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opinión

invasión consentida


Lo que más llama la atención de Haití no es la pobreza, sino la desigualdad.
[Fernando Krakowiak] En noviembre tuve la oportunidad de visitar Puerto Príncipe durante diez días y lo que más me llamó la atención no fueron los pobres sino los ricos que viven en Haití y suelen pasar desapercibidos en la mayoría de las crónicas periodísticas. En el imaginario social que esos relatos ayudan a construir, Haití es sinónimo de hambre y desolación, pero su característica más distintiva no es la pobreza sino la desigualdad, lo que deja entrever que a algunos no les va tan mal. De hecho, el coeficiente Gini, que mide el grado de concentración del ingreso, es el más alto de toda América con 0,66, incluso por encima de Brasil que tiene 0,61.
El primer indicio sobre esta situación lo tuve al ver circulando por las polvorientas calles de la ciudad algunas camionetas último modelo Hummer, Ford, Nissan, Toyota y Mitsubishi. Sin embargo, la sorpresa mayor me la llevé cuando fui a hacer las compras. En las góndolas de uno de los Big Market del barrio PétionVille encontré una amplia variedad de productos importados que iban del whisky Chivas Brothers proveniente de Escocia hasta la leche entera larga vida Elle & Vire importada de Francia, pasando por el Cognac Hennessy del mismo origen, la margarina Marienne de Noruega y el jugo Ceres de Sudáfrica. Había una góndola sólo con comida y shampoos para perros y gatos y otra con todo tipo de hierbas e infusiones para adelgazar, algo llamativo en un país donde, ya antes del terremoto, el 23,8 por ciento de la población padecía malnutrición crónica y el 61 por ciento de los chicos menores de cinco años sufría anemia. Cerca del hotel donde me hospedaba también encontré una galería comercial que no tenía nada que envidiarle al Patio Bullrich y una casa de venta de cerrojos de última generación.
No fue fácil localizar las mansiones que demandaban esos bienes de lujo y los dispositivos de seguridad para preservarlos. Hubo que adentrarse en la montaña para ver las fortalezas "medievales" de piedra ubicadas en Boutelliers y Kenskoff, dos barrios que fueron apenas afectados por el sismo. Allí viven banqueros, importadores, industriales, los dueños de las maquilas y de las empresas de servicios públicos que ganaron las privatizaciones de los ’90, porque en Haití no hay mucho, pero todo es privado y está en manos de unos pocos empresarios, entre los que se destacan Edouard Baussan, Richard Coles, Gilbert Bigio, Gregory Mevs y Réginald Boulos.
Ellos son la cara visible de una elite que vive con un pie en Estados Unidos. No sólo por los vínculos comerciales que mantienen con capitales estadounidenses, sino porque pasan gran parte de su tiempo en la Florida. Antes de que ocurriera la tragedia, Air Caraïbes ofrecía cuatro vuelos diarios a Miami, American Airlines tres, United Airlines dos y Delta, Spirit, Copa y Air France uno cada una, pese a que el turismo extranjero prácticamente no viaja a Puerto Príncipe. De hecho, para la elite haitiana la visa norteamericana es más importante que el agua. Por eso no es de extrañar que en medio de la tragedia provocada por el terremoto avalen el desembarco de los marines, quienes por estos días controlan la seguridad en puntos clave de la ciudad, como el aeropuerto y las ruinas del Palacio Presidencial.
Para ellos no es una "invasión" porque cada vez que sus negocios estuvieron en riesgo por la recurrente inestabilidad política y social se reposaron sobre la principal potencia continental a la espera de que pusiera orden. Siempre necesitaron a las tropas estadounidenses para asegurarse de que nada cambie. De hecho, fueron los marines quienes en febrero de 2004 forzaron la renuncia de Jean Bertrand Aristide y lo llevaron al exilio cuando el entonces presidente avanzó con algunas reformas sociales poniendo privilegios en riesgo. Ahora tampoco están dispuestos a que el terremoto permita barajar y dar de nuevo. Confían en los marines para volver a descansar en la cima de las montañas, lejos de los pobres y cerca de Estados Unidos.

22 de enero de 2010
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la mentira que se resiste a morir


Sobreviven creencias estúpidas, pese a abundantes evidencias sobre su falsedad.
[Juan Forn] Hay dos libros que nunca faltan en los kioscos de revistas del subte porteño y que hacen que uno repare de golpe en el aire viciado que se respira ahí abajo: uno es ‘Mi lucha’, el otro es ‘Los Protocolos de los Sabios de Sión’. Esta semana tuve que ir a Buenos Aires a ayudar a mi madre con unos trámites y, en uno de mis traslados subterráneos por la ciudad, purgué el malhumor encarando a uno de esos kiosqueros para preguntarle si todavía quedaban imbéciles que compraban esos libros. Parece que sí, especialmente los Protocolos: "Será porque es más cortito, y sale más barato", me contestó el kiosquero sin que se le moviese un pelo. También podría haber citado al epónimo autor de ‘Mi lucha’, quien escribió en su epónimo libro: "El hecho de que se insista tanto en probar la falsedad de Los Protocolos de los Sabios de Sión es prueba incuestionable de su autenticidad". Notable razonamiento, teniendo en cuenta que, cuando Hitler leyó los Protocolos, ya estaba completamente demostrado su origen espurio. Pero ésa es, según la jurista Hadassa Ben-Itto (quien dejó su puesto en la Corte Suprema israelí a los setenta años para dedicarse a escribir el libro definitivo sobre el tema), la característica emblemática de los Protocolos: son "la mentira que se resiste a morir".
La primera noticia de los Protocolos data de 1903, cuando aparece por entregas en un periódico ruso llamado ‘La Bandera’. Pero la versión que ha perdurado, traducida a casi todos los idiomas de Occidente, se debe a un santón llamado Serguei Alexandrovich Nilus, que aspiraba a convertirse en el sucesor de Rasputín. Nilus incluye los Protocolos como apéndice de su libro ‘El Advenimiento del Anticristo y el Dominio de Satán en la Tierra". Allí anuncia que han llegado hasta sus manos las actas de un plan secreto para dominar al mundo, "urdido por los jefes del pueblo judío durante los siglos de su dispersión y presentado por Theodor Hertzl al Congreso Sionista reunido por él en Basilea en 1897". El zar Nicolás queda tan impresionado con la manera en que Nilus revela quiénes "manejan los hilos del mal en el mundo", que ordena que se lean fragmentos de los Protocolos en los oficios religiosos de las 368 iglesias de Moscú. Pero es otro el motivo que potenciará su difusión: un ejemplar del libro de Nilus es el único volumen que la zarina Alexandra pudo poner a salvo antes de ser ejecutada por los bolcheviques. Presintiendo su inevitable fin, la zarina dibujó en su cubierta el símbolo de la gracia divina (una cruz gamada, más conocida como esvástica) y partió a enfrentar su destino.
Así fue como los Protocolos se convirtieron en el libro de cabecera del Ejército Blanco: una edición popular, con la cruz gamada en la cubierta, se repartió entre la tropa y se leía cada noche en voz alta en todos sus campamentos. Los nobles rusos en el exilio colaboraron a su manera: realizaron también ellos su propia edición, una en Berlín y otra en París, pero traducida al alemán y al francés, y la distribuían a manera de propina entre taxistas, botones de hotel y camareros. Europa necesitaba saber que la revolución bolchevique era un paso más de la conjura judía por conquistar el mundo. Así llegamos al año 1921, momento en que Alfred Rosenberg introduce a Hitler en la lectura de los Protocolos, mientras que, desde Londres, The Times revela al mundo que los Protocolos son un burdo plagio de un panfleto antimonárquico francés llamado ‘Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu’, escrito por un tal Maurice Joly en 1864 desde su exilio en Suiza. Originales de ambos en posesión del Museo Británico demuestran inequívocamente que el texto ruso repite casi al pie de la letra la argumentación del original francés, pero adjudicando a los judíos los argumentos con que Maquiavelo demostraba a Montesquieu por qué el mal vencería siempre al bien.
El Times debía la revelación a su corresponsal en Estambul, Phillip Graves, quien a su vez la había recibido de un ex miembro de la Ojrana (la policía secreta zarista), devenido oficial del Ejército Blanco y varado en Turquía luego de la desbandada de las tropas fieles al zar. A través de este informante irrumpe en escena el verdadero artífice de los Protocolos de los Sabios de Sión: el temible Piotr Ivanovich Rachkovsky. Cuenta Danilo Kis en un extraordinario relato sobre los Protocolos, incluido en su ‘Enciclopedia de los Muertos’, que Rachkovsky había desarrollado desde sus días de estudiante un auténtico don para los anónimos injuriantes, que le ganó un lugar entre los conspiradores nihilistas de Petersburgo. Apresado por la policía zarista, no tuvo empacho en entregar a sus compañeros a cambio de un puesto en la filial de la Ojrana en París. En 1895 logró coronar su carrera con el puesto de jefe de la Policía Secreta Imperial en el Exterior, al desbaratar una organización clandestina que fabricaba bombas en un taller de los suburbios de París. Sesenta y tres terroristas fueron expulsados de Francia y enviados a Siberia por esa causa. Los deportados llevaban años bajo tierra cuando se supo que aquel taller estaba alquilado a nombre de Rachkovsky y que gran parte de los atentados anarquistas realizados por esos años en París habían sido ordenados por él, "para arrastrar a Francia hacia la duda y estimular una alianza santa de Europa con el zar en la lucha contra el judío".
Poco después, cuando cayó en sus manos un ejemplar del librito de Joly y sus informantes le avisaron que Hertzl organizaba el primer congreso sionista en Basilea, Rachkovsky fraguó los Protocolos y se los envió anónimamente a Nilus a Rusia. El resto es historia. Aquella obra maestra de la calumnia se extendió por el mundo a la velocidad de las plagas. Para cuando Hitler llegó al poder, en 1933, la editorial alemana Der Hammer celebraba con un cóctel la venta del ejemplar número doscientos mil de los Protocolos. Su traducción al inglés alcanzó los cien mil ejemplares en 1925, gracias al apoyo público que le dio Henry Ford con su libro ‘El judío internacional’. Cifra similar alcanzó la traducción italiana realizada por Preziosi y también la francesa, apadrinada con un prólogo de monseñor Junius titulado ‘Quién horada los cimientos de la humanidad’ (de esa versión francesa proviene la primera traducción a nuestro idioma).
Vale la pena señalar que la explosión internacional de los Protocolos no ocurrió antes sino después de que el Times hiciera público su origen espurio y que se hubieran publicado tres libros puntillosamente documentados confirmando esa revelación (‘Los Protocolos falsificados de Sión’, de Simon Wolf, ‘La historia de una mentira’, de Herman Bernstein y ‘Los Protocolos críticamente iluminados’, de Benjamin Segel). Pero, como dijo la venerable Hadassa Ben-Itto cuando publicó su titánico trabajo, luego de cumplir ochenta años: "Quizás equivocamos el camino, y hubiera sido más eficaz revelar la falsedad de los Protocolos a través de los pasquines de la época, anónimamente. Es triste reconocerlo, pero el antídoto contra ciertos venenos sólo puede obtenerse del veneno mismo".

22 de enero de 2010
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chile elige a magnate conservador


La elección de Sebastián Piñera como presidente pone fin a dos décadas de gobierno por una coalición de centro-izquierda, sugiriendo que Chile ha superado sus divisiones y emergido de las sombras del régimen de Pinochet.
La elección del multimillonario conservador Sebastián Piñera como presidente de Chile es un hito democrático para ese país, tal como la elección del presidente izquierdista Mauricio Funes en El Salvador el año pasado. Como Funes, Piñera es más moderado que los partidos que lo apoyaron y, por eso, fue capaz de sacar al país de su violento pasado y profundas divisiones. Asumirá el cargo después de dos décadas de gobierno por una coalición de centro-izquierda, en otro signo de que Chile ha emergido de entre las sombras de la dictadura del general Augusto Pinochet.
Piñera sucede a la popular presidente Michelle Bachelet, que no pudo postular a un segundo mandato, prohibido por la Constitución chilena de después de Pinochet. Su elección no señala tanto un giro nacional hacia la derecha como la fatiga de una coalición desordenada que ha gobernado desde el retorno de la democracia en 1990.
El rival de Piñera, Eduardo Frei, que ya fue presidente entre 1994 y 2000, fue un poco interesante candidato elegido por cúpulas políticas antes que en primarias. La coalición ha sido también ampliamente criticada por llenar puestos de gobierno de acuerdo a cuotas antes que por méritos. Piñera respondió con la promesa de preferir a "los mejor preparados, los más honestos y los más dedicados" para su gobierno.
La economía chilena se ha desempeñado mucho mejor que la mayoría de los países latinoamericanos durante la recesión global, en parte gracias al fondo para los años de vacas flacas que llenan los beneficios de la exportación del cobre. Piñera, un economista educado en Harvard, ha prometido mantener el papel del estado en la economía y que no desmantelará el popular programa de protección social del país. Esta es una posición moderada para la elite económica latinoamericana. Sin embargo, lo que todavía preocupa a algunos chilenos son los vastos intereses económicos personales de Piñera en la economía nacional, particularmente las Aerolíneas LAN y el canal de televisión privado Chilevisión. Rechaza las comparaciones con el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, un magnate de los negocios que es acusado de utilizar los medios que controla para fomentar su carrera política y al revés. Piñera dijo que ha formado un fideicomiso ciego para gestionar la mayor parte de su riqueza y prometió deshacerse de sus participaciones en el consorcio LAN -un paso que también debería considerar con su inversiones en medios.
Es alentador que los chilenos hayan votado por temas de gobierno antes que por la historia. Esperamos que Piñera continúe guiando a Chile en su superación de los traumas de los años de Pinochet, en cuyo régimen murieron o desaparecieron más de tres mil opositores políticos. Dijo que no nombrará a ex funcionarios de Pinochet en su gobierno. También esperamos que empuje a los militares a cooperar en casos de derechos humanos de esa era que todavía se arrastran en tribunales, de modo que ese capítulo pueda ser finalmente cerrado.

21 de enero de 2010
19 de enero de 2010
©los angeles times
©traducción mQh
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impunidad es inadmisible


Porque un Estado de Derecho nunca puede admitir la impunidad.
[Ana María Figueroa] Resulta necesario hacer un balance del primer juicio sobre lesa humanidad, después de más de cuatro meses de debates en la Ciudad de Rosario. Nadie duda hoy, que éste es el primer juicio más importante de la historia de nuestra sociedad, que su decisorio será esencial no sólo para las víctimas, sino para dejar establecido que un Estado de Derecho no admite la impunidad, porque cuando sucede siempre será sancionada.
Debe destacarse que el juicio, investigación de los hechos que sucedieron durante la dictadura militar, fue posible en gran medida por la persistencia de los actores ubicados en la "vereda" y en el público de los Tribunales Federales de calle Oroño. Compuesto por un colectivo de víctimas, familiares, ONG de DH, ciudadanos comprometidos con la democracia y los derechos humanos, que formaron parte activa de todo este proceso y fueron poniendo de relieve las singularidades de este juicio, donde como colectivo, comparten unos y otros desde las tristezas, recuerdos, hasta las preocupaciones de cómo están física y afectivamente cada uno de ellos y el compromiso por la verdad y la justicia.
Las abogadas que representamos a las querellas, que estamos "adentro" en el debate, también fuimos conviviendo e intercambiando opiniones y saberes, dando lo mejor de cada uno para que cuando se dicte el fallo, hayamos podido estar a la altura de lo que la historia espera de nosotros y acorde a los precedentes de la Corte Suprema de Justicia y las políticas sobre derechos humanos que se vienen desarrollando en el país, con riguroso respeto a lo más avanzado del derecho internacional en la materia.
El Tribunal Oral Nº 1 que tiene a su cargo la dirección del juicio, también fue actuando y decidiendo en función del rol histórico que le cabe cumplir, se fue dando paso a mayor flexibilidad porque se comprendió la carga dramática histórica y social que tenían en sus manos. Creo que nunca los jueces habían escuchado tantas violaciones a los derechos humanos juntas en el desarrollo de un juicio, tantos testimonios con absoluta dignidad de las víctimas y familiares, que muchas veces traía un silencio absoluto en la sala y otras terminaba con un cerrado aplauso desde el público en reconocimiento y solidaridad a esos ciudadanos anónimos que sufrieron torturas que los marcaron para siempre, sólo por ser una dirigente docente con compromiso social, o una enfermera que llevaba la carta de Rodolfo Walsh en su cartera, o un ciudadano que pensaba distinto, o por tener un accionar cristiano a favor de los más vulnerables.
Se ha reunido una gran cantidad de pruebas sobre los delitos perpetrados de desapariciones forzadas, ejecuciones sumarias, torturas, privaciones ilegítimas de la libertad, producidas desde la cúpula del Segundo Cuerpo de Ejército, dentro de un plan sistemático y con la participación de las demás fuerzas de seguridad, en los centros clandestinos de detención -CCD "Quinta de Funes, Escuela Magnasco, La Intermedia, La Calamita y Fábrica Militar de Armas", que funcionaron en la ciudad de Rosario y su zona, estando programado a partir del 2 de febrero de 2010 los alegatos de las querellas, fiscalía, defensores y con total respeto al debido proceso, se culminará con la sentencia del Tribunal.
Todos hemos aprendido, pero lo que es necesario recordar e insistir que una sociedad tiene la obligación jurídica y ética de investigar, permitir el acceso a la justicia de las víctimas sin demoras, poner a disposición el aparato jurisdiccional del Estado para llegar a la verdad, para que ningún crimen de lesa humanidad pueda quedar impune. Es una exigencia constitucional y convencional, pero además es la única manera en que las sociedades vamos a poder seguir avanzando si pretendemos pertenecer al mundo civilizado.
La experiencia de Argentina en la materia es un ejemplo para el resto del mundo, fue durísimo deconstruir la impunidad que se instaló desde la recuperación de la democracia con la sanción de las leyes de obediencia debida y punto final, los decretos de indultos ; por eso la decisión con los fallos de la Corte Suprema -Casos Simón y Mazzeo y la sanción de leyes que colocan la supremacía constitucional donde siempre debió estar, permitió jurídica y éticamente asumir las obligaciones internacionales del respeto a los tratados sobre derechos humanos y continuar con el enjuiciamiento de los juicios de lesa humanidad.
Las alquimias jurídicas y políticas de leyes de impunidad -indultos, obediencias debidas, desincriminación de crímenes de Estado , sólo postergaron los enjuiciamientos, pero ha demostrado una vez más que dicha impunidad no oculta los crímenes, sino los agiganta, configurando un legicidio intolerable, por eso debemos estar alerta cuando voceros de la derecha que gobierna distritos relevantes del país, pretenden mediatizar la idea de que es posible llamar a un plesbiscito para instalar nuevamente la impunidad de los crímenes de lesa humanidad y paradojalmente declaman que están preocupados por la seguridad. En un Estado Constitucional de Derecho la impunidad siempre debe ser erradicada, la de ayer y la de hoy, pero no será posible abordar los delitos del presente, si dejamos los crímenes de lesa humanidad en el olvido. Memoria, Verdad, Justicia y Reparación es el único camino.

Doctora en Ciencias Jurídicas y Sociales- UNL. Doctora en Derecho UNR. Abogada por la querella Secretaría de Derechos Humanos y de particulares.

17 de enero de 2010
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inventario de terroristas en eua


¿Y cuándo se hará el inventario de los terroristas que radican en EE.UU.?
[José Alejandro García Rosquete] Estados Unidos, el país que pretende buscar, de manera absurda, terroristas de Al Qaeda en vuelos procedentes de Cuba, es el santuario privilegiado de una importante colonia de terroristas, torturadores, esbirros y mandatarios asesinos.
Además de haber iniciado, orientado, financiado y manejado el terrorismo contra Cuba a través de sus órganos de inteligencia o de grupos miamenses, cuya existencia han fomentado; Estados Unidos ha alentado, apadrinado o inspirado actividades ilegales a lo largo del continente, cuyos autores luego ha albergado.
Desde Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, autores confesos de la destrucción en vuelo de una aeronave cubana en 1976, con la muerte de sus 73 pasajeros, hasta los autores de actos de terrorismo contra gobiernos progresistas de la América Latina de hoy, Washington nunca se ha ofendido de ver aparecer en su territorio autores de conspiraciones asesinas o individuos criados o reclutados por sus servicios para sembrar la muerte.
Acerca de Posada, la red Internet está repleta de sus confesiones y de relaciones de sus crímenes ya sea como instructor de terroristas en los Everglades, el comisario policial Basilio en Caracas, narcotraficante suministrando armas a la contra nicaragüense, autor de múltiples planes de magnicidio o promotor de actos de terrorismo en territorio cubano.
De su cómplice Orlando Bosch, un pediatra psicópata, los archivos de los años 60 de la prensa miamense reflejan sin tantos escrúpulos sus "hazañas" como jefe del terrorista MIRR, del "Ejército cubano anticomunista" o de "Acción Cubana".
Fue jefe, siempre por decisión de la CIA, de la terrorista Coordinadora de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), cuyas operaciones figuraron entre las más sangrientas de toda la historia del terrorismo en el continente.
El 28 de julio de 1960, Bosch llegó a Miami con una visa de 30 días. Pero 50 años después, burlándose de la Justicia venezolana y disfrutando como Posada y muchos otros de la protección activa de la CIA y de los politiqueros mafiosos, se cura de senilidad intermitente en un bungalow de Hialeah.

Una Lista Interminable de Asesinos
Es interminable la lista de los terroristas radicados hoy en Estados Unidos, que conspiraron y actuaron contra Cuba con las técnicas enseñadas en las academias USA del terror y que siguen beneficiándose de la complicidad o de la condescendencia del aparato, que hoy hace listas de naciones.
Ya con la caída de la dictadura pronorteamericana de Fulgencio Batista, los asesinos cubanos más repugnantes, tales como Esteban Ventura, Rolando Masferrer, Julio Laurent, y Pilar García, encontraron de inmediato refugio en la Florida, donde vivieron lujosamente con el dinero robado al Estado a su salida de la Isla.
De los años de la estación CIA de Miami, la multimillonaria JM/WAVE, surgió el enorme contingente de gángsteres que la agencia recicló, después de Playa Girón, en elementos claves de sus operaciones continentales, tanto con la DISIP venezolana como en las filas de la policía secreta del dictador chileno Augusto Pinochet y en los aparatos de represión de distintos regímenes, a los que otorgó un apoyo inconfesable.
Desde los hermanos Novo Sampoll, Pedro Crispín Remón Rodríguez y Gaspar (Gasparito) Jiménez, hasta Reinol Rodríguez, Antonio (Tony) Calatayud, Nelsy Ignacio Castro Matos, Roberto Martín Pérez y Sixto Reinaldo Aquit Manrique, Héctor Francisco Alfonso Ruiz, alias Héctor Fabián, y Ángel Alfonso Alemán, son decenas y decenas de asesinos, que siguen ahí con estatuto de intocables.

Asesinos Pinochetistas y Golpistas Venezolanos
La lista de estos terroristas, torturadores, esbirros y mandatarios asesinos hospedados y amparados por Estados Unidos es aún mucho más larga. Se extiende desde torturadores del régimen militar argentino hasta agentes pinochetistas, tales como Michael Townley, asesino con los hermanos Novo del canciller chileno Orlando Letelier.
Entre muchos otros militares fascistas salvadoreños, el capitán Álvaro Saravia asesino del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, quien se ha beneficiado de la hospitalidad estadounidense.
Mercenarios de la contra nicaragüense y Tonton Macoutes de Haití también aparecen en este inventario, que queda por completar e investigar.
Cuando se considera a Venezuela revolucionaria, aparecen en Miami torturadores como Joaquín Chafardet; auténticos fascistas como Salvador Romaní y Ricardo Koesling; los ex agentes de la DISIP Johan Peña, Pedro Lander, José Antonio Guevara, quienes participaron en el complot de asesinato del ex fiscal Anderson, al lado de Patricia Poleo, también refugiada en la Florida.
Carlos Andrés Pérez, CAP como le dicen sus allegados, primer responsable de la represión contra la sublevación popular venezolana de 1989 conocida como El Caracazo, está hoy exiliado en Estados Unidos.
Torturador y asesino de la policía secreta bajo CAP, Henry López Sisco está vinculado a una larga sucesión de asesinatos, desapariciones y abusos desencadenados en los años 70 para eliminar a grupos de jóvenes rebeldes.
Alfredo Peña, el ex alcalde del Distrito Metropolitano de Caracas quien se hizo responsable de las muertes ocurridas en esta ciudad en abril del 2002 también se esconde en EE.UU.
También están en Miami los golpistas Carlos Fernández, ex jefe de Fedecámaras, y Daniel Romero, que leyó en público el decreto que suspendía la Asamblea Nacional y las instituciones democráticas.

Goni Conspira con los Millones Robados
El ex mandatario boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni) fue responsable de una represión genocida contra el pueblo en el 2003, que costó la vida de 67 civiles y más de 300 heridos de bala.
Desde el territorio estadounidense, Goni se dedica ahora a financiar movimientos contra el Gobierno del presidente Evo Morales.
Hugo Achá Melgar, identificado como el representante en Bolivia de la Fundación Human Rights (FHR), financiador de la pandilla terrorista desarticulada el día 16 de abril del 2009 en Santa Cruz, mientras urdía el asesinato de Evo, también ha escogido el camino de Estados Unidos como varios personeros de la misma filiación.
Sin ningún argumento Washington difama a Cuba, mientras se queda de brazos cruzados ante los terroristas y promotores confesos del terror dentro de sus propias fronteras.

17 de enero de 2010
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rechazo del revisionismo histórico


Autor rechaza intentos revisionistas en la interpretación del periodo dictatorial más reciente en la historia argentina.
[Horacio González] Cada vez que una voz se levanta reclamando amnistía para las personas incursas en terrorismo de Estado, esa cosa no penetra. Queda deshecha en el umbral. Pero debemos saber dónde ahora se halla. Al acecho, ahí mismo. En el umbral. Comprobamos, en tanto, que existe en la sociedad argentina una reserva anímica trascendente. Es la que sostiene con demostrada fe las acciones reparadoras de la Justicia. Deben mencionarse los actos practicados en el ya distante momento de Alfonsín hasta los que tienen lugar en el tiempo que transcurre de nuestra actualidad. Por lo tanto, estas políticas de justicia histórico-reparatorias pertenecen a un ciclo entero de nuestros dificultosos asuntos públicos, y los definen por encima de ninguna otra cosa.
La Justicia, con sus laboriosos andamiajes, no procede por heroísmo ni excepcionalidad, sino que está fundada en comprobaciones esenciales: primero sobre la materia real de los hechos; luego, sobre el estado de la opinión social. En cuanto a esto último, abundan los indicios diarios de que en este momento del curso histórico, una porción mayoritaria de la población del país sigue sosteniendo una interpretación que se enraíza en la reprobación inmediata a lo ocurrido, en las décadas pasadas, en las tinieblas del Estado. Sigue el activismo en torno de nombres, monumentos y discursos cotidianos. Sin embargo, es hora de no descansar sólo en ellos. Es hora de volver al plebiscito cotidiano. Al memorial de las mayorías explícitas, con sus certidumbres heredadas. Pues intentan agrietarlas.
El reciente episodio de las declaraciones de Diego Guelar compone un nuevo ensayo, por el momento frustrado, para rever los cimientos últimos de una historia. Hace tiempo han comenzado los ataques revisionistas a la interpretación sobre los años dictatoriales, cuyo objetivo es la perseverante vigencia que mantiene la crítica al "terrorismo de Estado". Se publican libros que sin tener –algunos de ellos– la particularidad de tomar partido directo por las fuerzas represivas actuantes en ese momento, se lanzan a figurar la idea de que los grupos insurgentes estaban integrados por fríos calculadores de acciones irracionales, excitados por la vindicta y la demasía. Una época entera, si estas publicaciones tuvieran éxito en su prédica, podría resquebrajarse en su significación última con los golpes que se propinan a su tejido íntimo y moral.
Pero existen las reservas anímicas. En los márgenes, ellas actúan también culposamente, revestidas de tácticas y presiones que no se atreven por el momento a declarar lo que son, convirtiendo en enredos lo que parecerían iniciativas adelantadas. Veamos al caso del PRO, que ha salido a desmentir a Guelar, uno de sus miembros, que reclamó una amnistía, a tono con el crecimiento de la campaña revisionista. ¿Qué significa esto? El PRO, como bien conjetura Ricardo Kirschbaum en su editorial de Clarín del pasado domingo 3, es un partido con componentes heterogéneos y ausente de "ideas centrales". Efectivamente, "un cóctel explosivo", como dice el articulista. Pero más que eso, el PRO es un partido forjado con el magro saber cabalístico de gerentes y empresarios, donde el asesor de imagen cumple el antiquísimo papel de director de conciencias, y el agente publicitario, el de nigromante. ¿Era necesario advertirle al PRO que de este modo, en tanto "cajón de sastre", no es un partido homogéneo, lo cual "puede ser mortal para la política a largo plazo"?
Cierto, pero se pasa por alto que la fundación de partidos como éstos –que son nuevos y ya nacen viejos– tiene como función eminente la de ser el cobertizo que guarde los arietes para la tarea de horadar la historia y revisar los actos civilizatorios sobre cuyos rieles deben correr los capítulos sucesivos de la vida nacional. Más que un partido, entonces, el PRO tiene la forma necesaria de otra cosa: es la lanza, la sigla que carga secretamente el pensar no declarado de un importante arco de políticos y de algún modo de un amplio sector enmohecido del sistema partidario.
Esta es la realidad de agrupamientos de esa índole y su discusión interna es tan solo ésa: ¿cuándo decimos realmente lo que somos? Incluso si sus miembros no perciben claramente el núcleo verdadero que subyace, engatusados por su misma publicidad. Así, están obligados a pedir disculpas en todo momento por no comprender ellos mismos el "tempo" en que deben declarar su identidad profunda. Si de golpe se mostraran en su propio rostro patético, simultáneamente se desarmarían. Piensan: ¿es ahora que debemos decir lo que realmente somos? ¿Y decirlo en forma directa? ¿Quizás oblicua? ¿A la manera de Posse? ¿Con la amnistía en ristre? Son preguntas de un ensamble oportunista de ensayo-error. Parece un partido y son un síntoma. Deben decir algo que los ha fundado en lo profundo, pero es "algo" que tampoco saben si va a ser acompañado por la masa incierta y numerosa de sus votantes que flotan entre el meticuloso recelo y el sobresalto exacerbado.
La paradoja del PRO es que deben ser ideológicos al pronunciarse definitivamente sobre lo que son, y al mismo tiempo han dicho que no se debía hablar más de cosas como "ésas". Encarnan la necesidad de decir lo que no saben ni cómo ni cuándo decir. Y esto por el modo en que han destruido voluntariamente su propio lenguaje político. Lo que importaría, entonces, no es darles consejos "politológicos" al PRO, como lo hace
Kirschbaum. Importa percibir qué contiene su amorfa, gaseosa trama contradictoria. Ella pertenece exclusivamente al proyecto que se insinúa en los pliegues secretos de la sociedad argentina, para dar curso a lo que proponen tantos libros de investigación que abonan las tesis del "gobierno montonero". El instrumento que ofrece el PRO no cuaja, pero es eficaz sintomatológicamente. El resultado será impreciso a la hora de las definiciones. No importa. Ya aparecerán otros intentos. Sin que se pueda poner las manos en el fuego por un reciente autopresidenciable, cuyo papel en la historia podrá ser el de desleal y felón revisor de cuentas de una historia, para encaminarla a un oprobioso retroceso. Eso, si este hombre encuentra módicamente distraído a su partido de origen o si éste se lo permite, ya que dio notables juristas en la época en Juicio a los Comandantes.
La reserva anímica existente en la población, con todo, no es un caudal estancado y a disposición de los mausoleos de la historia. Se rehace en el juego vivo de los acontecimientos y nunca está fija. Es y será motivo de querella o de intervenciones como las que estamos presenciando. Nunca se establece en punto ninguno. Pues así como siempre intenta ser instituida, toda memoria supera sus propios límites y se convierte en jornadas críticas, tan sólo sostenidas en una voluntad impalpable aunque sólida, donde hay mucho que defender en medio de núcleos humanos en constante demanda de significados nuevos. Nada grave: lo podemos ver en lo que muestra un ciclo entero transcurrido en el cine argentino de masas. En lo que va desde ‘La historia oficial’ a ‘El secreto de tus ojos’ se muestra el camino recorrido por un vasto colectivo popular de públicos, conciencias y emociones. Si en el primer film se retrataba el drama de una familia de apropiadores y la Justicia lejana aparecía bajo la forma de esa escisión fundamental, confiada al libre examen de las conciencias, en el segundo film –a ambos los separan casi un cuarto de siglo– la escisión se considera ahora dentro de la cercana Justicia y del Estado, dentro del que están los personajes. Mientras, alguien hará justicia por su propio impulso.
La cuestión de la Justicia en el film de Campanella, que relata un acontecimiento ocurrido antes de los que toma en consideración Puenzo, atiende una dimensión de lo público que se resuelve ya sin apelación a la autorreflexión. Basta con un llamado final a un contenido juego amoroso. De una película a otra –no las juzgamos aquí como obras artísticas, que lo son, sino como inmanencias de la conciencia colectiva–, recorrimos un arduo camino en términos de la reserva anímica. Se mantiene, pero ha mutado. Se dirige ahora hacia zonas de riesgo y está intimada.
Por lo mismo, pues la reserva anímica tiene nervaduras sólidas, la conciencia social en sus contrapuntos y desfasajes ha dado obras novelísticas, ensayos y cosmovisiones morales que indican la autonomía creadora con la que se dirime el tema, lo que también es una barrera contra los publicistas de la revocación de la historia transcurrida, con sus mojones ya enjuiciados, y que no por eso dejan de seguir transcurriendo buscando perfeccionar su expresión de justicia. No de escarmiento ni desquite.
La sociedad argentina íntimamente contusa en sus credos públicos y privados ha hecho un gran aprendizaje del que le cabe ahora dar cuenta, pues es momento de duro debate y también de conclusiones aguzadas. Todos saben que los lenguajes intensos de una época son enjuiciados por la siguiente y no pueden reiterarse. La crítica a esas voces irredentas, eternos jóvenes del inmediato pasado, en lo sustancial ya está hecha. Pero aún se busca que la naturaleza de esa crítica deje pudorosamente abiertas las fuentes de la laceración, únicos signos no políticos, hoy, de su veracidad. Todo recuerdo es un balance púdico, un saber irreproducible. Salvo para la vida pública y su capacidad conmemorativa, que siempre está activa pero que no sustituye la reflexión íntima, el vivo recogimiento colectivo es lo que finalmente conforma la reserva anímica democrática de una sociedad. Tal reserva es porosa, no granítica.
Ahora, abierta la brecha de los revisionistas para interpretar al Gobierno como poseedor de un pasado impropio (supuesta autoadjudicación que le critican) o como continuador impropio del pasado (también se lo adjudican), estamos ante un juego complementario que finalmente intenta dejar nuevamente desprotegidos, olvidados y en peligro a los muertos; ellos, calladas voces frente a las que podemos ser remisos, pues sólo nos ofrecen un camino nuevo en el recuerdo, aunque no del modo en que quizá lo pensaron en vida. Ellos están amenazados. Mucho más lo estarían si la existente reserva anímica, social y memorística se rasgase por la omisión de quienes sí saben de qué se trata. Lo saben pero no lo creen primordial ante la compulsiva necesidad de embestir al Gobierno. Pero una política de derechos humanos al fin y al cabo no puede sustituirse por otra. Si triunfasen los conmutadores de penas, los que quieren montar gigantescos tribunales de casación, los que quieren invitar a la construcción de un pueblo amnésico al costado de eternos rallies, ya no habría apenas un gobierno rendido, sino que los túmulos conocidos o desconocidos de los muertos estarían nuevamente en la picota.

El autor es sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.

10 de enero de 2010
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matar para vivir


En Francia, los hijos de los verdugos no podían asistir a la escuela y debían casarse con primos.
[Juan Forn] Ese hombre que vemos bajar las escaleras del metro de París obsesionó de tal manera a Roberto Arlt en sus últimos años que mereció cuatro crónicas de las que escribía semanalmente el autor de ‘Los siete locos’ en el diario El Mundo, a su regreso de la Guerra Civil Española. El hombre en cuestión se llamaba Anatole Deibler, era un discreto vecino del barrio de Auteuil, aficionado a su jardín, al ciclismo, al casamiento de su única hija y a la misa dominical, pero la razón por la cual Arlt escribe repetidamente sobre él es porque Deibler les cortó la cabeza a cuatrocientos condenados a muerte como Verdugo Oficial de Francia.
Hoy es fácil escribir sobre Deibler. Basta googlearlo en Internet y armarse de un poco de paciencia para encontrar hasta fotos de su coqueto petit hotel en Auteuil (en cuyo amplio galpón guardaba, de-sarmadas, las dos guillotinas con que ejecutaba a sus víctimas: una portátil, cuando le tocaba trasladarse a provincias, y otra de mayor tamaño, que usaba para sus asignaciones parisinas), reproducciones facsimilares del diario íntimo compuesto de veintisiete cuadernos donde registró protocolarmente cada ejecución (rematados hace días en París en más de cien mil euros) o la interna familiar que enemistó a su yerno y a un primo político de Deibler en la lucha por quedarse con el puesto de verdugo cuando éste murió en 1939, de un ataque al corazón, en un vagón del metro de París. Arlt no contaba con ninguna de estas facilidades cuando escribía sus crónicas en su escritorio de la redacción de El Mundo, basándose en escuetos cables de cinco o diez renglones y presionado por la hora de cierre. Sin embargo, el Anatole Deibler que construye en esas crónicas contra reloj es más vívido que el descrito por Gérard Jaeger en las trescientas páginas de su libro ‘L’homme qui trancha 400 têtes’.
Arlt repara en Deibler por primera vez en 1937, cuando éste se niega a guillotinar a una tal Josephine Mory, condenada a muerte por asesinar a su hija horas después de que ésta diera a luz. El cable que lee sólo informa que Deibler se ampara en su contrato, donde figura explícitamente que no ejecutará a mujeres. El Estado francés no puede hacer cumplir la sentencia porque las únicas dos guillotinas existentes en Francia son propiedad de Deibler y el verdugo suplente es su yerno. Arlt describe con truculencia que la negativa de Deibler se remonta a sus tiempos como asistente de su padre, cuando les tocó ejecutar en días sucesivos a dos mujeres: después de cortarle la cabeza a la segunda, Deibler padre se presentó ante el ministro de Justicia y lo horrorizó poniendo sobre su escritorio la cuchilla "con pedazos de piel y mechones de cabello aún adheridos a ella". Arlt sabía que, entre los deberes del verdugo, figuraba ser dueño de su propia herramienta y responsable de su transporte, armado y desarmado en el lugar de la ejecución, así como de correr con las gastos de la reparación si se estropeaba. Arlt sabía que Deibler había heredado de su padre el cargo de verdugo, pero dudo que supiera que su madre era hija del verdugo de Argelia. Y que eso se debía a que, por ley, los verdugos no podían practicar otro oficio y sólo se les permitía casarse con miembros de su misma familia o de la familia de otro verdugo (de hecho, eran los únicos autorizados por ley a casarse entre primos). Tampoco podían mandar a su prole a la escuela: razón por la cual los hijos varones empezaban muy temprano a trabajar como ayudantes de sus padres y luego heredaban el cargo, cuando éstos morían o se retiraban.
Difícil que Arlt supiera que el verdugo no disponía de salario (se le pagaba por "comisión"), que el Estado francés no quería tenerlo como funcionario sino apenas como agente contractual (lo que en la jerga capitalista actual se denomina "tercerizado"). De hecho, no aparecía en los libros de cuentas de la nación. Sin embargo, cuando Arlt imagina la última jornada de la vida de Deibler, lo describe caminando hacia la boca del metro donde morirá minutos más tarde, maldiciendo en partes iguales al frío de esa mañana de febrero y a Paul Reynaud, ministro de Finanzas francés, que le negaba "cuatrocientos mil francos de jubilación" con el pretexto de que "se avecinaban tiempos de economía de guerra". La información con que contaba Arlt esta vez era el cable que anunciaba la muerte de Deibler, de un ataque al corazón, camino al trabajo.
Dudo que en la redacción de El Mundo hubiera fotos de Deibler. Sin embargo, Arlt acierta hasta en la descripción física de la escena: "Para los que se cruzaban en su camino, el verdugo parecía un conferenciante de la Sorbona más que un cortador de cabezas". Miren ahora la imagen que ilustra esta página, tomada del libro de Jaeger. Arlt incluso habla del "dulce morir de monsieur Deibler": parece un epígrafe para la foto. Sólo le habría faltado agregar, para completar el retrato, que los franceses de aquella época creían que traía suerte toparse con Deibler (la gente que pasaba por su casa no se retiraba sin antes rozar el pomo de la puerta, y hasta le pedía consejo para comprar número de la lotería).
Arlt quería creer que con la muerte de Anatole Deibler se acabaría la guillotina. De hecho, las columnas que escribía en esa sección del diario El Mundo tenían esa función. Convencido, al retornar de Europa, de que se avecinaba un trágico fin de época en todo el planeta y que era su función abrirles los ojos a los lectores argentinos, abandonó sus aguafuertes sobre Buenos Aires e inventó la sección "Al margen del cable", donde elegía qué cablegramas comentar de los que llegaban del exterior ("Su modo de leer esos cables es extraordinario. Arlt amplifica, expande, asocia y cambia de contexto las noticias que recibe. Y así las revela, las hace visibles", dice Ricardo Piglia en el prólogo de ‘El paisaje en las nubes’, el extraordinario libro que reúne esas crónicas). Se ha hablado muchas veces del poder visionario de Arlt (que le permitió anticipar, entre otras cosas, la obsesión esotérica de Hitler o el advenimiento de López Rega). Pero en el caso de la guillotina no acertó. Aún muerto Deibler, la cuchilla siguió cercenando cabezas hasta el año 1977. Para entonces, el yerno de Deibler ya había pedido el retiro (obligado por el mal de Parkinson) y su sucesor, un tal Marcel Chevalier, se encargó de las dos últimas sentencias de muerte que se ejecutaron en Francia. El hijo mayor de Chevalier, de quince años, fue testigo de ambas. Su padre quería que comenzara a familiarizarse con el puesto que eventualmente heredaría. No tuvo esa desgracia: la pena capital fue finalmente abolida en Francia en 1981, por François Mitterrand, con Robert Badinter como ministro de Justicia.

9 de enero de 2010
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exceso de verdad


¿Puede haber exceso de justicia o de verdad?
[José Pablo Feinmann] "Seamos claros: soy nazi." Así empieza un texto de Ignacio B. Anzoátegui. Autor católico, furioso antimarxista, antiliberal, pluma ágil, acerada, sabía herir fieramente con sólo una frase: "Dijo Gobernar es Poblar. Y nunca se casó" (sobre Alberdi en ‘Vidas de muertos’). Hoy está olvidado, pero muchos lo recuerdan y veneran. La frase Seamos claros: soy nazi es un ejemplo de algo que llamaremos verdad incondicional. Al falangista y nazi Anzoátegui no le preocupan los condicionamientos de la verdad. Sólo le importa decirla. Una verdad –sobre todo en política: Anzoátegui era un ideólogo y un político– se pronuncia en medio de múltiples condicionamientos. Está condicionada por el tiempo: ¿es el momento de decirla? Ese momento está condicionado por la circunstancia que atraviesa el partido político en que se ubica el que dice la "verdad". De aquí que los intelectuales se sientan excesivamente condicionados dentro de los partidos políticos. "Guárdese este artículo, che. Por ahora no podemos decir eso. No podemos –escuche bien– ni que se sospeche que lo pensamos." "Pero yo lo pienso ahora y quiero decirlo ahora." "Oiga, idiota, usted se metió en un partido. El que decide cuándo hay que decir algo es el partido. No usted. O lo entiende o se va." El momento de una verdad no es, entonces, el que surge de la conciencia del intelectual orgánico, sino de la coyuntura del partido. Vivimos en medio de complejas tramas históricas. En cada una de ellas hay cosas que se pueden decir, otras mejor no.

Me refiero al error-Posse. Macri decide ponerlo en un cargo de alta jerarquía. ¿Sabía quién era Posse, qué pensaba? Por bien de Macri debemos postular que sí. La otra postulación –que no sabía nada– es absurda o lo arroja al dilatado universo de la política en tanto vaciedad o bobería. Dejemos de lado la bobería. Concentrémonos en la política en tanto vaciedad. Macri podría decir que es la que él ha prometido y desea ejercer. Recordará que se presentó ante el electorado como un buen administrador, como un exitoso hombre de negocios, talento que le venía de un linaje familiar que su padre expresaba lustrosamente, un poco a lo Corleone, pero, ¿a quién le importa? La política alla Corleone es una de las grandes caras del capitalismo actual y saber manejarse en sus sombríos y, con frecuencia, sucios y hasta peligrosos laberintos es un arte no desdeñable. Todo buen administrador debe conocer ese arte. El corleonismo no tiene ideología. Sólo quiere hacer negocios en un medio fértil y que otorgue seguridad, la seguridad que ha pedido ese señor norte-americano que no hace poco vino al país para declararlo inseguro. Lógico: si está gobernado por guerrilleros sedientos de venganza, fue su mensaje subterráneo, que se cuidó de decir. Porque se podía decir una verdad. Pero no toda la verdad. Acaso diciendo una parte se adivine la otra. Así, Macri fue –hasta no hace mucho– el administrador pulcro. No le salía una, es cierto. Pero tampoco incurría en estridencias ideológicas que señalaran que no era lo que decía ser: un apolítico que viene a administrar una empresa. Si le creemos esto podríamos creerle que poco sabía de Posse. Que lo puso porque pensó que haría una gestión adecuada. Porque la política ya no es política, ya no es ideología, es gestión. "Venga y gestione, doctor Posse. Gestione la educación."

Poco tiempo antes le había pedido a un policía con pinta de duro que gestionara la policía y el orden en la ciudad de Buenos Aires. Caramba, lo que es buscar sólo la eficacia sin prestarle atención –por secundarias– a otras facetas de aquéllos a quienes se les pide esa eficacia. Sucedió que este policía había sido eficaz pero por medios no convencionales. O tal vez demasiado convencionales. Porque, ¿qué es lo convencional? Primera posibilidad: ¿Arrestar a un sospechoso y torturarlo hasta hacer de él no un sospechoso sino un culpable, tal vez muerto, pero culpable al fin? Segunda posibilidad: ¿O arrestar a un sospechoso, considerar que es inocente porque no se ha demostrado su culpabilidad, respetar sus derechos humanos (que son los de los ciudadanos ante los posibles excesos del Estado y no al revés), buscarle un abogado y luego juzgarlo? Nos guste o no (y no nos gusta), la convencional es la primera posibilidad. De aquí que los derechos humanos sean para los delincuentes y no para los policías. La derecha suele indignarse por eso. Sucede que es ignorante o finge serlo. Los policías son parte del Estado. Todos pagamos para que el Estado tenga policías, les dé casa y comida y los destine a protegernos. Al policía lo protege el Leviatán. Nada menos. Pero el Leviatán suele ser brutal, suele vejar a quienes atrapa, suele torturarlos para arrancarles confesiones o lo que sea. Para esta gente –en conocimiento de esas situaciones– se han creado los organismos de derechos humanos. Hay que entenderlo. Porque no hay gobernador de la provincia de Buenos Aires que haya asistido al sepelio de un policía muerto en un enfrentamiento con delincuentes a quien no se le parara al lado un comisario temible y, señalando al muerto, no le preguntara: "¿Y para él? ¿No hay derechos humanos para él?". No, él tiene que respetar los derechos humanos. El es el Estado. Y a él, como parte del Estado, es el Estado el que debe cuidarlo. Es así. Lo demás es escoria ideológica fascista que está diciendo: "Si los subversivos de los organismos de derechos humanos no se ocupan de los policías que mueren es porque están a favor de la delincuencia. Si los policías no tienen derechos humanos, no tienen por qué concedérselos a los delincuentes". Que es lo que quieren demostrar los amigos del gatillo fácil y la picana. Como el error-Posse. Que hasta eso defendió. A la policía del gatillo fácil.

Posse dijo la verdad. Dijo la verdad que no había que decir. La que desnudó a todos. En primer lugar, a Macri. No es un pulcro hombre de gestión. Tiene ideología. Está atiborrado de ideología. El otro candidato era el rabino Bergman. Habría sido fascinante escucharlo. Tuvo una idea genial, claro que sí. No a cualquiera se le ocurre la propuesta de reemplazar en el Himno la palabra libertad por la de seguridad. A algunos les habrá gustado. Pero muchos fachos antisemitas se habrán encendido de furia: "No se puede sumar a los judíos a nuestra causa patria. Apenas toman algo de vuelo ya nos quieren cambiar el Himno".

Posse cayó víctima de la verdad incondicional. No quiso condicionar su palabra. Largó lo que sentía y lo que pensaba. ¿Macri lo autorizó? ¿Pensó que el ambiente ya estaba maduro para un tipo así? ¿Le dijo dale, largate que no pasa, que ya es hora de decir las cosas de frente? Posee las dijo así. De frente. Que el gobierno es troskoleninista. Que está lleno de guerrilleros, que ese resentimiento los lleva a juzgar a los militares, que se incurre en un "exceso de justicia". Lo meritorio de Posse es que dijo lo que toda la derecha piensa y no dice o lo dice con veladuras, con cautela, con esprit de finesse. Posse es a Macri lo que Cabildo a Morales Solá. Tengo un par de amigos en el Ministerio de Defensa que me han confesado su metodología: para entender qué quieren realmente decir, decir a fondo, los artículos de Grondona y Morales Solá los cotejan con los de Cabildo. Pero, qué cosa con este gobierno de Cristina Fernández. Confunde a tantos. Me llegó un mail de un aprendiz de politólogo en el que se propone a la militancia aguerrida derrotar a los enemigos del pueblo, redistribuir la riqueza, terminar con el hambre, que no haya más pobres, que paguen más los que más tienen y conquistar una patria liberada. Se parece a la Proclama del ERP ante la asunción de Cámpora. "Este gobierno es reaccionario porque no va a expropiar a la oligarquía ni a los monopolios", etc... El método es más que conocido, eterno: se ponen bien a la izquierda y acusan a todos los demás de posibilistas, cobardes o reaccionarios. Total, nunca van a ser gobierno ni tener que rendir cuentas. Las palabras les salen gratis. Las promesas también. Con sus grandes proyectos se compran una gran moral y desde ahí escupen a todo el mundo. Posse, sin embargo, no ve en este gobierno a un conjunto de posibilistas que no hacen nada por el pueblo. Ve troscos por todas partes. Ve marxistas. Ve montoneros. Ve gente con arito. Ve rockers que van a cantar con las Madres. Posse, en suma, no dijo su verdad. Dijo la verdad de la derecha argentina. Esa que no salió a condenarlo. Porque –por ahora con cautela– piensa como él. Tal vez la democracia esté en deuda con este hombre hasta los días de su ocaso, que ya llegaron.

28 de diciembre de 2009
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