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Arizona aprobó una ley de inmigración que parece sacada de la Alemania nazi
[Santiago O’Donnell] Arizona, lo dice su nombre, es una zona. Zona árida, pero zona al fin. No llega a ser un lugar. A mitad de camino entre Texas y California, parte hippie, parte cowboy. Tiene una megalópolis como Phoneix (5,5 millones de habitantes) que es un monumento al modernismo, y una capital como Tucson (un millón) que es un ícono del Far West. Arizona es grande como la Patagonia, pero el noventa por ciento de su población se concentra en sus dos grandes ciudades. Ahí se ubican dos universidades estatales de buen nivel y legendarios logros deportivos como los ‘Gatos Salvajes’ de Arizona y los ‘Demonios del Sol’ de Arizona State. También un diario ‘liberal’ de lo más respetados e influyentes del oeste norteamericano como el Phoenix Sun. No hay mucho más. Aquí y allá una población de 280 mil indígenas, casi todos muy pobres. Al oeste una perla de pueblos, ciudades y emprendimientos agrícolas sobre la cuenca del río Colorado. Al este y al norte minas de cobre y el Gran Cañón. Al sur, el desierto de Sonora y más de mil kilómetros de frontera seca con México. Aquí y allá 280 mil aborígenes nativos, casi todos pobres y marginados. Todo eso en medio de grandes extensiones de planicies polvorientas y deshabitadas.
Arizona no es ni grande ni chica ni importante ni marginal. Arizona no tiene canción. Es una gran autopista, un gran laboratorio. Zona árida como dice su nombre, de tierra mezquina y tránsito fatigoso.
Los políticos de Arizona son tan híbridos como el distrito que representan. Demócratas conservadores como Janet Napolitano o republicanos liberales como John McCain, políticos que reflejan la ambivalencia de sus votantes. Arizona es, junto a Ohio y Florida, uno de los llamados ‘swing states’, los que suelen decidir las presidenciales porque su voto oscila entre demócrata y republicano. Arizona es un buen lugar para medir el humor social de Estados Unidos.
Bueno, esta semana el termómetro se rompió. Estalló en pedazos cuando el Congreso de este estado insulso aprobó una ley antiinmigrante que parece escrita para la Alemania nazi o la Sudáfrica del apartheid.
La ley permite que cualquier persona pueda ser revisada si un policía sospecha que se trata de un inmigrante ilegal, y convierte en crimen la no portación de documentos de identidad. Como en Arizona casi todos los inmigrantes ilegales son morochos y vienen de México, la ley prácticamente le ordena a la policía detener gente por portación de cara. O por "respirar siendo de ascendencia mexicana", como describió un político local.
La ley desató un escándalo nacional e internacional. Juristas respetados denunciaron su manifiesta inconstitucionalidad en los diarios más importantes del mundo. Tras recibir quejas de las cancillerías de México y de los países de Centroamérica, Obama salió a decir que la ley le parecía un error. "Una persona puede ser estadounidense de tercera generación y no poder salir de su casa tranquila porque podría ser detenida por tener rasgos latinos. No me parece bien", declaró. Napolitano, secretaria de Seguridad del gobierno, dijo que la ley promovía la inseguridad. "Nos obliga a las agencias federales a procesar a los detenidos por la ley estatal, y eso nos quita recursos para perseguir a los inmigrantes peligrosos", argumentó.
La extrema derecha con Sarah Palin a la cabeza no dejó pasar la oportunidad. Además de defender la ley racista con giros patrioteros, la ex gobernadora de Alaska acusó a los grandes medios ("the lamestream media") de descalificar la iniciativa no por inconstitucional sino por ideología.
Subidos a la ola de publicidad, media docena de legisladores ultraconservadores propusieron leyes similares en sus respectivos estados, aun sabiendo que no tienen chance. En cambio, los líderes del Partido Republicano eludieron el tema, conscientes de que su base política está a favor, pero también que los hispanos representan el sector de mayor crecimiento demográfico en el país.
La reacción del sector progre del Partido Demócrata no se hizo esperar. Un legislador nacional hispano por Arizona llamó a un boicot de convenciones en ese estado, cuya industria turística ya venía golpeada por la recesión. La ciudad de San Francisco adhirió rápidamente a la propuesta y una sociedad de abogados hispanos anunció que cancelaba su reunión anual en Tucson. Ayer hubo grandes manifestaciones de repudio a la ley en todo Estados Unidos (foto) y algunas pequeñas contramanifestaciones en el sur de apoyo a la ley y a la decisión de la gobernadora de no vetarla.
La ley aún no ha sido implementada y está por verse si supera el control constitucional de la Corte Suprema ante un desafío legal del gobierno federal como el que prometió el fiscal general Eric Holder. Tampoco está claro el criterio que seguirá la policía en caso de implementarse, ya que en Arizona uno de cada tres de sus habitantes tiene ascendencia hispana.
Pero el pasaje de semejante ley en un estado como es Arizona no deja de ser una señal. ¿Cómo puede ser que los representantes de un estado tan moderado hayan votado una ley tan picante en contra de los inmigrantes?
Como suele suceder en estos casos de patente intolerancia, el detonante fue un caso policial. El brutal asesinato de un granjero y la huida de los asesinos a través de la frontera. Al mejor estilo Blumberg, la ola de indignación empujó el pasaje de la ley de mano dura. Detrás había un coctel nefasto de recesión, inseguridad, racismo y política. A la crisis económica con desocupación record que no termina de resolverse hay que sumarle la ola de violencia desatada por los narcos en México, que empieza a cruzar la frontera. A lo que hay que agregarle la discriminación histórica que sufren los latinos en Estados Unidos, exacerbada por la presencia de un negro en la Casa Blanca. Todo eso al calor de una campaña electoral. Resulta que tanto la gobernadora Jan Bewer como el senador McCain enfrentan rivales de extrema derecha en la primaria republicana. Esos rivales que no tendrían chances en la general por su prédica extremista, pero juntan apoyo entre los republicanos como para correr por derecha a las principales figuras del partido. Por eso, para no mostrarse como blandos en un tramo decisivo de la campaña, Brewer firmó la ley después de mucho dudar, y McCain le dio un tibio apoyo, pero apoyo al fin.
¿Cómo sigue esto? Imposible saberlo, pero es probable que la decisión de Arizona acelere el proyecto de ley de reforma migratoria que impulsa Obama, hasta ahora sin mucho apuro. La idea es legalizar a los doce millones de inmigrantes indocumentados que actualmente viven en Estados Unidos, a cambio de más recursos y penas más duras para vigilar la frontera y castigar a patrones que contraten a indocumentados. Esa es la misma fórmula que se viene repitiendo desde hace un siglo. La última reforma exitosa fue la de Reagan en 1986 y Bush hijo fracasó hace dos años con un proyecto consensuado con Ted Kennedy. Si se aprueba, la nueva ley será fruto de un consenso tan amplio y trabajoso que Arizona no tendrá otro remedio que adaptarse.
El problema pasa por otro lado. Estados Unidos adoptó hace dos meses la decisión estratégica de tratar a los cárteles de droga mexicanos como organizaciones no ya criminales sino directamente terroristas. Esa decisión se tradujo en el envío a México de expertos estadounidenses en contrainsurgencia para entrenar a las fuerzas de seguridad locales. Nadie puede negar que los narcos mexicanos han cometido crímenes atroces contra civiles que bien pueden catalogarse de terrorismo. Ni que el gobierno mexicano fracasó en la guerra antidrogas ni que ese fracaso representa la amenaza para la seguridad fronteriza de Estados Unidos. Pero al mezclarse con el tema migratorio, el enfoque antiterrorista de la Casa Blanca coloca a toda la población latina en estado de sospecha. Ya le pasó a la comunidad islámica después del 911, con las razzias ordenadas por el gobierno de Bush. Ya les pasó a los estadounidenses descendientes de japoneses que fueron internados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora, al menos en una zona de Estados Unidos, hasta que no se demuestre lo contrario, el terrorista sos vos.

3 de mayo de 2010
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historia de una conquista


La policía ya no podrá discriminar a prostitutas callejeras ni travestis.
[Sonia Tessa] Después de una larga pelea que por momentos pareció imposible de ganar, ayer se derogaron los tres artículos del Código de Faltas provincial que penalizaban la prostitución callejera y el travestismo. Esta norma brindaba a la policía herramientas para extorsionar a las trabajadoras sexuales. Demasiada agua pasó debajo del puente desde que la dirigente de Ammar Rosario, Sandra Cabrera salió a pelear por esta conquista, en 2002. El asesinato de la sindicalista, el 27 de enero de 2003, obligó a su comadre, Claudia Lucero, a recoger el guante y seguir la pelea. Ayer a la tarde, la secretaria general de Ammar todavía no podía creer que se hubiera logrado.
Conquistas políticas de esta magnitud van mucho más allá de sus artífices, pero es bueno recordar que Eduardo Di Pollina presentó un primer proyecto, en soledad, apenas se reunió con Sandra Cabrera. Y sobre todo, la tenacidad de la autora de la última iniciativa, la diputada provincial del Partido Socialista, Lucrecia Aranda, para lograr la media sanción en Diputados.
La derogación de esos tres artículos tendrá un efecto concreto sobre la vida de las mujeres que trabajan -la mayoría de las veces por su cuenta y riesgo- en la calle. Ellas no tendrán que pagar más peaje, el mismo que muchas veces la policía les cobraba en connivencia con los dueños de los prostíbulos, mal llamados boliches, para despejar la zona de competencia. En la Argentina no está prohibido el trabajo sexual, pero sí la explotación, desde 1957, cuando la Argentina adhirió al Convenio para la Represión de la Trata de Personas y la Explotación de la Prostitución Ajena. Pero los proxenetas gozan de protección estatal, y las trabajadoras sexuales son perseguidas. Es impactante escuchar los relatos de Lucero y otras integrantes de Ammar sobre las reiteradas detenciones que sufrían como parte de la política de hostigamiento y extorsión.
Por eso es increíble que un juez de Faltas de Santa Fe, Héctor Valli, haya dicho que esta modificación iba a convertir a la provincia en un prostíbulo. ¿No lee el juez los avisos clasificados con servicios para el hombre y la mujer que ocupan páginas y páginas de los diarios todos los días? ¿No conoce los avisos que incluso se leen en las páginas oficiales, de boliches o confiterías, que en realidad son prostíbulos?
Algunos argumentan que esos lugares existen porque hay mercado. También se hablaba de moral y buenas costumbres para mantener los tres artículos del Código. ¿De qué moral y qué buenas costumbres? ¿Aquella doble moral que obliga a mantener silencio sobre situaciones naturalizadas y aceptadas por la mayoría? Los cambios culturales son lentos, pero es importante dar los debates, para que no quede basura debajo de la alfombra.

30 de abril de 2010
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deportación no es la única salida


Sobre la Corte Suprema y la ley.
[Linda Greenhouse] El reciente fallo de la Corte Suprema, de que los abogados tienen el deber de advertir a sus clientes que sean residentes sin ciudadanía sobre las consecuencias potencialmente desastrosas de declararse culpables de un cargo criminal parecía tan sensible, que me dejó pensando por qué una pregunta con una respuesta tan obvia tenía que ser debatida por la Corte Suprema, en primer lugar. Ciertamente, si la protección de la Sexta Enmienda, que garantiza la asistencia efectiva de asesoría jurídica, quiere decir algo, lo que quiere decir es que los abogados deben advertir a sus clientes que el reconocimiento de culpa, incluso por faltas menores, le puede significar a un residente sin ciudadanía un rápido boleto de ida hacia lo que la ley de inmigración llama delicadamente "procedimientos de repatriación".
Antes de que alguien objete que esos individuos no tienen derecho a estar en el país en primer lugar, debo dejar en claro que el severo régimen legal contra los inmigrantes se aplica no solamente a los extranjeros sin documentos, sino también a los residentes legales permanentes. José Padilla, el solicitante nacido en Honduras, ha vivido en Estados Unidos durante los últimos cuarenta años y ha servido con honor en las fuerzas armadas en la guerra en Vietnam. (Este no es el mismo José Padilla, el ciudadano estadounidense al que el gobierno de Bush retuvo en el calabozo de una nave como enemigo combatiente durante más de tres años antes de que fuera condenado, en una corte federal, por cargos de conspiración para cometer actos terroristas).
Es verdad que Padilla tampoco es un santo. Fue detenido en Kentucky conduciendo un remolque cargado con más de 450 kilos de marihuana. Claramente, tanto la admisión de culpabilidad como una condena después de un juicio terminarían en una sentencia a pena de prisión. Pero cuando Padilla preguntó a su abogado qué implicaría la admisión de culpa para su condición de inmigrante, la respuesta fue que "no tenía que preocuparse sobre su condición de inmigrante porque vivía hace mucho tiempo en el país". Mal consejo. Se declaró culpable, cumplió la sentencia negociada de cinco años, y ahora está amenazado con deportación como extranjero ilegal.
Pese a ganar su invocación de la Sexta Enmienda, Padilla podría terminar deportado; la decisión de 7 contra 2 en el caso Padilla vs. Kentucky le exige probar que el mal consejo del abogado realmente le "perjudicó"-, esto es, que en realidad hizo una diferencia. Esa exigencia va a ser difícil de cumplir, dados los hechos y la ley. La deportación después de casi cualquier delito de drogas cometido por un residente sin ciudadanía es esencialmente automática, como observa el juez John Paul Stevens en su opinión de la mayoría. Precisamente debido a que la ley es tan clara sobre este punto, "este no es un caso difícil", dijo el juez Stevens, por concluir que el asesoramiento del abogado era constitucionalmente deficiente.
Volviendo, entonces, a mi pregunta inicial, ¿qué hacía un caso tan fácil en la Corte Suprema? Por supuesto, la respuesta más rápida y obvia es que no todo el mundo lo ve de la misma manera. En realidad, la opinión del juez Stevens, imponiendo una obligación afirmativa a los abogados, conquistó el respaldo total de solo otros cuatro jueces: Anthony M. Kennedy, Ruth Bader Ginsburg, Stephen G. Breyer y Sonia Sotomayor.
¿Nos hemos obsesionado tanto con expulsar a los que hemos decidido que no deberían estar en este país, que estamos en peligro de perder el centro de gravedad moral?
La decisión de la Corte Suprema de Kentucky, que fue revocada por los jueces, decía que la deportación es simplemente una "consecuencia colateral" de una condena penal y eso, como procedimiento civil, no justifica la invocación del derecho a la asesoría jurídica de la Sexta Enmienda. El gobierno de Obama presentó un escrito a la Corte Suprema aceptando, con Kentucky, que el abogado no tenía la obligación de asesorar a Padilla en asuntos de inmigración; sin embargo, el escrito, de la abogada Elena Kagan, continuaba diciendo que un abogado que elige dar consejos está obligado al menos a dar buenos consejos. Esta posición intermedia contra "los malos consejos afirmativos" fue respaldada por el juez Samuel A. Alito Jr. y el juez John G. Roberts Jr., cuya opinión concurrente proporcionó un sexto y un séptimo voto para revocar la decisión de Kentucky. Los jueces Antonin Scalia y Clarence Thomas disintieron. La Constitución "no es una herramienta para todo propósito para la construcción judicial de un mundo perfecto", escribió el juez Scalia.
Sí, este caso engendró un debate sobre la interpretación correcta de la Sexta Enmienda, y eso es suficiente explicación para su ruta hacia la Corte Suprema. Quizás, como asunto de doctrina constitucional, no era un caso tan fácil, después de todo. Pero estoy buscando una respuesta más profunda. Que en 2010 la Corte Suprema tenga que decirnos que los residentes sin ciudadanía tienen derecho a ser informados de todas las dimensiones de sus condiciones legales, debe ser entenderse, creo yo, como una especie de alarma. En este país de inmigrantes y sus descendientes, nos hemos obsesionado tanto con expulsar, encerrar y despachar a los que hemos decidido que no deben permanecer entre nosotros, que estamos en peligro de perder el centro de gravedad moral.
Si eso suena como hipérbole, re-leed los tres artículos de Nina Berstein publicados en el Times: ‘Disabled Immigration Detainees Face Deportation’ [Minusválido detenido por Inmigración podría ser deportado], ‘How One Marijuana Cigarette May Lead to Deportation’ [Cómo un pito de marihuana puede conducir a la deportación] y ‘Rushed From Haiti by U.S., Then Jailed for Lacking Visas’ [Llevado a toda prisa desde Haití a Estados Unidos, y luego encarcelado por carecer de visa] -cada uno más doloroso que el anterior. ¿Un residente legal de cincuenta años, con esquizofrenia, detenido en Nueva York por entrar en lugar habitado, trasladado abruptamente a una cárcel de inmigración en el sur de Texas para ser deportado sin la asesoría de un abogado ni notificar a la familia? Decenas de haitianos evacuados del terremoto y subidos a aviones de transporte de los Marines de Estados Unidos, han sido encerrados durante meses en una cárcel de inmigración concesionada pese a la suspensión de todas las deportaciones a Haití y la existencia de parientes dispuestos a aceptarlos. (Fueron dejados en libertad el mismo día en que apareció el artículo). ¿Qué está pasando aquí?
Evidentemente, esa pregunta se le ocurrió al juez Ginsburg durante una discusión la semana pasada en Carachuri-Rosendo v. Holder, un caso mencionado en un artículo de Bernstein sobre cómo un solo porrete de marihuana podía terminar en la deportación. José Carachuri-Rosendo, un residente legal de Estados Unidos, nacido en México, padre de cuatro hijos que son ciudadanos estadounidenses, fue detenido en Texas en 2004 por posesión de menos de 55 gramos de marihuana, un delito según la ley texana. Se declaró culpable y fue sentenciado a veinte días de cárcel.
Al año siguiente fue arrestado por posesión de una tableta de Xanax, un fármaco común contra la ansiedad que exige una receta médica, que Carachuri-Rosendo no poseía. Ese delito, que es también un delito en Texas, le significó diez días de cárcel. Según la interpretación que hace el gobierno federal de la Ley de Inmigración y Nacionalidad, la combinación de esos dos cargos por delitos menores se convierten en "delito grave".
Como delincuente agravado, argumenta el gobierno, Carachuri-Rosendo no sólo puede ser deportado, sino además es categóricamente inelegible para una ‘cancelación de repatriación’, una forma de discreción administrativa que proporciona la única válvula de seguridad restante a los inmigrantes capturados en la red de la deportación.
Durante el alegato el 31 de marzo, el juez Ginsburg le dijo a Nicole A. Saharsky, una abogada de la defensoría general:

"Aquí estamos hablando de dos delitos. El primero es una pequeña cantidad de marihuana. Le dan veinte días de cárcel. El otro es una pastilla de que nunca oí hablar, una Xan y algo más, y le dan diez días por eso. Si le tienes que presentar esta perspectiva a una persona inteligente que no estudió derecho, no solo lo vas a expulsar de este país, sino además le va a decir: "Nunca más ensombrezcas nuestras puertas", debido a ese porrete y esa pandilla Xan y algo, me parece simplemente que hay un modo de leer la ley que no conduce a ese resultado absurdo, que te gustaría leer la ley..."
"El Congreso se guía por el juicio", dijo Saharsky. "Y en los últimos veinte años el Congreso ha adoptado una línea dura sobre los delincuentes extranjeros, especialmente delincuentes extranjeros reincidentes".
Ese es el mismo Congreso que pasó meses empantanado debatiendo sobre cómo prohibir definitivamente el seguro de cobertura del aborto bajo la nueva ley de salud, ostensiblemente por el bienestar de los nonatos. Quizá algún día los miembros del Congreso exhiban la misma preocupación por los que nacieron en el lado malo de la frontera. Quizá, quizá entonces la Corte Suprema nos muestre el camino.

25 de abril de 2010
8 de abril de 2010
©new york times
cc traducción mQh
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el segundo destape


Nada pueden las bombas donde sobra corazón.
[Martín Granovsky] No estaba yo exiliado pero el 31 de diciembre de 1982, de paso por Madrid, festejé la Nochevieja con un grupo de exiliados. Comimos, bebimos (bastante) y cantamos. Terminamos con el repertorio completo de las canciones de la Guerra Civil Española. No perdonamos ninguna. Ni ésa de "El Ejército del Ebro/ rumba la rumba la rumbambá" ni la de "No se rinde un gallo rojo, más que cuando está ya muerto". Durante dos horas la gente que estaba en el restaurante nos escuchó con paciencia y, me parece, sin familiaridad, como si fuésemos turistas islandeses que gracias al vino en sangre recordáramos temas infantiles. Hasta que un viejo se acercó a la mesa y nos hizo callar: "En España ya hemos sufrido mucho".
¿Franquista? ¿Republicano? ¿Una víctima? Jamás lo supimos. Pero tenía edad para haber vivido la Guerra Civil que se libró del ’36 al ’39 y para recordar esas canciones. ¿Y el resto? ¿Y los más jóvenes? Tuve la sensación entonces de que, sencillamente, nunca las habían escuchado. Tengo la sensación ahora de que la represión sistemática de Franco, que mató hasta su muerte, logró obturar no sólo la resistencia masiva, sino el recuerdo íntimo y familiar.
Los otros parroquianos, salvo el viejo, tenían no más de 40. Eran la generación del destape. Ya saben, en 1977 España se destapó y descubrió que las españolas tenían tetas. El franquismo las había ocultado.
Pasó mucho tiempo y hoy, en 2010, España vive su segundo destape, sólo que menos festivo que aquél. En lugar de culos en los kioscos, información sobre tumbas sin nombre. En vez de la libertad exhibida en la calle y el derrumbe de la censura, la historia de la Guerra Civil cada vez más presente. Nada de tetas: cada vez más debate sobre los fusilamientos de Francisco Franco desde que se levantó en armas contra la República, en 1936, hasta que los médicos le quitaron los tubos en 1975 y murió.
España venía preparándose para este destape doloroso, que hasta ahora sólo estaba presente en el cine, en Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel y Ana Belén y en la obra de los historiadores profesionales. La Ley de Memoria Histórica fue un primer instrumento, en el plano legal, y coincidió con que José Luis Rodríguez Zapatero fue el primero de los presidentes de gobierno que mentó a la República y rindió homenaje a su abuelo fusilado antes de asumir el cargo.
Pero el gran disparador del destape sin tetas es la ofensiva contra el juez Baltasar Garzón. Lo impulsaron la Falange y dos organizaciones de ultraderecha. La apoyaron, frívolamente, magistrados críticos con Garzón con motivos válidos o sin ellos, conservadores del Partido Popular irritados con sus investigaciones y dirigentes socialistas ofendidos todavía desde que el juez investigó grupos parapoliciales operativos en el gobierno de Felipe González.
Parecieron creer que el reemplazo de Garzón sería un simple trámite. Es evidente que no tuvieron en cuenta el papel simbólico de Garzón fuera de España, y sobre todo en América latina, donde su participación en el procesamiento de Augusto Pinochet significó la segunda vuelta de revisión legal del pasado tras la primera ola, representada por el juicio a las juntas que inició sus audiencias públicas hace 25 años exactos, el 22 de abril de 1985.
Tampoco tuvieron en cuenta, tanto los franquistas como los frívolos, que fuera de España no hace falta ley de Memoria Histórica para habilitar el recuerdo de la Guerra Civil. Miles de exiliados republicanos diseminaron la historia y las canciones por Francia, por México, por Chile, por la Argentina. Desde entonces, la pelea de la Segunda República formó parte de la tradición libertaria, revolucionaria o democrática de movimientos sociales y políticos en todo el mundo.
Un gran historiador francés experto en España, Pierre Vilar, muerto en 2003, recomendaba distinguir el apaciguamiento del conformismo, que alteraba los datos del pasado. Y como parte de ese conformismo refutaba en Sobre 1936 y otros escritos la idea falsa de que "todas las responsabilidades se reparten a medias". Decía Vilar: "Yo comprendo que sea triste recordar que unos españoles han sido víctimas de otros españoles. Pero, durante cuarenta años, sólo se ha conmemorado la memoria de una clase de víctimas, los llamados ‘muertos por dios y por la patria’. Y apenas sería paradójico decir que la primera ‘víctima del franquismo’ fue toda España".
Agregaba Vilar que "sin duda las víctimas del franquismo menos discutibles, aquellas de las cuales el franquismo fue claramente responsable, son los hombres y mujeres ejecutados fuera de combate y aquellos que fueron abatidos después de abril de 1939 ante los pelotones de ejecución, en virtud de la ‘Causa general’, palabras que definen bien un proceso de ideología y de clase".
Los caminos de recuperación de memoria son mucho más complejos que una causa judicial. No están dominados sólo por la verdad de las investigaciones históricas, sino por los arduos y simultáneos senderos del atajo, del olvido sistemático de los victimarios y del olvido selectivo de las víctimas, de las ideologías y las conveniencias, del pensamiento y del cinismo, de las urgencias cotidianas y los dolores profundos.
Un juez o una causa, en el mejor de los casos, son sólo un catalizador de procesos nuevos. Garzón cumplió ese papel cuando se declaró competente para entender en crímenes del franquismo. Sus críticos parecieron creer que quitándolo como un corcho podrían tomarse el contenido y aflojar la presión. Ahora ellos, y de a poco toda España, se asombran porque tiraron un corcho al cielo y miles de corchos llueven sobre sus cabezas, multiplicados en el exterior. Quizás olvidaron que, en este mundo, también es global el recuerdo: "Pero nada pueden bombas / rumba la rumba la rumbambá / donde sobra corazón, ay Carmela, ay Carmela/ donde sobra corazón, ay Carmela, ay Carmela".

22 de abril de 2010
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intervención en la red


Sospechosas intervenciones en la red niegan creencias en su definición como espacio de libertad..
[Atilio A. Boron] Muchísima gente, y no pocos teóricos, sostienen que la Internet es por excelencia el ámbito de la libertad de nuestro tiempo. Un ámbito, dicen, liberrísimo, en donde las antiguas restricciones que el papel impreso imponía a la producción y circulación de las ideas han quedado definitivamente superadas. Basta con leer algunos pasajes del libro de Hardt y Negri, ‘Imperio’, o los tres tomos de Manuel Castells, ‘La Edad de la Información: Economía, Sociedad y Cultura’, para apreciar los alcances de este nuevo dogma. Dicen los primeros, en un pasaje memorable –y no precisamente por lo acertado– de su obra, que "la red democrática es un modelo completamente horizontal y desterritorializado. Internet es el principal ejemplo de esta estructura democrática en red... Un número indeterminado y potencialmente ilimitado de nodos interconectados que se comunican entre sí sin que haya un punto central de control... Este modelo democrático es lo que Deleuze y Guattari llamaron un rizoma, una estructura en red no jerárquica y sin un centro" (pp. 277-278).
El libro de Castells se edifica precisamente sobre esa superstición. Contrariamente a lo que asegura la charlatanería posmoderna, la Internet ni es horizontal ni está desterritorializada. Es una estructura que tiene centros de monitoreo y control y en donde cierto tipo de comunicaciones están bloqueados, casi todas vigilados y algunos son censurados. Sólo espíritus muy ingenuos pueden suponer otra cosa, pero muy a menudo el "afán de novedades" al que aludía Platón y la incesante búsqueda de originalidad y singularidad que caracteriza la labor de muchos intelectuales (afectados por una fenomenal sobrevaloración de la importancia de sus ideas) pueden jugar muy malas pasadas y llevar a sus víctimas a aceptar como verdades irrefutables las mentiras que la ideología dominante quiere que aceptemos como verdades.
Por ejemplo, muchos de los mensajes emitidos en estos últimos días desde el PLED anunciando un panel sobre el rol de Colombia en la geopolítica imperial padecieron de sospechosas dificultades. Nos llegaron informes de amigos y compañeros que querían difundir el evento, pero al poner "Colombia" en el asunto o en el cuerpo del mensaje éste simplemente desaparecía de la pantalla o iba directamente a la papelera. Estamos también experimentando dificultades en recibir adhesiones para nuestra campaña de solidaridad con Cuba, y son varios quienes apelaron a llamadas telefónicas para hacernos saber de su imposibilidad de registrar su firma enviando un mensaje a la dirección preparada para tal efecto. Son muchas las experiencias que avalan esta desconfianza en relación al carácter democrático y libertario de la red. Sin ir más lejos, quien quiera utilizar el programa Skype en Cuba no puede hacerlo, y mucho menos acudir al Google Earth porque, en tal caso, aparecerá un cartelito diciendo que "desde la localización en que usted se encuentra en este momento no puede tener acceso a este programa". Prueben ustedes de enviar un mensaje utilizando ciertas palabras supuestamente vinculadas a las comunicaciones que entablan los terroristas y ya verán lo que ocurre. Tal vez Hardt, Negri o Castells consideren estas cosas como transitorias anomalías, pero no es así. Es el funcionamiento "normal" de una red que, pese a las ocurrencias de aquellos autores, tiene centros que la controlan y dominan. El pirulo de ayer de Página/12, ‘Montañas’, avala esta tesis. En él se informaba que "una página abierta el 25 de marzo (y que describía a su dueño como el ‘príncipe de los mujaidines’) había alcanzado, el viernes pasado, a tener más de mil seguidores. Facebook admitió que no podía determinar si el titular era verdadero o no, pero anunció que el sitio quedó desactivado: desde ayer, Bin Laden no tiene lugar en la red virtual".
En un pasaje brillante de su ‘El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte’, Marx definía al cretinismo parlamentario como "una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior." Una enfermedad parecida se ha apoderado de algunos teóricos de nuestro tiempo, que los encierra en un mundo imaginario en el cual la Internet es el reino de la libertad y la democracia. Ha nacido un nuevo cretinismo: el internético, que seguramente es mucho más dañino que su predecesor y que habrá que combatir con inteligencia y militancia. La batalla contra los oligopolios mediáticos tiene que darse también en la Internet.

20 de abril de 2010
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el genocidio franquista


Garzón debe hacer frente a jueces que se inclinan hacia la extrema derecha, un partido de oposición que quiera entorpecer su investigación de la red de corrupción que lo implica y un gobierno socialista indiferente.
[Roberto Bergalli] Si ha tenido que ser en Argentina donde se presente la primera querella por los delitos de genocidio y/o de lesa humanidad en aplicación del principio de jurisdicción universal y no haya podido prosperar una demanda semejante en la propia España, ello merece una explicación. Tal esclarecimiento requiere transitar por las dos vertientes con las cuales ha discurrido el proceso que motiva la querella promovida por Carlos Slepoy y que ejercitan dos descendientes de represaliados por el régimen de barbarie que implantó el franquismo alzado en armas frente al legítimo gobierno de la Segunda República, hace hoy setenta y cuatro años.
Una primera es que, efectivamente, no ha sido posible instaurar acciones semejantes ante la Justicia española. Naturalmente, no en la larga noche que duró el régimen dictatorial. Tampoco superado su final, a causa de la flebitis que llevó a la muerte al dictador, y tampoco después, en vigencia de la democracia política. Esto ha sido así pues, aun antes de aprobada la Constitución de 1978, se sancionó la Ley 46/1977 –15 de octubre–, de Amnistía, que entonces posibilitó la apertura del período conocido como de transición política, con los importantes frutos para la pacífica estabilidad posterior de España (salvo en lo que respecta a los actos de terrorismo que aún se producen en alguna Comunidad Autónoma como Euskadi), el sustancial progreso social y el notable adelanto económico.
Pues bien, esa amnistía ha constituido una losa infranqueable para abrir investigaciones relativas a los crímenes cometidos por el franquismo, a lo largo de la transición; algunos cuestionan hoy que tal ley sólo benefició a los supérstites del régimen.
En lo que atañe a la viabilidad de la querella sobre la que debe expedirse la jueza Servini de Cubría, en principio esa acción debería ser acogida. En efecto, el principio de la jurisdicción universal rige en Argentina en virtud de lo establecido por la vigente Constitución de 1994, en su art. 118, en juego con los arts. 5 y 11 de la ley 26.200 de 2006 por la que se acogió el Estatuto de Roma de 1998. De este juego de reglas se declara la competencia de los tribunales federales argentinos para conocer en los delitos de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra, cualquiera sea el lugar donde hayan sido perpetrados, los que asimismo son imprescriptibles. Este tipo de delitos son los que, cometidos en España, ahora se denuncian en Argentina. Y no debe olvidarse tampoco que, por la vigencia de ese mismo principio de jurisdicción universal en España fue posible que el entonces juez Garzón acogiera similares demandas de organizaciones de la sociedad civil, asociaciones de derechos humanos integradas por argentinos exilados y la propia de Fiscales Progresistas, con lo que se motorizó todo el proceso posterior, que devino en el juzgamiento y condena de los militares y policías genocidas argentinos.
Como relatara ya en Página/12 (v. "Garzón o el escándalo judicial", 24 de febrero), el magistrado juez de instrucción de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón declaró su competencia para entender en presuntos delitos de "detención ilegal", disponiendo la apertura de fosas en diferentes lugares de territorio español y exhumaciones de los restos humanos que se encontraran en ellas, pertenecientes a personas exterminadas por la represión franquista. La abierta batalla que se ha declarado en España, con dilatadas expresiones de apoyo al magistrado y amplias repercusiones internacionales (los más prestigiosos medios han dedicado en Europa, en Asia y en América editoriales denunciando una persecución contra Garzón) está poniendo de manifiesto un profundo encono popular contra el propio Tribunal Supremo que el día próximo 22 debe decidir si procesa al juez. Sobre éste penden otras dos denuncias más que la de prevaricación por la cual ya el magistrado Varela del Supremo, designado instructor, imputa a Garzón haber declarado su competencia en aquellos delitos de "detención legal", a sabiendas que no podía hacerlo por vigencia de la ley de amnistía (las de haberse presuntamente aprovechado de un préstamo del Banco de Santander para realizar un curso académico en Nueva York y por haber dispuesto escuchas telefónicas de los abogados defensores de ciertos imputados por una vasta red de corrupción –caso Gürtel- que afecta al principal partido de la oposición en España, el Popular).
Si se decretara el procesamiento de Garzón, es obvio que el Consejo General del Poder Judicial, órgano de gobierno de los jueces, lo suspendería en sus funciones. Así prosperaría otro encono personal que el juez se ha ganado con una integrante de este órgano, la antigua magistrada Margarita Robles, por viejas rencillas suscitadas en el período que ambos, en situación de excedencia, intervinieron en el gobierno de España.
Esta última situación de incriminado no es únicamente el resultado de los hechos que se le imputan a Garzón. En efecto, más allá que este magistrado, en largas dos décadas de ejercicio jurisdiccional, ha puesto de relieve un expansivo protagonismo que lo ha colocado, muchas veces, en posiciones polémicas, también registra en su haber un paso por la escena política de la que extrajo manifiestas enemistades por su desmedido afán protagónico, aunque luego enviara a prisión a ministros del gobierno de Felipe González por armar grupos parapoliciales de asesinos. La situación también debe verse desde el prisma que revela un cerrado corporativismo de una clase judicial, provengan sus miembros de posiciones más volcadas hacia el extremo de la derecha y, por tanto, proclives a representar el franquismo latente en ciertas instituciones del Estado y de la sociedad española, o desciendan de una tradición de izquierda, minoritaria.
Así las cosas, es difícil negar que esta administración de justicia española como cualquier otra del ámbito de la cultura jurídica occidental –tanto la del Common Law como la continental europea, de derecho escrito–- padecen del mismo mal común: carecen de toda legitimidad democrática, aunque se hayan previstos otros resortes para suplir la ausencia de la voluntad de los justiciables en el origen de los cargos judiciales.

El autor es profesor de la Universitat de Barcelona.

20 de abril de 2010
©página 12
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financial times defiende a garzón


Financial Times critica procesamiento del juez Garzón.
El diario Financial Times critica hoy en un editorial el procesamiento de Baltasar Garzón, que califica en el título de "ataque no merecido" contra el magistrado español.
Según el periódico, el caso presenta todo el aspecto de "un intento políticamente motivado de difamar y acabar con la carrera de un valiente funcionario que ha combatido a terroristas y a los GAL (artífices de la guerra sucia contra ETA), ha luchado contra la corrupción y la tiranía".
Es un ataque "injustificado" que habla "muy mal del sistema judicial español, cada vez más politizado".
El principal cargo contra Garzón, agrega el diario, es que se ha excedido en sus funciones al investigar delitos contra la humanidad perpetrados por las fuerzas franquistas entre 1936 y 1939.
Según el artículo, el debate es "qué hacer con los restos. Distintos países -desde Sudáfrica a Chile, Polonia a Argentina- han encontrado distintas maneras de (hacerlo de) acuerdo a sus circunstancias. La manera de España fue una amnesia negociada de la transición pos-Franco, por lo cual los delitos de la guerra civil serían olvidados (y las pruebas dejadas enterradas o destruidas)".
"Pero eso ha negado un entierro decente a los republicanos derrotados, cuyos restos son exhumados de cientos de fosas comunes en toda España en virtud de la controvertida ley ’memoria histórica de 2007", subraya el periódico.
Pero Garzón, agrega, "fue más allá al abrir casos contra los autores franquistas, casi todos muertos, algo que ha indignado a la derecha, que argumenta que contraviene la ley de amnistía de 1997".
El FT dice que no puede haber una ley de prescripción en delitos contra la humanidad, y el problema es cómo equilibrar la Justicia y el juicio político.
"Garzón estaba respondiendo -como es su deber- a las peticiones judiciales de las familias de los muertos", dice el diario.
El problema es que la política en España, desde que los socialistas llegaron al poder después de los ataques de Madrid en marzo de 2004, se ha vuelto destructiva entre facciones, "pero esa no es una justificación para hacer que uno de los más distinguidos funcionarios públicos de España sea una víctima", concluye el FT.

19 de abril de 2010
©la nación 
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las vueltas de la historia


"Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón". Antonio Machado.
[Mario Wainfeld] Una vez ganada la guerra civil, el franquismo tomó una decisión brutal, apropiarse de los hijos de muchas mujeres republicanas presas, muertas o a punto de ser condenadas a muerte. La fundamentó en perversas teorías psicologistas: considerando a los marxistas "psicópatas antisociales", "segregarlos de sus madres desde la infancia ahorraría una plaga a la sociedad". Dicho y hecho, miles de familias fueron privadas de la patria potestad, que se endosó al Estado. Decenas de miles de niños, quizá centenares de miles, fueron "resocializados" en orfanatos creados al efecto y, eventualmente, entregados en adopción borrando todos los datos de su familia de origen. Todo se legisló, urdiéndose una pesada trama burocrática y pseudoasistencial.
En España, aún hoy día, poco se conoce sobre el asunto, memorablemente narrado en el libro Mala gente que camina, de Benjamín Prado. Es una novela inusual, que combina elementos ficcionales con una formidable investigación. Prado es novelista, ensayista, poeta, periodista. Hasta letrista, colaboró en las letras de las canciones del último disco de Joaquín Sabina. El año pasado presentó Mala gente... en la Feria del Libro de Buenos Aires. En varias entrevistas, burla burlando, dijo que una de sus finalidades era aliviar de culpas a los argentinos: "Quiero contaros que vuestra dictadura no inventó nada".
Ironías (y diferencias de implementación) aparte, bastante de eso hay. La violación de derechos humanos es una constante expandida en varias latitudes, potenciada en el siglo XX. También el surgimiento de una justicia universal que saltea fronteras para impedir la impunidad de los crímenes de lesa humanidad.
Baltasar Garzón fue pionero en esa brega, aunque no su inventor. Para el movimiento de derechos humanos argentino, las causas abiertas por ese magistrado fueron un catalizador, un impulso llegado de ultramar que revitalizó la gesta contra la impunidad en nuestro territorio.

Hiperactivo y bastante solitario, Garzón encarnó una proeza persiguiendo a represores de este rincón del mundo. Contaba con pocos "fierros", siendo apenas juez de primera instancia. Pero su tarea movilizó a víctimas, organizaciones nobles y militantes, abogados tan comprometidos como creativos. Ese inesperado colectivo litigó en España, abriendo ventanas en la formidable lucha de los movimientos de derechos humanos argentinos.
En un alarde de coraje y prepotencia de trabajo, Garzón arrestó a Augusto Pinochet en Londres, tras escribir sus fundamentos con la sola cooperación de un empleado de su juzgado en una noche febril.
Las réplicas primeras de los gobiernos argentino y chileno fueron deplorables. Por acá, bajo el mandato de dos presidentes argentinos, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, brotó un nacionalismo de opereta, pretendiendo poner fronteras al derecho de gentes. Entre tanto, se glorificaba la globalización y se permitía el despliegue irrefrenable de los mercados del mundo. Los flujos financieros no requerían pasaporte ni aduana, pero eso sí: la Argentina devino un aguantadero para represores genocidas. Para colmo de inconsecuencias, se lo justificaba con una retórica chauvinista que apestaba a naftalina. Y a complicidad.

Los escenarios han cambiado, en España y en Argentina. Tras vicisitudes (y con enormes bretes aún) se abrieron procesos por los crímenes de la dictadura. En su patria, Garzón está siendo asediado por una avanzada de la derecha, que tiene aliados transversales en cierta sedicente progresía. Como explicó con minucia y garbo el colega Martín Granovsky el domingo pasado en Página/12, el señor juez no se privó de nada. Puso en el banquillo a los criminales sudamericanos, a la ETA, a los GAL prohijadas por Felipe González, a terroristas islámicos. En los últimos tiempos pateó dos hormigueros domésticos. Uno fue la corrupción del Partido Popular, consagrada en el apodado caso Gürtel que está hoy día a punto caramelo, enlodando a la flor y nata del centroderecha hispano.
Además, consistente con su prédica para otras comarcas, Garzón interpretó que la Ley de Amnistía de su país no ampara los delitos contra la humanidad, imprescriptibles e imperdonables por vía de pretensas leyes. Develar los crímenes del franquismo fue un reto al silencio y a las componendas de décadas. Una coalición amplia y mediocre busca revancha: quiere juzgar al juzgador, condenarlo penalmente, privarlo de su cargo. Esa pelea está desplegándose y la solidaridad internacional tiene algo que hacer. Desde estas pampas, sumarse es un deber de gratitud.
La batida contra Garzón no es, tan solo, un ajuste de cuentas personal. Frena las causas contra los crímenes del franquismo. Los corsi y ricorsi de la historia validan la movida que se hará mañana, de la que se da cuenta en la nota central de estas páginas. La doctrina que ha recorrido el mundo se postulará ante los tribunales locales, a quienes se recabará que apliquen la ley universal.
Carlos Slepoy, el abogado argentino que representó a muchas víctimas en España, definió lo que se viene como "una devolución a Garzón". Abrir los tribunales argentinos para evitar la inmunidad de crímenes afrentosos es un rizo de la historia, también un modo justo de pagar una deuda. ¿Encontrarán los demandantes un magistrado de la talla de Baltasar Garzón? Parece muy difícil, aun tomando en cuenta su personalismo y algunos errores, propios de quien hace tanto.
¿Encontrará el reclamo, al menos, jueces que se hagan cargo de lo que es legal y digno? No es seguro, no es imposible, sería justo y necesario.

13 de abril de 2010
©página 12
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