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mascotas

investigan venta de perros a taquerías


Horripilante caso de maltrato animal: cientos de perros callejeros eran vendidos como carne para taquerías y puestos de comida callejeros en Tijuana.

[Kriztian Camarena] Tijuana, Baja California, México. Aunque no quiso adelantar juicios, el secretario de Seguridad Pública en Tijuana, Julián Leyzaola Pérez reveló que una de las líneas de investigación más fuertes que existen tras el hallazgo de 157 perros en una casa de El Mirador es la venta de los canes a taquerías y puestos de comida rápida de Tijuana.
Puntualizó que deberá ser la Procuraduría General de Justicia del Estado la que investigue si finalmente emitirá un juicio en base a las pruebas sobre la situación que guardaba los animales en esa casa.
Leyzaola Pérez agregó que el operativo en el que se descubrió esta casa se derivó de varias denuncias ciudadanas e invitó a la población a denunciar cualquier situación anómala en otras zonas de la ciudad.
Información de regularización sanitaria señala que las mismas personas que tenían esta cantidad de perros en una casa de El Mirador, podrían tener otra casa similar en la colonia Colinas del Sol.
Las autoridades investigan los hechos pero aún no han revelado las declaraciones de los tres detenidos.

15 de febrero de 2009
©frontera 
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encuentran perros en vivienda


Encuentran 130 perros dentro de una vivienda.
[Kristian Camarena] Tijuana, Baja California, México. Autoridades de Salud se encuentran en estos momentos sacando más de 130 perros callejeros que se encontraban recluidos en una casa del fraccionamiento El Mirador.
El operativo se originó luego de varias denuncias contra los arrendatarios de la vivienda interpuestas por vecinos de la zona, quienes se quejaban del mal olor y de los ladridos de los animales.
Al iniciar el operativo fueron detenidas dos mujeres jóvenes, quienes aparentemente cuidaban la casa, y que agredieron a los oficiales y a las autoridades de Salud que encabezaban el operativo.
En el lugar se aprecian condiciones realmente deplorables; los perros vivían entre excremento, suciedad y sangre.
Según información oficial, la vivienda era rentada por Edward Coward, conocido profesor de teatro de la ciudad. Se presume que en la colonia Colinas del Sol hay otro lugar en similares condiciones a cargo de la misma persona.
Se desconoce para que tenía los perros ahí recluidos, pero se iniciará una investigación de oficio por violar la Ley Federal de Protección Animal.
Hasta el momento se tienen contabilizados 130 perros, pero las autoridades aún no tienen el número exacto de los animales que se encuentran dentro de la vivienda.

15 de febrero de 2009
©frontera
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batida contra el maltrato animal


La batida contra el maltrato animal en Los Angeles da resultados. Personas implicadas en las peleas de perros, peleas de gallos y otros maltratos son el objetivo de grupos del LAPD y la fiscalía. El número de casos criminales presentado ha aumentado.
[Jack Leonard] Furioso porque su novia había roto con él y no cogía sus llamadas por teléfono, Steven Butcher decidió descargar su rabia en el cachorrito de la pareja.
"Cada vez que... no cojas el teléfono, le pegaré al perro", dijo Butcher furioso en un mensaje que dejó en el contestador de su ex novia. En otro mensaje posterior, mientras en el fondo se oía aullar y llorar al perro, le dijo: "Sólo has logrado que le pegue más al perro".
Cuando los agentes de policía llegaron a la casa de Butcher en Reseda, encontraron a Nelia, el cachorro de pit bull, temblando en un fregadero debajo del caño de agua fría. Tenía la mandíbula rajada, las cuencas de los ojos fracturadas y varias costillas rotas.
Butcher, 23, fue imputado y condenado el año pasado por crueldad animal: uno de los crecientes casos graves de maltrato animal en Los Angeles, donde la policía y la fiscalía dicen que están tomando los delitos contra animales más seriamente que nunca.
El Departamento de Policía de Los Angeles (LAPD) destina cinco agentes y detectives a la brigada dedicada a la investigación del maltrato y abandono animal. El despacho del fiscal de distrito empezó hace poco a formar un selecto grupo de prosecutores para tratar casos relacionados con animales y está pidiendo sentencias más severas para los reincidentes.
Los Angeles se ha convertido en un modelo nacional por su redoblada implementación de las leyes contra la crueldad animal, dijeron expertos en bienestar animal.
Los esfuerzos de las autoridades de Los Angeles y otros en el país han sido impulsados por la creciente indignación de la opinión pública con los maltratos y las evidencias cada vez mayores de que existe un vínculo entre el maltrato animal y otros delitos.
"Como sociedad, somos menos tolerantes con la crueldad innecesaria e injustificada hacia los animales", dijo Dale Bartlett, subdirector de la sección de maltrato y peleas animales de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos.
En el condado de Los Angeles, los archivos muestran que durante los doce meses que terminaron en agosto, la oficina del fiscal de distrito presentó cargos de maltrato animal en 116 casos, casi un cincuenta por ciento más que el año anterior.

El año pasado, los fiscales ganaron un raro juicio por peleas de perros contra un enfermero de 42 años que fue sentenciado a tres años de prisión. Y en un caso separado, se condenó a la primera persona que fue acusada alguna vez por el delito de peleas de gallos.
Randall Lockwood, experto en maltrato animal y vicepresidente de la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales, dijo que Los Angeles había adoptado una de las estrategias más progresistas" del país para hacer frente a los delitos contra los animales.
"Es algo que se necesita en las grandes ciudades", dijo.
El ayuntamiento de Los Angeles creó la Brigada Crueldad Animal en 2005, tras adoptar una propuesta del concejal Tony Cárdenas. Al respaldar la medida, los oficiales del LAPD mencionaron estudios que mostraban que los maltratadores de animales están a menudo implicados en otros delitos, como tráfico de drogas, abuso infantil y violencia doméstica.
Detectives de la brigada dijeron que han visto la conexión ellos mismos.
En el caso de Nelia, la perrita golpeada, la policía dijo que en algunas de sus llamadas telefónicas su dueño también amenazó con matar a su novia. Fue sentenciado el año pasado a 270 días de cárcel por crueldad animal, cinco años de libertad condicional y obligado a seguir una terapia. El cachorro sobrevivió y fue dado en adopción cuando las autoridades sospecharon que la ex novia de Butcher podría reconciliarse con él, dijo la policía.
La brigada investiga cerca de trescientos denuncias de maltrato y abandono animal al año. Sus éxitos incluyen 57 detenciones por peleas de perros y varias detenciones por agresión con resultado de muerte contra animales.
En 2006, agentes del LAPD detuvieron a Gene Speer cuando lo vieron pasar por una calle lateral con su camisa manchada de sangre. Speer llevaba una mochila. Cuando los agentes revisaron en la mochila, encontraron a un rat terrier muerto que pertenecía a su compañero de piso.
Speer, 34, dijo a la policía que el perro, Nehi, lo había mordido y él le había pegado en defensa propia. Pero la detective Susan Brumagin del LAPD, miembro de la brigada, dijo que los agentes encontraron fecas animales en la alfombra y creían que Speer golpeó al perro hasta matarlo con un zapato después de que el animal defecara. Fue sentenciado a dieciséis meses de cárcel.
"Ninguna de las personas que arrestamos piensan que podrían terminar en la cárcel por golpear a un perro o un gato", dijo Brumagin. "No muestran arrepentimiento... Se muestran escandalizados y sorprendidos".
Desde una pequeña oficina en el piso dieciocho en el juzgado criminal en el centro, la fiscal Deborah Knaan supervisa todos los procesos del fiscal de distrito por maltrato animal.

Ex directora del Departamento de Servicios Animales de la ciudad, Knaan ofrece a la fiscalía asesoría sobre casos animales y organiza programas de formación para prosecutores y agentes de policía para reconocer signos de crueldad y abandono. También escribió un proyecto de ley que el fiscal de distrito de Los Angeles, Steve Cooley, está auspiciando para prohibir de por vida que las personas condenadas por maltrato animal puedan volver a poseer mascotas.
Durante una entrevista hace poco, Knaan estaba en un escritorio adornado con una foto de ella misma acurrucando a sus tres perros -Ziggy y Spice, sus dos terriers Jack Russell, y Elmo, un mix de Dachshund-Chihuahua- y habló sobre la necesidad de proteger a los animales.
"No pueden hablar. No pueden retirarse... Son totalmente vulnerables", dijo. "Cuidarlos es nuestra obligación".
El año pasado, Knaan presentó cargos por peleas de gallos contra Israel Ramírez, la primera vez que la fiscalía trató las peleas de gallos como un delito desde que los legisladores del estado modificaran la ley en 2006 para permitir que los fiscales lo hagan así en el caso de reincidentes.
Ramírez, que tenía tres condenas previas por delitos relacionados con peleas de gallos, fue arrestado en su casa en Los Angeles en medio de lo que la policía dijo que era una competencia, o ‘Día del Derby’. Los agentes requisaron cerca de cincuenta gallos y numerosas cuchillas amarradas a las espuelas de las aves.
Knaan dijo que Ramírez cobraba veinte dólares por entrada para mirar las peleas y vendía bocadillos y bebidas. "En realidad era un evento deportivo para hacer dinero", dijo.
El mes pasado Ramírez fue sentenciado a 360 días de cárcel y obligado a seguir una terapia de maltrato animal de un año.
El año pasado, la fiscalía acusó a Jerome Woods, 55, por peleas de perros por tercera vez en diez años.
En 1998, el colocador de alfombras pasó un día en la cárcel por peleas de perros. En 2000, fue nuevamente condenado y encarcelado por veintitrés días.
El último problema de Woods fue cuando la brigada allanó su casa en Los Angeles Sur y encontraron once pit bulls, todos excepto uno encerrados en jaulas de tela metálica. Varios de los perros lucían cicatrices en sus cabezas y patas delanteras -lesiones que son consistentes con las peleas. La policía también encontró tres trotadoras, usadas normalmente para adiestrar a perros de pelea, y un corral de contrachapado salpicado con la sangre de las peleas.
En junio Woods se declaró culpable y fue sentenciado a cinco años de cárcel -la sentencia más larga en un caso de peleas de perros en Los Angeles desde que los fiscales empezaran a llevar archivos comprehensivos en 1996.
"Que los otros apostadores sepan que... no van a recibir tirón de orejas, como le pasaba a Woods en el pasado", dijo Knaan.
"Nosotros reflejamos a la sociedad, y la sociedad piensa que el maltrato animal debe ser tomado en serio".

15 de febrero de 2009
8 de febrero de 2009
©los angeles times
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rescatan a perros de pelea


Agentes policiales de control animal dicen que evidencias sugieren que eran utilizados en peleas.
[Jeff Gable y Elizabeth Cady] Rome, Georgia, Estados Unidos. La policía del condado de Floyd y agentes de control animal están investigando una posible organización dedicada a las peleas de perros después de rescatar a varios canes de una casa al este del condado de Floyd.
No se hicieron detenciones y la policía busca a los dueños de los perros.
Seis pit bulls americanos fueron recogidos el martes tarde por el Departamento de Control Animal del condado de Floyd, de un sitio arbolado en Jones Road, no muy lejos de Kingston Road, cerca de la Iglesia Metodista Unida de Mizpah. Dos de los perros estaban en muy malas condiciones.
Tanto la policía como los agentes de control animal dijeron que las evidencias sugieren que los perros fueron utilizados para pelear.
Dijeron que las heridas de los perros eran consistentes con lesiones de peleas de perros y algunos perros tenían en el pelaje lo que el agente John Satterfield dijo que era sangre fresca. El agente John Satterfield dijo que un pit bull debe haber peleado en los últimos días porque tenía la cara hinchada y estaba ensangrentado.
Las heridas incluyen graves lesiones en un ojo, una pata posiblemente rota y múltiples cortes y rasguños.
Los perros estaban atados con cadenas a los ejes de vehículos.
Chuck Simmons, investigador pro-bono de la Sociedad Protectora de Animales, fue el primero en acudir a una denuncia sobre los perros y la condición en que se encontraban. Cuando llegó a investigar la situación, dijo que uno de los perros parecía estar muriendo y llamó de inmediato a Control Animal.
A su vez,  Control Animal se contactó con el Departamento de Policía del condado de Floyd, y el sargento Dan Bickers llegó al lugar para interrogar al dueño de la propiedad.
"Ahora lo estamos investigando", dijo Bickers. "Esto podría resultar en seis cargos de maltrato animal. Los perros tienen cicatrices viejas y nuevas, así que me parece obvio que han sido utilizados en peleas. Ahora vamos a tratar de localizar a los sospechosos para interrogarlos y llevarlos a juicio", dijo Bickers.
Jason Broome, director de Control Animal del condado de Floyd, dijo que los perros fueron retirados y llevados al refugio para ser curados de sus heridas mientras las autoridades investigan el caso.
"Estamos tratando de determinar quién es el dueño de los perros, y pensamos que tenemos dos sospechosos", dijo Broome. "Los perros permanecerán en el refugio hasta que se decida qué hacer con este asunto".
Bickers dijo que habló con el dueño de la propiedad, que negó saber algo sobre las peleas de perros.
"Es obvio que esto viene ocurriendo desde hace un tiempo", dijo Bickers. "Algunos perros estaban famélicos, otros tenían las caras hinchadas y otros estaban ensangrentados. Uno de ellos tenía un ojo muy dañado".

1 de febrero de 2009
24 de diciembre de 2008
©rome news-tribune 
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cárcel por matar a mascota


CEFU informó hace unos momentos sobre la sentencia resolutoria en un caso de maltrato animal en Coquimbo. Autor mató a balazos a perro de una vecina. Fue condenado a un total de 102 días de cárcel.
Coquimbo, Chile. El pasado 21 de enero de 2009 se condenó a Carlos Alfredo Briceño Toro, con domicilio en calle Quebrada Benavente, Coquimbo. Briceño había dado muerte a balazos a un perro de su vecina, María Isabel Pista Zepeda, y sentenciado a 61 días de presidio menor en su grado mínimo como autor del delito de porte ilegal de arma de fuego, y a 41 días de prisión en su grado máximo, más la suspensión de cargo público durante el tiempo de la condena como autor de un delito de maltrato animal sancionado por el artículo 291 bis del Código Penal el 2 de octubre de 2008 en Coquimbo.
Esta es la primera condena de presidio efectivo en un caso de maltrato animal. En algunas ocasiones anteriores se dictaron penas remitidas, donde los autores de delitos de maltrato animal fueron condenados a firmar periódicamente en algún juzgado local.

28 de enero de 2009
cc cefu

peleas de perros en afganistán


Vuelven a Afganistán las peleas de perros.
[Kirk Semple] Kabul, Afganistán. En una sucia carnicería con olor a muerte, media docena de ovejas desolladas colgaban de ganchos en el techo, y dos hombres hablaban de perros.
"Mi perro es más joven que el suyo, tengo ventaja", dijo uno de los hombres, conocido como Abdul Sabour, 49. "Y mi perro tiene más energía que el suyo".
"Está mintiendo", farfulló el otro, Kefayatullah, 50. "Su perro es viejo. Sólo está perdiendo el tiempo. ¿A cuántos perros le ha ganado el mío? ¡Sesenta! ¡Mi perro ha sido campeón durante tres años!"
Los hombres estaban concertando una pelea de perros, en gran parte en el internacional lenguaje de las bravuconadas. Representaban a dos grupos de jugadores. El botín, dijeron, era de cincuenta mil dólares, lo que es una fortuna en este país pobre. En realidad, es uno de los premios más altos de los últimos años.
A los afganos les gusta pelear. Se fanfarronean sobre ello. Dicen que llevan la guerra en la sangre. Y pese a los horrores de tres décadas de guerra, todavía tienen tiempo para divertirse, a menudo por poderes: gallos, carneros, cabras, camellos, milanos.
Y perros. Las peleas de perros fueron prohibidas durante el régimen talibán, que las consideraban a-islámicas. Pero desde el derrocamiento de los talibanes en 2001, el deporte ha vuelto a ganar popularidad, y los apostadores hacen sus juegos en torneos semanales informales en terrenos polvorientos en las principales ciudades del país.
El deporte ha incluso vivido un resurgimiento en el sur, donde la influencia de los talibanes se hace sentir más -aunque el público se ha reducido algo desde febrero, cuando un terrorista suicida se hizo volar en una pelea de perros. Murieron cerca de ochenta personas, quedando heridos muchos más.
Aquí en la capital hay dos torneos por semana, los dos el viernes, el día de la oración. El más importante ocurre en la mañana en un anfiteatro natural de tierra en el fondo de una escarpada pendiente en las afueras de la ciudad. Los espectadores son miles de hombres y niños -porque como la mayoría de los deportes y eventos deportivos en Afganistán son un asunto casi exclusivamente masculino.
"Es algo que heredamos de nuestros ancestros", dijo Ghulam Yahya Amirzadah, 21, cuya familia posee diecisiete perros en Kabul y en su pueblo natal en la provincia de Badghis, en el noroeste del país.
Amirzadah, que en los círculos de peleas de perros es conocido como Lala Herati, dijo que heredó el pasatiempo de su padre, que preparaba a perros de pelea en su juventud.
"No se trata del dinero", dijo Amizadah. "Si mi perro le gana a otro, me hace sentir como si ganara cien mil dólares. Podría sobrevivir sólo con esa alegría".
Un viernes hace poco, Amirzadah estaba en el anfiteatro de las peleas de perros, aunque sin sus perros. Estaba mirando las peleas y organizando futuros torneos en su establo.
Allá, más de dos mil personas -hombres pobres que llegaban a pie, así como ex señores de la guerra en todoterrenos acompañados por guardias armados con Kalashnikovs. Y había decenas de perros -corpulentos, mastines de cabeza grande que, con la luz adecuada y un telón de fondo erróneo podrían ser confundidos con pequeños osos. Algunos eran tan grandes que tenían que ser sujetados por dos hombres. Algunos dueños, que se habían cansado, habían amarrado a sus perros a las ruedas de los coches.
Una comisión informal de árbitros, incluyendo a Kafayatullah y Abdul Sabour, estaba fijando las peleas y emparejando a los perros. Algunas peleas habían sido organizadas con días de antelación, con apuestas de cientos de dólares, a veces de miles de dólares.
Un director de ceremonias, un viejo desdentado con un turbante y cojo, presidía el evento. Llevaba un bastón de madera que usaba para golpear a los espectadores que se atiborraban en torno al ruedo de tierra y a los miembros de los séquitos de los apostadores que bloqueaban la vista.
Aunque aquí las peleas de perros han vuelto a ser populares, están lejos de ser adoptadas por todo el mundo. La elite del país las menosprecian como cosas de incultos y delincuentes.
"En mi opinión, no es nada bueno", dijo Ghulam Nabi Farahi, subsecretario de información y cultura. "En el mundo de hoy, estos animales deberían ser bien tratados. Pero, desgraciadamente, hay muchas peleas de perros’.
Pero los jugadores en general ignoran este tipo de comentarios. En la sociedad afgana moderna no hay muchas entretenciones, dicen. Además, dicen, los perros están bien alimentados y son bien tratados.
"La gente muestra cada día más interés", dice Sher Mohammad Sheywaki, 50, que estaba junto al borde del ruedo. "Incluso si la gente se estuviera muriendo de hambre, todavía habría peleas de perros".
La primera pelea estaba a punto de empezar. Los dos dueños acercaron y soldaron a sus perros en el ruedo. Arremetieron uno contra otro, levántandose sobre las patas traseras y metiendo sus fauces en la cara del otro. Jalaban y se retorcían, buscando el equilibrio y tratando de hacer perder el balance al otro.
Sus preparadores les azuzaban, alentándolos a gritos y golpeándolos en las caderas, como azotaría un jinete a su caballo de carrera. Un camarógrafo se agachó cerca, grabando la pelea para un futuro DVD de colección. Una enorme nube de polvo cubrió la melé.
Esta pelea, como la mayoría de las otras, terminó en un par de minutos cuando uno de los perros inmovilizó al otro contra el suelo. Los separaron y sacaron del ruedo.
En algunos países, los apostadores obligan a sus perros a pelear hasta la muerte. Pero la pelea de perros de los afganos se parece más a las luchas libres grecorromanas. Un perro es declarado ganador cuando demuestra claramente su dominio sobre el otro, o cuando el más débil exhibe un claro signo de sumisión -cuando trata de retirarse de la pelea o mete el rabo entre las piernas. Normalmente son separados antes de que puedan infligirse lesiones graves.
Las apuestas son demasiado altas como para correr más riesgos. Los perros pueden ser una inversión cara para el afgano promedio, pero también pueden hacer ganar dinero a sus dueños.
En vísperas de la pelea entre el perro de Kefayatullah, Palang (que quiere decir tigre) y el de Abdul Sabourd, Zambur (abeja), el premio acordado de cincuenta mil dólares bajó a diez mil dólares, según contó Kefayatullah.
La pelea transcurrió este mes en una asoleada y fría mañana de viernes. Se habían creado muchas expectativas y había mucha gente. Durante más de diez minutos, Palang y Zambur se atacaron, desgarrándose y sangrando. Kefayatullah, Abdul Sabour y otros apostadores se mantenían cerca, alentándolos, según contó Amirzadah, que asistió a la pelea.
Finalmente, Zambur, el perro de Sabour, se quedó sin aliento y Palang lo dominó, obligando a los hombres a terminar la pelea. En celebración, los amigos de Kefayatullah se pusieron a revolotear en torno a Palang, que tenía el pelaje húmedo de sangre, y lo cubrieron con billetes afganos.
Excepto unas heridas profundas en una pierna y una oreja, Palang estaba bien. Pero su dueño no. Minutos después de la pelea, Kefayatullah, colapsó y fue trasladado a toda prisa a un hospital. Había sufrido un ataque al corazón.
"¡Fue un ataque de felicidad y alegría!", bromeaba una semana después, todavía convaleciente en un pabellón del Hospital Wazir Akhbar Khan en Kabul. "Me pondré bueno enseguida", dijo. "Y todo volverá a la normalidad, como antes".
La cara de su esposa se tensó visiblemente. "¡No, nada de eso!", le dijo, chillando. Lo decía en serio. Él reía. La hija miraba incómoda.
"Se terminó", dijo la mujer de Kefayatulla. "¡Voy a matar a los perros! Los haré dormir con unas píldoras".
Kefayatullah se encogió de hombros y volvió a sonreír, tratando de distender la situación. "Habla mucho, pero yo no la escucho" dijo, y juró que volvería pronto a las peleas de los viernes, con sus campeones.

Abdul Waheed Wafa contribuyó al reportaje.

28 de enero de 2009
28 de diciembre de 2008
©new york times
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qué significa ser animal


Reclama una relación especial con los animales, pero también diseña mataderos.
[Dwight Garner] ‘Animals in Translation: Using the Mysteries of Autism to Decode Animal Behavior’ (2004), de Temple Grandin, ocupa un lugar especial entre los libros sobre animales aparecidos en las últimas décadas. El autismo de Grandin le proporciona una comprensión especial de lo que los animales, se trate de gatos domésticos o ganado, piensan, sienten -y quizás más importante- desean. Hay una revelación prácticamente en cada página, y la prosa de Grandin (escribió el libro con Catherine Johnson) es desmañada en el mejor sentido posible: directa, dulce, desequilibrada y a menudo divertida.
El nuevo libro de Grandin, ‘Animals Make Us Human: Creating the Best Life for Animals’, escrito igualmente con Johnson, empieza donde terminaba ‘Animals in Translation’. Tiene un tema ligeramente diferente: se concentra esta vez en lo emocional, antes que en la vida física de los animales, aunque las dos están claramente relacionadas.
Hay un buen montón de repeticiones de su libro anterior, y descansa más en ideas de otros que antes. Pero observar que ‘Animals Make Us Human’ es un libro ligeramente inferior a ‘Animals in Translation’ es como decir que ‘Good Old Boys’, de Randy Newman está por debajo de su álbum ‘Sail Away’. Si te gustó el primero, te gustará el segundo.
Grandin se basa en muchas de sus observaciones de ‘Animals Make Us Human’ en el trabajo del neurólogo de la Universidad de Washington, Jaak Panksepp, que identificó una serie de ‘sistemas emocionales’ básicos en los animales: búsqueda, juego, cuidados y deseo (en el lado positivo) y miedo, pánico y rabia (en el lado negativo).
"La regla es simple", escribe Grandin. "No simules que tienes rabia, miedo o pánico, y estimula la búsqueda y el juego". Grandin emplea en todo ‘Animals Make Us Human’ los mismos términos que Panksepp, aunque en realidad son sólo un marco donde colocar sus comentarios y observaciones.
Hay también provocadores capítulos sobre perros (Grandin discute algunas de las ideas alfa-masculinas de César Millán, el ‘Encantador de Perros’ de la televisión) y gatos. Sin embargo, Grandin sobresale cuando habla sobre animales como las vacas, los cerdos, los caballos y los pollos, así como sobre animales salvajes y aquellos en los zoológicos.
Grandin ha diseñado sistemas para mataderos humanitarios y sin estrés que ahora se utilizan para procesar prácticamente a la mitad del ganado en Estados Unidos y Canadá. Aquí hay alguna disonancia cognitiva. A menudo le preguntan, nos dice: "¿Te puedes preocupar por los animales y al mismo tiempo diseñar mataderos?"
Su respuesta es que "alguna gente piensa que la muerte es lo más terrible que le puede pasar a un animal". Según ella, "lo más importante para un animal es la calidad de vida".
Agrega: "Mientras observo y aprendo sobre cómo se mantiene a los perros hoy, más me convenzo de que muchas vacas viven mejor que algunas de las mimadas mascotas. Demasiados perros pasan solos todo el día sin compañía ni humana ni de perros".
Se preocupa sobre la relación "completamente contenciosa" entre las organizaciones de defensa animal y la industria ganadera. Habla bien de empresas como McDonald’s y Wendy’s (han sido consultora de ambas), que están obligando a sus abastecedores a tratar de manera más humanitaria a los animales. Pero también elogia a los activistas. "Las grandes compañías son como el acero, y los activistas son como el calor. Los activistas ablandan el acero, y también lo pueden moldear como rejillas y hacer reformas".
Uno de los principales argumentos de ‘Animals Make Us Human’ es la importancia de la contratación y formación de gente buena para trabajar con el ganado. Se necesitan gerentes fuertes y dedicados; los empleados amatonados y sádicos deberían ser despedidos; y debido a que el volumen de negocios en estas industrias es alto, se requiere la formación y readiestramiento constante de los empleados, así como la permanente auditoría por instancias independientes.
Grandin está a favor de una transparencia casi total: es una de las que cree que los mataderos deberían tener paredes de cristal. "Ningún animal debe vivir sus últimos momentos conscientes en un estado de terror", escribe, y los visitantes deberían poder cerciorarse de que no ocurre así.
Grandin adora las frases sólidas e indicativas: "Al ganado no le gusta que le griten"; "Los cerdos viven obsesionados con la paja"; "A las vacas les gusta aprender cosas nuevas". Me gustaría agregar una de cosecha propia: Tenemos suerte de contar con alguien como Temple Grandin.
Pero hay algo sobre lo que pensé mientras leía su libro ‘Animals Make Us Human’: aunque no quiero que Grandin interrumpa su trabajo con los animales, ni siquiera por un día, como lector me gustaría saber qué piensa su inusual mente sobre otras cosas.
Ya ha escrito un elegante libro de memorias, ‘Thinking in Pictures’ (1995). Imagino un segundo tomo, con un tópico ligeramente diferente. Los seres humanos a menudo se sienten como ganado, especialmente en las grandes ciudades. ¿Qué diría sobre el metro, los proyectos de vivienda social, los estadios, las cárceles, las oficinas de cubículos, los buses de larga distancia, los refugios para indigentes, los ascensores y la fila de seguridad en La Guardia? ¿Qué piensa sobre la planificación urbana?
Gastaría veintiséis dólares para saberlo.

25 de enero de 2009
20 de enero de 2009
©new york times
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gato perdido nueve semanas después


Una noche, Bess desapareció y no volvió. Hay coyotes allá fuera. Buscas, esperas, y finalmente pierdes la esperanza. Casi.
[Kim Murphy] Bainbridge Island, Washington. GATO PERDIDO. Lleva una pequeña campanilla en su collar. Recompensa. Cuando se pierde un felino, las explicaciones de dónde podría estar son tan largas como el pasillo más oscuro en la imaginación del dueño:

Arriba de un abeto. En la barriga de los coyotes que merodean en el bosque. En una cuneta, sangrando, después de haber sido atropellado por un coche. Cazado por un águila calva. (En la isla de Puget Sound, donde vivo, en un informe de biólogos de la fauna silvestre se lee que en los nidos de las águilas se han encontrado varios collares de gato).
Una vez la tarada de Amanda, mi gata persa, se metió en la parte de atrás de la secadora de ropa de una amiga mientras yo estaba de vacaciones, y no salió en cinco días.
Y luego está Bess, cuyo destino no podría haberlo imaginado nadie.
Es la última de toda una línea de gatos que he recogido en mis viajes como corresponsal extranjera.
Marie, bautizada así en homenaje a la canción de Bob Dylan, ‘Absolutely Sweet Marie’, era una sucedánea de siamés que compré por cinco dólares en una tienda de mascotas en El Cairo. Mi empleada en Moscú la metió a la secadora, pero sobrevivió y vivió hasta llegar a la vejez.
Peter era un gato atigrado pelirrojo que se lanzó fatalmente desde el balcón del octavo piso de mi departamento en Moscú -lo mismo que Mario, mi adorado gato burmés, de Portland, Oregon. Katya sobrevivió el viaje de Moscú a Londres, sólo para ser arrollada por un bus.
¿Es sorprendente que la Sociedad Protectora de Animales de Londres no me deje adoptar otro gatito?
Traté de hacerles entender que aunque mis gatos habían sufrido esos accidentes, no eran más que eso -mala suerte- y que yo básicamente era una mujer que adora a los gatos, a los que el resto de la familia también adoraba, que podía brindarles gloriosas comidas, una cama cómoda, atención permanente, frecuentes elogios, una cantidad asombrosa de besos y montones de tiempo en el regazo.
Ni hablar.
"¿Tiene usted un jardín? Porque no entregamos a ningún gato a menos que tengan la oportunidad de salir fuera y tomar el sol", me dijo la supervisora del refugio de Hounslow en West London cuando llamó para mi primera entrevista en casa.
"Oh, sí", le aseguré.
"Pero ¿hay alguna reja? El gato no debe poder salir del jardín", dijo.
"Bueno", dije, sin querer contarle cómo terminó Katya, "tenemos una reja muy alta, pero no estoy segura de que sea posible construir una reja que no pueda ser superada por un gato. ¿No es así?"
Siguió con sus preguntas. "¿Pasa algún autobús por su calle?"
¿Alguien la estaba asesorando? "Bueno, pero es sólo un bus", dije, lentamente.
"No, me temo que eso la deja a usted fuera. No damos adopciones a casas en calles con buses".
Así fue como el investigador de la oficina de Londres del Times, que ha sufrido los caprichos de generaciones de corresponsales, me condujo a East London una tarde hace dos años. Una señora allá tenía varios gatos callejeros, y cualquiera que estuviera dispuesto a pagar 75 libras -unos ciento cincuenta dólares en la época- podía llevarse uno a un departamento en un edificio en una calle con tres recorridos de buses.
Elegí a Bess.
No era la gata más bonita. Negra con manchas irregulares de dorado y naranja, se me ocurría una pintura de Jackson Pollock, lo que quiere decir que mi comentario no es exactamente elogioso. Pero me miró con sus ojos verdes y no dejó de mirarme. Me enamoré locamente de ella.
Kolya, un tímido gato atigrado que habíamos elegido de una caja de gatitos en el metro de Moscú y llevado con Katya a Londres, se quedó igualmente enamorado. Él y Bess se perseguirían por el cuarto de mi hija en el ático, bajando dos plantas hasta la cocina, para volver a subir. Luego se acomodarían en un rayo de sol en la sala para darse turnos de baño. Bess alcanzó su plenitud y se convirtió en una joven y gorda matrona a la que apodamos ‘la Patata’.

En julio volvimos a Bainbridge Island. Los gatos se acostumbraron; había tanto espacio para moverse en nuestra vieja granja, que parecía que no echaban de menos salir fuera, que habíamos decidido que sería poco recomendable considerando la abundancia de coyotes, zorros, mapaches y águilas.
Bess desapareció el 28 de septiembre.
Esa noche teníamos una parrillada, con montones de amigos, niños, un perro bullicioso y música estridente. A la mañana siguiente cuando nadie pudo encontrar a Bess, temimos lo peor.
Probablemente, pensamos, escapó por una ventana arriba que uno de nuestros invitados había dejado abierta, luego se topó con el perro amarrado en el patio, sintió pánico y huyó hacia el bosque -donde viven los coyotes.
Sin embargo, imprimimos carteles y lo pegamos por todo el vecindario. Golpeamos puertas, recorrimos las calles llamándola, colocamos sus juguetes y el camisón de mi hija en el patio para atraerla con olores familiares.
Finalmente, incluso los niños admitieron que no volvería a casa. Annabel, 11, estaba tranquilamente furiosa. "No quiero volver a hablar de religión", anunció, después de que yo tratara de decir, sin mucho entusiasmo, que Dios tenía alguna razón o algo similar.
Llegó la víspera de Todos los Santos, y Annabel dijo que al menos no teníamos que preocuparnos de que Bess saliera a la calle y se topara con un grupo de adolescentes que pudieran usarla en algún ritual de magia negra.
Algunos amigos que nos visitaron para el Día de Acción de Gracias nos dijeron que pensáramos en hacernos con un perro. ¿Habíamos llegado a ese punto? Cambié de tema.
El 30 de noviembre, la noche previa a la partida de nuestros amigos, tuvimos otra comilona. Preparé tacos de pollo, el novio de mi vecina hizo una jarra de margaritas; encendimos una fogata y fumamos cigarros mirando las estrellas. Después de eso, me quedé en la cocina fregando los platos mientras mi amigo Kris y su hija Sophie charlaban en el salón.
Había algo en la voz de Kris cuando me llamó que hizo que me sintiera como entrando en un congelador. "¿Qué?", pregunté.
"Kim", repitió. "Ven aquí".
Me acerqué lentamente al salón. Entonces lo oí: un maullido bajo, débil, persistente de venía desde dentro del alféizar de la ventanilla, un banco con una puerta de bisagra que Kris y Sophie habían abierto.
Una pequeña parte de mí estaba celebrando incluso antes de entrar a la habitación. El resto de mí se derritió de horror. Habían pasado casi nueve semanas desde que Bess desapareciera; probablemente se metió al alféizar de la ventana cuando nadie miraba. Nueve semanas encerrada en una caja, sin alimento ni agua, ni siquiera demasiado aire. ¿Qué quedaba de ella? ¿Qué cosa era es que estaba maullando?
Como corresponsal de guerra, me han preparado para dejar mis emociones de lado en momentos de peligro, evaluar la situación y actuar rápidamente. Eso fue lo que traté de hacer. Recogí el diminuto atado de pelos sucios que era Bess -cubiertos por un fluido claro y viscoso- y la llevé a la cocina. Cogí mi jeringuilla, la llené de agua y traté de metérsela en la boca, que la tenía abierta y no respondía, excepto para emitir un débil aullido cada algunos segundos.
Cogí el teléfono y llamé a mi hermano, que trabaja como veterinario en Bremerton, a eso de media hora de distancia. Me dio indicaciones sobre cómo llegar a la clínica más cercana. Envolví a Bess en una toalla, trepé al coche de Kris y nos encaminamos hacia la clínica a toda velocidad.
Pasé toda la noche junto a Bess mientras el doctor y los técnicos le inyectaron una solución de azúcar en sus venas y le ofrecían un pequeño cuenco de comida. Como una criatura enloquecida, Bess se abalanzaba contra todos y mordía todo lo que veía cerca, incluyendo mi dedo, y casi se rompió los dientes con la cuchara cuando traté de meterle la comida en la boca.
Pesaba apenas dos kilos. Su sangre estaba llena de sal. Al romper el día empezó a tener convulsiones -una señal de posible daño cerebral a causa de la deshidratación o un fenómeno conocido como ‘síndrome de realimentación’, una crisis metabólica potencialmente fatal observada entre los sobrevivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial que ocurre cuando las víctimas de hambre son alimentadas demasiado rápidamente.
El doctor paró el flujo de azúcar y dio marcha atrás con la alimentación. Puse mis manos en el flaco tórax de Bess y mi cara frente a sus ojos inexpresivos. "Has resistido hasta aquí y lo vas a seguir haciendo. ¿Me has oído?"
Poco antes del mediodía me marché a casa a dormir.
Durante los días siguientes, visitamos a Bess todos los días. Se había quedado ciega. Apenas levantaba la cabeza, que tenía extrañamente inclinada hacia el suelo en lo que es un clásico síntoma de deficiencia de potasio y tiamina. Seguía sufriendo de lo que los doctores llaman escalofriantemente ‘eventos neurológicos’.
Pese a todo, mejoró. Después de cuatro días, cuando la cuenta del veterinario se acercaba a los tres mil dólares, la llevamos a casa.
Ahora pesa casi tres kilos y parece haber recuperado parte de su visión. Se desplaza lentamente -a veces deteniéndose como si estuviese confundida acerca de dónde se encuentra, o como si hubiese olvidado hacia dónde iba. Puede haber quedado con daño cerebral permanente. O quizá ocurra otro milagro y se cure a sí misma.
"¿Pensabas que sobreviviría cuando la encontramos?", le pregunté el otro día a mi hermano.
"Lo que se nos enseña, y te puedo mostrar los libros de texto, es que la mayoría de los gatos no sobreviven un período de dos semanas sin alimentos o agua. Algunos no sobreviven ni dos días... Cómo pudo pasar esto...", dijo. "No puedo responder".
Tampoco es que necesitemos una respuesta.
Annabel bromea diciendo que Bess -que cumplirá tres años esta próxima primavera- es ahora Dory, el encantador pez de la película ‘Buscando a Nemo’, que no puede recordar nada de lo que ha pasado hace unos minutos. Me gusta ver a Bess de esa manera. Espero por Dios que no recuerde esas largas semanas de espera en nuestro salón, sin llorar ni una sola vez, pensando que su familia la rescataría. Todavía me maravilla que, en lo que pudo haber sido lo último que hacía en su vida, logró llamarnos.
Cuando Annabel y yo nos tendemos juntas en el suelo, y acariciamos a Bess, oyendo sus suaves ronroneos, me siento bendecida.

16 de enero de 2009
25 de diciembre de 2008
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protestas contra gatos en el menú


En gran parte del país, comer felinos se considera asqueroso, pero no en Guangdong. Así que empieza la guerra.
[Barbara Demick] Guangzhou, China. El gato atigrado con ojos color de avellana y nariz blanca se acurrucaba al fondo de una pila de jaulas de metal llenas de conejos, codorniz, palomas y patos, al otro lado del pasillo con cubos de tortugas y escorpiones en una angosta tienda con tantos animales vivos como un zoológico para niños.
Si era macho o hembra, viejo o joven, no parecía importarle a nadie. Todo lo que contaba era su peso: 2.7 kilos.
Después de rápidos cálculos, el tendero ofreció vender el gato por un dólar 32 centavos por libra [450 gramos] -unos nueve dólares.
"Se lo cortaremos aquí mismo para usted en el cuarto trasero", sugirió el tendero, haciendo un gesto hacia un cuarto cubierto de manchas de sangre.
La escena es rutinaria en las carnicerías de Guangzhou, capital de la provincia de Guangdong, conocida antes como Cantón.
Aunque la gastronomía cantonesa es conocida en el extranjero por el dim sum y la sopa wan ton, también es reconocida como una de las cocinas más exóticas de China, llegando a servir especies del Arca de Noé en el menú. Según un popular dicho, los cantoneses comen cualquier cosa que camine, repte, salte o vuele.
Pero ahora sus compatriotas chinos están trazando una línea. Comer gatos, dicen, es simplemente repugnante.
"Los gatos son tus amigos, no son comida", se leía en las pancartas que portaban los manifestantes la semana pasada en una estación de trenes de Guangzhou, cuando trataban de interceptar un transporte de gatos.
"¡Es una vergüenza para Guangdong!", gritaban en otra manifestación, realizada frente la sede del gobierno provincial de Guangdong en Pekín.
En muchos lugares de China se come perro, pero sólo en Guangdong comen gatos. Es raro ver a gatos en la calle. Muchos gatos que se sirven aquí para la cena son importados desde el norte.
La Asociación para la Protección de los Animales Pequeños dice que los negocios de Guangzhou capturan a unos diez mil gatos por día en diferentes partes de China. Los ladrones de gatos son normalmente personas desempleadas que utilizan grandes redes de pesca para capturarlos y reciben un dólar cincuenta por gato.
"Como se han comido todos sus gatos, ahora quieren llevarse los nuestros de Pekín. La gente ya no quiere dejar salir a la calle a sus gatos", dijo Zhao Ming, un médico de 55 años que se encontraba entre las cerca de cuarenta personas que protestaban en Pekín.
El comercio en gatos prospera en una zona turbia aparentemente sin límites del comercio. La policía se muestra reticente a acusar de robo a los ladrones de gatos porque muchos de los gatos capturados viven en la calle y, debido a la famosa independencia que se atribuye a los gatos, técnicamente no son propiedad de nadie, aunque sean alimentados y cuidados por humanos.
En ausencia de una acción policial, los amantes de los gatos han empezado a tomar la justicia en sus manos.
Cuando un grupo de activistas de Shanghai recibió un dato en agosto de que un camión con una carga de gatos estaba pasando cerca en dirección a Guangdong, le prepararon una emboscada. A eso de las once de la noche, rodearon al camión en el mercado, obligaron a parar al conductor y trataron de comprar los gatos.
Cuando el chofer rehusó, las negociaciones se arrastraron hacia la tarde del día siguiente. Cuando unos activistas discutían con el chofer y la policía, otros abrieron la puerta trasera del camión y liberaron a cerca de mil seiscientos gatos. En el interior había trescientos gatos muertos.
Muchas de las campañas de rescate son dirigidas por Lu Di, una mujer de cerca de ochenta años que trabajó para Mao Tse-tung, leyendo para el presidente chino cuando empeoró su vista en sus últimos años.
"Puedes juzgar lo avanzada que es una civilización por la manera en que trata a sus animales", dijo Lu, parafraseando a Gandhi. Fundó la *Asociación para la Protección de los Animales Pequeños, que dirige desde su departamento en Pekín que comparte con quince gatos, más de una docena de perros, una codorniz, una paloma y un mono.
Cogió a un gato que se daba vueltas por el lugar con una cicatriz roja fresca causada por el alambre que habían usado los comerciantes para impedir que escapara. A menudo, los gatos son muy maltratados en sus últimos momentos, apretujados como tomates en un cajón de modo tal que no pueden respirar y aporreados hasta que quedan semi-inconscientes y son arrojados vivos a calderas con agua hirviendo.
"Este es un crimen que humilla a todos los chinos", dijo Lu.
Para muchos chinos, comer gato se ha convertido en algo socialmente inaceptable. Cuando el diario de Guangzhou, Souther Metropolis Daily, denunció este mes una operación de robo de gatos, desencadenó las manifestaciones de la semana pasada.
Páginas web chinas reaccionaron indignadas.
"La gente de Guandong son las más inescrupulosas de la especie humana", escribió una persona. "Si no hubiera una ley que lo prohíbe, serían capaces de comerse a sus suegras".
La disputa sobre el consumo de gatos atraviesa todas las clases de la sociedad china. Entre la clase media cada vez más occidentalizada, existe una creciente cultura de amigos de los gatos que los quieren para tomarlos en brazos, no para comerlos. Las restricciones sobre el tamaño y número de perros que uno puede tener como mascotas hace que los gatos sean populares en la ciudad.
En el centro comercial más grande de Pekín, una docena de felinos consentidos holgazaneaban hace poco dentro de la enorme jaula expositora de una tienda de mascotas especializada en gatos. Clientes adinerados paseaban entre las vitrinas lanzando exclamaciones.
La tienda de mascota era un estudio en contrastes con la tienda de abarrotes de Yongxing-long (significa ‘Siempre próspero’) en Guangzhou. Las carnicerías en estas partes no son para personas impresionables, ya que gran parte de la mercadería se vende viva y recién entonces sacrificada frente a los clientes.
"La carne de gato es buena para las mujeres. La puedes comer en invierno y en verano. Es muy ligera. Normalmente los hombres prefieren a los perros. Es como el yin y yang. El gato es yin y el perro es yang", dijo el cliente Jiang Changlin, que trabaja para el gobierno local.
Recomendó que los visitantes probaran una de las recetas más famosas de Guangdong, ‘el dragón contra el tigre’, un plato hecho con serpiente y gato y que debe su peculiaridad a las propiedades contrastantes de los ingredientes.
"¡Delicioso!", dijo Jiang.
Todavía ansioso por vender el gato enjaulado, el encargado de la tienda, Tang Huacheng, sugirió una receta más simple.
"Puedes hervir al gato durante un largo tiempo", dijo Tang. "Tiene un sabor muy rico, fresco".

Epílogo
Después de algunas negociaciones, esta periodista compró vivo al gato por el equivalente de nueve dólares. Una jaula cuesta diez dólares más.
Guangzhou es una densa ciudad casi sin lugares donde dejar a un gato. Una hilera de apartamentos junto a un sitio eriazo parecía el sitio ideal. Había pequeños restaurantes a nivel de calle. La gente estaba sentada a una mesa de plástico en la acera, jugando mah-jongg.
El gato, con su panza blanca y suave y sus claros ojos de color de avellana, parecía manso. Caminó tranquilamente para sentarse debajo de unos arbustos.
"Aquí realmente necesitamos un gato", dijo una de las mujeres que se había acercado. "Hay ratones en el sitio".
Su acento indicaba que provenía del norte de China,y muchos de los que viven aquí en el vecindario son trabajadores inmigrantes de fuera de Gaungdong. No comen gatos.

Eliot Gao y Nicole Liu contribuyeron a este reportaje.

28 de diciembre de 2008
22 de diciembre de 2008
©los angeles times
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