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literatura

murió ruth park


Novelista neozelandesa. Describió los bajos fondos de Sydney. Publicó novelas para jóvenes adultos y niños.
[William Grimes] Murió el 14 de diciembre en Sidney la escritora Ruth Park, cuya novela ambientada en los barrios bajos de Sydney, ‘El harpa del sur’ [The Harp in the South], conmocionó a los australianos en los años cuarenta, lo que no impidió que se convirtiera en una de las escritoras más veneradas del país. Tenía 93 años.
Su muerte fue confirmada por su hija Deborah Niland.
Park saltó desde la oscuridad cuando su primera novela inédita, ‘The Harp in the South’, una implacable descripción del barrio Surry Hills de Sydney, ganó el primer premio en el concurso literario inaugural del Sydney Morning Herald en 1946.
Publicada dos años después, la novela fue enormemente popular, pese a su franca descripción de la prostitución, el alcoholismo, el aborto y el abuso infantil.
Inspiró dos novelas más que llevaron la crónica de otras aventuras de Darcys, un clan irlandés-australiano descrito con vívidas pinceladas dickensianas. La primera, ‘La naranja del hombre pobre’ [Poor Man’s Orange], fue publicada en Estados Unidos en 1951 como ‘12 1/2 Plymouth Street’, y una protosecuela, ‘Missus’, fue publicada por primera vez en Australia en 1985.
Park era igualmente famosa como escritora de ficción para jóvenes adultos, especialmente ‘Callie’s Castle’ (1974) y ‘Playing Beatie Bow’‘ (1980), y como la autora de la serie para radio ‘Muddle-Headed Mongoose’ y de libros para niños.

Rosina Ruth Park nació el 24 de agosto de 1917, en Auckland, y pasó sus primeros años viviendo en campamentos, debido a que su padre construía caminos y puentes en el norte de Nueva Zelanda.
"No encuentro palabras para destacar la importancia de mis primeros años como una criatura del bosque", escribió en ‘A Fence Around the Cuckoo’ (1992), el primer tomo de su autobiografía. "La disposición mental que me dejó ha dominado mi ser físico y espiritual. El ojo unitivo con el que nacen todos los niños no me lo quitaron los engaños de la civilización. Siempre supe que uno es todo y todo, uno".
Empezó a publicar cuentos, poemas y artículos con el New Zealand Herald y en el Auckland Star, que la convirtió en redactora de sus páginas infantiles bajo el nombre de Wendy.
Una oferta laboral del San Francisco Examiner se estropeó con el ataque contra Pearl Harbor tres días antes de que tuviera que embarcarse hacia Estados Unidos, donde empezó a trabajar para el Sydney Morning Herald.
Poco después de mudarse a Sydney en 1942, se casó con un colega periodista, D’Arcy Niland, que escribiría más tarde la novela ‘El shiralee’ [The Shiralee]. Murió en 1967.
Sus libros para jóvenes presentan normalmente a niños atravesando algunas dificultades de la vida y superando sus temores y ansiedades. En ‘Callie’s Castle’, una niña de diez años trata de superar la estrés de vivir en su nueva casa y de encontrar un lugar para sí misma entre sus numerosas hermanastros y hermanastras.
Park escribió casi una docena de novelas para adultos y casi tres docenas de libros para niños y jóvenes adultos. El segundo tomo de sus memorias, ‘Fishing in the Styx’, fue publicada en 1993.
A Park le sobreviven su hija Deborah, de Sydney; otros tres hijos: Anne Niland, Rory Niland y Patrick Niland, todos de Sydney; una hermana, Jocelyn Niland, de Auckland (que se casó con el hermano de D’Arcy Niland); once nietos; y cuatro biznietos.
9 de enero de 2011
1 de enero de 2011
©new york times
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murió janine pommy vega


Inquieta poetisa. Escribió ’Tracking the Serpent’, considerada como una versión feminista de ’En el camino’.
[William Grimes] Murió el 23 de diciembre en su casa en Willow, Nueva York, la poetiza e íntima de luminarias de la generación Beat como Allen Ginsberg y Peter Orlovsky, Janine Pommy Vega, cuya eterna búsqueda de transcendencia la llevó a San Francisco en los años sesenta y en un peregrinaje a sitios neolíticos de cultos matriarcales. Tenía 68 años.
Según informó su compañero, Andy Clausen, la causa de su muerte fue un ataque al corazón.
El curso de la vida de Vega quedó fijo cuando, siendo adolescente en Union City, Nueva Jersey, leyó ‘En el camino’ [On the road], de Jack Kerouac. "Todos los personajes tenían una intensidad que mi vida no tenía", escribió en su libro de memorias ‘Tracking the Serpent: Journeys Into Four Continents’, publicado por City Lights en 1997.
Después de leer un artículo sobre los Beats en una revista, ella y una amiga de la secundaria se encaminaron hacia la Cedar Tavern en Greenwich Village donde, casualmente, conocieron al poeta Gregory Corso y, a través de él, a Ginsberg y Orlovsky, que fue el primer amante de Vega.
El día después de egresar con las mejores notas de la secundaria en 1960, anunció a su madre: "Me voy a vivir con Allen Ginsberg y Peter Orlovsky en Greenwich Village", y se embarcó en su educación sentimental.
Trabajó como camarera en el Café Bizarre, escribió poesía experimental en la vena Beat, llevaba holgada ropa masculina y una gorra tejida, y se enamoró de un pintor peruano, Fernando Vega.
Vivieron como bohemios en París, donde ella pasaba el sombrero para un cantante callejero y trabajaba como modelo en la École des Beaux-Arts. Volvió a Estados Unidos después de que su marido muriera por una sobredosis de heroína en Ibiza.
City Lights, la librería y editorial en San Francisco, asociada con los Beats, publicó su primer libro de poesía, ‘Poems to Fernando’, en su serie Pocket Poets en 1968. Publicó más de una docena de libros de poesía mientras recorría el mundo en búsquedas espirituales que incluyeron expediciones a los Himalayas y dos años de vivir como ermitaño en la Isla del Sol en el Lago Titicaca en Bolivia. ‘Tracking the Serpent’, una especie de ‘En el camino’ feminista, llevó la crónica de sus visitas a sitios de poder matriarcal en el Amazonas, Nepal, Francia y Gran Bretaña en los años ochenta.

Janine Pommy nació el 5 de febrero de 1942 en Jersey City. Su padre trabajaba como repartidor de leche en la mañana y carpintero en la tarde.
 A mediados de los setenta empezó a dirigir seminarios sobre poesía en prisiones de Nueva York en el programa Incisions/Arts, del que se convirtió en directora en 1987. Antes de su muerte enseñaba en cárceles en Napanoch y Woodbourne como parte de la Bard Prison Initiative, un programa del Bard College que otorga diplomas de bachiller a los estudiantes reos.
Black Sparrow Press publicó su antología poética más reciente, ‘Mad Dogs of Trieste’ (2000) y ‘The Green Piano’ (2005).
Además de Clausen, le sobrevive un hermano, Bill Pommy, de Tijeras, Nuevo México.
8 de enero de 2011
2 de enero de 2011
©new york times
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historiador secreto


‘Secret Historian’, la biografía de Justin Spring del forajido sexual Samuel Steward, también conocido como Phil Andros.
[Andrew Holleran] Samuel Steward, como lo admite incluso Justin Spring, es un "extraño candidato" para una biografía. Autor de una serie de novelas narradas por el puto gay Phil Andros, Steward fue amigo de Gertrude Stein y Alice B. Toklas, durmió con Rock Hudson, Rudolph Valentino y Thornton Wilder, y trabajó con Alfred Kinsey en su estudio sobre la vida sexual de los estadounidenses. Pero también fue alguien que nunca hizo lo que quería: quería vivir en París, pero nunca lo logró; era un escritor que soñaba con escribir una gran novela, pero terminó escribiendo novelas pornográficas; era profesor universitario, pero terminó como artista del tatuaje en los suburbios de Oakland, que es, por supuesto, la razón por la que este libro, que fue nominado al Premio Nacional de Literatura 2010, es tan apasionante: La realidad era más interesante que sus sueños.
Steward quería escribir sobre la homosexualidad en una época en que el tema homosexual era considerado ipso facto pornografía, y es difícil decidir quién lo trataba más brutalmente: los putos que lo golpeaban, o sus editores. Lo principal es que Steward lo apuntaba todo. Él y Kinsey trabaron amistad no solamente debido a que ambos se interesaban en el sexo, sino porque estaban ambos obsesionados con la recolección de datos. Entre estos se encontraba un gigantesco diario sexual que Steward llevaba a petición de Kinsey y la llamada Stud File, en la que todos los que tuvieron sexo con Steward entre 1924 y 1974 fueron apuntados en una tarjeta.
El Sheik conoció a Steward cuando pasaba por Columbus, Ohio, adonde se habían mudado las tres tías solteronas que criaron a Steward después de la muerte de su madre, para darle educación. Excelente estudiante, se doctoró en la Universidad de Ohio y enseñó literatura inglesa en institutos católicos en Chicago -aunque su verdadera carrera era la sexual. Como su héroe, el novelista francés Jean Genet, Steward pasó su vida en lo que se llamaba entonces el ‘rough trade’ [encuentros homosexuales arriesgados con desconocidos] , incluso yendo tan lejos como para hacer el listado de las veinte cosas que le gustaba que le hicieran, y qué no, cuando contrataba a un sádico.
Estas amables instrucciones para una degradación controlada ejemplifican lo que hace tan absorbente la biografía de Spring: el contraste entre el profesor universitario distante y las experiencias que tuvo gracias a su devoción a Priapo. Steward trataba de llevar una vida convencional. Pero cuando estudiaba en la Universidad Du Paul, necesitaba anfetaminas para sobrevivir las clases, montaba orgías en su departamento y se convirtió en un artista del tatuaje después de descubrir que sus invitados lo ignoraban porque era demasiado viejo. El tatuaje le brindó una manera de conservar el acceso a su ideal sexual (el marino) hasta que el Departamento de Inglés se enteró de que había abierto un salón de tatuajes en la ruta del autobús utilizada por una base naval cercana, tras lo cual fue despedido, trasladando su negocio a California, junto cuando los años sesenta conmovieron al mundo con el poder negro, el LSD, las comunas y los Hell’s Angels, que protegían a Steward a cambio de tatuajes. Incluso su biógrafo definió la vida de Steward como llena de "constantes desilusiones, desaliento, aislamiento y rechazo".
Pero, ¿lo era? Después de leer ‘Secret Historian’ es difícil decir si Steward era un héroe o una pesadilla gay. Eso es lo fascinante del libro. "Intenté escribir una biografía", dice Spring, "como pudo haberla escrito Steward: con un mínimo de sermones y un toque lo más liviano posible". Pero esta escrupulosa neutralidad puede dejar apabullado al lector. El problema es que se le reconoce a todo el mismo peso: Steward es asaltado y golpeado tan violentamente que debe operarse de la cadera, Steward le escribe una carta a Alice B. Toklas. Steward, escribe Spring, "no era de los que se compadecen de sí mismos", aunque el tono "seriamente caprichoso" de los propios escritos de Steward hace difícil saber qué sentía realmente. Su bíblico y alcohólico padre decía que la homosexualidad de su hijo le había "partido el corazón". Steward amaba a Kinsey porque Kinsey no se impresionaba con nada ni juzgaba a nadie, lo que llevó a Steward a preguntarse si el rechazo de su padre no le había dejado una cicatriz más grande de lo que pensaba.
Pero debido a que la mayor parte de ‘Secret Historian’ se basa en el diario sexual, lo que obtenemos es más sexo que motivación. "No creo que se trate de hambre de amor", escribió Steward, "porque no sé lo que es el amor. Mi corazón ha estado durmiendo durante largo tiempo". De hecho, Steward creía que los hombres gay eran solitarios -que "deberían vivir solos y aprender a disfrutar de la soledad, y ser autosuficientes". ‘Secret Historian’ vale la pena de ser leído no por las efímeras relaciones del personaje con gente famosa, ni por sus libros (que Spring admite que la mayoría están agotados), sino por el solitario esplendor, el foco demente, el "ensimismado narcicismo" de su búsqueda sexual.
[El libro más reciente de Andrew Holleran es ‘Chronicle of a Plague, Revisited’.]

Secret Historian
The Life and Times of Samuel Steward, Professor, Tattoo Artist, and Sexual Renegade
Justin Spring
Farrar Straus Giroux. 478 pp. $32.50
4 de enero de 2011
3 de diciembre de 2010
©washington post
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murió ricardo zelarayán


Escritor "secreto". El escritor, cuyo sonoro apellido obra como contraseña de una suerte de culto, falleció el martes pasado. Más difícil es establecer la fecha y lugar de su nacimiento, lo que alimenta la leyenda. ‘La obsesión del espacio’ y ‘Lata peinada’ son algunos de sus libros.
[Silvina Friera] Argentina. La Parca es una cretina con escaso refinamiento prosódico. Nunca emplea la elipsis, ni escamotea sus intenciones. Jamás vacila. El martes murió el gran poeta Ricardo Zelarayán, tal vez el mayor mito de la literatura argentina contemporánea. La ecuación es perfecta para aceitar el culto al "escritor secreto". La sola mención de su sonoro apellido es una especie de contraseña fascinante que incorpora feligreses de boca en boca, de lectura en lectura. Publicó pocos libros, escribió mucho más, pero esos textos se perdieron en sucesivas mudanzas, de pensión en pensión. El capital poético y narrativo que despliega en su obra –de los poemas de La obsesión del espacio (1972) hasta la mítica novela extraviada y recuperada, Lata peinada– rubrica el carril de un horizonte para alquilar balcones. "Una mezcla rara": así se definía este poeta que descendía de indios analfabetos por el lado paterno. "Aunque yo he salido blanco como mi madre", aclaraba. ¿Cuándo y dónde nació? Menudo problema responder una pregunta que a priori debería resultar sencilla. Algunas fuentes –el Breve diccionario biográfico de autores argentinos, de Pedro Orgambide; la mayoría de las páginas web y la solapa de la reedición de su novela La piel del caballo– consignan que habría nacido en 1940. El poeta Jorge Aulicino establece la fecha mucho antes: el 21 de octubre de 1922. Otro cantar similar se plantea con el lugar. Zelarayán podía anclar su origen en Paraná y sentirse entrerriano, pero también se llamaba a sí mismo "tucumano-salteño". Epílogo genial estas versiones, una estocada magistral para mantener la llama encendida del mito.
La única "certeza" por ahora –hasta que biógrafos y fans demuestren lo contrario– es que Zelarayán no era porteño. Se describía como un provinciano resentido exiliado en la Capital. Su frente de combate por excelencia fue la dicotomía Capital-interior. Que su yacimiento poético sea la lengua del país profundo y mestizo no implica incluirlo automáticamente por los pagos de la gauchesca. "Aborrezco a los gauchos. El gaucho es la policía del patrón. Por eso le dan el caballo. Yo no sé de dónde sacan que soy gauchesco o neogauchesco –protestaba con razón contra el torpe facilismo de estas etiquetas–. Claro, como en mi novela (La piel del caballo) aparece un caballo, ya es gauchesco. ¡Pero hay que ser boludo! Y como soy provinciano, los porteños creen que nací en el campo." Hay frases para conservar en el cofre antojadizo de la memoria. Decía que "una novela empieza por una frase escuchada en la calle". Lo que entraba por la oreja de este señor inexorablemente sordo –pero con un oído biónico descomunal para escuchar lo que muchos no pueden oír–, ese colchón de voces que lo interpelaban, era apenas la punta del iceberg, la materia prima de un protolenguaje, un impulso inicial que sería infatigablemente digerido y elaborado.
A Buenos Aires llegó para estudiar Medicina, según recordó el poeta en una de las pocas entrevistas que le hicieron. Pero no pudo terminar la carrera; para un hombre de provincia, la necesidad imperiosa de trabajar eclipsaba la tentativa de educarse en la universidad. Fue corrector en la editorial Depalma, redactor creativo en agencias de publicidad, periodista y traductor. El descendiente de indios analfabetos, apodado por sus amigos "el Franchute", hablaba inglés y francés a la perfección. A comienzos de los ’70 integró una revista fundamental: Literal. El primer libro de poemas que publicó, La obsesión del espacio (1972), un joyita de punta a punta, es una de las naves insignia para los jóvenes poetas argentinos, como han reconocido Fabián Casas y Washington Cucurto, entre otros. "La palabra misterio hay que aplastarla / como se aplasta una pulga / entre los dos pulgares. / La palabra misterio ya no explica nada", se lee en el poema medular "La gran salina". Casas percibe que la prosa de Zelarayán está hecha "con violentos cambios de clima e imágenes dantescas del campo". Pero advierte que no es el campo idílico sino "la urbanización que crece en el medio de los pueblos, trayendo sus negocios, sus traficantes, sus autazos y sus machados, es decir, toda la escoria de las ciudades que destruye a la naturaleza original que ya se ha perdido".
Zelarayán asumía una influencia "muy fuerte" de Macedonio Fernández desde el ángulo del cuestionamiento del ser, pero no tanto en el estilo; influencia palpable especialmente en sus "novelas" –encomillado que pone en tela de juicio si es posible hablar de géneros– La piel del caballo y Lata peinada. También publicó Roña criolla, poemas para calentar motores, "frases de arranque" como si pusiera primera para empujar la realidad, chispazos notables, anzuelos que atrapan a su presa. "Rezongado rezongo de palabra renga. / Pelo y barro", se lee en "Pioja". "Mano mansita, mosca aplastada. / La mula mansa escupe jinetes y el vuelo fracasa, / nariz en tierra", escupe en "Gota". El poeta no tenía inconveniente en marcar la cancha. No quería integrar la "pequeña borgesía", pero admitía que Borges tenía "cosas hermosas", como "La fundación mitológica de Buenos Aires". Tampoco Osvaldo Lamborghini fue santo de su devoción. Le gustaba El niño proletario, pero se quejaba de la repetición en Lamborghini, una obsesión y exigencia que acaso pueda ser una de las columnas vertebrales para comprender por qué Zelarayán publicó poco: "Si yo veo que me estoy repitiendo, digo ‘esto no va’. Y lo tiro". Lejos estaba de comulgar con la parodia en la literatura; la calificaba, sin medias tintas, como "una estupidez total". "La parodia encaja perfectamente con la posmodernidad, en el sentido de que, como ya está todo hecho, lo único que cabe es la desacralización de los modelos. Es un disparate", subrayaba en la entrevista con el poeta Fernando Molle.
Imposible no rendirse a las aristas de un mito construido, fundamentalmente, con una gran obra, una musiquita inquietante por donde se la escuche y lea. Pero se impone apostillar un plus de intensidad adicional. "No soy escritor", decía Zelarayán, aceitando con esa frase un tópico fascinante. No respondía al estereotipo de lo que se supone es un escritor: alguien que publica regularmente. "Para merecer el título de escritor hay que publicar un libro cada dos años, cosa que yo no he hecho y no creo que pueda hacer jamás", confesaba. "Claro, ésa es la burocracia de la literatura. Yo pienso que se escribe porque hay ganas de escribir, y resulta que si a uno no le interesa lo que está escribiendo, evidentemente, chau. Es el único privilegio del escritor: ser el primer lector."
1 de enero de 2011
31 de diciembre de 2010
©página 12

murió norris church mailer


Actriz, modelo y escritora. Fue la sexta y última esposa de Norman Mailer.
Murió el domingo en su casa en Brooklyn la actriz, modelo, escritora y pintora Norris Church Mailer, que disfrutó y sobrevivió como la sexta y última esposa del Nobel de Literatura, Norman Mailer. Tenía 61 años.
Su fallecimiento fue anunciado en la página web de la Norman Mailer Society, que dijo que la actriz murió "después de una larga y valerosa lucha contra el cáncer".
Como contó Norris Mailer en sus memorias de 2010, ‘A Ticket to the Circus’, a mediados de los años veinte era una madre soltera cuando conoció a Norman Mailer, entonces de 52 años, en una fiesta en Russellville, Arkansas, en 1975. Se sintieron atraídos instantáneamente, pese a que él se estaba divorciando de su cuarta esposa y saliendo con la mujer que se convertiría en su quinta unión. En 1980 Norris Church se convirtió en su sexta esposa. Su hijo, John Buffalo, tenía entonces dos años.
"No sé... Era estúpida, ingenua o valiente", contó al Times en abril. "Todo lo que sabía era que quería vivir en Nueva York. Pensaba que si no resultaba, yo era una chica fuerte e inteligente y encontraría la manera de seguir adelante. A tus veinte, todo parece posible. Algo me estaba llamando a Nueva York".
A través de su marido conoció a Jacqueline Kennedy, Imelda Marcos, Woody Allen y Fidel Castro. Norman Mailer hablaba sobre todo; comparó sus conversaciones a la relación entre Spencer Tracy y Katharine Hepburn.
Pero Norman Mailer desalentaba el trabajo de su mujer, la empezó a eludir cuando se enteró de que tenía cáncer y tuvo varias aventuras con otras mujeres.
"Norman era competitivo con todo el mundo", contó ella al Times en abril. "Quería que ser el mejor escritor del mundo. Pero yo no lo veía como una contienda".
La tensión se hizo pública a principio de los años noventa a través de columnas de chismes y en una entrevista en el canal ABC, en la que contó a Sam Donaldson que "un día Norman es como un león, y al siguiente un mono. De vez en vez es un cordero, pero la mayor parte del tiempo es un imbécil".
Riñeron, pero finalmente ella se quedó.
"Yo sabía que yo iba a estar el resto de mi vida con él, y creo que él pensaba lo mismo que yo", escribió. Cuando el escritor murió en 2007, ella estaba a su lado.

Norris Church Mailer nació como Barbara Jean Davis el 31 de enero de 1949. A los tres había ganado el concurso Miss Little Rock. Estudió en el Arkansas Polytechnic College y tuvo amoríos con un viejo conocido de su infancia, Larry Norris.
Se casaron en 1969 y tuvieron un hijo, Matthew, dos años después. Se divorciaron en 1974.
Cuando empezó su carrera como modelo, se cambió el nombre a Norris Church, siendo este último apellido sugerido por Mailer porque ella iba a menudo a la iglesia cuando era niña.
Church, recuperada su soltería, tuvo "una serie de novios", incluyendo entre ellos a Bill Clinton, entonces candidato al Congreso.
Además de ‘A Ticket to the Circus’, escribió las novelas ‘Windchill Summer’ en 2000 y ‘Cheap Diamonds’ en 2007.
Sus pinturas fueron exhibidas en varias exposiciones personales. Era miembro del Actors Studio, trabajó en la adaptación para la televisión del clásico de Mailer, ‘La canción del verdugo’ [The Executioner’s Song] y tuvo un pequeño papel, con su marido, en la versión cinematográfica de ‘Ragtime’. Trabajó como modelo para la agencia Wilhelmina.
En abril contó al Times que tenía dos hijos propios, dos hijastros, cinco hijastras, dos nietos y diez u once nietos.
29 de noviembre de 2010
22 de noviembre de 2010
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murió harry mulisch


Renombrado escritor holandés.
Murió el sábado en su casa en Amsterdam el escritor holandés Harry Mulisch, que convirtió sus experiencias como hijo de una madre judía y un padre que colaboró con los nazis en una de las obras literarias más famosas de Holanda. Tenía 83 años.
Se dice que la novela de Mulish de 1982, ‘El atentado’ [The Assault; De aanslag], ayudó a los holandeses a ajustar cuenta con la ocupación alemana de Holanda durante la Segunda Guerra Mundial. La novela gira sobre la dificultad de repartir inocencia y culpa entre los que resistieron frente a los nazis, los que colaboraron con ellos y los otros, muchos, que no tomaron posición.
Una adaptación al cine de ‘El atentado’ recibió el Oscar a la mejor película extranjera en 1986.

Mulisch nació en Haarlem, Holanda, el 29 de julio de 1927, hijo de un padre austríaco y de una madre judía de Amberes, y su propio vida reflejó los turbulentos años treinta y la guerra de los años cuarenta.
"No es que haya vivido la guerra", escribió una vez. "Yo soy la Segunda Guerra Mundial".
Muchos de sus primeros trabajos retrataron a gente en tiempos de guerra. Su padre inmigrante trabajaba en un banco controlado por los alemanes y manejaba bienes saqueados a los judíos, incluyendo obras de arte. Pudo utilizar su influencia para salvar a la madre de Harry -pero no a sus padres- de la deportación y la muerte en una cámara de gas nazi. Después de la guerra estuvo preso por colaborador.
Las novelas de Mulisch tienen tramas complicadas y a menudo salpicadas de ciencia, filosofía y temas arcanos, como la alquimia. A menudo utilizó citas en otros idiomas, que dejó sin traducir.
"No me interesan los lectores. Una novela no es para comunicarse con la gente, sino con la novela misma, conmigo mismo", dijo en una entrevista en 2001.
Su exitosa novela ‘El descubrimiento del cielo’ [The Discovery of Heaven], de 1992, explora las relaciones entre los hombres, la ciencia y Dios cuando un ángel intenta influir en una persona para que devuelva al cielo las tablas con los Diez Mandamientos.
13 de noviembre de 2010
3 de noviembre de 2010
©los angeles times
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fuguet, la película de su vida


Alberto Fuguet supo encarnar la ascendente figura del nuevo narrador latinoamericano que se peleaba con los padres, el realismo mágico y los mandatos del canon chileno, entre Neruda y Donoso. Autor de muy buenas novelas como ‘Mala onda’ y ‘Tinta roja’, el equívoco empezó a rodearlo por izquierda y por derecha.
[Martín Pérez] Chile. Casi abandonó la literatura por el cine, pero finalmente volvió a escribir. ‘Missing (una investigación)’ es su nueva novela, aunque tiene mucho de no ficción y biografía familiar, a partir de la historia de su tío Carlos, un chileno perdido literalmente en los Estados Unidos. En esta entrevista habla del pasado, de Bolaño, Fogwill, Caicedo y, desde luego, de su tío que leyó el libro.
Cuando se le pregunta si escribir un libro como ‘Missing (una investigación)’ es la labor de una vida, Alberto Fuguet no puede evitar sonreír. "No sabría decirte", responde. Luego agrega, rápido y como al pasar, bien chileno: "¿Media vida?" Acto seguido, revela que casi dos décadas atrás, luego de entregar ‘Mala onda’, su primera novela, su editor de entonces lo llevó a almorzar y le hizo una de esas preguntas acordes con su cargo, del tipo y-ahora-qué-vas-a-hacer. Alberto recuerda que ahí fue cuando contó por primera vez en ese contexto la historia de su tío Carlos, la oveja negra de una familia de inmigrantes chilenos en Estados Unidos que un buen día agarró sus cosas, se fue de su casa y nadie más lo volvió a ver, perdido desde entonces en el gran país del Norte.
"Ahí tenés una novela, che", imita Alberto la respuesta inmediata que recibió de su editor, Ricardo Sabanes, el argentino que lo descubrió entre los alumnos del taller literario de Antonio Skármeta. "Yo también creo, pero nunca la voy a escribir", asegura que fue su resignada respuesta, con toda clase de cuestiones familiares irresueltas dando vueltas en su joven cabeza.
Con su tío Carlos finalmente reencontrado, y su historia contada en un libro más vivido que escrito, que fue galardonado unánimemente por la crítica chilena como la mejor novela del año pasado, ‘Missing (una investigación)’ es la culminación del lento reinicio de la carrera literaria de Alberto Fuguet, el punto final del malentendido que guió toda su historia dentro de las letras latinoamericanas. "Cuando me dicen que he cambiado, como sucedió en las notas que me hicieron el año pasado por el premio de la crítica, yo me niego a aceptarlo. No soy yo el que maduró, sino que fueron los demás", dice con una sonrisa rebelde y terca el que supo ser considerado el escritor del milagro económico chileno, una confusión ("¿Qué iba a hacer? ¿Ir a explicar quién era casa por casa?") que se profundizó con la antología ‘McOndo’, luego de la cual Fuguet se sintió odiado por toda la comunidad literaria latinoamericana, y casi le hizo tomar la decisión de dejar de publicar. De hecho, cuenta, antes de empezar el rodaje de ‘Se arrienda’, su primer largometraje como director, en Chile varios amigos le celebraron una cena despedida de la literatura.
Pero ahora, después de una novela como ‘Las películas de mi vida’, el libro ‘Mi cuerpo es una celda’ que armó con los escritos del colombiano Andrés Caicedo y las dos novelas que vendrán después de ‘Missing’ –‘Aeropuertos’, que está por salir en Chile, y ‘Matías Vicuña’, la continuación de ‘Mala onda’, para cuya escritura recibió el premio Guggenheim–, parece que Fuguet ha vuelto a ser escritor de tiempo completo. "Cineasta y escritor, las dos cosas, una apuntala a la otra", aclara este chileno que asegura haber nacido mal.
Pero los tiempos han cambiado. Su tío, por ejemplo, ya no está perdido. "Ahora está en Las Vegas", cuenta. Y Fuguet asegura finalmente sentirse en su casa. "Creo que me demoré veinte años en llegar", revela. "Pero ahora siento que realmente estoy en un lugar que es el mío."

Cuanta Mala Onda
Claro que había leído ‘Menos que cero’ antes de escribir ‘Mala onda’. "Pero es como preguntarle a un argentino si escuchó hablar de los Rolling Stones", exagera Fuguet, que está resignado a volver a escuchar las comparaciones cuando llegue el momento de publicar su segunda parte, que aún está en proceso de escritura. "La empecé a pensar antes de saber que Bret Easton Ellis estaba haciendo una segunda parte de su novela, pero, ¿qué sentido tiene intentar explicarlo? Ya me ganó de mano." Ahora que ‘Mala onda’ se lee en los colegios en Chile, por lo que sigue teniendo lectores adolescentes, Alberto asegura que esta segunda parte irá en contra de ellos. Y si Ellis está más en la ruta metaliteraria, asegura, lo suyo sigue más el camino de la trilogía de Richard Ford.

¿Tu Matías Vicuña será piñerista o concertacionista?
Eeeeeh (se ríe), concertista, pero con distancia. Pero viene de una familia totalmente pinochetista. No es político ni nada, es gerente comercial de una cadena de hoteles. Y en eso estoy.

La idea es que la novela salga el año que viene, cuando se cumplan dos décadas del libro original. "¡No puedo creer que se cumplan veinte años!", asegura el autor de la otrora novela juvenil del milagro económico chileno, detestado en su momento tanto por derecha como por izquierda. Según Fuguet, porque no adscribían, ni él ni los de su generación al canon de lo que tenía que ser un autor literario. "Sólo tenía los anteojos", bromea.
¿No le servía el aval del taller de Skármeta? "Parece que no", calcula, y señala aún hoy al pecado original, ese personaje que creó para un suplemento del diario El Mercurio, llamado Alekán. "Era como un joven de Puerto Madero celebrando el menemismo", dice del personaje que descubría el sushi, tomaba Absolut y estaba tan donde tenía que estar, que –asegura con un dejo de orgullo– a nadie se le ocurrió pensar que no existía de verdad. "Todos pensaban que era un traidor a su clase, pero lo hacía yo, que no conocía esos lugares, pero reporteaba. Tenía mis fuentes. Por ejemplo, estuve en el primer casamiento de la Bolocco sin estar ahí, llamando por teléfono después a quienes sí fueron y reconstruyéndolo a partir de mis notas."
Tanto ‘Alekán’ como ‘Sobredosis’, su primer libro de cuentos, para Fuguet terminaron siendo pasos en falso. De hecho, asegura, los cuentos no estaban incluidos en el plan original de su primer contrato y el título de la recopilación jamás fue su idea. "Me pegaron por derecha y por izquierda, unos por decadente, los otros por extranjerizante", cuenta. "Con ‘Mala onda’ pasó lo mismo, pero no hubo forma de pararlo, porque no paraban de leerlo." Con los jóvenes de su generación, Fuguet se refugió en un flamante suplemento juvenil de El Mercurio, llamado Zona de Contacto. "La idea original fue hacerlo a imagen y semejanza del Sí de Clarín, pero no nos permitieron usar la música, así que lo hicimos alrededor de la literatura." Rodeado por sus contemporáneos, Fuguet subió la apuesta y ahí llegó ‘McOndo’. Y el malentendido fronteras adentro se continuó fuera de Chile.
Su responsable asegura que no se dieron cuenta de lo que realmente significaba el título. Romper con el realismo mágico y hablar de una Latinoamérica urbana podía parecer algo evidente a mediados de los noventa para un escritor urbano, rodeado de sus contemporáneos en un proyecto exitoso como la Zona, decidido a buscar a sus pares en el resto del continente. Pero en pleno auge del neoliberalismo, el error de ‘Mala onda’ parecía repetirse, y –aún sin Alekán continental de por medio– Fuguet pasó a encarnar la juventud literaria conservadora. "En los ámbitos académicos norteamericanos hacían tesis como ‘El neoliberalismo y Fuguet’, cosas así. No sólo era malentendido, sino que me consideraban el enemigo", recuerda. "La verdad que me dolió quedar como fascista, y decidí dejar de pelear."
Desde entonces, ‘McOndo’ –que firmó junto a Sergio Gómez, que hoy trabaja como editor en la industria literaria chilena– nunca se reeditó. Su salida opacó en su momento a la que tal vez sea la mejor novela de Fuguet, ‘Tinta roja’, y permanece fuera de catálogo incluso ahora, que las compilaciones latinoamericanas de cuentos y crónicas que surgen aquí y allá parecen deberle algo. Aunque más no sea el respeto al primer referente.
"Es verdad, ‘McOndo’ es ahora el mapa. Pero la única verdadera gracia fue ponerle una palabra provocativa como título. Pero no sabía entonces que lo sería tanto. Yo pensé que era más bien chistosa. No sabía lo grave y serio que podía llegar a ser."

Fogwill, Bolaño & Caicedo
Alberto Fuguet puede asegurar no haber conocido, antes de recibir la elogiosa frase que ilustra la portada local de su última novela, a Fogwill. "Fue algo sorpresivo y agradable. Sobre todo porque no tenía acceso a él y no lo conocía. Lo que me hace creer que existe una hermandad cósmica entre escritores", asegura el chileno, al que Fogwill celebra en ‘Missing’, asegurando que es una gran novela verdadera, cuanto más ficción, más verdadera. "Fuguet está parado todo el tiempo tambaleándose sobre los hombros del mejor Bolaño", asegura el escritor argentino.

Si alguien debería haber defendido a la generación de Zona de Contacto en Chile, ése era Bolaño, ¿no es cierto? ¿Los conocía?
Estoy especulando, pero creo que Bolaño lo sabía todo. Supongo que lo que no le cerró fue el vínculo con El Mercurio. Pero lo que hizo Bolaño fue conquistar una Zona propia: llamaba por teléfono a alumnos míos, no hablaba con los editores, sino con los pasantes.

Así que en vez de defenderlos, los atacó.
No fue tanto. En mi caso, habló en contra y a favor. Por mi personalidad paranoica, estaba esperando el golpe, pero cuando habló en contra fue muy tangencial. Y se cargó explícitamente a Donoso, Edwards, Skármeta, Neruda, Mistral, Eltit, Sepúlveda, Isabel Allende y Marcela Serrano. Yo creo que estaba esperando que saliese ‘Las películas de mi vida’ para opinar. Edmundo Paz Soldán me dijo que estaba muy curioso. Y en una de sus últimas entrevistas, que hace poco se conoció, habla bien de mí y dice que siente muchas cosas en común.

El archivo dice que Fuguet salió muy temprano a celebrar a Bolaño, cuando recién había aparecido ‘La literatura nazi en América’. "Pero enseguida llegaron los bárbaros a abrazarlo, y se lo llevaron", explica. ¿Los bárbaros? ¿Querrá decir la academia? "Sí, ésos", confirma. Para Fuguet, sin embargo, es un escritor que forma parte de un supuesto canon McOndo, que incluye a Manuel Puig, Cabrera Infante, Ricardo Piglia y, por supuesto, a Mario Vargas Llosa. "Creo que el Nobel ayuda a terminar de cerrar la polémica", se ufana quien dice haber quedado afónico la noche del premio, ya que lo llamaron de todos lados para opinar.

Pero la posición política de Vargas Llosa más que cerrar, reabriría la polémica.
Podemos estar discutiendo horas sobre eso, pero yo creo que Vargas Llosa no es un fascista. Es un freak, un psicópata al que le gusta provocar. Pero está totalmente en contra de las dictaduras y sus libros van a seguir creciendo con el tiempo.

De ese canon McOndo también forma parte Andrés Caicedo, orgullo personal de Fuguet, que de aceptar la tesis de su reinvención, asegura que arrancó más bien con una compilación de artículos periodísticos titulada ‘Apuntes autistas’, que reúne todos sus fanatismos (que incluso abre con el artículo publicado en la revista peruana Etiqueta Negra, que disparó ‘Missing’). Y luego con el libro de Caicedo, del que muchos dijeron –asegura– que era una pérdida de tiempo. Pero, justamente, de esas pérdidas de tiempo es que están hechas las carreras literarias.
Si se bromea con Fuguet diciendo que con Caicedo, al contrario de Bolaño, nadie se lo sacó de las manos, su respuesta es bastante seria. "Uno de mis orgullos es que no he escuchado en el Hemisferio Sur ni una palabra negativa contra Caicedo. Todo el mundo lo abrazó, lo admiró y lo respetó. Ni siquiera nadie lo trató de joven, que por aquí es una de las peores acusaciones. El verdadero triunfo de ‘McOndo’, a mi gusto, fue el reconocimiento unánime que recibió Caicedo."

Tío Vivo
Apenas siete u ocho meses. Ese fue el tiempo que le tomó escribir una novela como ‘Missing’. "Estaba todo listo, ¿para qué demorarse más? Estaba el guión, los actores listos, el dinero. ¿Cuánto tiempo vas a tardar en filmar ‘El Padrino’? ¿Cuatro o cinco años? No. Listo. Se rueda." De hecho, en aquel almuerzo luego de entregar ‘Mala onda’, Fuguet asegura que contó el primer tercio del libro. Su vida familiar, digamos. Y cuando comenzó a escribirla, se puede deducir, ya sabía el final. "Claro que sí", confirma. "Para mí el momento clave del libro es cuando pude llamar a mi padre desde Denver diciendo que había encontrado a su hermano. Ahí sentí que ya cumplí con la investigación. Todo el resto fue extra."
Lo que Fuguet llama el resto, es justamente ‘Missing’, el libro. Una novela en la que, tal como celebra Fogwill, baila con su verdad en brazos, reescribiendo su historia, literaria y también la propia.
"Cuando arrancamos con la escritura, le propuse a mi tío Carlos tres reglas para escribir su historia. Una, que yo estaba al mando. Dos, que el dinero no sería un problema, porque no quería que esto fuese un negocio. Y tres, que yo lo iba a entrevistar por mail, y él tenía que contestar", revela Fuguet, que con ese material transformó la voz de su tío en un largo poema, que ocupa casi la mitad del libro. Podría haber sido un fracaso. De hecho, cualquier lector del libro antes de comenzar a leer ese tramo no puede evitar preguntarse: ¿qué estoy leyendo? Pero el resultado funciona de manera admirable. "Es que las transcripciones de mis charlas con Carlos no me daban la voz que necesitaba para la novela. La encontré con ese recurso, que para mí no fue un poema, porque no leo poesía. Fue como un rockero que escribe letras para su disco, como una larga canción. Fue un goce, realmente. Y funcionó tan bien, que mi tío me terminó preguntando cómo fue que hice para saber lo que él sentía en esos momentos."
El momento clave de ‘Missing’, en realidad, llegó cuando estuvo terminado, cuando Fuguet le entregó a su tío por primera vez el libro para que lo leyera y le diese su opinión. "Fuimos a visitarlo a Las Vegas con mi padre", recuerda. "Brindamos con champán y fuimos a Caesar’s Palace. Nos despedimos a la una de la mañana y le dije aquí está el libro. Tomate tu tiempo, leelo y cuando lo termines nos juntamos y me decís qué te parece." Como Carlos no es lo que se dice un lector, Fuguet no se imaginaba que apenas doce horas más tarde reaparecería en escena. "No me digas nada, le dije. Y nos fuimos a un shopping, hicimos la cola en la cafetería de un Barnes & Noble, y nos sentamos. Ahí le pregunté: ¿Sí o no? Sí, me dijo." Ya relajado, con la respuesta que necesitaba en sus manos, Fuguet le preguntó si había algo que no le gustaba. Y su tío empezó a aclarar minucias, como que en el ’79 no estaba aquí sino allá, o que el disco que le regaló en el ’82 no era de tal grupo sino de otro. "Así que insistí: Carlos, hay cosas muy fuertes que me contaste por mail. Todo verdad, me contestó. ¿No te da vergüenza?, insistí. Se encogió de hombros: Nadie me conoce, y yo no me arrepiento. Y agregó: lo que más me da vergüenza es haber robado e ido a la cárcel, pero ya pagué. Y ahí me dijo algo que no me voy a olvidar jamás: estoy impresionado, tengo que agradecerte, esto es un gran regalo, ahora me entiendo, ahora tengo una historia."
Pero hay algo que sorprende aún a Fuguet, a un año de la salida del libro, y casi dos de que le presentó a su tío el manuscrito con su historia. "Lo raro es que a Carlos no le ha cambiado la vida. Su vida actual se parece a la anterior. Y eso sí que para mí ha sido un verdadero aprendizaje."
7 de noviembre de 2010
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mosquetero marxista


Paco Ignacio Taibo II y ‘El retorno de los tigres de la Malasia’. El escritor mexicano recupera en su último libro a personajes de Emilio Salgari, pero en su pluma lucen más anarcos y libertarios que en el "original". "Yo soy marxista de ‘Los tres mosqueteros’ y antiimperialista de Sandokán", sostiene.
[Silvina Friera] México. La gasolina de Paco Ignacio Taibo II –abstemio declarado, aunque cueste creer que no toma ni una gota de alcohol– es la Coca Cola. Antes de cerrar la puerta de la habitación del hotel, antes de encender un cigarrillo negro –"acá fumo Parisiennes, allá los Cohiba"–, encuentra la botellita con su refresco cola, indispensable para que no descienda hasta el infierno del malhumor y el descalabro existencial, si no cumple con su dosis diaria de cinco litros. Después del primer trago, un flujo de adrenalina flota en el ambiente. Ahora sí, ya está listo para desandar los once años de cocina lenta de ‘El retorno de Los Tigres de la Malasia’ (Planeta), novela de aventuras en la que recupera al portugués Yáñez de Gomara y al príncipe malayo Sandokán –dupla emblemática de la factoría de Emilio Salgari–, que en manos de Taibo II son más anarcos, más libertarios que en el molde "original". El provocador pastiche del escritor mexicano conserva el sabor decimonónico de la narración, agilizado por diálogos breves como relámpagos y un desfile incesante de personajes y figuras del siglo XIX, como Rudyard Kipling y Federico Engels.
Si Taibo II es considerado el creador del "neopolicial" en América latina, el texto de solapa de su última novela va por más y proclama que "reinventa la novela de aventuras del siglo XIX". La carcajada del escritor, cortita pero intensa, anticipa que está más allá del bien y del mal. "Hay un poco de maldad en esa frase –admite–. Llevo demasiado tiempo con la etiqueta colgada de propietario del neopolicial. O de biógrafo del Che. ¡Ahora que se vayan al carajo! Soy el que se me da la gana y escribo una novela de aventuras", dice el escritor a Página/12. Taibo II podría haber sido un animal de teatro, un actor de raza o un gran orador. Al menos eso transmite cuando se desliza por la cuerda del humor y la risa hacia el tono cabrón, de hombre de pocas pulgas que derrocha más simpatía cuanto más se enoja. "Escribir esta novela fue oxígeno puro para mí, pero también significó un ajuste de cuentas con mi infancia, con los libros que me enloquecieron cuando era niño; volví a ellos para tratar de recobrar la pasión que me crearon."

¿Cómo fue esa experiencia de recobrar la pasión al mismo tiempo que se apropiaba de los personajes?
Salgari escribió esos personajes para mí y yo me los apropié: son de él y son míos. No tengo problemas de propiedad intelectual. Había algo que me resultaba muy atractivo y con lo que estuve coqueteando hace muchos años, la idea de que en la novela de aventuras se habían perdido valores primigenios como la heroicidad, la palabra dada. Cuando das la mano, empeñas tu palabra y no hay que firmar contratos. Me parece que en una sociedad tan pragmática como la que vivimos se pierden estos elementos. Yo reconozco que mi formación política está originada ahí: yo soy marxista de ‘Los tres mosqueteros’ y antiimperialista de Sandokán. Eso lo tengo clarísimo, como también que políticamente soy hijo de Robin Hood y de Bertolt Brecht. Ante la novela de aventuras descafeinada que se está produciendo, me propuse decirles a los adolescentes: "Vengan, aquí está el heavy" (risas). Me parecía importante abrir una opción a toda una generación de jóvenes que son los hijos y nietos de mis amigos que están leyendo; hay que abrirles puertas para que sigan y avancen más allá de Harry Potter o de los vampiros románticos y blanditos.

¿Intenta recuperar lo que se podría llamar una "épica con ideas"?
Lo formulaste bien, la épica, la épica (golpea la mesita), la épica está envuelta en un proyecto de cambiar el mundo. Mis tigres me salieron antiimperialistas, pero no había manera de evitarlo. Una cosa era esta sensación y otra cosa era escribir el libro. Me di cuenta de que no era tan fácil. La literatura que me interesa es enciclopédica y tiene que saber de todo: cómo hacen el amor los cocodrilos, cómo se jugaba a las cartas en Hong Kong en un casino, cómo eran las calles de un poblado malasio, cómo se construían las cabañas sobre los ríos, cómo vuelan los albatros, qué venenos son los que se usan o están de moda o qué frutas se comen. Salgari me había enseñado cómo hacer enciclopedismo ligero, pero al mismo tiempo extrañamente informado. La literatura de Salgari era maravillosa porque manejaba la peripecia, la aventura, pero también era inocente y estaba atrapada en el canon de la novela de aventura del siglo XIX. Esto significaba cero sexo, no malas palabras, diálogos innecesarios para que crecieran las páginas porque se pagaba por página. Me leí todas las novelas de Salgari, todas las enciclopedias –malas y buenas–, libros de viajes... hice una investigación equivalente a la de un libro de historia.

También se puede ver en la novela el ADN de cierto espíritu anarquista.
El anarquismo lo traigo puesto, no me puedo liberar de él (risas). Sin duda los personajes tienen un trasfondo libertario que estaba en Salgari. Lo único que hice fue extrapolarlo y darle más solidez. Me di la inmensa alegría de tirar del armario de mi infancia y ver qué había ahí. Kipling aparece en mi novela como periodista; al archienemigo de Sherlock Holmes, el Doctor Moriarty, decidí traerlo porque necesitaba una figura potente para el grupo de imperialistas canallas que forman El Club de la Serpiente. De repente descubrí que (Arthur) Conan Doyle no había hecho nada, que no existe Moriarty; es una frase: "la telaraña maligna que domina las fuerzas del submundo..." Y seguí tirando del closet y salió un personaje de la comuna de París y Old Shattherhand, el personaje de las novelas de Karl May. Y apareció Federico Engels, a quien quiero mucho, ¿por qué iba a quedarse afuera de esta novela?

¿Por qué invierte esa suerte de "orden natural" con el que se menciona generalmente primero a Marx y después a Engels?
Yo digo Engels y Marx sólo por llevar la contraria, porque me cae mejor (risas). Engels es mejor escritor que Marx y está menos obsesivamente pegado a una visión absoluta de la historia. Engels forma parte de mi frente popular, en el que caben comunistas, socialdemócratas, libertarios. No tengo problemas para asumirme como un hombre de una izquierda universal que aprecia todo, siempre y cuando esté a la izquierda del corazón. En esta novela reescribí el manifiesto comunista y me quedó muy bien. Mi versión es más bonita que la de Marx. De repente me di cuenta de que estaba cumpliendo con todas mis obsesiones, de que había jugado con todas las puñeteras libertades, pero me faltaba algo. Me dije a mí mismo que faltaba reescribir la Biblia de la izquierda; y como soy antibíblico pensé que reescribir el manifiesto comunista era el acto de herejía más grande del planeta. Lo reescribí en una versión mejorada. En lugar de que el fantasma recorriera el mundo europeo, atraviesa el mundo de mi novela.

¿Ese fantasma sigue recorriendo el mundo?
Y sí, desde luego que sí (piensa). Yo creo en la necesidad de fomentar el pensamiento utópico; nos volveríamos muy aburridos, muy jodidos, muy limitados, sin pensamiento utópico. Curiosamente llego a estas reflexiones a través de un vehículo aparentemente inocente como la novela de aventuras. ¡Inocente los cojones!

El escritor mexicano es eyectado como un resorte que se desmadró cuando vibra el timbre del teléfono. Despacha el asunto rápidamente y regresa. "Para explicar por qué me interesa el siglo XIX deberías preguntarle a mi psiquiatra", bromea.

¿Quizá le interesa porque fue un gran laboratorio de cambios que se extienden hasta el presente?
Sí, ahí se consolida la división del mundo que hoy conocemos entre Primer Mundo y Tercer Mundo. Ahí nos condenan al Tercer Mundo; pero no es eso lo que me interesa. El siglo XIX es el siglo de la literatura de mi infancia y vuelvo a ella porque ahí me formé como persona y como lector. Muchacha: no hay nada mejor que hacerle caso a tus obsesiones. Si logras hacerle caso a tus obsesiones, serás un escritor feliz. Si tratas por razones comerciales de evadirlas, serás un escritor rico pero profundamente infeliz. Nunca tuve la tentación de ser un escritor rico e infeliz (risas).

‘El retorno de Los Tigres de la Malasia’ tiene muchos diálogos, ¿por qué eligió esa forma?
Los diálogos me ayudaron a trazar a los personajes, a darle una dimensión más profunda a Sandokán y a Yáñez, que no la tienen en Salgari. Hay zonas de sombras que a Salgari le importan un bledo; a mí me gustaba dejar esas zonas de sombras, pero también darles una luz nueva. Me gustaba explorar en el pasado de Yánez de Gomara, de dónde viene ese pirata compañero de Sandokán, pero portugués traidor a su raza. En vez de meterle más claridad al pasado, decidí meterle más enigma. El Yáñez de mi novela es más enigmático que el de Salgari. Otro trabajo complicado fue crear al Doctor Moriarty. Me salió una especie de malvado shakesperiano. El diálogo viene de mi educación como escritor con Raymond Chandler.

El diálogo es el talón de Aquiles de la narrativa que se publica en estos pagos. El escritor mexicano recuerda una conversación que tuvo con Gabriel García Márquez. "Paquito, mira, cuando en una página te falla una coma, te falla una coma. Cuando te fallan 7 comas, no sabes usar las comas. Cuando te fallan 15 comas, tu editor es una bestia; cambia de editor. Pero cuando te fallan 60 comas en una página, eso se llama estilo." ¿Qué quiere contar con esta anécdota? Taibo II lo explica. "García Márquez me llama paternalmente ‘Paquito’ porque era amigo de mi papá y no mío. Pero tiene razón. Los autores que desprecian el diálogo no lo dominan, no saben usarlo y lo omiten." Hace unos años el escritor propuso un desafío en un taller literario: tomar a cualquier autor, revisar una página de diálogo al azar y quitarles las acotaciones del tipo "dijo Pepe", "dijo Pablo". "Si después que quitamos las acotaciones somos capaces de distinguir qué dijo quién, el que escribe sabe –afirma–. Si cuando se las quitamos no sabemos qué dice quién, el que escribe no sabe."

¿Cree que el prólogo y manifiesto literario de la novela, ‘Nota de arranque’, puede dirigir la lectura?
La única crítica consistente que he recibido de los lectores es que ese manifiesto a favor de una manera de entender la literatura debería haber estado al final y no al principio. Este libro anda buscando un lector adolescente, pero también de 40, 50 o 60 años, más maduro y con mucha malicia. El prólogo es para el segundo tipo de lector, no para el primero. Algunos lectores jóvenes que leyeron el libro me dijeron que no era necesario el prólogo. ¡Coño, no lo necesitas tú, pero yo sí lo necesito! Y lo necesita alguien de mi malicia literaria. Pero me di cuenta de que tenía razón: ese lector más joven quería entrar directo. No quería explicaciones porque se ha educado en el videoclip que dura tres minutos y medio y no tiene paciencia para nada. Mientras que el otro lector no sólo las quería, sino que las necesitaba: ¿por qué estoy leyendo a mi edad una novela de aventuras? Y Paco Taibo les dice: "¡Huevón, estás leyendo una novela de aventuras porque...!"

¿Porque se abandonó la épica y hay que rescatarla?
Sí, las pasiones se descafeinaron. Cuando tu máxima ilusión es ser el que empuje más rápido el carrito en un supermercado, estás condenado a una literatura minimalista. Hay que volver a una literatura de pasiones. La literatura no debe imitar la vida, debe proponer la vida. Quiero escribir novelas en las que los personajes se cortan las venas por razones amorosas, quiero escribir una literatura del exceso. Son las tentaciones del lector que las llevo a la vocación del escritor. En el fondo, más que un escritor, soy un lector improvisado.

Lleva muchos libros publicados como para creer lo de la improvisación...
Me pillaste por una esquina (risas). Es una improvisación sostenida y reiterada en el tiempo...
2 de noviembre de 2010
1 de noviembre de 2010
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