kissinger y el 11 de septiembre
14 de septiembre de 2009
[José Pablo Feinmann] Sería ingenuo no creer que el 11 de septiembre que el mundo recordará será el de las Torres Gemelas antes que el de Chile. El de las Torres tuvo una audiencia en simultáneo, un público atónito que asistía, compartiéndolo, en vivo y en directo, a uno de los acontecimientos más poderosos de la historia humana. No menos poderoso fue el de Chile, pero nos tenía más acostumbrados. Ignoro si se ha reflexionado sobre un punto: el acontecimiento de las Torres y el de Chile no sólo comparten la fecha, sino mucho más. El país de las Torres (el Imperio) fue el causante directo del septiembre chileno. Chile nada tuvo que ver con la caída de las Torres. Pero Estados Unidos hizo el golpe de Pinochet, lo inventó a Pinochet y lo asesinó a Allende. Era parte de la política que se había otorgado para manejar las cosas en eso que llaman su "patio trasero".
Desde que llegó a la presidencia, Kennedy, que era un furioso anticomunista, advirtió que –durante el llamado período de la Guerra Fría– las acciones bélicas directas no tendrían lugar entre los dos bloques hegemónicos. Había, en ellos, un exceso de técnica bélica que lo impedía. El terror nuclear recomendaba una excesiva prudencia que los dos colosos observaron con prudencia, con cautela. Las luchas, entonces, se dieron en otras latitudes. Kennedy informó que los soviéticos instrumentarían las guerras nacionalistas, las guerras de descolonización para hacer de ellas guerras revolucionarias. Se había visto en Indochina, apenas acababa de verse en Argelia. No eran guerras entre colonizadores y colonizados. Ese era el disfraz y aun el concepto novedoso que las definía (guerras de liberación del Tercer Mundo) era una falacia. No había Tercer Mundo. El mundo seguía siendo bipolar. O el liberalismo democrático e individualista que representaba Estados Unidos o el totalitarismo estatal y masificador encarnado por la Unión Soviética. Los cuales intentaban apoderarse del mundo, algo que vehiculizaban por medio de las guerras coloniales contra las potencias de Occidente que ellos respaldaban.
En América latina habían puesto su garra por medio de Cuba, por esos barbudos que habían seducido y engañado a la CIA diciéndose democráticos, y que la CIA creyó que apenas venían a tirarles abajo a ese sargento Fulgencio Batista, un sanguinario impresentable, que había hecho de Cuba un prostíbulo y un garito para la mafia. Apoyaron a los muchachos de Fidel, que les dieron una enorme y pésima sorpresa: su líder se definió y definió a su movimiento como marxista-leninista. Decidieron aprender la lección: nunca más un Castro en América latina. Porque Estados Unidos decía no pretender apropiarse del mundo como los soviéticos, pero en verdad ya casi lo dominaba o esa era su meta. Por ejemplo: "Los países latinoamericanos tenían libertad para elegir sus gobiernos mientras no fuesen comunistas o nacionalistas y no amenazasen los intereses económicos, políticos y estratégicos de los Estados Unidos. Con justa razón, el profesor Chalmers Johnson consideró que había más simetría entre las políticas de la Unión Soviética y de los Estados Unidos de lo que los norteamericanos deseaban reconocer. Si en el transcurso de la Guerra Fría la Unión Soviética intervino manu militari en Alemania Oriental (1953), Hungría (1957) y Checoslovaquia (1968), los Estados Unidos articularon el golpe en Irán (1953), la invasión de Guatemala (1954) y de Cuba (1961), ocuparon militarmente la República Dominicana (1965) e intervinieron en Corea (1950) y en Vietnam (donde sustentaron dictaduras y mataron a un número más grande de personas que la Unión Soviética en sus exitosas intervenciones" (Chalmers Johnson citado por Luis Alberto Moniz Bandera en su notable ensayo: 'La formación del imperio americano'). En una comparación inevitablemente odiosa y desagradable, posiblemente la CIA sea y haya sido una organización más cruel, más asesina y, sobre todo, más responsable de la llegada de regímenes genocidas al poder que la KGB soviética. Medio mundo o más no diría esto por la prepotencia, la supremacía que tienen los medios en la formación de la subjetividad de las personas. El cine, por ejemplo (gran herramienta de propaganda de EE.UU.), siempre ha mostrado a un agente de la KGB como alguien más siniestro que uno de la CIA, que, con frecuencia, es el héroe de la película. Jack Ryan, sin ir más lejos, tuvo la pinta y el carisma de Harrison Ford. ¿Quién, en la KGB, podía competir con él? Nadie y no sólo eso: todos los sujetos-sujetados del vasto universo ven a Harrison Ford como agente de la CIA y les cuesta creer, a partir de ahí, que un tipo de esa siniestra organización (llena, por ejemplo, de expertos en tortura y demás métodosde inteligencia') sea una mala persona. ¿O no lo hace el bueno, el encantador de Harrison? ¿O no lo hace nada menos que Indiana Jones? Sólo podría ocurrir –en estos tiempos duros de la 'Guerra contra el Terror'– que Indiana tuviera una 5ta. parte (improbable, dado el fracaso de la cuarta) en que el héroe fuera decididamente malvado, a lo Batman versión Frank Miller, pues parece que Hollywood quiere atemorizar más que seducir, ser malo antes que bueno, uno de los principales consejos de Maquiavelo al Príncipe. Por algo será, ya que si el florentino no sabía nada de historietas, de política sabía un montón. El problema se le aparece a la administración Nixon. En 1970, el socialista Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular, gana de modo inobjetable las elecciones en Chile. Pese a que Allende propone una "vía pacífica" –o una "vía democrática"– al socialismo, Richard Nixon lo odia desde el primer día. Y desde ese día se propone echarlo del gobierno. Aquí debo mencionar dos documentales formidables con los que trabajo estas cuestiones y deben (creo) ser consultados: uno es casi una autobiografía de Robert McNamara y se titula 'La niebla de la guerra', el otro es una pequeña obra maestra de Christopher Hitchens, 'Los juicios de Henry Kissinger'. En éste, Hitchens nos muestra la pasión que pone Kissinger en dejar contento a su jefe, Nixon, y demostrarle que se puede hacer con un país lo que Estados Unidos desee. No aún con Chile, porque Allende acaba de ganar muy limpiamente "y nosotros respetamos la democracia". Nixon acepta este dogma, pero tiene claro que –en caso de llegar a imponer una dictadura– siempre es mejor una dictadura no-comunista que una comunista (ver: Luis Alberto Moniz Bandeira, 'La formación del imperio americano', p. 278). Seguramente compartían este criterio las empresas que le hicieron saber acerca de la gravedad del asunto: la ITT, la Pepsi Cola y el Chase Manhattan Bank. Todas se comunicaron con el director de la CIA, Richard Helms. (Qué cosa: pensar que uno se toma una Pepsi Cola –yo siempre lo hago cuando no hay Coca Cola light– y no piensa en estas cosas. Si lo hiciera, ya no podría vivir en este planeta.) También lo hizo Nixon, en una reunión relámpago: se sentó, tomó un vaso de agua, dijo un par de cosas y se fue. Destinó 10 millones de dólares para la tarea de desestabilizar al "hijo de puta" –así le decía: SOB–, pidió acción inmediata, dejar de lado al embajador, poner los mejores hombres en la tarea y en 48 horas deteriorar la economía. A partir de ese punto empezaría el trabajo en serio.
Kissinger tenía un buen concepto de la habilidad política de Allende: por todos los medios exhibiría que no era un satélite soviético, a lo Castro, ni siquiera un gobierno abiertamente comunista. Pero no estaba dispuesto a mostrar que le creía. En suma, entre Nixon y Kissinger deciden hundir a Allende desde el primer día de su llegada al poder. Así se hace la historia. En tanto en América latina se festejaba el gran paso de la llegada al gobierno por elecciones libres y democráticas de un gobierno socialista (aunque fuese con un margen leve: la Unidad Popular sólo alcanzó el 36,2 por ciento), en las oficinas de la CIA o en el despacho más privado de Nixon la tarea de destrucción ya estaba en camino. Precisamente en 'Los juicios de Kissinger', el halcón Alexander Haig (que anduvo por aquí tratando de arreglar la guerra de Malvinas) lanza una exclamación con la fuerza de un escupitajo iracundo: "¿Otro Castro en América latina? ¡Por favor!". O sea, ni locos. Allende debía caer.
Kissinger empieza la tarea. Ya, cierta vez, había dicho que no se le debía permitir a un país hacerse marxista sólo por "la irresponsabilidad de su gente". Es un perfecto razonamiento de derecha: mientras la gente vote lo tolerable, lo que podemos aceptar o manejar sin perder dinero ni perder la posibilidad de ganarlo, bien. De lo contrario, han votado como idiotas. No vamos a tolerar ser víctimas de la voluntad de los idiotas. Aquí, en Chile, lo mismo. Si estos latinos del extremo sur han elegido volverse comunistas, allá ellos. Debieron saber que no toleraríamos un segundo país rojo en nuestro patio trasero. Ahora vendrán las consecuencias y tendrán que atenerse a ellas. Todo lo que sigue es más o menos conocido. Kissinger le encarga a la CIA matar al comandante en jefe del Ejército chileno, el general René Schneider. Lo acribillan dentro de su auto. Uno ve la foto y se parece demasiado al auto de Rucci. Luego se hace todo lo necesario para llegar al golpe de Pinochet. Ya se ha liberado correspondencia entre ambos tiernos personajes. Se han hecho públicas comunicaciones telefónicas en las que Kissinger le dice: "Mañana hablaré en las Naciones Unidas sobre derechos humanos, pero no se sienta agredido. Sólo es algo formal. Tengo que decirlo". El 11 de septiembre de 1973 se produce el golpe. La economía ha sido devastada, la clase obrera ha perdido su cohesión, las conchetas chilenas hace días y días que salen a cacerolear y a pedir la caída de Allende. Pinochet, por fin, bombardea La Moneda. Allende muere resistiendo. Precisamente ese día el Senado confirma a Kissinger como secretario de Estado. Kissinger declara que Estados Unidos nada tiene que ver con el golpe de Chile. El embajador Edward Korry (sin dejar de sonreír, pues todo le parece una comedia irrefrenable y macabra) dice: "Mintió". Hace una pausa y repite: "Mintió". Como si dijera: "¿Qué esperaban de él?".
El próximo paso de Henry (Henry, retrato de un asesino titula Ramón Pedregal Casanova su comentario al trabajo de Hitchens) es ayudar al régimen de la Junta argentina. Así, recibe al almirante Guzzetti en una suite ultrarreservada del Waldorf Astoria el 7 de octubre de 1976. Le dice que, en Estados Unidos, no se entiende que "ustedes tienen una guerra civil". Que él ya nada puede hacer para imponer ese punto de vista, que se rechaza una y otra vez. Que la cuestión de los derechos humanos está difícil. Que terminen el trabajo sucio antes de fin de año, antes de que el Congreso retorne a sus funciones. En suma, antes de Navidad. Guzzetti le asegura que "antes de Navidad" todo estará concluido.
Se cumplen 36 años del golpe contra Allende, el 11 de septiembre. Se cumplen 8 años de la caída de las Torres, un 11 de septiembre. Se ha buscado de muchas maneras enjuiciar y arrestar a Kissinger, considerado por muchos "el más grande criminal de guerra vivo". McNamara murió en julio de este año a los 93 años, en su cama, sereno. Hace un tiempo se consiguió llevar a juicio al verdugo de Allende. Por fin. Era, simbolismo que fue buscado, un 11 de septiembre. Pero era el 11 de septiembre de 2001. La audiencia se anuló. Sigue libre.
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[Sergio Muñoz] El 11 de septiembre de 1973 no sólo fue derrocado el gobierno de la Unidad Popular que encabezaba el Presidente Allende, sino que se consumó una dolorosa derrota de la república, lo que afectó a la nación en su conjunto al degradar las nociones de civilización que se sintetizaban en la Constitución y las leyes de entonces. La dictadura no sólo arrasó con la experiencia izquierdista, sino con la cultura de los derechos humanos, ese patrimonio de valores que los chilenos pudimos apreciar mejor cuando lo perdimos.
[Howard L. Berman] Washington está oficialmente esperando que el Departamento de Estado determine si los sucesos de este verano en Honduras constituyen o no un golpe. Las acciones hablan con más claridad que las palabras, pero en este caso una sola palabra podría determinar el curso de la democracia en el Hemisferio Occidental.
[Kerry Kennedy] Estaré en Buenos Aires para conmemorar la visita de la Comisión Interamericana, que hace treinta años ayudó a restaurar la democracia en Argentina. Durante el curso de la guerra sucia, 30.000 personas consideradas opositoras políticas fueron asesinadas o desaparecieron. Los valientes defensores de los derechos humanos en la Argentina sabían que podían contar con aliados en el mundo, pero con nadie tanto como el senador Edward Kennedy.
[Antonio Caballero] Hace ya más de ochenta años escribió Curzio Malaparte un librito muy leído entonces, titulado ‘La técnica del golpe de Estado’. Consideraba en él varios ejemplos, desde el 18 Brumario de Bonaparte hasta el incendio del Reichstag por Hitler, pasando por el Octubre Rojo de Lenin y Trotsky y por la Marcha sobre Roma de Mussolini. No registró otro método, que es el que estamos viendo ahora en Colombia practicado por Álvaro Uribe en su empeño de tercera elección presidencial consecutiva: la compra por cuotas.
[Horacio Cecchi] La imagen es clara. Mientras un hombre está esposado, con el rostro cubierto, colgado de una reja, dos guardias se dedican a golpearlo, violarlo con el caño de un fusil, mientras lo amenazan y se ríen de él y un tercero filma las escenas con un celular. "Díaz me hizo técnicas de reducimiento, me dobló la mano, el cuello, en presencia de los compañeros. Díaz dijo que había que hacerme la bienvenida y trajo esposas. Me las puso, me levantaron de la silla y me colgaron de unas rejas", dijo Carlos Maidana, el denunciante. Sin importar otra cosa que las pruebas, el ministro de Justicia, Ricardo Casal, actuó rápidamente con sus reflejos y ordenó, sin más, la expulsión de los tres guardias mencionados por Maidana y el apartamiento del director del penal y del jefe de Seguridad. Además de que el fiscal Tomás Morán seguramente descargará todas las herramientas legales de que dispone para responsabilizar penalmente a los imputados. Debiera, según el film, aunque esto como siempre es resorte judicial, imputar por torturas cuya pena llega a la perpetua. El caso tuvo una repercusión mediática impresionante. Punto aparte.
[Luis Bruschtein] Hubo generales que siempre entendieron perfectamente su lugar y lo aprovecharon. Pero muchos militares, más ingenuos si se quiere, formados antes de los años ’80, siempre vieron a la sociedad civil como algo ajeno a ellos, incluso hostil, siempre equivocada, siempre banal. Fueron educados así por los otros generales que necesitaban una tropa dócil y con un complejo supremacista sobre la sociedad civil, porque durante más de cincuenta años lo único que hicieron fue usarlos para promover golpes y dictaduras.
[José Natanson] Sudamérica es una de las pocas zonas de paz del planeta. Persisten algunos enfrentamientos a la vieja usanza, interestatales y por cuestiones territoriales, como la disputa entre Chile y Bolivia por la salida al Pacífico, o entre Chile y Perú por la delimitación marítima, o entre Venezuela y Guyana por Esequibo. Pero en general se trata de una zona desprovista de conflictos bélicos que, desde la firma de la paz entre Perú y Ecuador en 1998, puede considerarse a salvo de los encontronazos militares que afectan a África y Asia. Un solo gran problema altera este horizonte: el conflicto colombiano. Hoy la principal cuestión de seguridad de Ecuador y Venezuela –y en menor medida también de Brasil y Perú– es la situación de Colombia. "Nosotros no tenemos frontera con Colombia, tenemos frontera con las FARC", declaró el presidente Rafael Correa dos meses atrás, quejándose por el esfuerzo militar que tiene que hacer su país para resguardar su límite con Colombia.