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el infierno desde adentro


El infierno desde adentro en el gulag y en Auschwitz.
[Juan Forn] En junio de 1956, Nikita Kruschev y el mariscal Tito se reunieron en un vagón especial del tren que unía Moscú con Kiev. No había intérprete, no habían llegado aún al momento de poner por escrito lo que se conversaba, pero ambos líderes estaban flanqueados por sus hombres de confianza. La agenda era amplia: no eran pocas las diferencias ideológicas acumuladas durante los ocho años del cisma yugoslavo de Moscú. En determinado momento, Tito le alcanzó a Kruschev por encima de la mesa una lista de nombres. "Son los 113 miembros del partido yugoslavo que nunca volvieron de la URSS. Nos gustaría saber qué ha sido de ellos." Kruschev entregó la lista a uno de sus hombres sin mirarla y dijo: "Tendrá una respuesta en dos días". Exactamente cuarenta y ocho horas después, mientras ambos líderes fumaban sendos cigarros y brindaban por el buen resultado de las negociaciones, Kruschev sacó aquel papel de su bolsillo y murmuró detrás de una nube de humo: "Cien de estos hombres están muertos". El resto, agregó, podría volver a Yugoslavia en cuanto la maquinaria de la KGB los localizara, a lo largo y lo ancho del territorio soviético.
Kruschev se refería por supuesto a los gulags de Siberia, donde unos meses más tarde la KGB localizó entre los muertos vivos de Krasnoyarsk al austríaco nacionalizado yugoslavo Karlo Stajner, quien luego de cumplir veinte años de trabajo forzado había sido sentenciado a exilio interno de por vida en Siberia. Stajner aceptó la buena nueva de su liberación con la misma parsimonia de hierro con que llevaba resistiendo veinte años en el gulag. Pero creyó con ingenuidad que su liberación se debía a una carta que había escrito a su amigo Josip Broz once años antes, luego de asistir, junto al resto de los prisioneros del campo de Malakovo, a una función de cine (en realidad, de noticieros sobre el resultado de la guerra) durante la cual se mostraron breves imágenes de la liberación de Belgrado por la coalición de fuerzas partisanas y soviéticas encabezadas por el mariscal Tito, a quien Stajner conocía desde los tiempos en que ambos reclutaban voluntarios en París para ir a pelear a la Guerra Civil Española (de hecho, habían sido los republicanos españoles quienes bautizaron con ese nombre a Tito porque se trabucaban al pronunciar su verdadero nombre: Josip Broz).
La biografía de Stajner es la de muchos centroeuropeos que formaron parte del Komintern, o Internacional Comunista, ese brioso caballo de Troya que marchó mansamente a su autodestrucción en el aciago período entre la Guerra Civil Española y el pacto Hitler-Stalin. Stajner era austríaco, hijo de padres proletarios, ingresó en la adolescencia en las juventudes comunistas, cambió su nombre natal cuando se hizo yugoslavo (de Carl Steiner pasó a llamarse Karlo Stajner) y, a causa de su temeridad para realizar misiones secretas y sus habilidades como organizador de imprentas clandestinas, sufrió encarcelamiento en Viena, Berlín, París y Zagreb (los revolucionarios consideraban el paso por la prisión como sus años "de universidad", ya que esos períodos de cautiverio les servían para que los más veteranos les enseñaran lo que ellos no habían tenido tiempo de aprender allá afuera). En 1936 Stajner logró llegar a Moscú, se reportó a las oficinas del Komintern y recibió un inesperado nombramiento como jefe de la rama balcánica de la Imprenta Internacional Comunista, donde se destacó por su trabajo sin descanso hasta que, una noche, fue arrancado del catre que tenía en su oficina por agentes de la NKVD, juzgado sumariamente como contrarrevolucionario y enviado a los gulags.
En el infierno de las islas heladas, Stajner se impuso a sí mismo una obligación: sobrevivir, resistir como fuese, "para dar algún día testimonio al mundo, en especial a mis camaradas de partido, de la terrible experiencia que me tocó vivir". A su regreso a Yugoslavia se sentó a escribir y en menos de un año tuvo listo el manuscrito de ‘Siete mil días en Siberia’. A diferencia de Solzhenitzyn (que terminó su ‘Archipiélago Gulag’ el mismo año en que nuestro personaje puso punto final a su manuscrito, en 1958), Stajner prohibió que su libro se publicara en Occidente antes de ver la luz en su país. Eso lo obligó a esperar otros catorce años, soportando sin perder la paciencia infinitas posposiciones y misteriosas pérdidas de su manuscrito en oficinas editoriales de Belgrado y de Zagreb. Había tenido la precaución de enviarle una copia a su hermano en Lyon pero, a lo largo de esos años, rechazó ofertas de Francia, Italia, Alemania e Inglaterra, por gratitud personal hacia Tito, el hombre que le había salvado la vida, y por disciplina hacia el partido del cual era miembro desde 1919.
Cuando ‘Siete mil días en Siberia’ se publicó finalmente en Yugoslavia, en 1972, obtuvo, para sorpresa de muchos, el codiciado premio Kovacic al Libro del Año. Pero a Stajner lo tenían sin cuidado los honores literarios en la misma medida que las prebendas políticas: nunca pidió ni esperó nada del partido, nunca volvió a ver a Tito, ni intentó hacerlo, tal como en su libro había evitado toda deliberación ideológica. Sin embargo, cuando en la traducción norteamericana de ‘Siete mil días en Siberia’ se eliminó aquella mención a "mis camaradas de partido" en el celebérrimo párrafo donde Stajner se imponía a sí mismo la obligación de sobrevivir al gulag para dar testimonio), fue como si le hubieran cercenado el centro neurálgico del libro y repudió la traducción.
Nadie pudo entender esa lealtad indeclinable de Stajner a Tito y al partido. Es improbable que creyera que el uno y el otro habían logrado dar a Yugoslavia aquello que soñaban en los tiempos juveniles en que todos ellos integraban esa cofradía utópica llamada Komintern. Era otra cosa, que el gran Danilo Kis (quien aseguró repetidas veces que habría sido incapaz de escribir su obra maestra, ‘Una tumba para Boris Davidovich’, sin la lectura de ‘Siete mil días en Siberia’) adivinó, cuando dijo que hay sólo dos libros que deberían ser lectura obligatoria si se pretende que la especie humana no vuelva a tocar el fondo moral que tocó en el siglo veinte: esos dos libros son ‘Si esto es un hombre’ de Primo Levi y ‘Siete mil días en Siberia’ de Stajner. Y, según Kis, lo que hace únicos a esos libros es que tanto el uno como el otro se abstienen de toda monserga ideológica en sus páginas: simplemente internan al lector, en el gulag y en Auschwitz, para que experimenten el infierno desde adentro y así aprendan eso que sólo puede entenderse con el cuerpo, con cada partícula del cuerpo, además de la mente, para que nos sirva de algo.

20 de febrero de 2010
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los hechos de la vida


Absolutamente todos los grandes escritores de América latina fueron alguna vez periodistas. Aunque los Estados Unidos han reivindicado para sí la invención o el descubrimiento del nuevo periodismo, o de las "novelas de la vida real", es en América latina donde nació el género y donde alcanzó su grandeza.
[Tomás Eloy Martínez] Hace tres décadas, durante el apogeo de la investigación de The Washington Post sobre el caso Watergate, lo que ya entonces se conocía como nuevo periodismo alcanzó su punto de máxima influencia y credibilidad. Se puede disentir con lo que después hicieron Carl Bernstein y Bob Woodward, autores de aquellos memorables relatos impecablemente investigados, pero no con la decencia, la tenacidad, la eficacia en la información y la calidad en la narración que exhibió el Post al anudar los hilos de aquella historia.
Desde entonces, el periodismo narrativo ha tropezado y ha caído más de una vez, en los Estados Unidos y en otras latitudes, acaso por haber olvidado que narración e investigación forman un solo haz, una alianza de acero indestructible. No hay narración, por admirable que sea, que se sostenga sin las vértebras de una investigación cuidadosa y certera, así como tampoco hay investigación válida, por más asombrosa que parezca, si se pierde en los laberintos de un lenguaje insuficiente o si no sabe cómo retener a quienes leen, la oyen o la ven. Solas, una y otra son sustancias de hielo. Parta que haya combustión, necesitan ir aferradas de la mano.
Los problemas que afectan la calidad del periodismo, sea o no narrativo, son más o menos los mismos tanto en este continente como al otro lado del Atlántico. Desentrañar por qué han sucedido y pueden seguir desencadenándose es el tema de mi reflexión de esta tarde. Mal podré exponer de dónde venimos si no reconozco primero el camino hacia donde vamos.
Véase lo que sucedió con la historia de Watergate, en la que dos periodistas jóvenes, en pocos meses, alcanzaron notoriedad universal al desatar algunos nudos de corrupción y abuso de poder. Todo empezó por algo en apariencia insignificante: un robo en las oficinas del partido político de oposición. Y terminó con un hecho notable: la renuncia forzada del presidente de los Estados Unidos. El punto de partida era ínfimo; el resultado, en cambio, fue espectacular.
Una lectura superficial de ese fenómeno hizo que muchos llegaran a conclusiones también superficiales. Si un incidente pequeño podía, por obra y gracia de los medios, transfigurarse en una historia mayor, entonces –pensaron algunos– había que salir en busca del escándalo. El periodismo narrativo parecía perfecto para alcanzar ese fin. Los dramas bien contados podían conmover e hipnotizar a millones. En cuanto a la investigación, se llegó a pensar que era legítimo tejer trampas aquí y allá, corregir sutilmente la dirección de ciertos hechos, agrandar otros, inventar testigos, multiplicar las gargantas profundas. Así fue convirtiéndose en mercancía lo que es, esencialmente, un servicio a la comunidad. Se confundió a los lectores, espectadores y oyentes con una muchedumbre de alfabetos a medias, cuya inteligencia equivalía a la de un niño. En ese juego, el periodismo perdió mucha de su credibilidad y casi toda su respetabilidad.
Me di cuenta por primera vez de que algo grave estaba sucediendo cuando, en el Festival de Cine de Cartagena de Indias de 1997, un periodista novato, empuñando un micrófono como si fuera la pistola Beretta de James Bond, se acercó a Gabriel García Márquez y le preguntó si era verdad que iban a filmar en Hollywood su último libro. "¿Cuál libro?", preguntó García Márquez, con genuina curiosidad. "Pues cuál va a ser, el último", dijo el jovencito. "¿Y cuál es el último?", insistió el autor que meses antes había publicado ‘Noticia de un secuestro’, a sabiendas de que se venía lo peor. "Pues cuál va a ser: ése que llaman ‘Cien años de soledad’", explicó el muchacho, con un aplomo que nunca vi en Norman Mailer ni en Tom Wolfe. No he sabido más del interrogador, que fue enviado aquella noche de regreso a la escuela, pero todos los días veo a muchos que se le parecen en las pantallas de televisión de mi país, Argentina, o en las radios que cazo al vuelo cuando doy vueltas por América latina.
Suele evocarse con melancolía y con la admiración que se siente por lo que no se tiene aquel periodismo revolucionario de los tiempos en que empezó todo, hacia fines de los años cincuenta. Creo decididamente que ese periodismo no era tan bueno como el que se podría hacer ahora, porque hay más talentos que entonces y, los que hay, están intelectualmente mejor preparados. Lo que sucede es que hemos caído, todos a la vez, en las trampas de la fiesta neoliberal, y no sólo van quedando pocos lugares donde publicar lo que se quiere escribir, sino que a la vez (y lo uno va con lo otro) cada vez hay menos empresarios dispuestos a arriesgar la paz de sus bolsillos y la de sus relaciones creando medios donde la calidad de la narración vaya de la mano con la riqueza y la sinceridad de la información.
Informar bien cuesta mucho dinero, porque requiere invertir un tiempo para el que a veces no basta una sola persona, e informar con honestidad roza con frecuencia intereses ante los que se preferiría estar ciego.
A diferencia de lo que sucedía hace un siglo, el periodismo es un árbol con más ramas de las que se ven. Hace ocho décadas nació, incipiente, el periodismo de las radios, hace medio siglo el de la televisión y hace poco más de una década el periodismo de Internet. Casi durante el mismo tiempo se ha pronosticado la decadencia y caída del periodismo gráfico, que ha ido asumiendo formas inesperadas, como para desmentir los vaticinios fúnebres de las encuestas. En la reunión que celebró la Asociación Mundial de Periódicos en Seúl, a fines de mayo pasado –donde la preocupación central fue la proliferación de los webblogs como ejercicios descontrolados de periodismo–, se examinó una predicción sobre la muerte de los medios masivos publicada por The Wilsonian Quaterly, una revista de la Universidad de Princeton. Allí se sostenía que, dado el acelerado avance de la revolución tecnológica, el periodismo tradicional sucumbiría en el año 2040. Con sorna, el presidente de la compañía de The New York Times, Arthur Sulzberger, respondió: "Ya que tratamos de ser precisos, ¿por qué no somos todo lo precisos que el periodismo nos permite? ¿Por qué decir que moriremos en 2040? Digamos, más bien, que moriremos el 16 de abril de 2040, y que eso sucederá a las seis de la tarde. ¿No les parece?"
Lo que está enfermando a la profesión periodística es una peste de narcisismo. Lamento coincidir en ese punto con el australiano Rupert Murdoch, que tanto daño ha causado comprando medios sólo para degradarlos y venderlos después, pero el narcisismo –del cual el propio Murdoch es un buen ejemplo– se advierte ahora casi a cada paso. Una inmensa parte de las noticias que se exhiben por televisión están concebidas sólo como entretenimiento o, en el mejor de los casos, como diálogos donde las preguntas no están sustentadas por información. Y entre las radios y los periódicos se ha creado un atroz círculo vicioso, que empieza –o termina, puesto que se trata de un círculo– con entrevistas que las radios hacen a personajes destacados por los periódicos, para que éstos publiquen, a su vez, las reacciones de esos personajes, y así hasta el infinito.
La fiebre exhibicionista ha creado escándalos como el de Janet Cooke, la periodista que ganó un Pulitzer en 1981 por una serie publicada en el mismo Washington Post del caso Watergate por contar la historia de un niño de ocho años que se inyectaba heroína con el consentimiento de la madre. La historia era falsa y Janet Cooke tuvo que devolver el premio, pero ya había cometido el grave daño de contarla muy bien, con lo que sembró la semilla de una plaga que dio muchos frutos desde entonces. En 1998 el semanario The New Republic despidió a Stephen Glass, su editor principal, porque lo descubrió inventando datos, citas o personas en 27 de sus 40 últimos artículos. El más famoso y letal de todos fue el fruto que nos dio a comer Jayson Blair, reportero estrella de The New York Times, quien entre los años 2002 y 2003 investigó por todos los Estados Unidos una docena de noticias apasionantes sin moverse de su escritorio, plagiando el trabajo de otros o rellenando los huecos informativos con delirios de su propia invención. Al afán de la gloria fácil Blair unió el pecado de la pereza, que es el pecado capital de todo buen periodista, y con el solo arte de su indolencia descabezó de un soplo a la plana mayor de editores de su periódico.
El periodismo narrativo les parece a muchos el atajo más fácil y productivo hacia la fama y quién sabe cuántos Jayson Blairs de este mundo caen en la tentación de hacerlo como fuera mal o peor, para progresar rápido en la profesión, pero también hay que advertir que esos orgullos individuales prosperan porque suelen estar alimentados por la codicia de editores que los estimulan para aumentar las cifras de venta o los ratings de audiencia o los favores del mercado.
A veces los editores no caen por codicia sino –aunque suene extraño– por ingenuidad. Les llega una pequeña historia en apariencia bien contada, pero llena de tics que son imitación de cronistas con un lenguaje propio, y la publican para cumplir con la cuota obligatoria de narración, sin verificar si esa historia refleja una tragedia mayor o se reduce, simplemente, a una anécdota que aspira a ser pintoresca. Eso también aleja a los lectores, porque en el fondo es entretenimiento trivial, medalla para saciar el narcisismo de alguien que ha soltado en ese relato sus gotitas de talento imaginario, sin averiguar en qué contexto social suceden las cosas, o si lo que está narrando sucede a la vez en muchas otras partes. Las cinco o seis W del periodismo convencional no tienen ya que ir en el primer párrafo, pero tienen que aparecer en alguna parte, porque son la columna vertebral de todo buen texto: dónde, cuándo, cómo, para qué, por qué, quién.
Por supuesto, hay periodistas brillantes a los que nadie les ha encontrado mancha alguna, Para mí, un modelo a imitar es el de Seymour Hersh, escritor del semanario The New Yorker, que fue el primero en desenmascarar las atrocidades del ejército norteamericano en Vietnam al contar la matanza de los aldeanos de My Lai y el primero también en sacar a la luz los abusos de la cárcel de Abu Ghraib. Seymour Hersh ha salido airoso de todos los intentos por desprestigiarlo, y ha demostrado, una vez y otra, que el mejor periodismo narrativo se fundamenta en la investigación. Esa señal de eficacia superlativa sólo es posible cuando los textos se trabajan con tiempo y con recursos. Con esa filosofía están creciendo en influencia periódicos como The New York Times, Los Angeles Times, El País de Madrid, The Washington Post y el Guardian, de Londres, que publican por lo menos siete a doce grandes piezas de relato todos los días, y entre ellas no cuento las de las páginas de Deportes, donde casi todo está narrado.
Los diarios de América latina son, en su mayoría, reticentes a ese cambio mayúsculo. Conozco a empresarios que se afanan en competir con la televisión e Internet, lo que me parece suicida, publicando píldoras de información ya digeridas u ordenando infografías para explicar cualquier cosa, como si tuvieran terror de que los lectores lean. Ese esquema ni siquiera tiene éxito en los diarios gratuitos, que son el gran éxito comercial de la última década. Metro internacional, como se sabe, lanza 56 ediciones en 16 lenguas, y se distribuye en 17 países y 78 ciudades, con una distribución total diaria de 15 millones de ejemplares, pero ha fracasado en Buenos Aires porque todo lo que decía ya estaba desde un día antes en la televisión. El experimento funciona bien donde más narración hay, como sucede en los Metro de Londres y de Frankfurt.
La necesidad de cortejar a los poderes de turno para asegurar el pan publicitario ha convertido a muchos periódicos que nos hicieron abrigar esperanzas de cambio en meros reproductores de lo que dicen los edictos de los gobiernos u ordenan las empresas de propaganda. Crear una agenda propia es otra de las obligaciones fundamentales del periodismo como acto de servicio a la comunidad, pero hasta The New York Times se olvidó de esa lección elemental cuando empezaron los abusos de la cruzada contra el terrorismo, y las historias de muertos en Irak o de torturas en Abu Ghraib y en Guantánamo fueron lavadas por muchas aguas antes de saltar desde sueltos menudos en la décima página a crónicas bien informadas en la primera.
Quisiera concentrarme ahora en el periodismo escrito, porque es allí donde nació un oficio que, a pesar de tantos embates, todavía está impregnado de pasión y de nobleza. Un periodista que confía en la inteligencia de su lector jamás se exhibe. Establece con él, desde el principio, lo que yo llamaría un pacto de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la verdad. Alguna vez dije que a la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta; no se la aplaca con golpes de efecto, sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni una asesoría para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta.
Hacia comienzos de los años ’90, cuando mi país, la Argentina, navegaba en un océano de corrupción, la prensa escrita alcanzó un altísimo nivel de confianza al denunciar con lujo de pruebas y detalles las redes sigilosas con que se tejían los engaños. Eso convirtió a los periodistas en observadores tan eficaces de la realidad que se confiaba en ellos mucho más –y con mucha mayor razón– que en los dictámenes de los jueces. Pero la carnada del éxito atrajo a cardúmenes voraces, y casi no hubo periodista novato que no se transformara de la noche a la mañana en un fiscal vocacional a la busca de corruptos. Los focos de corrupción aparecieron por todos lados, por supuesto, pero la marea de denuncias fue tan caudalosa que los episodios pequeños acabaron por hacer olvidar a los grandes y el sol quedó literalmente tapado por la sombra de un dedo. Disimulados entre los ladrones de diez dólares, los grandes corruptos se escaparon con facilidad por los agujeros que había abierto el ejército de improvisados fiscales.
En América latina nació, como dije más de una vez, la crónica, que es la semilla del periodismo narrativo, pero salvo la tenacidad de unas pocas revistas valientes, esa herencia amenaza con quedar postrada en la negligencia y el olvido. La historia de la crónica comienza con Daniel Defoe y su ‘Diario del año de la peste’, pero el origen de la crónica contemporánea está en los textos que José Martí enviaba desde Nueva York a La Opinión Nacional de Caracas y a La Nación de Buenos Aires en la década de 1880. Está, casi al mismo tiempo, en los estremecedores relatos de Canudos que Euclides da Cunha compiló en ‘Os Sertoès’, en los cronistas del modernismo, como Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, y en los escritores testigos de la Revolución Mexicana. A esa tradición se incorporarían más tarde los reportajes políticos que César Vallejo escribió para la revista Germinal, las reseñas sobre cine y libros de Jorge Luis Borges en el suplemento multicolor del vespertino Crítica, en los aguafuertes de Roberto Arlt –que elevaron la tirada del diario El Mundo a medio millón de ejemplares cuando la población total de la Argentina era de diez millones–, los medallones literarios de Alfonso Reyes en La Pluma, los cables delirantes que Juan Carlos Onetti escribía para la agencia Reuter, las minuciosas columnas sobre música de Alejo Carpentier y las crónicas sociales del mexicano Salvador Novo.
Todos, absolutamente todos los grandes escritores de América latina fueron alguna vez periodistas. Aunque los Estados Unidos han reivindicado para sí la invención o el descubrimiento del nuevo periodismo, de las factions o de las "novelas de la vida real", como suelen denominarse allí los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en América latina donde nació el género y donde alcanzó su genuina grandeza. Y es en América latina, sin embargo, donde se insiste en expulsarlo de los periódicos y confinarlo sólo a los libros.
Tal vez hay una confusión sobre lo que significa narrar, porque es obvio que no todas las noticias se prestan a ser narradas. Narrar la votación de una ley en el senado a partir de los calcetines de un senador puede resultar inútil, además de patético. Pero contar algunas de las tribulaciones del presidente pakistaní Pervez Musharraf para entenderse con sus hijos talibanes mientras oye las razones del embajador norteamericano, o describir los disgustos del presidente George W. Bush errando un hoyo de golf en Camp Davis mientras cae una bomba equivocada en un hospital de Jalalabad es algo que se puede hacer con el lenguaje escrito mejor que con el despojamiento de las imágenes.
Por último, no quisiera dejar de lado un principio que los profesionales de estas latitudes suelen olvidar con frecuencia: el valor y la importancia que tiene la defensa del nombre propio. Por lo general, un periodista no dispone de otro patrimonio que su nombre, y si lo malversa, lo malvende o lo pone al servicio de cualquier poder circunstancial, no sólo se cava su fosa sino que también arroja un puñado de lodo sobre el oficio.
Volví a leer no hace mucho, en un periódico de Buenos Aires, una historia de juventud que había olvidado y que, sin embargo, fue la brújula inesperada que rigió, desde entonces, mucho de lo que he hecho en la vida. En marzo de 1961 yo era el responsable principal de las críticas cinematográficas en el diario La Nación y muy pronto, por el rigor que trataba de poner en mi trabajo, me gané el resentimiento de un sinfín de intereses creados. Llevaba ya dos años en esa tarea cuando el diario decidió que, dada la presunta combatividad de mis textos, yo debía firmarlos para demostrar que era responsable de ellos. Primero lo hice con mis iniciales, luego con mi nombre completo. Un año después, los distribuidores de películas norteamericanas decidieron retirar al unísono sus cuotas de publicidad de La Nación, exigiendo, para devolverlas, que el diario pusiera mi pellejo en la calle. La Nación no hacía esas cosas, por lo que al cabo de resistir valientemente la sequía durante una semana, el administrador del periódico me convocó a su despacho. "Usted sabe que es un empleado", me dijo. "Por supuesto", le respondí. "¿Cómo se me ocurriría pensar otra cosa?" "Y, como empleado, tiene que hacer lo que el diario le mande." "Por supuesto –convine–. Por eso recibo un salario quincenal." "Entonces, a partir de ahora, uno de los secretarios de redacción le indicará lo que tiene que escribir sobre cada una de las películas." "Con todo gusto –repliqué–. Espero que retiren entonces mi firma." "Ah, eso no –dijo el administrador–. Si retiramos las firmas, parecería que el diario lo está censurando." Hubiera tenido cien respuestas para esa frase, pero la que preferí fue una, muchísimo más simple. "Entonces, no puedo hacer lo que usted me pide. Mi trabajo está en venta, mi firma no."
Al día siguiente me enviaron a la sección Movimiento Marítimo, en la que debía anotar los barcos que entraban y salían del puerto. Tres días más tarde me di cuenta de que no servía para contable y renuncié. Durante un año entero estuve en las listas negras de los propietarios de periódicos y tuve que sobrevivir dando clases en la universidad. En esa época había los trabajos alternativos que ahora están borrados del mapa.
Volví a La Nación como columnista permanente en 1996. Tres años después, a instancias de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano di una charla de mediodía a todos los redactores de ese diario en el que había comenzado mi vida profesional. Habría dejado caer en el olvido todo lo que dije si, al día siguiente, el jefe de la redacción, a quien le comenté el incidente de 1961 cuando ambos éramos corresponsales en París, no me hubiera alcanzado un resumen de doce puntos con el que quisiera terminar este monólogo. Ya imaginan ustedes cuál era el primer punto:

1) El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un texto insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo.

2) Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto.

3) Hay que defender el espacio que necesita un buen texto contra la dictadura de los diagramadores y contra las fotografías que cumplen sólo una función decorativa.

4) Una foto que sirva sólo como ilustración y no añada nada al texto no pertenece al periodismo. A veces, sin embargo, una foto puede ser más elocuente que miles de palabras.

5) Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos, y en el que todos deben sentir que, lo que le sucede a uno les sucede a todos.

6) No hay que escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza.

7) Hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato, y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe. No siempre, sin embargo, los diccionarios son confiables. Dos de los mejores que conozco, el de María Moliner y el de la Real Academia, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día. Hasta entonces, seguían dándola como si aún viviéramos bajo el imperio de la Inquisición. Día, se podía leer, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra.

8) Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.

9) La clase política, la clase empresaria y, en general, los sectores con poder dentro de la sociedad, tratan de impregnar los medios con noticias propias, a veces añadiendo énfasis a la realidad. El periodista no debe dejarse atrapar por las agendas de los demás. Debe colaborar para que el medio cree su propia agenda.

10) Hay que usar siempre un lenguaje claro, conciso y transparente. Por lo general, lo que se dice en diez palabras siempre se puede decir en nueve, o en siete.

11) Encontrar el eje y la cabeza de una noticia no es tarea fácil. Tampoco lo es narrar una noticia. Nunca hay que ponerse a narrar si no se está seguro de que se puede hacer con claridad, eficacia, y pensando en el interés de lector más que en el lucimiento propio.

12) Recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. El periodismo es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro.

Este artículo-conferencia fue publicado en el sitio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada en 1994 por Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, Colombia, como resultado de su preocupación por estimular las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo. La constitución formal de la Fundación fue realizada con un grupo asesor dirigido por TEM. El resto del homenaje al maestro se puede visitar en www.fnpi.org

9 de febrero de 2010
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secretos de las cárceles para inmigrantes


Los Angeles Times denuncia tratamiento dado a internos en las cárceles para inmigrantes del servicio de inmigración.
Pese al misterio que las rodea, los estadounidenses saben desde hace mucho que el gobierno mantiene cárceles para inmigrantes en las que los detenidos desaparecen frecuentemente, sin que nadie trate sus enfermedades graves ni se atiendan sus lesiones, sus destinos mantenidos en secreto hasta bien después de sus muertes prematuras e innecesarias.
Lo que no sabíamos, hasta un reciente artículo de Nina Bernstein en el Times, era que el gobierno había hecho enormes esfuerzos por ocultar estas fallas -ocultándoselo a parientes y abogados, desviando responsabilidades, cuestionando normas de calidad rigurosas, supervisión externa y transparencia. Esas deficiencias persisten hasta hoy.
El Times y la Unión Americana por las Libertades Civiles tuvieron que excavar para desenterrar las evidencias. Un detenido con una pierna rota se suicidó; su dolor era intolerable, pero no fue nunca tratado y más tarde alguien falsificó una cartilla de medicamentos para mostrar que él le había dado Motrin. Un portavoz del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas le dijo a un periodista -que había preguntado por un detenido africano herido mortalmente- que no se podía saber nada, incluso aunque el portavoz y los gerentes ya sabían que el hombre se había caído, fracturado el cráneo, había estado trece horas a la espera de ser atendido, estaba en estado de coma y agonizando. Los funcionarios discutían por teléfono cómo evitar la publicidad negativa.
Aquí, como evidencia de la disposición de la agencia, está la advertencia de un vocero a sus jefes sobre un periodista del Washington Post que andaba investigando historias de muertos en detención y la historia de un hombre cuyo cáncer fatal había sido ignorado y dejado sin tratar:

"Circulan historias médicas horribles, y creo que tenemos que dar una respuesta contundente para impedir que se convierta en un caso nacional de consecuencias perjudiciales".

¿Una respuesta contundente?  Una ofensiva de relaciones públicas engañosa para demostrar que la tasa de mortalidad en detención era menos grave de lo que era.
El gobierno de Obama ha prometido desde entonces una reforma completa del gigantesco sistema de detención, que fue levantado torpe y apresuradamente durante los años de Bush, en gran parte por contratistas privados que mostraban escasa consideración por la supervisión y las normas. John Morton, director del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ha prometido crear un sistema de detención civil adaptado para internados que, en su mayoría, no son delincuentes.
Pero a su agencia le hace falta mucho. Y todavía resiste la supervisión externa apropiada y la adopción de normas de detención legalmente vinculantes, insistiendo al contrario que puede cambiar sus propias reglas y disciplinarse a sí mismo. Las nuevas revelaciones sobre la vergonzosa y enraizada cultura del secreto de la agencia no inspiran confianza.

2 de febrero de 2010
19 de enero de 2010
©new york times
©traducción mQh
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blair y su inmaculada conciencia


Apropiada descripción de líder británico como "hombre miserable".
[Robert Fisk] Para retomar una de las más viles expresiones de lord Blair de Kut al Amara, hay una "distinción binaria". Sangre que me empapó los zapatos en la sala de urgencias de un hospital de Bagdad en marzo de 2003, seres humanos que aullaban por sus quemaduras de fósforo, el anciano que con un pañuelo intentaba secar la sangre que brotaba de la órbita hueca de su ojo, las pilas de cadáveres en descomposición que había en la morgue de la capital iraquí. Y los gritos, sí, los gritos, y los ruegos y los quejidos de animal moribundo de los heridos y agonizantes.
Este viernes, Tony Blair se sentó en el Centro de Convenciones Reina Isabel II con su inmaculado traje, con su inmaculada corbata roja, su inmaculada camisa blanca y su inmaculada conciencia. Por Dios, eso sí que era una "distinción binaria". La diferencia que existe entre el infierno del dolor y el infierno de la mendacidad dichosa.
Tendrían que haber estado en Medio Oriente para sentirlo con la debida intensidad. Blair estaba físicamente a solamente 3 mil 200 kilómetros de distancia de mí. Psicológicamente, sin embargo, se encontraba en otra galaxia, mientras componía y recomponía la historia.
Está el papel de Al Qaida. Todos sabíamos de esta institución particular. "Lo cambió todo", como nos recordó una y otra vez Blair. Fue una de las razones por las que británicos y estadounidenses invadieron Irak. Supuestamente Saddam tenía nexos con la red terrorista, o al menos eso dijo Washington, y podía darle a la organización armas de destrucción masiva, según lord Blair.
Pero cuando resultó que los nexos eran tan inexistentes como las armas, Blair se sorprendió mucho al ver a la organización de Bin Laden reaparecer después de la invasión a Irak. "La gente no pensó que Al Qaida e Irán jugarían el papel que tienen."
Blair fue a la guerra porque pensó que Al Qaida lo dejaría ganar en Irak. Por lo tanto, todo es culpa de Al Qaida. Nosotros no matamos a 100 mil iraquíes (nótese que utilicé el saldo mortal más benévolo registrado). Fueron ellos, los terroristas, los "sectarios", los malos.
Blair hizo uso del mismo truquito deshonesto al hablar de la guerra israelo-palestina. "Es un problema constante para Israel", nos informó. "Ellos usan enormes fuerzas en sus réplicas y se prolongan fácilmente dos semanas, pero fueron los otros quienes lo comenzaron todo."
Pero no. No es así, lord Blair. Nadie pone en duda que los cohetes de Hamas precedieron la agresión israelí contra Gaza hace un año. De lo que se acusó a Israel fue de causar un número grotescamente desproporcionado de víctimas.
Pero desde luego, eso no fue lo que Blair dijo, porque trabaja en Jerusalén, donde no puede ofender a ninguna de las partes. En su calidad de enviado para Medio Oriente, su trabajo consiste en impedir una carnicería masiva, cosa en la que fracasó abiertamente, como fracasó no poniendo fin a la carnicería en Irak.
Pareciera que Blair fue tan exitoso en Irak como lo fue en Gaza hace un año. Todo está mejorando. La vida en Irak es mejor a lo que era en 2007, 2003, 2002, y para el caso, 2001. Sí, ya entendí. Antes de la invasión, todo era culpa de Saddam. Después de la invasión todo es culpa de Al Qaida e Irán. ¿Hay suponer que ahora vamos a invadir Irán?
En un momento dado, este hombre miserable alardeó del legado histórico británico al implantar un gobierno iraquí alrededor de los años ’20, y omitió toda mención de una insurgencia masiva contra los británicos en Bagdad, Fallujah y Najaf, en 1922, que bien pudo haber sido una advertencia para él de la anarquía que surgiría después de 2003.
De vez en cuando, tuvo un resbalón, o al menos, el interrogatorio tocaba algún punto antes obviado. Cuando trató de decirnos que no se tomaron decisiones en su tristemente célebre reunión con George W. Bush en Crawford, Blair de pronto expresó (de hecho parece que se le escapó) que él creía que en esa ocasión hubo "conversaciones con los israelíes". ¿Qué? ¿Israelíes? ¿En la crítica reunión en Crawford? Israel fue la única nación, además de Estados Unidos y Gran Bretaña, que apoyó la guerra y, de hecho, la alentó.
Un amigo mío en Jerusalén me hizo el favor de revisar sus archivos y ahí encontró que una "fuente" de la Cancillería israelí declaró que una invasión a Irak "definitivamente distraería la atención de la gente sobre el asunto israelo-palestino". La investigación jamás se topó con esta interesante pista.
Al final de la comparecencia, al tiempo que Lawrence Freedman leía la lista de muertos cada año y yo recordaba haber visto algunas de esas tragedias con mis propios ojos, Irak se coló al recinto.
El ministro Adam Price tiene razón: "Nunca escucharemos una disculpa de este hombre", dijo. No podemos, claro, porque lord Blair hablaba de su propio juicio, de ser "franco", "absoluta y completamente" honesto y "absolutamente claro". Debíamos "quedarnos ahí y solucionarlo". Así que de eso se trataron todos los muertos, heridos, bombardeos, cuerpos despedazados, las violaciones y las torturas en Abu Ghraib.
Era un recinto demasiado pequeño para escuchar todo esto. No sorprende que no pudieron compactar ahí dentro a todos los deudos británicos. Casi 200 soldados ingleses no tuvieron representación en el acto. Esto llevó a que me preguntara cómo compactar las almas en el Centro de Convenciones Reina Isabel II de cien mil iraquíes muertos.

De La Jornada de México. Especial para Página/12.
Traducción de Gabriela Fonseca.

1 de febrero de 2010
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unidos en el espanto


La justicia es el arma principal de una verdadera democracia.
[Osvaldo Bayer] En estos últimos días se han producido dos hechos que unen la memoria de dos países que marcaron mi vida: Argentina y Alemania. A los dos, por desgracia, los une el espanto. Recordar ese espanto es sufrir el peor de los dolores y las vergüenzas. Dos países, dos sociedades que tienen manchas en su pasado por las cuales ha sido protagonista el horror. El horror más cruel y despiadado. Uno, las cámaras de gas; el otro, la desaparición. Es como para salir a caminar por estas calles plenas de nieve y preguntarse, sin jamás poder obtener una respuesta: ¿por qué?, ¿por qué tanta crueldad?, ¿por qué tanta insensibilidad? Lo atroz. El ser humano convertido en bestia, una bestia perversa. Uno, las cámaras de gas, el otro, la desaparición de personas, después de las más bestiales torturas, volverlas anónimas y arrojarlas vivas desde aviones al mar.
Sí, en estos días resonó la voz de la Justicia. Nuremberg, otra vez, en esta ocasión para los criminales uniformados argentinos. La Justicia alemana pide la extradición de Videla, el general argentino. Su rostro apareció en todos los diarios. El verdadero retrato de la Muerte. Los artistas plásticos ya tienen un modelo para inspirarse cuando dibujen esa muerte como símbolo. Al anunciarse aquí, en Alemania, el pedido de extradición, compré todos los diarios para mirarlo: el rostro de la Muerte. No nace otra sensación. Y por esas fantasías que tiene la realidad, en la misma página apareció el juicio que se lleva a cabo en Nuremberg al torturador nazi John Demjanjuk, de 89 años, el mejor torturador de Auschwitz. Que entra a la sala de juicio en camilla, se hace el enfermo para originar compasión. Con los ojos cerrados, aunque abre las pestañas, a veces, para cerciorarse de que engaña a los presentes. Demjanjuk, el brutal torturador, la bestia humana y, más arriba de la página del diario, el retrato de la Muerte, Videla, la muerte argentina.
Entre los miles de desaparecidos en la Argentina durante la dictadura hay 76 alemanes, todos jóvenes. Una de ellas, Elisabeth, la estudiante que fue a Buenos Aires para hacer labor solidaria en las villas miseria. Secuestro, torturas, campo de concentración "El Olimpo" y asesinato a balazos en un simulacro de tiroteo. Con la televisión alemana y bajo la dirección de Frieder Wagner hicimos un film sobre ella. Hija del pastor evangélico Ernst Käsemann, uno de los más brillantes ensayistas de Europa, sobre ética. En Alemania, el film Elisabeth fue mostrado por el principal canal televisivo nacional. En la Argentina, ningún canal quiso mostrar ese film testimonio.
Es que todo tiene su explicación. Nada es casual. Como justo ahora, en momentos en que Alemania pide la extradición del desaparecedor Jorge Rafael Videla, los diarios publicaron las declaraciones del político argentino Eduardo Duhalde, en El Salvador, donde pide que se deje tranquilos a los militares argentinos. Lo sabemos, es para crear el clima de manera que la Justicia argentina deniegue la extradición de Videla. Aunque la reacción de la verdadera democracia argentina no se hizo rogar. Y fueron justo militares los que salieron a definir lo que es la ética profunda. Por supuesto, se trata de los militares agrupados en Cemida, el Centro de Militares Democráticos Argentinos. Mientras el político Duhalde dejaba escapar ante el periodismo aquello de "no humillar a las Fuerzas Armadas", los del Cemida le respondieron que ellos consideran "muy favorable que al fin se esclarezca quiénes fueron culpables de delitos aberrantes, y que ésos reciban las sanciones que las leyes determinan y así el resto de los militares queden libres de toda sospecha y hayan recuperado la admiración y respeto de la ciudadanía a las fuerzas que San Martín instruyó aferradas a su ejemplar código de conducta". Firman el comunicado los coroneles Horacio Ballester y José Luis García.
Cuando uno lee esto se pregunta cómo si hay militares que defienden la democracia hubo políticos que usaron de todos los subterfugios para que todo se olvidara y los criminales de la desaparición y la tortura quedaran libres. Para recordar: las leyes de obediencia debida y punto final de Alfonsín y el indulto para los comandantes, firmado por Carlos Saúl Menem.
Cuando se formó el Cemida con los militares que pidieron una verdadera democratización del Ejército, escribimos que era hora de que esos oficiales fueran los que dieran los lineamientos para el futuro de las Fuerzas Armadas argentinas. Siguiendo el ejemplo del gobierno de la nueva Alemania posnazista, que justamente eligió a los pocos oficiales que se habían jugado contra Hitler, para dar las bases de lo que iba ser la actual Bundeswehr. Pero ni Alfonsín ni Menem recurrieron a ellos. Al contrario, se los aisló; los medios de prensa apenas si los mencionaban, a pesar de que dieron conferencias de alto valor donde se resaltaba la ética que debía tener un nuevo ejército en la democracia. Y ocurrió lo increíble, doy un ejemplo: en el gobierno de Alfonsín se ascendió a "general de la Nación" al coronel Gorleri, el quemador de libros de 1976, que se explicó diciendo que lo hacía "por Dios, Patria y Hogar".
Y ahora Duhalde tiene como palabra de propaganda la consigna "no humillar a las Fuerzas Armadas" y quiere que ellas se encarguen de la reeducación de nuestra juventud en los cuarteles militares. No, señor Duhalde: la juventud se educa a través de la docencia y de crearle una sociedad justa, con porvenir, con trabajo, y no con la violencia de la desocupación, del alcohol o de las villas miseria.
Si aquí, en Alemania, un político de cualquier color propusiera la eliminación de la inseguridad dándoles a las fuerzas armadas y sus cuarteles un papel preponderante, tendría que irse del país por el repudio general. Justamente Alemania hizo esa experiencia durante los años del nazismo, la militarización de la juventud, y ya vimos el resultado. La juventud deja la violencia con las herramientas de un oficio, en el aula ante la ciencia y las artes, en el trabajo, con un techo digno y una naturaleza plena de colores y sensaciones. Y no con el cuerpo a tierra, ni el paso de ganso. Y los oficiales que se merecen una verdadera democracia no surgen de un instituto donde se aprende a obedecer y a mandar sino donde todos sus docentes hayan sido probados defensores de la democracia y de los derechos humanos durante su vida, y que sean capaces de enseñar los ideales de aquel glorioso Mayo, totalmente pisoteado por los generales de la desaparición y la tortura.
Duhalde, un politiquero digno de ésos de la escuela del famoso Barceló de la Avellaneda de los años ’30, supone crear un ambiente más democrático dándoles más importancia a los militares. Y aquí, justamente, los militares democráticos del Cemida le recuerdan: "¿El declarante no se estará curando en salud, ya que aún no se han terminado de investigar sus responsabilidades en los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, ocurridos durante su presidencia?". Hechos. Esperamos aquí la respuesta del doctor Duhalde. Porque fue un crimen que conmovió al pueblo, en plena democracia. Tiene la palabra.
Volvamos a Alemania. Esta semana asistí en Berlín al estreno de la pieza teatral Elsa, del dramaturgo alemán Jürgen Berger. Es una historia que une las dos tragedias vividas por ambos pueblos. Es la vida de Elsa, que cuando joven debe huir con sus padres, por persecución racial, de la tierra donde había nacido: Alemania. El destino llevará a esa familia a la Argentina. Allí Elsa se educará, se casará y tendrá hijos. Una de ellas, Lilli, apenas salida de la adolescencia, será secuestrada por los militares argentinos acusada de actividades subversivas. La madre, Elsa –ya actriz de teatro–, luchará por su vida. Pero Lilli no volverá más, pasará a ser desaparecida. Dejará un bebé que criará Elsa. Una historia que se repitió muchas veces en esos años de la dictadura militar. La protagonista es justamente Ellen Wolf, en persona, que encarna a Elsa. Es su verdadera vida. Ahí está todo el dolor, la inmensa pena ante la injusticia, primero, de haber tenido que dejar su tierra natal, perseguida por algo tan irracional como el racismo; y luego, en el país que le dio refugio, ser protagonista como víctima de la desaparición de su hija.
La sala del Teatro Gorki de Berlín se llenó de emoción. Un destino y dos países donde se desarrollaron la irracionalidad y la muerte. La emoción aumentó más sabiendo que Ellen Wolf, de 83 años, que encarnaba a Elsa, se interpretaba a ella misma y su destino. Haber vivido en la Alemania de los años ’30 y luego en la Argentina de los ’70. La misma persona. Que ahora lo decía todo, desesperación, pero lucha; muerte, pero sí a la vida. El público, más que emocionado, ovacionó a la actriz.
Al día siguiente leí en los diarios las declaraciones de Duhalde. Me pregunté: ¿es que los argentinos, mejor dicho, los que se dicen nuestros pensadores políticos, no han aprendido nada?
Aunque siempre los enfrentaremos con la palabra, en la polémica, en el diálogo. Pero, por sobre todo, con la Justicia. Demjanjuk y Videla mataron. Para ellos la justicia, que debe apuntar siempre a la vida. La justicia es el arma principal de una verdadera democracia.

30 de enero de 2010
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un acto de civilización


El gobierno de Chile ha hecho un mea culpa público por la complicidad de las autoridades de la época con estas expediciones inhumanas o, cuando menos, por la desidia o lenidad con que el tema fue abordado.
[José Antonio Viera-Gallo] Hace unos días ocurrió en Chile un hecho reparatorio que ha adquirido una singular fuerza: me refiero a la repatriación y entierro de cinco kawesqar, cuyos restos fueron encontrados en la Universidad de Zurich. En pocas circunstancias ha quedado demostrado en forma más palmaria hasta qué honduras de crueldad puede llevar el racismo que acompañó la colonización y la expansión del mundo industrial en América Latina: hablamos de la captura, traslado forzado a Europa y exhibición de indígenas del sur de Chile como "curiosidades de la naturaleza" en circos y ferias.
Yaganes, kawesqar y selk’man, y también algunas familias mapuches, fueron tratados como salvajes de condición infrahumana. A fines del siglo XIX funcionaron los "zoológicos humanos" para diversión de los visitantes y con supuestos fines científicos. Así ocurrió en 1881 con fueguinos, en 1883 con mapuches y de nuevo con fueguinos en 1889 con ocasión de la Exposición Universal de París, que celebraba el centenario de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre.
En un acto encabezado por la Presidenta de la República fueron recibidos en el aeropuerto Pudahuel los restos de cinco personas a quienes se ha reconocido con los nombres con que sus raptores los identificaron: Capitano, hombre de 40 años, fallecido el 13 de marzo de 1882, junto a su esposa Piskouna y el hijo de ambos de cuatro años.
Con ellos venían Hendrich y Lise, jóvenes de 20 años de edad fallecidos en la misma fecha en Zurich. Todos eran miembros de un grupo de once kawesqar llevados a París en 1881 para ser expuestos en el Jardín de Aclimatación del Bois de Boulogne, luego de ser raptados en las costas del Estrecho de Magallanes por un marino alemán. Con posterioridad pasaron al Zoológico de Berlín, donde alojaron en el recinto de las avestruces, siguiendo a Leipzig, Stuttgart y Nurenberg. Sólo cuatro regresaron vivos a Punta Arenas.
En la ubicación y repatriación de los restos tuvieron un papel destacado el documentalista Hans Mulchi, el historiador Cristián Báez y el profesor Christoph Zollikofer, del Instituto y Museo de Antropología de la Universidad de Zurich.
El gobierno de Chile ha hecho un mea culpa público por la complicidad de las autoridades de la época con estas expediciones inhumanas o, cuando menos, por la desidia o lenidad con que el tema fue abordado, como queda demostrado por la timorata reacción de nuestras representaciones diplomáticas en Francia y el Reino Unido frente a las protestas de la prensa de la época y de algunas asociaciones humanitarias y religiosas.
Quienes así actuaron lo hicieron -como decía Bartolomé de las Casas- "como lobos, tigres o leones crueles de muchos días hambrientos". Se buscaban ganancias presentando la existencia exótica de seres humanos como si fueran animales salvajes, en forma de espectáculo para el consumo de la gente o para la investigación de los antropólogos. Para distraer al público se los mantenía en condiciones extremas y se los forzaba a simular enfrentamientos guerreros, danzas y otras actividades, e incluso se les atribuyeron injustamente conductas antropófagas.
Estos hechos vergonzantes han sido objeto de esporádicas reparaciones en la historia del siglo XX, pero sólo desde 1994 opera el proyecto de la Unesco "La ruta de los esclavos", con el objetivo de "romper con el silencio histórico que ha envuelto durante mucho tiempo la tragedia más dramática que ha sufrido la raza humana", como señaló el senegalés Doudou Diene, responsable del proyecto. El objetivo final es crear un tipo de archivo mundial acerca de la esclavitud y promover la inclusión de esta narración como materia lectiva en los colegios del mundo.
Cuando se traen a la memoria hechos tan dolorosos su evocación lleva implícita una condena moral y un compromiso político. Es la condena inapelable a la violación de derechos esenciales de los pueblos originarios de Chile y el compromiso de trabajar infatigablemente para que desaparezca para siempre de nuestra tierra toda sombra de racismo.
El nombre kawesqar significa "ser racional de piel y hueso", es decir, se identifica su capacidad de razonar como su condición específica, como el rasgo distintivo que los convierte en personas. Como tales debieron ser tratados, respetando su historia de más de 6.000 años en los canales entre el Golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes. El funeral fue concordado con las familias kawesqar como lo prescribe el Convenio 169 de la OIT. Al dar digna sepultura a estos compatriotas en la isla de Karukinká, en el seno del Almirantazgo, conforme a la tradición ancestral de los pueblos canoeros del sur, se hizo un acto de reparación moral. Hoy podemos mirar a sus descendientes a la cara y soñar el futuro con la esperanza de que todos los chilenos hayamos aprendido la lección y podamos encaminarnos hacia un Chile que sea la casa común de todos.

El autor es ministro secretario general de la Presidencia y coordinador de Asuntos Indígenas.

27 de enero de 2010
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chile vuelve a la edad del pavo


Esa edad en que, al comienzo de la adolescencia, se deja uno embaucar tan fácilmente.
[Sandra Russo] Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una Constitución a su medida y quedaba como senador vitalicio. Pero aquel Chile fue una fiesta. En el acto de cierre de la Concertación, en el que hablaba Patricio Aylwin, quien sería el presidente electo, miles y miles de personas se apiñaban haciendo flamear sus banderas. Esas y otras banderas habían estado guardadas durante los años de dictadura. Chile, esas dos sílabas, ese nombre comprimido y rítmico, significaba entonces muchas cosas. Sobre todo significaba todavía Salvador Allende, significaba el Estadio Nacional, en consecuencia significaba Víctor Jara. Chile era llorar por los ausentes, y se lloraba de pena y de alegría al mismo tiempo esos días.
Las democracias latinoamericanas fueron llegando como pudieron. Fueron oportunidades arrancadas al enorme y monstruoso ballet de una generación más de militares que se aceptaron a sí mismos como el brazo armado de un orden de cosas que quisieron instaurar como el orden natural de las cosas. En cada país hubo pequeños grupos de civiles que buscaron y obtuvieron su propia representación en las fuerzas armadas. Tenemos esa clase de burguesías. Bananeras. La chilena, aunque camuflada en la circunspección idiosincrática y el recato religioso, fue tan bananera como la que más. Por bananera entiendo haber rifado sin titubeos una de las democracias más sólidas del continente para sacarse de encima, con estado de sitio, asesinatos y encarcelamiento de opositores, a un gobierno legítimo que estaba orientado hacia los débiles.
Ese sigue siendo nuestro problema en la región. Cómo pueden sostenerse los gobiernos que no se inclinen en el gesto de aceptación acrítica a lo que les exijan los países más poderosos.
Chile en aquel tiempo también significaba Ariel Dorfman y Armand Mattelart, y su Para leer al Pato Donald. Aquellas generaciones de latinoamericanos estaban descubriendo algunos mecanismos de colonización mental, algunos ardides a través de los cuales nuestros pueblos seguían viendo bello al rubio y feo al negro, confiable al blanco y ladino al indio. La aparatología cultural, puro artificio de comunicación de masas, no tenía todavía oponente. No había Ciencias de la Comunicación ni teorías que nos explicaran por qué y cómo la gente votaba contra sí misma, en una ensoñación programada para vulnerar hasta lo indecible a las mayorías.
Teníamos bases de ciudadanía extremadamente acotadas y selectivas. Se daba por bueno lo extranjero y malo lo nacional, como en esa propaganda de la silla que describió hace poco la Presidenta y que muchos hemos vuelto a ver con ojos azorados. Un hombre que se sienta en una silla hecha en la Argentina, y se cae porque la silla está mal hecha, no resiste su peso. Se exhibían entonces muchas otras sillas importadas, en las que cualquiera podía sentarse con confianza.
Lo ingenuo, lo falaz, lo antipatriótico y lo antipolítico de esa propaganda hoy la haría imposible. Sobre todo porque nos hemos sentado en infinidad de sillas importadas que se cayeron, y porque hasta el más desentendido entenderá al menos como un problema la desocupación de los trabajadores que hacen sillas y la quiebra de las fábricas de sillas. Pero en aquella época, en aquella edad del pavo mental que vivimos como continente y que terminó con los peores crímenes que puedan imaginarse, los ciudadanos eran niños leyendo al Pato Donald. Con fuerzas armadas instruyéndose en la Escuela de las Américas. Con burguesías y oligarquías aliadas en la saña que siempre pretendió ser moral o ideológica y siempre mintió, porque era económica. Algunos pocos generaron o preservaron negocios gracias a convencer a muchos de que había un estado de cosas que era el orden natural de las cosas.
Nunca nada tuvo por qué ser como fue. Lo que pasó fue la historia, con sus móviles, sus protagonistas, sus responsables, sus ganadores, sus firmantes. Tanto dolor, tanta muerte, tanto exilio, anidó en la parte más soez de miles de personas que, con el cuello apenas un poco afuera del agua, quieren hundirle la cabeza al de al lado. Hace unos días un hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino, gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza.
Estos días en los grandes medios escuché a unos cuantos comunicadores machacar con el ejemplo chileno. Se referían a que Michelle Bachelet fue a saludar personalmente al presidente electo, el empresario Piñera. Vienen dando el ejemplo chileno porque Chile ya significa otras cosas. Significa beige, no rojo. Lo rojo se apiña en Bolivia, que ninguno de ellos da nunca como ejemplo de nada, a pesar de que es el país de la región cuya economía creció más el último año, y cuyos logros sociales van mucho más allá de lo aceptable para el statu quo. En Bolivia la democracia cura, educa y alimenta. En Bolivia el presidente Morales habla de la "revolución democrática" porque hay que sincerarse: que coman, se curen y se eduquen todos es lo revolucionario en estos países exóticos sólo si se los mira con el ojo del amo. La equidad, es necesario repetirlo, está siendo vestida de amenaza. Ese también es el ojo del amo.
Lamenté profundamente el triunfo de Piñera, lamenté ese retroceso, esa berlusconiada. Lamenté por anticipado lo que pasará y lamenté también tener que sepultar aquel recuerdo, el de Chile explotando de alegría con el fin de la dictadura. Porque la democracia, pensábamos todos entonces, no era solamente el llamado a elecciones sino la posibilidad de recrear las redes de solidaridad y de equidad que la dictadura había roto. La democracia, creíamos entonces, como había expresado aquí el entonces presidente Raúl Alfonsín, era una herramienta para dar de comer, para curar, para educar. Pues bien: eso lo ha hecho Bolivia y no Chile. No lo ha hecho hasta ahora, y con Piñera menos. Los ejemplos no son inocentes.

23 de enero de 2010
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en chile gobernarán los cavernícolas


Elecciones en Chile: el original y la copia.
[Atilio A. Borón] Para la Concertación el triunfo de la derecha (en realidad, de su variante más virulenta: la pinochetista) en las elecciones presidenciales chilenas podría considerarse como un ejemplo más de una "crónica de una muerte anunciada". La progresiva asimilación del legado ideológico de la dictadura militar por los principales cuadros de la alianza democristiana-socialista hizo que la diferenciación entre la Concertación y los herederos políticos del régimen militar, Renovación Nacional (su ala "moderada", si es que un "pinochetismo moderado" puede ser otra cosa que un oxímoron) y la Unión Demócrata Independiente, sus batallones más cavernícolas, fuera desvaneciéndose hasta tornarse imperceptibles para el electorado. Fernando Henrique Cardoso gustaba repetirles a sus alumnos que "a la larga, los pueblos siempre van a preferir el original a la copia". Y tenía razón. En este caso, el original era el pinochetismo y su heredero: Sebastián Piñera; la Concertación y su inverosímil candidato, la copia.
¿Constituye esto una injusta exageración? Para nada. Oigamos lo que decía Alejandro Foxley, uno de los prohombres de la Concertación y ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Michelle Bachelet entre el 2006 y el 2009: "Pinochet ... tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización... Hay que reconocer su capacidad visionaria (para) abrir la economía al mundo, descentralizar, desregular. Además, ... terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos para bien, no para mal". Con dirigencias "progresistas" que sostenían un discurso como éste (que muchos compartían si bien pocos se atrevían a manifestar con tanto descaro), ¿podía la Concertación ser creíble como una alternativa superadora del pinochetismo?
El triunfo de la derecha gravitará y mucho en el escenario sudamericano. Las cosas se pondrán más difíciles para los gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba; la ampliación del Mercosur con la plena incorporación de Venezuela sufrirá renovados tropiezos, y con Piñera el bloque derechista controla, con la honrosa excepción del Ecuador, todo el flanco del Pacífico latinoamericano. Además, el "efecto demostración" del desenlace electoral chileno podría llegar a ejercer un negativo influjo sobre las elecciones presidenciales de octubre del 2010 en Brasil y las que tendrán lugar el año siguiente en la Argentina. Por otra parte, la belicista contraofensiva imperial de Estados Unidos (Cuarta Flota, bases militares en Colombia, golpe en Honduras, reconocimiento de las fraudulentas elecciones de ese país, etcétera) contará a partir de marzo con un nuevo aliado, liberado de cualquier compromiso, aunque sea retórico, con el proyecto emancipatorio latinoamericano. Hay que recordar que aun bajo los gobiernos "progres" de la Concertación el papel que éstos desempeñaron fue siempre el de un operador privilegiado de Washington en América del Sur. En la Cumbre de Mar del Plata que culminó con el naufragio del ALCA las voces cantantes a favor de ese acuerdo fueron las de Ricardo Lagos y Vicente Fox, bajo la complacida mirada de George W. Bush. Ahora esa tendencia "aislacionista" –y, en el fondo, antilatinoamericana– se acentuará aún más, revirtiendo una profunda vocación latinoamericana que Chile supo tener y que bajo la presidencia de Salvador Allende llegó a su apogeo. Pero ese país ha cambiado, "para bien" como lo recordaba el ex canciller de la Concertación.
Por eso los necesarios procesos de integración supranacional actualmente en marcha en América latina –desde el Mercosur hasta la Unasur, pasando por el Banco del Sur y otras iniciativas semejantes– no habrán de cobrar nuevos bríos con Piñera en La Moneda. Con Frei las cosas no habrían sido muy diferentes, pero al menos éste tenía un vago compromiso con el electorado que en el caso de su contendor no existe. Lo que hay detrás de Piñera, en cambio, es la rabiosa gritería de sus partidarios celebrando la victoria de su candidato con imágenes y bustos de Pinochet y cánticos exhortando a acabar con los "comunistas" infiltrados en el gobierno de la Concertación. La década no podía haber comenzado peor. Más que nunca en tiempos como éstos adquiere vigencia aquel sabio consejo de Gramsci: "Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad".

www.atilioboron.com
22 de enero de 2010
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