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murió bernd von loringhoven


[David Rising] Estuvo con Hitler en sus últimos días.
Berlín, Alemania. Murió el barón Bernd Freytag von Loringhoven, testigo de los últimos días de Adolfo Hitler, que describió los últimos estertores de una desesperada jefatura nazi en un búnker berlinés, anunció su editor ayer. Tenía 93 años.
El barón von Loringhoven murió en febrero de causas naturales en su ciudad natal de Munich, dijo Wolf Jobst Siedler Jr., que publicó la versión alemana del libro del barón ‘En el búnker con Hitler' [In the Bunker with Hitler]. Siedler no mencionó una fecha exacta.
En una entrevista para el cincuenta aniversario de la Segunda Guerra Mundial, el barón von Loringhoven recordó la desesperación entre las dos docenas de jefes nazis y su entorno en el búnker cuando se acercaba el ejército soviético en 1945.
"Hablaban sobre si matarse a balazos o ingerir veneno", contó el barón de Loringhoven a Los Angeles Times. "Y hablaban sobre si, en caso de que decidieran matarse, si debían dispararse en la boca o en la sien".
El 29 de abril, el día antes de que Hitler y su nueva novia, Eva Braun, se suicidaran, el barón von Loringhoven relevado de funciones.
Como mayor del ejército regular cuya tarea era reunir para Hitler los despachos de la inteligencia militar, se quedó sin trabajo cuando el ejército soviético que se acercaba dejó fuera de servicio el radio transmisor que usaba el ejército para enviarle información.
"No tenía ganas de que me mataran allá, como a una rata, en el pasillo", dijo al Times. "Pedí que me dieran la posibilidad de salir y encontrar a las tropas combatientes o para salir de Berlín".
Recordó que Hitler reaccionó con entusiasmo, antes que reproches, ante la noticia de que él y otros dos camaradas pensaban huir.
"Cuando hablamos con él, tuvo la sensación de que él ya había decidido cuál sería su fin y que él, que era físicamente una ruina, tenía envidia de tres jóvenes fuertes que todavía podían tratar de escapar".
Los tres lograron eludir a los soviéticos y se dejaron capturar por los aliados occidentales.
Después de pasar dos años en un campo de prisioneros de guerra británico, el barón de Loringhoven fue dejado en libertad para reunirse con su familia.
Nació el 24 de enero de 1914, en el seno de una familia aristocrática en Arensburg, en lo que hoy es Estonia. La familia se mudó a Alemania del este para escapar del caos de después de la Primera Guerra Mundial.
El barón de Loringhoven pensó en estudiar leyes, pero cuando los nazis llegaron al poder en 1933 y ser miembro del partido se convirtió en una exigencia para la profesión, volvió su atención hacia lo militar.
"Había estudiado leyes, pero la profesión estaba siendo ocupada por los nazis", dijo al diario The Observer en 2005. "La Wehrmacht me pareció una carrera honorable".
Durante la Segunda Guerra Mundial, el barón von Loringhoven sirvió como comandante de una compañía de tanques, entre otras funciones, antes de ser ascendido al rango de mayor y asignado el general Heinz Guderian, que se cree colaboró en el desarrollo de la blitzkrieg, tácticas de tanque que le valieron a Alemania sus primeras victorias.
Tras la destitución de Guderian, el barón von Loringhoven prosiguió con su función como enlace, bajo el general Hans Krebs hasta su escape del búnker un mes más tarde.
Después de la guerra, el barón von Loringhoven se incorporó en 1956 al ejército alemán, y sirvió más tarde tres años en Washington como parte del comité permanente de la OTAN. Después de una larga carrera, se jubiló en 1973 con el rango de teniente general.
Sus memorias se publicaron en inglés el año pasado.
Incluso sesenta años después de la guerra, el barón von Loringhoven conservaba su desprecio de la jefatura nazi, que a menudo se reñía con el cuerpo de oficiales antes de la guerra.
"La única experiencia militar de Hitler la había adquirido como cabo durante la Primera Guerra Mundial", contó al Observer. "Sólo sabía una cosa: la resistencia fanática, y todavía puedo recordar sus palabras. La blitzkrieg no fue inventada por él, sino por los estrategas militares que él, más tarde, apartó".
"Tan pronto como empezamos a sufrir los primeros reveses, se volvió sordo a los llamados a cambiar hacia técnicas de defensa móviles y modernas", dijo el barón von Loringhoven. "Los consideraba derrotistas, ya que a veces había que ceder territorio".

9 de abril de 2007
3 de abril de 2007
©boston globe
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murió carroll johnson


El estudioso de Cervantes. A los 69 años.
Carroll Johnson, un profesor de español de toda la vida en la Universidad de California en Los Angeles UCLA, cuyos freudianos análisis del novelista Miguel de Cervantes y su obra maestra ‘Don Quijote' provocaron conmoción, murió el martes en Chicago, tras un derrame. Tenía 69 años.
Johnson había viajado a Chicago a dar una charla, dijo un representante de la UCLA.
Nativo de Los Angeles, que pasó toda su vida académica en la UCLA, Johnson fue el anterior presidente de la Sociedad de Cervantes de Estados Unidos y editor de la revista académica Cervantes.
En 2005 supervisó una celebración en la UCLA de todo un mes, conmemorando el aniversario cien de ‘Don Quijote', la tragicómica novela sobre un pretendido caballero errante que quiere restaurar la caballería en el mundo. El evento incluyó una maratón de lectura de la novela, por los estudiantes, y películas y charlas académicas, incluyendo un discurso de Johnson con ocasión del 98 aniversario de la serie Informes sobre Investigaciones de la universidad.
Johnson era conocido por su revolucionarias y perceptivas investigaciones, especialmente en su libro de 1983, ‘Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to Don Quixote'. Más tarde escribió desde una perspectiva socioeconómica, en ‘Cervantes and the Material World'.
Sus observaciones sobre los conflictos edípicos del Quijote y su barba (que describía como una "analogía desplazada hacia arriba como el miembro viril") fascinaba y repelía a sus críticos. Un entrevistador de Los Angeles Times dijo que las interpretaciones freudianas de Johnson daban al libro "una perspectiva moderna", pero Justin Marozzi, en el London Sunday Telegraph, las encontró "absurdas".
Alto, enjuto y barbudo, Johnson sacó su bachillerato y maestría en la Universidad de California en Los Angeles en 1960 y 1961. Su doctorado, en 1966, lo hizo en Harvard. Se incorporó a la facultad en la UCLA como docente asistente en 1964 y fue nombrado profesor en 1976.
Le sobreviven su esposa, Linda Leslie Johnson, y su hija, Amy.

7 de abril de 2007
©los angeles times
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el origen de la moral


[Nicholas Wade] Científicos encuentran los orígenes de la moral en la conducta de los primates.
Algunos animales son asombrosamente sensibles a las dificultades de los otros. Los chimpancés, que no pueden nadar, se han ahogado en fosos de zoológico tratando de salvar a otros. Teniendo la posibilidad de obtener alimentos jalando de una cadena que también provoca una descarga eléctrica a un compañero, los macacos preferirán dejar de comer durante varios días.
Los biólogos alegan que estas y otras conductas sociales son precursoras de la moral humana. Creen además que si la moral surgió de normas de conducta modeladas por la evolución, es asunto de los biólogos, no de filósofos ni de teólogos, determinar cuáles son esas reglas.
Los filósofos morales no se toman muy en serio el intento de los biólogos de anexarse su materia, pero encuentran bastante de interés en lo que dicen los biólogos y han empezado un diálogo académico con ellos.
El llamado a las armas fue lanzado por el biólogo Edward O. Wilson hace más de treinta años, cuando sugirió en su libro de 1975, ‘Sociobiología' que "ha llegado el momento de rescatar la ética de manos de los filósofos para biologizarla". Puede haberse equivocado en cuanto al tiempo, pero en las décadas de intervalo los biólogos han hecho considerables progresos.
El año pasado, Marc Hauser, un biólogo evolucionario de Harvard, propuso en su libro ‘Mentes morales' [Moral Minds], que el cerebro tiene un mecanismo configurado genéticamente para la adquisición de reglas morales, una gramática moral universal similar a la maquinaria neuronal para el aprendizaje de la lengua. En otro libro reciente, ‘Primates y filósofos' [Primates and Philosophers], el primatólogo Frans de Waal defiende contra los filósofos su opinión de que las raíces de la moral se pueden observar en la conducta social de monos y primates.
El doctor De Waal, que es director del Living Links Center de la Universidad de Emory, sostiene que todos los animales sociales han tenido que constreñir o alterar su conducta de varios modos para que valiese la pena vivir en grupo. Estos límites, evidentes en los monos e incluso más en los chimpancés, son también parte del legado humano, y en su opinión forman el conjunto de conductas que han moldeado la moral humana.
Muchos filósofos encuentran difícil pensar en los animales como seres morales, y en realidad De Waal no sostiene que siquiera los chimpancés posean una moral. Pero sí sostiene que la moral humana sería imposible sin ciertas bases emocionales que se encuentran claramente en operación en las sociedades de chimpancés y de monos.
Los puntos de vista de De Waal se basan en años de observación de primates no humanos, que empezaron en los años sesenta con sus trabajos sobre la agresión. Se dio cuenta de que después de una pelea entre dos rivales, otros chimpancés consolaban al perdedor. Pero lo distrajeron sus peleas con los psicólogos sobre la imputación de estados emocionales a los animales, y le tomó veinte años volver al tema.
Constató que el consuelo era universal entre los grandes primates, pero que se encontraba prácticamente ausente entre los monos -entre los macacos, las madres ni siquiera tranquilizan a un infante herido. Para consolar a otro, dice De Waal, se necesita empatía y un nivel de autoconciencia que sólo los primates y humanos parecen poseer. Y la consideración de la empatía lo llevó rápidamente a explorar las condiciones de la moral.
Aunque la moral humana puede terminar en nociones sobre derechos y justicias y finas distinciones éticas, De Waal dice que empieza con la preocupación por los otros y la comprensión de las reglas sociales que regulan el trato que se da a otros. Los primatólogos han demostrado que a este nivel más bajo existe lo que ellos consideran que es una importante yuxtaposición entre la conducta de la gente y la de otros primates sociales.

La vida en sociedad requiere empatía, lo que es especialmente evidente en los chimpancés, así como mecanismos para poner fin a las hostilidades internas. Todas las especies de primates y monos tienen sus propios protocolos de reconciliación después de las peleas, según ha descubierto De Waal. Si dos individuos no logran reconciliarse, a menudo la hembra chimpancé reunirá a los rivales, como si comprendiera que la discordia estorba la comunidad y la hace más vulnerable a los ataques de los vecinos. O impedirán una pelea quitando las piedras de las manos de los rivales.
De Waal cree que estas acciones son emprendidas en función del bien superior de la comunidad, en contraste con las relaciones entre personas, y son un significativo precursor de la moral en las sociedades humanas.
Los macacos y chimpancés tienen un bosquejo de orden social y reglas de conducta deseada, la mayoría de ellas relacionadas con la naturaleza jerárquica de sus sociedades, en las que cada miembro conoce su sitio. Los jóvenes macacos aprenden rápidamente cómo comportarse, y de vez en vez son mordidos, en un pie o mano, como castigo. Otros primates también tienen una idea de reciprocidad y honestidad. Recuerdan quién les hizo favores, y quién actuó mal con ellos. Es más probable que los chimpancés compartan el alimento con los que se han cuidado entre ellos. Los monos capuchinos muestran descontento si reciben una recompensa menor que un colega por realizar la misma tarea, como por ejemplo un pedazo de pepino en lugar de una uva.
Estos cuatro tipos de conducta -empatía, la capacidad de aprendizaje y la obediencia de reglas sociales, la reciprocidad y la reconciliación- son la base de la sociabilidad.
De Waal cree que la moral humana surgió de la sociabilidad primate, pero con dos niveles de sofisticación extra. La gente implementa los códigos morales de sus sociedades de manera mucho más rigurosa con recompensas, castigos y la construcción de prestigio. También aplican un cierto grado de juicio y razón, que no tienen paralelo en los animales.
La religión se puede ver como otro ingrediente especial de las sociedades humanas, aunque emergió miles de años después de la moral, en opinión de De Waal. Existen claros antecedentes de moral en los primates no humanos, pero no precedentes de religión. Así que parece razonable asumir que a medida que los humanos evolucionaron alejándose de los chimpancés, la moral emergió primero, seguida por la religión. "Creo que la religión es un agregado reciente", dijo. "Su función puede tener que ver con la vida social, lo mismo que la implementación de las reglas y de una justificación, que es lo hacen las religiones".
Según lo ve De Waal, la moral humana puede estar severamente limitada por el hecho de que evolucionó como un modo de unirse contra los adversarios, con restricciones morales observadas solamente entre los miembros del grupo, no hacia los extraños. "Es profundamente irónico que nuestro logro más noble -la moral- tenga vínculos evolucionarios con nuestra conducta más infame: la guerra", escribe. "El sentido de comunidad exigido por la primera lo proporcionaba la última".
De Waal ha hecho frente a muchos críticos en la biología evolucionaria y la psicología en el desarrollo de sus puntos de vista. El biólogo evolucionario George Williams desechó la moral considerándola simplemente como un producto secundario accidental de la evolución, y los psicólogos objetaron que atribuyera estados emocionales a los animales. En el curso de muchos años, De Waal convenció a sus colegas de que el tabú de inferir estados emocionales era una limitación poco razonable, dada la continuidad evolucionaria esperada entre humanos y otros primates.
Su última audiencia son los filósofos morales, muchos de los cuales están interesados en su trabajo y en el de otros biólogos. "En departamentos de filosofía, hay un número cada vez más grande de gente que presta atención a lo que tienen que decir", dice Gilbert Harman, profesor de filosofía de la Universidad de Princeton.
El doctor Philip Kitcher, profesor de filosofía en la Universidad de Columbia, aprueba el enfoque empírico de De Waal. "No tengo ninguna duda de que hay patrones de conducta que compartimos con nuestros parientes primates que son relevantes en nuestras decisiones éticas", dijo. "Los filósofos ha sido seducidos siempre por el sueño de un sistema ético completo y terminado, como las matemáticas. Yo no creo que sea así, de ninguna manera".
Pero la ética humana es considerablemente más complicada que la simpatía que ha descrito De Waal en los chimpancés. "La simpatía es la materia prima con la que se construye un conjunto más complicado de normas éticas", dijo. "En el mundo real, nos enfrentamos a personas diferente que pueden gozar de nuestra simpatía. Y la razón de ser de la ética es decidir a quién ayudar, por qué y cuándo".

Muchos filósofos creen que el raciocinio consciente juega un importante papel a la hora de controlar la conducta ética humana y por eso no se muestran dispuestos a admitir que todo provenga de las emociones, como la simpatía, que es evidente en los chimpancés. El elemento de moral imparcial proviene de la capacidad de razonar, escribe Peter Singer, un filósofo moral de Princeton, en ‘Primates y filósofos'. Dice: "La razón es como una escalera mecánica: una vez que nos subimos a ella, no podemos bajarnos sino cuando llegamos a destino".
Esa era la opinión de Emanuel Kant, observó Singer, que creía que la moral debía basarse en la razón, mientras que el filósofo escocés David Hume, admirado por De Waal, sostenía que los juicios morales procedían de las emociones.
Pero biólogos como de Waal creen que la razón entra en juego generalmente sólo después de que se ha alcanzado una decisión moral. Sostienen que esa moral evolucionó en una época en que la gente vivía en pequeñas sociedades recolectoras y a menudo tenían que tomar decisiones de vida o muerte instantáneas, sin tiempo para hacer evaluaciones conscientes sobre opciones morales. El razonamiento se producía posteriormente, como una justificación post hoc. "La conducta humana se deriva sobretodo de juicios emocionales, rápidos y autómatas, y sólo secundariamente de procesos conscientes más lentos", escribe De Waal.
Sin embargo, por más que celebremos la racionalidad, nuestra brújula son nuestras emociones, probablemente debido a que han sido modeladas por la evolución, en la visión de De Waal. Dice, por ejemplo: "La gente objeta soluciones morales que impliquen causarnos daños personalmente. Esto puede deberse a que la violencia personal ha sido sometida a un proceso de selección natural, mientras que las deliberaciones utilitarias no lo han sido".
Los filósofos tienen otra razón por la que los biólogos, en su opinión, no pueden llegar al corazón de la moral, y es que los análisis biológicos no pueden cubrir la brecha que hay entre el ‘ser' y el ‘deber ser', entre la descripción de una conducta y el problema de si es moralmente mala o buena. "Puedes identificar algún valor que defendemos, y contar una historia evolucionaria sobre porqué lo aplicamos, pero existe siempre la pregunta radicalmente diferente de si debemos o no implementarlo", dice Sharon Street, un filósofo moral de la Universidad de Nueva York. "Eso no descarta la importancia de lo que están haciendo los biólogos, pero muestra por qué siglos de filosofía moral son también terriblemente relevantes".
Jesse Prinz, profesor de filosofía de la Universidad de Carolina del Norte, permite todavía menos a los biólogos. Cree que la moral se desarrolló después de que hubiese terminado la evolución humana y que los sentimientos morales son configurados por la cultura, no por la genética. "Sería una falacia asumir que se puede identificar una sola moral verdadera en lo que hacemos instintivamente, antes que en consideraciones sobre lo que debemos hacer", dice. "Uno de los principios que deben guiar una sola moral verdadera debe ser el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos, y eso parece no tener precedente en el mundo animal".
De Waal no acepta la opinión de los filósofos de que los biólogos no pueden pasar del ‘ser' al ‘deber ser'. "No estoy seguro de lo realista que sea la distinción", dice. "Los animales tienen un ‘deber ser'. Si una cría es sorprendida en una pelea, la madre debe levantarse y defenderla. O cuando hay alimentos por compartir, los animales se presionan unos a otros, lo que constituye un primer tipo de situación ‘debida'".
La definición de moral de De Waal tiene los pies más cerca de la tierra que la de Prinz. La moral, escribe, es "un sentido del bien y del mal que nace de sistemas grupales de manejo de conflictos basado en valores compartidos". Los fundamentos de la moral no son conductas agradables o buenas, sino más bien la capacidad mental y social para construir sociedades " en las que los valores compartidos canalicen la conducta individual mediante un sistema de aprobación y rechazo". En esta definición, en su opinión los chimpancés poseen algunas de las capacidades de conducta incorporadas en nuestros sistemas morales.
"La moral está firmemente anclada en la neurobiología, como todo lo demás que hacemos o somos", escribió De Waal en su libro de 1966, ‘De buenas maneras' [Good Natured]. Los biólogos ignoraron esta posibilidad durante muchos años, creyendo que debido a que la selección natural era cruel y despiadada, sólo podía producir personas con las mismas cualidades. Pero esto es una falacia, en opinión de De Waal. La selección natural favorece a los organismos que sobreviven y se reproducen, por cualquier medio. Y ha creado personas, escribe en ‘Primates y filósofos' con "una brújula para hacer opciones vitales que tomen en cuenta los intereses de toda la comunidad, que es la esencia de la moral humana".

1 de abril de 2007
20 de marzo de 2007
©new york times
©traducción mQh
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murió jorge díaz


Muere el destacado dramaturgo chileno Jorge Díaz.
El autor de más de un centenar de obras, entre ellas la clave ‘El Cepillo de Dientes', Premio Nacional de Artes Audiovisuales y de la Representación en 1993, murió a los 77 años de edad en su hogar de la comuna de Providencia.
Víctima de un cáncer al esófago falleció esta madrugada el prolífico y vigente dramaturgo nacional Jorge Díaz, autor de recurridas obras fundacionales del teatro del absurdo en el país como ‘El Cepillo de Dientes' y ‘El Velero en la Botella' y de otras decenas en distintos estilos destacadas hasta hoy en el país y en el extranjero.
Nacido en Rosario –Argentina- en 1930, radicado en Chile desde los cuatro años de edad y con residencia en España durante 30 años desde 1964, el artista, reconocido en 1993 con el Premio Nacional de Artes Audiovisuales y de la Representación, murió a los 77 años de edad en su hogar de la comuna de Providencia.
Hijo de inmigrantes españoles, estudio arquitectura en la Universidad Católica, carrera que abandonó en 1959 al integrase a trabajar con la compañía teatral Ictus en que comenzó a ejercer como dramaturgo y escenógrafo.
En 1964 se radicó en Madrid, España, en donde permaneció por espacio de treinta años hasta cuando, en 1994, optó por retornar a Santiago donde continuó su prolífica obra que incluye pasajes por la poesía.
Incluido en la generación literaria de 1950, se le ha reconocido como uno de los más influyentes de la escena chilena de la segunda mitad del siglo XX con más de un centenar de obras, entre las que destacan ‘El cepillo de dientes', ‘El velero en la botella', ‘Las cicatrices de la memoria', ‘Topografía de un desnudo' y ‘Pablo Neruda viene volando'.
También escribió alrededor de cuarenta piezas de teatro para niños, a lo que se agrega su trabajo como guionista de radio y televisión, y algunas obras de narrativa.
De si mismo, Díaz dijo alguna vez: "No vengo del lenguaje. No soy un escritor, sin un grupo detrás no puedo escribir ni una línea. Soy un arquitecto que ve las palabras en el espacio".

13 de marzo de 2007
©la nación
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murió jean baudrillard


[Elaine Woo] A los 77. Un sagaz estudioso de la borrosa realidad.
La muerte del teórico francés Jean Baudrillard este martes en París, provocó algunas inusuales reacciones en internet, incluyendo ‘La Muerte de Baudrillard No Ha Ocurrido', ‘Jean Baudrillard No Ocurrió', ‘Baudrillard No Existía' y ‘Le Sobrevive Su Simulacro'.
Eran, curiosamente, tributos ofrecidos en el mismo espíritu del gurú de la filosofía posmoderna, que ejerció una enorme influencia sobre artistas y escritores contemporáneos, incluyendo a los creadores de las películas ‘The Matrix'. Las reacciones eran variaciones jocosas sobre la afirmación de Baudrillard, 77, sobre la Guerra del Golfo Pérsico en 1991 -esto es, que "no ocurrió".
Esa guerra fue, en su opinión, en gran parte un evento televisivo, vivido por las masas más como un juego de video que como una situación real de violencia y muerte. Su afirmación, que indignó a muchos, ilustraba una de sus principales ideas: que ya no distinguimos entre imitación y realidad, y que a veces preferimos las imitaciones, porque parecen todavía más reales que la realidad misma.
Este estado de lo que Baudrillard llamaba la ‘hiperrealidad', explica por qué somos inundados por los ‘reality shows' de la televisión, que de realidad no tienen nada. Y da cuenta del eterno atractivo de Disneylandia, de la que dijo que era "presentada como imaginaria para hacernos creer que el resto es real".
Disneylandia es lo que Baudrillard llamaba un ‘simulacro', una copia más perfecta que el original, tal como los replicantes que causan el caos en el clásico de ciencia ficción, ‘Blade Runner' o en los universos alternativos descritos en las exitosas películas de ‘Matrix'. Una vez se describió a sí mismo diciendo: "No sé lo que soy. Pero sí sé que soy el simulacro de mí mismo".
Tuvo de algún modo una aparición en la primera película ‘Matrix', cuando un personaje representado por Keanu Reeves abre un ejemplar de la obra seminal de Baudrillard, ‘Simulacro y simulaciones', para revelar un hueco, que utiliza para ocultar un alijo de cedés pirateados. Los cinéfilos adoraban el chiste: discos falsos en un libro falso sobre la incapacidad de la sociedad moderna a la hora de distinguir entre lo falso y lo real. Pero el filósofo dijo que la película había interpretado mal sus ideas.
Sin embargo, la película "lo transformó", escribió Larissa MacFarquhar en un artículo en el New Yorker en 2005, "de una figura de culto en una figura de culto extremadamente famosa". Su falsa representación de una teoría sobre la falsa representación, convirtió la ironía en un completo vértigo.
Un hombre pequeño y rechoncho que era genuinamente francés en su pasión por el cigarrillo y el vino al mediodía, Baudrillard estaba acostumbrado a que sus teorías se distorsionaran. Sus ideas, como las de su colega francés, el intelectual Jacques Derrida, podían ser exasperantemente densas.
Una vez escribió, por ejemplo, que la realidad "ya no tiene tiempo para asumir la apariencia de realidad. Ya no sobrepasa a la ficción: Captura los sueños incluso antes de que estos adquieran la apariencia de sueños". Al mismo tiempo, era un agudo productor de aforismos, que decía: "No estamos en peligro... de carecer de significado; al contrario, estamos atiborrados de significados y nos están matando".
También era un mordaz polemista. En un ensayo titulado ‘El espíritu del terrorismo', publicado en Le Monde dos meses después del 11 de septiembre de 2001, escribió que los atentados contra el World Trade Center eran el resultado de una "imaginación terrorista" criada por una "insoportable potencia", Estados Unidos. "A fin de cuentas", concluyó, "son ellos quienes los llevaron a cabo, pero fuimos nosotros los que los quisimos".
Sus detractores le condenaron por su aparente justificación de la destrucción, a lo que replicó: "No se ha de confundir el mensaje con el mensajero".
Como mensajero, era a menudo deliberadamente enigmático. Se negaba a responder preguntas sobre su pasado, que respondía a menudo con un terso "No tengo antecedentes". Tenía un pasado, pero se había esforzado por separarse de él.

Nacido en 1929 en Reims, Francia, y descendiente de campesinos y de pequeños funcionarios públicos, fue el primero de su familia en estudiar en la universidad. Trabajó como profesor en una escuela secundaria y traductor de literatura alemana durante varios años antes de doctorarse en sociología en la Universidad de París, Nanterre, un semillero de activistas radicales en los años sesenta. Sus primeros libros, ‘El sistema de los objetos' (1968) y ‘La sociedad de consumo' (1970), reflejaron su fascinación con los signos y símbolos de un mundo dominado por la mercancía.
Sus ideas empezaron a ser conocidas en Estados Unidos a fines de los años setenta, cuando habló ante una atiborrada audiencia en una conferencia organizada por el Museo Whitney de Arte Americano, de Nueva York. Poco a poco devino más prominente en Estados Unidos que en Francia, donde había sido aislado por crítica del historiador y filósofo francés Michel Foucault.
"Cuando vino a Estados Unidos, se sentía deprimido. Creo que Estados Unidos lo salvó, de algún modo", dijo Sylvere Lotringer, profesor de francés en la Universidad de Columbia que colaboró a menudo con Baudrillard y publicó sus obras.
Sin embargo, Baudrillard escribió despectivamente sobre la cultura americana. Después de cruzar el país en coche, lo llamó "la única sociedad primitiva todavía viva", en su libro de 1988, ‘América', escrito en la tradición de Alexis de Tocqueville.
Mark Poster, profesor de historia en la Universidad de California en Irvine, editor y amigo de Baudrillard, dijo que aunque ‘América' era un libro "sucio", el pensador francés "amaba el sur de California". Dio charlas en la UCLA, en la UC Irvine y en la Universidad de California en San Diego.
Hizo una extraordinaria aparición en un festival de vanguardia en Primm, Nevada, en 1996, donde lució un llamativo saco de lentejuelas para leer un poema sobre el suicidio ante una reverente audiencia de escritores, músicos y otros artistas.
Entre los artistas que lo han mencionado como una influencia en sus propios trabajos se encuentran Jeff Koons, Haim Steinbach, Robert Longo y Peter Nagy. Su influencia se extendió en parte debido a su disposición a aventurarse en la cultura de masas.
"Entre su generación de importantes intelectuales franceses, es el único que se ocupaba de la cultura popular, de la televisión, del consumismo", dijo Poster. "No gustaba a muchos precisamente por esto. Los otros intelectuales tienden a aferrarse a la alta cultura, a la alta filosofía y a la teoría. Pero él metía las manos en la masa".
Baudrillard se hacía eco de esta opinión. "Mientras otros gastan el tiempo en bibliotecas", escribió en ‘América', "yo gasto mi tiempo en los desiertos y en la carretera. Mientras ellos sacan sus materiales de la historia de las ideas, yo saco los míos de lo que está pasando, de la vida en las calles".
Sus críticos lo odiaban intensamente. Entre sus críticos más decididos se encontraban Alan Sokal y Jean Bricmont, que escribieron en su libro de 1998, ‘Fashionable Nonsense: Postmodern Intellectuals' Abuse of Science' [Las tonterías de moda: los intelectuales posmodernos y su abuso de la ciencia], que si los textos de Baudrillard parecen ininteligibles, "es por la excelente razón de que no significan absolutamente nada".
Esos fulminantes ataques no alteraban al despreocupado, aunque desconcertante filósofo, cuya muerte se produce después de una larga lucha contra el cáncer.
"Ouf, es un juego. Un juego fabuloso. Un juego", le dijo a un entrevistador hace algunos años, "que quizás ni siquiera esté ocurriendo".

elaine.woo@latimes.com

12 de marzo de 2007
11 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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murió richard prather


[Mary Rourke] A los 85. El autor de los misterios de Shell Scott en los años cincuenta y sesenta.
Richard S. Prather, cuyas novelas de misterio sobre Shell Scott, un ex marine convertido en detective privado estaban ambientadas en el sur de California, murió en su casa en Sedona, Arizona, el 14 de febrero. Tenía 85 años.
La causa fueron complicaciones de una afección pulmonar, dijo esta semana la escritora Linda Pendleton, amiga de Prather.
Prather, que también escribió varias novelas con los seudónimos de David Knight y Douglas Ring, obtuvo un galardón por su obra de toda la vida de Private Eye Writers of America [Detectives Privados de Estados Unidos] en 1986. Sin embargo, era mejor conocido por sus misterios de Shell Scott de los años cincuenta y sesenta sobre un ex marine que se cortaba el pelo al rape y le faltaba una parte de una oreja que perdió en un tiroteo cuando hacía el servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial.
Prather introdujo su popular personaje en su novela de 1950, ‘Case of the Vanishing Beauty'. Escribió más de treinta títulos más, todos ellos originalmente como libros de bolsillo.
A diferencia de los duros héroes de las novelas de detectives baratas más típicas, Shell Scott tenía un irónico sentido del humor que lo hacía sobrevivir sus misiones más extrañas.
En ‘Strip for Murder', investigó un homicidio en una colonia nudista. Otros libros de la serie muestra cómo Scott debía enfrentarse a zombis o espiar a los directores de películas pornográficas.
Los títulos que elegía Prather para sus novelas -‘Three's a Shroud' y ‘Slab Happy', entre otros- delataba su sentido del humor ante sus lectores. Estaba más interesado en escribir sobre misterios que sobre asesinatos, dijo en entrevistas.
Escribía sus libros en un solo aliento y llegó a publicar en sus mejores años hasta tres novelas por año. Las historias eran "siempre cómicas y frescas", de acuerdo al número de verano de 1994 de Armchair Detective.
Durante la mayor parte de su carrera literaria vivió en California del Sur, mudándose de Laguna Beacg a La Jolla, Fallbrook y San Clemente antes de trasladarse a Scottsdale, Arizona, y asentarse finalmente en Sedona.
"Prather era muy conocido con los años cincuenta y sesenta, pero en las últimas décadas se convirtió en un desconocido debido al tenor anticuado de sus libros", dijo Charles Ardai, editor de Hard Case Crime, una editorial que publica novelas de misterio baratas clásicas y contemporáneas. ‘The Peddler', de Prather, 1952, una de sus pocas novelas en las que no aparece Scott, fue republicada por Hard Case Crime el año pasado.
Varias de las novelas de Prather han sido republicadas como libros virtuales.
Prather nació el 9 de septiembre de 1921 en Santa Ana. Asistió al Riverside City College durante un año antes de unirse a la marina mercante norteamericana, en la que sirvió de 1942 a 1945.
Más tarde trabajó como oficinista en la Base Aérea March en el condado de Riverside antes de que se dedicara a escribir novelas a tiempo completo en 1949. Siguió escribiendo casi un libro al año hasta fines de los años ochenta.
La mujer de Prather durante más de sesenta años, Tina Hager, murió en 2004. Le sobreviven varios primos.

mary.rourke@latimes.com

9 de marzo de 2007
8 de marzo de 2007
©los angeles times
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murió henri troyat


A los 95. El refugiado ruso se convirtió en un importante escritor francés.
Murió Henri Troyat, que huyó de la revolución cuando era un niño y se convirtió en uno de los más prolíficos, populares y respetados autores franceses, según informó el lunes la Académie Française. Tenía 95 años.
Troyat murió el viernes en París, dijo la Académie Française. Pero no informó sobre la causa de su muerte ni dónde murió.
Troyat escribió más de cien libros, incluyendo novelas, biografías y obras de teatro. Muchas de sus biografías giraron sobre importantes personajes rusos, entre ellos Leo Tolstoy, Catalina la Grande y Alejandro Pushkin. Los trabajos narrativos de Troyat eran complejas sagas épicas que provocaron comparaciones con novelas del siglo diecinueve. Sus obras fueron traducidas al inglés, español, hebreo y chino.
Su añorada Rusia fue una constante fuente de fascinación e inspiración durante toda su carrera.
"Gracias a él, la novela rusa se ha hecho un poco francesa", dijo el ministro francés de Cultura, Renaud Donnedieu de Vabres. El presidente Jacques Chirac llamó a Troyat un "gigante de las letras francesas".
Troyat fue introducido a la prestigiosa Académie Française en 1959, convirtiéndolo en uno de los miembros más antiguos del grupo de los cuarenta, los llamados ‘inmortales' que velan por la lengua francesa.
"Era un narrador de historias nato, tanto inventadas como verdaderas", escribió el diario Le Figaro Maurice Druon, otro miembro de la academia. "Vivía y respiraba para eso. Para él, vivir un día sin escribir era un pecado".
Troyat nació en Moscú en 1911 como Lev Tarassov. Su familia perdió todo lo que tenía cuando huyeron de Rusia durante la revolución de 1917. Deambularon durante muchos meses, con paradas incluso en Estambul y Venecia, antes de asentarse en París en 1920.
Troyat no volvió nunca a su tierra natal, incluso después del derrumbe de la Unión Soviética, diciendo que quería mantener viva a la Rusia imaginaria que había creado con recuerdos y sueños de su infancia.
"La nieve es más blanca en mis sueños", dijo una vez.
Según las encuestas, Troyat fue considerado a menudo como el escritor favorito de los franceses. También fue galardonado con la medalla más honrosa de la Legión de Honor francesa, la Grand Croix. Pero Troyat declaró que la gloria no le interesaba demasiado.
"El éxito no significa nada", dijo una vez, según Le Figaro. "Sé de lo que hablo; al principio de mi vida, vi cómo mis padres lo perdían todo en un giro de la fortuna, y no me he olvidado de esa lección".
Troyat estudió derecho, pero obtuvo un temprano reconocimiento como escritor con la publicación de su primera novela, ‘Luz falsa' [Faux Jour], cuando estaba terminando el servicio militar obligatorio en Francia.
Su quinta novela, ‘La araña' [L'Araigne], publicada cuando tenía 27 años, le ganó el principal premio literario de Francia, el Prix Goncourt. Muchos de los libros de Troyat transcurren en Rusia; otros son retratos de familias francesas. También escribió biografías de escritores franceses, entre ellos Emilio Zola, Honoré de Balzac y Gustavo Flaubert.
Troyat siguió siendo prolífico en sus últimos años, publicando su última novela, ‘La Traque', el año pasado, a los 94. La primer ministro Dominique de Villepin dijo que las obras de Troyat "fascinaron a miles de lectores durante setenta años, y seguirán fascinándoles".
Le sobreviven dos hijos.

9 de marzo de 2007
7 de marzo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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novela violenta


[Patrick Anderson] La novela más violenta del año.
‘Shadow Man', de Cody Mcfadyen es posiblemente la novela policial más violenta que he leído nunca: obviamente, no está destinada a todo el mundo, aunque nunca se tiene la impresión de que su violencia sea gratuita. En su historia de la persecución de un asesino en serie por un agente del FBI, Mcfadyen trata de resolver el permanente conflicto entre el bien y el mal. En la medida en que lo logra, es porque Smoky Barret, su heroína de Los Angeles, es una mezcla tan poderosa de fortaleza y vulnerabilidad, coraje y temor. De cierto extraño modo, los papeles entremezclados de Barrett como mujer, víctima y vengadora, convierten a la novela a la vez en humana y violenta.
Cuando conocemos a Barrett, está con permiso del FBI. Conocemos sus pesadillas, las frescas cicatrices que desfiguran su cara y su cuerpo, sus ideas suicidas. Su psiquiatra resume su caso sucintamente: "Hace seis meses el hombre que usted estaba cazando, Joseph Sands, la encontró con su familia, mató a su marido en frente de usted, la violó y torturó y asesinó a su hija. Con un esfuerzo que sólo podría ser llamado sobrehumano, usted revertió la situación y lo mató". Pronto se nos entregan los indescriptibles detalles del ataque.
La psiquiatra reta a Barrett a rechazar la tentación del suicidio y volver al trabajo. Entrega su arma, la Glock que usaba con tanto arte, y le dice que la coja. En lugar de eso, se cae al suelo: "Grito, me golpeo la cabeza con las manos, siento que voy a empezar a llorar y sé que voy a morir. Me ha roto, me abrió, me sacó las tripas. El hecho de que lo haya hecho para ayudarme, no me consuela, porque ahora mismo todo lo que siento es dolor, dolor, dolor". Gran parte de la historia de Barrett se desarrolla a este nivel de intensidad.
Se obliga a volver a la sección de asesinos en serie del FBI que encabeza y empieza con un nuevo caso. Su amiga íntima de la secundaria ha sido salvajemente asesinada, y el asesino dejó una nota retando a Barrett a descubrirlo. La hija de diez años de la mujer fue amarrada al cuerpo de su madre y está catatónica. Barrett adopta a la niña, Bonnie, la que esmeradamente se convierte en un substituto de su propia hija asesinada. El asesino reclama descender de Jack el Destripador. Ataca no solamente a Barrett, sino a sus tres colegas, y demuestra una aterradora capacidad para dañar a ellos y sus familias. Incluso cuando tortura a los agentes del FBI, les envía videos de los asesinatos de más mujeres -prostitutas, destripadas como las verdaderas víctimas del Destripador.
El paisaje de Mcfadyen está lleno de monstruos. Por carta, el asesino provoca a Barrett con observaciones sobre la niña que quedó en estado catatónico: "¿Cómo está la pequeña Bonnie? ¿Grita y llora, o guarda simplemente silencio? Es lo que me pregunto de vez en vez. Por favor, salúdala de mi parte". Tiene acólitos que ha reclutado en internet. Uno de los personajes más decentes del libro no solamente es secuestrado por el asesino, sino además sufre de cáncer. Como si los crímenes de este Destripador moderno no fueran suficientes, Mcfadyen hace que varios policías y agentes del FBI recuerden otros horrores del pasado. En este mundo, el mal se transmite de generación en generación, interminablemente.
Mientras sigue Barrett al asesino, lucha tanto con sus temores como con su nuevo papel como madre sucedánea. "Dios mío, tengo miedo", dice. "Siempre. Despierto con miedo, camino con miedo, me voy a dormir con miedo". En una escena con la niña, "simplemente nos miramos a los ojos, dejando que las lágrimas corrieran por nuestras mejillas. Después de todo, para eso están las lágrimas. Un método para desangrar el alma". Medita sobre los retos de la maternidad: "Ser padre no es una cosa de una sola vez, una pieza de un solo acto. Es complejo, y contiene tanto amor como odio, egoísmo y egocentrismo. Hay veces en que te quedas sin aliento ante la belleza de tu hija. Hay veces, apenas un instante, en que deseas que no hubiera hija alguna". Muchos lectores que se sentirán desalentados con la violencia de la novela, podrían darle una oportunidad, y encontrar solaz en la sensibilidad que dio Mcfadyen a Barrett. Pocos hombres que escriben novelas sobre asesinos en serie han creado una mujer de tal profundidad.
Esta primera novela, sin embargo, tiene sus puntos débiles. A pesar de que es una poli brillante, Barrett olvida hacer las preguntas obvias, y a pesar de ser un brillante criminal, el Destripador olvida eliminar a la única persona que podría reconocerle. También hay tropiezos menores. Una agente del FBI, la elegante Callie, llama a todo el mundo "mi tesoro" y después de unas cien veces, termina exasperando. Pero la rabia de Barrett, su dolor y determinación infunden la novela con una cruda pasión que -junto con su creciente suspenso- te hacen olvidar los puntos flacos. ‘Shadow Man' no pertenece al grupo de novelas finas sobre asesinos en serie, como ‘El silencio de los corderos' [The Silence of the Lambs], de Thomas Harris, y ‘El poeta' [The Poet], de Michael Connelly, pero si aguantas la violencia, será una de las mejores novelas policiales de este año.

Libro reseñado:
Shadow Man
Cody Mcfadyen
Bantam
373 pp.
$24

mondaythrillers@aol.com

3 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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