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opinión

kissinger y el 11 de septiembre


El país de las Torres (el Imperio) fue el causante directo del septiembre chileno. Chile nada tuvo que ver con la caída de las Torres. Pero Estados Unidos hizo el golpe de Pinochet, lo inventó a Pinochet y lo asesinó a Allende.
[José Pablo Feinmann] Sería ingenuo no creer que el 11 de septiembre que el mundo recordará será el de las Torres Gemelas antes que el de Chile. El de las Torres tuvo una audiencia en simultáneo, un público atónito que asistía, compartiéndolo, en vivo y en directo, a uno de los acontecimientos más poderosos de la historia humana. No menos poderoso fue el de Chile, pero nos tenía más acostumbrados. Ignoro si se ha reflexionado sobre un punto: el acontecimiento de las Torres y el de Chile no sólo comparten la fecha, sino mucho más. El país de las Torres (el Imperio) fue el causante directo del septiembre chileno. Chile nada tuvo que ver con la caída de las Torres. Pero Estados Unidos hizo el golpe de Pinochet, lo inventó a Pinochet y lo asesinó a Allende. Era parte de la política que se había otorgado para manejar las cosas en eso que llaman su "patio trasero".
Desde que llegó a la presidencia, Kennedy, que era un furioso anticomunista, advirtió que –durante el llamado período de la Guerra Fría– las acciones bélicas directas no tendrían lugar entre los dos bloques hegemónicos. Había, en ellos, un exceso de técnica bélica que lo impedía. El terror nuclear recomendaba una excesiva prudencia que los dos colosos observaron con prudencia, con cautela. Las luchas, entonces, se dieron en otras latitudes. Kennedy informó que los soviéticos instrumentarían las guerras nacionalistas, las guerras de descolonización para hacer de ellas guerras revolucionarias. Se había visto en Indochina, apenas acababa de verse en Argelia. No eran guerras entre colonizadores y colonizados. Ese era el disfraz y aun el concepto novedoso que las definía (guerras de liberación del Tercer Mundo) era una falacia. No había Tercer Mundo. El mundo seguía siendo bipolar. O el liberalismo democrático e individualista que representaba Estados Unidos o el totalitarismo estatal y masificador encarnado por la Unión Soviética. Los cuales intentaban apoderarse del mundo, algo que vehiculizaban por medio de las guerras coloniales contra las potencias de Occidente que ellos respaldaban.
En América latina habían puesto su garra por medio de Cuba, por esos barbudos que habían seducido y engañado a la CIA diciéndose democráticos, y que la CIA creyó que apenas venían a tirarles abajo a ese sargento Fulgencio Batista, un sanguinario impresentable, que había hecho de Cuba un prostíbulo y un garito para la mafia. Apoyaron a los muchachos de Fidel, que les dieron una enorme y pésima sorpresa: su líder se definió y definió a su movimiento como marxista-leninista. Decidieron aprender la lección: nunca más un Castro en América latina. Porque Estados Unidos decía no pretender apropiarse del mundo como los soviéticos, pero en verdad ya casi lo dominaba o esa era su meta. Por ejemplo: "Los países latinoamericanos tenían libertad para elegir sus gobiernos mientras no fuesen comunistas o nacionalistas y no amenazasen los intereses económicos, políticos y estratégicos de los Estados Unidos. Con justa razón, el profesor Chalmers Johnson consideró que había más simetría entre las políticas de la Unión Soviética y de los Estados Unidos de lo que los norteamericanos deseaban reconocer. Si en el transcurso de la Guerra Fría la Unión Soviética intervino manu militari en Alemania Oriental (1953), Hungría (1957) y Checoslovaquia (1968), los Estados Unidos articularon el golpe en Irán (1953), la invasión de Guatemala (1954) y de Cuba (1961), ocuparon militarmente la República Dominicana (1965) e intervinieron en Corea (1950) y en Vietnam (donde sustentaron dictaduras y mataron a un número más grande de personas que la Unión Soviética en sus exitosas intervenciones" (Chalmers Johnson citado por Luis Alberto Moniz Bandera en su notable ensayo: 'La formación del imperio americano'). En una comparación inevitablemente odiosa y desagradable, posiblemente la CIA sea y haya sido una organización más cruel, más asesina y, sobre todo, más responsable de la llegada de regímenes genocidas al poder que la KGB soviética. Medio mundo o más no diría esto por la prepotencia, la supremacía que tienen los medios en la formación de la subjetividad de las personas. El cine, por ejemplo (gran herramienta de propaganda de EE.UU.), siempre ha mostrado a un agente de la KGB como alguien más siniestro que uno de la CIA, que, con frecuencia, es el héroe de la película. Jack Ryan, sin ir más lejos, tuvo la pinta y el carisma de Harrison Ford. ¿Quién, en la KGB, podía competir con él? Nadie y no sólo eso: todos los sujetos-sujetados del vasto universo ven a Harrison Ford como agente de la CIA y les cuesta creer, a partir de ahí, que un tipo de esa siniestra organización (llena, por ejemplo, de expertos en tortura y demás métodosde inteligencia') sea una mala persona. ¿O no lo hace el bueno, el encantador de Harrison? ¿O no lo hace nada menos que Indiana Jones? Sólo podría ocurrir –en estos tiempos duros de la 'Guerra contra el Terror'– que Indiana tuviera una 5ta. parte (improbable, dado el fracaso de la cuarta) en que el héroe fuera decididamente malvado, a lo Batman versión Frank Miller, pues parece que Hollywood quiere atemorizar más que seducir, ser malo antes que bueno, uno de los principales consejos de Maquiavelo al Príncipe. Por algo será, ya que si el florentino no sabía nada de historietas, de política sabía un montón. El problema se le aparece a la administración Nixon. En 1970, el socialista Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular, gana de modo inobjetable las elecciones en Chile. Pese a que Allende propone una "vía pacífica" –o una "vía democrática"– al socialismo, Richard Nixon lo odia desde el primer día. Y desde ese día se propone echarlo del gobierno. Aquí debo mencionar dos documentales formidables con los que trabajo estas cuestiones y deben (creo) ser consultados: uno es casi una autobiografía de Robert McNamara y se titula 'La niebla de la guerra', el otro es una pequeña obra maestra de Christopher Hitchens, 'Los juicios de Henry Kissinger'. En éste, Hitchens nos muestra la pasión que pone Kissinger en dejar contento a su jefe, Nixon, y demostrarle que se puede hacer con un país lo que Estados Unidos desee. No aún con Chile, porque Allende acaba de ganar muy limpiamente "y nosotros respetamos la democracia". Nixon acepta este dogma, pero tiene claro que –en caso de llegar a imponer una dictadura– siempre es mejor una dictadura no-comunista que una comunista (ver: Luis Alberto Moniz Bandeira, 'La formación del imperio americano', p. 278). Seguramente compartían este criterio las empresas que le hicieron saber acerca de la gravedad del asunto: la ITT, la Pepsi Cola y el Chase Manhattan Bank. Todas se comunicaron con el director de la CIA, Richard Helms. (Qué cosa: pensar que uno se toma una Pepsi Cola –yo siempre lo hago cuando no hay Coca Cola light– y no piensa en estas cosas. Si lo hiciera, ya no podría vivir en este planeta.) También lo hizo Nixon, en una reunión relámpago: se sentó, tomó un vaso de agua, dijo un par de cosas y se fue. Destinó 10 millones de dólares para la tarea de desestabilizar al "hijo de puta" –así le decía: SOB–, pidió acción inmediata, dejar de lado al embajador, poner los mejores hombres en la tarea y en 48 horas deteriorar la economía. A partir de ese punto empezaría el trabajo en serio.
Kissinger tenía un buen concepto de la habilidad política de Allende: por todos los medios exhibiría que no era un satélite soviético, a lo Castro, ni siquiera un gobierno abiertamente comunista. Pero no estaba dispuesto a mostrar que le creía. En suma, entre Nixon y Kissinger deciden hundir a Allende desde el primer día de su llegada al poder. Así se hace la historia. En tanto en América latina se festejaba el gran paso de la llegada al gobierno por elecciones libres y democráticas de un gobierno socialista (aunque fuese con un margen leve: la Unidad Popular sólo alcanzó el 36,2 por ciento), en las oficinas de la CIA o en el despacho más privado de Nixon la tarea de destrucción ya estaba en camino. Precisamente en 'Los juicios de Kissinger', el halcón Alexander Haig (que anduvo por aquí tratando de arreglar la guerra de Malvinas) lanza una exclamación con la fuerza de un escupitajo iracundo: "¿Otro Castro en América latina? ¡Por favor!". O sea, ni locos. Allende debía caer.
Kissinger empieza la tarea. Ya, cierta vez, había dicho que no se le debía permitir a un país hacerse marxista sólo por "la irresponsabilidad de su gente". Es un perfecto razonamiento de derecha: mientras la gente vote lo tolerable, lo que podemos aceptar o manejar sin perder dinero ni perder la posibilidad de ganarlo, bien. De lo contrario, han votado como idiotas. No vamos a tolerar ser víctimas de la voluntad de los idiotas. Aquí, en Chile, lo mismo. Si estos latinos del extremo sur han elegido volverse comunistas, allá ellos. Debieron saber que no toleraríamos un segundo país rojo en nuestro patio trasero. Ahora vendrán las consecuencias y tendrán que atenerse a ellas. Todo lo que sigue es más o menos conocido. Kissinger le encarga a la CIA matar al comandante en jefe del Ejército chileno, el general René Schneider. Lo acribillan dentro de su auto. Uno ve la foto y se parece demasiado al auto de Rucci. Luego se hace todo lo necesario para llegar al golpe de Pinochet. Ya se ha liberado correspondencia entre ambos tiernos personajes. Se han hecho públicas comunicaciones telefónicas en las que Kissinger le dice: "Mañana hablaré en las Naciones Unidas sobre derechos humanos, pero no se sienta agredido. Sólo es algo formal. Tengo que decirlo". El 11 de septiembre de 1973 se produce el golpe. La economía ha sido devastada, la clase obrera ha perdido su cohesión, las conchetas chilenas hace días y días que salen a cacerolear y a pedir la caída de Allende. Pinochet, por fin, bombardea La Moneda. Allende muere resistiendo. Precisamente ese día el Senado confirma a Kissinger como secretario de Estado. Kissinger declara que Estados Unidos nada tiene que ver con el golpe de Chile. El embajador Edward Korry (sin dejar de sonreír, pues todo le parece una comedia irrefrenable y macabra) dice: "Mintió". Hace una pausa y repite: "Mintió". Como si dijera: "¿Qué esperaban de él?".
El próximo paso de Henry (Henry, retrato de un asesino titula Ramón Pedregal Casanova su comentario al trabajo de Hitchens) es ayudar al régimen de la Junta argentina. Así, recibe al almirante Guzzetti en una suite ultrarreservada del Waldorf Astoria el 7 de octubre de 1976. Le dice que, en Estados Unidos, no se entiende que "ustedes tienen una guerra civil". Que él ya nada puede hacer para imponer ese punto de vista, que se rechaza una y otra vez. Que la cuestión de los derechos humanos está difícil. Que terminen el trabajo sucio antes de fin de año, antes de que el Congreso retorne a sus funciones. En suma, antes de Navidad. Guzzetti le asegura que "antes de Navidad" todo estará concluido.
Se cumplen 36 años del golpe contra Allende, el 11 de septiembre. Se cumplen 8 años de la caída de las Torres, un 11 de septiembre. Se ha buscado de muchas maneras enjuiciar y arrestar a Kissinger, considerado por muchos "el más grande criminal de guerra vivo". McNamara murió en julio de este año a los 93 años, en su cama, sereno. Hace un tiempo se consiguió llevar a juicio al verdugo de Allende. Por fin. Era, simbolismo que fue buscado, un 11 de septiembre. Pero era el 11 de septiembre de 2001. La audiencia se anuló. Sigue libre.

14 de septiembre de 2009
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qué hemos aprendido


¿Qué hemos aprendido al cabo de 36 años? Cuando decimos "nunca más", debemos entender tal expresión como disposición de no volver a tropezar en las piedras del extravío ideológico, político y moral. Un columnista de La Nación.
[Sergio Muñoz] El 11 de septiembre de 1973 no sólo fue derrocado el gobierno de la Unidad Popular que encabezaba el Presidente Allende, sino que se consumó una dolorosa derrota de la república, lo que afectó a la nación en su conjunto al degradar las nociones de civilización que se sintetizaban en la Constitución y las leyes de entonces. La dictadura no sólo arrasó con la experiencia izquierdista, sino con la cultura de los derechos humanos, ese patrimonio de valores que los chilenos pudimos apreciar mejor cuando lo perdimos.
El desmoronamiento de las instituciones democráticas que los chilenos habíamos preservado durante largo tiempo representó una profunda regresión en nuestra forma de vivir. El derecho se convirtió en una palabra vacía, lo que quedó de manifiesto con la anulación de hecho del recurso de habeas corpus o recurso de amparo. El régimen que encabezó Pinochet no dejó crimen por cometer.
Hay que decirlo una vez más: si la democracia se hundió en Chile fue porque no tuvo suficientes defensores en la coyuntura precisa de 1973. Los esquemas duros de la Guerra Fría alentaron el clima del enfrentamiento sin salida. La crispación ideológica y política alimentó el odio y el miedo, que suelen ser los factores que abonan el terreno a las grandes tragedias.
Los responsables directos de lo que ocurrió a partir del 11 de septiembre no pueden esconderse: son los que encabezaron el golpe de Estado e instalaron un régimen sin escrúpulos, dispuesto a cometer las peores vilezas. Pero los responsables de lo que ocurrió antes del 11 somos todos, de una u otra manera. Nadie puede lavarse las manos.
Es preferible que enfrentemos la historia: por acción o por omisión, entre todos empujamos la democracia chilena al matadero. Nuestra tragedia se incubó en los sectarismos de una época caracterizada por la pasión ideológica. Ese fue el contexto del debilitamiento de nuestra capacidad de proteger la diversidad, la tolerancia y el respeto. ¡Lo pagamos muy caro! En la encrucijada de 1973, cualquier transacción política entre el gobierno y la oposición hubiera sido preferible al régimen de terror que se impuso.

¿Qué Hemos Aprendido en el Camino?
Que, aunque tengamos visiones diversas sobre los orígenes de la tragedia del 73, debemos coincidir en algo esencial: nada sólido y valedero se puede construir sobre la base del avasallamiento de los seres humanos. Las persecuciones ideológicas y políticas constituyen un estigma para el conjunto de la sociedad. Tarde o temprano, de una u otra manera, hay que rendir cuentas.
Que necesitamos cuidar la democracia permanentemente, lo cual no se limita a que haya elecciones periódicas, sino que supone una convivencia basada en el respeto a los procedimientos democráticos y que favorezca una cultura cívica en la cual las controversias no impliquen convertirse en enemigos.
Que es inaceptable la violencia como método político. No puede haber ambigüedades al respecto. Ningún grupo, por respetables que sean sus banderas, puede creer que tiene un estatuto especial para recurrir a la fuerza, por encima de las normas de convivencia que nos hemos dado y que sólo podemos cambiar a través de los propios métodos del régimen democrático.
Necesitamos que las nuevas generaciones asimilen una enseñanza esencial: las libertades deben ser defendidas siempre y bajo cualquier circunstancia, porque constituyen el marco de civilización sin el cual todos los abusos y todos los crímenes son posibles. Ningún proyecto absoluto y excluyente, por recta que parezca su inspiración, puede imponerse con otros métodos que no sean los propios de la arbitrariedad.
Después de superar no pocos obstáculos, los chilenos pudimos reencontrarnos en la libertad hace casi dos décadas. Eso es muy valioso. Todos los sectores han hecho su contribución. También las instituciones militares. No ha sido fácil curar las heridas causadas por la represión, porque fueron muy profundas, pero hemos sido capaces de avanzar juntos hacia la verdad, la justicia y la reparación.
Debemos recordar en esta hora a todos los compatriotas que fueron devorados por la violencia, cualquiera que sea su condición. Cuando decimos "nunca más", debemos entender tal expresión como disposición de no volver a tropezar en las piedras del extravío ideológico, político y moral; como un compromiso firme con el diálogo y la búsqueda de amplios acuerdos; como voluntad de impedir a toda costa que los criminales tomen el poder. Para conseguir todo esto, tenemos que bregar para que la paz, la libertad y el derecho no se debiliten, lo cual está asociado al permanente perfeccionamiento de la democracia.

11 de septiembre de 2009
©la nación
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lo de honduras es un golpe


En Honduras, la definición formal de la intervención militar como golpe provocaría la suspensión de la ayuda. Columna de un congresista estadounidense.
[Howard L. Berman] Washington está oficialmente esperando que el Departamento de Estado determine si los sucesos de este verano en Honduras constituyen o no un golpe. Las acciones hablan con más claridad que las palabras, pero en este caso una sola palabra podría determinar el curso de la democracia en el Hemisferio Occidental.
Las leyes estadounidenses requieren que la ayuda extranjera, con la excepción de la humanitaria y la relacionada con el fomento de la democracia, sea suspendida en los casos en que "el presidente elegido del gobierno de un país sea depuesto por un golpe militar o un decreto". Una definición formal del Departamento de Estado podría provocar esta suspensión, que el uso previo de la palabra ‘golpe’ por parte de las autoridades estadounidenses no ha logrado. El asunto ocupará a muchos ahora que la secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton se reunirá con el derrocado presidente hondureño Manuel Zelaya.
El diccionario Merriam-Webster define ‘golpe de estado’ como "el repentino y decisivo uso de la fuerza en política: el derrocamiento o alteración violenta de un gobierno existente por un pequeño grupo".
De momento, Estados Unidos ha adoptado una posición mesurada en este asunto, permitiendo las negociaciones entre los presidentes latinoamericanos y el gobierno hondureño de facto. Pero nuestra paciencia no es infinita y el presidente Obama, la secretario de Estado Clinton, la Asamblea General de Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos ya han hecho buen uso de la definición.
A fines de junio, en medio de un impasse constitucional con la corte suprema y las fuerzas armadas de su país, Zelaya fue sacado de su casa por un grupo de soldados y, todavía en pijamas,  subido a empujones a un avión y expulsado del país. Desde entonces, e incluso frente a un hemisferio unido y la condena mundial del golpe, el gobierno de facto conducido por el ex presidente del Congreso hondureño, Roberto Micheletti, se ha mantenido en sus trece.
Pero este pato parece, camina y grazna como pato. Es hora de dejar de andarse con rodeos y llamar las cosas por su nombre. Y si, cualquiera sea la razón, los abogados del Departamento de Estado no concluyen que este fue un golpe, el Congreso debe estudiar otros modos con los que influir directamente en el flujo de ayuda.
Cortar la ayuda es un contundente medio y no debería usarse con ligereza. Puede afectar la vida de familias e industrias, además de golpear a los que están arriba. Pero Honduras realizará elecciones presidenciales y parlamentarias el 29 de noviembre y cada día que pasa da a Micheletti y los suyos la posibilidad de reafirmar su control ilegítimo del poder.
En las negociaciones no ha hecho poco más que atascarlas, con la esperanza de que el golpe sea convierta en irrelevante a medida que se acercan las elecciones. Se niegan a participar en un acuerdo regional propuesto por el presidente de Costa Rica, Óscar Arias y la OEA para restituir a Zelaya en la presidencia de modo que pueda cumplir con su mandato, incluso con condiciones estrictas sobre sus atribuciones presidenciales y bajo supervisión internacional.
Entretanto, las condiciones en Honduras empiezan a parecerse a lo que vimos en la región en los años setenta, especialmente para aquellos que votaron por Zelaya. En agosto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un respetado y autónomo organismo regional de supervisión de los derechos humanos, constató en Honduras "la existencia de un sistemático patrón de uso desproporcionado de la fuerza pública, detenciones arbitrarias y control de la información con el propósito de limitar la participación política de un sector de la ciudadanía [y] ... el uso de la represión contra las demostraciones... la imposición arbitraria de toques de queda; la detención de miles de personas; tratos crueles, inhumanos y degradantes; y pobres condiciones de detención".
El gobierno de facto asegura que Zelaya estaba tratando de subvertir la Constitución hondureña y convertir al país en un satélite del presidente venezolano Hugo Chávez. Quizás. Pero hacer que los soldados saquen a Zelaya a punta de pistola del país es un insulto a la lucha histórica por la democracia, la que se ganó con grandes esfuerzos en un proceso que tomó décadas.
Pensemos lo que pensemos de Zelaya (y yo no tengo una opinión muy alta de él) y sus acciones para cambiar la Constitución hondureña, es un hecho que su mandato de gobierno lo ganó en elecciones completamente transparentes.
La democracia y el imperio de la ley no se han restablecido en el hemisferio para que el golpe pueda ser tratado aisladamente y como una excepción que pueda permitirse. Mientras más nos demoremos en arreglar este entuerto, menos legítimas serán las elecciones de noviembre, y más difícil le será a toda la región volver a salir de este hoyo.
Deberíamos utilizar nuestra influencia retirando todas las ayudas, excepto las más necesarias -una decisión que se acoplaría a la de esos otros 34 países del Hemisferio Occidental que quieren que se restablezca la democracia en Honduras.

El autor, demócrata de Valley Village, es presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara.

12 de septiembre de 2009
3 de septiembre de 2009
cc traducción mQh
©los angeles times 
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el sueño nunca morirá


Un aliado de los defensores de los derechos humanos.
[Kerry Kennedy] Estaré en Buenos Aires para conmemorar la visita de la Comisión Interamericana, que hace treinta años ayudó a restaurar la democracia en Argentina. Durante el curso de la guerra sucia, 30.000 personas consideradas opositoras políticas fueron asesinadas o desaparecieron. Los valientes defensores de los derechos humanos en la Argentina sabían que podían contar con aliados en el mundo, pero con nadie tanto como el senador Edward Kennedy.
La enmienda Humphrey-Kennedy a la ley de Asistencia Extranjera cortó la ayuda y entrenamiento militar a la Junta militar argentina el 1° de octubre de 1978. Fue votada después de que el régimen de Videla intentara un engaño al rechazar la ayuda militar de los Estados Unidos luego de que el secretario de Estado Vance la hubiera reducido a causa de las violaciones a los derechos humanos. El hecho de que Kennedy y otros en el Congreso presionaran para terminar por completo con la asistencia militar aisló el más mortal de los regímenes que Argentina haya conocido, y aceleró su fin. La administración Reagan hizo un débil intento de restaurar la ayuda militar a Argentina a comienzos de la década de 1980, pero para entonces las documentadas violaciones a los derechos humanos (además de la desastrosa aventura militar en las Malvinas) hicieron que fuera imposible que hasta los simpatizantes estadounidenses al régimen lo pudieran defender.
Durante todo el tiempo, defensores de los derechos humanos en la Argentina como Emilio Mignone, Augusto Comte y las Madres de Plaza de Mayo contaban con Ted Kennedy para apoyar la difusión en Washington de los crímenes del régimen y la situación de sus víctimas.
Pero para Teddy esto no era mera política, era personal. Como dijo Juan Méndez, "cuando estuve en la cárcel en la Argentina, la oficina del senador Kennedy generosamente le ofreció su tiempo, energía y consejos prácticos a mi familia mientras trataban de convencer a la Junta argentina para que dejara que me exiliara". Méndez continuó: "Lo que era especialmente notable en él es que nunca preguntaba si el beneficiario de sus esfuerzos estaba de acuerdo con él política o ideológicamente; era suficiente saber que esa persona estaba sufriendo por la opresión de otras".
La semana pasada una multitud formó fila en las calles desde Hyannis Port a Boston –a menudo en grupos de diez– sosteniendo carteles, haciendo flamear banderas estadounidenses, saludando. La gente fue porque apreciaba su valiente apoyo a los oprimidos y desposeídos, pero especialmente porque sabían que amaba a la gente –no a la gente sino a los verdaderos seres humanos vivientes–.
El tío Teddy llamaba a cada uno de mis primos, cada uno de sus cónyuges y a sus hijos, 119 de nosotros en total, para cada cumpleaños y cada aniversario. Cada tanto alquilaba un ómnibus y nos llevaba a visitar los campos de batalla con los más grandes historiadores del país. Nos llevaba a esquiar, a hacer rafting y a navegar. Cada vez que ganaba una carrera y recibía un trofeo, se hacía hacer réplicas del trofeo y las enviaba a cada miembro de su tripulación.
Teddy llevó a nuestra familia a Polonia en 1987. Lech Walesa había estado organizando huelgas en los astilleros de Gdansk, se había declarado la ley marcial y había mucha tensión. Debíamos entregar el premio Robert Kennedy a los Derechos Humanos a los líderes de Solidaridad Adam Michnik y Zbigniew Bujak. La noche que llegamos, Teddy ofreció una cena y era la primera vez que los activistas de Solidaridad pudieron comunicarse abierta y personalmente. Eso en sí mismo era una gran victoria. Los saludos formales fueron seguidos por intensas discusiones y éstas a su vez por cuentos, risas y un intercambio de canciones folklóricas polacas e irlandesas. La mañana siguiente llegó demasiado rápido y yo me senté a la mesa de conferencias, mientras Teddy se batía a duelo con el general Jaruzelski, presionándolo sobre derechos básicos para formar un sindicato, sobre la libertad de expresión, las elecciones democráticas. Aprendí mucho de él en ese viaje sobre las causas de los derechos humanos y el amor a la democracia.
Cuando los refugiados de Haití fueron detenidos y deportados, Ted Kennedy exigió el fin de las detenciones arbitrarias y los falsos procedimientos legales. Cuando a los que buscaban asilo se les negó la posición legal, Ted Kennedy fue el autor de la Ley del Refugiado de 1988, ayudando a crear un derecho legal al asilo. En todo lugar donde la libertad de hijos e hijas ha estado en juego –desde el Gulag soviético a las calles de América central, desde las Filipinas de Marcos a las matanzas de Camboya, Uganda y ahora Darfur–, el senador Kennedy era el mayor pregonero de la justicia.
Toda mi vida los extraños me han contado cómo Teddy estuvo ahí cuando a un niño se le diagnosticaba cáncer, cuando un padre perdía su trabajo o recibía un golpe a su reputación, cuando se celebraba un matrimonio. Héctor Timerman me dijo que Ted Kennedy fue el primero que llamó a su madre cuando Jacobo Timerman fue arrestado. El embajador ante la ONU, Heraldo Muñoz, me dijo cómo, cuando era un joven disidente bajo Pinochet, una noche de visita en la casa de su madre, escuchó sirenas, miró por la ventana y vio un batallón militar bloqueando la calle. No había escapatoria. Vio cómo sus dos mejores amigos eran capturados, encapuchados y esposados. Creyendo que volvería a ver a su mujer, le dijo a su madre: "Llama a Ted Kennedy".
Durante 30 años, el senador Kennedy fue el mayor aliado del movimiento de los derechos humanos y su alma en el Capitolio. Mientras continuamos su legado, recordamos sus palabras. "Para todos aquellos cuyos cuidados nos han preocupado, el trabajo continúa, la causa sigue, la esperanza todavía vive y el sueño nunca morirá."

El autor es activista por los derechos humanos.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

11 de septiembre de 2009
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la compra del golpe de estado


Cuando por fin despierten del misterioso trance hipnótico en que están sumidos, van a ser muchos los que sientan vergüenza de haber sido uribistas. Columna en El Tiempo.
[Antonio Caballero] Hace ya más de ochenta años escribió Curzio Malaparte un librito muy leído entonces, titulado ‘La técnica del golpe de Estado’. Consideraba en él varios ejemplos, desde el 18 Brumario de Bonaparte hasta el incendio del Reichstag por Hitler, pasando por el Octubre Rojo de Lenin y Trotsky y por la Marcha sobre Roma de Mussolini. No registró otro método, que es el que estamos viendo ahora en Colombia practicado por Álvaro Uribe en su empeño de tercera elección presidencial consecutiva: la compra por cuotas.
Primero se compraron las firmas que piden el referendo reeleccionista, volándose los topes establecidos por la ley y con el añadido pintoresco de confiar el transporte de las valiosas papeletas al cuidado de la ’pirámide’ ilegal de David Murcia. A continuación, y para que aceptaran la ’conciliación’ sobre la alteración ilegítima de la pregunta, hubo que comprar también los votos de los parlamentarios. Así se hizo con notarías, con contratos, con consulados y embajadas, hasta con plata en rama. Falta la venia de la Corte Constitucional. Hace cuatro años aceptó la dudosa legalidad de la reforma constitucional que permitió la primera reelección de Uribe, también comprada por cohecho; los magistrados tuvieron miedo de torear la culebra del uribismo armado, y se inclinaron. Y esta Corte de ahora está más amansada que la de entonces, de modo que, tras una ficción de forcejeo para la galería, declarará exequible constitucionalmente el engendro referendario.
Sólo faltan los votos.
Se parte, desde luego, de un núcleo de uribismo de convicción, ciego a la realidad. Unos cuantos millones de personas que se empeñan en creer que los gobiernos de Uribe han traído o al menos están trayendo la paz a Colombia, negándose a ver que, por el contrario, han agravado la guerra y sus secuelas de desplazamiento forzoso y consiguiente inseguridad en las ciudades en donde se refugian los que huyen de la violencia del campo. Unos cuantos millones de personas que no quieren ver el fracaso general de todas las políticas emprendidas en estos últimos siete años: el crecimiento de la violencia y de la inseguridad, de la pobreza y de la indigencia absoluta, del desempleo, del despilfarro, de la corrupción. Cuando por fin despierten del misterioso trance hipnótico en que están sumidos, de esa morbosa fascinación por el abismo en el que están hundiéndose, van a ser muchos los que sientan vergüenza retrospectiva de haber sido uribistas. Hablo de la gente común. Que los políticos comprados o los empresarios premiados con gabelas tributarias sean uribistas, se entiende: su interés está ahí. Pero no que lo sea la gente común, digo, que no le debe nada a Uribe, sino la agravación de todos sus problemas.
Pero el caso es que siguen faltando votos.
Ya se han comprado muchos, claro. Esos voticos ya amarrados de los millones de empleados públicos que creen que Uribe va a seguir por lo menos cuatro años más, y así ayudan a que siga. Los de las dos millones setecientas mil ’familias en acción’ que reciben mensualmente su ayuda pecuniaria. Los de los favorecidos por los cheques y los créditos que Uribe reparte personalmente a puñados en sus consejos comunitarios retransmitidos por la televisión, como un Niño Dios que trae regalos. Y cuenta la prensa, enternecida (o tal vez comprada también ella por el espejismo prometido de un Tercer Canal), que Uribe, pese a estar recluido en su cuarto de enfermo, presidió ’virtualmente’, por teleconferencia, la piñata de cuatro mil millones de pesos en créditos del Fondo Nacional de Ahorro feriados el jueves por la noche en el Palacio de los Deportes.
Y sin embargo los estrategas de la reelección uribista no las tienen todas consigo. Recoger siete millones trescientos mil votos no es tarea fácil, y menos aún cuando existe la previa convicción entre los electores de que Uribe ya ganó. Por eso se les ocurren nuevas estratagemas: hacer votar el mismo día el referendo contra los violadores (para que la gente, confundida, vote de paso por el violador de la Constitución). Sumar además las elecciones parlamentarias, para movilizar también los clientelismos regionales y locales. Y, finalmente, reformar el censo electoral, para reducir la masa de votos necesarios para que sea aprobado el referendo.
Y si pese a todo la cosa no funciona, en el librito de Malaparte hay más recetas.

7 de septiembre de 2009
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horrorosa realidad de la tortura


La espeluznante realidad de la tortura en centros penitenciarios.
[Horacio Cecchi] La imagen es clara. Mientras un hombre está esposado, con el rostro cubierto, colgado de una reja, dos guardias se dedican a golpearlo, violarlo con el caño de un fusil, mientras lo amenazan y se ríen de él y un tercero filma las escenas con un celular. "Díaz me hizo técnicas de reducimiento, me dobló la mano, el cuello, en presencia de los compañeros. Díaz dijo que había que hacerme la bienvenida y trajo esposas. Me las puso, me levantaron de la silla y me colgaron de unas rejas", dijo Carlos Maidana, el denunciante. Sin importar otra cosa que las pruebas, el ministro de Justicia, Ricardo Casal, actuó rápidamente con sus reflejos y ordenó, sin más, la expulsión de los tres guardias mencionados por Maidana y el apartamiento del director del penal y del jefe de Seguridad. Además de que el fiscal Tomás Morán seguramente descargará todas las herramientas legales de que dispone para responsabilizar penalmente a los imputados. Debiera, según el film, aunque esto como siempre es resorte judicial, imputar por torturas cuya pena llega a la perpetua. El caso tuvo una repercusión mediática impresionante. Punto aparte.
El caso sorprende donde no debiera sorprender y silencia donde debiera hablarse a gritos. Tal lógica, por otro lado, la de sorprender en lo obvio y silenciar lo que hay que denunciar, es la lógica habitual en los servicios penitenciarios.
La idea inicial, si no se abundara en datos, es que tal castigo lo recibió un interno. Entonces, no sorprendería que lo reciba, sorprende que no se sepa que los reciben todos los días. En 2008, el Comité Contra la Tortura presentó 761 hábeas corpus individuales, una buena parte por torturas. En cinco unidades, el 72 por ciento declaró haber sido golpeado. En un caso fue revelado y comprobado el uso de picana. La cifra negra es monstruosa. Pero las torturas a presos y penitenciarios no trascienden. Existen varios mecanismos. Uno es el miedo. Los presos siguen custodiados por sus torturadores, lo que denunciarlos constituye promesa de suicidio con ayuda. Los guardias maltratados también temen, y motivos tienen. Lo que recibió Maidana fue una amistosa bienvenida. El otro es que existe prohibición de ingreso de cámaras por la resolución 007 dictada por el ex secretario de Política Penitenciaria Carlos Rotundo. Motivos: ¡Proteger la intimidad de los presos! Este video se coló, porque ningún torturador imagina que torturar en chiste sea motivo de denuncia. De haber sido por Rotundo, el video no hubiera existido y Maidana, guardia, hubiera sido creído como los jueces les creen a los presos: nada. Será el primer caso de torturas en 2009 comprobado y con sanción inmediata. Es evidente que la imagen traspasó el muro de la 007 y del miedo.

5 de septiembre de 2009
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equívocos místico-patrióticos


Desde las fuerzas armadas muchos proclamaban, insólitamente, la supremacía de la casta militar.
[Luis Bruschtein] Hubo generales que siempre entendieron perfectamente su lugar y lo aprovecharon. Pero muchos militares, más ingenuos si se quiere, formados antes de los años ’80, siempre vieron a la sociedad civil como algo ajeno a ellos, incluso hostil, siempre equivocada, siempre banal. Fueron educados así por los otros generales que necesitaban una tropa dócil y con un complejo supremacista sobre la sociedad civil, porque durante más de cincuenta años lo único que hicieron fue usarlos para promover golpes y dictaduras.
Sobre todo entre los militares que estaban en actividad proliferaron ideologías reaccionarias, desde algunas falsamente nacionalistas hasta otras también elitistas pero desde un falso republicanismo. Todas esquemáticas como fórmulas matemáticas, esotéricas por su escasa adhesión a la realidad y a lo conocido y todas basadas en la supremacía de la casta militar, una altura desde la que se podía ver mucho más que desde el llano de los civiles. Lo paradójico es que estas teorías eran enseñadas por civiles.
Cuando alguno de estos militares hablaba de política, profería un galimatías místico, heroico y ascético-patriótico que asustaba o producía risas o no se entendía. Ningún golpe triunfante fue encabezado por este tipo de ideologías esotéricas, pero sus acólitos fueron usados para instalar y defender a todas las dictaduras que hubo en esos cincuenta años. Y todas esas dictaduras tuvieron siempre el mismo signo, que se ponía en evidencia con sus ministros de Economía que no eran nada esotéricos, heroicos ni ascéticos. Y menos patrióticos.
Mohamed Alí Seineldín vivió a caballo de estos equívocos. Con el nombre de un profeta musulmán representó a un católico integrista ferviente, que llegó a decir, incluso, que la virgen le hablaba. Cuando empezaba su carrera, se tomaba tan a pecho la disciplina cuartelera que hasta sus mismos compañeros lo cargaban. Le gustaban las armas y el sacrificio, le gustaba hacer guardias y hasta llegaba a cubrir las que debían hacer algunos de sus camaradas, que lo conocían y se aprovechaban de esa debilidad.
Su última aparición pública, en mayo de este año, en la presentación del libro Estévez, vida de un cruzado, explicó que "hay una guerra entre Dios y el Demonio, que ayer se dio en Malvinas y hoy se da entre Estados Unidos y China", una guerra en la que "el poder judío" tendría una importancia decisiva. Fue muy duro con el kirchnerismo y aseguró que para triunfar, Argentina deberá tener "gobiernos probos".
En definitiva fue un falso nacionalista que defendió la dictadura del ministro Alfredo Martínez de Hoz. Algunos de sus aliados fueron Carlos Menem, a quien después confrontó, y el Partido Comunista Revolucionario (PCR), cuya brújula infalible llevó luego a este grupo a aliarse con la Sociedad Rural. En la política del absurdo criollo, Seineldín representaba al sector nacionalista de las Fuerzas Armadas, igual que la Sociedad Rural a los pequeños productores del campo. En esa especie de esquizofrenia sectaria, los equívocos propios son completados por los equívocos de otros, cada quien con su delirio mesiánico de iluminados y complotados.
Seineldín fue un contrasentido, alguien que pensaba que defendía lo que en realidad ayudaba a sojuzgar, una especie de nacionalista-entreguista, igual que un izquierdista de derecha, de los que suelen abundar también. En ese aspecto expresó a un sector de las últimas camadas militares de los años ’70. Ni siquiera fue expresión de las verdaderas corrientes nacionalistas que hubo en el ejército y que fueron representadas por los generales Manuel Savio, Enrique Mosconi o Juan Perón.
Y su celebridad durante los años ’80 no fue más que el pálido reflejo de la decadencia del Partido Militar que lo había formado. Los carapintada fueron nada más que eso. Un reflejo patético y tardío del terror de los años ’70. Los hombres que decían que reivindicaban Malvinas pero que en realidad luchaban por Martínez de Hoz.

3 de septiembre de 2009
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tensiones y pretensiones en sudamérica


Uribe logró que no se condenara su acuerdo con Estados Unidos, pero no pudo evitar que Unasur decidiera monitorear ese acuerdo.
[José Natanson] Sudamérica es una de las pocas zonas de paz del planeta. Persisten algunos enfrentamientos a la vieja usanza, interestatales y por cuestiones territoriales, como la disputa entre Chile y Bolivia por la salida al Pacífico, o entre Chile y Perú por la delimitación marítima, o entre Venezuela y Guyana por Esequibo. Pero en general se trata de una zona desprovista de conflictos bélicos que, desde la firma de la paz entre Perú y Ecuador en 1998, puede considerarse a salvo de los encontronazos militares que afectan a África y Asia. Un solo gran problema altera este horizonte: el conflicto colombiano. Hoy la principal cuestión de seguridad de Ecuador y Venezuela –y en menor medida también de Brasil y Perú– es la situación de Colombia. "Nosotros no tenemos frontera con Colombia, tenemos frontera con las FARC", declaró el presidente Rafael Correa dos meses atrás, quejándose por el esfuerzo militar que tiene que hacer su país para resguardar su límite con Colombia.
El problema no es nuevo, pero se agrava por el hecho de que en los últimos años el conflicto colombiano se internacionalizó, involucrando cada vez más a los países vecinos, lo que se explica por la propia dinámica de la contienda. Desde la asunción de Álvaro Uribe en 2002 y como resultado de su política de "Seguridad Democrática", las FARC fueron desplazadas de las regiones del centro y norte, y empujadas hacia la periferia. Fue el éxito de la estrategia lo que hizo que el conflicto se acercara, derramándose, a los países vecinos. Y esto es lo que en buena medida explica la creciente preocupación sudamericana por el tema: si antes la región le prestaba poca atención al conflicto no era porque no existiera, sino porque al hallarse circunscripto al centro de Colombia, no la afectaba: de eso habla Uribe cuando se queja de que sus vecinos no lo ayudan –y al menos en este punto la historia le da la razón.
Pero que el desplazamiento de las FARC hacia las fronteras no sea efecto de la atracción de Chávez o Correa, como sugieren algunos, sino del éxito de Uribe, no implica que los gobiernos bolivarianos no tengan relaciones con la guerrilla (como sostienen otros). En rigor, todos los gobiernos fronterizos con Colombia han desarrollado vínculos neodiplomáticos con las FARC –incluso, o empezando por, Brasil– de manera más o menos abierta, con el objetivo de explorar diferentes acuerdos de convivencia: por ejemplo, el otorgamiento de permisos implícitos para reaprovisionarse a cambio de no realizar acciones armadas de ese lado de la frontera. La necesidad, por otra parte bastante comprensible, de este tipo de acuerdos ha creado relaciones más o menos permanentes entre las autoridades fronterizas con Colombia y las FARC. En el caso de Venezuela y Ecuador, la orientación política de los gobiernos estrechó los vínculos entre algunos funcionarios y la guerrilla (aunque el líder más acusado de relacionarse con las FARC, Rafael Correa, quizá sea el más inocente, ya que su pasado de militante social cercano a los curas salesianos y su vida académica fuera de Ecuador le habrían impedido construir las relaciones que sí tendrían algunos de sus asesores).
Y una última paradoja. En los últimos años, las relaciones entre algunos políticos venezolanos y ecuatorianos y las FARC se afianzaron como resultado de la presión internacional por la liberación de Ingrid Betancourt, que desató una carrera por ver quién se llevaba los laureles –y hasta el Nobel de la Paz–, tal como demostró la teatral y fallida operación selvática de Chávez. El hecho de que los créditos finalmente se los haya llevado Uribe es una vuelta más del enredo colombiano.

Quién es Uribe
Un punto importante a aclarar y que a menudo se pasa por alto en el clima anti-uribista de estos días es que el presidente de Colombia no es un sátrapa. Al contrario: goza de perfecta legitimidad democrática y quizás sea el líder más popular desde la separación de la Gran Colombia en 1831, revalidado electoralmente en dos oportunidades y actualmente peleando por obtener la autorización para disputar un tercer mandato (con lo que se convertiría en el único presidente habilitado de la región a excepción de su archienemigo Chávez).
El secreto del éxito de Uribe es la lucha contra la insurgencia. En sus siete años de mandato, amparado en un alto crecimiento económico y el colchón de estabilidad financiera generado por los fondos narco, el presidente logró la desmovilización de los paramilitares (aunque al enorme costo de sentencias reducidas y escándalos que lo salpican), el debilitamiento del Ejército de Liberación Nacional y el acorralamiento quizás definitivo de las FARC. Con un amplio despliegue militar en el suroeste, un incremento de las tropas terrestres y una mayor presencia aérea, Uribe obtuvo, por primera vez desde 1964, un desequilibrio estratégico de la relación de fuerzas y la recuperación del dominio territorial. Esto generó consecuencias muy concretas: entre 2002 y 2006, según datos del Ministerio de Defensa, los homicidios bajaron un 60 por ciento y los secuestros un 76, mientras que ciudades como Bogotá y Medellín se transformaban de manera casi milagrosa y las rutas turísticas hacia el Caribe eran aseguradas, garantizado la libertad de movilidad de la clase media durante los meses de vacaciones.
Conviene acercarse con cuidado al segundo malentendido colombiano. En la patria de García Márquez, el Plan Colombia no es visto como una amenaza sino como, usando las palabras de Uribe, una ayuda práctica y eficaz. Como diría un locutor televisivo, es una verdadera política de Estado, tanto para Colombia como para Washington, que fue lanzada en 1999, cuando gobernaban Bill Clinton y Andrés Pastrana, y que prevé ayuda militar por unos 600 millones de dólares al año. La alianza estratégica entre ambos países se refleja en datos en apariencia anecdóticos –como el hecho de que la embajada estadounidense en Bogotá es la quinta más poblada del mundo– y otros más estructurales: Colombia es, junto a Perú y Chile, el único país de Sudamérica que firmó un Tratado de Libre Comercio con Washington, pese a las críticas que ha recibido y la enorme disparidad entre ambas economías (el PBI colombiano equivale al 1 por ciento del estadounidense). Pero no todo es dinero en la vida: para Estados Unidos, Colombia es su última carta en Sudamérica.

Hipótesis de Conflicto
Dos meses atrás, Uribe anunció la decisión de autorizar –en un acuerdo opaco cuyos detalles no se han dado a conocer– la presencia de tropas estadounidenses en siete bases militares. Y si desde el punto de vista colombiano la medida se enmarca en la línea de cooperación militar con Washington, desde el estadounidense se explica por la necesidad de contar con un sitio permanente en la región luego de que Rafael Correa decidiera no renovar el contrato por la base de Manta.
La decisión demuestra que Estados Unidos no está dispuesto a retirarse completamente de Sudamérica, lo que explica que casi todos los países de la región cuestionaran con más o menos énfasis el acuerdo. Aclarado este punto, decir que la medida es, como escribió Atilio Boron ayer en este diario, "la avanzada de una agresión militar" norteamericana, parece excesivo, pues la sensación es que, desde el desastre de Irak, Estados Unidos lo va a pensar dos veces antes de avanzar militarmente sobre otro país (y en todo caso su lista de prioridades está encabezada por Irán y Corea antes que por Venezuela y Bolivia). Lo mismo con los "vientos de guerra" que ve Chávez... la idea de que Sudamérica se convertirá súbitamente en una zona de conflicto es absurda. Y no sólo porque, a excepción del brasileño, ninguno de los ejércitos de la región –y mucho menos el ultrapolitizado ejército de Venezuela– tiene la más mínima chance frente a los militares colombianos, superprofesionalizados, entrenados en cinco décadas de combate contrainsurgente y ampliamente respaldados por Estados Unidos, sino porque existen tendencias profundas que apuntan a evitar las confrontaciones. Afortunadamente.
La primera está relacionada con la posición de Brasil. Para Brasil, cuyo PBI equivale al de todos los países de la región sumados, una Sudamérica en paz es una condición indispensable para su proyecto global. Ocurre que Brasil es ya un global player que juega en las grandes ligas mundiales, en alianza con potencias emergentes como China, India y Rusia, y que aspira a un sitio permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (y a una mayor representación en el FMI y en la OMC y en la FAO y en toda institución internacional que tenga a mano). Sudamérica es la plataforma de su lanzamiento global, pero para ello Brasil necesita una región sin conflictos y mínimamente integrada en torno de un liderazgo que los diplomáticos de Itamaraty presentan como benévolo.
En este marco, su preocupación no pasa tanto por improbables vientos de guerra sino por la delicada cuestión de la soberanía sobre el Amazonas, ese enorme territorio que alberga la selva más importante del planeta y que es el gran agujero estratégico de su seguridad nacional. El riesgo, por ahora potencial, son las iniciativas más o menos esotéricas de "internacionalizar" la soberanía del Amazonas en base a argumentos ecológicos (el "pulmón de la humanidad" y todo eso). En este contexto, el acuerdo entre Colombia y Estados Unidos implica una renovada presencia estadounidense en las puertas mismas del Amazonas. Y aunque el refuerzo militar ordenado por Lula es anterior a esta medida, no por eso es menos cierto: Brasil decidió crear la base de Tamarinha, en el Alto Amazonas, dispuso un grupo de aviones caza y 12 helicópteros rusos en Manaos y piensa destinar a esta zona los aviones no tripulados adquiridos a Israel. "La Amazonia brasileña tiene dueño, y ese dueño es el pueblo de Brasil", dijo Lula en enero de 2008.
El segundo actor que contribuye a aplacar los ánimos es curioso pero bien real: el establishment colombiano. Uribe es un presidente neoliberal, de buenos vínculos con los empresarios, que lo último que quieren es una confrontación con Venezuela. Ocurre que Venezuela, que nada en la petroabundancia e incluso en tiempos bolivarianos compra como nuevo rico, es el segundo destino de las exportaciones colombianas detrás de Estados Unidos. Este año, pese a la crisis y las tensiones, se estima que llegarán a 6 mil millones de dólares. Cada vez que Uribe y Chávez se enfrentan los empresarios colombianos se agarran la billetera.
Finalmente, aunque desde el Sur a veces la sensación es que Uribe está completamente solo, en verdad no es tan así: el hombre cuenta con un aliado extra-regional incomparable (obviamente Estados Unidos), pero también con aliados latinoamericanos de peso (el gobierno de Felipe Calderón en México y los gobiernos de derecha de Centroamérica, como el de Panamá y ahora el de Honduras, que lo ven como un freno al influjo chavista) y con un solo, pero muy importante, aliado sudamericano: el Perú de Alan García, con quien comparte una similar orientación económica de libre comercio con Estados Unidos.

Unasur
Considerando estas cuestiones, la perspectiva de una eventual deriva bélica parece improbable, lo que no implica que no haya conflictos. La cumbre de Unasur celebrada el viernes en Bariloche puso en escena las tensiones y pretensiones de los presidentes de la región. Cada uno jugó su juego, y el resultado fue un documento consensuado que si por un lado puede leerse como un triunfo de Uribe, que logró evitar la condena explícita a su decisión, por otro incluye un compromiso de que el acuerdo con Estados Unidos se limitará a Colombia y establece el monitoreo por parte del Consejo Sudamericano de Defensa (aunque este último punto parece realmente difícil de garantizar).
En todo caso, la reunión confirma el estado de debilidad zombie en el que se encuentran las clásicas instituciones interamericanas, desde la OEA al TIAR, cuya incidencia en los asuntos sudamericanos es cada vez menos relevante. Y confirma la tesis de Joseph Tulchin (‘El rompecabezas. Conformando la seguridad hemisférica en el siglo XXI’, Prometeo) de que el unilateralismo estadounidense pos 11 de septiembre y su creciente preocupación por el terrorismo islámico abrió una oportunidad para que los países sudamericanos desarrollaran sus propias estrategias de seguridad. Eso –el intento de la región por encontrar su equilibrio– fue lo que se vio en la cumbre de Unasur, aunque sólo alguien muy optimista o muy necio puede pensar que va a ser fácil.

30 de agosto de 2009
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