuro' [Desafío total; Total Recall], en la que Quail, el héroe nerdo del cuento de Dick, ‘We Can Remember It for You Wholesale', se convierte en Quaid, un pulido personaje de Arnold Schwanzenegger. Entretanto, como han observado varios críticos, películas como la serie ‘Matrix', ‘Una vida en directo' [The Truman Show] y ‘¡Olvídate de mí! [Eterno resplandor de una mente sin recuerdos; Eternal Sunshine of the Spotless Mind], aunque no se basen en materiales de Dick parecen contener sin embargo su chispa, y dramatizan más vívidamente que una idea central en Dick de que la realidad es apenas una construcción, o, como le gustaba decir a él, una falsificación. Es como si su ADN imaginativo se hubiese propagado como un virus.
Parte de porqué el trabajo de Dick atrae a tantos directores es su sensibilidad cursi. Se crió en California leyendo revistas como Startling Stories, Thrilling Wonder Stories y Fantastic Universe, y luego, después de abandonar los estudios en la Universidad de California en Berkeley, empezó a escribir para ellos, a menudo en maníacas sesiones de 24 horas llenas de alcohol y anfetamina. Podía tipear 120 palabras por minuto, y le dijo a su tercera esposa (de cinco, y tuvo también innumerables novietas: Dick amaba a las mujeres, pero era muy difícil de vivir con él) que "las palabras salen de mis manos, no del cerebro. Yo escribo con mis manos".
Sus primeras novelas, escritas en dos semanas o menos, fueron publicadas en una colección de libros de bolsillo dobles Ace, que incluían dos libros en uno, siempre con una cubierta escabrosa. "Si se imprimiera la Santa Biblia en Ace Double, observó una vez un editor, "habría sido reducida a dos mitades de veinte mil palabras, y el Antiguo Testamento sería rebautizado como ‘Señor del Caos' y el Nuevo Testamento, ‘La cosa con las tres almas'".
Así que por lo general uno no lee a Dick por su prosa. (La gran excepción es ‘El hombre en el castillo', su intento más sostenido y seguro de hacerse con algo de respetabilidad, y es un libro que es apenas ciencia ficción, sino más bien lo que podríamos llamar un libro ‘contrafactual'; su premisa es que los Aliados perdieron la Segunda Guerra Mundial y el oeste de Estados Unidos es gobernado por los japoneses, el este por los nazis). Tampoco lo lee uno por lo que tenga de científico, como lo haríamos con Isaac Asimov o Robert Heinlein.
Dick no mostraba demasiado interés en el lado futurístico, predictivo de la ciencia y escribía en ese género simplemente porque le daba la libertad de dejar su imaginación en libertad. A excepción del raro aerodeslizador o cohete espacial, no hay muchos artilugios en su literatura, y muchos detalles son satíricos, como los artefactos de la casa en ‘Ubik', que deben ser alimentados de monedas todo el tiempo, o las payasadas, como la extraña ropa de payaso que es aparentemente la ropa normal de oficina en el mismo libro (ambientado en 1992): "pantalones de corteza de abedul, cinturón de cordel de cáñamo, corpiño transparente y sombrero de maquinista".
En gran medida, el futuro de Dick se parece un montón a nuestro presente, excepto que es un poco más sucio. Siempre se está acabando todo y convirtiéndose en una de esas cosas que los personajes de ‘¿Sueñan los androides?' llaman kipple: basura como folletos sobre cerillas y envoltorios de chicle que se duplican por la noche y llenan apartamentos abandonados. Esta sensación de entropía y decadencia es lo que evoca tan bien Ridley Scott en ‘Blade Runner', con sus sórdidas calles mojadas por la lluvia y lo que le falta a Steven Spielberg en su ligeramente psicótica ‘Sentencia previa' [Minority Report].
El tema de ‘Sentencia previa' -precognición, o la idea de que algunas personas puedan ver en el futuro, no siempre con resultados felices- fue una idea que Dick empezó a explorar a mediados de los años cincuenta, con temas como las memorias alteradas o reprimidas, que se convirtieron en el tema de ‘El vengador del futuro', ‘Impostor' y, más recientemente, ‘El pago' [Paycheck], de John Woo. La mayoría de las películas inspiradas en Dick provienen de cuentos cortos de este período -varias de ellas, incluyendo ‘El hombre dorado', escrita en apenas unos meses.
En los años sesenta, Dick volcó sus energías a la escritura de novelas, y con la excepción de ‘Sueñan los androides?' y ‘Una mirada en la oscuridad' (publicada en 1977 e, incidentalmente, el primer libro que Dick escribió con ayuda de las drogas), las novelas no se prestan muy bien a la imaginación de Hollywood.
Eso es porque son mucho más difíciles de reducir a un solo concepto o trama. Tres de las novelas incluidas en el libro de Library of America -‘¿Sueñan los androides', ‘Los tres estigmas' y ‘Ubik'- son claramente las mejores. (Algunos empecinados postulan ‘SIVAINVI ‘ [VALIS] como su último trabajo importante, pero eso es realmente su ‘Finnegans Wake' -un libro más divertido para hablar sobre él que para leer. Los tres son menos afectadas que los cuentos y giran sobre dos de las grandes preguntas que se convirtieron en sus obsesiones: ¿Cómo distinguimos lo real, y cómo sabemos qué es humano? En lo que a mí respecta, podrías ser un robot, o quizás yo estoy simplemente preprogramado para pensar de mí mismo como persona, y esto que llamamos realidad podría ser simplemente una alucinación colectiva.
Ese tipo de especulación -el tema de muchas vagas sesiones de testosterona de internado- se vuelve genuinamente interesante en los escritos de Dick porque lo dice de verdad y porque impregna el resultado de nostalgia. Sus personajes, como Rick Deckard, el cazador de recompensas de androides de ‘¿Sueñan los androides?' quiere desesperadamente algo auténtico en lo que creer, y los libros sugieren que la calidad de la creencia puede ser más importante que el grado de autenticidad.
‘Los tres estigmas de Palmer Eldritch' y ‘Ubik', escritas con cinco años de diferencia, son en muchos sentidos dos versiones de la misma historia, una trágica, generalmente cómica la otra. El personaje del título de ‘Los tres estigmas' (1964) no es mucho si se lo mira -sus estigmas son los dientes de acero, un brazo de robot y ojos desechables- pero todavía posee poderes divinos, o, quizás, satánicos, y puede, con la ayuda de una droga llamada Chew-Z, enredar a alguna gente en redes de alucinaciones, unas dentro de las otras, tan resbaladizas e intrigantes que incluso el lector se siente un poco trastornado. El libro es una historia de horror de una imaginación desembocada.
Ubik' (1969) es más redentora. Aquí, la figura divina es un empresario llamado Glen Runciter, que dirige lo que se llama una ‘organización de cautela': por un precio, limpiará tu compañía de teeps, o telépatas que roban secretos. Se las arregla para comunicarse con algunos de sus antiguos empleados incluso estando ellos muertos, y les provee con un aerosol salvaticio, llamado Ubik, que parece detener, al menos temporalmente, la tendencia que tienen las cosas de regresar a como eran 1939. Sin embargo, Dick describe los artefactos de la era de la Depresión -radios Philco, biplanos Curtis Wright- con gran cariño y, en este libro, la muerte no resulta ser tan mala; no es la extinción eterna, sino una especie de vida a medias parcialmente imaginada por un joven impaciente (también muerto) llamado Jory.
Jory es una amenaza, pero Dick tiene debilidad por él porque es un soñador y fantasioso, como lo hace en ‘Los tres estigmas' por los colonos de Marte a los que, terriblemente aburridos, les gustaría colocarse y jugar con sus diseños de Perky Pat, elaborados escxenarios de Ken y Barbie que les hacen inventar cuentos nostálgicos sobre la vida en la Tierra. También le gusta incrustar sus libros en otros, emblemas de una posibilidad imaginativa, como la novela en ‘Elhombre en el castillo' que postula la victoria de los Aliados.
Indudablemente hay un elemento autobiográfico en las novelas de Dick; se leen como el trabajo de alguien que sabe por experiencia lo que es alucinar. Lawrence Sutin, que ha escrito una biografía definitiva de Dick, dice que él tomó LSD un par de veces, y no le gustó especialmente. Por otro lado, su régimen normal de anfetaminas y tranquilizantes, que se tragaba en puñados, fue seguramente suficiente para trastornarle, y Dick se preocupó más de una vez de que podría convertirse en una esquizofrénico.
Sin embargo, los libros no son simplemente psicodélicos. Los mejores son visionarios o surrealistas de un modo que la literatura estadounidense, tan enraizada en la observación y la realidad, lo es rara vez. Los críticos literarios han comparado a menudo a Dick con Borges, Kafka, Calvino. Para mencionar a un equivalente estadounidense tendrías que pensar en alguien como Emerson, pero nadie pensaría nunca en buscar en él ideas para películas. Emerson era todo cerebro, sin nada de morbo.

22 de mayo de 2007
6 de mayo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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murió michael dibdin


[Jocelyn Y. Stewart] A los sesenta. Escritor de ciencia ficción.
Michael Dibdin, escritor de ciencia ficción nacido en Gran Bretaña, cuyas series de libros sobre un enigmático detective veneciano son célebres por sus ingeniosas tramas y sus reflexiones sobre la política y sociedad italianas, murió el 30 de marzo en un hospital en Seattle, dijo su hijastra Emma Marris. Tenía sesenta años.
La familia se negó a indicar la causa de su muerte.
Publicada en 1988, ‘El rey del hampa' [Ratking] fue la primera novela de Dibdin donde aparece el detective Aurelio Zen. El libro, que gira en torno al secuestro de un rico industrial y el detective asignado para encontrarlo, se inspiró en parte en un incidente en la Universidad de Perugia, en Italia, donde Dibdin enseñó inglés en los años ochenta.
Pero contrataron a un nuevo director de programas y Dibdin y otros del viejo régimen fueron encaminados hacia la puerta. Dibdin encontró trabajo como editor del Oxford English Dictionary, pero se dio cuenta de que quería "escribir sobre esa mentalidad" que había conocido en Italia, le dijo a un periodista del diario Globe and Mail.
"Y eso es la sociedad italiana... Es un choque", dijo. "Todos son culpables. Siempre están haciendo algún negocio. ‘Sé que eres corrupto y tú sabes que soy corrupto, y yo sé que tú sabes', etcétera".
La novela recibió el Premio Gold Dagger [Puñal Dorado] de la Asociación de Escritores de Novelas Policiales y empezó una larga relación entre los lectores y Zen. Dibdin escribió diez novelas con este personaje, cada una ambientada en una ciudad italiana diferente, y otras siete novelas policiales. El lanzamiento de su undécima novela con Zen, ‘End Games', debe aparecer este año.
Los críticos mencionaban a menudo la elegante prosa de Dibdin y su capacidad para describir ambientes de manera vivaz y precisa. "Dibdin capta la sensación del lugar con la veloz precisión poética de Lawrence Durrell, y Venecia, su gente, sus mores y costumbres están en el centro del libro", escribió Charles Champlin en una reseña en el Times en 1995, de ‘Laguna muerta' [Dead Lagoon].
Los críticos describen a Zen como cínico y cortés, y Dibdin dijo que el personaje a veces lo sorprendía a él mismo. En una entrevista de 2000 con el ‘Sunday Morning' de la CBS, Dibdin leyó un pasaje en que describe a Zen:
"Era una cara que no delataba nada pero que, sin embargo, parecía estar siempre temblando al borde de una expresión que nunca ocurría. Zen era un hombre que apenas parecía existir, y que sin embargo reflejaba sus secretos sentimentales más íntimos".
Dibdin nació el 21 de marzo de 1947, en Wolverhampton, Inglaterra, y pasó parte de su infancia en Irlanda del Norte.
Su primer libro, ‘La última aventura de Sherlock Holmes' [The Last Sherlock Holmes Story], se publicó en 1978. Se vendieron sólo 270 ejemplares, dijo Dibdin una vez.
A mediados de los años noventa, Dibdin se casó con la escritora de novelas policiales norteamericana Kathrine Beck, conocida por los lectores como K.K. Beck, y se mudó a Seattle. Además de Beck, a Dibdin le sobreviven su padre, Frederick John Dibdin, de Chichester, Inglaterra; dos hijas de matrimonios anteriores y tres hijastros.

jocelyn.stewart@latimes.com

14 de abril de 2007
13 de abril de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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murió kurt vonnegut


[Elaine Woo] Sus populares novelas combinaban la crítica con el humor negro.
Murió Kurt Vonnegut, héroe cultural norteamericano célebre por sus irónicos y chiflados comentarios sobre la guerra, el apocalipsis, la tecnología, el materialismo y otras aflicciones en ‘Matadero Cinco' [Slaughterhouse-Five] y otras novelas. Tenía 84 años.
Vonnegut, uno de los últimos de una generación de grandes novelistas norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, murió el miércoles noche en Nueva York.
Vonnegut sufrió lesiones cerebrales hace unas semanas, cuando se cayó, dijo su esposa, la fotógrafo Jill Krementz. Tenía casas en Manhattan y Sagaponack, Nueva York.
"Nunca hubo un escritor tan amable y, al mismo tiempo, ingenioso", dijo al Times, Tom Wolfe, amigo y admirador de Vonnegut. "En ese sentido, era una gema. Y como escritor, supongo que es lo más parecido a Voltaire que teníamos. Podía ser terriblemente divertido, aunque siempre había una capa de ironía debajo, lo que hacía realmente extraordinario.
"Nunca era divertido sólo para ser divertido", agregó Wolfe.
Un oscuro escritor de ciencia ficción durante veinte años antes de ser alcanzar la fama en 1969 con ‘Matadero Cinco', Vonnegut era un norteamericano original, comparado a menudo con Mark Twain por una visión que combinaba la crítica social, un delirante humor negro y un llamado a la decencia humana básica. Era, dijo una vez el novelista Jay MacInerny, "un satírico con corazón, un moralista alegre".
Aunque a menudo desdeñado por algunos críticos que pensaban que su trabajo era demasiado popular y accesible, su narrativa inspiró tomos y tomos de eruditos comentarios así como sitios en la red llevados por jóvenes fans que han ayudado a mantener en stock las catorce novelas que escribió en una carrera de cincuenta años. Cinco de sus novelas fueron llevadas al cine.
Es, "junto con John Hawkes y Gunter Grass... el escritor más testarudamente original", escribió sobre Vonnegut el novelista John Irving. "No es un cualquiera, ni incluso una versión de alguien, y es un escritor con una causa".
Sus novelas, que incluyen ‘Las sirenas de Titán' [The Sirens of Titan], ‘Cuna de gato' [Cat's Cradle], ‘Madre Noche' [Mother Night] y ‘El desayuno de los campeones' [Breakfast of Champions], introdujeron un rodante reparto de personajes estrafalarios, desde el oprimido visionario Billy Pilgrim hasta Kilgore Trout, el escritor fracasado que era el alter ego de Vonnegut.
Vonnegut era también ensayista, dramaturgo y cuentista, cuyas piezas más breves fueron publicadas en libros como ‘Bienvenido a la jaula de los monos' [Welcome to the Monkey House] (1968), ‘Wampeters, foma y granfalloons' (1974) y ‘Destinos peores que la muerte' [Fates Worse Than Death: An Autobiographical Collage of the 1980s'] (1981).
‘Matadero Cinco' fue un libro que trató de escribir durante 25 años. Una hábil mezcla de fantasía y las experiencias de Vonnegut durante la Segunda Guerra Mundial, introduce a Pilgrim, un viajero del tiempo, que, como Vonnegut, sobrevivió el bombardeo aliado de Dresde.
Poco ortodoxa en estructura y patentemente antibélica, la novela causó impacto entre las generaciones más jóvenes. Vonnegut se convirtió en un icono de la contracultura de los años setenta, y su libro se transmutó en un hito histórico de la literatura norteamericana posmoderna, que no volvería a igualar, ni en vigor ni en maestría, en ninguna de sus novelas posteriores.
"Escribe sobre las cosas más terriblemente dolorosas", observó Michael Crichton en una reseña de ‘Matadero Cinco' en New Republica. "Sus novelas han atacado nuestros temores más profundos sobre la automación y la bomba, nuestras culpas políticas más profundas, nuestros más feroces amores y odios. Nadie escribe libros sobre estos temas; son inaccesibles a tratamientos novelísticos normales".
No tenía pretensiones: Era un escritor público, que trataba directamente algunos de los temas más fastidiosas de su época.
"Mis motivos son políticos", dijo una vez a la revista Playboy. "Estoy de acuerdo con Stalin, y Hitler y Mussolini, de que el escritor debe servir a su sociedad... Yo creo que deberían ser -y tienen que serlo, biológicamente- agentes de cambio".
En otra ocasión explicó que su objetivo al escribir novelas era "atrapar a la gente antes de que se transformaran en generales y senadores y presidentes" y "envenenar sus mentes con humanidad. Estimularlos a hacer un mundo mejor".

Niño Solitario
Un alemán-americano de cuarta generación, Vonnegut nació en Indianapolis el 11 de noviembre de 1922.

Aunque tenía un hermano mayor, Bernard, y una hermana, Alice, Vonnegut fue a menudo un niño solitario. Su principal sostén cuando estaba creciendo fue una mujer negra llamada Ida Young, la cocinera de la familia. Sugirió que el "intolerable sentimentalismo" que algunos críticos detectaban en su escritura, se debía a Young, que se pasaba largas horas leyéndole de una antología poética sobre amor eterno, perros fieles y hogares humildes y felices.
Hijo y nieto de arquitectos, creció en la prosperidad hasta la Depresión, que golpeó duramente a su padre, Kurt Sr.. La economía de la familia era tan abismal, que su madre, Edith, que había nacido en la afluencia, tuvo que vender la porcelana china. Vonnegut diría más tarde que sus padres le dejaron un legado de pacifismo e irreverencia, así como una "profunda tristeza" y en muchos de sus escritos posteriores sus personajes serían tocados por el desempleo y la subsecuente pérdida de estatus y utilidad.
Cuando el dinero de la familia se acabó, dejó el colegio privado y entró a la Escuela Secundaria pública de Shortridge, en Indianapolis, donde su esquelético físico lo convirtió en el blanco de chistes. Apodado ‘Snarf' después de que sus compañeros de colegio lo pillaron olfateando [sniffing] sus sobacos, despreocupadamente, se describía a sí mismo como "un niño realmente flaco, de espaldas estrechas... un ridículo tipo de flamenco", no muy diferente del excéntrico Billy Pilgrim en la novela que lanzaría a Vonnegut a la fama. Encontró un hueco en el personal del diario del campus, el Eco, como escritor y editor.
Cuando se marchó a la Universidad de Cornell en 1940, siguió a su hermano mayor y estudió química. Sin embargo, a diferencia de su hermano, Vonnegut era un mal estudiante que llamaba la atención por sus bromas pesadas, como aparecerse en exámenes finales de enormes cursos en los que no estaba inscrito y hacer añicos el examen frente al asombrado profesor.
También se hizo conocido por su literatura, que ocupaba la mayor parte de su tiempo en la universidad. Trabajó como editor general del Cornell Daily Sun como autor de una columna humorística tres veces a la semana.
Muchos años después, cuando le pidieron que identificara sus influencias culturales, mencionaba a menudo a escritores como Twain, Jonathan Swift y James Joyce. "Pero la verdad es que yo soy un bárbaro: mis deudas culturales más profundas son el Gordo y el Flaco... Buster Keaton, Fred Allen, Jack Benny, Charlie Chaplin...", escribió en 1972. "Me hicieron reír a carcajadas durante los años de la Gran Depresión y durante todas las otras depresiones más chicas de después".
Estaba en Cornell a principios de 1943 cuando se incorporó al ejército y fue enviado al Carnegie Institute of Technology y la Universidad de Tennessee para estudiar ingeniería mecánica. Fue preparado en artillería y como explorador de infantería de avanzada.
Justo antes de que Vonnegut fuera embarcado a Inglaterra, su madre se mató con una sobredosis de píldoras para dormir el Día de la Madre en 1944. Había sufrido ataques de depresión después de fracasar en su intento de ganar dinero escribiendo para una revista literaria de los años treinta, una actividad que inició para apuntalar los ingresos familiares. De acuerdo a los recuerdos de su hijo, también había empezado a depender del alcohol y de "ilimitadas cantidades de barbitúricos recetados". Su muerte fue el primero de una serie de bizarros giros en la vida de Vonnegut que, más tarde, darían color a sus historias.
A fines de 1944 Vonnegut fue capturado por los alemanes durante la Batalla de las Ardenas y terminó en una cuadrilla de prisioneros en Dresde, una ciudad tan apreciada por su barroca belleza que nadie pensaba que iba a ser bombardeada. Si se quedaba allá, pensó Vonnegut, estaría en un lugar seguro hasta el fin de la guerra.
Pero el 13 de febrero de 1945, Dresde fue atacado por sucesivas oleadas de bombarderos británicos y norteamericanos, que destruyeron la extraordinaria arquitectura y tesoros artísticos de la ciudad y mataron al menos a sesenta mil personas y quizás unas 200 mil, más que las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki juntas.
Vonnegut y su grupo salvaron la vida por que su prisión era tan sólida como un búnker de cemento subterráneo: "un frío frigorífico debajo de un matadero", dos pisos bajo superficie, que compartían con seis guardias e "hileras e hileras de fétidos cadáveres de cerdos, caballos y corderos".
Cuando terminó el bombardeo, emergió para descubrir que los aliados habían "quemado toda la maldita ciudad". Él y otros prisioneros de guerra debieron trabajar como ‘excavadores de cadáveres', recuperando a los muertos que se habían asfixiado en los refugios. Vonnegut arrastraba fuera esos cuerpos y los apilaba en enormes piras funerarias. La campaña de rescate fue finalmente terminada y los alemanes empezaron a quemar a los muertos donde los encontraban, convirtiendo los refugios en crematorios.
"Fue una cosa inimaginable, asombrosa", dijo Vonnegut en una entrevista con Paris Review en 1977.

Suceso Emocional
Aunque a veces restaba importancia a sus vivencias en Dresde, reconoció que la experiencia le dio "algo sobre lo que escribir".

También tiznó su visión del mundo.
"El bombardeo de Dresde un fue suceso emocional sin ningún trazo de importancia militar...", dijo en un discurso sin fecha publicado en ‘Destinos peores que la muerte'.

"Diré nuevamente lo que he dicho a menudo en artículos y discursos, que ningún soldado norteamericano avanzó ni siquiera una pulgada debido al bombardeo de Dresde. Ninguno de los prisioneros de los nazis recuperó su libertad una décima de segundo antes. Sólo se benefició claramente una persona en la Tierra, y esa persona soy yo", dijo Vonnegut, refiriéndose a su exitosa novela. "Me pagaban unos cinco dólares por cada cadáver, sin contar la tarifa de esta noche".
El horror y el sin sentido de la catástrofe lo acosaría durante años mientras trataba, y finalmente desechaba, la idea de que uno podía escribir convencionalmente sobre cosas que desafiaban la lógica de manera tan resuelta.
Dresde cerró un período hinchado de traumas para Vonnegut, que luchó años después con sus propias depresiones y que estuvo a punto de matarse.
Vonnegut fue licenciado del ejército en 1945 y se casó con su novia de la infancia, Jane Cox. Se matriculó en la Universidad de Chicago, se cambió de química a antropología y consiguió un trabajo como reportero para Chicago City News Bureau. El novato periodista fue asignado a los asesinatos, los accidentes de carretera y el tiempo. En 1947 dejó la facultad después de que su tesina, ‘Fluctuations Between Good and Evil in Simple Tales', fuera rechazada por la comisión de la facultad. (En 1971, después de haberse convertido en un ilustre autor, la universidad finalmente aceptó su novela ‘Cuna de gato' como tesis y le otorgó un diploma). También dejó el periodismo por un trabajo mejor pagado en relaciones públicas en la General Electric GE de Schenectady, Nueva York, donde su hermano trabajaba como físico atmosférico.
De día escribía boletines de prensa que fomentaban la filosofía del progreso de GE como su "producto más importante", una idea que no había inventado y que para Vonnegut perdió rápidamente su encanto. De noche empezó a escribir cuentos que mostraban los potenciales efectos negativos del progreso científico, tales como los peligros de los computadores y la radio extraplanetaria. La idea de que la humanidad estaba ideando los medios de su propia infelicidad y destrucción emergerían como un tema dominante en sus obras posteriores.
Las historias de Vonnegut aparecieron en importantes revistas de los años cincuenta, incluyendo el Saturday Evening Post, Collier's, Ladies Home Journal y Cosmopolitan, así como en publicaciones más especializadas, como Fantasy y Science Fiction. Para 1950, descubrió que se podía mantener a sí mismo y a su creciente familia con lo que ganaba como escritor y renunció a GE.
El entorno de GE, en el que estaba "completamente rodeado de máquinas y de ideas para máquinas", inspiró su primera novela, ‘La pianola' [Player Piano], publicada en 1952 y reimpresa como libro de bolsillo unos años después con el título de ‘Utopia 14', gira sobre un ingeniero que se rebela contra la mecanización de la sociedad, que ha hecho la vida más fácil pero ha privado a la gente de propósito. El ingeniero busca consuelo espiritual como seguidor de un ministro formado en antropología. De acuerdo a Jerome Kinkowitz, observó un especialista en Vonnegut, la novela muestra a los lectores "cómo el progreso como un fin en sí mismo es una proposición fracasada".
El libro fue en gran parte ignorado por los críticos, de modo que Vonnegut decidió volver a dedicarse al mercado del cuento breve mientras trabajaba en otra cosa. Enseñó inglés en la secundaria en Cape Codd y vendió coches Saabs.
Pasaron siete años antes de que apareciera su segunda novela, ‘Las sirenas de Titán' (1959). La trama gira sobre unos extraterrestres que se mezclan en el curso de la historia humana para ayudar a un viajero en el tiempo a conseguir un repuesto para su nave espacial. Presentada como ciencia ficción, aunque era una sofisticada sátira del género, se vendía en las paradas de buses y droguerías, y se agotó rápidamente. Kinkowitz y John Somer, en su libro ‘The Vonnegut Statement', observan que en el underground universitario los ejemplares se vendían a cincuenta dólares, hasta que fue publicado nuevamente por Dell en los años sesenta.
‘Madre Noche', publicada en 1962, presentaba al personaje Howard W. Campbell Jr., un agente de la inteligencia norteamericana en Alemania al inicio de la Segunda Guerra Mundial que se hace pasar tan exitosamente como propagandista radial nazi que es secuestrado por agentes israelíes y juzgado por crímenes de guerra hasta que se suicida. Vonnegut resumió la lección de esta historia confesamente moralista en esta frase: "Somos lo que pretendemos ser, de modo que debemos ser cuidadosos sobre lo pretendemos que somos".
Una novela de transición que tiene pocos elementos de ciencia ficción, llamó la atención de importantes críticos, impresionados con su autoritativo tono. El crítico Richard Schickel, en Harper's, la llamó "un maravilloso chapoteo de colores primarios brillantes, una optimista caricatura que nos deja ver la desesperación sin obligarnos a entregarnos a ella".
Con su libro siguiente, Vonnegut empezó a ser observado en círculos literarios más amplios. El protagonista de ‘Cuna de gato', publicada en 1963, es un escritor que viaja al Caribe donde se convierte en un seguidor de Bokonon, un disidente religioso que promete la salvación a través de un despreocupado evangelio de fomas, o mentiras inofensivas. El escritor también presencia el mortífero poderío de Ice-9, una substancia que mata todo lo que toca, congelándolo.
El título de la novela refiere al juego de cordeles en el que el jugador enrosca el cordel para hacer imágenes supuestamente reconocibles, tales como la cuna de gato. Vonnegut lo explica como una broma pesada: "Ningún maldito gato, ninguna maldita cuna", se queja amargamente uno de los personajes. Era el modo de Vonnegut de decir que muchas de las sabidurías aceptadas, incluyendo doctrinas políticas y religiosas, de hecho no explican nada en absoluto.
Entre varios notables escritores que elogiaron la novela estaba Graham Greene, que dijo que era "una de las tres mejores novelas del año de la mano de uno de los escritores más capaces".
‘Cuna de gato' fue seguida por la rudamente satírica ‘Dios le bendiga, Mr. Rosewater' [God Bless You, Mr. Rosewater, or Pearls before Swine], en 1965. Esta novela introdujo al personaje de Eliot Rosewater, un millonario filántropo asqueado por su riqueza y su poder para pervertir los ideales. Predica el amor por medio de un lema que suena como todo lo que escribió Vonnegut: "Maldición, tienes que ser amable".
El libro también introdujo a Trout, un escritor de ciencia ficción viejo y fracasado. Pese a la reseña de Green, Vonnegut se veía a sí mismo en el mismo rutinario surco que el imaginario Trout y se quejaba ruidosamente de la falta de aprecio por su talento de parte de los críticos.
Escribió ‘Dios le bendiga, Mr. Rosewater' en un momento bajo de su carrera, cuando apenas ganaba dinero para sostener a su familia, que se había duplicado en tamaño debido a los trágicos acontecimientos de 1958. Ese año adoptó a tres hijos de su hermana después de que ella y su marido murieran, uno días después del otro, ella de cáncer y él en un accidente de tren. En 1965, Vonnegut dejó la casa familiar de Cape Cod y se mudó a Ciudad de Iowa en un destartalado Volkswagen para inscribirse en el Taller Literario de la Universidad de Iowa. Resultaría ser una decisión providencial.
Un colega del taller, el crítico Robert Scholes, se convirtió en su defensor y dedicó un capítulo a las historias de Vonnegut en su ‘The Fabulators', un libro de 1967 con críticas que empezaron a cambiar la imagen de Vonnegut en círculos académicos.
Sus primeras novelas volvieron a ser publicadas en libros de bolsillo más o menos en esa época, fomentando su reputación underground. Dos de sus novelas, ‘La pianola' y ‘Madre Noche', fueron reimpresas en cartón y recibieron una seria atención de la crítica.
También volvió al periodismo, escribiendo ensayos en primera persona para la revista del New York Times, Life and Esquire, sobre temas que van desde la meditación transcendental hasta el vuelo a la luna del Apolo 11. Un artículo, una reseña del diccionario humorístico, llamó la atención de Seymour Lawrence, de Delacorte Press, que en 1968 le ofreció un contrato por tres libros. Ese año Vonnegut ganó una beca Guggenheim para viajar a Dresde.
El primer libro que apareció con el nuevo contracto fue ‘Matadero Cinco'.
Los problemas de Vonnegut para escribir esta novela empezaron después de volver de la guerra, más de dos décadas antes.
"[...] Llegué a casa en 1945, empecé a escribir sobre esto, y escribir sobre esto, y escribir sobre esto, y escribir sobre todo... " recordó en un discurso a los estudiantes de Iowa City en 1969. "Es como el libro de Heinrich Boll, ‘Absent Without Leave', historias sobre unos soldados alemanes que no recuerdan la guerra. Los ves marcharse y volver, pero vuelven con un terrible agujero en el medio. Así son mis recuerdos de Dresde..."
El gran paso adelante se produjo cuando se dio cuenta de que, en lugar de escribir una historia sobre la guerra, podía simplemente contar la verdad. La Guerra de Vietnam fue como un catalizador que lo liberó para que "finalmente pudiera hablar sobre algo malo que le hicimos a la peor gente imaginable, los nazis. Y lo que vi, lo que tenía que decir, hacía que la guerra se viera muy fea", escribió en un ensayo incluido en su libro de 2005, ‘Un hombre sin patria' [A Man Without a Country].
‘Matadero' empieza con unas inusuales disculpas de Vonnegut, que se inserta él mismo como narrador. "Me carga decirte que este pésimo librito me costó dinero, ansiedad y tiempo", se queja en el primer capítulo. Quizás el ardor de fines de los años sesenta -cuando Norman Mailer, en otros prominentes escritores, también estaba experimentando con las formas inyectándose él mismo en la historia- estaba provocando esta desviación de la convención literaria.
Vonnegut nunca describe el bombardeo mismo. En lugar de eso, la historia salta hacia y hacia adelante en el tiempo, pasando del Pilgrim cuando era joven y estaba detenido por los alemanes en Dresde, a Pilgrim el viudo senil encarcelado por los extraterrestres, y a un Pilgrim de edad mediana en un congreso de colegas optómetras. El efecto es desconcertante -deliberadamente, porque parte del mensaje del autor es que una profunda perplejidad es la única respuesta apropiada al sin sentido de la destrucción de Dresde.
El libro es "tan breve y embrollado y discordante... porque no se puede decir nada inteligente sobre una masacre", escribe Vonnegut. "Se supone que todo el mundo está muerto, que nunca volverá a decir o querer nada. Se supone que vuelve muy tranquilo después de una masacre, y siempre ocurre, excepto por los pájaros.
"¿Y qué dicen los pájaros? ¿Todo lo que se puede decir sobre una masacre, son cosas como ‘pu-ti-wit'?"

Mensaje Antibélico
No se podía confundir la inclinación antibélica de la novela, lanzada cuando Estados Unidos estaba empantanado en Vietnam. La mayoría de los soldados colegas de Pilgrim estaban malamente preparados
y terriblemente desmoralizados. Abundan la muerte y la tragedia, puntuada por el refrán alternativamente gastado y poco serio: "Así son las cosas".
Pero Vonnegut no deja nunca dudas sobre sus intenciones: "Les he dicho a mis hijos que ellos no deben bajo ninguna circunstancia participar en masacres, y que las noticias sobre masacres de enemigos no debe colmar a los hombres de satisfacción o regocijo.
"También les he dicho que no trabajen para compañías que fabrican máquinas de masacre, y a despreciar a la gente que piensa que necesitamos máquinas como esas".
La novela reflejaba las preocupaciones de la época, tratando no solamente la guerra, sino también la sobrepoblación, la ecología y el consumismo. Fue la reseña principal del suplemento de libros, como los del New York Times Book Review, donde Scholes despotricaba que Vonnegut era un "verdadero artista" y "uno de los mejores escritores de su generación".
El crítico Leslie Fiedler, en un influyente ensayo en Esquire en 1970, dijo que ‘Matadero Cinco' giraba "menos sobre Dresde que sobre la incapacidad de Vonnegut de superarlo... uno de esos trabajos más bellamente frustrantes sobre su propia imposibilidad, como ‘8 1/2', de Fellini".
Otros distinguidos críticos vieron ‘Matadero' en términos menos favorecedores. A Alfred Kazin le repugnó lo que llamó el "humor traviesamente sentimental" sobre los absurdos de la guerra. Según Kazin, Vonnegut "está en lo mejor no en ‘Matadero Cinco' (realmente una sátira de la gran novela norteamericana), sino en las parodias de la escena americana como ‘Dios le bendiga, Mr. Rosewater'... En ‘Matadero Cinco' Vonnegut parece, comprensiblemente, dominado por su materia y se hace el tonto. Es más divertido cuando es implacable".
Durante los años setenta, la novela sufrió ataques de candidatos a censores, que rechazaron sus numerosas obscenidades y escenas gráficas. Fue convertida en una bien considerada película por el director George Roy Hill en 1972. El libro también llegó al lugar 18 en la lista de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo veinte, de la Modern Library.
Vonnegut no se tomaba estos logros muy en serio. En la entrevista en Paris Review, dijo que escribir no era más complicado que una buena broma pesada. "Si haces que la gente ría o llore sobre pequeñas marcas negras en láminas de papel blanco", dijo, "¿qué es sino una broma pesada? Todos los grandes diálogos son en realidad bromas pesadas de gente que se cae una y otra vez". Decía que sus novelas eran esencialmente "mosaicos de chistes".

Promesa
Aunque ‘Matadero' lo instaló en la vanguardia de las letras americanas, sufrió cada vez más depresiones y juró que no volvería a escribir otra novela. "Después de escribir ‘Matadero Cinco', sentí que no tenía por qué volver a escribir, si no quería", escribió
en ‘Wampeters, Foma, y Granfalloons'. "Fue una amenaza que haría varias veces en las siguientes décadas.
Escribió una pieza de teatro que fue representada en Broadway, ‘Happy Birthday, Wanda June', así como una pieza de teatro para la televisión pública, ‘Between Time and Timbuktu'. Cubrió la Convención Nacional Republicana de 1972 para Harper's y fue elegido vice-presidente del PEN/American Center.
‘El desayuno de los campeones', publicado en 1973, marcó el retorno a la novela del autor de -entonces- cincuenta años. Reconoció que era de modo importante un libro catártico: El patético Kilgore Trout, que para entonces había aparecido en varias novelas de Vonnegut, finalmente se convirtió en un escritor rico y famoso.
La novela, que recibió reseñas en general tibias, no marcaron, sin embargo, el fin de las depresiones de Vonnegut. De hecho alude directamente a las preocupaciones del autor sobre la depresión y el suicidio en diálogos como: "‘Tienes miedo de matarte a ti mismo como lo hizo tu madre', le dije". En 1984 Vonnegut trató de suicidarse con alcohol y píldoras y pasó un mes en un pabellón mental. Más tarde contaría al Washington Post que no estaba loco, sino que enrabiado. "Si lo hago, y podría hacerlo, será a causa del ejemplo de mi madre", dijo, refiriéndose a su sobredosis décadas atrás. En enero de 2000 escapó sin graves lesiones del incendio de su casa de East Side Manhattan, causado aparentemente por un cigarrillo que dejó encendido en su estudio. Fue hospitalizado en condiciones críticas por inhalación de humo.
"Ahora estoy pensando en demandar a los fabricante de Pall Mall", bromeó el inveterado fumador en cadena después de su recuperación. "En la cajetilla prometen matarme y todavía no lo logran".
Ese tipo de humor negro atrajo a sucesivas generaciones de fans de Vonnegut, cuyo ardor de culto tuvo algo que ver con uno de los engaños más exitosos en internet de los últimos años.
En 1977 un e-mail enviado a miles de personas entregaba lo que pretendía ser el texto de un discurso de graduación en el MIT pronunciado por Vonnegut, un popular escritor de este tipo de discursos. Estaba lleno de simples ocurrencias populares, tales como "Póngase bronceador" y "Sea amable con sus rodillas. Las va a echar de menos cuando se vayan" que mucha gente -incluyendo a su esposa- cree que eran Vonnegut por excelencia.
El texto fue en realidad escrito por un columnista de un diario de Chicago y enviado sin su nombre ni permiso. Vonnegut se había convertido en víctima de una foma>, una palabra que significa mentira piadosa que había inventado él mismo hace tres décadas en ‘Cuna de gato'.
Vonnegut se casó con Krementz en 1979, después de que su primer matrimonio terminara en divorcio. Tuvo una hija con su segunda mujer, Lily. También tuvo tres hijos de su primer matrimonio: Mark, Edith y Nanette; y los tres sobrinos que adoptó tras la muerte de su hermana: James, Steven y Kurt Adams.
Reunió muchos de sus escritos más breves en cuatro tomos, entre ellos ‘Caja Del Rapé De Bagombo' [Bagombo Snuff Box] (1999), que presentaban sus cuentos no publicados previamente; ‘Dios lo bendiga, Dr. Kevborkian' (2000), una serie de notas sobre eminencias muertas, como William Shakespeare, que había escrito originalmente para la radio; y ‘Un hombre sin patria' [A Man Without a Country], una colección de ensayos breves y discursos (2005). Entre sus novelas se encuentran ‘Payasadas' [Slapstick, or Lonesome No More], en 1976, ‘Pájaro de celda' [Jailbird] en 1979, ‘Buena puntería' [Dead-Eye Dick] en 1982, ‘Galápagos' en 1985 y ‘Barbazul' [Bluebeard] en 1987. Su última novela, ‘Timequake' dividió a los críticos, unos manifestando su disgusto por su familiar tono de fatigado desconcierto, y otros calificándolo como su obra más divertida en años.
Después de ‘Timequake', dijo que no volvería a escribir novelas, pero en 2000, mientras ocupaba el cargo de State Author para Nueva York, admitió que se había retractado de esa promesa. Estaba trabajando en una novela sobre un cómico de Nueva York. El título sugería otra irreverente rumiada sobre la vida moderna y sus males. Lo iba a titular ‘If God Were Alive Today'.

elaine.woo@latimes.com
Stuart Silverstein contribuyó a este reportaje.

13 de abril de 2007
12 de abril de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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historia de un caballero


[David Anthony Durham] Un ambicioso joven se ve implicado en una conspiración que pone en peligro la frágil paz de Sicilia.
Barry Unsworth ha escrito sobre temas tan variados como el comercio de esclavos en el Atlántico, el teatro del siglo catorce en Bretaña y la política durante la Guerra de Troya. En todos los casos, el plato fuerte son las debilidades, los crímenes y los dilemas morales del pasado. Lo extraño -y es uno de los puntos fuertes de Unsworth- es que estas debilidades, crímenes y dilemas morales se parecen un montón a los que sufrimos en la actualidad. Gracias a sus efectivos detalles, tiene el arte de hacer del pasado algo auténtico, mientras infunde sus historias con lecciones que son relevantes para nuestras lides contemporáneas. Ese es nuevamente el caso con ‘The Ruby in Her Navel'.
El telón de fondo es el complejo mundo del siglo doce en Sicilia. El rey normando Rogelio gobierna una sociedad multicultural en la que cristianos, musulmanes, judíos, latinos y griegos coexisten en una insegura tregua. El aire rebosa de los llamados musulmanes a la oración y las campanadas de los monasterios. Las arcas reales están repletas. El pueblo debería estar contento, pero en lugar de eso la prosperidad y paz compartidas empuja a la gente hacia el lado equivocado. Parece que nadie cree -cristianos o musulmanes especialmente- que el experimento pueda resultar.
Thurstan Beauchamp, el hijo cristiano de un caballero normando, trabaja para un árabe musulmán a cargo de la oficina de hacienda del rey. Él se encarga de comprar los halcones para las cacerías del rey, entregar mensajes, contratar artistas, pagar sobornos y asesinatos. Pero su verdadero interés es su propia búsqueda del éxito y del amor. Se propone conquistar el amor de su infancia, Alicia, y espera ser nombrado caballero en el proceso. También se siente atraído carnalmente por una joven bailarina, Nesrin, que da su título al libro.
Con su atención avivada y dividida, tropieza -y participa- en una conspiración que pone en peligro las vidas de su rey y su mentor. Uno de ellos vive hasta el final. El otro, no.
Intriga, encuentros misteriosos, sorpresivos encuentros, misiones encubiertas, hacen que la trama avance velozmente. Es bueno que así sea, porque Thurstan mismo no es un narrador particularmente entretenido. Es complejo, cierto, pero es difícil: vano, egocéntrico y obsesionado por una ambición incumplida. Le escuece el hecho de que le ha sido negado lo que él cree que es su condición merecida. Está tan obsesionado con sus progresos y tan ciego a las maquinaciones de la gente en su entorno, que se convierte en un peón, usado una y otra vez para fines que dice que encuentra odiosos. Todo el mundo -incluso su adorada Alicia- se aprovecha de él. En un momento particularmente vulnerable, le piden que traicione, por propio interés, a un amigo; no responde de modo encomioso.
El palo más fuerte de la novela es que la enrevesada trama mantiene alto el suspenso hasta las últimas páginas. Thurstan logra sacudirse la autocompasión el tiempo suficiente como para enfrentarse a la situación que él mismo ayudó a crear. La escena culminante tiene un aire definitivamente cinematográfico, como un thriller, y es refrescante ver a Thurstan finalmente entrar en acción.
Como los mejores escritores de novelas históricas, Unsworth cuenta su historia rellenando el telón de fondo con detalles que nos instalan en la época y la hacen tangible. Hace que las experiencias de sus personajes sean representativas de vivencias más colectivas. Casi al final de la novela, Nesrin, hablando un imperfecto griego, crea una metáfora para explicar el principal defecto de Thurstan: "Haces una forma que no es verdadera", dice, "y te aferras a esa forma y no te das cuenta de que es la forma equivocada... Te aferras a ella, nada te puede cambiar". Con eso, Nesrin entiende las cosas mejor que cualquier noble o caballero o sacerdote que aparece en las páginas de esta novela.
Es dudoso que Thurstan pueda realmente despojarse de su naturaleza, pero no es lo principal. A través de Nesrin, el autor habla de la cultura que representa Thurstan. No era solamente Thurstan el que hacía formas -filosofías, teorías políticas, doctrinas religiosas- que no eran verosímiles. Las sociedades occidentales han hecho lo mismo. Nosotros lucharemos por mantener y expandir nuestra supremacía cultural con nociones imaginarias, y Unsworth parece dar a Nesrin palabras que suenan como avisos para nuestros modernos oídos. "¿No lo ves?", dice. "Si no rompemos nosotros esa mala forma, ella nos romperá a nosotros".

Novela reseñada
The Ruby in Her Navel
A Novel of Love and Intrigue in the Twelfth Century
Barry Unsworth
Nan A. Talese/Doubleday
399 pp.
$26

11 de abril de 2006
26 de noviembre de 2007
©washington post
©traducción mQh
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muere biógrafo de hitler


En Alemania. Werner, además de biógrafo de Hitler, fue nombrado administrador de los bienes de los herederos del Führer.
El historiador alemán Werner Maser, autor de una de las más famosas biografías de Adolf Hitler e investigador de los archivos nazis, falleció a los 84 años, informaron hoy fuentes de su familia.
Maser, quien vivía en la ciudad de Espira, falleció en un hospital el jueves, añadieron las fuentes.
El nombre del historiador está ligado a dos libros, ‘Hitler: Legende. Mythos. Wirklichkeit' [Hitler: leyenda, mito, realidad] , publicado en 1971 y traducido a veintidós idiomas, así como ‘Der Wortbruch. Hitler, Stalin und der Zweite Weltkrieg' (1994) [La palabra rota. Hitler, Stalin y la II Guerra Mundial].
Algunas de sus tesis han sido objeto de controversia entre sus colegas, como la contenida en ese segundo libro, donde aseguraba que, al invadir la URSS, Hitler simplemente se adelantó a Iósif Stalin en unos meses, puesto que los soviéticos preparaban un ataque contra el Tercer Reich.
Maser fue más que un mero biógrafo de Hitler, además de otros personajes del nazismo, ya que fue nombrado administrador de los bienes de los herederos del Führer y, desde esa posición, trató de hacerse con los derechos de ‘Mi lucha' -libro que sentó las bases ideológicas del nazismo-, que controla el estado de Baviera.
Además, investigó las actas de los procesos de Nuremberg y desveló que los supuestos diarios de Hitler, publicados con gran revuelo en 1983, estaban falsificados.
Fue, asimismo, el primer investigador, en los 70, que tuvo acceso a los archivos principales del Partido Nacionalsocialista (NSDAP), depositados en Estados Unidos.
Maser nació en julio de 1922 en Prusia Oriental y sirvió en el ejército alemán entre 1942 y 1945.
Tras la II Guerra Mundial pasó un año en un campamento de prisioneros y después se doctoró con una tesis sobre ‘La organización de la leyenda de Hitler'.
En los años 60 trabajó por encargo del gobierno federal alemán en el departamento de divulgación histórica, impartió clases de historia y fue catedrático invitado en Finlandia y Japón.
En los últimos años, Maser vivió en Espira junto a su esposa, con quien tuvo tres hijos.

9 de abril de 2007
©el universal
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